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		<title>La larga risa de todos estos años, por Fogwill</title>
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		<pubDate>Thu, 24 Feb 2011 03:16:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>franzcasca</dc:creator>
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		<description><![CDATA[No éramos tan felices, pero si en las reuniones de los sábados alguien hubiese preguntado si éramos felices, ella habría respondido “seguro sí”, o me habría consultado con los ojos antes de decir “sí”, o tal vez habría dicho directamente “sí”, volteando su largo pelo rubio hacia mi lado para incitarme a confirmar a todos que éramos felices, que yo también pensaba que éramos felices. Pero éramos felices. Ya pasó mucho tiempo y sin embargo, si alguien me preguntase si éramos felices diría que sí, que éramos, y creo que ella también diría que fuimos muy felices, o que éramos felices durante aquellos años setenta y cinco, setenta y seis, y hasta bien entrado el año mil novecientos setenta y ocho, después del último verano. [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=perdidosparasiempre.wordpress.com&amp;blog=14018865&amp;post=219&amp;subd=perdidosparasiempre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>
No éramos tan felices, pero si en las reuniones de los sábados alguien hubiese preguntado si éramos felices, ella habría respondido “seguro sí”, o me habría consultado con los ojos antes de decir “sí”, o tal vez habría dicho directamente “sí”, volteando su largo pelo rubio hacia mi lado para incitarme a confirmar a todos que éramos felices, que yo también pensaba que éramos felices. Pero éramos felices. Ya pasó mucho tiempo y sin embargo, si alguien me preguntase si éramos felices diría que sí, que éramos, y creo que ella también diría que fuimos muy felices, o que éramos felices durante aquellos años setenta y cinco, setenta y seis, y hasta bien entrado el año mil novecientos setenta y ocho, después del último verano. <span id="more-219"></span></p>
<p>Salía por las tardes, a las dos, o a las tres. Siempre los martes, miércoles y jueves, después de mediodía, se maquillaba, me saludaba con un beso, se iba a hacer puntos y no volvía hasta las nueve de la noche.<br />
A fin de mes, si había dinero, no salía a hacer puntos. Entonces, también aquellas tardes de martes a jueves nos quedábamos charlando, tomando té, o ella se encerraba en el cuarto para mirar televisión mientras yo trabajaba, o me acostaba a descansar sobre la hamaca paraguaya que habíamos colgado en el balcón.<br />
Y si faltaba plata, en la primera semana del mes hacía dos puntos cada tarde: se iba temprano al centro, hacia algún punto, después volvía a nuestro barrio para hacer otro punto por Callao, y yo la esperaba sabiendo que aquella noche llegaría más tarde. Pero siempre teníamos dinero. Hubo caprichos: el viaje a Miami, los muebles de laca con gamuza amarilla y la manía de andar siempre cambiando de auto, esos fueron los gastos mayores de la época, y como casi nunca nos faltaba plata, ella hacía, puntos entre martes y jueves las primeras semanas del mes, llegaba a casa bien temprano, me daba un beso, se cambiaba y se encerraba a cocinar.<br />
A veces pienso que por entonces cada día era tan parecido a los otros, que por esa constancia y esa semejanza se producía nuestra sensación de felicidad.</p>
<p>Salía temprano. Dejaba el taxi en Veinticinco de Mayo y Corrientes y se iba caminado hacia Sarmiento; a veces se entretenía mirando una vidriera de antigüedades, monedas viejas, estampillas. Serían las tres. Había por ahí hombres parados frente a las pizarras de las casas de cambio, gente que copia en sus libretas las cotizaciones, y el precio de los bonos y de los dólares de cada día. Alguno de ésos la miraba.<br />
Entraba al bar de la esquina de la Bolsa. Se hacía servir un té en la barra y generalmente alguien la veía y la reconocía y la citaba. Los conocidos la citaban allí, en el bar de la Bolsa.<br />
Los hombres no podían olvidarla con facilidad.<br />
Si no conseguía cita, pagaba el té, dejaba su propina, se iba caminando por Sarmiento, y en algún quiosco compraba revistas francesas o brasileñas para mirarlas tomando su café en la confitería Richmond de la calle Florida.<br />
Ahí siempre alguien se le acercaba. De lo contrario, poco antes de las cuatro, salía a recorrer Florida hacia la Plaza San Martín mirando vidrieras, o demorándose en las cercanías del Centro Naval y en los barcitos de la zona, llenos de oficiales de paso que dejan a sus familias en las bases del sur y sabían de ella.<br />
Si no encontraba un oficial, seguía hasta Charcas y pasaba por la vieja galería, donde nunca solía fallar, porque si los mozos del snack bar la veían sola, le presentaban a los turistas que habían andado por ahí buscando una mujer.</p>
<p>Una mujer. ¿Qué sabrían ellos qué es una mujer? Yo sí sé. Sé que ella era una mujer. No sé si lo sabrán todos los hombres que la encontraban en la Bolsa, en la Richmond, en el Centro Naval, o en algún sitio de su camino entre la Bolsa de Comercio y la galería, pero sé que algunos lo supieron, y fueron sus amigos, y casi amigos míos fueron –los conocí–, y me consta que, por conocerla, algunos de ellos aprendieron qué es una mujer.</p>
<p>Algunas veces se le acercaban hombres de civil fingiendo que buscaban citas, pero ella los descubría –tenía para eso un olfato especial–, y les decía que se fuesen a alcahuetear a otro.<br />
Los especiales, los de la División Moralidad, la dejaban seguir. En cambio, los oficiales nuevos de las comisarías, recién salidos de los cursos, se ofendían y la llevaban detenida a la seccional. Allí tenía que hablar con los de la guardia; mostraba las fotos de publicidad, los documentos, las llaves de casa y las del auto y los jefes le permitían salir.<br />
¿Qué otra cosa podían hacer? Una noche llegó a casa con un subcomisario.<br />
Yo la esperaba trabajando frente a mi escritorio, y cuando oí la cerradura, miré hacia la puerta para ver su carita sonriente y lo vi a él.<br />
Parecía un profesor de tenis, o un vividor de mujeres ricas. Él notó la expresión de mi cara al oír que me lo presentaban como subcomisario y quedó sorprendido, igual que yo. Me reconoció por aquella película de la Edad Media –la del whisky– como había pensado que ella vivía sola, miraba mi kimono de yudo, veía el desorden de papeles sobre mi escritorio, y la miraba a ella, averiguando.<br />
Notó un papel de armar entre mis libros. Era un papel americano, con los colores de la bandera yanqui y preguntó si fumábamos. Ella dijo que estaba para ofrecer a las visitas y a él le pareció bien y siguió curioseando entre los libros. Esa primera vez estuvo medio trabado, igual que yo, que jamás esperé que me trajera un policía a casa.<br />
Pero después nos hicimos amigos. Se acostumbró a venir y nos telefoneaba desde el garage para anunciar que al rato subiría a tomar algo, o a charlar. Dejaba sus armas en el auto. Para ellos es obligatorio llevar siempre la pistola en su funda de la cintura, o en esas carteritas que usan ahora, pero él, por respeto a la casa, dejaba todo en el garage.</p>
<p>A veces preguntaba por ella: –¿Y Franca…? –Parecía amenazarme: “si decís que no está, seguro que me muero…”.<br />
Y yo le explicaba que estaría haciendo puntos, que pronto llegaría, y lo invitaba con un whisky.<br />
Para no molestar, él se quitaba los zapatos, se acostaba en el sillón del living y se quedaba ahí mirando el techo hasta que ella llegara, sólo por verla, aunque estuviesen esperándolo en su oficina, una sección especial de vigilancia que funcionaba cerca de casa en la época de la presidencia de Isabel.<br />
Parecía un instructor de tenis, o el encargado de un yate de lujo. Siempre de sport, bronceado; tenía cuarenta y dos años, pero parecía menor, de treinta o treinta y cinco. Se llamaba Solanas.<br />
Fuimos bastante amigos. No es fácil ahora confesar amistad hacia un policía, pero no ha sido el único. También siento amistad hacia el inspector Fernández, de la Policía Federal, a la que llaman la mejor del mundo aunque a él lo tenga destinado a una comisaría de mala muerte, en un barrio donde jamás nada sucede. A Solanas lo había conocido haciendo puntos.<br />
Le habrá cobrado, la primera vez, lo mismo que por entonces les cobraba a todos; serían veinte, o veinticinco mil pesos: unos cien dólares, quinientos millones de ahora. ¿Cómo decirlo si el valor del dinero cambia más que cualquier otra costumbre de la gente…? Desde que se hizo amiga de Solanas y lo empezó a traer a casa, nunca volvió a cobrarle.</p>
<p>Tampoco creo que haya vuelto a acostarse con él: ella diferenciaba a los amigos de los puntos, y entre los puntos distinguía bien a los clientes estables de aquellos hombres ocasionales que aceptaba sólo cuando veía que se le estaba yendo la tarde sin conseguir un conocido. . Si los entraba a casa, significaba que ya era amiga de los puntos. Saldrían del hotel, o del departamentito del hombre y entusiasmados, irían a un bar para seguir charlando. Después, cuando llegaba la hora de volver, ella querría volver –necesitaba volver–, se haría acompañar hasta la puerta y si seguía la charla y le seguía el entusiasmo, lo hacía subir a nuestro departamento.</p>
<p>Cuando está comenzando una amistad, nada la puede detener. Por eso, al nuevo amigo ella lo hacía pasar, lo presentaba, y el hombre seguía hablando conmigo mientras ella se cambiaba y se encerraba a cocinar para los tres.<br />
Los que se hacían amigos cenaban en casa; a los que no se querían ir, les preparábamos una camita en el living, y ahí dormían, sin preocuparse por lo que hacíamos en nuestra habitación.<br />
Hasta venir a nuestro departamento nunca un cliente sabía de mí. Yo en cambio sabía de ellos porque Franca me detallaba todo lo que hacía con los puntos. Fue una época. Yo quería averiguar, conocer más. Sentía curiosidad por entender qué había hecho cada tarde, y hasta trataba de imitar, por la noche, lo que ella había estado haciendo con los puntos durante el día.<br />
Por eso conocí, sin haber ido nunca, todos los hoteles que a ella le gustaban, y hasta podía imaginarme los departamentitos de los solteros, y la decoración de los departamentos que alquilan los casados para escaparse un poco de la mujer. Tenía de cada uno de esos lugares una idea tan nítida como la de Franca, que se acostaba allí dos o tres veces por mes.<br />
Parece mentira, pero la gente, aún en las cosas que hace más en la intimidad, se parece entre sí tanto como en las que hace porque las vio hacer antes a los vecinos, a sus socios del club o a los actores de las propagandas de la televisión.<br />
Después dejé de averiguar. Ella me anunciaba si había hecho algo poco común, aunque eso sucediera muy pocas veces.<br />
Celos jamás sentí. Rabia sí; cuando pensé que me mentía, o cuando sospeché que ella agregaba algún detalle para probar si yo sentía celos.<br />
Con el tiempo aprendí que así como yo nunca le había mentido, ella tampoco a mí me había mentido, y por eso, si alguien hubiera preguntado si éramos felices, habría dicho ella, igual que yo, que sí, que éramos muy felices a pesar de las pequeñas peleas y de los celos.</p>
<p>Porque ella sí celos sentía.</p>
<p>–¿Qué hiciste hoy…? –preguntaba al llegar.<br />
–Y… nada… –decía yo, mostrándole mi yudogui impecable, el cinturón recién planchado, el escritorio cubierto de fichas y de notas, y el mate frío junto a mi cenicero lleno de filtros de cigarrillos terminados.<br />
–Nada… volvía a decirle, disimulando la sonrisa que me nacía al pensar que ella había andado por ahí creyendo que esa tarde yo habría sido capaz de salir o de hacer algo diferente de cualquier otra tarde de mi vida.</p>
<p>–¿Qué hiciste hoy? ¿Quién estuvo esta tarde? –volvía a preguntar.<br />
–Y… nadie, Franca, nadie –le repetía yo.<br />
¿Quién iría a estar? –¡Mentiras…! –decía ella–. ¡Mentiras! Te leo en los ojos que hubo alguien. –No. No hubo nadie Franca –le decía, y ya sin sonreír, porque sabía cómo iba a terminar todo eso, empezaba a mirarle los ojos verdes, para que al comprobar que resistía su mirada, ella entendiese que no tenía nada que ocultarle, que nadie había venido, y que yo, aquella tarde, no había hecho nada distinto a lo de todas las otras tardes de la semana.<br />
Entonces ella dejaba de mirarme. Sus ojos verdes se fijaban en la pared y yo veía sólo la parte blanca de los ojos que empezaba a nublarse por lágrimas mezcladas con rimnmel aceitoso disuelto.<br />
(Había algo loco en eso de mirar siempre hacia un costado, siempre al mismo costado, como si la pintura de la pared, o la pintura de los cuadros colgantes de la pared, pudiese responder sus preguntas: “¿Quién vino?” “¿Dónde fuiste?”).Y yo quería consolarla.</p>
<p>Alzaba un brazo, trataba de acariciarle el pelo, pero ella se volvía más hacia la pared y miraba algún cuadro, o peor, al zócalo directamente. Gritaba: –¡Ves que siempre mentís! ¿Ves que mentís? –volvía a gritar, como si la pared le hubiese confirmado que yo mentía. (Yo no mentía.)<br />
–No nena… No te miento… –juraba yo, riendo, pero ella lloraba cada vez más fuerte y me decía entre sollozos que se iba a ir con un punto que le había prometido un departamento en Manhattan, con otro que la invitaba a un viaje por islas del Caribe, o con aquél que le ofrecía pasar el verano en su estancia del Brasil.<br />
¿Cómo no iba a reír si siempre amenazaba igual: el Brasil, las islas del Caribe, el departamento “studio” en la isla de Manhattan…? Pero debía haber evitado reír. Era peor: ella gritaba más: –¿Ves…? –preguntaba–. ¡Te reís! –se respondía. Y explicaba–: ¡Quiere decir que no te importa que me vaya…! Quiere decir que vos no me querés… ¡Que nunca me quisiste! ¡Das asco! –No nena… –hablaba yo–: ¡No peliés! –rogaba. Yo había dejado de reír, pero ella no había dejado de llorar.<br />
–¿Cómo que no peliés? –decía–. ¡Cómo querés que no pelee si me mentís! –Y me miraba y me gritaba:¡Sos insensible! –protestaba cada vez más, gritando más.<br />
Entonces yo miraba la hora y calculaba. Sentía el paso del tiempo. .. Sentía que perderíamos la cena.<br />
Y ella miraba mi escritorio –venía hacia mí y yo temía que comenzase a destrozar los libros, o a revolverme los papeles, o peor, que como muchas veces, acabara tirando el cenicero y mi mate al piso, aunque después ella misma tuviese que juntar la ceniza y los restos de yerba, y fregar la mancha verdosa que impregnaría la alfombra. Procuraba proteger mi escritorio; cubría todo con mis brazos abiertos.<br />
–¡No sigás…! –rogaba yo.<br />
Pero seguía, ella. Tac, un libro. Trac: el cenicero. Tlaf: el mate de boca contra la alfombra; todo caía. Y yo me controlaba, me relajaba, trataba de calmarla. Imposible: nunca se calmaba.<br />
Entonces dejaba mi escritorio; iba hacia ella, le aplicaba una palanca de radio–cúbito, y la llevaba encorvada hacia el sofá. Trabándola contra los almohadones, sobre el sofá o sobre la alfombra, evitaba que se lastimase tratando de librarse de mi palanca.<br />
–Calmáte amor… no sigas… –le pedía entonces, hablándole contra la oreja.<br />
Pero ella gritaba más: que la iba a matar, que la quería matar. Y yo pensaba en los vecinos, intentando callarla, y aplastaba su boca contra los almohadones. Era peor: se sacudía, gritaba más.<br />
Entonces le vendaba la boca con mi cinturón, tensaba el cinturón bajo su pelo, por la nuca, y con sus cabos le ataba las manos contra la espalda. Inmóvil, podía decirle lentamente que la quería, que nadie había venido, que yo no había salido y que sabía que nunca me cambiaría por el de Brasil, ni por nadie y ella dejaba de forcejear y yo apagaba la lámpara y me desnudaba.<br />
Le hablaba despacito. La desnudaba y antes de desatar el cinturón le acariciaba el cuello y los brazos para probar si estaba relajada. Sólo la castigaba si hacía algún ruido o intentos de gritar por la nariz que pudiesen alarmar a los vecinos.<br />
Cuando se ponía bien soltaba el nudo, la besaba, le besaba los ojos y la cara, acariciaba todo su cuerpo y la sentía todavía sollozar, o temblar –eran los ecos de tanto que había llorado y gritado y nos besábamos las bocas, y ella empezaba a reír porque reconocía en mi boca el gusto de sus lágrimas mezclado con gusto de tabaco y de rimmel, y así nos abrazábamos como jamás debió haberse abrazado con sus puntos y nos íbamos al cuarto, o a la hamaca, y nos quedábamos por horas amándonos, o hamacándonos hasta que el hambre, la sed o mis absurdas ganas de fumar nos obligaban a separarnos.<br />
Esas noches no cocinaba. Después del baño bajábamos a un restaurante del barrio y nos sentíamos felices.</p>
<p>La gente, desde las otras mesas, nos notaría felices y pasábamos días y semanas enteras felices sin pelear.<br />
Si le quedaban marcas, reprochaba –¡Qué van a pensar…! –decía, riéndose, reconociendo que ella había tenido la culpa.</p>
<p>Y nos divertíamos pensando que a los puntos de esa semana, las marcas del cuello, la espalda y las muñecas los entusiasmarían más.<br />
Decía que le contaba a algunos –a los que le parecían más sensibles–, que el hombre que vivía con ella se emborrachaba y le pegaba. Que algunas veces debían llevarla desmayada al hospital. Que no se separaba ni se atrevía a abandonarlo porque el tipo era un asesino y que estaba segura de que tarde o temprano terminaría matándola.<br />
A otros les hacía creer que se había lastimado en una caída del caballo.<br />
Tenía un caballo en el Club Hípico Alemán de Palermo. Lunes y sábados se iba a practicar equitación. Le hacía bien eso a ella, como a mí me hacían bien las prácticas de yudo.</p>
<p>Toda la gente debería practicar un deporte violento: teniendo el cuerpo tenso y fortalecido se está mejor de la cabeza, se respira y se duerme mejor, se fuma menos y la vida comienza a parecerse más a lo que debe ser la verdadera felicidad.<br />
El caballo era un alazán. Se llamaba Macri; no sé por qué. Lo conocí un sábado, mientras la esperaba cerca del lago. Ella desmontó, vino hacia mí trayéndolo por una rienda, y cuando dejé el auto para besarla, el animal olió mi pelo, resopló, y se puso a golpear, nervioso, el suelo con las patas.<br />
Nunca, dijo ella, se había portado así. Era un caballo que tenía fama de noble y manso, pero algo de mí debía ponerlo mal, porque las pocas veces que me tuvo cerca reaccionó igual: resoplaba, pisoteaba nervioso el césped con sus cascos.<br />
La seguían militares por Palermo. A ella no le gustaban los militares, pero los lunes y los sábados –los días de ella–, muchos van por ahí probando sus caballos.</p>
<p>Se le arrimaban. Trataban de hacer citas.</p>
<p>Siempre los rechazaba.</p>
<p>Nunca hizo puntos por Palermo, ni en el Hípico.<br />
Para ella los caballos, especialmente su caballo, eran una pasión.</p>
<p>El cuidador del Macri, lo supimos después, era suboficial de Ejército. Se ocupaba de eso para reforzar su pequeño sueldito de fin de mes.<br />
Yo luchaba con un capitán. Por mi peso –sesenta y dos kilos–, nunca encontraba en la academia con quién luchar. A veces probaba con mujeres, pero no tenían técnica ni fuerza. Había muchachos jóvenes, de mi peso, con fuerza y con técnica, pero sin la madurez y la concentración que se logran en el yudo sólo mediante años de práctica.<br />
Entonces debía buscar gente de más peso. El capitán –setenta kilos era un hombre moreno y bajito. Cuando Fukuma nos presentó, y durante el saludo, miró mi cinturón y habrá pensado que el maestro le pedía, como favor, que me probase.<br />
Gané los seis primeros lances seguidos. Siempre ganaba.<br />
Una tarde, practicando retenciones, le apliqué algunas técnicas de hapkido y lo noté desesperado por salir. Cuando le hacía un “ojal” con la solapa de su yudogui argentino de loneta, no bien sentía que la circulación cerebral se le dificultaba, en vez de golpear para que lo dejase salir, me clavaba sus ojitos negros reticulados de capilares rojos y yo veía una mirada de odio distinta a la de Franca, no sólo a causa del contraste con el hermoso color verde de ella, sino también porque se entendía que en aquel hombre nadie podría transformar el odio en un sentimiento más elaborado.</p>
<p>Mucha gente jamás comprenderá el deporte.<br />
Ahora permiten federarse y competir en torneos a personas llenas de ideas agresivas, a quienes la experiencia del triunfo y el fracaso no les sirve de nada.</p>
<p>Habría que averiguar bien qué entiende alguien por éxito y derrota antes de autorizarlo a combatir o a darle un rango que habilita para formar discípulos. De lo contrario, en pocos años, terminarán por desvirtuarse los principios de las artes marciales.<br />
Perder es aprender. Esto me lo enseñó Fukuma, que lo aprendió del maestro Murita, dan imperial que nunca autorizó la ostentación de colores de rangos en su dojo.</p>
<p>“Si yo tuviera tanta fuerza y tanta habilidad…” –decía ella, refiriéndose a mis palancas y mis técnicas.<br />
Pero jamás pudo aprender. Compró kimono, pagó matrícula y el primer mes de un curso con Fukuma, pero al cabo de cuatro clases desistió reconociendo que no alcanzaba a comprender los fundamentos de nuestro deporte.<br />
Franca había nacido para los caballos.<br />
Calculó Olda Ferrer que yo podría ganar una fortuna instalando un gimnasio.<br />
–¿Cuánto ganaría? –le pregunté.<br />
–Mucho –decía ella, mientras su marido, un psicoanalista, aconsejaba a Franca que me impulsase a tomar discípulos.<br />
Para los psicoanalistas, poner un cartelito y arreglar un local donde otra gente pague por asistir es un ideal de la vida humana, que resulta aún más elevado si el lugar se llama “instituto” y el dinero que los clientes pagan es mucho.<br />
–¿Pero cuánto es mucho? –pregunté a la Ferrer, que era una economista bastante conocida, y calculó una cifra: –Diez mil, para empezar. Después más, veinte, o treinta mil…<br />
Dijo eso o cualquier otro número; no sé cuánto valía el dinero por entonces. Recuerdo en cambio que Franca me guiñaba los ojos, porque durante el mes anterior ella había producido treinta y cinco mil sin poner instituto ni perder tiempo preparando discípulos incapaces de alcanzar objetivo alguno. Pero una vez casi me instalo. Se lo dije a Fukuma. El viejo recomendaba que sí:<br />
–¡Metéte! –dijo, y era gracioso oírlo, porque a causa de su acento, “metéte” nos parecía una palabra japonesa, mientras que a él le sonaría tan natural y tan argentina como cualquiera de las palabras del español que siempre pronunciaba mal.</p>
<p>Sucedió en 1975. Estaba intervenida la universidad y echaban a los profesores porque en la facultad habían tolerado a los grupitos de estudiantes que se mezclaron con la guerrilla.<br />
Pensé que me despedirían también a mí. En el segundo cuatrimestre cambié el turno de mis clases y comencé a dictar los teóricos en este horario de lunes y sábados entre ocho y diez de la mañana. Con los nuevos horarios venían menos alumnos, y como las autoridades de la intervención siempre llegaban tarde y nunca me veían, se fueron olvidando de mí y no tuve necesidad de “meter” un instituto.<br />
Calculaba así: “si con cuatro horas semanales gano mil, y con cuarenta horas ganaría diez mil, cambiar no me conviene”. Las cifras son falsas: nadie recuerda cuánto ganaba por entonces.<br />
Hay algo que se aprende con el estudio de las artes marciales: actuar sobre las partes del enemigo que ofrecen menos resistencia.</p>
<p>Escribí “partes”. Una traducción correcta del japonés habría elegido la palabra “puntos”.<br />
Franca reiría si leyese estas notas.<br />
Hablé una tarde con el capitán. Le conté lo que ocurría en la Universidad y hablé de mis temores por mí, por Franca. Prometió ayudarme.<br />
Al tiempo, vino a decirme que había hecho averiguaciones y que como yo no tenía antecedentes, no debía preocuparme.<br />
Pero a mediados del setenta y siete, cuando desapareció un chico del gimnasio al que también le había prometido que no necesitaba preocuparse porque no tenía antecedentes, llamé a Solanas y él me llevó, sin que Franca supiese, a la oficina aquella a blanquear.<br />
“Blanquear” quería decir contar lo que uno pensaba, lo que sabía que pensaban o hacían los otros y lo que pensaba que hacían, pensaban o sabían los otros. El hombre de la oficina, un canoso muy alto que debía ser el jefe, después de hablar y preguntar durante más de tres horas, aconsejó que si algún día me llevaban tenía que convencerlos de que había blanqueado, y reclamar que revisaran mis hojas en el batallón trescientos y pico. Después Solanas me aclaró que haber blanqueado no garantizaba nada, que no se podía poner las manos en el fuego por nadie y que todo aquel trámite  ”en el mejor de los casos”, podía ser una ayuda.<br />
Creo que todos vieron lo que fue pasando durante aquellos años. Muchos dicen que recién ahora se enteran. Otros, más decentes, dicen que siempre lo supieron, pero que recién ahora lo comprenden. Pocos quieren reconocer que siempre lo supieron y siempre lo entendieron, y que si ahora piensan o dicen pensar cosas diferentes, es porque se ha hecho una costumbre hablar o pensar distinto, como antes se había vuelto costumbre aparentar que no se sabía, o hacer creer que se sabía, pero que no se comprendía.<br />
Se lo aprende en la vida, o en el dojo: siempre es igual que antes. Para la gente, lo importante es vivir mirando hacia donde los otros le señalan, como si nada sucediera detrás, o más adelante.<br />
Si cuando sucedía aquello había que pensar otra cosa, ahora, que hay que pensar en lo que entonces sucedía, indica que no habrá que mirar ni pensar las cosas que suceden en este momento.</p>
<p>Ochenta y tres. Empieza otro año y llegan nuevas promociones de alumnos. Cada cuatrimestre los estudiantes me parecen más jóvenes, más niños. Es porque en mi memoria los alumnos de antes han seguido creciendo o envejeciendo, aunque nunca los haya vuelto a ver.<br />
En mi memoria crecen y encanecen muchachos y muchachas que murieron poco después de aprobar el examen final, hace cinco o diez años.<br />
Mi memoria de mí continúa intacta. Me imagino como el día que comencé en la cátedra, hace ya doce años.<br />
Tenía veintisiete.<br />
Franca tampoco envejeció. Tiene treinta y nueve, mi edad. Hace puntos aún, pero jura que el marido no lo sabe.<br />
Vive con él, con los hijitos que tuvieron con él, y con la suegra, que los cuida.<br />
La veo muy pocas veces. Pregunto cómo no pudimos seguir siendo felices.<br />
Ella protesta que es feliz, que ya no siente celos, y que ahora es él –el marido– quien siente celos. Sabe que ella hacía puntos, pero no sabe, o finge que no sabe, que sigue haciendo puntos ahora. Ella dice que él nunca conocerá lo nuestro, porque si se enterase la echaría de la casa, le quitaría los hijos o haría cualquier locura. Lo cree capaz.<br />
Cuenta que, salvo alguna situación en la que debió entrar para satisfacer caprichos de los clientes, jamás ha vuelto a acostarse con mujeres, y que yo fui la única por quién sintió algo frente y sincero en la vida.<br />
Le creo.<br />
Creer, o no creer, no me hace más ni menos feliz, Claudia volvió a leer hasta aquí y quiere saber si éramos felices. Digo que sí: –Como con vos. Igual que con vos, Claudia –le digo y me parece que está por volver a llorar.<br />
¿Llorará? A veces llora.<br />
–No Claudia, celos no, por favor –le ruego, porque siento que comienza a llorar.<br />
Y ella me jura que no son celos de mí, ni de la otra, sino celos de un tiempo en el que fuimos muy felices y ella no estaba conmigo.<br />
–Y ahora, Claudia –pregunto–: ¿No somos felices? Desde el rincón del living me mira sin hablar.<br />
Recién llega de hacer sus puntos y se ha puesto a ordenar los discos. Después de un rato dice: –Sí… somos felices… Pero quisiera que todo esto se te borre de la podrida cabeza…<br />
Y yo soplo. (Algo así ha de haber sentido el caballito de Franca Charreau.) Ella no pudo oírme, pero se acerca. Adivino qué va a ocurrir.<br />
Acerté.<br />
Se arrima al escritorio. Espía lo que escribo.<br />
Revuelve mis papeles y empieza, como siempre, a hablar de Franca.<br />
–¡Esa puta…! Andaba con mujeres… ¡Se encamaba con todas las putas reventadas de Buenos Aires…! Cuando se pone así, Claudia siempre habla así.<br />
Después me dice que soy una estúpida, una imbécil, y vuelve a repetir que Franca era una puta.<br />
–Igual que vos, mi amor –le digo. Estoy serena. ¿Será necesario que alguna vez pierda el control y que me exalte para calmarla? –Dudás de mí –me dice y llora–: ¡No creés en mí! –No nena –digo–, nunca dudé de vos.<br />
–Claro –responde–, es porque estás segura, porque salís con otras… Porque te ves con esa puta de Franca… Por eso…<br />
Y llora y habla a gritos. ¿Tendré que interpretar? Interpreto: –No, nena, no es así. La que quiere salir con otras debés ser vos… No yo… Yo estoy muy bien en mi escritorio… Te ponés mal… estás haciendo esto –digo para sentirte mal, para no estar mejor conmigo…<br />
–Y ella… ¿Podía estar bien con vos? –pregunta y me golpea el escritorio.<br />
–Sí, Claudia –digo temiendo que vuelva a romper algo–, como vos: a veces, como vos hoy, ella tampoco podía… Ella no sabe controlar sus reacciones. Tampoco yo sé controlar mis no–reacciones. Si actuase como ella desea, todo sería distinto. Más violento y confuso –más peligroso pero tal vez sería mejor. Apagaré la luz.<br />
Veo su silueta moverse en la semipenumbra del living y reconozco su intención. Amenazo: –Si seguís, Claudia, sabés lo que te va a pasar…<br />
Pero sigue:<br />
–Sos una mierda… ¡Sos una mierda! ¡Sos una renga borracha y podrida como las cosas que escribís…! Y grita. Grita cada vez más: –Sos una puta como Franca… –Ahora todos los vecinos la escucharán.<br />
Odio sus miradas indiferentes en el ascensor, o en el palier. Atentos, educados, fingen no habernos oído nunca. Así son ellos: viven fingiendo, ocultando lo que ocurre detrás. ¿Como en el cine? Como en un cine. Como en la vida.<br />
Que termine. Por los vecinos, pido. Que no quiero más humillaciones con los vecinos, digo.<br />
Sigue:<br />
–Podrida… Renga… ¡Como lo que escribís…! ¡Era una puta…! Grita más, sigue gritando hasta que dejo mi silla, la sorprendo por detrás y le cruzo el antebrazo contra la boca haciendo firme su muñeca con el cabo del cinturón. Ya no la pueden oír.<br />
Grita por la nariz. Entiendo cada una de sus sílabas: “Borracha”, “renga”, “podrida”, “curda”.<br />
¡Tantas veces la oí! La vuelco sobre los almohadones. Se arquea.<br />
Golpea su frente y las orejas contra la alfombra y contra las patas del sofá. No es fácil sujetarla.<br />
Se marcará.<br />
Cuando termino de atar sus manos me desnudo, manteniéndola quieta con mi pierna apoyada en su cintura. Chilla por la nariz, sacude la cabeza. Todo retumba.<br />
Después, desnuda, comienzo a desnudarla. No es fácil; Claudia es fuerte –pesa cincuenta y ocho–, se mueve y se resiste. Comienzo a acariciarla. Beso sus lágrimas. Beso sus ojos, beso su pelo húmedo y siento el gusto de su sangre: otra vez se le han abierto las cicatrices de la sien.<br />
La abrazo.<br />
Siento cómo se va calmando lentamente.<br />
Entonces paso mis manos tras su espalda y desato el cinturón. La mano libre de ella se clava en mi cintura, bajo la espalda. Me hiere con sus uñas, pero se está calmando.<br />
Después se aquieta y nos besamos. Se mezclan gustos en nuestras bocas: las lágrimas, la sangre y los restos de rimmel y de lápiz de labios. Nos abrazamos más. Nos apretamos cada vez más y vamos abrazadas a la hamaca o al cuarto, para hamacarnos, o acariciarnos. Ríe. Reímos juntas y más tarde, después del baño, cuando salimos a comer, vuelve a reír al recordar la escena de esta noche y yo río a la par y la gente nos mira reír ¿Pensarán todos que somos muy felices? Tal vez.<br />
Pero aquí nadie nos conoce. Los que solían comer en estos restaurantes ya no andan más por nuestro barrio.<br />
–Todo cambia –le digo, y querría que entendiese que no le estoy diciendo cualquier frase, que en estas dos palabras hay una enseñanza que ella, algún día, deberá aprender.<br />
–Soy feliz… –me dice, como si hubiera comprendido y confiesa que si encontrase un hombre capaz de darle la cuarta parte de la felicidad que ha tenido conmigo, se iría con él, porque soy una borracha podrida que sólo sabe destruir, y repite que soy una borracha, que algún día me olvidará como seguramente Franca me ha olvidado.<br />
Y yo río. (¡Tantas veces la gente del restaurante me habrá visto reír…!) Río porque ella está simulando una pelea para probarme –para provocarme–, pero cuando pregunta por qué río, miento y respondo que me río de ella, porque si confesase que río de un país, de una ciudad, de un restaurante y de sus mesas semejantes donde la gente come menús idénticos al nuestro y todo nos parece natural, o real, ella no me creería, sentiría que la engaño y hasta sería capaz de reiniciar otra de sus escenas de violencia.<br />
Rodolfo Fogwill© (1983)</p>
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Fuente: <a href="http://lomioesamateur.wordpress.com/el-cuento-del-mes/la-larga-risa-de-todos-estos-anos-fogwill/">http://lomioesamateur.wordpress.com/el-cuento-del-mes/la-larga-risa-de-todos-estos-anos-fogwill/</a></p>
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		<title>El testigo chino, por Anna Kazumi Stahl</title>
		<link>http://perdidosparasiempre.wordpress.com/2011/02/20/el-testigo-chino-por-anna-kazumi-stahl/</link>
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		<pubDate>Sun, 20 Feb 2011 12:47:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>franzcasca</dc:creator>
				<category><![CDATA[antología]]></category>
		<category><![CDATA[catastrofes naturales]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>El aviso apareció de pronto en la sección “Clasificados” del diario de Nueva Orleans, el Times-Picayune. Salió un martes, en abril, y seguía apareciendo todos los días de la semana, y el domingo, hasta que uno finalmente se acostumbraba a que estuviera, como la fecha, o el número de la página, casi invisible. Un modesto recuadro decía: “Hablante nativa de japonés. Servicios de traducción e interpretación”, y abajo daba una dirección y un número de teléfono, en uno de los barrios nuevos, cerca del lago. Por supuesto que nadie llamaba; parecía una curiosidad más de las tantas que hay en Nueva Orleans. Una cosa rara que uno ve pero por la que no se preocupa, es decir: una cosa rara con la que uno convive en paz.</p>
<p>Pero alguien sí lo había leído. En la Policía de Nueva Orleans, alguien había leído ese aviso, y lo había registrado, lo había recordado en un momento oportuno, y entonces una noche fueron a buscar a la “hablante nativa”, con su aviso adosado al prontuario de un crimen. <span id="more-213"></span></p>
<p>Había habido un tiroteo en el puerto. Un marino baleado, borracho, drogado, ¿quién sabe? Sucedió en la puerta de un local conocido por tener prostitutas. Este crimen formaba parte de una serie de asesinatos, todos parecidos: ése era el problema. Sospechaban de una mujer; sospechaban de un homosexual. En realidad no sabían. Pero esta vez habían encontrado un testigo e iban a sacarle la información suficiente para poner a alguien tras las rejas. La policía es práctica y se obtienen grandes beneficios salariales de casos como éstos.</p>
<p>Necesitaban a la japonesa. Por su aviso y porque el testigo era asiático y no hablaba inglés. Habían estado vagando por la zona, un alma perdida y ajena, en ese lugar horrendo. Por desgracia una bala le había atravesado las costillas. Ahora estaba en la clínica a pesar de no tener documentos, porque tenía los ojos dorados: había presenciado el asesinato.</p>
<p>Llevaron a la intérprete, una tal señora Michiko Yamashita, en el asiento de atrás del patrullero a la clínica. Era cerca de medianoche, quién sabe lo que habrán pensado sus vecinos. Cuando llegó, la llevaron a una pequeña sala de la Unidad de Terapia Intensiva. El testigo estaba acostado allí, dormido e inconsciente, enredado entre máquinas y tubos. Se veía muy mal, y lo estaba.</p>
<p>—Pregúntele adónde estuvo entre las ocho y las nueve de esta noche —dijo uno de los policías uniformados.</p>
<p>La japonesa miró al hombre herido. Sus ojos estaban cerrados, sus labios secos y salpicados por manchas marrones. Estaba pálido y parecía dormido. El teniente, un hombre corpulento vestido con ropa de calle, llamó al médico, que despertó al hombre, inclinándose sobre él y palmeándole la mejilla. El hombre volvió en sí. Parpadeó muy despacio y emitió un pequeño sonido de queja. La intérprete, rodeada en la pequeña sala por los policías, miraba y observó que ese hombre no podía tener más de 17 o 18 años.</p>
<p>—Pregúntele dónde y cuándo lo hirieron —repitió el teniente.</p>
<p>Ella se inclinó sobre la cama y dijo, en japonés: “Perdone la molestia en este momento tan inoportuno, pero debo preguntarle dónde y cuándo recibió estas heridas tan dolorosas”. El joven la oyó, reconoció el idioma y su rostro cambió. Tosió y después contestó.</p>
<p>—¿Qué dice, qué dice? —el gordo teniente respiraba agitado, impaciente, y hacía señas a un oficial a cargo de tomar nota—. ¿Qué dice?</p>
<p>La intérprete se incorporó y se dirigió hacia los policías.</p>
<p>—Lo siento —dijo—, pero no puedo hablar con este hombre.</p>
<p>Quedaron pasmados. Uno de los oficiales uniformados volvió a mirar el aviso, “…Japonés. Servicios de traducción”. Preguntó: “¿Cuál es el problema, señora?” Pronunció el “señora” con marcada ironía.</p>
<p>—Es chino —dijo ella.</p>
<p>Nadie habló por un rato. Pero el teniente se hizo cargo: ahora no tenía tiempo para que la situación se echara a perder, había una necesidad urgente de información, era muy tarde, éste era el quinto asesinato sin resolver en el mismo lugar, y todo parecía señalar al mismo culpable. Era imprescindible arrestar a alguien antes del amanecer. Las cosas habían llegado demasiado lejos para arruinar todo por un “problema oriental”.</p>
<p>Miró a la japonesa con sus ojos saltones de color verde sucio, cargados de ira. La cara grasosa, arruinada por demasiadas frituras y cerveza. “Bueno, entonces háblele despacio, señora. Chino, japonés da lo mismo. Si no, no la hubiéramos traído, ¿no le parece?”</p>
<p>Ella consideró la respuesta en silencio y con seriedad. O al menos así parecía. Pero al teniente obviamente no le dijo nada.</p>
<p>Abrió su cartera y sacó un lápiz y un pedazo de papel. Escribió en ideogramas que la lengua japonesa comparte con la china, a pesar de que habladas no tienen nada que ver, lo siguiente: “Perdóneme por incomodarlo. ¿Cuándo y dónde recibió las heridas?” Con el papel en la mano, se acercó aún más al chino herido y se lo mostró. El cuarto estaba en sombras; ella acomodó el papel lo mejor posible para que él lo pudiera leer.</p>
<p>—¿Qué carajo está haciendo? —interrumpió el policía perdiendo la paciencia—. No tenemos toda la noche. Pregúntenle a qué hora fue, vamos, nombres de calles, rasgos distintivos.</p>
<p>El joven chino, mientras tanto, observaba a la mujer, tratando de encontrar su mirada para ver si podía confiar en ella. Estaba asustado, aterrorizado, y con razón. En ese instante silencioso, ella, la japonesa, ganó su confianza, y él escribió, con gran esfuerzo y dolor: “Nueve y media de la noche, a dos cuadras del muelle B”.</p>
<p>La intérprete tomó el papel e inclinándose hacia la luz de la lámpara, lo descifró. Después, enfrentando a los policías reportó en voz alta: “Las heridas que lo están haciendo sufrir tanto ahora, fueron recibidas a las veintiuna treinta a dos cuadras del muelle B”.</p>
<p>El teniente la miraba con insistencia; hacía esfuerzos para no ser impertinente. Esta idiotez era un trago amargo, pero él era lo suficientemente hombre y profesional como para soportar una investigación tan obstaculizada. El maldito asunto iba a llevar mucho más tiempo. Mierda, se iba a tener que pasar toda la noche allí.</p>
<p>—Bueno —ordenó con su voz gruesa y fuerte—. Pregúntele qué cosa estaba haciendo en los momentos previos a esa hora, dígale que no le conviene retener información, no sé si me entiende, y después quiero una descripción del que lo atacó: altura, peso, color de pelo, ojos. Pregúntele, pregúntele todo eso.</p>
<p>Estaba de buen ánimo, a pesar de todo, porque sabía que no había otro detective en todo el Departamento de Policía de Nueva Orleans que hubiera encontrado la forma de entenderse con el único testigo sobreviviente. Eso significaba que estaba en condiciones de hacerse de 80 o 90 puntos de bonificación y probablemente una mención por el caso, si todo salía bien y terminaba en arresto. Tan fácil: sacaba una puta barata de circulación y los 90 puntos eran suyos. La bonificación, para el teniente, se convertiría en una Bronco último modelo, gris acero, con doble tracción y hasta, de yapa, ganchos especiales para colgar el rifle. No era poco por unas horas extra con esos dos chinos y su intercambio de papelitos.</p>
<p>Con el transcurso de la noche, sin embargo, empezó a aburrirse; llegó a preguntarse qué era ese jueguito. ¿Alguna chifladura oriental relacionada con que las mujeres no pueden hablar con un hombre que está en la cama? ¿Quizá porque era casada? ¿Pero entonces, estando casada, para qué había puesto el aviso? Los orientales son muy protectores de sus mujeres, por eso casi no las dejan salir de la casa. En las películas y ese tipo de cosas, casi no se ven mujeres. Nunca había pensado en eso, pero lo pensaba ahora mientras esperaba que pasara la noche, mientras observaba la pequeña espalda de ella, su cabello negro peinado en un rodete, y el ir y venir de las raras y minuciosas figuras, mientras hacía eso y esperaba la bonificación y la mención.</p>
<p>Al otro día salió la noticia en la tapa del Times-Picayune. Una brillante maniobra de investigación, de parte del teniente Rupert Hutchins, había revelado al culpable de una horripilante serie de asesinatos a sangre fría en el distrito de muelles. Nuestro feliz municipio recuperaba de nuevo la seguridad, gracias a individuos como el teniente Hutchins, defensores de la moralidad y el bienestar vecinal. Habían incluido una foto bastante grande de la cara de Hutchins. Parecía hinchada; el teniente era muy gordo de cara y tenía los ojos desproporcionadamente pequeños. Abajo de la foto estaba citado diciendo que sus grandes amores eran la bellísima ciudad de Nueva Orleans y el deporte de la caza.</p>
<p>Esa misma mañana, en la sección “Clasificados” del Times-Picayune se recibió un llamado. Era por un tramite simple, una cancelación. Una voz de mujer. Tenía un acento raro, dulce, y una voz muy linda, suave. Dijo: “Buen día. Por favor, perdone la molestia. Necesitaría cancelar un aviso”. Alguien tomó nota de sus datos y del número de ficha; usó el primer papel que encontró, por casualidad la sección “Noticias” de ese día, que yacía olvidada sobre el escritorio. En el borde del papel decía: “Michaki Yamata, Nro. F-345, traduc. &#8211; CANCELAR YA”. Las primeras letras del nombre cubrían parte de un título menor, de la página 17: “Otro asesinato en el distrito del muelle”. Ese renglón se rompió cuando sacaron lo anotado para llevarlo al archivo.</p>
<p>Fuente: <a href="http://www.abanico.org.ar/2009/06/stahl-testigo.html">http://www.abanico.org.ar/2009/06/stahl-testigo.html</a></p>
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		<title>Hiroko, por Anna Kazumi Stahl</title>
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		<pubDate>Wed, 16 Feb 2011 17:44:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>franzcasca</dc:creator>
				<category><![CDATA[antología]]></category>
		<category><![CDATA[catastrofes naturales]]></category>

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		<description><![CDATA[Hiroko Robbins eligió una mesa cerca de las grandes ventanas que daban al Eastman Boulevard. Apoyó la bandeja y la hizo girar para que el café quedara frente a ella mientras el plato de macarrones con queso se enfriaba en el otro extremo. Afuera, el tránsito corría a cada lado del boulevard. Eastman era la [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=perdidosparasiempre.wordpress.com&amp;blog=14018865&amp;post=211&amp;subd=perdidosparasiempre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hiroko Robbins eligió una mesa cerca de las grandes ventanas que daban al Eastman Boulevard. Apoyó la bandeja y la hizo girar para que el café quedara frente a ella mientras el plato de macarrones con queso se enfriaba en el otro extremo. Afuera, el tránsito corría a cada lado del boulevard. Eastman era la calle más extensa de Monroe, Texas. Le pusieron al nombre de su intendente más voluminoso: 1,90 metros de altura y 100 kilogramos de peso en 1958.</p>
<p>Hiroko disolvía la crema en su café y miraba por la ventana. Del otro lado del boulevard había una fila de casas, cada una con su respectivo cartel. Letras en relieve anunciaban los nombres de dentistas y médicos que atendían allí. Las casas eran tremendamente parecidas, Hiroko no podía recordar a cuál quería dirigirse. Se reclinó en el respaldo de la silla con un ligero suspiro. Las ventanas llegaban hasta el techo y el cielo texano le caía encima.</p>
<p>No fue el tamaño de las cosas lo que la sorprendió al llegar a América. Todo el mundo sabía que América era enorme. Lo que la asombró fue el espacio: había inconmensurable espacio entre una cosa y otra. Al principio tuvo una sensación desagradable similar al vértigo. Era tal el espacio a su alrededor que sus pulmones se expandían involuntariamente y sentía que no podía respirar.</p>
<p>Esa primera sensación fue alarmante. Sabía de la grandeza americana y se había sentido gratificada al arribar a un país como ése. Sin embargo, fue perdiendo su asombro inicial. De hecho, después de sólo tres meses estaba decepcionada, especialmente del Sur. </p>
<p>No era la cultura decadente pero magnífica que esperaba encontrar. Hiroko había leído a Faulkner, se había sumergido en Tennessee Williams. Tennessee Williams era para ella un ángel del Sur, dulce y apasionado.</p>
<p>Pero este Sur americano no era ni dulce ni apasionado. Esperaba encontrar una cultura lánguida, fluida, deteriorada pero elegante. En cambio, se halló en medio de una sociedad vulgar, una sociedad nerviosa, preocupada por centros de mesa, listas de invitados y damas de honor. <span id="more-211"></span></p>
<p>El sabor del café aguachento no era placentero pero la sosegaba. Tomó la gruesa taza con ambas manos y aspiró al humo que tenía un leve olor a detergente. Un año atrás, en Kioto, Dean Edward Robbins había llegado a las clases de lengua japonesa que ella daba. Hiroko advirtió su presencia porque tenía una manera muy peculiar de bajar la vista, desviando los ojos en una forma delicada y elusiva. Era distinto de los demás americanos. Esas otras caras rosadas la fastidiaban. Le recordaban a los soldados que habían desfilado, jactanciosos por las calles de Kioto en los tiempos de la Ocupación.</p>
<p>Durante las lecciones los americanos quedaban en babia tratando de asimilar la gramática extranjera y de leer los complejos ideogramas. Confundidos, volvían sus ojos de cordero hacia ella, suplicantes, y le parecía que esperaban que la profesora transformara el aprendizaje de la lengua japonesa en algo tan sencillo como encender la TV.</p>
<p>A pesar de la conducta de ellos, Hiroko no tenía prejuicios contra los blancos. Eran para ella como los niños: intolerables pero necesarios. Entonces, les enseñaba con amabilidad. Y nunca pensaba en ellos fuera de la clase.</p>
<p>Dean Edward Robbins, sin embargo, era un enigma. Transmitía paz. Llegaba a clase con un saco liviano y de un tono cálido, que dejaba, doblado, en el respaldo de su silla. Sus movimientos no eran cuidadosos pero sí ligeramente meditados. Se sorprendió pensando en él por las tardes, muchas horas después de haber dejado el Instituto de Lengua Japonesa.</p>
<p>Cuando él habló por primera vez, Hiroko encontró que se aferraba a su voz como un animal acechante. De repente sintió el anhelo de estar cerca de su boca, dentro de su pecho. Quería incorporarse a su gramática llena de vacilaciones y compartir esa lánguida entonación.</p>
<p>A la tercera semana de clase, cuando estaban todos inclinados sobre sus hojas, inmersos en el palpable silencio del examen, ella recordó su voz, recordó haberse enamorado de esa entonación tiempo atrás. Era la cadencia lenta y resbalosa de la obra Gato sobre el tejado de cinc caliente. Había tomado el tren hasta Osaka para ver la première con actores de Nueva Orleans, la obra en su idioma original. Esa manera de contar la propia historia del fracaso, esa lengua que transmitía humillación pero también dignidad y una cultura decorosamente derrotada: la cultura del “Viejo Sur”.</p>
<p>Se dio cuenta de que lo amaba. Mientras dibujaba caracteres del hiragana en la hoja del examen ella lo observaba, sabiendo que lo había amado durante mucho tiempo, incluso antes de haberlo conocido.</p>
<p>Cuando él la invitó a tomar una copa se alegró, pero no se sorprendió. Sentía que era una cuestión del destino. Iría al Viejo Sur, al Sur de él, un lugar detenido en un tiempo anterior a la guerra civil, y entonces podría iniciarse en esa lengua. Se transformaría en alguien distinto, empezaría a escribir con languidez y pasión, como Tennessee Williams.</p>
<p>Era el final de los años 50. Las cervecerías estaban de moda en Japón. Algo tan nuevo, tan occidental. De vez en cuando iban al Alemand, cerca del Takashima, en el centro. Se sentaban en un reservado, lejos de la música, y él fumaba. Su porte era sensual, casi femenino aunque no afeminado. No había hombres japoneses así. En el Alemand, enmarcado por las paredes revestidas de pana roja importada de Europa, él sonreía callado, escuchándola mientras ella le hablaba en el inglés que había aprendido en el colegio. El humo de su cigarrillo ascendía en espirales desde sus manos. Cuando inhalaba, el humo quedaba suspendido entre sus labios durante un instante, como si se dejara acariciar antes de incorporarlo. Tal era el impacto que él le causaba, que ella temía mirarlo mucho a los ojos.</p>
<p>Inclinando la cara como debe hacerlo una mujer japonesa, Hiroko lograba de todos modos una detallada observación. Atisbando desde el rabillo del ojo, tomaba nota mental de sus gestos, vacilaciones, movimientos. Notaba los cambios en su voz cuando llamaba al mozo o se disculpaba para irse un momento de la mesa o cuando buscaba disimuladamente encontrar su mirada.</p>
<p>Se daba cuenta de que él la deseaba porque percibía la tensión en sus pasos al caminar juntos. A fines de mayo, cinco meses después de haberse conocido, Robbins la llevó al Alemand y eligió los asientos más apartados.</p>
<p>—Ya estamos cerca de julio –le dijo, con la mirada perdida.</p>
<p>—Sí –contestó ella en su esforzado inglés—. Sí, cada vez hace más calor.</p>
<p>—Mm… —dijo él—. En julio voy a volver a ver los árboles de Louisiana.</p>
<p>Le dirigió una mirada furtiva. Volvió a fijar la vista en su vaso, la dorada cerveza helaba el vidrio.</p>
<p>—¿Ah, en serio? –contestó con indiferencia. Las sutilezas de las frases casuales se desvanecen en un idioma extranjero.</p>
<p>—Mm –dijo él—. ¿Qué te parecería venir conmigo?</p>
<p>Se volvió hacia Hiroko girando en el asiento y su pierna se detuvo en el muslo de ella. Sonreía.</p>
<p>Cuando ella le expuso el asunto a su padre para pedirle que la entregara a Dean Edward Robbins, el severo y encanecido hombre, delgado como el papel desde la guerra, se apoyó contra el respaldo y durante un rato frunció su boca en una expresión desaprobatoria. Observaba a su hija. Ella se quedó inmóvil, arrodillada y con el torso ligeramente agachado. Sus manos, cruzadas delante, estaban apoyadas sobre la alfombra tatami, su cuerpo mantenía la apropiada postura de respeto, esperando. Finalmente llegó la respuesta y con ella Hiroko casi se consumió de alegría. “Vendrá para una entrevista”, dijo su padre, una respuesta claramente positiva, y luego le dio la espalda.</p>
<p>Ella hizo una pronunciada reverencia. Aproximó la frente a la alfombra, las manos cruzadas una encima de la otra por delante de su cabeza gacha. En la forma más femenina y filial, le ofreció su agradecimiento. Estaba emocionada.</p>
<p>Su madrastra recibió a Robbins en la puerta y lo guió hacia un pequeño living. Él se arrodilló sin demasiada torpeza sobre un almohadón violeta colocado frente a un escritorio pulido y brillante, pero vacío. Robbins no aceptó bebidas y esperó al padre. Kitayama Isamu abrió la puerta corrediza shoji y entró. No medía más de 1 metro 60 y sin embargo su presencia era enorme. Llevaba un kimono formal, gris oscuro. Una cabeza grande se apoyaba sobre su cuerpo frágil. Su boca, fruncida, también parecía demasiado grande. Robbins lo miraba pero de a ratos desviaba la vista porque sentía lo difícil que era mirarlo sin incomodarse.</p>
<p>Kitayama Isamu había poseído una inmensa fortuna. Su familia había sido dueña de una docena de montañas que rodeaban la ciudad, de tres islas satelitales y cuatro bosques en el norte. Durante cuatro siglos la poderosa familia Kitayama se había dedicado al liderazgo local, y cuando llegó el siglo veinte compró los medios para suministrar el gas y la electricidad a la mayor parte de la región.</p>
<p>Pero en media docena de años habían sido derrotados. Todo Japón se había degradado. Cayó el gobierno, el Emperador perdió su autoridad y el implacable bombardeo transformó la vida de los Kitayama en un infierno. Tuvieron que huir como campesinos harapientos en medio de la noche hacia el refugio de los montes.</p>
<p>Cuando volvieron a la ciudad, siete meses después, la casa familiar había desaparecido. Las fuerzas de la Ocupación se habían apropiado de sus negocios, sus islas habían sido entregadas a la Unión Soviética. Pero por algún error en los registros gubernamentales, cinco montañas seguían a nombre de la familia. Durante los años de miseria posteriores a la guerra, mientras otros pedían limosna, morían de hambre o prostituían a sus hijas, Kitayama fue vendiendo las montañas, una por una. Así alimentó a su familia y la apartó lo más lejos posible del horror de la posguerra.</p>
<p>Kitayama Isamu se sentó en la esquina noroeste de la habitación. Con la espalda derecha, las manos apoyadas firmemente sobre los muslos, inspeccionó a su invitado, como americano aunque no como soldado, y como una posibilidad no deshonrosa de deshacerse de una hija que comía como un hijo pero producía menos. Robbins no era un hombre de gran tamaño y aspecto torpe como la mayoría de los americanos: sus manos estaban cruzadas sobre su falda y había entornado los ojos. Kitayama pensó por un momento que su hija había instruido al pretendiente en su comportamiento pero luego advirtió que se trataba de una humildad natural.</p>
<p>—¿Cuál es su nombre? –preguntó.</p>
<p>—Mi nombre es Robbins, Dean Edward —contestó con tono suave, pronunciando su nombre a la manera japonesa que invertía el orden de nombres y apellido.</p>
<p>—¿Y qué posee?</p>
<p>Fue la primera de una cantidad de preguntas que Dean no había previsto. Hiroko nunca mencionó la propiedad como algo imperativo. Miró en otra dirección, pensando, y finalmente respondió con honestidad: “Poseo una casa en Texas y también un automóvil.” Kitayama estuvo satisfecho.</p>
<p>—¿Cuál es su profesión y cuál es la suma de sus ingresos?</p>
<p>—Soy ingeniero civil. Gano veinticinco mil dólares al año —dijo.</p>
<p>Los ojos de Kitayama se oscurecieron por un instante. Dudaba. Veinticinco mil dólares era una cantidad enorme de dinero, una montaña entera se vendía por mucho menos.</p>
<p>—Muy bien –dijo Kitayama, sereno, y luego preguntó—. ¿Por qué quiere casarse con mi hija?</p>
<p>—¡Oh! –dijo Robbins elevando la mirada y sonriendo—. ¡La amo! —dijo y de inmediato leyó en la expresión de Kitayama el registro de un error—. Y —continuó, alzando la voz— estoy seguro de que será una buena y servicial esposa.</p>
<p>—Bien —respondió Kitayama. Se puso de pie, llevó hacia atrás las mangas de su kimono y dijo—: Queda acordado.</p>
<p>Luego, Dean reprodujo la escena para ella, la ansiedad aún visible en su rostro, y ella sintió un inesperado alivio. Tuvo un ataque de risa en medio del solemne restaurante Sakura y continuó riéndose hasta que le saltaron lágrimas de los ojos. Al día siguiente él le dio un anillo.</p>
<p>Recién en el transatlántico que los llevó de Kobe hasta San Francisco pensó en las preguntas que su padre le había hecho a Robbins. No entendía por qué había accedido tan rápido, por qué no había establecido condiciones ni exigido nada. Quizá su padre había reconocido en Dean un carácter que no tenía nada que ver con el viejo Japón. Tal vez le había parecido que le podría ofrecer un nuevo horizonte. Quizás era por eso que le había gustado.</p>
<p>Hiroko apoyó su taza de café y levantó el tenedor. Se lo pasaba de una mano a la otra disfrutando del contacto del acero inoxidable frío. Empujó el plato de macarrones con queso hacia el borde de su bandeja. El queso, de un color amarillo brillante, estaba pegoteado entre los macarrones. Éste era su plato americano favorito. Con el tenedor tiró un poco de queso que se despegó de los macarrones. Lo pinchó y lo levantó del plato. Hiroko era experta en el uso del tenedor, aunque lo había aprendido de adulta. Le gustaban y siempre los había considerado instrumentos ingeniosos, con propiedades específicas: una parte chata para cavar y sostener, dientes para pinchar y distribuir y unos bordes lo bastante afilados como para cortar.</p>
<p>Mientras la luz se volcaba a través de la ventana de la cafetería Wyatt, ella masticaba el queso con deleite. Adoraba su sabor salado, casi como el de los pickles kombu. Y su consistencia gomosa, de manera que el gusto a sal se exprimía una y otra vez con cada mordida.</p>
<p>Cuando la madre de Dean hizo comentarios maliciosos a espaldas de Hiroko acerca de sus modales presumiblemente “japoneses”, ella le aclaró a Dean: “Ningún japonés come de esta manera. Ésta es mi manera de comer macarrones con queso. ¡Mía!”, repitió, “¡Mía solamente!&#8230; Tu madre no sabe nada.” Y Hiroko había continuado comiendo macarrones con queso de esa forma.</p>
<p>Ann Rose Robbins los excluyó del menú familiar y no pudo abstenerse de decir en un tono dulce pero venenoso: “Mira, Hiraka querida, la guarnición de hoy es puré de papas para que pruebes algo diferente.” Pero cuando Hiroko y Dean se mudaron cincuenta y pico de millas fuera de Monroe, a la ciudad de Houston, esas grandiosas comidas familiares se volvieron infrecuentes.</p>
<p>Mientras Hiroko masticaba, luchó por retener el recuerdo del Dean Edward Robbins de Kioto. Le había parecido tan promisorio. Nunca podría haberse imaginado que le iba a dar una vida tan común ni que ella se convertiría, a su vez, en un ser indolente, peor que común. Hiroko había venido a este país para abandonar el Japón que la coartaba, reduciéndola a una figura bella y silenciosa. En los Estados Unidos se convirtió en una figura silenciosa pero sin belleza.</p>
<p>En su adolescencia Hiroko había escrito terribles historias de chicas que saltaban desde puentes o se cortaban hasta desangrarse. Su vestidora las encontró y se las llevó a su padre. “Una mujer no debería escribir”, le había informado Kitayama Isamu, la palma de su mano descansando chata y pesada sobre sus manuscritos. Un segundo después los quemaría hoja por hoja frente a ella. “Es un desperdicio de la lengua japonesa.” Ella había continuado escribiendo en secreto pero, desde entonces, cuando escribía, lo hacía como un hombre.</p>
<p>Y todavía hoy, viviendo en el país de las libertades individuales, seguía escribiendo así. Todos los días de 10 a 12 de la mañana y de 3 a 5 de la tarde, se sentaba en un cuarto pequeño al lado de la despensa y escribía. Usaba blocs tamaño oficio en sentido horizontal; los llenaba de columnas verticales de ideogramas complicados, kanji, muchos kanji en la retórica que les estaba reservada a los hombres. Y siempre que escribía, lo tuviera o no presente, estaba la imagen de Tennessee Williams, un hombre delicado, sufrido, elegantísimo.</p>
<p>Lo había visto en persona una sola vez; a los pocos meses de que ella llegara al país, había dado una conferencia en la Universidad de Tulane y Dean la había llevado en el auto hasta Nueva Orleans para que pudiera verlo. Tennessee Williams era hermoso. Lánguido como una flor. Bebía demasiado pero con la gracia de la necesidad. Suspiraba y a veces se quedaba callado, con la mirada perdida en medio de una frase. Ella lo encontraba exquisito. Quería ser como él.</p>
<p>Después de eso empezó a tomarse más en serio el hecho de escribir. Estaba ocupada tratando de hacer un relato sobre un homosexual y la mujer que éste iba a asesinar. Para escribir debía invocar el genio dulce y ebrio de Tennessee Williams. Así surgían los distintos kanji y sólo entonces se desligaba de su propia existencia. Sentía que estaba persiguiendo algo inmenso, capaz de aniquilar a la mujer que moraba dentro de ella.</p>
<p>Por lo general terminaba de escribir a las cinco porque Dean llegaba alrededor de las cinco y cuarto. A veces olvidaba la hora y Dean la encontraba, aprisionada entre la mesada de la cocina y los estantes de la despensa llenando las hojas amarillas de intrincados caracteres que, para él, eran ilegibles (pero de ningún modo carentes de importancia, porque para ella sí la tenían). Él se inclinaba y la besaba. Entonces ella percibía un vacío, su condición de mujer. Su mente se resistía pero su cuerpo no. Abandonaba las cavilaciones y veía los caracteres de la escritura masculina, que hacía instantes habían sido suyos, volverse ilegibles para ella también. El olor de Dean, sus murmullos y su aliento la embriagaban. Sus brazos le rodeaban la cadera, la sombra de su barba le rozaba la sien. Todo pensamiento y toda creación propia desaparecía. Quedaba mujer. Suave, entregada.</p>
<p>Pero si llegaba a pensar, en soledad, en esas situaciones, se asfixiaba de rabia. Despreciaba a Dean. Se despreciaba a sí misma. Le parecía una vida tan común, una condición inaguantable.</p>
<p>Una vez había perdido los estribos y gritando estuvo a punto de quemar su tarjeta de residencia frente a los ojos de Dean. De pronto se dio cuenta de que se había convertido en un demonio, como su padre. Rompió a llorar. Sin decir una palabra él la abrazó y la dejó llorar. Pero luego de eso sintió que ella había tomado distancia.</p>
<p>Dean adivinó que el estado de ánimo de Hiroko estaba relacionado con el proyecto que la afanaba día a día, trazando un kanji tras otro en esa diminuta caligrafía. Pensó que sería una buena idea que mostrara a alguien sus relatos, pero cuando lo sugirió ella le dijo “¡No!” de manera violenta, y agregó: “¿A quién le voy a mostrar esto?”. Dean no se atrevió a hacer nuevas sugerencias al respecto.</p>
<p>Pero empezó a llevarle flores un par de veces a la semana. A Hiroko no le gustaban las flores ni la idea de que se las regalaran, pero como eran parte del matrimonio las aceptaba en silencio.</p>
<p>“Él regala flores”, pensaba despegando macarrones pegoteados de queso. Sabía que él la amaba al estilo americano, creyendo que el amor está hecho de flores, de besos de saludo y de despedida. “Y ahora, ¡bebés!”, pensó, pinchando los macarrones de a uno con los dientes del tenedor. “¡Bebés! ¡Quiere bebés!”</p>
<p>Dean Edward Robbins estaba compuesto de los deseos más elementales del hombre casado y ella no entendía cómo no lo había notado antes. Traía flores, se despedía cada día con un beso, leía el diario como un viejo dentro de su pequeña carpa de papel prensa y ella lo miraba decepcionada. Se preguntaba por qué había creído en él con tanta facilidad. Era algo físico, lo sabía, y se maldecía por haber cedido.</p>
<p>Él había empezado a decir, hacía tres o cuatro meses, si no sería lindo tener un bebé. Había comenzado a fijarse en los bebés cuando iban por la calle y le hablaba de amigos de ellos que tenían bebés. Y cuando quería hacer el amor, decía: “Hagamos un bebé”. Cuando se apagaba la luz ella lo podía predecir, el rumor de las sábanas y el balanceo suave de la cama mientras él se daba vuelta y la envolvía. “Hagamos un bebé”.</p>
<p>Ella lo recibía con indulgencia, pero se mantenía atenta y cuando su contacto se volvía más vigoroso, cuando estaba segura de que su necesidad de acabar dominaría su deseo de preñarla, entonces le deslizaba un preservativo entre sus dedos y le llamaba la atención.</p>
<p>Pero un día se despertó y vomitó. No podía entender cómo había pasado. A pesar de sus precauciones su período se había retrasado y vomitaba por las mañanas. Fue a ver a la doctora Yamada, que pertenecía a la comunidad japonesa-americana en Houston, la única médica con quien se había sentido cómoda en los Estados Unidos.</p>
<p>La doctota Yamada, japonesa de segunda generación, un ser alegre y rollizo, unió sus manos en un aplauso y felicitó a Hiroko: “¡Omedeto-ozaimasu!”. Pero las felicitaciones le sonaron como una sentencia vil. La sobrecogió el pánico, se sintió sofocada y sin fuerzas, aplastada por la ingenua alegría de las mejillas regordetas que imperaban en el rostro de Sharon Yamada. Hiroko ajustó su voz hasta convertirla en un susurro: “Arigato-gozaimasu…” (“Muchas gracias, estoy avergonzada, muchas gracias…”), e inclinándose, escondiendo su cara, dejó el consultorio.</p>
<p>Encendió el Oldsmobile 66 y deambuló sin rumbo por las calles. Su mente corría a toda velocidad. Nunca podría pedirle un aborto a Yamada. Yamada era una chismosa, todo el mundo se enteraría de que estaba embarazada, quizás esa misma noche. Ay, ¿por qué había ido a verla? Toda la comunidad sabía que Dean quería un bebé y pensaban que Hiroko deseaba lo mismo. Bebé, bebé… nadie entendía que este bebé significaba para Hiroko una vida maniatada. Ya la estaba carcomiendo, haciéndola vomitar y consumiendo sus fuerzas. No podía pensar con claridad. No era capaz de escribir. Hiroko se agarró con fuerza del volante y apretó el acelerador. El cielo parecía cubrirla, pensó: “Como una bóveda”, y un chillido se escapó de su garganta: “¿Na-ze? ¿Por qué? ¿Por qué nací mujer?”</p>
<p>Estacionó y quitó la llave del tablero. “El destino es superior al individuo”, recordó que les decían a los chicos japoneses cuando iban a la guerra. Entró a la casa y guardó su cartera y el saco. Tendría que decírselo a Dean hoy, entre las cinco y cuarto y las cinco y media, porque para entonces ya se sabría en la comunidad y alguien podría llamar para felicitarlos.</p>
<p>Cuando Dean llegó ella escuchaba a Vivaldi en el living. A él le pareció un buen signo. Entró y la encontró acurrucada en el sofá. Acomodó su cadera en la curva del cuerpo de ella, rozó su pelo con las yemas de los dedos y enmarcó su rostro con caricias. “Hola, Hiroko”, murmuró, y aunque ella mantenía los ojos cerrados para defenderse de él, percibió que cedía ante su voz. Él se inclinó sobre ella e Hiroko pudo sentir el calor de su cuerpo envolviéndola. “Hiroko, Hiroko”, decía, besándola en las sienes, besando sus orejas y sus mejillas. Después alejó su rostro un poco y la miró a los ojos. Sonreía. Ella pensó: “¿Cómo puede ser tan simple su felicidad? Es como un niño con golosinas. No piensa en las consecuencias”. Y de repente supo que Dean le iba a hacer la pregunta que temía: “¿Vamos a tener un bebé, Hiroko?”</p>
<p>Abrió los ojos y lo miró en silencio. Él no sabía que ella había visto a la doctora Yamada. Se preguntó si, en caso de que hubiese abortado ese mismo día, él también lo hubiera adivinado. La besó en los labios y la miró de nuevo esperando una respuesta. Estaba contento, sonreía, y esperaba con calma que ella contestara que sí, que iban a tener un bebé, e Hiroko suspiró y supo que se rendiría. Con los ojos cerrados, se aferraba los brazos de él. La música estaba demasiado alta. Cerró los ojos con más fuerza.</p>
<p>Se había preparado para decírselo de manera cruel, haciéndolo sentir culpable por su semilla, pero en cambio dijo con voz muy débil.</p>
<p>—Sí, soy tu esposa embarazada.</p>
<p>—Te amo –susurró él. “Sí”, dijo ella, invadida de golpe por un sentimiento que provenía de él. Entonces ella misma percibió una gran emoción, grande como el mar o las montañas, sintió que estaba enamorada de él, estaba susurrando como él y ahora la música se había vuelto inaudible. “Sí”, decía ella, sujetándose con fuerza de las mangas de su camisa. “Tenemos un bebé en mi vientre.” Él sonreía pletórico de felicidad y ponía sus manos sobre el abdomen de ella tantas veces como podía. Dean estaba casi llorando y ella notó que él lloraba también, primero en forma controlada y después cada vez más, convulsivamente, hasta que se extenuó y él la llevó a la cama como a una niña.</p>
<p>Al día siguiente estaba desesperada. Dean llegó a la casa con madera para un corralito y ella sintió una especie de asfixia. No comió, contestó con irritación y se mantuvo en silencio por el resto de la noche. Él le preguntó si sentía bien pero después la dejó tranquila. No se preocupó demasiado. “Los cambios de ánimo son comunes, las hormonas”, pensaba. “Ella es muy delicada”.</p>
<p>Hiroko deseaba no habérselo contado nunca. Pasaron los días, y mientras él trabajaba ella iba y venía por la casa ansiosa, torturándose para encontrar un modo de alterar su condición. Las horas pasaban y ella caminaba del living al comedor y vuelta, alrededor de las mesas, entrando y saliendo de la cocina, al living de vuelta, y de nuevo en círculos alrededor de las mesas. ¿Qué podía hacer? ¿Cómo podía cambiar las cosas? Quizá si corría por los montes o subía y bajaba escaleras lo perdería. Pero estaba demasiado asustada como para probar. ¿Qué haría si quedaba tendida en las escaleras una vez que hubiera forzado la pérdida? Él le preguntaría por qué había estado subiendo y bajando las escaleras.</p>
<p>Empezó a pensar en ello también durante la noche, cuando Dean estaba ya dormido. Consideraba un millón de ideas impracticables, daba vueltas y vueltas. Pensaba con tanto ahínco que por primera vez sus sueños no la mostraban como a una mujer sino como a un hombre lánguido, enfermo por el alcohol, pálido, que estaba escribiendo y para quien nadie más existía. Los sueños eran tan vívidos que apenas se despertaba no pensaba en el embarazo sino en la trama de su cuento y en los ideogramas del kanji. Pero entonces empezaba a vomitar.</p>
<p>Así transcurrieron un par de semanas. Creía haberse vuelto loca hasta que una mañana, mientras preparaba umeboshi y sopa de arroz, de repente se le ocurrió. Recordó a ese doctor; ya había pasado un año de su única consulta con él, pero lo recordaba en detalle. Su suegra, Ann Rose, se lo había recomendado cuando la atacó un fuerte dolor de garganta apenas llegaba. Fue a verlo y sospechó de él desde un principio porque le pareció demasiado joven para ser un médico. Tenía la cara roja y agujereada, su cuerpo era muy grande en relación con la cabeza y sus movimientos poseían la peligrosa torpeza de los adolescentes. Pero de la pared colgaban títulos de la Texas A &amp; M y de la Universidad de Rice. Pensó que debía ser confiable, su suegra parecía tener una alta opinión de él y conocía personalmente a su madre.</p>
<p>Mientras le examinaba la garganta con una pequeña linterna, la palma de su mano descansaba sobre su cuello. Hiroko se sintió rara, en peligro. Después el médico examinó su respiración con el estetoscopio, presionando la piel con sus dedos. Apenas comenzó a sospechar de sus verdaderas intenciones, él le sonrió y posó una gruesa mano sobre su rodilla, “Me gustan las chicas japonesas”, dijo, “y tú eres una belleza… Puedo hacerte otra clase de exámenes también.” Aquí había sonreído en forma obscena. Desde su cara hinchada de acné, enrojecida, percibió la expresión de shock de Hiroko. Agregó casi riendo: “Sería muy divertido. ¿Sabes a qué me refiero? ¿O no, princesa?” Ella había sentido asco y un sabor agrio en la garganta, y no pudo contestarle.</p>
<p>Había logrado borrar al doctor de su memoria. Pero ahora lo volvió a invocar: el doctor R.W. Wilkins. Hijo de Marjorie, amiga de Ann Rose. Él le practicaría un aborto en secreto, él diría que había sido un accidente. Hiroko le diría a Dean que había ido a Monroe para visitar a Ann Rose o, para obtener mayor verosimilitud, que había ido para visitar a Takako Henderson, la primera persona japonesa que conoció en los Estados Unidos.</p>
<p>Podía decirle que sintió añoranza por esa primera amistad, y él le creería. Sentiría pena y pensaría en ella como en un ser delicado y frágil. “Yo podría haberte llevado”, le diría, pensando que había sido la tensión del manejo lo que había desencadenado la pérdida del niño. Pero le creería.</p>
<p>Pondría el plan en marcha accediendo a tener un poco de sexo con ese asiófilo de rostro colorado. Si el tipo vacilaba o no recordaba la urgencia que había sentido un año atrás, intentaría incitarlo otra vez con historias sobre los “secretos” de las mujeres geisha. Sabía, a través de los relatos que la TV americana difundía sobre Japón, que un americano como él indefectiblemente quedaba atrapado por los “milenarios secretos sexuales de las geisha”. Después de todo, él quería conquistarse a una joven “china”, una “china” prohibida.</p>
<p>Con esto en mente abandonó la casa de inmediato. Olvidó su sopa de arroz y su té matinal. Condujo al minimercado para llamar a “Información” desde un teléfono público. No quería que Dean hallara llamados extraños en la cuenta y Hiroko había destruido los datos con el teléfono y la dirección del médico.</p>
<p>Era fácil conseguir los datos. La secretaria le dijo que el doctor Wilkins llegaría más tarde y le dio un turno de emergencia para ese mismo día: “A las cuatro y cuarto para registrarse y él la verá a las cuatro y media.” Inició de inmediato el recorrido de las cincuenta y pico de millas hasta Monroe. Atravesó el boulevard Eastman y se detuvo en la cafetería Wyatt, enfrente de Eastman 3245, el consultorio del Dr. R.W. Wilkins.</p>
<p>Tomó unos traguitos de café frío. Ahora realmente le dolía la garganta. Eran las cuatro y diez en su reloj. Hora de irse. Pero no se quería levantar. Le dolía la garganta.</p>
<p>Bueno, si al verlo le causaba demasiada repulsión, podía decirle que había ido porque le dolía muchísimo la garganta. Era sencillo, tan sólo le diría que tenía anginas. No sería del todo una mentira; desde la guerra, cuando escaparon en medio de la noche en ropa de cama y descalzos hacia las montañas, algo terrible se había adueñado de su garganta, un dolor agudísimo. No había podido hablar durante semanas, y aún hoy cada tanto lo padecía, aunque tal vez sólo por el recuerdo.</p>
<p>Sin embargo, sabía que no iba a decir nada acerca del dolor en la garganta. Necesitaba “otro tipo de exámenes”. Con el poder de su mente ordenó a su cuerpo que se levantara y saliera. Se dio cuenta de que estaba tomando una decisión y en ese instante se le abrió un horizonte, a pesar de que todavía no tomara plena conciencia de él, un nuevo horizonte bajo ese cielo pesado de Monroe, Texas.</p>
<p>Cuando el semáforo le indicó que podía hacerlo, cruzó el boulevard y luego, tiesa, atravesó la puerta con el cartel “Dr. R.W. Wilkins, Práctica General”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Fuente: <a href="http://mujeresqueescriben.blogspot.com/2008/03/anna-kazumi-stahl-hiroko.html">http://mujeresqueescriben.blogspot.com/2008/03/anna-kazumi-stahl-hiroko.html</a></p>
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		<title>Cinismo, por Sergio Bizzio</title>
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		<pubDate>Fri, 11 Feb 2011 15:42:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>franzcasca</dc:creator>
				<category><![CDATA[antología]]></category>

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		<description><![CDATA[Muhabid Jasan es un tipo “interesante”. Su esposa Érika es una mujer “con inquietudes”. Tienen un hijo, Álvaro (15 años, pálido y alto), que representa a una categoría es­pecial: el sensible espontáneo. La gente con inquietudes y la gente interesante puede mezclarse y confundirse; el sen­sible espontáneo es algo único, recortado. Tiene rasgos del tipo [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=perdidosparasiempre.wordpress.com&amp;blog=14018865&amp;post=208&amp;subd=perdidosparasiempre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Muhabid  Jasan es un tipo “interesante”. Su esposa Érika es una mujer “con  inquietudes”. Tienen un hijo, Álvaro (15 años, pálido y alto), que  representa a una categoría es­pecial: el sensible espontáneo. La gente con inquietudes y la gente interesante puede mezclarse y confundirse; el sen­sible espontáneo es algo único, recortado. Tiene rasgos del tipo  con inquietudes, pero nunca resulta interesante. Lo suyo más bien es  repugnar. En un extremo está el ge­nio, aquél capaz de convertirse en  una industria de produ­cir historia personal, y en algunos casos <em>obra. </em>El sensible espontáneo está en el extremo opuesto.</p>
<p>Álvaro  era capaz de hacerte caer desde lo alto de un puente por alzar un brazo  hacia la puesta de sol. Mente siempre dispuesta, curiosidad  indiscriminada, lágrima fácil, estas son algunas de las características <em>positivas </em>del  sensible espontáneo. Las negativas son mucho peores todavía: tor­peza,  espíritu poético, carácter de mercurio, hiperadaptable, y algún que otro  rapto de impostación maldita. El sensible espontáneo está siempre lleno  de buenas intenciones. <span id="more-208"></span></p>
<p>Érika,  la madre de Álvaro, era economista, pero le in­teresaban también la  política, la botánica, la literatura, el sumié, la decoración de  interiores, la grafología, los viajes espaciales, el folklore andino, la  música, la energía, la mo­da, los lugares exóticos, el budismo zen, el  tema OVNI, la pigmentación de telas, la antropología, la psicología, la  alimentación sana, y -quizá para sentirse más cerca de su hijo- la  informática. El padre de Álvaro era músico de ci­ne. Había compuesto las  bandas sonoras de muchos films argentinos y europeos y últimamente  estaba ganando mu­cho dinero. Un estudio de Los Ángeles acababa de  contra­tarlo para trabajar a partir de marzo en la música de un film  exquisitamente perverso, exquisitamente comercial, así que, antes de  irse para arriba, se fue a la derecha, a la casa de veraneo de unos  amigos en Punta del Este.</p>
<p>Los  amigos eran Suli y Néstor Kraken. Suli era homeó­pata y Néstor Kraken  sociólogo. Los dos pertenecían a la categoría “interesante”. Eran  cultos, eruditos. Por momen­tos incluso inteligentes. Tenían una hija  llamada Rocío, de 12 años, con un defecto físico general, muy  perturbador si uno está sobrio cuando la mira: es hermosa por partes y  horrible en su conjunto. Se diría que da la impresión de haber sido  barajada más que concebida. Observarla es meterse de lleno en un vértigo  aritmético, de dolorosas combinaciones. Sus ojos, por ejemplo. Un  millón de muje­res (y de hombres) querrían tener ojos como los ojos de  Rocío, pero ninguno los aceptaría si la condición fuera que vinieran  acompañados por la nariz, que a la vez es perfecta (sola). Y así en  todas direcciones hasta el final.</p>
<p>Lo  perturbador del aspecto de Rocío tenía sin embar­go un atenuante, que  era casi una bendición: no encajaba con su carácter. “Si fuese igual por  adentro que por afue­ra sería esquizofrénica”, le comentó Muhabid a  Érika du­rante el viaje en Ferry, en un momento en el que ambos creyeron  que Álvaro dormía. Muhabid estaba preocupado porque iban a pasar dos  semanas en la casa de los Kraken, y Álvaro se aburriría como una ostra  en compañía de Rocío. Érika no dijo nada; sabía que en realidad la  preocupación de Muhabid pasaba por otro lado… Muhabid sospechaba que  Álvaro era gay. Y Rocío no le permitía hacerse ningu­na ilusión de sexo  para su hijo. Ni se le cruzaba por la ca­beza que Álvaro pudiera  sentirse atraído por ella. Era una lástima, una oportunidad perdida.</p>
<p>Pero  Muhabid tenía razón; Rocío era una chica total­mente normal (todavía  virgen y caprichosa) aunque con una particularidad: era la chica más  cínica que había co­nocido. Hasta sus propios padres habían aceptado en  al­guna ocasión que Rocío era “un poco agria”.</p>
<p>Durante  esa semana, Muhabid, Suli y Néstor bebieron dos botellas de whisky por  día y mantuvieron largas con­versaciones muy interesantes que abarcaban  el arco com­pleto de las principales actividades humanas. Saltaban de la  política al arte con una facilidad de gimnastas, dispa­rando allá y  aquí nombres como Hitler, Warhol, Buda, Welles, en los momentos amables  -cuando el alcohol o la marihuana les bajaban las defensas y podían  permitirse ci­tas y referentes simples-, y pulseando de tanto en tanto  con sus erudiciones de la manó de algún Altieri o algún Morovsky, en los  momentos en que todos sentían que dos semanas en la misma casa iba a  ser demasiado. Érika sólo tomaba agua mineral.</p>
<p>El  primer encuentro a solas entre Álvaro y Rocío fue en la playa, al  atardecer del segundo día. Hasta ese momen­to Álvaro se había limitado a  miraría con temor, y Rocío con desconfianza, A ella le molestaba la  actitud de Álvaro, que seguía la conversación de los padres con el ceño  fruncido, prestando muchísima atención, como si todo el tiempo  es­tuviera aprendiendo cosas nuevas. Era ridículo. De tanto en tanto,  incluso, se atrevía a decir algo, pero Rocío se da­ba cuenta de que no  eran opiniones sino meras “colabora­ciones” con la charla, y se reía por  lo bajo con un gesto de desprecio. Esa tarde, cuando se encontraron por  primera vez a solas, lo primero que hizo Rocío fue preguntarle si venía  de hacerse la paja.</p>
<p>-¿Por? -dijo Álvaro.</p>
<p>Nunca  le habían hecho una pregunta así. Es verdad que Álvaro vivía haciéndose  la paja, y que enseguida se sintió descubierto, pero el azar de una  coincidencia entre los he­chos reales y una pregunta cualquiera hizo que  se sintiera poco menos que violado. Así que no le quedó más reme­dio  que ser sincero:</p>
<p>-¿Cómo sabes?</p>
<p>-Se te nota en la cara -le contestó Rocío y lo miró de arriba abajo, como diciendo que también se le notaba en el cuerpo.</p>
<p>Se hizo una pausa.</p>
<p>Después Rocío giró sobre un talón, le dio la espalda y volvió a mirar el mar.</p>
<p>Hacía  mucho calor, y al mismo tiempo soplaba un viento helado. Las reacciones  elementales del cuerpo an­daban a la deriva, oscilando entre el  encogimiento y la ex­pansión. Todo, como en la frase anterior, se  disculpaba: era horrible y a la vez inevitable. El cielo estaba  encapo­tado, pero aun así sobraba luz. El horizonte era borroso, las  olas se sucedían bajas y lentas, como dormidas. Un chico dorado, un  grasa católico de San Isidro, aguardaba, sentado en su tabla de surf  (con la mente en blanco, llena de espuma), una ondulación de la que  pudiera decir: “¡Guau, qué ola!” Pero eso era algo que por el momen­to  no se daba.</p>
<p>La  contrariedad del grasa dorado era tan evidente que hasta Álvaro la  sintió. Álvaro estaba formateado para lle­var de por vida la marca de su  cuna {varios meses antes de su nacimiento le habían mandado hacer una  cuna de ma­deras “elegidas con el corazón” después de un largo “pro­ceso  de observación sensible” y trabajadas “artesanalmente desde el amor”  por un farsante carpintero que hacía su ta­rea en la parte luminosa del  mundo, con herramientas y materiales que no deberíamos prestar nunca a  nadie), así que sintió un escalofrío, y en el acto estuvo en desacuerdo  con Rocío. Fue increíble, porque ninguno de los dos había dicho nada  todavía.</p>
<p>Rocío  había captado la contrariedad del grasa incluso antes que el mismo  grasa. Hay que aclarar que Rocío la hubiera captado de cualquier manera  -es decir, aunque no hubiera habido ninguna contrariedad-, y que lo  habría <em>di­cho, </em>quizá en voz baja (como si acabara de  descubrirlo, no de inventarlo) y precisamente por eso la contrariedad se  hubiera apoderado del grasa en el mar. El cinismo de Ro­cío hacía  magia. Álvaro se había detenido al verla; ahora reanudaba la marcha.</p>
<p>Así, en un abrir y cerrar de ojos, estuvieron ya instala­dos en el campo de la grosería.</p>
<p>-¿Y vos? ¿Te haces la paja también o…?</p>
<p>-Yo me hago la paja todos los días. ¿Querés saber por qué?</p>
<p>-Dale.</p>
<p>-Porque me gusta.</p>
<p>(En ese momento hubo una ola, pero el surfista estaba distraído y la perdió.)</p>
<p>-Qué raro… -dijo Álvaro después de pensar un rato largo en lo que acababa de ocurrir-, ¿Sabes que <em>nunca </em>ha­bía venido a Punta del Este?</p>
<p>El sensible espontáneo activa mecanismos de escape asombrosos: va hacia el glamour cuando lo humillan.</p>
<p>Rocío se dio vuelta y lo miró.</p>
<p>-Decime, ¿vos sos boludo o te pica el culo?</p>
<p>-¿Por? -preguntó Álvaro.</p>
<p>-¿Estamos hablando de la paja y me salís con Punta del Este? ¿Dónde veraneaste el año pasado?</p>
<p>-En Cancún.</p>
<p>-¿Y nunca te hiciste la paja allá?</p>
<p>-Uh, un millón de veces.</p>
<p>-¿Y entonces qué mierda te importa si viniste o no vi­niste a Punta del Este?</p>
<p>Álvaro  bajó la vista avergonzado y enganchó con el pulgar del pie derecho la  pinza de un cangrejo muerto, su­biéndola y bajándola varias veces con el  dedo, como si lo conociera y estuviera saludándolo. Todavía con la  vista en el cangrejo, le preguntó la edad. Rocío le dijo que tenía 12 y  que estaba harta de decirlo: ese año ya se lo habían pre­guntado más de  veinte veces. Se sentó.</p>
<p>-Sentate -le dijo.</p>
<p>Álvaro se dejó caer de rodillas a su lado.</p>
<p>“Si yo fuera poeta”, pensó Rocío al verlo arrodillarse, “di­ría que acabo de tocar el corazón de un idiota.” Pero dijo:</p>
<p>-Apoya el culo que te quiero decir algo importante.</p>
<p>Álvaro obedeció. Le dio trabajo, pero obedeció. Cuan­do por fin estuvo sentado como ella quería, la oyó decir:</p>
<p>-Nunca me acosté con nadie. ¿Vos te acostarías?</p>
<p>-¿Con quién?</p>
<p>-Conmigo.</p>
<p>-¿Con vos?</p>
<p>-¡Puf!  -hizo Rocío, pero no se desanimó-. Ahora yo te digo “sí, conmigo”… y  vos me preguntas “¿Si yo me acos­taría con vos?”… y yo te digo “sí, si  vos te acostarías con­migo”… y vos me decís “¿Cómo si yo me acostaría  con vos?”… y yo te digo “Álvaro…” y me da un poco de im­presión decir tu  nombre, porque no te conozco y sin em­bargo te pregunto si te  acostarías conmigo…</p>
<p>-¿Vos querés que yo me acueste con vos?</p>
<p>-¿Ves lo que te digo? Sos un -parpadeó- pajero.</p>
<p>Se levantó, harta.</p>
<p>-Vos no te perdiste nada. Yo perdí una oportunidad. Chau -dijo y se fue.</p>
<p>Álvaro  se quedó ahí parado un rato largo pensando con el lóbulo paterno que  Rocío tenía algo “interesante” después de todo. Era honesta, sincera,  valiente, y había que reconocer que dominaba como pez al agua la  econo­mía de palabras: con apenas un puñado de frases había lle­gado al  extremo de invitarlo a coger, además de sacarle que era un pajero.</p>
<p>Esa noche, y durante todo el día siguiente, la evitó a conciencia.</p>
<p>De  los cuatro adultos, Érika era la única que no bebía. A pesar de ese  defecto participaba de las charlas alcoholizadas de los demás, iba de  buen humor a la playa con ellos, ayu­daba en la cocina, pero lo cierto  es que pasaba mucho más tiempo sola, apartada. Había llevado una carpeta  con gran­des hojas de dibujo y unas acuarelas y solía sentarse a la  sombra de un árbol a pintar y fumar. Fumaba marihuana de la mañana a la  noche. Estaba en otro mundo, de hecho infi­nitamente mejor y más sano  -según ella- que el mundo de al­cohol en el que nadaban los demás.  Muhabid, por ejemplo, era un hombre duro e insensible que llevaba  adelante su ca­rrera de artista a fuerza de técnica y aplicación. No  tenía nin­gún talento, pero le hubiera ido bien en cualquier parte. Era  la gota destilada de la eficacia, la esencia misma de la ma­durez. Y a  pesar de eso una tarde, en mitad de la botella, se sintió repentinamente  agotado, harto de tanta conversa­ción; salió de la casa diciendo que  iba a tomar un poco de aire, se metió en el bosque y oyó de pronto,  amplificado, el ruido de sus pasos sobre las hojas secas: lo aturdía.  Quedó inmóvil.</p>
<p>Entonces  sintió un cosquilleo en el cuello. Era un bichito redondo, con ojos  amarillos delineados en negro, un bichito obeso, inofensivo, atónito,  que hacía pensar en lo inservible, en algo ajeno al ecosistema o por  fuera de él. Muhabid notó que la naturaleza había provisto al insecto de  una dura coraza roja para que tuviera al menos una chance de mantener a  salvo su inutilidad. ¿Por qué era tan ignorante la naturaleza? Muhabid  puso al insecto con cui­dado sobre el tronco de un árbol y, para no  mancharse las manos con sangre, se sacó una ojota y lo aplastó. Después,  mientras salía corriendo del bosque, se llevó a Érika por delante.    Muhabid  dijo  algo  ridículo,  algo  así como “¡Oop!”, rebotó y antes  de caer de espaldas dio varias zancadas hacia atrás tratando de  recuperar el equilibrio. Érika soltó una carcajada, pero enseguida se  puso triste: la imagen de su esposo trastabillando era una más de entre  las cien imágenes que en el último año le decían que ya no estaba  enamorada de ese hombre. Lo ayudó a levantarse, cruzaron un par de  palabras y se fueron cada cual por su lado. Érika se metió en el bosque a  pintar.</p>
<p>Había  abollado una de las hojas y ya promediaba el se­gundo fracaso cuando  oyó algo que le llamó la atención. Se levantó, zigzagueó un poco por  entre los árboles y sor­prendió a Álvaro masturbándose de pie, con la  malla en las rodillas y un dedo metido en el culo. Fue ese dedo lo que  la hizo llamar:</p>
<p>-¡Álvaro!</p>
<p>Se arrepintió en el acto.</p>
<p>El  pobre Álvaro ni la miró. Ni siquiera se movió. Quizá cambió  milimétricamente la posición del cuerpo, pero lo cierto es que se las  ingenió para adoptar el aire inocente y en babia del que orina, y dijo  con voz tranquila:</p>
<p>-Ya voy…</p>
<p>Milagrosamente, logró apoyar la ficción con un chorro de pis.</p>
<p>Lo único raro era el dedo en el culo.</p>
<p>Érika no pudo soportarlo. Dio media vuelta y se fue.</p>
<p>Entró  a la casa con palpitaciones. Nadie lo notó y ella no dijo nada. Esa  noche, durante la cena, debió esforzar­se para no mirar a su hijo; de  pronto no quería hacer otra cosa que mirarlo. Hay que reconocer que no  es lo mismo para una madre, por más culta y sensible que sea, ver a su  hijo masturbándose que verlo humillado con un dedo en el culo mientras  suben y bajan sin posarse nunca los velos del simulacro. Álvaro, por su  parte, se metió más que nun­ca en la charla de los mayores,  recordándoles dónde esta­ban cada vez que perdían el hilo, e incluso  atreviéndose a censurarlos si se ponían cínicos o maliciosos. Estaba  segu­ro de que no había salido bien parado del episodio con su madre,  pero tenía la esperanza de borrar el impacto de la escena con una buena  dosis de naturalidad.</p>
<p>Rocío  lo observaba y le parecía más estúpido que nunca. Al otro día en la  playa se lo hizo saber. Los adultos comían choclos; Álvaro estaba en la  orilla haciéndole monerías a un extraño, un bebé de menos de un año de  edad que lo mira­ba inmóvil, sentado en la arena como un muñeco de goma  al borde del llanto. Rocío se había pasado buena parte de la mañana  azotando el aire con una vara de mimbre que había traído de la casa: le  encantaba el sonido. Con esa va­ra le tocó un hombro.</p>
<p>-Álvaro -le dijo-, ¿vos sos siempre <em>así?</em></p>
<p>Álvaro  hizo un movimiento brusco, con la intención de atrapar al bebé, que se  caía de costado, pero un hombre rojo con malla blanca y gorro azul, como  la bandera de Francia, le ganó de mano. Después dijo:</p>
<p>-¿Así cómo?</p>
<p>-Como hoy en la mesa. Te la pasaste diciendo boludeces. ¿Pensaste en lo que te dije? ¿Querés acostarte conmi­go sí o no?</p>
<p>-No.</p>
<p>-¿Por qué?</p>
<p>-Porque sos muy chica.</p>
<p>-¿Y qué tiene?</p>
<p>-Yo tengo 15 años… Además vos a mí no me bancas.</p>
<p>-Es verdad. Por eso quiero hacerlo con vos. Porque quie­ro perder la virginidad pero no quiero enamorarme -y se rió.</p>
<p>-Vos estás mal de la cabeza…</p>
<p>-No. Me río, pero te juro que es verdad. Yo jamás me podría enamorar de alguien como vos.</p>
<p>-Ni yo de vos.</p>
<p>Rocío negó en silencio con la cabeza, de golpe triste.</p>
<p>-”Ni yo de vos” -murmuró-. ¿Cómo vas a decir eso?</p>
<p>-Lo dijiste vos.</p>
<p>-Decirlo  está bien, pero repetirlo… -su tono era de decep­ción-. Me decís que no  te podés acostar conmigo porque sos mucho más grande que yo y después  repetís lo que digo…</p>
<p>-¿Sabés  qué creo yo? -dijo Álvaro. Ahora estaba indig­nado-. Yo creo que hay  gente que está en este mundo so­lamente para que el mundo sea cada día  un poquito peor de lo que es, y que vos sos una de esas personas.</p>
<p>Tomó aire.</p>
<p>Rocío  no. Rocío lo miró y sus labios se entreabrieron lentamente, como si  acabara de recibir un puñetazo en el estómago. Álvaro, cuya sensibilidad  crecía a cada momento, como un cáncer, sintió que había sido injusto,  demasiado duro con ella. Alzó una mano para empezar una disculpa, pero  en ese momento Rocío dijo:</p>
<p>-No  puedo creer la grasada que dijiste. Te juro por mi madre que nunca oí  una cosa así. Es la cima, Álvaro. Si al­guien te pregunta dónde estás,  vos decí que estás en la ci­ma. No importa la cima de qué. Vos decí que  estás en la cima y vas a ver que todo el mundo te entiende.</p>
<p>Álvaro dejó caer la mano.</p>
<p>-Insoportable… -dijo.</p>
<p>Mientras  Rocío se alejaba, a Álvaro se le cruzaron por la cabeza un montón de  supersticiones propias del sensi­ble espontáneo: que la gente  inteligente es progresista en política, que cualquier persona merece ser  escuchada, que en todas partes hay poesía, que en esencia el ser humano  es bueno y que los chinos son los mejores acróbatas del mundo, entre  otras. Fue como si, para no derrumbarse, re­pasara o tanteara los  cimientos sobre los que creía estar en pie. Y lo hizo tan bien que tuvo  una erección.</p>
<p>Era demasiado. Aprovechando el impulso, salió en bus­ca de Rocío.</p>
<p>Estaba  tan furioso que abrió sin ruido la puerta de su cuarto. Rocío lloraba  boca abajo sobre la cama. Tenía la cara hundida en la almohada y  empujaba su cabeza hacia abajo con las manos enlazadas sobre la nuca,  como si qui­siera hundirla todavía un poco más.</p>
<p>Álvaro,  que había venido volando, frenó en seco y sus pies se posaron  lentamente en el suelo. No era lo que espe­raba encontrar; no era el  momento de devolver la bofetada, pero tampoco tenía ganas de consolarla.  Así que empezó a dar la vuelta, decidido a irse. Entonces Rocío dijo:</p>
<p>-¡Quedate ahí!</p>
<p>Era una orden.</p>
<p>Rocío  lloró un momento más. Álvaro, mientras tanto, permaneció allí de pie,  mudo como una estaca, mirándola. Le llamó la atención el llanto de  Rocío, que resultaba des­garrador aun sin recurrir al espectáculo. Quizá  el llanto le había llamado la atención no por ser genuino sino por el  hecho de que Rocío era como el Frankenstein de un esteta perverso, un  monstruito facetado, un… Hum, se dijo. La cola no estaba del todo mal…  Si uno limitaba el campo de observación a la marca rojiza de la silla  sobre la que había estado sentada un momento antes y que cortaba sus  pier­nas por la mitad, si uno miraba hasta allí, sin pasarse ni un  centímetro, era realmente una linda cola. Le gustaron tam­bién las  pantorrillas y las plantas de los pies, suaves y blan­cas, pero el  efecto del conjunto cola-piernas arruinaba la cola o las piernas, y  Álvaro eligió la cola. Incluso extendió hacia ella una mano. Rocío dijo  con voz de adivina:</p>
<p>-¿Me vas a tocar?</p>
<p>No era una pregunta: era un pedido, casi una súplica.</p>
<p>Álvaro  se solidarizó con ella sin conmoverse. Dio un pa­so adelante, suspiró  -como si se tratara de un trabajo que alguien debía hacer después de  todo- y se acostó a su lado.</p>
<p>Entonces pasó algo extraordinario.</p>
<p>Rocío  se puso de rodillas, metió la punta de los dedos entre la cama y la  espalda de Álvaro y con una leve presión hacia arriba le dio a entender  que lo quería boca abajo. Álvaro estaba de pronto tan excitado que no  pudo hacer otra cosa más que obedecer. Se dio vuelta… cerró los ojos…  Rocío estiró un brazo por encima de la espalda de Álvaro, presionó el  botón <em>play </em>del equipo de música y en el acto arrancó un tema de Enrique Iglesias.</p>
<p>-¿Quién es? -preguntó Álvaro en un hilo de voz.</p>
<p>-Shh… -dijo Rocío.</p>
<p>Y  empezó a bajarle la malla. Lo hizo muy despacio, ju­gueteando. La malla  se atascó en mitad de las nalgas y Álvaro se arqueó para que Rocío  terminara de bajarla, has­ta que el culo quedó completamente al aire. El  slip, como una red de pesca, había capturado una pija, dos pelotas y  una raya y se resistía a soltarlos, pero a Rocío le bastó con un suave  tirón para liberar a esas presas exquisitas. Álvaro de­jó escapar un  gemido obvio, de placer. Rocío, de rodillas en­tre las piernas abiertas  de Álvaro, se puso a acariciarle la raya del culo con un dedo,  moviéndolo suavemente arriba y abajo.</p>
<p>-La puerta… -pidió Álvaro en un murmullo agónico-, cerrá la puerta…</p>
<p>-No, dejá, así escuchamos si viene alguien… -le dijo Rocío sin dejar de acariciarlo.</p>
<p>Álvaro  estaba en el cielo. La boca entreabierta… los pár­pados llenos de  estrellas… Dudaba sobre si debía darse vuelta y penetrarla de una vez  por todas o seguir el impul­so de quedarse así. Quedarse como estaba era  un impulso, sin duda, porque había resuelto que debía darse vuelta y  penetrarla y no podía, no tenía fuerzas para cambiar de posición.  Alcanzó a pensar “Esta chica sabe lo que hace”, y se entregó.</p>
<p>Eran  vírgenes los dos. Y lo notaban. Cada cual, a su modo, notaba su propia  virginidad, como expertos sin ex­periencia, por lo fácil que les  resultaba todo: no había que hacer nada aparte de dejarse llevar.</p>
<p>Pero  Álvaro se había excedido. En poco menos de cin­co minutos de caricias  ya estaba en cuatro patas agitando el culo en alto como una bandera.  Cualquier otra mujer, incluso otra chica de la edad de Rocío, se hubiera  sentido decepcionada. Rocío no. Rocío se pasó literalmente la len­gua  por los labios, descorrió con un dedo el slip de su tra­je de baño  (dejando al aire una pijita inescrupulosamente rosa, de un rosa  enharinado) y avanzó de rodillas sobre la cama hacia el culo del idiota.</p>
<p>Lo  que sintió Álvaro con el primer contacto fue casi tan intenso como lo  que sintió cuando oyó la voz de Kraken -el sensible espontáneo se  calienta mucho menos de lo que se asusta-:</p>
<p>-¡Chicos!</p>
<p>Ellos,  por supuesto, dieron un salto, y por un momento (antes de correr  desordenadamente en busca de algo con qué taparse) le apuntaron con sus  lanzas. Hay que decir que Rocío, ágil como era, le apuntó un poco más,  porque Álvaro tardó en reaccionar y durante unos cuantos segun­dos quedó  solo sobre la cama con el culo para arriba, una imagen de sí mismo que  lo perseguiría hasta la tumba.</p>
<p>Mientras  tanto (es increíble la cantidad de cosas que pueden registrarse en los  momentos más triviales de la vida de un hombre) Kraken trastabillaba. Si  en ese mo­mento hubiera habido un cardiólogo presente… Yo sé que lo del  cardiólogo en el cuarto es disparatado, pero me juego la cabeza a que  el cardiólogo hubiera dicho que lo de Kraken era un infarto. ¡Y al mismo  tiempo nada más equivocado! Porque Kraken se llevó una mano a la  garganta y se puso blanco, sí, pero le bastó retroceder un paso para  abandonar el cuarto.</p>
<p>A los chicos no, a ellos les llevó todo el día. Ellos sí que la pasaron mal.</p>
<p>Un minuto después de haberlos descubierto, Kraken le servía un whisky a Érika. -¿Hielo?</p>
<p>-¡Kraken! -dijo Érika, divertida-. ¡Yo no tomo! -¿Te pasa algo, Kraken? -le preguntó su esposa Suli desde el sofá.</p>
<p>Él dijo que no y preguntó por qué. -A mí hoy al mediodía me ofreciste un porro. ¿No sa­bes que yo no fumo?</p>
<p>Muhabid,  que seguía la escena desde la puerta mientras se sacaba la arena de los  pies, se dio cuenta de que las mu­jeres habían empezado a competir.  Mentalmente, se persig­nó. Podían llegar a ser extremadamente ridículas e  hirientes. Por su parte, Kraken, al oír el gritito de Érika diciendo <em>“¡Yo no tomo!”, </em>y  mientras miraba cómo el obsesivo de Muhabid se daba en los pies  muchísimas más palmadas de las necesa­rias, reconoció que el malestar  que sentía estaba relaciona­do con Muhabid y Érika y no tanto con lo que  acababa de ver en el cuarto. Había llegado la hora de ser cobarde:  ja­más le contaría a Suli, ni a nadie, lo que había visto. Siem­pre  había sabido que eso iba a ocurrir, estaba preparado y podía  arreglárselas solo. Después de todo, ¿qué tenía de inquietante que su  hija hermafrodita y menor de edad le rompiera el culo al hijo de su  invitado? Pensando en ellos se sintió mejor. Realmente no los soportaba  más.</p>
<p>Pasaban  cosas a una velocidad asombrosa. El pudor de Érika, que huía de la  mirada de Álvaro desde la escena en el bosque, había envejecido  alucinatoriamente a la luz del último episodio. El interés por el otro  se redujo primero a cortesía y después a mera conversación (con  permanentes relámpagos de odio explícito allá y aquí). Lo único que  es­taba en armonía era el hecho de que todo era mutuo.</p>
<p>De  un momento a otro Muhabid y Érika se irían de allí. Eran gente  civilizada, perceptiva, llena de buenas excusas, pero estaban todavía un  poco atontados por la sorpresa: Suli y Kraken les habían resultado  siempre muy interesan­tes. ¿Por qué ahora no los soportaban?</p>
<p>Rocío  sabía que esa era una pregunta simple y que los padres de Álvaro se la  responderían pronto y se irían rápi­damente de allí, pero ella vivía  ajena a todo. ¿Qué le im­portaba? ¡Que se fueran!</p>
<p>Se había enamorado.</p>
<p>Álvaro,  en cambio, la perseguía con una tenacidad que daban ganas de matarlo.  La miraba, la escuchaba, le habla­ba, la buscaba, le sonreía, la  esperaba, la entendía. Rocío no sabía cómo hacer para sacárselo de  encima. En general le daba vuelta la cara y sacudía una mano en el aire,  como si Álvaro fuera una mosca. Lo más amable que hacía era mirarlo  fijo y negar lentamente y en silencio con la cabeza.</p>
<p>Álvaro andaba enloquecido. Nunca había estado tan caliente.</p>
<p>-¿Qué te pasa, por qué me rechazas así? -le preguntó una tarde después de haberla corrido y arrinconado con­tra un pino.</p>
<p>Rocío se cruzó de brazos y lo miró un momento como estudiándolo.</p>
<p>-Vos lo único que querés es coger, ¿no? -le dijo.</p>
<p>Todo su cinismo había sido barrido de un plumazo. Sí, por amor.</p>
<p>-Para nada -dijo Álvaro, todavía agitado por la carrera-. ¿Por qué pensás eso?</p>
<p>-No sé, me parece… -dijo ella.</p>
<p>-Y después de todo qué, ¿vos no? -le preguntó Álvaro.</p>
<p>-¿Yo no qué?</p>
<p>-¿Vos no querés?</p>
<p>-Sí -dijo Rocío-. Pero no lo voy a hacer.</p>
<p>-¿Y por qué no? Si querés.</p>
<p>-Porque lo único que querés vos es eso.</p>
<p>-¡No!  -dijo Álvaro y echó un vistazo a izquierda y de­recha, más para darse  tiempo de pensar que porque creye­ra que alguien podía verlos-. A mí me  pasó algo con vos…</p>
<p>(Por el momento eso fue lo único que se le ocurrió.)</p>
<p>-No te creo nada -dijo Rocío.</p>
<p>-No, en serio, créeme. Y te digo más: antes no te aguantaba, me parecías insoportable. Listo, te lo quería decir. Pero ahora…</p>
<p>-Déjame -dijo Rocío.</p>
<p>-Espera, no te vayas… -Soltame.</p>
<p>Álvaro  la había agarrado de un brazo. -¿Qué fue lo que pasó? ¡La estábamos  pasando tan bien! Escúchame, Rocío… Dame un beso… Ok, ok, escúchame… Te  juro por Dios y por mi madre que es verdad que algo me pasó… No sé,  nunca me había pasado una cosa así… -Basta -dijo Rocío.</p>
<p>Se  desprendió de Álvaro y se echó a correr hacia la casa. Álvaro amagó  seguirla, pero desistió al ver a pocos metros de allí, en el jardín, a  sus padres discutiendo. Ha­blaban en susurros pero hacían gestos  ampulosos, dan­do la impresión de que discutían sin sonido. Así que  cambió el paso.</p>
<p>A  mitad de camino cambió también la dirección; Kraken se le venía de  frente. Fingió haber visto alguna cosa en el suelo, fue hacia allí, se  inclinó, la tocó con un palo, la alzó en su mano, se incorporó, volvió  sobre sus pasos y la arro­jó con fuerza hacia el bosque. A su regreso,  la discusión de sus padres continuaba, pero ahora se les había unido  Kra­ken. Los tres agitaban los brazos como asteriscos, emitiendo un  sonido de chisporroteo eléctrico que no se interrumpió ni siquiera  cuando él pasó por allí, aunque su madre y Kraken giraron las cabezas  para seguirlo con la vista.</p>
<p>Buscó  a Rocío por toda la casa, hasta en los baños. Pre­cisamente desde el  interior del segundo baño le llegó la voz aflautada de Suli diciéndole  que Rocío acababa de salir. Álvaro fue a la playa y caminó arriba y  abajo buscándola, pero la vio de nuevo recién a la noche, durante la  cena. Ro­cío había pasado el resto del día en compañía del hijo de un  vecino que acababa de llegar a Punta del Este y lo había traí­do a  comer. Se llamaba Rosendo, tenía 14 años y una cara de imbécil que  rajaba la tierra. Era obvio que había recibido la educación justa para  triunfar: se mantenía en un silencio despectivo, ni espeso ni ausente, y  precedía sus frases con un gesto que lo decía todo, de manera tal que  sus palabras so­naban redundantes, tranquilizadoras. Sabía a la  perfección que lo que importaba era el timbre, el tono, la cadencia y la  actitud, jamás el concepto. Y lo hacía muy bien. Álvaro es­taba  convencido de dos cosas; una, que en algún momento de su vida Rosendo  dominaría una parcela del mundo; otra, que Rocío lo había invitado a  comer para darle celos a él. Se sonrió. Si Rocío quería darle celos era  porque él le importa­ba. Lo que no entendía era por qué Rosendo lo  miraba así. Lo supo esa misma noche, después de la cena. Rosendo se le  acercó de golpe y le dijo:</p>
<p>-Si le contás a alguien el secreto de Rocío te mando matar.</p>
<p>-¿Qué  secreto? -le preguntó Álvaro a Rocío un par de horas después. Todavía  tenía acelerado el corazón-. ¿Hi­ciste el amor con él?</p>
<p>Eran  las once de la noche. Rocío estaba acostada. Álvaro se había metido en  el cuarto en puntas de pie y se había sentado en el borde de la cama.  Llevaba puesto na­da más que un calzoncillo boxer blanco.</p>
<p>-Contéstame, ¿hiciste el amor con él? -repitió Álvaro-. ¿Te acostaste con él y conmigo no querés?</p>
<p>El  calzoncillo blanco era lo único que se veía de Álvaro en la oscuridad  del cuarto, pero él igual adoptó un aire ca­sual mientras estiraba una  mano en dirección a la entrepier­na de Rocío. La mano se deslizaba  lentamente en el aire, a centímetros de la manta, sin rozarla,  modificando incluso la altura de acuerdo a los desniveles del terreno.  El plan de vuelo incluía un brusco descenso más adelante.</p>
<p>-No te importa.</p>
<p>-Me dijiste que eras virgen…</p>
<p>-Te mentí.</p>
<p>-¿Y  entonces? ¡Con más razón! Si no sos virgen qué problema tenés, acostate  conmigo también y listo… -dijo Álvaro con la mano ya sobre el objetivo.</p>
<p>Pero entonces Rocío exclamó:</p>
<p>-Estúpido, estúpido -se puso boca abajo y empezó a llorar.</p>
<p>-¿Qué pasó?</p>
<p>-Andate…</p>
<p>-¿Qué te dije?</p>
<p>Silencio. Llanto apagado.</p>
<p>-Rocío…  no sé… perdoname… ¿qué fue lo que te puso así? , -¿Querés hacer el amor  conmigo? -preguntó Rocío po­niéndose de nuevo boca arriba sobre la  cama. Ya no lloraba.</p>
<p>A Álvaro la pregunta lo sorprendió.</p>
<p>-¿Acá? -dijo.</p>
<p>Ya  se habían acostumbrado a la oscuridad y empeza­ban a verse los gestos  de duda y asentimiento. Rocío dijo que sí con la cabeza. Álvaro frunció  el ceño y echó apenas la cabeza hacia atrás. Dios mío, era lo que más  deseaba en la vida y justo ahora que se lo ofrecían le parecía  inapropiado el lugar. Sus padres (los padres de Álvaro) dormían en el  cuarto de la izquierda y los de Rocío en el cuarto de la derecha. Se  sintió rodeado.</p>
<p>-Sácala -le dijo Rocío.</p>
<p>-Qué.</p>
<p>-Sácala -repitió Rocío.</p>
<p>Álvaro entendió que decir dos veces “sacala” quiere de­cir “eso”.</p>
<p>Por las dudas, se miró.</p>
<p>-Dale -insistió Rocío.</p>
<p>Álvaro  pensó que Rocío se la iba a chupar. La idea no lo entusiasmaba mucho  que digamos, pero no podía decir que fuera un mal comienzo.</p>
<p>Y, a pesar de los ronquidos y silbidos y toses de los pa­dres, la sacó.</p>
<p>-Dale.</p>
<p>-¿Dale qué?</p>
<p>-Hacete.</p>
<p>-¿Que me haga…?</p>
<p>-¡La paja, nene!, ¿qué va a ser?</p>
<p>-¿Vos querés que yo me haga la paja?</p>
<p>Por un momento el calzoncillo de Álvaro hizo juego con los ojos en blanco de Rocío.</p>
<p>-Es lo único que podemos hacer acá.</p>
<p>-Pero Ro…</p>
<p>-No me digas Ro. Dale, no seas boludo, si te morís de ganas…</p>
<p>-Nunca me pidieron esto…</p>
<p>-Nunca quisieron verte. Yo quiero verte.</p>
<p>-Cerrá los ojos…</p>
<p>-¿Y qué gracia tiene?</p>
<p>-Déjame tocarte… -rogó Álvaro.</p>
<p>-No, puede entrar alguien.</p>
<p>(Silencio.)</p>
<p>-¡Dale!</p>
<p>-¿Y si mejor me la haces vos?</p>
<p>-Ándate, Álvaro. Me tenés harta.</p>
<p>-Bueno,  está bien, está bien -dijo Álvaro. Se agarró la pija con la mano  derecha, hizo una pausa, pensó si lo que iba a hacer estaba bien o mal, y  acto seguido se masturbó a la velocidad del rayo. Después dijo:</p>
<p>-Ahora vos.</p>
<p>Rocío no lo podía creer.</p>
<p>- ¿Así te haces la paja? -le preguntó.</p>
<p>-Sí, no sé, qué se yo, dale -dijo Álvaro apurado-, te to­ca a vos.</p>
<p>-Ni loca.</p>
<p>-No me cagues. Habíamos quedado en eso.</p>
<p>-No es verdad.</p>
<p>-¿No dijimos que yo me hacía la paja primero y des­pués te la hacías vos?</p>
<p>-No.</p>
<p>-Bueno, igual. Te toca.</p>
<p>-No, no me toca nada.</p>
<p>-¿Querés que te la haga yo?</p>
<p>-¡Ni en pedo!</p>
<p>-¿Por?</p>
<p>-Porque no quiero, mirá qué simple.</p>
<p>-Es injusto…</p>
<p>-¿Qué tiene que ver la justicia acá?</p>
<p>-Entonces me hago otra yo, pero me la haces vos -dijo Álvaro con la sintaxis a flor de piel.</p>
<p>-¿Te das cuenta de lo <em>grosero </em>que te pusiste en estos días? -le preguntó Rocío.</p>
<p>-Y qué importa. ¿Me dejas que te vea?</p>
<p>-Basta.</p>
<p>-Dejame verte un cachito, nomás. Un minuto.</p>
<p>Rocío bostezó.</p>
<p>-Tengo sueño… -dijo.</p>
<p>-Yo estoy más fresco que una lechuga…</p>
<p>-En serio, Álvaro, quiero dormir, es tarde.</p>
<p>-¿Qué te pasa conmigo?, ¿por qué me tratás así? Me decís que querés hacer el amor conmigo y cuando yo quie­ro vos no querés…</p>
<p>-Histeria.</p>
<p>-No me jodas. Dame algo aunque sea… no sé…</p>
<p>-Estás  tan caliente que das lástima. ¿No te das cuenta de que yo me enamoré de  vos? Te dije que quería acostarme con vos porque estaba segura que  nunca me iba a enamorar de al­guien así, pero me equivoqué. Y sufro. Y  sé que si te doy el gusto me voy a enamorar más y voy a sufrir más y no  quiero.</p>
<p>-Le tenés miedo.</p>
<p>-¿A qué?</p>
<p>-AI amor, a qué va a ser.</p>
<p>-Sí.</p>
<p>-No le tengas miedo…</p>
<p>-No, no le tengo miedo al amor. Tengo miedo de sufrir, de sufrir más que ahora. Yo no soy una chica normal…</p>
<p>-No digas eso.</p>
<p>-Es la verdad. Lo sabes. No quiero. Ándate a dormir, por favor, déjame sola.</p>
<p>-Rocío…</p>
<p>-Mira  -dijo Rocío incorporándose de pronto en la ca­ma y clavándole los ojos  inyectados en sangre-, o te vas ya mismo o te juro por Dios que grito.</p>
<p>-¡Epa! -dijo Álvaro, asustado.</p>
<p>No dijo nada más.</p>
<p>Se  levantó, fue a su cuarto, se metió en la cama, medi­tó unos segundos en  lo que había ocurrido y cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos había  sol y él tenía una cáscara tirante en el mentón. Estaba angustiado. No  se levantó en­seguida; se quedó pensando. Mientras quitaba la cáscara  con los dedos repasó lo que había hecho en el cuarto de Rocío la noche  anterior y, yendo un poco más atrás en el tiempo, la amenaza de Rosendo,  la cena, la discusión de sus padres en el jardín… Un momento. La cena.  Ahí había algo. ¿Qué había en la cena?</p>
<p>Jamón con melón.</p>
<p>Pollo frito, salsa de arándanos.</p>
<p>Endibias y remolachas.</p>
<p>Vino blanco, vino negro, peras, helados, mucho vino.</p>
<p>Nunca,  desde la llegada a la casa, habían comido tan bien ni habían sido tan  bien tratados. La charla, incluso, saltó como un engranaje y se puso a  girar alrededor de na­da -anécdotas, anécdotas dramáticas, risueñas-:  por pri­mera vez en once o doce días de convivencia eran todos sinceros.  Qué bien que la estaban pasando.</p>
<p>Qué bien que la estaban pasando.</p>
<p>-El  otro verano fuimos a una islita en Brasil. Muhabid, Álvaro y yo, y un  amigo de Álvaro que, bueno, tiene un problemita mental y…</p>
<p>-Ocho años mental, como mucho -acotó Muhabid-, pero Álvaro lo adora.</p>
<p>Todos miraron a Álvaro y le sonrieron complacidos (mientras Rosendo lo miraba fijo y Rocío se reía por lo bajo).</p>
<p>-El  amiguito de Álvaro… ¿te acordás, Álvaro? -siguió Érika-, tuvo un  retroceso. Imagínense: tiene la mentalidad de un chico de ocho años y  encima le da un retroceso. ¡Y es­tábamos en una isla! No saben lo que  era esa isla…</p>
<p>-Estaba llena de putos -acotó Muhabid.</p>
<p>-¡Y cómo se divertían! -exclamó Érika.</p>
<p>-¿Por  qué será que los putos se divierten así? -se preguntó Suli-. Yo soy  amiga de unos cuantos putos muy inteligen­tes, que deberían estar  angustiados, y sin embargo…</p>
<p>-Quién sabe -dijo Muhabid.</p>
<p>-Así  que con este amiguito de Álvaro encima… hum… no se nos hacía muy fácil  que digamos “disfrutar de la vida”, como dicen los chicos -siguió Érika.  Los chicos se miraron: nunca habían dicho una cosa así-. La veíamos  pasar. Todo el tiempo la veíamos pasar. Nos moríamos de ganas de  me­ternos en el quilombo y sin embargo no pudimos hacer otra cosa más  que verla pasar. Tomo tu pregunta, Suli. Realmen­te: ¿por qué será que  los putos se divierten así? ¿No es cier­to, Muhabid, que nos  preguntábamos todo el tiempo eso?</p>
<p>Muhabid tenía un vaso de vino en la boca, pero igual asintió.</p>
<p>-Vi matrimonios con dos y hasta con tres chicos a upa mirando la fiesta de costado y les juro que me sentí como ellos, o peor…</p>
<p>-Te morías de ganas, eh -le dijo Kraken con una sonri­sa dudosa.</p>
<p>-Créeme  que sí -dijo Érika-. Y no solamente yo… -aña­dió mirando de reojo a  Muhabid, que no se sintió aludido, aunque allá en la isla había hecho  varios papelones-. Música todo el día, porro, sexo, alcohol, poca  charla, mucha mi­rada. Estaba todo en el mero plano de la onda.</p>
<p>-¿Mero? -dijo Muhabid-. ¡Eso era puro desenfreno!</p>
<p>-Qué feo que te pase una cosa así -comentó Suli-. Uno ahí lleno de hijos, o con un invitado mogólico, como te pa­só a vos, y <em>ellos </em>bailando ajenos a todo. No, no es justo, qué querés que te diga.</p>
<p>-Estuve una semana pensando cuál sería el castigo ideal para los putos y te juro que no lo encontré. ¡Son in­vulnerables!</p>
<p>-Yo les prohibiría el equipo de música -dijo Kraken. Y todos, incluidos Rocío y Rosendo, estallaron en carcajadas.</p>
<p>¿Por  qué de pronto la pasaban tan bien?, se pregunto Álvaro, todavía en la  cama. ¿Habían ido al Casino, habían ganado? ¿Qué se traían entre manos? <em>(Tenían </em>-aparte de copas y cuchillos, aparte de vajilla- algo en las manos) Si.</p>
<p>Sí.</p>
<p>Álvaro  repitió “sí” unas tres o cuatro veces y noto que nunca (en el tiempo  que llevaban allí) había oído a nadie usar esa inocente palabrita capaz  de cortar el paso a la ar­gumentación más sólida y mejor articulada del  mundo. “Sí”. Qué curioso, se dijo. Ahora que lo entendía todo, “sí” era  de pronto un monosílabo triste.</p>
<p>Sus  padres y los padres de Rocío la habían pasado tan bien esa noche por la  sencilla razón de que estaban despi­diéndose. No se toleraban más.  Habían bajado la guardia. Era hora de irse. Irse hasta quién sabe  cuándo, quizá para siempre. La idea de irse sin haber consumado… la idea  de ir­se sin haber resuelto su… No pudo continuar. Estaba seguro de que  si seguía adelante iba a chocar con su sexualidad, y a él lo apremiaba  -y angustiaba- otra cosa: coger o no coger.</p>
<p>Saltó  de la cama (la erección de la noche anterior se di­solvió recién  entonces) y fue corriendo hasta el living. Te­nía razón. Su madre  acomodaba una valija al lado de otra mientras su padre, ajeno al  esfuerzo de la esposa, ensaya­ba en voz baja un agradecimiento  imposible. Se le notaba en la tensión del cuerpo que no iba a decirlo  bien. Tenía la cara contraída y daba un puñetazo tras otro a cada  pala­bra, incapaz de decir “gracias” sin haber luchado.</p>
<p>-Qué, ¿se van? -dijo Álvaro.</p>
<p><em>-¿Nos </em>vamos?  ¿Por qué, vos te querés quedar? -le preguntó Érika con ironía. Había  arrastrado la valija de un obsesivo y estaba agotada, pero aun así  mantenía la ironía intacta.</p>
<p>-¿Qué pasó?</p>
<p>-Te cuento en el barco -le dijo el padre.</p>
<p>-Pero cómo, ¿no nos quedábamos hasta el 7? -preguntó el inconsciente de Álvaro.</p>
<p>-No.  Vamos, vestite y vamos que tu madre está tratan­do de despertarte desde  hace rato. A las diez y media sale el barco. Si lo pierdo, Álvaro… te  juro que si lo pierdo por culpa tuya te…</p>
<p>Sí, mejor no lo decía.</p>
<p>A las ocho y media iban los seis en el auto de Kraken. Era temprano todavía, pero la ruta ya estaba llena de es­pejismos.</p>
<p>Muhabid  y Érika iban adelante. Néstor, Suli y Álvaro iban atrás. Rocío iba en  el medio: el trasero en el asiento de atrás y la cabeza en el de  adelante. Nadie decía nada. Hasta la radio estaba apagada.</p>
<p>Durante  el viaje Álvaro fantaseó en más de cien opor­tunidades con sacar una  pistola, asesinar a sus padres y a los padres de Rocío, agarrar el  volante, detener el auto y violar a la chica con la boca, con la mano y  con el culo, pero entonces los ojos se le llenaban de lágrimas… y  ade­más no sabía manejar.</p>
<p>Se  reprimió tanto durante el viaje que cuando por fin llegaron al puerto  le costó salir del auto. Érika bajó las va­lijas, Muhabid y Kraken  intercambiaron chistes cortos, Suli le señaló a Rocío una horrible  canastilla de mimbre en un puesto turístico después de haberla salvado  de pisar un vómito diez metros atrás, y Álvaro todavía seguía ahí  sen­tado. No podía creer que estuviera yéndose. “Me rompió la cabeza”,  “no sé cómo voy a salir de ésta”, y “la puta madre que los parió” eran  las frases que más se habían ce­bado con él. Sentía, incluso, que era <em>otro, </em>y no precisa­mente <em>mejor.</em></p>
<p>-¡Álvaro, vamos!, ¿qué haces? -gritó su padre entre un chiste y otro.</p>
<p>Recién entonces Álvaro bajó del auto.</p>
<p>En  un puestito de flores, a un costado de la Aduana, mientras los cuatro  padres se daban abrazos y besos fal­sos, alcanzó a Rocío, que volvía del  baño silbando como un hombre.</p>
<p>-Rocío  -le dijo Álvaro agarrándola de un brazo. Esta­ba agitado, no porque  hubiera corrido sino porque tenía poco tiempo-. ¿Qué pasó?</p>
<p>-Ya te lo dije: el amor. Me enamoré.</p>
<p>-¿Y cómo estás tan tranquila entonces? ¿No ves que me voy? ¿Por qué no quisiste hacer…?</p>
<p>Rocío lo interrumpió:</p>
<p>-Es una injusticia que yo me haya enamorado y vos no. Una injusticia <em>con vos. </em>Te lo perdiste. No sabés lo fuerte que es -le dijo.</p>
<p>-¡Álvaro! -llamó su madre desde lejos.</p>
<p>Álvaro miró a su madre y nuevamente a Rocío a la ve­locidad del rayo.</p>
<p>-Por favor… mostrame… -le dijo-. Antes de irme… de-jame ver…</p>
<p>Rocío  se sonrió. La idea pareció divertirla, aunque en verdad la demolía.  Echó un rápido vistazo a su alrededor. Después retrocedió un paso hacia  la esquina del edificio para quedar fuera de la vista de sus padres, y  le mostró. Levantó la pollera con una mano… bajó la bombacha con el  pulgar… Fue un segundo.</p>
<p>-Dios… -alcanzó a decir Álvaro.</p>
<p>Rocío soltó la bombacha. La pollera cayó de nuevo so­bre sus muslos.</p>
<p>Muhabid apareció de pronto (enojado, enojadísimo) y lo agarró del pelo.</p>
<p>-¡Te dije que si pierdo el barco…! -dijo y se lo llevó a la rastra.</p>
<p>Eso fue todo.</p>
<p>Rocío oyó la voz de su madre a lo lejos, llamándola <em>(“¡Rocío, que se van!”), </em>pero  no se movió de allí hasta un par de minutos después. Salió de su  escondite sólo cuando estuvo segura de que Álvaro se había ido.</p>
<p>Entonces corrió, alcanzó a sus padres y se puso entre ellos. Tenía los ojos llenos de lágrimas.</p>
<p>-¿Dónde estabas? -le preguntó Suli.</p>
<p>Rocío no dijo nada.</p>
<p>Mientras caminaban los tres de vuelta hacia el auto, agarró el brazo izquierdo de su padre y se lo echó sobre los hombros.</p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/perdidosparasiempre.wordpress.com/208/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/perdidosparasiempre.wordpress.com/208/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/perdidosparasiempre.wordpress.com/208/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/perdidosparasiempre.wordpress.com/208/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/perdidosparasiempre.wordpress.com/208/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/perdidosparasiempre.wordpress.com/208/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/perdidosparasiempre.wordpress.com/208/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/perdidosparasiempre.wordpress.com/208/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/perdidosparasiempre.wordpress.com/208/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/perdidosparasiempre.wordpress.com/208/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/perdidosparasiempre.wordpress.com/208/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/perdidosparasiempre.wordpress.com/208/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/perdidosparasiempre.wordpress.com/208/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/perdidosparasiempre.wordpress.com/208/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=perdidosparasiempre.wordpress.com&amp;blog=14018865&amp;post=208&amp;subd=perdidosparasiempre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Noche en Opwijk, por Alan Pauls</title>
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		<pubDate>Sun, 06 Feb 2011 11:39:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>franzcasca</dc:creator>
				<category><![CDATA[antología]]></category>

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		<description><![CDATA[Llegado a la madurez, un hombre enfrenta dos horizontes posibles: la revolución o el ridículo. Lenin, Cuadernos suizos Tengo casi cincuenta años. Leí por primera vez la frase de Lenin hace treinta y cinco, cuando coqueteaba con la revolución. Recién ahora, cuando abrazo el ridículo, termino de entenderla. Hace tres años lo dejé todo para [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=perdidosparasiempre.wordpress.com&amp;blog=14018865&amp;post=148&amp;subd=perdidosparasiempre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<table width="60%">
<tbody>
<tr>
<td align="right">
<p lang="en-US">Llegado a la  madurez, un hombre enfrenta dos horizontes posibles: la revolución o el  ridículo.</p>
<p lang="en-US">Lenin, Cuadernos  suizos</p>
</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>Tengo casi cincuenta años. Leí por  primera vez la frase de Lenin hace treinta y cinco, cuando coqueteaba  con la revolución. Recién ahora, cuando abrazo el ridículo, termino de  entenderla. Hace tres años lo dejé todo para ser DJ. Ese todo se deja resumir así: más de tres décadas  dedicadas a escribir literatura, un prestigio algo estancado pero  sólido, la resonancia modesta de un apellido siempre mal pronunciado,  algunas relaciones con gente importante, intervenciones más o menos  regulares en el periodismo, el mundo del cine, el mercado internacional  de la conferencia y la mesa redonda. Nada demasiado extraordinario, es  cierto. Pero ese todo era mi todo. ¿Qué otra cosa tenía cuando decidí tirarlo por la  borda? Monedas. Demasiado tarde, justo cuando las personas normales la  abandonaban por algún vicio más sosegado, había desarrollado una  debilidad por las pistas de baile que yo llamaba “talento” y mis mejores  amigos, a mis espaldas, “senilidad precoz”. Hacía bien en  enorgullecerme de mi colección de discos de música electrónica, pero  ¿cómo borrarle la secreta mancha de ignominia que la arruinaba sin  remedio: el hecho de que los hubiera descubierto cuando ya habían pasado  de moda, o comprado cuando todos los descargaban gratis de internet?  Por lo demás, no tenía vinilos. No tenía bandejas. Ni siquiera una  mezcladora o una luz estroboscópica. Nada. Y las drogas de diseño me  caían mal.<span id="more-148"></span></p>
<p>Para las vidas que se dan vuelta como guantes  existe el jet lag. Por extraño que parezca, ese agujero negro de la  industria del viaje permite que ciertas noticias demoren más de la  cuenta en trasmitirse, o que los contextos tarden en acusar recibo de  los cambios que ya están afectándolos. Es posible, por ejemplo, que una  institución europea de fomento cultural no se entere cuando debería de  que la promesa literaria argentina a la que apostó un pequeño porcentaje  de su presupuesto anual ya no es una promesa, ha dejado de tener  cualquier relación con la literatura y ni siquiera es seguro que pueda  ser considerada argentina. Yo tengo el pelo color ceniza, ataques  periódicos de ciática y una memoria cada vez más indolente. Siempre que  me baño en un cuarto de hotel tengo que salir mojado a buscar los  anteojos para distinguir cuál es el frasco de shampú y cuál el de  acondicionador de pelo. Publiqué mi último libro en 2001 (un libro que  ya estaba listo en 1998, listo y encarpetado en un cajón del viejo  escritorio de roble que terminé vendiendo), dejé de actualizar el  procesador de palabras en 2002 y de comprar libros en 2003. No entiendo  la prosa de los diarios desde 2005. Y si hasta mi condición de argentino  está en duda es porque en 2006 obtuve el pasaporte alemán, convencido  de que, de todas las nacionalidades que me ofrecían mis ancestros émigrés, la que más  puertas me abriría en la jungla de los DJ&#8217;s  era la alemana, de cuya música electrónica, por otra parte, siempre he  sido fanático. Todos estos antecedentes, que deberían figurar en el dossier del candidato aun  antes de que proponga su candidatura, el jet lag, como una vieja  máquina de suspenso, los frena, los difiere y pospone. Y cuando la  institución de fomento europea se entera de que existen, ya está:  demasiado tarde para retroceder. La promesa literaria extranjera ha  llegado, ya está ahí, a una hora imposible de la madrugada, en un  aeropuerto incómodo que sólo las compañías aéreas de bajo costo insisten  en localizar en la jurisdicción de Bruselas, reclamando a viva voz por  teléfono un comité de bienvenida, un chofer con un cartel con su nombre  en mayúsculas, instrucciones, dinero, tickets de metro, entradas para  museos, una mañana de sol, todo lo que de golpe se jacta de merecer aun  cuando sabe que es un impostor, y que en un mundo menos tolerante con el  encanto desastroso de las vidas de artistas no sólo no tendría derecho a  nada de todo eso sino que no habría llegado siquiera hasta ahí, hasta  el viejo piso reluciente donde está parado ahora con sus pies hinchados y  sus dos maletas, una gigante, otra pequeña, cargadas ambas de baratijas  que no engañarán a nadie.</p>
<p>¿Qué hizo el ex escritor argentino durante el mes  de residencia que pasó en Passa Porta? Demasiado pronto, quizá, para  contestar. Habrá que esperar el trabajo del jet lag, sigiloso y eficaz  como el del sueño pero cuánto más irreconocible&#8230; Lo que sabe es que  nunca como entonces se sintió tan escritor. ¡Qué manera de multiplicar las evidencias  del physique du rôle! Tenía contacto diario con pocas personas: la estilista de  la planta baja, la moza del restaurante vietnamita donde almorzaba y se  dejaba siempre algo olvidado, la cajera del Delhaize, que no entendía  cómo él no entendía que hubiera que pagar por las bolsas de compras.  Pero con qué cuidado exhibió y distribuyó entre ellos sus credenciales  de escritor: las manchas de tinta en los costados de los dedos (cuando  es sabido que para anotar lo poco que anota –títulos de álbumes, nombres  de sellos discográficos y de DJ&#8217;s, fechas y  lugares de conciertos– sólo usa lápices mecánicos), las lagañas que  sacaba a pasear a primera hora de la tarde, el aire general de  atolondramiento y desaseo que lucía, los billetes siempre arrugados que  sacaba a la fuerza de sus bolsillos.</p>
<p>La pregunta es si logró engañar a sus  anfitriones. Eran tres, todos de una discreción china. Jamás le hicieron  sentir que sospecharan nada. Hablaban de bueyes perdidos, y cuando le  preguntaban por un asunto literario puntual –el texto que en algún  momento tendría que entregarles, por ejemplo–, siempre le daban a  entender que preguntaban porque les daba curiosidad, nunca por  desconfianza. Una tarde, mientras comían juntos unos mejillones modestos  –era mayo, mes sin “r”–, aprovechó un recodo particularmente incómodo  de la conversación –alguien se había preguntado a qué edad se retiran  los escritores– para contar su debut como DJ,  dos años atrás, en un pequeño club nocturno de Buenos Aires. Lo contó  con una emoción mal reprimida, entrecortando unas torpes frases de  asmático, como si buscara lavar algo de culpa confesando una parte de  una verdad inconfesable y al mismo tiempo temiera que alguna de las  personas de la mesa leyera entre líneas la verdad entera y lo  reconociera como lo que era: un estafador.</p>
<p>Los detalles de la historia los distrajeron. Les  gustó que para debutar hubiera elegido el seudónimo DJ Viejo. Les gustó, les pareció “muy de escritor” que durante el  tiempo que le habían dado para tocar –la franja de las nueve a las once,  las dos horas menos comprometidas de la noche del viernes, que el club  aprovechaba para terminar de limpiar, aprovisionar la barra del bar,  ajustar las luces y probar sonido en el espacio de al lado, mucho más  grande, donde tocaban las verdaderas estrellas–, hubiera puesto un  disco, sólo uno, el gran Lowlights from the  past and future, de Lawrence, y se  hubiera dedicado a leer una vieja novela de espionaje a la luz de la  lamparita que iluminaba la mezcladora (cuyos controles, dicho sea de  paso, fingía manipular cada tanto para no despertar sospechas). Les  gustó sobre todo que el club lo hubiera invitado a pasar música por  sugerencia de uno de los custodios del lugar, un coloso de mirada  vidriosa y modales extraordinariamente corteses que amaba a Miles Davis y  por alguna razón admiraba, y recordaba con una fidelidad fotográfica,  todas y cada una de las páginas que él había escrito en su vida de  escritor.</p>
<p>Nunca les confesó su intención, eso que una  noche, en medio de un febril intercambio de correos electrónicos con el  único amigo que todavía no se reía de él, llamó mi sueño Bruselas:  emplearse como portero en las galerías Ravenstein. Había pasado por  muchos lugares en Bruselas. Se había impuesto la ley, que nunca  infringió, de moverse únicamente a pie, no importa cuán grandes fueran  las distancias que tuviera que recorrer, lo que sonaba mucho más como un  chiste sobre el tamaño pañuelo de la ciudad que como un desafío. De  todos, ninguno como las galerías Ravenstein. La primera vez  prácticamente se las llevó por delante mientras caminaba sin rumbo y las  cruzó sin ningún afán cultural, pensando más en tomar un atajo que en  rendir tributo a un monumento arquitectónico. Iba camino a la  Cinemateca, a ver una película de Agnès Varda sobre los Black Panthers.  Fue una especie de rapto: como entrar en otro mundo.</p>
<p>Eran las cuatro menos veinte de la tarde, el  lugar estaba desierto, la mitad de los negocios cerrados. En el extremo  norte de las galerías, dos o tres comensales macilentos mascaban las  tristes ensaladas del Exki. En el centro del corredor, estrechando filas  como una falange de espantapájaros, unos percheros de metal negros  ofrecían por veinticinco euros la misma ropa insulsa, confeccionada en  Bangladesh, que las estaciones de tren de los suburbios de Buenos Aires  venden por tres. Había dos bares abiertos, antros oscuros, forrados de  espejos, con altos taburetes tapizados de terciopelo multicolor, donde  sonaban flamenco y grandes éxitos de ABBA y  mujeres demasiado vestidas para la hora conversaban en voz muy alta con  hombres que hacían cuentas o leían el diario en la barra. Le pareció  extraño que esa clase de lugares abrieran tan temprano, hasta que se dio  cuenta de que en realidad nunca habían cerrado. Por lo demás, nadie  parecía prestar la menor atención a la galería. Era apenas una  transición expeditiva, un lugar de paso que la gente usaba de manera  mecánica, por pura comodidad, por el ahorro de tiempo que representaba  atravesar una cuadra por el medio, sin tener que bordearla desde afuera,  siguiendo el trazado de las calles. La usaba como la había usado él  cuando la descubrió. Claro que una vez adentro&#8230; Qué shock. R-A-V-E-N-S-T-E-I-N. Se  quedó ¿cuánto? ¿quince? ¿veinte minutos deletreando con los ojos esa  tipografía extraordinaria? Cada letra estaba rodeada de una aureola de  luz, como tocada por un extraño destino de santidad. Hasta que debió  hacerse a un lado para que no lo atropellara la turba de viajeros que se  apuraba rumbo a la Estación Central.</p>
<p>Pasó toda esa tarde en las galerías. El aire de  despilfarro arquitectónico no hacía más que aumentar la gloria de su  hechizo. Como esas mujeres bellas pero difíciles, o bellas pero ya  decrépitas, o bellas pero demasiado altas, o huesudas, o malvadas, o  enfermas, que la gente ha dejado de mirar y que de pronto alguien, un  forastero, advierte y admira con toda la intensidad ciega de sus ojos  nuevos; como esas mujeres condenadas al olvido que a alguien se le  ocurre recordar y luego venerar, y que se consagran entonces en cuerpo y  alma al salvador que las ha arrancado de las tinieblas, la galería  Ravenstein le estaba dedicada. ¿Por qué no la aceptaba? ¿Por qué no se quedaba? De  verdad, es decir: ¿por qué no se quedaba allí para  siempre? En algún momento la residencia  terminaría y tendría que volver. Pero ¿a qué? ¿Volver adónde? Había  renunciado a escribir, su carrera de DJ  languidecía antes de haber empezado y ni siquiera tenía otra con que  reemplazarla. Portero de la Ravenstein. Trabajaría allí, custodiando esa  nave gigantesca, insolado bajo el resplandor del techo de ladrillos de  vidrio. Orientaría a los visitantes como alguna vez las recepcionistas  de las grandes tiendas: “Planta baja, boutique del Bozar, librería  Libris; primer piso, New Concept, Matonge, Oficina Nacional de Turismo  de Túnez&#8230;” Viviría allí. Allí, con un poco de suerte, moriría&#8230;</p>
<p>Una noche se vio portero. Vestía un uniforme verde musgo y gorra, llevaba  las uñas manicuradas y los zapatos muy lustrados, montaba guardia de pie  junto a la entrada principal de la galería. Nunca se había visto tan  feliz. Sentía el bienestar maduro y cansado que siente una piedra que se  ha quedado quieta, por fin, después de rodar días y días a la  intemperie. No pudo detenerse en la visión el tiempo que hubiera  deseado: volvía del parque, donde acababa de probar (y tirar en un tacho  de residuos) un helado repulsivo, y tenía que tomar el tren a Opwijk.  No le quedaba mucho tiempo. Pero con qué buen humor, con qué ímpetu  eufórico había franqueado la entrada. Pasara allí dos minutos o tres  horas, las Ravenstein siempre eran una fiesta para él. Había bajado las  escaleras de dos en dos, sus saltos retumbaban como azotes en el espacio  hueco de la gran cúpula. Brillaba la misma luz, a las diez menos cuarto  de la noche, que durante el horario de oficina. Imposible distinguir el  día de la noche. Esta vez, para colmo, no había una alma, literalmente.  Nunca había tenido una relación tan íntima con una obra de arquitectura  pública. Se vio portero, tan digno, tan entregado a una causa, tanto  más humano que el escándalo de miedo y fraude que era en la realidad&#8230;</p>
<p>Pero tenía que ir a Opwijk. Se había comprometido con sus  anfitriones. Chris Clark tocaba esa noche en el Nijdrop. Había visto el  aviso en una revista la madrugada anterior, mientras con el otro ojo  veía al hijo de Alain Krivine discutir con la sobrina de Cohn-Bendit el  legado de mayo del 68 en un plató de televisión empapelado con puños en  alto rojos y negros. Buscó Opwijk en sus mapas. No figuraba. “Mejor”,  pensó. “Si es lejos, mi voluntad de asistir al concierto sonará más  épica, mis anfitriones comprenderán que mi relación con el mundo DJ es algo más que un hobby aristocrático y yo quizá pueda decirles la verdad antes  de volver a Buenos Aires, quizá pueda confesarles todo, que ya no soy  escritor, que dejé la literatura para ser DJ,  que ya tampoco soy DJ, que quizá ellos, o  alguien de la oficina, conozca a alguien del directorio de las galerías  Ravenstein&#8230;” A la mañana temprano –no había dormido, de hecho– llamó a  la oficina para averiguar. “Opwijk, Opwijk&#8230;”, repitieron con voz  perdida dos o tres personas que desfilaron ante el teléfono.  “¿¡Opwijk!?”, gritó uno de sus anfitriones, el que más complicidad o  menos extrañeza había mostrado en el restaurante el día de los pequeños  mejillones, cuando él contó su debut con las bandejas. Había nacido en  Opwijk. Un pueblito modesto, tranquilo, que los suburbios de Bruselas  codiciaban desde hacía tiempo pero aún no habían tocado. Lo había  abandonado a los dieciocho años. Sus padres, ya grandes, todavía vivían  en la casa familiar. Sólo volvía una o dos veces por mes, para  visitarlos. Media hora de tren, el último hacia las diez de la noche;  después, nada; y el primero de regreso a la madrugada, creía que no  antes de las cinco y media, seis de la mañana. Le extrañó que quisiera  ir a un lugar tan poco turístico. Él le habló de Chris Clark, le contó  del concierto. Clark tocaba con toda su corte: seis DJ&#8217;s jóvenes e innovadores, ¡diez horas ininterrumpidas de  música! El otro silbó, impresionado. Él le preguntó si no se animaba a  acompañarlo. Oyó un hipo entusiasta, algo muy rápido, como una descarga  eléctrica, que no prosperó. Luego una disculpa: había llevado esa clase  de vida durante años; ahora estaba viejo y cansado. Pero podía decirle  cómo llegar.</p>
<p>De modo que el ex escritor desembarca en Opwijk a  las diez y media de la noche. Todavía está deslumbrado por la imagen de  elegancia que ha dado en las Ravenstein vestido de portero. Baja del  tren, confirma en la planilla del andén que el servicio no se reanudará  hasta las cinco y trece de la mañana. ¿Por qué los infortunios  previsibles lo desalientan más que los imprevistos? ¿Para qué le  alcanzará el poco dinero que lleva en el bolsillo? ¿Qué es el Nijdrop?  ¿Quién diablos lo manda a perderse un viernes en ese páramo que para  colmo ni siquiera es francófono? Se deja arrastrar por unos racimos de  jóvenes que parecen saber adónde van. Usan buzos con capucha, beben  cerveza. En un momento, uno que lleva un skate bajo el brazo se vuelve,  le arroja una mirada de rencor y da una pitada furibunda a su  cigarrillo, pero no dice nada. Caminan por la calle principal,  prácticamente a oscuras. Unos pocos negocios cerrados los vigilan desde  la sombra. Alguien los cruza en bicicleta.</p>
<p>El Nijdrop, un ex destacamento militar, es ahora  una mezcla de albergue para jóvenes, centro cultural y refugio para  mendigos. El concierto es en el tinglado principal, un espacio frío y  desafectado como el patio techado de una cárcel. Es demasiado temprano,  como le sucede casi siempre desde que ha decidido ser DJ y pierde la capacidad de calcular el tiempo. Demasiado  temprano para llegar, para beber, para entristecerse. Paga la entrada, y  cuando abre la mano para que le sellen el dorso con una estrella ve que  tiene las uñas sucias, demasiado crecidas, y se sienta en el piso  helado a beber una cerveza tibia. Le gustaría volver a fumar. Piensa que  el ochenta y cinco por ciento de los fumadores fuma para no aburrirse.  La poca gente que deambula por el lugar, probablemente residentes de  Opwijk, o huéspedes del Nijdrop, o asesinos rurales, todos varones, en  todo caso, y todos extraordinariamente jóvenes, pasan a su lado y lo  rocían con una indiferencia monstruosa. Él no es joven, ni siquiera es  amenazante. Querría ser policía, fascista, juez. Quizás el departamento  asistencial del Nijdrop ha sido concebido para asilar lacras inofensivas  como él. Se pregunta cuánto costará la noche.</p>
<p>Cuando levanta los ojos otra vez hay alguien que  trepa al púlpito del DJ, echa hacia atrás la  cabeza para apartarse una larga cortina de pelo de la cara y empieza a  tocar los controles con delicadeza, como si auscultara un cuerpo  dolorido. Tiene una boca gigantesca y dientes muy grandes, un poco  salidos, como de caballo. Podría ser su hijo. Podría ser el canallita  encantador, sin domicilio fijo, que le roba con una sola de sus sonrisas  equinas a su hija adolescente –si tuviera una hija adolescente. No  tiene. No le ha sobrado una sola gota de savia para hacer otro ser  humano. La suya, que ya era poca, se la ha guardado toda para él, la ha  dilapidado en él mismo. Tan pronto como escucha la música el alma se le  va suavemente al piso. No es lo que pensaba. Demasiada “masa sonora”. A  él siempre le ha gustado entender, reconocer en la música las líneas,  las formas, los dibujos. A medida que los DJ&#8217;s  se suceden, la decepción, la amargura de haber vuelto a equivocarse se  agravan. El Nijdrop está lleno. Como sigue sentado en el piso, en el  mismo rincón, con la botella de cerveza vacía entre las piernas, la  gente lo pisa, lo golpea, se lo lleva por delante, volcándole encima  vodka, agua, esas pegajosas bebidas energizantes. Qué error. ¿Qué hora  será? Busca una ventana, la luz tras la ventana que le diga que ha  empezado a clarear, que en algún hangar de la estación de Opwijk hay una  locomotora desperezándose. No hay ventanas en la sala principal del  Nijdrop. Le queda una sola esperanza: Chris Clark.</p>
<p>Cuando lo ve subir al púlpito, pelo muy corto,  sonriente y saludable y enérgico como un profesor de gimnasia, el alma  se le desmorona. Esperaba un treintañero esmirriado, encogido de  hombros, vestido con una remera tan sucia como su pelo, dispuesto a huir  a la primera objeción que alguien del público opusiera a su propuesta  musical. Mira a su alrededor con una avidez desorbitada, como si buscara  un culpable. Todo el mundo se ha puesto a bailar. Una idiota llena de  lunares lo enceguece sonriendo con un puntero láser tornasolado. Ahora  cae, no sólo su alma sino él, él todo, entero, completo. No conocía a  Chris Clark. Nunca lo había escuchado en su vida. Había leído en la  revista “Chris Clark” y había pensado automáticamente en otro, un  alemán, Kurt Karl, el gran tísico de Köln, que tres años atrás lo había  hecho bailar hasta el agotamiento en el patio del Correo Central de  Buenos Aires. La espontaneidad y la fuerza de la asociación habían  soldado entre sí los dos nombres y sellado el error para siempre. Chris  Clark era y sería siempre Kurt Karl&#8230; hasta que dejara de serlo. Era  atroz pero simple.</p>
<p>Tiembla. ¿Qué hace? ¿Llora o lo salpican con agua  mineral? Ya es tarde para buscar la salida: allí donde posa la mirada,  un horizonte de formas móviles y simiescas le cierra el paso. Aun así, a  fuerza de hacerse flaco, empujar y deslizarse por los claros fugaces  que el baile abre sorpresivamente en la masa humana, consigue alejarse  del púlpito diez, quince metros, lo suficiente para descubrir a un  costado, junto a una pared, el colchón irregular que forman los abrigos  que la gente se ha quitado para bailar. Se recuesta muy despacio, menos  por temor a romper algo que por lo penosas que le resultan las  articulaciones de su propio cuerpo. Antes de dormirse se le ocurre otro  seudónimo, DJ Concierge, que nunca usará, y mira las  sombras de la gente bailando proyectadas contra la pared, entrecortadas,  como una versión estroboscópica de la escena de la caverna de Platón.</p>
<p>Cuando despierta –alguien tironea del último  abrigo que aún le sirve de cama– todo ha terminado. Hay gente limpiando  el lugar. Unos barren el piso con escobillones gigantescos mientras  otros van recogiendo botellas y latas que hacen desaparecer en una bolsa  de residuos. Está un poco atontado, pero ve a un hombrecito de negro  cargando con un parlante que duplica su estatura y acude en su ayuda.  Minutos más tarde es uno más del crew que desarma el sonido y las luces. Mientras carga dos  grandes bolas de espejos en un camión pregunta por Chris. Le dicen que  se ha ido. A esa hora ha de estar tocando en otro lugar, un subsuelo que  acaban de inaugurar en el sector abandonado de las galerías Ravenstein.  Le ofrecen un pase gratis, que no acepta. Vuelve al tinglado a seguir  cargando. Le dicen que ya no queda más nada. Se queda inmóvil,  contrariado, como un actor al que castigan quitándole su parte a último  momento. Contra la pared del tinglado descubre al chico del skate  hablando con dos policías, o escuchándolos. Un hilo de sangre le cruza  la cara desde la ceja hasta la boca.</p>
<p>Vuelve a verlo un poco después, apretándose la  ceja con un pedazo de trapo sanguinolento, mientras busca el camino  hacia la estación bajo el cielo encapotado. Él lo mira con desconfianza o  con despecho, como desquitándose ahora, cuando la relación de fuerzas  se ha invertido, de la mala mirada que el chico le echó a la ida. El  chico le señala algo en un codo. Es un chicle; debe habérselo pegado  mientras dormía. Se ponen a caminar juntos. Al cabo de un rato, después  de atravesar unas calles de tierra, él se detiene. Teme haberse perdido.  Mira a su alrededor tratando de reconocer algo. Es inútil. Aun si algo  le resultara familiar, la luz del amanecer es tan distinta, altera tanto  el paisaje, las casas, la perspectiva, que jamás lo reconocería. De  alguna parte llega un crujido de madera decrépita. Un viejo impecable,  bronceado, en musculosa y con un sombrero de paja, asoma la cabeza por  entre el follaje de una pequeña selva doméstica. Recién cuando se  acerca, tan encorvado que no puede mirar más que el piso, él se da  cuenta de lo viejo que es. “¿Bruselas?”, pregunta el viejo. No los mira;  le basta intuir la novedad que representan. Él va a contestar, pero el  viejo mueve una mano señalando algo y se pone a seguir su propia  instrucción. Poco después el chico del skate y él salen tras él,  manteniendo una distancia respetuosa. Pero el viejo camina tan despacio  que en segundos están a su lado, y por poco no lo preceden. Aminoran el  paso. El viejo los alcanza, se adelanta unos metros. Habla en voz alta;  parece recordar o quejarse de algo que lo entristece. Vuelven a ponerse a  la par. Esta vez deciden caminar exactamente a su ritmo. Coordinarán cada paso si es preciso. Pero el  viejo camina tan despacio que se desorientan, y ya es difícil saber si  el ex escritor argentino, ahora también ex DJ,  y el chico del skate, se mueven, están quietos o incluso retroceden en  la madrugada de Opwijk.</p>
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<p>Fuente: <a href="http://www.letraslibres.com/index.php?art=14106" target="_blank"><em>Letras Libres</em></a></p>
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		<title>El caso Berciani, por Alan Pauls</title>
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		<pubDate>Tue, 14 Sep 2010 19:53:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>franzcasca</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>De la estación terminal al vaciadero de desechos, una de dos: o se toma la avenida Pianetti o se toma el camino de cintura. Una de dos -y no hay otra opción. Años pasaron los automovilistas buscando la forma de unir ambos puntos; siempre fue en vano. Cualquier atajo, de los miles que se ensayaron, iba a morir en Pianetti o en el camino de cintura, y a morir indefectiblemente. Para ejemplos, el del urbanista Berciani -un caso sonadísimo, diez días en las primeras planas de los diarios, toda la opinión pública en vilo-, que se propuso terminar (él en persona, a quien la ciudad le debía, si no todas, gran parte de sus mejoras) con el callejón sin salida Pianetti o camino de cintura. Partió una madrugada en su propio automóvil. Todo el barrio, poco dado en general a madrugar, había ganado la calle para respaldarlo con su aliento bullicioso. Caras sucias de lagañas, vecinos en bata y en pantuflas le sonreían detrás del cristal de las ventanillas, ofreciéndole mapas y víveres para el viaje, números de teléfono por cualquier emergencia. El urbanista, de buena manera, lo rechazó todo. Consultado por la prensa, a la que su partida también había atraído y en masa, declaró que nadie conocía la ciudad como él, que el mejor mapa era su cerebro, y que no había víveres más nutritivos que su propio deseo de zanjar de una vez por todas la cuestión. Por lo demás, dijo, todo se resolvería tan pronto que contaba con volver a tiempo para el almuerzo que, como todos los días, le preparaba su esposa Telma. Telma, en el asiento del acompañante, lo observaba con cierta preocupación. <span id="more-172"></span>Los periodistas se volcaron en el acto sobre ella. Pero Telma besó a Berciani en la mejilla, bajó del auto recogiéndose el ruedo del camisón, cerró la puerta con cuidado y volvió a la casa sin formular declaraciones, orgullosa aunque algo encorvada ante la nube de cronistas y fotógrafos. Berciani, desde el auto, la vio desaparecer tras la puerta del garage, y se puso en marcha haciendo la uve de la victoria. Por una disposición excepcional, que dada su influencia el urbanista había acordado con el intendente, los medios de comunicación no pudieron escoltarlo en su aventura. Berciani, a cambio, se había comprometido a mantenerlos informados paso a paso desde el teléfono que había aceptado instalar en su automóvil, única condición que le había impuesto el intendente -en parte por la seguridad del urbanista, en parte para satisfacer la voracidad de la opinión pública. Hasta el arroyo Carmelo todo bien, todo inmejorablemente. Claro que hasta ese punto Berciani no había innovado en lo más mínimo. Derecho por bulevard Cachola, a la izquierda en la cortada Bascobonik, cruce del puente Dengue y después, siempre en línea recta, a toda marcha por Fulani sur. El itinerario del urbanista, que su voz deletreaba puntualmente para los teletipos y los equipos móviles, reproducía grosso modo una de las numerosas variantes que el ingenio de los automovilistas alguna vez había aventurado -es cierto que con alteraciones. La noticia del cruce del puente Dengue fue más sorpresiva de lo que hubiera sido, según la tradición, la del cruce del túnel Acconcia (por Cayetano Acconcia, prócer). Pero por arriba o por abajo, no cambiaba la cosa demasiado. Por otra parte todos sabían, porque lo había difundido la prensa y no en esa ocasión sino mucho tiempo antes, en oportunidad de la clausura definitiva del pasaje subterráneo Colaccioppo -a la que habían procedido Berciani personalmente, en calidad de dueño de la iniciativa, y sus cuadrillas en calidad de dueños de la ejecución-, todos recordaban perfectamente la declarada predilección del urbanista por los puentes, todos tenían fresca su aversión a los túneles. Había llegado a declarar la guerra a todos los túneles de la ciudad. Con el Colaccioppo había podido, con el Acconcia no, no todavía -pero Berciani no perdía las esperanzas. Por el momento, y mientras seguía recopilando objeciones sobre el pasaje subterráneo que se la resistía, optó por cruzar por el puente Dengue, según él un magnífico puente. Así es que, más allá de minucias como esa, nada nuevo en su itinerario. Mal que mal, el urbanista viajaba paralelo a la avenida Pianetti y perpendicular al camino de cintura. Eso hasta llegar al arroyo Carmelo. A partir de allí, de pronto, las señales emitidas por Berciani -hasta entonces regulares y joviales, matizadas incluso por risitas de furtiva ignorancia- se volvieron confusas, comenzaron a llegar más espaciadas, se hicieron difíciles de entender. Y no sólo las que dirigía al periodismo, lo que su vocación natural fácilmente habría explicado, ya que gozaba desconcertándolo mediante toda clase den subterfugios y de falsas alarmas, sino también, y he aquí la primera señal de alarma verdadera, las que desde entonces comenzó a recibir su esposa Telma. Tan pronto como se despidieron, una línea privada había mantenido a los cónyuges en contacto. Así, mientras Berciani suministraba por la línea oficial las coordenadas de sus posiciones sucesivas, por una segunda línea vedada a las antenas de la prensa, entretenía a su esposa con bagatelas domésticas, le recordaba, para distraerla de su inquietud, sus obligaciones del día, y entablaba con ella juegos de adivinación a la distancia, entre ellos una versión personal del veo-veo. Cuando la voz de Berciani se escuchó por primera vez enrarecida, Telma llevaba perdidas doce contiendas. No era de extrañar, dado que Berciani conocía de memoria todos los objetos de su dormitorio, desde donde Telma le hablaba, mientras que ella, poco acostumbrada a salir, ignoraba por completo los paisajes que su marido recorría entonces. La calma se quebró, hubo alboroto cuando Telma salió de su casa como estúpida con el teléfono inalámbrico en la mano. Algo sucedía -era evidente. La intranquilidad de Telma no era un hecho nuevo, sí los ojos desorbitados con los que enfrentó las cámaras, y sobre todo sí la convulsiones, convulsiones como de epiléptica -y Telma no tenía nada de epiléptica. Mal que le pese a muchos, no todo, convengamos, no todo podía deberse al comentario que le había hecho su marido, poco antes de volver a hacerse oír, sensiblemente turbado, en el teléfono -comentarios soeces, de una procacidad inconcebible. Una emisora de radio, de las que nunca faltan, había interceptado por izquierda la línea privada que comunicaba al matrimonio, de modo que habían oído todo, lo tenían todo grabado. Las últimas palabras del urbanista Berciani, últimas en el sentido de inmediatamente anteriores al arroyo Carmelo, habían sido: Preparate, Telmita,  porque después de taladrarte el orto, ese orto sución que te cuelga, ni de sentarte te van a quedar ganas, todas tus ganas, oíme bien, todas, se me van a quedar anilladas en la verga. Esa, convengamos, pudo quizá ser causa de una parte, nunca de todo. ¿O no fueron los periodistas quienes, desconociendo en su mayoría esa conversación clandestina, y por supuesto incapaces de prever, en consecuencia, el efecto que produciría en Telma, detectaron los primeros la irregularidad en las señales? Fueron ellos, absolutamente. Entre llamada y llamada se alargaba el compás de espera, y cuando los equipos lograban sintonizarla, a duras penas entre una polvareda de interferencias, la voz de Berciani sonaba como un puro farfullar, sofocado por lo que bien hubiera podido ser una mordaza de algodón. Un gruñido, dos o tres más, y esporádicos, después el sonido de un objeto en caída, y en seguida, nada, nada que no fuera el crujir de la palanca de cambios del automóvil, que poco más tarde terminó desvaneciéndose en el aire. El silencio. Ni rastros del urbanista Berciani y su viaje. Únicamente la crisis de llanto de su esposa Telma y, de inmediato, su desmayo en la vereda. ¡Qué consternación! Y todo por el falso dilema de Pianetti o camino de cintura. Primero, por prudencia, se lo dio por perdido así: persona extraviada, se caratuló la causa. Pero ya las malas lenguas se habían puesto a hacer lo que saben hacer, hablar, y de la peor manera. El comando radioeléctrico de la policía, en combinación con los bomberos, acababa de impartir las instrucciones del rastreo -ya algunos medios informativos juraban haber localizado a Berciani en un país limítrofe. Se había radicado con un nombre falso, vivía a la sombra de una actriz famosa de cine pornográfico, encerrado en una mansión de dos manzanas y media que custodiaba el ejército particular de la diva. Las fotografías, borrosas, probablemente trucadas, lo sorprendían junto a una inmensa piscina techada, los pies desnudos jugando con el reflejo de luz en el agua. Por ser la primera agraviada por la versión, Telma fue la primera en desmentirla. Aseguró que Berciani era hidrófobo, y que estaba dispuesta a aceptar la catástrofe más trágica respecto de la suerte corrida por su esposo, pero no a rendirse ante la escandalosa mentira de una imagen. ¡Berciani metiendo los piecitos en el agua! ¿Qué le hicieron el favor! Otros medios, intimidados por la posibilidad de que Telma, como habían hecho los anteriores, les entablara una querella por injurias, difundieron una primicia menos agresiva. Berciani se había refugiado en el descampado Tiburcio, lo más abyecto de la tierra de nadie suburbana, verdadera pesadilla para la policía, donde viviría el incógnito como en mendigo. Había decidido retirarse del mundo. Asilado en Tiburcio, se alimentaba de las parvas de basura -los desagües cloacales eran su hábitat. Otro trascendido: el urbanista había aprovechado la excursión para a visitar una amante. Extenuado por los vespertinos ejercicios del amor, se había quedado dormido en una finca ilícita -esa hipótesis duró poco, se extinguió casi tan pronto como empezó a barajarse. Telma, que ya tenía rápidos los reflejos, le salió al cruce. Dijo que sí, que la amante en efecto existía, dio su nombre -se llamaba Ruth. Pero ni las relaciones que Berciani mantenía con ella ni la finca en la que se encontraban -por lo general dos veces a la semana, tres en los períodos más fogosos, tenían para ella nada clandestino.  Incluso ella misma, Telma, había decorado la casa en la que tenían lugar las citas, casa que, dicho sea de pasada, se hallaba en una dirección contraria a la que el urbanista había tomado el día de su partida. Ruth hubiera podido quedarse en el molde, la calumnia igual se habría caído por su propio peso y el de la intervención de Telma. Pero salió a la palestra, dio la cara y dijo que no, que Berciani ese día no la había visitado. Ese día no les tocaba, declaró, y mostró el cuadernito forrado en el que de común acuerdo arreglaban las reuniones &lt;&gt; -y Berciani había emprendido el viaje un lunes. Telma y Ruth se presentaron juntas en la televisión, Ruth abrió el cuaderno ante las cámaras. Con la agenda del urbanista, Telma, que se encargaba de consignar allí fecha y hora de las citas extramaritales de su esposo, hizo otro tanto -los documentos coincidían. Las dos mujeres sollozaron, abrazadas. Natural -¡la confirmación del rumor las había aliviado! Pero ahora no, ahora reinaba la incertidumbre. Y sin embargo, desaparecido o prófugo, víctima o impostor, ¡no podía la tierra habérselo tragado! El rastreo fue monótono, puro tanteo y tedio. Policía, bomberos, incluso vecinos espontáneamente movilizados fracasaron parejo. A los tres o cuatro días sin resultados, cuando las versiones antojadizas alcanzaron su pico de furor, hasta el intendente pareció perder la cabeza.  A punto estuvo de declarar día de duelo en la ciudad.  A punto -dio marcha atrás por suerte, dejó todo atrás si efecto. Primero, agotar la búsqueda del urbanista. Después sí, una vez hecho todo lo posible y hecho en vano, darlo por esfumado o por difunto, y con todos los honores del caso. Sucede que la cautela es un arte difícil, dificilísimo en verdad,  cuando cunde el desconcierto. No se avanza ni se retrocede, se permanece estancado. Empantanamiento general -como el que sobrevive en el distrito Riccoboni cada vez que caen más de dos gotas. Es cierto que algo se habría podido avanzar de haber prestado oídos a los que Ducmelic fue repetidas veces a comunicar a las autoridades. Ducmelic, el mecánico yugoeslavo, responsable desde hacía años de los automóviles del urbanista Berciani. Ducmelic tenía su taller cerca de la estación Bilmezis, allí donde todo parece acabar y para siempre. Pero era borracho, ahí estaba el problema. La policía ni se dignó a hacerlo pasar cuando se presentó en la comisaría del barrio, y la guardia lo corrió a tiros cuando se apersonó en el departamento central. Loa bomberos, por su parte, lo ahuyentaron a manguerazos -pero sólo en el cuartel central, porque en Bilmezis no hay sede de bomberos. Ducmelic pidió ver al intendente  -los ordenanzas se le rieron en la cara y llamaron a la custodia.  ¡Qué tendría que ver ese harapiento con el gran, con el infortunado Berciani! Lógico: tanto rechazo lo inhibió. Y para colmo tenía antecedentes, antecedentes de los que no se olvidan. Ducmelic reverenciaba a Berciani precisamente por eso, porque el urbanista nunca les había prestado la menor atención -y eso que los conocía. Al contrario, le pagaba siempre el doble de lo que Ducmelic le facturaba. Croata terco, le decía el urbanista con cariño, te vas a morir multimillonario. Pero el yugoeslavo una y otra vez tocaba fondo. ¡Era el alcohol -su carísimo problema! Y sin embargo ese menos que hombre tenía algo que decir, algo de importancia, sobre el episodio Berciani. El urbanista le había llevado su auto el domingo, quería una revisación a fondo, no sea que se encontrara con una sorpresa dentro del periplo. Como siempre, Ducmelic se mostró extrañado de que Berciani se acercara a su taller. Estación Bilmezis, en eso, no tiene nada que envidiarle al descampado Tiburcio -las dos son zonas rojas, rojas de la peor rojez, y oficial de policía que recibe alguna de esas zonas por destino, oficial que encomienda a Dios y reza, y no para de rezar hasta que le llega la hora. Porque le llega la hora seguro, todavía no ha habido excepción. No se hubiera molestado, le dijo Ducmelic cuando Berciani estacionó el Criqui y se bajó, haciendo chasquear sus zapatos relucientes. Cuántas veces te dije, croata, que me gusta tu tugurio, que este barrio pocilga me refresca. Mírame bien el Criqui que mañana salgo de expedición, no sea cosa que -y ahí le dijo lo de la sorpresa en medio del periplo. Ducmelic nunca había visto un Criqui tan flamante, y no porque él fuese el responsable de su mantenimiento. Lo revisó de punta a punta. La tarde caía en Bilmezis, tonalidades ocres y parduscas se disputaban un cielo hecho jirones. El urbanista, sentado en un cajón de fruta, oía ladrar los perros, fumaba mirando las casitas de chapa. Confiaba tanto en su mecánico que ni se volvió para mirarlo trabajar. Ducmelic no le encontró nada. Nada nuevo, en realidad, porque el Criqui de Berciani, como todos los Criquis importados, la falla que tenía la había traído de fábrica. Era poca cosa, un rulemán mal torneado, seguramente, en el interior de la caja de cambios, que hacía crujir la primera. Muchas veces Ducmelic le había ofrecido arreglar el desperfecto -el urbanista se había negado. No sólo no estaba molesto, al contrario: la fallita lo enorgullecía. Una vez, Ducmelic le había propuesto hacerle gratis el trabajo, desmontarle la caja, retornearle el rulemán o canjearlo por uno original -conseguía repuestos originales por unos amigos contrabandistas. Todo sin cargo. Pero ese día el urbanista le dijo: No es un defecto, croata bizco, ¿no ves que es la seña particular de mi Criqui, su huella digital? Pero la caja cruje, alegó el mecánico. Cruje si no lo manejo yo; si le pongo mi mano encima la palanca es una seda, ¿querés ver? Y Berciani, de un salto -tenía el Criqui sin capota ese día-, se subió al automóvil, encendió el motor, un reloj, ese motor, una caja de música y puso primera. Y Ducmelic, en efecto, no oyó nada, ni el más mínimo rezongo. Berciani, victorioso, no paraba de reír. Desde arriba del Criqui le gritó, desafiándolo: ¿Querés probar vos, croata bruto? Ducmelic titubeó. Era tan esplendoroso ese Criqui, tan distinguido. Dale le insistió Berciani, mudándose al asiento derecho, después me limpiás el tapizado. El mecánico terminó aceptando. Puso una franela sobre el asiento, pero en vez de sentarse mantuvo las nalgas engrasadas a centímetros del trapito protector. Después apretó el pedal del embrague a fondo y movió la palanca. Cruc, hizo la caja delatora. ¿Ves? Es tu mano bestia de croata la que la hace crujir, conmigo ni mosquea. Y ahora bajate -casi empujándolo- no vaya a ser que te engolosines con el lujo de mi Criqui y te olvides de lo que sos,  croata miserable: ¡un croata miserable! De ahí la sorpresa de Ducmelic, de ahí que aguzara los oídos cuando oyó, en la transmisión del viaje de Berciani por su radio a transistores, toda una reliquia yugoeslava de posguerra, el último sonido que había llegado: el de la caja de cambios que crujía. ¡Cómo iba a crujir si el urbanista sabía, si era el único que podía domeñarla! A menos que, efectivamente, a menos que otro le &lt;&gt;. De esa cuestión quiso Ducmelic poner al tanto a las autoridades. Parecía una nimiedad, era una nimiedad -¡pero sabe Dios lo que pueden significar las nimiedades! Claro que no fue sólo la negación del cuerpo policial, bomberos y municipal lo que acabó mellando su entusiasmo. También tuvieron su peso las advertencias del medio de Ducmelic, un medio de lo peor -como el mismo hubiera reconocido que era el entorno de Bilmezis. Quedate en el molde y no vayás, le dijeron. ¿O querés quedarte pegado? Decididamente había sido un error, garrafal para Ducmelic a la postre, comentar que había descubierto ese crujido. ¡Y comentarlo en rueda de borrachos! Las autoridades le habían cerrado las puertas en la cara, lo carcomía la duda, se había puesto tan ansioso que ahora, arreglando motores, no daba pie con bola y los clientes habían comenzado con las quejas. Era lógico: hay descubrimientos que en soledad no se aguantan -y no era el de Ducmelic la excepción. Normalmente iba a beber al bar de la estación cuatro veces por semana. En el estado en que estaba, fue todas las noches, y siempre el último en irse. Hasta hubo, una vez, que regalarle una botella para que se mandara a mudar, hecho de veras infrecuente en Bilmezis. Lástima que en esas rondas de borrachos no todos tomen la misma cantidad. A primera vista parece que sí, no hay o casi que distinga  un borracho de otro, todos sucumben aparentemente a una proporcionalidad alcohólica homogénea. Y si embargo siempre hay uno, uno por lo menos, que atesora un gramo más de cordura que los otros. Ese fue el que escuchó la confesión del mecánico Ducmelic. Todos la oyeron, tampoco eran tapias los borrachos -sólo él la escuchó, y enseguida midió las consecuencias. Allí fue donde apareció lo de &lt;&gt;. Se lo dijo Ortolá, el uruguayo -más de la mitad de la vida en las cárceles. Tomando, por lo general, era una esponja -dio la casualidad de que esa noche hubiera decidido moderarse. O tal vez no, tal vez llegó al bar de la estación cuando Ducmelic, de tan bebido, ya empezaba a tambalearse. Y quiso la suerte, la mala para Ducmelic, la buenísima para Ortolá, que el uruguayo sorprendiera al yugoeslavo en el momento justo de aflojar la lengua. Los demás, naturalmente, ni se dieron cuenta, siguieron con las bromas en voz alta   -se trataban como borrachos: se disculpaban todo. A Ortolá, sin embargo, la confesión le había quedado bien grabada. Desorbitó los ojos -incluso el que llevaba desde siempre entrecerrado, el párpado un colgajo por una cuchillada-, y volvió a llenar con disimulo la copa de Ducmelic. Por eso lo de &lt;&gt;. La salud del yugoeslavo, su destino, lo tenían sin cuidado -como por otra parte toda salud, todo destino ajenos. Por él, por Ortolá, Ducmelic podía pudrirse golpeando lasa puertas de las comisarías, los portones de los cuarteles de bomberos.  Allá él, si tenía tantas ganas. Pero cundo pensaba que Ducmelic, en manos de la policía, iba a ser una fiesta de interrogatorio -ahí Ortolá pensaba en su propia salud, en su destino propio, y ese pensar en verdad no le gustaba. Ducmelic era en sí mismo inofensivo, un buen yugoeslavo y un buen mecánico, apenas un poco aturdido por el vino, pero siempre leal al código de Blimezis. Ahora   -¿Ducmelic frente a frente con uno, dos, tres interrogadores policiales, trescientos cincuenta watts encendiéndolo? Ortolá conocía ese trámite de memoria, había pasado ya por la experiencia. Se acudía, digamos, a la policía, y no para esconder un caño en el puesto de flores de la esquina sino para colaborar -¡qué asco de palabra! Era el caso de Ducmelic. ¡Ya era un milagro que lo hubiesen fletado sin escucharlo! Lo normal hubiera sido que lo hicieran pasar directo al despacho alfombrado del comisario. Y una vez allí: Siéntese por favor, ¿gusta un café? ¡Cabo Tobi! ¡Un café bien cargado para el señor! Ahora ¿en qué piensa usted que puede sernos útil? Oigo y tomo nota -y el comisario, dicho y hecho, con la punta del lápiz clavada en el primer renglón. Entonces, por lo general, los ducmelics balbucean lo que sabían o creían saber, un detalle revelador, una pista, quizás el extremo del ovillo. Pero ningún nombre propio. Nada de apellidos, nada de alias, nada. ¿Y cómo iba a ponerse el comisario si no le daban lo único que esperaba? Salvaje, hecho una furia. ¿Eso es todo?, preguntaba, iba levantándose, en ciernes como una tormenta. Entraba con el café el cabo Tobi -el comisario le arrebataba la taza de las manos y la volcaba, íntegra e hirviendo, en la cara del ducmelic. ¡A la sala de preguntas con él!, rugía el despiadado. Y allí, en la sala de preguntas, nada de alfombra, nada de café, ni pizca de &lt;&gt;: silla de metal, esposas, velador en la cara y paliza múltiple, todas partes, a mano limpia y con cachiporra de goma. Quince minutos duraba como mínimo el tratamiento. Después, los resultados. Si el ducmelic, inútil estoicismo, había muerto sin hablar, a la zanja con su cuerpo. Si había alcanzado a deletrear un nombre a duras penas, se lo encerraba para su recuperación, pero cuando volví a salir, frescas aún las cicatrices, quedaba fichado como informante para siempre. Con Ducmelic, aquel particular ducmelic, además, el riesgo aumentaba. Porque a veces, si ayudaba la fortuna, los pobres ducmelics, que se habían presentado nada más que a declarar, no tenían ningún nombre en su haber que delatar, nada de papita para el comisario -y eso de la mayor buena fe. Entonces los de afuera, por ejemplo él, Ortolá, podían dormir tranquilos. Pero con Ducmelic no había seguridad, el riesgo era tremendo. Cualquier nombre que le brotara en la sala de preguntas era uno menos, uno menos de Bilmezis y en menos de lo que canta un gallo. ¡Si además de un par de parientes yugoeslavos Ducmelic sólo trataba con gente como él, Ortolá, todos deudores y eternos de la ley! Ortolá, Fulani, Abulafia, Babbo, cualquiera de los que a menudo compartían con Ducmelic la mesa del Bilmezis, la botella -¿qué sería de ellos, de cualquiera, si el yugoeslavo dejaba caer como quien no quiere la cosa, y de seguro no la quería, porque la cosa, el porvenir del interrogatorio, era si no hablaba la desfiguración, sin ir más lejos la muerte, un nombre cualquiera, un nombre al azar en la sala de preguntas? De modo que Ortolá, apelando a la prudencia, siguió a Ducmelic esa noche. Abandonó antes que todos el Bilmezis, no se alejó, montó guardia al reparo del puente Chuelo, del que ya quedaban apenas unos pocos pilares herrumbrados. ¡El puente Chuelo! A veces la noche tiene, para la ironía, el tiempo justo que al día le falta. La reconstrucción del puente Chuelo, el urbanista Berciani todavía la tenía en carpeta, no había claudicado en si propósito pese a que del puente cada vez quedaba menos. Lo habían ido deshojando con el tiempo, en parte por pura vocación de ultraje, en parte porque del hierro era buena la reventa. Ahí esperó Ortolá, todo sigilo en el raquítico esqueleto del puente, hasta que Ducmelic, más que salir, egresó a golpes de Bilmezis. Se había puesto, al parecer, insoportable. Insultaba a todo el mundo, el barman Maffioli y Normita, la moza renga, eso era e esa hora &lt;&gt;, porque la radio no pasaba música de Bitola, su ciudad yugoeslava y natal -y él, la música de Bitola, decía necesitarla como el aire. Había nacido en Bitola, sólo nacido. Después, a los pocos meses, la familia Ducmelic, y el pequeño Ducmelic con ella, se había radicado en Zagreb. De ahí lo de &lt;&gt;. Pero de tanto en tanto le daban esos ataques y Bitola, la ciudad del sur que casi no había conocido, y más que Bitola una melodía de Bitola, se le aparecían de repente como una alucinación. Normita bostezaba, Maffioli no pensaba en otra cosa sino en cerrar -y Ducmelic, impertérrito, seguía reclamando los cantos de su terruño. Hasta que el barman dijo basta -y fue basta. Qué Bitola ni ocho cuartos, dijo agarrándolo del cinturón, y lo hizo atravesar así todo el salón del Bilmezis, te me vas ya mismo a dormir la mona. Ducmelic, arrastrado, trataba de aferrarse a las botellas que quedaban en las mesas.  Ya en la puerta, Maffioli lo balanceó en el aire. Uno, dos, tres: ¡a la calle! Más bien al lodazal, porque el Bilmezis no da a ninguna calle.  Y aplaudiendo para sacarse el polvo de las manos, de puro satisfecho,  Maffioli lo alertó: Guay de que te pesque rodando el boliche. Te vas a arrepentir, yugoeslavo, yo sé lo que te digo. Portazo, y a otra cosa. Ducmelic, como pudo, se incorporó. Emprendió a tientas el regreso, murmurando su patriótica cantinela de borracho -Bitola, Bitola…- sólo tenía voz para evocar su aldea. Sus pensamientos, sin embargo, seguían atareados en Berciani. Más de una hora tardó en volver, y más de una hora que se contaba triple: Bilmezis, por las noches, es un vasto laberinto de ciénagas y de niebla, y el tiempo no corre, se elastiza. ¡Más aún para un croata ebrio que carece de brújula! Ortolá lo seguía de cerca pero con cuidado, y eso que Ducmelic, en su estado, no hubiera sido capaz de distinguir a un ejército pisándole los talones. Cuando llegó, exhausto y mareado, a su casa, una piecita más que humilde en los fondos del taller, una sorpresa lo esperaba -Telma. A decir verdad, fue sorpresa para ambos, para Ducmelic tanto como para el uruguayo, que supervisaba todo desde la penumbra, tropezar con la aparición fantástica de Telma. Ducmelic la reconoció en el acto. Ortolá no, tuvo que tomarse su tiempo hasta sacarla -y la sacó por deducción, por pura lógica. Al yugoeslavo no se le conocían mujeres, las pocas que frecuentaba, por otra parte, nunca pisaban su morada -¡era famosa de mugrienta! Estaba obsesionado por la desaparición del urbanista, que era rico y tenía esposa, aquella mujer envuelta en pieles no era oriunda, sin duda, de Bilmezis. ¡Era Telma! -se caía de maduro. Había dado esta casualidad, increíble: una en un millón: que Telma identificó a Ducmelic en la televisión.  La pobre miraba sin cesar los noticieros, como si fuera a encontrar ahí los datos que las autoridades no conseguían por las suyas. Y esa tarde había estado así, cambiando de canal a la marchanta, cuando súbitamente vio de refilón, en un seguidísimo plano, al custodio del cuartel de bomberos ahuyentando al yugoeslavo de la sede. Lo vio, dijo: Es Ducmelic, el mecánico, y quedó petrificada. ¿Por qué está ahí?, se preguntó. ¿Por qué insiste tanto ese mecánico? -al ver que Ducmelic, rechazado, volvía a la carga, y que el custodio otra vez lo rechazaba. Entonces pensó: Algo sabe, y consultó la agenda de Berciani y al final dio con la dirección, con el taller del yugoeslavo. Es en Bilmezis, se dijo preocupada -pero pudo más el entusiasmo, la esperanza. Iré esta noche, tarde, se dijo esperanzada. Y así fue, ahí estaba. Apenas vio a Ducmelic le dio un vuelco el corazón. Usted, le dijo, cayendo en sus brazos sin aliento, dígame lo que sabe, estoy desesperada. Hundiendo sus manos en las pieles, Ducmelic la sostuvo –fue un paréntesis de voluptuosidad, fugaz pero regocijante. Y luego: Lo que se es nada, contestó -pero sólo para ganar tiempo, pues el ave funesta del peligro se había posado sobre él, sobre su cabeza aturdida. Aún pensaba, créase o no. Al ver a Telma esperándolo en esa desolación, había experimentado el impulso, la tentación irreflexiva de confesarse. Al fin y al cabo era el destino, y no la policía, el que se había presentado a tomarle declaración.  Resistió el impacto, sin embargo -el consejo de Ortolá se le volvía una amenaza. De ahí lo de &lt;&gt;. Telma, entre sus brazos, quiso saber porqué lo había visto merodear el cuartel de bomberos. Por otra cosa, desvió el yugoeslavo, nada que ver con su marido y lo lamento. Telma se apartó, decepcionada pero dudando. ¿No me miente usted? ¿No está escondiéndome algo en el fondo? Ducmelic vaciló -acaso tiritaba de frío, o de haber visto en la cara de la mujer a Berciani la imagen de Berciani, la peor de todas las imágenes. Le doy todo lo que tengo por un dato, dijo Telma, sacando de la cartera un fajo de billetes precavido. Se le fueron los ojos al mecánico, y como para no: la plata era muchísima. Arreglaría el taller, volvería por fin a Zagrev y a Bitola, se la patinaría toda en putas y en bebida. Pero otra vez la garra del peligro lo retuvo, otra vez Ortolá lo frenó en seco. Le repito que no, le dijo, y su mirada trataba de esquivar los billetes, ¿por quién está tomándome? ¡Cuánto le costó fingir la indignación, su falso escándalo de honesto! Pero Telma, dispuesta a todo, arremetió: ¿Qué quiere si no es plata? ¿El Criqui de mi esposo? Ayúdeme a encontrarlo y es suyo, le prometo, y besó la cruz que trazó con el índice sobre los labios. Y Ducmelic, que no estaba para la piedad pero tampoco para el asco -empezó a retroceder, a alejarse hacia los fondos del taller. Por esa noche tenía bastante. Telma hizo crisis y estalló en lágrimas. Entreabriéndose las pieles le gritaba: ¡Si no es el Criqui yo, yo teme entrego! ¿O vas a decir que no me tenés hambre? Pero el mecánico ya no la escuchaba, había corrido a la piecita y estaba encerrándose con llave. Un segundo más y, si se quedaba, perdía los estribos. No la vio, pues, volver a acomodarse las pieles del tapado, ni meterse llorando en el auto que la había traído. Un Criqui, como el del urbanista Berciani, pero tres modelos más viejo –y sin embargo tan cuidado que resplandecía como una joya. Cuando se fue, patinando en el proverbial barro de Bilmezis, Ortolá abandonó su escondite mirador y siguió a lo lejos los faros que iban extinguiéndose. Yugoeslavo nulo, desaprovechar así esa mercadería, murmuró para sí como cualquier incrédulo delincuente. Lo había visto todo, pero de lo dicho sólo había alcanzado a oír una parte, la última. Le persistían las sospechas, ¿Y si Ducmelic había hablado? ¿Y si esa noche no, pero hablaba al día siguiente? Hubiera podido irse, darse por colmado y dormir. Pero no hay como la incertidumbre para sumir a los criminales en el insomnio. Era entonces o nunca. Fue bordeando el taller apretado contra las paredes, con pasos tan astutos que no se oían, y cuando llegó a la ventana, la única ventana de la piecita de Ducmelic, hizo un alto. Había luz -se asomó. El yugoeslavo había apartado los trastos de mecánico y escribía, inclinado sobre un claro de la mesa, no tan claro pues la inclinación, un encorvamiento de niño aplicado, cortaba en dos la mesa con su sombra. Escribía con su letra lenta, trastabillando sobre el hilo delicado de los renglones, y las palabras, como hormigas rengas, rompían filas bajo el resplandor del sol de noche. Una pena lo de Telma. Si no la hubiera traicionado la ansiedad, si la crisis hubiera tardado en asaltarla, si, apelando al corazón, no a la codicia ni a la carne, hubiera insistido en rogarle al yugoeslavo -lo que Ducmelic borroneaba en el papel, ella lo habría escuchado de sus propios labios, así, directamente. Ahora, en cambio, que el mecánico lo ponía por escrito… Porque está visto que es así, y que es así siempre: lo escrito cae en malas manos. Ahora, en cambio, Telma había vuelto deshecha a su casa, hecha trizas la que imaginaba que era su última esperanza. Como antes a Ruth, tachó a Ducmelic de la lista. ¿Quién le quedaba? ¿Adduci, el dentista? ¿El inspector municipal Battiperde? Y estaba terminando de tacharlo con poca convicción pues aún sospechaba del mecánico, cuando entre sollozos la sobresaltó el timbre del teléfono. Decepción, no era Berciani, era la policía. Un soplo de aliento, tenían algo para ella. Que ya mismo pasara, le dijeron, a reconocerlo. ¿Algo?, dijo Telma con voz entrecortada -pensaba en un dedo, una oreja, en esa terrible clase de algo. Pero la policía es lacónica, y más lo es por teléfono. Venga pronto, le dijeron, es el tiempo lo que apremia. El viaje fue extraño. Más que viajar volaba, apretando el acelerador a fondo, cuando la voz del policía resonaba en sus oídos como un augurio favorable. O bien se demoraba, aliviando la presión sobre el pedal, cada vez que la voz le prometía una catástrofe. Esa fluctuación no puede ser más normal, el ánimo del desesperado la conoce. Se quiere llegar enseguida, se quiere no llegar nunca -y mientras tanto se viaja así, promediando la urgencia y el espanto con la distracción indolente de un turista. La ciudad, gracias a dios, estaba desierta. El camino fue fácil y límpido. Pasaje Berti hasta Bonino, después circunvalación Bustrófedon, la bajada Bléfari, y por último acceso Bitol hasta la gran explanada Bertani. En poco más de diez minutos Telma estuvo frente al oficial de la voz que seguía resonándole. Esa repugnante costumbre de las voces que tienen de resonar. Tenía algo entre las manos -ella creyó desfallecer- algo envuelto en un pañuelito blanco. Otro oficial, de gafas y pechera, le acercó una silla para que se sentara. De vida o muerte, le dijo el primero, ¿qué es esto? -y con la mayor delicadeza separó una por una las puntas del pañuelo. Era un Bluti antiguo, carísimo y con números romanos. ¡El Bluti de Berciani! Telma atropelló y se apoderó del reloj con manos temblorosas. Lo dio vuelta para examinarle el dorso. Los dos oficiales intercambiaron una mirada cómplice. Acá están, gritó Telma -y señalaba dos incisiones en la convexa espalda metálica: ¡son las iniciales de Berciani! Allí estaba todo -por si faltaba algo. Abrazada al reloj, Telma rodó por el piso, las lágrimas volvían a inundarle los ojos. Y eso que había llorando mucho ese día, muchísimo, contando el llanto del despertar, infaltable, el del mediodía, obvio: faltaba Berciani de la mesa, el sollozo del atardecer, cuando detectó a Ducmelic en la pantalla, y el de la noche, el más reciente, cuando por fin vio al yugoeslavo y no pudo, no, sacarle nada. Telma rodó y lloró largo rato entre los oficiales respetuosos, acunando el reloj como a una criatura mecánica que le traía, quizás, un mensaje. Porque el Bluti, convengamos, era un signo -de vida o muerte. Pero ¿cómo?, exclamó Telma, ¿cómo ha venido a parar este Bluti entre nosotros? La cuestión había sido así -una redada. Efectivos de la policía habían tomado subrepticia posición en la dársena Trevi del puerto, a la espera de un desembarco ilegal -droga, sustancias químicas, lo que fuera, la denuncia no había aportado precisiones al respecto. En la dársena, sin embargo, esa noche no había habido movimiento alguno –ni legítimo ni sospechoso, nada, sólo el movimiento de las ráfagas de brisa helada con su secuela de olores fétidos, tan nauseabundos que varios agentes estuvieron a punto de vomitarse el uniforme. Con todo, cuando la tropa ya se aprestaba a retirarse, la incursión no demostró ser tan estéril. Una trifulca allá, ruido de botellas rotas y de disparos en el Atrevi, el bar de la dársena Trevi. Acudió una brigada reducida, cosa de aquietar los ánimos y pescar, en una de ésas, un par de peces revoltosos. ¡Todo fuera para justificar, como mínimo, los gastos del traslado! Y una vez en el Atrevi, lo de siempre: la cadena de siempre, entre la botella y el disturbio, con su saldo de destrozos, de contusos. Todos adentro. De pronto, mientras los arreaban a celular, una luz relampagueó en la oscuridad: el haz de una linterna por azar había dado en el Bluti. Lo llevaba en la mano un parroquiano, acaso el único inocente en el conflicto. Procedieron sin demora a confiscárselo. Era inexorable: el Bluti figuraba y destacado en la descripción que Telma había dado del urbanista Berciani el día de su desaparición -descripción por otra parte exhaustiva, pues hasta la muela de oro había sido incluida en el listado, y eso que sólo era visible en la inspección odontológica, o para el husmear del médico forense, de la policía y de los familiares directos si, llegado el caso, se hacía necesario reconocer el cadáver. ¿Mi Berciani cadáver? Telma, en un principio, no quiso saber de nada, se negó a dar el detalle de la muela de oro. Informaciones útiles sí, morbosidades no, dijo. Y los policías: Tenemos que estar preparados para lo todo, vamos. ¿Tiene alguna pieza dental que permita identificarlo? Y Telma, intransigente, que no -que ni se le pasaba por la cabeza. Y otra vez los oficiales: Así no hay investigación, señora, que progrese. Entre tira y afloja estuvieron como media hora. Por fin, menos por convicción que por resignada, Telma les entregó el dato. Per el Bluti había brillado primero, afortunadamente -y afortunadamente al menos en ese momento de la pesquisa, cuando de Berciani el Bluti era la única, la primera señal en presentarse. Así, con el Bluti como eslabón, se trataba de remontar la cadena, ascenderla o descenderla, quién sabía en verdad, o acaso seguir de cerca sus eventuales filamentos laterales, que nunca faltan. Y la pesquisa continuó, o avanzó, entonces de este modo. Del parroquiano del Atrevi, que en la jerga Ortolá, es decir la de Bilmezis, quedó pegado por un lustro, pues aunque era a todas luces inocente, tanto el la batahola del Atrevi como en el caso Berciani, siempre un precio cuesta ser eslabón de una cadena, se tuvo acceso al tahúr que le había vendido el Bluti -Babeau, oriundo de Marsella, gángster renombrado de los suburbanos. Fue detenido en los lindes de su imperio, entre el baldío Trumper y la vieja usina Comoglio. Años hacía que se la tenía jurada la justicia, años que Babeau, ágil de cintura, burlaba zigzagueando sus asedios. Pero esta vez no, le cayeron encima y ni de patalear tuvo tiempo. Lo sorprendieron en plena contabilidad, ¡y había que haber visto la chispa que hacían las ganancias al frotarse contra sus ojos! Pero eso no fue lo peor. Lo más in fraganti fue la cadenita de oro que le secuestraron del bolsillo, ajena por supuesto y además grabada, para colmo, también con las iniciales de Berciani. ¡A ver si nos explicás este tesoro marsellés tránsfuga, le dijeron, y a continuación el procedimiento de rigor -a la sala de preguntas con el pájaro. Alos diez minutos, pues Babeau era blando, mucha Marsella y muelle de la brumas pero a la hora de cantar, todo un jilguero, la pesquisa se había desparramado como un chorro de luz que atraviesa un prisma. De la tabacalera Sunchález, inactiva a lo largo de una década, vinieron las botas de Berciani, intactas y hasta lustradas. El que las calzaba, un matón joven de apellido Trémoli, cayó cuando oponía resistencia -tiro en la cabeza y que no se hable más. El cinturón, los mitones y los lentes, por lo general inseparables de Berciani, se encontraron en el ex depósito Gastaldi, actualmente nuevo depósito Gastaldi. La banda quiso retobarse, poco le duró. A medida que las cortesías de Babeau daban sus frutos, hallazgos simultáneos se agregaron. Un choque en la intersección de Melnik y de Antúnez dio la pista. Podría haber sido un accidente más, de miles que ensangrientan ese cruce -¡hasta cuándo esperarán los vecinos el semáforo!-, pero fue distinto. Había cerca una patrulla, era el alto sagrado de la cena. Los respectivos conductores se bajaron, contemplaron azorados el desastre, la columnita de vapor que despedía la chapa retorcida. Habían chocado fuerte, de milagro estaban vivos -y de golpe se trenzaron. Arma blanca, revólver y los gritos: ¡Te voy a coser, marmota, a puñaladas! ¿Querés entre los ojos, chauchón, un recuerdo de este chumbo? La patrulla intervino para separarlos y -¡raro fenómeno el de la ley, que une de repente a los que antes tenían la idea fija de matarse. No hubo más remedio: allí quedaron, de cuerpo entero en el asfalto. La requisa de los autos, de rigor, arrojó este resultado: disimuladas en sus partes, los dos tenían piezas del Criqui de Berciani. Motor, llantas, diferencial y batería: un verdadero prodigio del transplante. Así, indicio de Berciani que aparecía, indicio que en el acto iba a parar al destacamento de la explanada Bertani. Y allí Telma, la ojerosa Telma, que ni tiempo de quitarse las pieles había tenido, recibía las partes del botín Berciani como una dama de beneficencia los frutos de su colecta navideña. A las cuatro y media de la mañana dieron con la carrocería del Criqui, estaban despintándola a fuerza de soplete en un galpón, pleno centro de Fortino. Dos minutos más tarde, en el otro extremo de la ciudad, el sereno de una playa de estacionamiento se probaba el pulóver de cuello volcado de Berciani.  In medias res lo capturaron, aprovechando de la lana el sofocón, las torpes mangas, para ahorrarse las esposas. Poco después, cerca de las seis, un allanamiento en Tubuletti exhumó la billetera (faltaba la foto de Telma), el llavero, los documentos personales del urbanista. A los ladrones, elemental noción de táctica, ya no los liquidaban. Más se acercaban los policías al corazón de la pesquisa, más vivos y despiertos los necesitaban. En un momento fueron tantos los objetos personales de Berciani que se recibían, porque luego de los últimos habían llegado la camisa de seda, la alianza matrimonial, las medias con monograma, hasta el minúsculo perro salchicha que solía mover la cabeza en la luneta trasera del Criqui, que en un momento hizo falta una caja para reunirlos, para evitar que siguieran dispersándose. Y mientras Telma, en un paradójico ritual de bienvenida, parsimoniosamente iba guardándolos, dos oficiales, ninguno era el de gafas, pues se le había encomendado escribir el nombre de Berciani en una etiqueta, desplegaban sobre un muro una gran pantalla electrónica con el mapa de la ciudad. Ensimismada en el acopio, Telma no les prestó atención -pero el mapa iba marcándolo la suerte por su cuenta. Los puntos rojos, los de brillo continuo, señalaban los lugares de procedencia de los últimos objetos recuperados. Los verdes, los intermitentes, indicaban los rumbos inmediatos a seguir. Ringuelet, el Hogar Peloneda, la caleta dinamitada de Trombesco -más eslabones de la cadena, primicias obtenidas en la sala de preguntas. Y de la combinación de rojos y de verdes, en el cuarto contiguo, los oficiales de logística, esos eximios probabilistas de la policía, inferían hipótesis sobre el porvenir de la pesquisa. Unían los puntos en familias sutiles y, proyectándolos en líneas de acción imaginarias dibujaban el perímetro de la estocada final. En la pantalla, eso daba un círculo -sí. Pues en el delito la cadena suele tener eso, esa capacidad de, repentinamente, convertirse en círculo. Puntos rojos, enclaves ocupados por la ley. Puntos verdes, puestos a ocupar. Círculo de acción, programa de operaciones. Y en el centro hipotético del radio, una luz amarilla: Berciani, la víctima. Paralelamente variaba, entre tanto, el estado anímico de Telma. Al principio, con el rescate del Bluti, le había parecido que Berciani, como en un milagro, se le presentaba desde la lejanía de su desconocido paradero. Los hallazgos posteriores incrementaron esa algarabía. Y por qué -era sencillo. Había reconocido la cadenita de Berciani y dicho: Querían la cadenita, no a Berciani. Después las botas: Les tenían ganas a sus botas, no a él. Y lo mismo co los órganos del Criqui: Ambicionaban sus bienes, no quitármelo. Después, a medida que más cosas fueron cayéndole en sus manos, la alegría sufrió un retroceso paulatino. Hasta que se le instaló esa idea en el espíritu: Pronto todo lo de Berciani lo tendré aquí, en esta caja. Y si es así, la idea continuaba, ¿a que habrá quedado él reducido, no en su poder sino en el mío? Los oficiales, que le leyeron en el acto el pensamiento, bajaron los ojos y permanecieron en silencio. Por un momento no se oyó, en la sala del departamento, otro sonido que no fuera el bip interminable de los puntos verdes. Así sucede, por lo general, cuando se cruza una idea, todo enmudece bruscamente -como si la idea, al parecer, chistara directamente al mundo y lo obligara a callar. Y después, cuando la idea pasó, dejando a Telma ensombrecida, porque ciertas ideas son como extraños eclipses: el astro opaco desaparece, pero no las tinieblas con las que acaba de teñir la superficie de las cosas, todo reanudó su marcha y los oficiales volvieron al trabajo. Entraron dos agentes, traían la camiseta de frisa de Berciani -de punto verde, la calera de Trombesco pasó a ser punto rojo. Casi pisándole los talones se presentó la patrulla destinada a Ringuelet. Telma, ya sin fuerzas, miró apenas la palanca de cambios, el freno de mano: eran del Criqui de Berciani, eran auténticos -y Ringuelet ascendió a punto rojo. Y cuando Telma volvió a abrir los párpados vio más gente atropellando, oyó, de pasos, más estridor. Eran los del Hogar Peloneda, la incursión había sido un éxito -y las puertas de la sala se abrieron de par en par para dejar paso a un carrito rodante.  Telma casi no se incorporó. Despegándose levemente de la silla, pues el cuerpote pesaba tanto como los párpados, como el corazón, echó un vistazo al contenido. La consola del Criqui estaba allí, despedazada, envuelta en una telaraña de cables y de hilos. ¿Peloneda punto rojo?, preguntó un agente de logística. El oficial de gafas asintió con la cabeza, y enseguida el mapa electrónico procesó la información. Habían cesado de verdecer los puntos verdes, ya no más intermitencias: alrededor del punto amarillo, pálido resplandor de la víctima Berciani, brillaba el círculo -y esta vez parecía, sí, definitivo. ¿Falta algo?, preguntó a Telma uno de los agentes. Ella lo miró como saliendo de un hipnosis, y luego examinó con un cuidado exhausto las partes del botín recuperado. No, dijo por fin      -pero enseguida: Sí. El agente tardó en comprender. Falta Berciani, dijo Telma, y se puso de pie. Los oficiales se pertrecharon de gorras y armas. Uno de logística vino, entregó el papel con, dibujada, la posición final de Berciani. La proyección había dado estas coordenadas: la Quema al norte, el basural Babuscio al sur, la autopista Roldi al este, al oeste el acceso Barchoqui. ¿Está lista?, le preguntaron a Telma. Y ella, sin contestar, avanzó hacia la puerta como una sonámbula. Un agente recogió su abrigo de piel y la siguió. No habían dado las siete cuando salieron -la mañana se anunciaba diáfana, en la esquina de Bartroli ya formaban fila los emigrados inminentes. ¡Y eso que escaseaba el papel de pasaporte! Eran veinte hombres distribuidos en cinco móviles policiales    -y una mujer, la cabizbaja Telma. Cómo se le pudo ocurrir al cabo Bauto prender la radio -misterio. Lo cierto es que la prendió y nadie se lo explica. Durante un minuto oyeron las advertencias matutinas: atascamiento en Baldinu, desperfecto en la barrera de Abulafia, accidente en la vía Dubufreddo -hasta que Telma comenzó a sollozar en silencio, como avergonzada, y el sargento Tettamanti apagó en seco la Motorola. Ayudados por las sirenas, que ahuyentaban a los autos, viajaron rápido y evitaron los escollos -pero eso hasta cierto punto, porque bien que en Babani estuvieron detenidos un buen rato. Unos rateros, parece, habían hecho volar una estación de servicio. ¿En la caja no había plata? ¿Se habían llevado ya la recaudación? Dos o tres fósforos en los surtidores y arriba, ¡a las nubes con la central de suministro! Se libraron de vahaban. Merodeaban ya la zona clave cuando procedieron a distribuirse: un patrullero entraría por la Quema, otro por Babuscio, el tercero se apostaría en Roldi, el cuarto en Barchoqui. Sólo uno finalmente se acercó al punto amarillo y estacionó junto a la víctima -el quinto. Telma viajaba adentro. El cabo Baum apagó el motor y esperó. El sargento Tettamanti dio la orden de bajar        -bajaron. Bajaron todos menos Telma. No tenía por qué, ya lo había visto a través de la ventanilla, desde adentro -había dejado de llorar, a esa altura, y no había dudas -era él, era Berciani: sentado en el asiento delantero del Criqui, lo único que había quedado del auto, completamente desnudo, y con el cuello quebrado por una sola torsión. En sus ojos muertos, sin embargo, como un áspero cristal brillaba todavía la luz de su ambición, de su ambición abortada para siempre –terminar de una vez por todas con el falso dilema de Pianetti o el camino de cintura. Alguien, una voz decía: Afirmativo, afirmativo, tenemos el occiso. Pero ya Telma no la oía. Tenía la vista vuelta hacia otra parte, algún punto entre la Quema y Roldi, tal vez hacia las grandes chimeneas rojizas de la fábrica Bulfone, que recién empezaban a humear. Tenía los ojos muy abiertos pero no miraba nada, en realidad, porque se había dormido -y soñaba. Soñaba con un Bluti, real como el de Berciani, pero cerrado como los viejos relojes de chaleco. Era la primera vez que lo veía -y sin embargo el reloj no tenía secretos para ella. Encontraba fácil el mecanismo de resorte, lo abría -y descubría entonces que no era un reloj, que el Bluti era una cajita de música. Quiso reconocer la melodía, el falso aire de pianola, le pareció eslavo -pero no pudo ir mucho más lejos y cerró los ojos cambiando de sueño.</p>
<p>Alan Pauls©</p>
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		<title>El policía de las ratas, por Roberto Bolaño</title>
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		<pubDate>Mon, 09 Aug 2010 19:45:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>franzcasca</dc:creator>
				<category><![CDATA[antología]]></category>

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		<description><![CDATA[para Robert Amutio y Chris Andrews Me llamo José, aunque la gente que me conoce me llama Pepe, y algunos, generalmente los que no me conocen bien o no tienen un trato familiar conmigo, me llaman Pepe el Tira. Pepe es un diminutivo cariñoso, afable, cordial, que no me disminuye ni me agiganta, un apelativo [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=perdidosparasiempre.wordpress.com&amp;blog=14018865&amp;post=144&amp;subd=perdidosparasiempre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h6><em>para Robert Amutio y Chris Andrews </em></h6>
<p>Me llamo  		        José, aunque la gente que me conoce me llama Pepe, y algunos,  generalmente  		        los que no me conocen bien o no tienen un trato familiar  conmigo, me llaman  		        Pepe el Tira. Pepe es un diminutivo cariñoso, afable, cordial,  que no  		        me disminuye ni me agiganta, un apelativo que denota, incluso,  cierto respeto  		        afectuoso, si se me permite la expresión, no un respeto  distante. Luego  		        viene el otro nombre, el alias, la cola o joroba que arrastro  con buen ánimo,  		        sin ofenderme, en cierta medida porque nunca o casi nunca lo  utilizan en mi  		        presencia. Pepe el Tira, que es como mezclar arbitrariamente  el cariño  		        y el miedo, el deseo y la ofensa en el mismo saco oscuro. ¿De  dónde  		        viene la palabra Tira? Viene de tirana, tirano, el que hace  cualquier cosa sin  		        tener que responder de sus actos ante nadie, el que goza, en  una palabra, de  		        impunidad. ¿Qué es un tira? Un tira es, para mi pueblo, un  policía.  		        Y a mí me llaman Pepe el Tira porque soy, precisamente,  policía,  		        un oficio como cualquier otro pero que pocos están dispuestos a  ejercer.  		        Si cuando entré en la policía hubiera sabido lo que hoy sé,  		        yo tampoco estaría dispuesto a ejercerlo. ¿Qué fue lo que  		        me impulsó a hacerme policía? Muchas veces, sobre todo  últimamente,  		        me lo he preguntado, y no hallo una respuesta convincente.<br />
Probablemente fui un joven más estúpido que los demás.  		        Tal vez un desengaño amoroso (pero no consigo recordar haber  estado enamorado  		        en aquel tiempo) o tal vez la fatalidad, el saberme distinto  de los demás  		        y por lo tanto buscar un oficio solitario, un oficio que me  permitiera pasar  		        muchas horas en la soledad más absoluta y que, al mismo  tiempo, tuviera  		        cierto sentido práctico y no constituyera una carga para mi  pueblo.<br />
Lo cierto es que se necesitaba un policía y yo me presenté y  los  		        jefes, tras mirarme, no tardaron ni medio minuto en darme el  trabajo. <span id="more-144"></span>Alguno  		        de ellos, tal vez todos, aunque se cuidaban de andar  comentándolo, sabían  		        de antemano que yo era uno de los sobrinos de Josefina la  Cantora. Mis hermanos  		        y primos, el resto de los sobrinos, no sobresalían en nada y  eran felices.  		        Yo también, a mi manera, era feliz, pero en mí se notaba el  parentesco  		        de sangre con Josefina, no en balde llevo su nombre. Tal vez  eso influyó  		        en la decisión de los jefes de darme el trabajo. Tal vez no y  yo fui  		        el único que se presentó el primer día. Tal vez ellos  esperaban  		        que no se presentara nadie más y temieron que, si me daban  largas, fuera  		        a cambiar de parecer. La verdad es que no sé qué pensar. Lo  único  		        cierto es que me hice policía y a partir del primer día me  dediqué  		        a vagar por las alcantarillas, a veces por las principales,  por aquellas donde  		        corre el agua, otras veces por las secundarias, donde están  los túneles  		        que mi pueblo cava sin cesar, túneles que sirven para acceder a  otras  		        fuentes alimenticias o que sirven únicamente para escapar o  para comunicar  		        laberintos que, vistos superficialmente, carecen de sentido,  pero que sin duda  		        tienen un sentido, forman parte del entramado en el que mi  pueblo se mueve y  		        sobrevive.<br />
A veces, en parte porque era mi trabajo y en parte porque me  aburría,  		        dejaba las alcantarillas principales y secundarias y me  internaba en las alcantarillas  		        muertas, una zona en la que sólo se movían nuestros  exploradores  		        o nuestros hombres de empresa, la mayor parte de las veces  solos aunque en ocasiones  		        lo hacían acompañados por sus familias, por sus obedientes  retoños.  		        Allí, por regla general, no había nada, sólo ruidos  atemorizadores,  		        pero a veces, mientras recorría con cautela esos sitios  inhóspitos,  		        solía encontrar el cadáver de un explorador o el cadáver  		        de un empresario o los cadáveres de sus hijitos. Al principio,  cuando  		        aún no tenía experiencia, estos hallazgos me sobresaltaban, me   		        alteraban hasta un punto en el que yo dejaba de parecerme a mí  mismo.  		        Lo que hacía entonces era recoger a la víctima, sacarla de los   		        túneles muertos y llevarla hasta el puesto avanzado de la  policía  		        en donde nunca había nadie. Allí procedía a determinar  		        por mis propios medios y tan buenamente como podía la causa de  la muerte.  		        Luego iba a buscar al forense y éste, si estaba de humor, se  vestía  		        o se cambiaba de ropa, cogía su maletín y me acompañaba  		        hasta el puesto. Ya allí, lo dejaba solo con el cadáver o los  		        cadáveres y volvía a salir. Por norma, después de encontrar  		        un cadáver, los policías de mi pueblo no vuelven al lugar del  		        crimen sino que procuran, vanamente, mezclarse con nuestros  semejantes, participar  		        en los trabajos, tomar parte en las conversaciones, pero yo  era distinto, a  		        mí no me disgustaba volver a inspeccionar el lugar del crimen,  buscar  		        detalles que me hubieran pasado desapercibidos, reproducir los  pasos que seguían  		        las pobres víctimas o husmear y profundizar, con mucho  cuidado, eso sí,  		        en la dirección de la que huían.<br />
Al cabo de unas horas volvía al puesto avanzado y me  encontraba, pegada  		        en la pared, la nota del forense. Las causas del deceso:  degollamiento, muerte  		        por desangramiento, desgarros en las patas, cuellos rotos, mis  congéneres  		        nunca se entregaban sin luchar, sin debatirse hasta el último  aliento.  		        El asesino solía ser algún carnívoro perdido en las  alcantarillas,  		        una serpiente, a veces hasta un caimán ciego. Perseguirlos era  inútil:  		        probablemente iban a morir de inanición al cabo de poco  tiempo.<br />
Cuando me tomaba un descanso buscaba la compañía de otros  policías.  		        Conocí a uno, muy viejo y enflaquecido por la edad y por el  trabajo,  		        que a su vez había conocido a mi tía y que le gustaba hablar  de  		        ella. Nadie entendía a Josefina, decía, pero todos la querían  		        o fingían quererla y ella era feliz así o fingía serlo.  		        Esas palabras, como muchas otras que pronunciaba el viejo  policía, me  		        sonaban a chino. Nunca he entendido la música, un arte que  nosotros no  		        practicamos o que practicamos muy de vez en cuando. En  realidad, no practicamos  		        y por lo tanto no entendemos casi ningún arte. A veces surge  una rata  		        que pinta, pongamos por caso, o una rata que escribe poemas y  le da por recitarlos.  		        Por regla general no nos burlamos de ellos. Más bien al  contrario, los  		        compadecemos, pues sabemos que sus vidas están abocadas a la  soledad.  		        ¿Por qué a la soledad? Pues porque en nuestro pueblo el arte y   		        la contemplación de la obra de arte es un ejercicio que no  podemos practicar,  		        por lo que las excepciones, los diferentes, escasean, y si,  por ejemplo, surge  		        un poeta o un vulgar declamador, lo más probable es que el  próximo  		        poeta o declamador no nazca hasta la generación siguiente, por  lo que  		        el poeta se ve privado acaso del único que podría apreciar su  		        esfuerzo. Esto no quiere decir que nuestra gente no se detenga  en su ajetreo  		        cotidiano y lo escuche e incluso lo aplauda o eleve una moción  para que  		        al declamador se le permita vivir sin trabajar. Al contrario,  hacemos todo lo  		        que está en nuestras manos, que no es mucho, para procurarle  al diferente  		        un simulacro de comprensión y de afecto, pues sabemos que es,  básicamente,  		        un ser necesitado de afecto. Aunque a la larga, como un  castillo de naipes,  		        todos los simulacros se derrumban. Vivimos en colectividad y  la colectividad  		        sólo necesita el trabajo diario, la ocupación constante de  cada  		        uno de sus miembros en un fin que escapa a los afanes  individuales y que, sin  		        embargo, es lo único que garantiza nuestro existir en tanto  que individuos.  		        De todos los artistas que hemos tenido o al menos de aquellos  que aún  		        permanecen como esqueléticos signos de interrogación en  nuestra  		        memoria, la más grande, sin duda, fue mi tía Josefina. Grande  		        en la medida en que lo que nos exigía era mucho, grande,  inconmensurable  		        en la medida en que la gente de mi pueblo accedió o fingió que   		        accedía a sus caprichos.<br />
El policía viejo gustaba hablar de ella, pero sus recuerdos,  no tardé  		        en darme cuenta, eran ligeros como papel de fumar. A veces  decía que  		        Josefina era gorda y tiránica, una persona cuyo trato requería   		        extrema paciencia o extremo sentido del sacrificio, dos  virtudes que confluyen  		        en más de un punto y que no escasean entre nosotros. Otras  veces, en  		        cambio, decía que Josefina era una sombra a la que él,  entonces  		        un adolescente recién ingresado en la policía, sólo había  		        visto fugazmente. Una sombra temblorosa, seguida de unos  chillidos extraños  		        que constituían, por aquella época, todo su repertorio y que  conseguían  		        poner no diré fuera de sí, pero sí en un grado de tristeza  		        extrema a ciertos espectadores de primera fila, ratas y  ratones de quienes ya  		        no tenemos memoria y que fueron acaso los únicos que  entrevieron algo  		        en el arte musical de mi tía. ¿Qué? Probablemente ni ellos  		        lo sabían. Algo, cualquier cosa, un lago de vacío. Algo que  tal  		        vez se parecía al deseo de comer o a la necesidad de follar o a  las ganas  		        de dormir que a veces nos acometen, pues quien no para de  trabajar necesita  		        dormir de vez en cuando, sobre todo en invierno, cuando las  temperaturas caen  		        como dicen que caen las hojas de los árboles en el mundo  exterior y nuestros  		        cuerpos ateridos nos piden un rincón tibio junto a nuestros  congéneres,  		        un agujero recalentado por nuestras pieles, unos movimientos  familiares, los  		        ruidos ni viles ni nobles de nuestra cotidianidad nocturna o  de aquello que  		        el sentido práctico nos lleva a denominar nocturno.<br />
El sueño y el calor es uno de los principales inconvenientes  de ser policía.  		        Los policías solemos dormir solos, en agujeros improvisados, a  veces  		        en territorio no conocido. Por supuesto, cada vez que podemos  procuramos saltarnos  		        esta costumbre. A veces nos acurrucamos en nuestros propios  agujeros, policías  		        sobre policías, todos en silencio, todos con los ojos cerrados  y con  		        las orejas y las narices alerta. No suele ocurrir muy a  menudo, pero a veces  		        ocurre. En otras ocasiones nos metemos en los dormitorios de  aquellos que por  		        una causa o por otra viven en los bordes del perímetro. Ellos,  como no  		        podía ser de otra manera, nos aceptan con naturalidad. A veces  decimos  		        buenas noches, antes de caer agotados en el tibio sueño  reparador. Otras  		        veces sólo gruñimos nuestro nombre, pues la gente sabe quiénes   		        somos y nada teme de nuestra parte. Nos reciben bien. No hacen  aspavientos ni  		        dan muestras de alegría, pero no nos echan de sus madrigueras.  A veces  		        alguien, con la voz aún congelada en el sueño, dice Pepe el  Tira,  		        y yo respondo sí, sí, buenas noches. Al cabo de pocas horas,  sin  		        embargo, cuando aún la gente duerme, me levanto y vuelvo a mi  trabajo,  		        pues las labores de un policía no terminan jamás y nuestros  horarios  		        de sueño se deben amoldar a nuestra actividad incesante.  Recorrer las  		        alcantarillas, por lo demás, es un trabajo que requiere el  máximo  		        de concentración. Generalmente no vemos a nadie, no nos  cruzamos con  		        nadie, podemos seguir las rutas principales y las rutas  secundarias e internarnos  		        por los túneles que nuestra propia gente ha construido y que  ahora están  		        abandonados y durante todo el trayecto no topamos con ningún  ser vivo.<br />
Sombras sí que percibimos, ruidos, objetos que caen al agua,  chillidos  		        lejanos. Al principio, cuando uno es joven, estos ruidos  mantienen al policía  		        en un sobresalto permanente. Con el paso del tiempo, sin  embargo, uno se acostumbra  		        a ellos y aunque procuramos mantenernos alerta, perdemos el  miedo o lo incorporamos  		        a la rutina de cada día, que viene a ser lo mismo que  perderlo. Hay incluso  		        policías que duermen en las alcantarillas muertas. Yo nunca he  conocido  		        a ninguno, pero los viejos suelen contar historias en la que  un policía,  		        un policía de otros tiempos, ciertamente, si tenía sueño,  		        se echaba a dormir en una alcantarilla muerta. ¿Cuánto hay de  		        verdad y cuánto de broma en estas historias? Lo ignoro. Hoy  por hoy ningún  		        policía se atreve a dormir allí. Las alcantarillas muertas son   		        lugares que por una causa o por otra han sido olvidados. Los  que cavan túneles,  		        cuando dan con una alcantarilla muerta, ciegan el túnel. El  agua residual,  		        allí, diríase que fluye gota a gota, por lo que la podredumbre   		        es casi insoportable. Se puede afirmar que nuestro pueblo sólo  utiliza  		        las alcantarillas muertas para huir de una zona a otra. La  manera más  		        rápida de acceder a ellas es nadando, pero nadar en las  proximidades  		        de un lugar así entraña más peligros de los que normalmente  		        aceptamos.<br />
Fue en una alcantarilla muerta donde dio comienzo mi  investigación Un  		        grupo de los nuestros, una avanzadilla que con el paso del  tiempo había  		        procreado y se había establecido un poco más allá del  perímetro,  		        fue en mi busca y me informó de que la hija de una de las  ratas veteranas  		        había desaparecido. Mientras la mitad del grupo trabajaba, la  otra mitad  		        se dedicaba a buscar a esta joven, que se llamaba Elisa y que,  según  		        sus familiares y amigos, era hermosísima y fuerte, además de  poseer  		        una inteligencia despierta Yo no sabía con exactitud en qué  consistía  		        una inteligencia despierta Vagamente la asociaba con la  alegría, pero  		        no con la curiosidad Aquel día estaba cansado y tras examinar  la zona  		        en compañía de uno de sus parientes, supuse que la pobre Elisa   		        había sido victima de algún depredador que merodeaba en los  alrededores  		        de la nueva colonia. Busqué rastros del depredador. Lo único  que  		        encontré fueron viejas huellas que indicaban que por allí,  antes  		        de que llegara nuestra avanzadilla, habían pasado otros seres.<br />
Finalmente descubrí un rastro de sangre fresca. Le dije al  familiar de  		        Elisa que volviera a la madriguera y a partir de entonces  seguí solo.  		        El rastro de sangre tenía una peculiaridad que lo hacía  curioso:  		        pese a terminar junto a uno de los canales reaparecía unos  metros mas  		        allá (en ocasiones muchos metros mas allá), pero no en el otro   		        lado del canal, como hubiera sido lo natural, sino en el mismo  lado por el que  		        se había sumergido. ¿Si no pretendía cruzar el canal, por  		        qué se sumergió tantas veces? El rastro, por otra parte, era  mínimo,  		        por lo que las medidas de protección del depredador,  quienquiera que  		        éste fuese, parecían en primera instancia exageradas. Al cabo  		        de poco rato llegué a una alcantarilla muerta.<br />
Me introduje en el agua y nadé hacia el dique que la basura y  la corrupción  		        había formado con el paso del tiempo. Cuando llegué subí  		        por una playa de inmundicias. Más allá, por encima del nivel  del  		        agua, vi los grandes barrotes que coronaban la parte superior  de la entrada  		        a la alcantarilla. Por un instante temí encontrar al  depredador agazapado  		        en algún rincón, dándose un festín con el cuerpo  		        de la desgraciada Elisa. Pero nada se oía y seguí avanzando.<br />
Unos minutos más tarde, descubrí el cuerpo de la joven  abandonado  		        en uno de los pocos lugares relativamente secos de la  alcantarilla, junto a  		        cartones y latas de comida.<br />
El cuello de Elisa estaba desgarrado. Por lo demás, no pude  distinguir  		        ninguna otra herida. En una de las latas descubrí los restos  de una rata  		        bebé. Lo examiné, debía de llevar muerto por lo menos un  		        mes. Busqué en los alrededores y no encontré ni el más  		        mínimo rastro del depredador. El esqueleto del bebé estaba  completo.  		        La única herida que exhibía la desafortunada Elisa era la que  		        le habían propinado para matarla. Comencé a pensar que tal vez   		        no hubiera sido un depredador. Luego cargué a la joven a mis  espaldas  		        y con la boca mantuve al bebé en alto, procurando que mis  afilados dientes  		        no dañaran su piel. Dejé atrás la alcantarilla muerta y  		        volví a la madriguera de la avanzadilla. La madre de Elisa era  grande  		        y fuerte, uno de esos ejemplares de nuestro pueblo que pueden  enfrentarse a  		        un gato, y sin embargo al ver el cuerpo de su hija prorrumpió  en largos  		        sollozos que hicieron ruborizar al resto de sus compañeros.  Mostré  		        el cuerpo del bebé y les pregunté si sabían algo de él.  		        Nadie sabía nada, ningún niño se había perdido.  		        Dije que debía llevar ambos cuerpos a la comisaría. Pedí  		        ayuda. La madre de Elisa cargó a su hija. Al bebé lo cargué  		        yo. Al marcharnos la avanzadilla volvió al trabajo, hacer  túneles,  		        buscar comida.<br />
Esta vez fui a buscar al forense y no lo dejé solo hasta que  terminó  		        de examinar los dos cadáveres. Junto a nosotros, dormida, la  madre de  		        Elisa se embarcaba de tanto en tanto en sueños que le  arrancaban palabras  		        incomprensibles e inconexas. Al cabo de tres horas el forense  ya tenía  		        decidido lo que iba a decirme, lo que yo temía sospechar. El  bebé  		        había muerto de hambre. Elisa había muerto por la herida en el   		        cuello. Le pregunté si esa herida se la pudo haber causado una  serpiente.  		        No lo creo, dijo el forense, a menos que se trate de un  ejemplar nuevo. Le pregunté  		        si esa herida se la pudo causar un caimán ciego. Imposible,  dijo el forense.  		        Tal vez una comadreja, dijo. Últimamente en las alcantarillas  se suelen  		        encontrar comadrejas. Muertas de miedo, dije yo. Es verdad,  dijo el forense.  		        La mayoría mueren por inanición. Se pierden, se ahogan, se las   		        comen los caimanes. Olvidémonos de las comadrejas, dijo el  forense. Le  		        pregunté entonces si Elisa había luchado contra su asesino. El   		        forense se quedó largo rato mirando el cadáver de la joven.  No,  		        dijo. Es lo que yo pensaba, dije. Mientras hablábamos llegó  otro  		        policía. Su ronda, al contrario que la mía, había sido  		        plácida. Despertamos a la madre de Elisa. El forense se  despidió  		        de nosotros. ¿Todo ha terminado?, dijo la madre. Todo ha  terminado, dije  		        yo. La madre nos dio las gracias y se fue. Yo le pedí a mi  compañero  		        que me ayudara a deshacerme del cadáver de Elisa.<br />
Entre los dos lo llevamos a un canal donde la corriente era  rápida y  		        lo arrojamos allí. ¿Por qué no tiras el cuerpo del bebé?,  		        dijo mi compañero. No lo sé, dije, quiero estudiarlo, tal vez  		        algo se nos ha pasado por alto. Luego él volvió a su zona y yo   		        volví a la mía. A cada rata que me cruzaba le hacía la  		        misma pregunta: ¿Sabes si alguien perdió a su bebé? Las  		        respuestas eran variadas, pero por regla general nuestro  pueblo cuida de sus  		        pequeños y lo que la gente decía, en el fondo, lo decía  		        de oídas. Mi ronda me llevó otra vez al perímetro, todos  		        estaban trabajando en un túnel, incluida la madre de Elisa,  cuyo cuerpo  		        grueso y seboso apenas cabía por la hendidura, pero cuyos  dientes y garras  		        eran, todavía, las mejores para excavar.<br />
Decidí entonces regresar a la alcantarilla muerta y tratar de  ver qué  		        era lo que se me había pasado por alto. Busqué huellas y no  encontré  		        nada. Señales de violencia. Signos de vida. El bebé, resultaba   		        evidente, no había llegado por sus propios pies a la  alcantarilla. Busqué  		        restos de comida, marcas de mierda seca, una madriguera, todo  inútil.<br />
De pronto escuché un débil chapaleo. Me escondí. Al cabo  		        de poco vi aparecer en la superficie del agua una serpiente  blanca. Era gorda  		        y debía de medir un metro. La vi sumergirse un par de veces y  reaparecer.  		        Luego, con mucha prudencia, salió del agua y reptó por la  orilla  		        produciendo un siseo semejante al de una cañería de gas. Para  		        nuestro pueblo, ella era gas. Se acercó a donde yo me  ocultaba. Desde  		        su posición era imposible un ataque directo, algo que en  principio me  		        favorecía, lo que me daba tiempo para escapar (pero una vez en  el agua  		        yo sería presa fácil) o para clavar mis dientes en su cuello.  		        Sólo cuando la serpiente se alejó sin haber dado muestras de  haberme  		        visto, comprendí que era una serpiente ciega, una descendiente  de aquellas  		        serpientes que los seres humanos, cuando se cansan de ellas,  arrojan en sus  		        wateres. Por un instante la compadecí. En realidad lo que  hacía  		        era celebrar mi buena suerte de forma indirecta. Imaginé a sus  padres  		        o a sus tatarabuelos descendiendo por el infinito entramado de  cañerías  		        de desagüe, los imaginé atontados en la oscuridad de las  alcantarillas,  		        sin saber qué hacer, dispuestos a morir o a sufrir, y también  		        imaginé a unos cuantos que sobrevivieron, los imaginé  adaptándose  		        a una dieta infernal, los imaginé ejerciendo su poder, los  imaginé  		        durmiendo y muriendo en los inacabables días de invierno.<br />
El miedo, por lo visto, despierta la imaginación. Cuando la  serpiente  		        se marchó volví a recorrer de arriba abajo la alcantarilla  muerta.  		        No encontré nada que se saliera de lo normal.<br />
Al día siguiente volví a hablar con el forense. Le pedí  		        que le echara otra mirada al cadáver del bebé. Al principio me   		        miró como si me hubiera vuelto loco. ¿No te has deshecho de  él?,  		        me preguntó. No, dije, quiero que lo revises una vez más.  Finalmente  		        me prometió que lo haría, siempre y cuando aquel día no  		        tuviera demasiado trabajo. Durante mi ronda, y a la espera del  informe final  		        del forense, me dediqué a buscar una familia que hubiera  perdido a su  		        bebé en el lapso de un mes. Lamentablemente las ocupaciones de  nuestro  		        pueblo, sobre todo de aquellos que viven en los límites del  perímetro,  		        los obligan a moverse constantemente, y se podía dar el caso  de que la  		        madre de aquel bebé muerto ahora estuviera afanada  construyendo túneles  		        o buscando comida a varios kilómetros de allí. Como era  predecible,  		        de mis pesquisas no pude extraer ninguna pista favorable.<br />
Cuando volví a la comisaría encontré una nota del forense  		        y una de mi inmediato superior. Este me preguntaba por qué no  me había  		        deshecho aún del cadáver del bebé. La del forense reafirmaba  		        su primera conclusión: el cadáver no presentaba heridas, la  muerte  		        había sido debida al hambre y posiblemente también al frío.  		        Los cachorros resisten mal ciertas inclemencias ambientales.  Durante mucho rato  		        estuve meditando. El bebé, como todos los bebés en una  situación  		        semejante, había chillado hasta desgañifarse. ¿Cómo  		        fue posible que no atrajeran sus gritos a un depredador? El  asesino lo había  		        secuestrado y luego se había internado con él por pasillos  poco  		        frecuentados, hasta llegar a la alcantarilla muerta. Ya allí,  había  		        dejado al bebé tranquilo y había esperado que muriera, por  llamarle  		        de algún modo, de muerte natural. ¿Era factible que la misma  persona  		        que secuestró al bebé hubiera, posteriormente, asesinado a  Elisa?  		        Sí, era lo más factible.<br />
Entonces se me ocurrió una pregunta que no le había hecho al  forense,  		        así que me levanté y fui a buscarlo. Por el camino me crucé  		        con multitud de ratas confiadas, juguetonas, reconcentradas en  sus propios problemas,  		        que avanzaban rápidamente en una u otra dirección. Algunas me  		        saludaron afablemente. Alguien dijo: Mira, ahí va Pepe el  Tira. Yo sólo  		        sentía el sudor que había comenzado a empaparme todo el  pelaje,  		        como si acabara de salir de las aguas estancadas de una  alcantarilla muerta.<br />
Encontré al forense durmiendo con cinco o seis ratas más,  todos,  		        a juzgar por su cansancio, médicos o estudiantes de medicina.  Cuando  		        conseguí despertarlo me miró como si no me reconociera.  ¿Cuántos  		        días tardó en morir?, le pregunté. ¿José?,  		        dijo el forense. ¿Qué quieres? ¿Cuántos días  		        tarda un bebé en morir de hambre? Salimos de la madriguera. En  mala hora  		        me hice patólogo, dijo el forense. Luego se puso a pensar.  Depende de  		        la constitución física del bebé. A veces con dos días  		        es más que suficiente, pero un bebé grueso y bien alimentado  puede  		        pasarse cinco días o más. ¿Y sin beber?, dije. Un poco  		        menos, dijo el forense. Y añadió: No sé adonde quieres  		        llegar. ¿Murió de hambre o de sed?, dije yo. De hambre. ¿Estás   		        seguro?, dije yo. Todo lo seguro que se puede estar en un caso  como éste,  		        dijo el forense.<br />
Cuando volví a la comisaría me puse a pensar: el bebé había  		        sido secuestrado hacía un mes y probablemente tardó tres o  cuatro  		        días en morir. Durante esos días debió de chillar sin parar.  		        No obstante, ningún depredador se había sentido atraído  		        por los ruidos. Regresé una vez más a la alcantarilla muerta.  		        Esta vez sabía lo que estaba buscando y no tardé mucho en  encontrarlo:  		        una mordaza. Durante todo el tiempo que duró su agonía el bebé   		        había estado amordazado. Pero en realidad no durante todo el  tiempo.  		        De vez en cuando el asesino le quitaba la mordaza y le daba  agua o bien, sin  		        quitarle la mordaza, untaba el trapo con agua. Cogí lo que  quedaba de  		        la mordaza y salí de la alcantarilla muerta.<br />
En la comisaría me esperaba el forense. ¿Qué has encontrado  		        ahora, Pepe?, dijo al verme. La mordaza, dije mientras le  alcanzaba el trapo  		        sucio. Durante unos segundos, sin tocarla, el forense la  examinó. ¿El  		        cadáver del bebé sigue aquí?, me preguntó. Asentí.  		        Deshazte de él, dijo, la gente empieza a comentar tu conducta.  ¿Comentar  		        o cuestionar?, dije. Es lo mismo, dijo el forense antes de  despedirse. Me descubrí  		        sin ánimos de trabajar, pero me rehice y salí. La ronda,  aparte  		        de los accidentes usuales que suelen perseguir con fidelidad y  saña cualquier  		        movimiento de nuestro pueblo, no se distinguió de otras rondas  marcadas  		        por la rutina. Al volver a la comisaría, después de horas de  trabajo  		        extenuante, me deshice del cadáver del bebé. Durante días  		        no sucedió nada relevante. Hubo víctimas de los depredadores,  		        accidentes, viejos túneles que se derrumbaban, un veneno que  mató  		        a unos cuantos de los nuestros hasta que hallamos la manera de  neutralizarlo.  		        Nuestra historia es la multiplicidad de formas con que  eludimos las trampas  		        infinitas que se alzan a nuestro paso. Rutina y tesón.  Recuperación  		        de cadáveres y registro de incidentes. Días idénticos y  		        tranquilos. Hasta que encontré el cuerpo de dos jóvenes ratas,   		        una hembra y el otro macho.<br />
La información la obtuve mientras recorría los túneles.  		        Sus padres no estaban preocupados, probablemente, pensaban,  habían decidido  		        vivir juntos y cambiar de madriguera. Pero cuando ya me iba,  sin darle demasiada  		        importancia a la doble desaparición, un amigo de ambos me dijo  que ni  		        el joven Eustaquio ni la joven Marisa habían manifestado jamás   		        una intención semejante. Eran amigos, simplemente, buenos  amigos, sobre  		        todo si se tenía en cuenta la peculiaridad de Eustaquio.  Pregunté  		        qué clase de peculiaridad era ésa. Componía y declamaba  		        versos, dijo el amigo, lo que lo hacía manifiestamente inhábil   		        para el trabajo. ¿Y Marisa qué?, dije. Ella no, dijo el amigo.   		        No qué, dije yo. No tenía ninguna peculiaridad de ese tipo. A  		        otro policía cualquiera esta información le habría parecido  		        carente de interés. A mí me despertó el instinto. Pregunté  		        si en los alrededores de la madriguera había una alcantarilla  muerta.  		        Me dijeron que la más próxima estaba a unos dos kilómetros  		        de allí, en un nivel inferior. Encaminé mis pasos en esa  dirección.  		        En el trayecto me encontré a un viejo seguido de un grupo de  cachorros.  		        El viejo les hablaba sobre los peligros de las comadrejas. Nos  saludamos. El  		        viejo era un maestro y estaba de excursión. Los cachorros aún  		        no eran aptos para el trabajo, pero pronto lo serían. Les  pregunté  		        si habían visto algo raro durante el paseo. Todo es raro, me  gritó  		        el viejo mientras nos alejábamos en distintas direcciones, lo  raro es  		        lo normal, la fiebre es la salud, el veneno es la comida.  Luego se puso a reír  		        afablemente y su risa me siguió incluso cuando me metí por  otro  		        conducto.<br />
Al cabo de un rato llegué a la alcantarilla muerta. Todas las  alcantarillas  		        de aguas estancas se parecen, pero yo sé distinguir con poco  margen de  		        error si alguna vez he estado allí o si, por el contrario, es  la primera  		        vez que me introduzco en una de ellas. Aquélla no la conocía.  		        Durante un rato la examiné, por si encontraba el modo de  entrar sin necesidad  		        de mojarme. Luego me eché al agua y me deslicé hacia la  alcantarilla.  		        Mientras nadaba creí ver unas ondas que surgían de una isla de   		        desperdicios. Temí, como era lógico, la aparición de una  		        serpiente, y me aproximé a toda velocidad a la isla. El suelo  era blando  		        y al caminar uno se enterraba en un limo blancuzco hasta las  rodillas. El olor  		        era el de todas las alcantarillas muertas: no a descomposición  sino a  		        la esencia, al núcleo de la descomposición. Poco a poco me fui   		        desplazando de isla en isla. A veces tenía la impresión de que   		        algo me jalaba los pies, pero sólo era basura. En la última  isla  		        descubrí los cadáveres. El joven Eustaquio exhibía una  		        única herida que le había desgarrado el cuello. La joven  Marisa,  		        por el contrario, se notaba que había luchado. Su piel estaba  llena de  		        dentelladas. En los dientes y en las garras descubrí sangre,  por lo que  		        era fácilmente deducible que el asesino estaba herido. Como  pude, saqué  		        los cadáveres, primero uno y luego el otro, fuera de la  alcantarilla  		        muerta. Y así intenté llevarlos hasta el primer núcleo  		        de población: primero cargaba a uno y lo dejaba cincuenta  metros más  		        allá y luego regresaba, cargaba al otro y lo depositaba junto  al primero.  		        En uno de esos relevos, cuando regresaba a buscar el cuerpo de  la joven Marisa,  		        vi a una serpiente blanca que había salido del canal y se  aproximaba  		        a ella. Me quedé quieto. La serpiente dio un par de vueltas  alrededor  		        del cadáver y luego lo trituró. Cuando procedió a engullirlo  		        me di media vuelta y eché a correr hasta donde había dejado el   		        cadáver de Eustaquio. De buena gana me hubiera puesto a  gritar. Sin embargo  		        ni un solo gemido salió de mi boca.<br />
A partir de ese día mis rondas se hicieron exhaustivas. Ya no  me conformaba  		        con la rutina del policía que vigilaba el perímetro y resolvía   		        asuntos que cualquiera, con un poco de sentido común, podía  resolver.  		        Cada día visitaba las madrigueras más alejadas. Hablaba con la   		        gente de las cosas más intrascendentes. Conocí una colonia de  		        ratas-topo que vivían entre nosotros ejerciendo los oficios  más  		        humildes. Conocí a un viejo ratón blanco, un ratón blanco  		        que ya ni siquiera recordaba su edad y que en su juventud  había sido  		        inoculado con una enfermedad contagiosa, él y muchos como él,  		        ratones blancos prisioneros, que luego fueron introducidos en  el alcantarillado  		        con la esperanza de matarnos a todos. Muchos murieron, decía  el ratón  		        blanco, que apenas podía moverse, pero las ratas negras y los  ratones  		        blancos nos cruzamos, follamos como locos (como sólo se folla  cuando  		        la muerte anda cerca) y finalmente no sólo se inmunizaron las  ratas negras  		        sino que surgió una nueva especie, las ratas marrones,  resistentes a  		        cualquier contagio, a cualquier virus extraño.<br />
Me gustaba ese viejo ratón blanco que había nacido, según  		        él, en un laboratorio de la superficie. Allí la luz es  cegadora,  		        decía, tanto que los moradores del exterior ni siquiera la  aprecian.  		        ¿Tú conoces las bocas de las alcantarillas, Pepe? Sí, alguna  		        vez he estado allí, le respondía. ¿Has visto, entonces,  		        el río al que dan todas las alcantarillas, has visto los  juncos, la arena  		        casi blanca? Sí, siempre de noche, le respondía. ¿Entonces  		        has visto la luna rielando sobre el río? No me fijé mucho en  la  		        luna. ¿Qué fue lo que te llamó la atención, entonces,  		        Pepe? Los ladridos de los perros. Las jaurías que viven en las  orillas  		        del río. Y también la luna, reconocí, aunque no pude disfrutar   		        mucho de su visión. La luna es exquisita, decía el ratón  		        blanco, si alguna vez alguien me preguntara dónde me gustaría  		        vivir, contestaría sin dudar que en la luna.<br />
Como un habitante de la luna yo recorría las alcantarillas y  conductos  		        subterráneos. Al cabo de un tiempo encontré a otra víctima.  		        Como las anteriores, el asesino había depositado su cuerpo en  una alcantarilla  		        muerta. La cargué y me la llevé a la comisaría. Esa noche  		        volví a hablar con el forense. Le hice notar que el desgarro  en el cuello  		        era similar al de las otras víctimas. Puede ser una  casualidad, dijo.  		        Tampoco se las come, dije. El forense examinó el cadáver.  Examina  		        la herida, dije, dime qué clase de dentadura produce ese  desgarrón.  		        Cualquiera, cualquiera, dijo el forense. No, cualquiera no,  dije yo, examínala  		        con cuidado. ¿Qué quieres que te diga?, me preguntó el  		        forense. La verdad, dije yo. ¿Y cuál es, según tú,  		        la verdad? Yo creo que estas heridas las produjo una rata,  dije yo. Pero las  		        ratas no matan a las ratas, dijo el forense mirando otra vez  el cadáver.  		        Esta sí, dije yo. Luego me fui a trabajar y cuando volví a la  		        comisaría encontré al forense y al comisario jefe que me  esperaban.  		        El comisario no se anduvo por las ramas. Me preguntó de dónde  		        había sacado la peregrina idea de que había sido una rata la  autora  		        de los crímenes. Quiso saber si había comentado mis sospechas  		        con alguien más. Me advirtió que no lo hiciera. Deje de  fantasear,  		        Pepe, dijo, y dedíquese a cumplir con su trabajo. Ya bastante  complicada  		        es la vida real para encima añadir elementos irreales que sólo   		        pueden terminar dislocándola. Yo estaba muerto de sueño y  pregunté  		        qué quería decir con la palabra dislocar. Quiero decir, dijo  el  		        comisario mirando al forense como si buscara su aprobación, y  dándole  		        a sus palabras una entonación profunda y dulce, que la vida,  sobre todo  		        si es breve, como desgraciadamente es nuestra vida, debe  tender hacia el orden,  		        no hacia el desorden, y menos aún hacia un desorden  imaginario. El forense  		        me miró con gravedad y asintió. Yo también asentí.<br />
Pero seguí alerta. Durante unos días el asesino pareció  		        esfumarse. Cada vez que me desplazaba al perímetro y  encontraba colonias  		        desconocidas solía preguntar por la primera víctima, el bebé  		        que había muerto de hambre. Finalmente una vieja rata  exploradora me  		        habló de una madre que había perdido a su bebé. Pensaron  		        que había caído al canal o que se lo había llevado un  depredador,  		        dijo. Por lo demás, se trataba de un grupo en el que los  adultos eran  		        pocos y las crías numerosas y no buscaron mucho al bebé. Poco  		        después se fueron a la parte norte de las alcantarillas, cerca  de un  		        gran pozo, y la rata exploradora los perdió de vista. Me  dediqué,  		        en los ratos libres, a buscar a este grupo. Por supuesto,  ahora las crías  		        estarían crecidas y la colonia sería más grande y puede  		        que la desaparición del bebé hubiera caído en el olvido.  		        Pero si tenía suerte y hallaba a la madre del bebé, ésta  		        aún podría explicarme algunas cosas. El asesino, mientras  tanto,  		        se movía. Una noche encontré en la morgue un cadáver cuyas  		        heridas, el desgarrón casi limpio en la garganta, eran  idénticas  		        a las que solía infligir el asesino. Hablé con el policía  		        que había hallado el cadáver. Le pregunté si creía  		        que había sido un depredador. ¿Quién más podría  		        ser?, me respondió. ¿O acaso tú crees, Pepe, que ha sido  		        un accidente? Un accidente, pensé. Un accidente permanente. Le  pregunté  		        dónde encontró el cadáver. En una alcantarilla muerta de  		        la parte sur, respondió. Le recomendé que vigilara bien las  alcantarillas  		        muertas de esa zona. ¿Por qué?, quiso saber. Porque uno nunca  		        sabe lo que puede encontrar en ellas. Me miró como si  estuviera loco.  		        Estás cansado, me dijo, vámonos a dormir. Nos metimos juntos  en  		        la habitación de la comisaría. El aire era tibio. Junto a  nosotros  		        roncaba otra rata policía. Buenas noches, me dijo mi  compañero.  		        Buenas noches, dije yo, pero no pude dormir. Me puse a pensar  en la movilidad  		        del asesino, que unas veces actuaba en la parte norte y otras  en la parte sur.  		        Tras dar varias vueltas me levanté.<br />
Con pasos vacilantes me dirigí hacia el norte. En mi camino me  crucé  		        con algunas ratas que se desplazaban a trabajar en la penumbra  de los túneles,  		        confiadas y decididas. Oí que unos jovenzuelos decían Pepe el  		        Tira, Pepe el Tira y luego se reían, como si mi apodo fuera lo  más  		        divertido del mundo. O tal vez sus risas obedecían a otra  causa. En cualquier  		        caso yo ni siquiera me detuve.<br />
Los túneles, poco a poco, se fueron quedando vacíos. Ya sólo  		        de vez en cuando me cruzaba con un par de ratas o las oía a lo  lejos,  		        afanadas en otros túneles, o vislumbraba sus sombras dando  vueltas alrededor  		        de algo que podía ser comida o podía ser veneno. Al cabo de un   		        rato los ruidos cesaron y sólo podía oír el sonido de mi  		        corazón y el interminable goteo que nunca cesa en nuestro  mundo. Cuando  		        encontré el gran pozo una vaharada de muerte me hizo extremar  aún  		        más mis precauciones. Yacía allí lo que quedaba de dos  		        perros de regular tamaño, tiesos, con las patas levantadas,  semicomidos  		        por los gusanos.<br />
Más allá, beneficiarios también de los restos perrunos,  		        encontré a la colonia de ratas que andaba buscando. Vivían en  		        los límites de la alcantarilla, con todos los peligros que  esto conlleva,  		        pero también con el beneficio de la comida, la cual nunca  escaseaba en  		        los lindes. Los encontré reunidos en una pequeña plaza. Eran  grandes  		        y gordos y sus pieles eran lustrosas. Tenían la expresión  grave  		        de aquellos que viven en el peligro constante. Cuando les dije  que era policía  		        sus miradas se hicieron desconfiadas. Cuando les dije que  estaba buscando a  		        una rata que había perdido a su bebé, nadie respondió pero  		        por sus gestos me di cuenta de inmediato de que la búsqueda,  al menos  		        en este aspecto, había terminado. Describí entonces al bebé,  		        su edad, la alcantarilla muerta donde lo había encontrado, la  forma en  		        que había muerto. Una de las ratas dijo que era su hijo. ¿Qué  		        buscas?, dijeron las otras.<br />
Justicia, dije. Busco al asesino.<br />
La más vieja, con la piel llena de costurones y respirando  como un fuelle,  		        me preguntó si creía que el asesino era uno de ellos. Puede  serlo,  		        dije. ¿Una rata?, dijo la rata vieja. Puede serlo, dije. La  madre dijo  		        que su bebé solía salir solo. Pero no pudo llegar solo a la  alcantarilla  		        muerta, le respondí. Tal vez se lo llevó un depredador, dijo  una  		        rata joven. Si se lo hubiera llevado un depredador se lo  habría comido.  		        Al bebé lo mataron por placer, no por hambre.<br />
Todas las ratas, tal como esperaba, negaron con la cabeza. Eso  es impensable,  		        dijeron. No existe nadie en nuestro pueblo que esté tan loco  como para  		        hacer eso. Escarmentado aún por las palabras del comisario de  la policía,  		        preferí no llevarles la contraria. Empujé a la madre a un  sitio  		        apartado y procuré consolarla, aunque la verdad es que el  dolor de la  		        pérdida, después de tres meses, que era el tiempo que había  		        pasado, se había atenuado considerablemente. La misma rata me  contó  		        que tenía otros hijos, algunos mayores, a quienes le costaba  reconocer  		        como tales cuando los veía, y otros menores que aquel que  había  		        muerto, los cuales ya trabajaban y se buscaban, no sin éxito,  la comida  		        ellos solos. Intenté, sin embargo, que recordara el día que  había  		        desaparecido el bebé. Al principio la rata se hizo un lío.  Confundía  		        fechas e incluso confundía bebés. Alarmado, le pregunté  		        si había perdido a más de uno y me tranquilizó diciendo  		        que no, que los bebés, normalmente, se pierden, pero sólo por  		        unas horas, y que, luego, o bien regresan solos a la  madriguera o bien una rata  		        del mismo grupo los suele encontrar, atraída por sus berridos.  Tu hijo  		        también lloró, le dije un poco molesto por su jeta  autosatisfecha,  		        pero el asesino lo mantuvo amordazado casi todo el tiempo.<br />
No pareció conmoverse, así que volví al día de su  		        desaparición. No vivíamos aquí, dijo, sino en un conducto  		        del interior. Cerca de nosotros vivía un grupo de exploradores  que fueron  		        los primeros en instalarse en la zona y luego llegó otro  grupo, más  		        numeroso, y entonces decidimos marcharnos porque aparte de dar  vueltas por los  		        túneles poco más es lo que se podía hacer. Los niños,  		        no obstante, estaban bien alimentados, le hice notar. Comida  no faltaba, dijo  		        la rata, pero la teníamos que ir a buscar en el exterior. Los  exploradores  		        habían abierto túneles que llevaban directamente hacia las  zonas  		        superiores, y no había entonces veneno ni trampa que pudiera  detenernos.  		        Todos los grupos subíamos al menos dos veces al día a la  superficie  		        y había ratas que se pasaban días enteros allí, vagando  		        entre los viejos edificios semirruinosos, desplazándose por el  interior  		        hueco de las paredes, y hubo algunas que nunca más volvieron.<br />
Le pregunté si estaban en el exterior el día que desapareció  		        su bebé. Trabajábamos en los túneles, algunos dormían  		        y otros, probablemente, estaban en el exterior, respondió. Le  pregunté  		        si no había notado nada raro en alguno de su grupo. ¿Raro? Una   		        forma de comportarse, actitudes que se salen de lo corriente,  ausencias prolongadas  		        y sin justificación. Dijo que no, que, como bien yo debía  saber,  		        en nuestro pueblo las ratas se comportan de una manera y otras  veces de otra,  		        dependiendo de la situación, a la que procuramos adaptarnos  con celeridad  		        y a la mayor perfección posible. Poco después de la  desaparición  		        del bebé, por otra parte, el grupo se puso en marcha buscando  una zona  		        menos peligrosa. Nada más iba a sacarle a aquella rata  trabajadora y  		        simple. Me despedí del grupo y abandoné el conducto donde  estaba  		        su madriguera.<br />
Pero aquel día no volví a la comisaría. A medio camino,  		        cuando estuve seguro de no ser seguido por nadie, retorné a  los alrededores  		        de la madriguera y busqué una alcantarilla muerta. Al cabo de  un tiempo  		        la encontré. Era pequeña y la pestilencia aún no sobrepasaba  		        ciertos límites. La examiné de arriba abajo. La persona que yo   		        buscaba no parecía haber actuado allí. Tampoco encontré  		        indicios de depredadores. Pese a que no había ni un solo lugar  seco,  		        decidí quedarme. Como pude, con tal de pasar un rato  mínimamente  		        cómodo, junté los cartones mojados y los trozos de plástico  		        que pude hallar y me acomodé sobre ellos. Imaginé que el calor   		        de mi pelaje en contacto con la humedad producía pequeñas  nubes  		        de vapor. Por momentos el vapor conseguía adormecerme y por  momentos  		        se convertía en el domo en el interior del cual yo era  invulnerable.  		        Estaba a punto de quedarme dormido cuando oí voces.<br />
Al cabo de un rato los vi aparecer. Eran dos ratas, machos  jóvenes, que  		        hablaban animadamente. A uno de ellos lo reconocí de  inmediato: ya lo  		        había visto entre el grupo que acababa de visitar. La otra  rata me era  		        completamente desconocida, tal vez cuando llegué estaba  trabajando, tal  		        vez pertenecía a otro grupo. La discusión que sostenían  		        era acalorada pero sin salirse de los cauces de la cortesía  entre iguales.  		        Los argumentos que ambas esgrimían me resultaron  incomprensibles, en  		        primer lugar porque aún estaban demasiado lejos de mí (aunque  		        se encaminaban, sus patitas chapoteando en el agua baja, hacia  mi refugio) y  		        en segundo lugar porque las palabras que empleaban pertenecían  a otra  		        lengua, una lengua impostada y ajena a mí que odié de  inmediato,  		        palabras que eran ideas o pictogramas, palabras que reptaban  por el envés  		        de la palabra libertad como el fuego repta, o eso dicen, por  el otro lado de  		        los túneles, convirtiendo éstos en hornos.<br />
De buena gana me hubiera escabullido en silencio. Mi instinto  de policía,  		        sin embargo, me hizo comprender que, si no intervenía, pronto  iba a haber  		        otro asesinato. De un salto abandoné los cartones.<br />
Las dos ratas se quedaron paralizadas. Buenas noches, dije.  Les pregunté  		        si pertenecían al mismo grupo. Negaron con la cabeza.<br />
Tú, señalé con mi garra a la rata que no conocía,  		        fuera de aquí. La joven rata al parecer era orgullosa y dudó.  		        Fuera de aquí, soy policía, dije, soy Pepe el Tira, grité.  		        Entonces miró a su amigo, dio media vuelta y se alejó. Cuidado   		        con los depredadores, le dije antes de que desapareciera tras  un dique de basura,  		        en las alcantarillas muertas nadie ayuda si te ataca un  depredador.<br />
La otra rata no se molestó ni siquiera en despedirse de su  amigo. Permaneció  		        junto a mí, quieta, aguardando el momento en que nos íbamos a  		        quedar solos, sus ojillos pensativos fijos en mí de la misma  manera,  		        supongo, que mis ojillos pensativos la estudiaban a ella. Por  fin te he atrapado,  		        le dije cuando estuvimos solos. No me contestó. ¿Cómo te  		        llamas?, le pregunté. Héctor, dijo. Su voz, ahora que me  hablaba  		        a mí, no era diferente de miles de voces que yo había oído  		        antes. ¿Por qué mataste al bebé?, murmuré. No contestó.  		        Durante un instante tuve miedo. Héctor era fuerte,  probablemente más  		        voluminoso que yo, además de más joven, pero yo era policía,  		        pensé.<br />
Ahora te voy a atar las patas y el hocico y te llevaré a la  comisaría,  		        dije. Creo que sonrió, pero no podría asegurarlo. Tienes más  		        miedo que yo, dijo, y mira que yo tengo mucho miedo. No lo  creo, dije, tú  		        no tienes miedo, tú estás enfermo, tú eres un bastardo  		        de depredador y escarabajo. Héctor se rió. Claro que tienes  miedo,  		        dijo. Mucho más miedo del que tenía tu tía Josefina. ¿Has  		        oído hablar de Josefina?, dije. He oído hablar, dijo. ¿Quién  		        no ha oído hablar de ella? Mi tía no tenía miedo, dije,  		        era una pobre loca, una pobre soñadora, pero no tenía miedo.<br />
Te equivocas: se moría de miedo, dijo mirando distraídamente  hacia  		        los lados, como si estuviéramos rodeados de presencias  fantasmales y  		        requiriera sin énfasis su aquiescencia. Quienes la escuchaban  estaban  		        muertos de miedo, aunque no lo sabían. Pero Josefina estaba  más  		        que muerta: cada día moría en el centro del miedo y resucitaba   		        en el miedo. Palabras, dije como si escupiera. Ahora ponte  boca abajo y déjame  		        que primero te ate el hocico, dije sacando un cordel que había  traído  		        para tal fin. Héctor resopló.<br />
No entiendes nada, dijo. ¿Crees que deteniéndome a mí se  		        acabarán los crímenes? ¿Crees que tus jefes harán  		        justicia conmigo? Probablemente me despedazarán en secreto y  arrojarán  		        mis restos allí donde pasen los depredadores. Tú eres un  maldito  		        depredador, dije. Yo soy una rata libre, me contestó con  insolencia.  		        Puedo habitar el miedo y sé perfectamente hacia dónde se  encamina  		        nuestro pueblo. Tanta presunción había en sus palabras que  preferí  		        no contestarle. Eres joven, le dije. Tal vez haya una forma de  curarte. Nosotros  		        no matamos a nuestros congéneres. ¿Y quién te curará  		        a ti, Pepe?, me preguntó. ¿Qué médicos curarán  		        a tus jefes? Ponte boca abajo, dije. Héctor me miró y yo solté   		        el cordel. Nos trenzamos en una lucha a muerte.<br />
Al cabo de diez minutos que me parecieron eternos su cuerpo  yacía a un  		        lado del mío con el cuello destrozado por una mordida. Por mi  parte,  		        tenía el lomo lleno de heridas y el hocico desgarrado y no  veía  		        nada con el ojo izquierdo. Volví con el cadáver a la  comisaría.  		        Las pocas ratas con las que me crucé creyeron, seguramente,  que Héctor  		        había sido víctima de un depredador. Deposité su cuerpo  		        en la morgue y fui a buscar al forense. Está todo solucionado,  fue lo  		        primero que pude articular. Luego me dejé caer y esperé. El  forense  		        examinó mis heridas y cosió mi hocico y mi párpado. Mientras  		        lo hacía quiso saber cómo me lo había hecho. Encontré  		        al asesino, dije. Lo detuve, luchamos. El forense dijo que  había que  		        llamar al comisario. Chasqueó la lengua y de la oscuridad  surgió  		        un adolescente flaco y adormilado. Supuse que era un  estudiante de medicina.  		        El forense le encargó que fuera a casa del comisario y le  dijera que  		        lo esperaban, él y Pepe el Tira, en la comisaría. El  adolescente  		        asintió y desapareció. Luego el forense y yo nos dirigimos a  la  		        morgue.<br />
El cadáver de Héctor seguía allí y el brillo de  		        su pelaje empezaba a atenuarse. Ahora sólo era un cadáver más,   		        entre muchos otros cadáveres. Mientras el forense lo examinaba  me puse  		        a dormir en un rincón. Me despertó la voz del comisario y unos   		        sacudones. Levántate, Pepe, dijo el forense. Los seguí. El  comisario  		        y el forense caminaban aprisa entre unos túneles que yo no  conocía.  		        Detrás de ellos, contemplando sus colas iba yo, medio dormido y  sintiendo  		        un gran escozor en el lomo. No tardamos en llegar a una  madriguera vacía.  		        En una especie de trono (o tal vez fuera una cuna) hervía una  sombra.  		        El comisario y el forense me indicaron que me adelantara.<br />
Cuéntame la historia, dijo una voz que era muchas voces y que  provenía  		        de la oscuridad. Al principio sentí pavor y retrocedí, pero no   		        tardé en comprender que se trataba de una rata reina muy  vieja, es decir  		        de varias ratas cuyas colas se anudaron en la primera  infancia, imposibilitándolas  		        para el trabajo, pero concediéndoles, en cambio, la sabiduría  		        necesaria para aconsejar en situaciones extraordinarias a  nuestro pueblo. Así  		        que relaté la historia de principio a fin, y procuré que mis  palabras  		        fueran desapasionadas y objetivas, como si estuviera  redactando un informe.  		        Cuando terminé la voz que era muchas voces y que salía de la  oscuridad  		        me preguntó si yo era el sobrino de Josefina la Cantora. Así  es,  		        dije. Nosotras nacimos cuando Josefina aún estaba viva, dijo  la rata  		        reina, y se movió con gran esfuerzo. Distinguí una enorme bola   		        oscura llena de ojillos velados por los años. Supuse que la  rata reina  		        era gorda y que la suciedad había terminado por solidificar  sus patas  		        traseras. Una anomalía, dijo. Tardé en comprender que se  refería  		        a Héctor. Un veneno que no nos impedirá seguir estando vivos,  		        dijo. En cierta manera, un loco y un individualista, dijo. Hay  algo que no entiendo,  		        dije. El comisario me tocó con su garra el hombro, como para  impedirme  		        hablar, pero la rata reina me pidió que le explicara qué era  lo  		        que no entendía. ¿Por qué mató al bebé de  		        hambre, por qué no le destrozó la garganta como a las otras  víctimas?  		        Durante unos segundos sólo oí suspirar a la sombra que hervía.<br />
Tal vez, dijo al cabo de un rato, quería presenciar el proceso  de la  		        muerte desde el principio hasta el final, sin intervenir o  interviniendo lo  		        menos posible. Y, al cabo de otro silencio interminable,  añadió:  		        Recordemos que estaba loco, que se trataba de una teratología.  Las ratas  		        no matan ratas.<br />
Bajé la cabeza y no sé cuánto rato estuve así. Es  		        posible incluso que me durmiera. De pronto sentí otra vez la  garra del  		        comisario en mi hombro y su voz que me conminaba a seguirlo.  Rehicimos el camino  		        de vuelta en silencio. En la morgue el cadáver de Héctor, tal  		        como temía, había desaparecido. Pregunté dónde estaba.  		        Espero que en la panza de algún depredador, dijo el comisario.  Luego  		        tuve que oír lo que ya sabía. Terminantemente prohibido hablar   		        del caso de Héctor con nadie. El caso estaba cerrado y lo  mejor que yo  		        podía hacer era olvidarme de él y seguir viviendo y  trabajando.<br />
Esa noche no quise dormir en la comisaría y me hice un hueco  en una madriguera  		        llena de ratas tenaces y sucias y cuando desperté estaba solo.  Aquella  		        noche soñé que un virus desconocido había infectado a nuestro  		        pueblo. Las ratas somos capaces de matar a las ratas. Esa  frase resonó  		        en mi bóveda craneal hasta que desperté. Sabía que nada  		        volvería a ser como antes. Sabía que sólo era cuestión  		        de tiempo. Nuestra capacidad de adaptación al medio, nuestra  naturaleza  		        laboriosa, nuestra larga marcha colectiva en pos de una  felicidad que en el  		        fondo sabíamos inexistente, pero que nos servía de pretexto,  de  		        escenografía y telón para nuestras heroicidades cotidianas,  estaban  		        condenadas a desaparecer, lo que equivalía a que nosotros,  como pueblo,  		        también estábamos condenados a desaparecer.<br />
Volví, porque no podía hacer otra cosa, a las rondas  rutinarias:  		        un policía murió despedazado por un depredador, tuvimos, una  vez  		        más, un ataque con veneno procedente del exterior que diezmó a   		        unos cuantos, algunos túneles se inundaron. Una noche, sin  embargo, cedí  		        a la fiebre que devoraba mi cuerpo y me encaminé a una  alcantarilla muerta.<br />
No puedo precisar si era la misma alcantarilla donde había  encontrado  		        a alguna de las víctimas o si por el contrario se trataba de  una alcantarilla  		        que desconocía. En el fondo, todas las alcantarillas muertas  son iguales.  		        Durante mucho rato permanecí allí, agazapado, esperando. No  ocurrió  		        nada. Sólo ruidos lejanos, chapoteos cuyo origen fui incapaz  de precisar.  		        Al volver a la comisaría, con los ojos enrojecidos por la  prolongada  		        vigilia, encontré a unas ratas que juraban haber visto en los  túneles  		        vecinos a una pareja de comadrejas. Un policía nuevo estaba  junto a ellas.  		        Me miró, esperando alguna señal de mi parte. Las comadrejas  habían  		        acorralado a tres ratas y a varios cachorros, atrapados en el  fondo del túnel.  		        Si esperamos refuerzos será demasiado tarde, dijo el policía  nuevo.<br />
¿Demasiado tarde para qué?, le pregunté con un bostezo.  		        Para los cachorros y para las cuidadoras, respondió. Ya es  demasiado  		        tarde para todo, pensé. Y también pensé: ¿En qué  		        momento se hizo demasiado tarde? ¿En la época de mi tía  		        Josefina? ¿Cien años antes? ¿Mil años antes? ¿Tres  		        mil años antes? ¿No estábamos, acaso, condenados desde  		        el principio de nuestra especie? El policía me miró esperando  		        un gesto de mi parte. Era joven y seguramente no llevaba más  de una semana  		        en el oficio. A nuestro alrededor algunas ratas cuchicheaban,  otras pegaban  		        sus orejas a las paredes del túnel, la mayoría tenía que  		        hacer un gran esfuerzo para no temblar y después huir. ¿Tú  		        qué propones?, pregunté. Lo reglamentario, contestó el  		        policía, internarnos en el túnel y rescatar a las crías.<br />
¿Te has enfrentado alguna vez a una comadreja? ¿Estás dispuesto  		        a ser despedazado por una comadreja?, dije. Sé luchar, Pepe,  contestó.  		        Llegado a este punto poco era lo que podía decir, así que me  levanté  		        y le ordené que se mantuviera detrás de mí. El túnel  		        era negro y olía a comadreja, pero yo sé moverme por la  oscuridad.  		        Dos ratas se ofrecieron como voluntarias y nos siguieron.</p>
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		<title>Sobre las Obras Completas</title>
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		<pubDate>Sat, 07 Aug 2010 03:02:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>franzcasca</dc:creator>
				<category><![CDATA[escritura]]></category>
		<category><![CDATA[invento chino]]></category>
		<category><![CDATA[lecturas]]></category>
		<category><![CDATA[teoría de las formas]]></category>

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		<description><![CDATA[Todo autor tiene sus obras completas, y casi me da pudor mencionar que ese es el grupo de obras que ha terminado (pero es de peso para el argumento). Sin embargo, es notable que un autor aún vivo pueda publicar sus Obras Completas, así, en mayúsculas. Deberían llamarse Obras Hasta Ahora, o incluso Obras Terminadas; [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=perdidosparasiempre.wordpress.com&amp;blog=14018865&amp;post=164&amp;subd=perdidosparasiempre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Todo autor tiene sus obras completas, y casi me da pudor mencionar  que ese es el grupo de obras que ha terminado (pero es de peso para el  argumento). Sin embargo, es notable que un autor aún vivo pueda publicar  sus Obras Completas, así, en mayúsculas. Deberían llamarse Obras Hasta  Ahora, o incluso Obras Terminadas; la diferencia es meramente  connotativa –Obras Completas es una frase hecha, una frase que  automáticamente implica a todas las obras que durante su vida escribió  tal autor, mientras que obras terminadas, menos hecha hasta ahora,  implica que hay obras terminadas pero que la obra (esta palabra singular  y de más de un modo colectiva) de un autor no lo está. “Policial” no es  un mero adjetivo; levanta en la mente una serie de asociaciones,  métodos, dinámicas, enigmas y nombres familiares.</p>
<p>Construí el  párrafo anterior simplemente para llegar a esta sugerencia: las Obras Completas son un género literario. <span id="more-164"></span> Un género es la focalización de una  obra narrativa en un único aspecto de lo que suponemos como realidad (y  es nuestra percepción simultánea de todos los focos posibles que tienen  el mundo y la existencia humana). Así, cuando leemos por ejemplo una  novela policial necesitamos (que haya un misterio, una figura que  deduce, una aproximación lenta y metódica hacia una solución no  evidente, pero no necesitamos una descripción nostálgica de ciertas  aldeas del siglo anterior. En la ciencia-ficción clásica de Asimov y  Clark, y en la pretérita de Wells y Verne (porque ya la ciencia-ficción  se ha convertido en algo más complejo que un solo género o dos, algo que  merece una nota aparte), la interacción con tecnología excitante,  imposible,  no puede faltar (de esto hablaba cuando hablaba sobre la  nota aparte) o el relato simplemente no pertenece al género. En un  género, para llegar a lo que quiero apuntar, ciertos aspectos pueden ser  limpiamente separados del cuerpo del texto (tecnología, patrones de  comportamiento asesino, ciertos ambientes, rasgos de caracterización,  etcétera). Una obra completa (ya planteada como género, no necesita ir  en mayúsculas) también crea una ilusión compleja: el foco se cierra  sobre un mero escritor y se abole la categoría de tiempo, con la  convención de que los textos estén ordenados de primero a último o,  menos frecuentemente, de último a primero, y de última en alguna clase  de sistema que tiene que ver con una vida que pasó, y la de espacio, en  el sentido de los otros escritores que existieron, con excepción de  quienes aparecen en los artículos como sus precursores o admirados o  enemigos –pero solamente quienes están relacionados al personaje de este  protagonista. La obra completa requiere de una manera de afrontar la  lectura, sin los intersticios temporales, históricos, entre publicación y  publicación, entre evento y evento, que siempre son en realidad parte  de la misma obra. Las obras completas requieren de un acercamiento  previo al autor, porque no deja entrever cómo el autor en cuestión no es  el mismo de libro a libro, en la vida pública y privada, en su  conciencia y en la conciencia colectiva.</p>
<p>Así, por ejemplo,  leí a Borges por primera vez. Un personaje que atravesó un enorme siglo  (el siglo 20 parece más vasto que muchos otros) y dejó su marca pública;  yo apenas cursaba sexto grado de la primaria cuando murió, no fui  conciente de su numerosa vida pública. Desde Fervor de Buenos Aires,  siempre fue el mismo. Digo esto en el sentido de que siempre tuvo el  mismo rostro, la misma fama, la misma edad. Sólo a través de biografías y  documentos secundarios pude comenzar a reconstruir los numerosos  recorridos que las obras completas pretenden dejar grabados en papel.</p>
<p>El género de las obras completas tiene como primer requisito la  familiaridad con el escritor. El escritor es el protagonista de este  género, y este género tiene como tema la apoteosis del escritor, su  valor en cierta medida indiscutible en la historia cultural que le  corresponde.</p>
<p>El próximo paso es hacer notar dos curiosidades  del género. La primera: al contrario que los otros géneros, este no está  construido por las palabras que leemos. ¿Qué trato de decir? Una  historia de ciencia ficción debe desarrollar una historia de ciencia  ficción para ser concebido como una historia de ciencia ficción (vuelvo a  estos géneros porque son más sencillos de integrar, al menos en sus  estereotipos). Elemental. Este otro género es más cómplice: narra la  historia de cómo el autor llega a su apoteosis, pero indirectamente.  Salvo por algún ocasional prólogo del mismo autor (porque cualquier  intromisión de otras manos queda afuera del género, no pertenece), las  obras completas no tienen textos desarrollados a propósito para  desarrollar esta historia que ata a todas las otras. Este género  requiere de familiaridad con el autor porque la mera presentación  ordenada de todas las piezas que escribió o publicó el autor son el  testimonio de su camino hacia la apoteosis.</p>
<p>Hay un error en  esta afirmación, pero leve y suculento: en el caso de este género, las  modificaciones, aggionamientos, supresiones, agregados, a los textos,  nunca son solamente eso, sino otras técnicas, tal vez las más directas,  para plantar un texto hecho ad hoc para este género. Este hábito es  completamente esperable, es una práctica convencional. De hecho, uno de  los principales “juegos” que plantea el género de las obras completas es  la comparación con ejemplares publicados más “naturalmente”, durante el  desarrollo real de la carrera del escritor. Voviendo a Borges por una  oración, él, viejo zorro, por supuesto lo sabía y no es casualidad que  este maestro de los géneros y de la intuición retocara tanto sus obras  completas hasta el punto que, para algunos extremistas, sólo son válidas  como textos diferentes a los originales : existen (al menos) dos  fervores de Buenos Aires, dos discusiones (una temprana, visible y tal  vez extensa; la otra hecha de silencio y conocimiento anterior o  complicidad de lector), porque existen dos Borges.</p>
<p>La segunda  afirmación es que los únicos textos que verdaderamente narran este  camino de escritor primerizo a escritor genial a escritor sin el cual  nuestra cultura no puede ser concebida, son justamente los que este  género requiere que el lector ya conozca de antemano. Estos textos son  la convención del género, la complicidad implícita entre obra y lector  (todo género es cómplice porque tiene convenciones, que son simplemente  conocimientos sobre el tema que el lector trae de antemano para  disfrutar mejor de la obra). Como todo género, el de las obras completas  1) presenta un cuerpo textual literal, escrito por el autor, 2) implica  un meta texto, una experiencia previa del lector, que son esos otros  textos de la realidad que le dan conocimiento sobre todo lo que ocurrió  alrededor de esos textos durante el tiempo y que ayudan a sentar las  convenciones del género y 3) contiene una historia secreta, siempre en  esencia la misma, que sólo es posible reconstruir a través del texto y  el meta texto y que señala a algo más allá del texto literal, lo cual  lleva al punto 4. El punto 4 es el que señala que las obras completas,  porque tienen una intención, porque pueden ser retrabajadas, porque  abolen categorías temporales y espaciales, son una ilusión –no son lo  mismo que los libros sueltos publicados a través del tiempo por el autor  o sus cercanos. Una ilusión o, dicho literariamente, una ficción. Y, en  cierta medida, son aun una ficción no solo sobre los libros (que pueden  estar alterados físicamente, pero siempre lo están temporal y  espacialmente, la sensación de que todo está a mano cuando en realidad  eso nunca sucedió) sino sobre el mismo autor, que a través de estas  ficciones que son sus obras completas se convierte en un personaje, un  mito, un protagonista de su propia obra o más bien creado a través de su  propia obra; tal vez culmina o justifica o destruye todo lo que  construyó en su vida pero, por sobre todo, es como si cada pieza que  colocó durante su vida ahora pudiera ser vista con una perspectiva  diferente, como si todo pudiera ensamblarse en un edificio de uno, dos o  veinte volúmenes, pero ya no en el caos irremediable que es la realidad  temporal y espacial en que fueron inventadas. La ficción de que la  literatura y sus autores buscan acercarse a un fin último. Y eso es una  convención de género.</p>
<p>Por eso, el género de las obras  completas (estén completas o no aún, aunque las incluidas estén  terminadas) requiere de un lector cómplice, informado, y hace que todos  los libros publicados por separado ahora hallen una dimensión mayor, un  máximo nivel narrativo, que incluye en cada página la historia secreta  de su propio autor.</p>
<p>No intento llegar a ninguna conclusión,  pero todo lo expuesto desemboca en un tercer tema que anuda flojamente a  los otros. Es un tema muy vasto que apenas estoy empezando a  investigar: el espacio que existe entre texto y texto. Un espacio a  primera vista vacío, pero que incluye la temporalidad del lector, los  eventos históricos, juegos como la espera, que literalmente fuerzan al  lector a llenarlos con una narración que hasta cierto punto sólo le  pertenece a él. Las escrituras episódicas &#8211;hablo de formatos como las  series de TV, los cómics semanales y otras formas&#8211; no son diferentes  hasta donde puedo ver. Pero aún no estoy listo para abordar semejante  tema más que incidentalmente.</p>
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		<title>Llano de sol, por Elvio Gandolfo</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Aug 2010 14:45:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>franzcasca</dc:creator>
				<category><![CDATA[antología]]></category>

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		<description><![CDATA[Hugo Pretzel vio el punto que se iba agrandando en el camino desde la torre. No se movió. Sabía que era la bicicleta del viejo Roberts y que tardaría una buena media hora en llegar. En los primeros meses era incapaz de distinguirla entre el refulgir de las planchas, pero ahora sabía con poco margen [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=perdidosparasiempre.wordpress.com&amp;blog=14018865&amp;post=152&amp;subd=perdidosparasiempre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hugo Pretzel vio el punto que se iba agrandando en el camino  desde              la torre. No se movió. Sabía que era la bicicleta del viejo  Roberts              y que tardaría una buena media hora en llegar. En los  primeros meses              era incapaz de distinguirla entre el refulgir de las  planchas, pero              ahora sabía con poco margen de error a qué dis­tancia  estaba. Lo              había esperado desde la mañana anterior. Con seguridad el  tren se              había retrasado, como tantas veces antes. O las revistas se  habían              demorado en la Aduana de Gran Ladocta, o en la entrada al  Norte.              Rogó que el número de El Tony no hu­biera tenido problemas  con la              censura: alguna historieta que hi­ciera referencia directa a  la              Guerra, o que socavara los intereses del Norte, o que  hiciera la              apología encubierta de República Ca­pital. Lo dudaba: había              demasiados lectores en el antiguo inte­rior como para que              descuidaran esos detalles. Paseó la mirada sobre la  extensión de              planchas, una llanura centelleante de célu­las solares. Vio  que              varias fallaban en el sector 4, a unos 500 metros de  distancia. Era              algo que lo aburría: distinguir los pun­tos de menor  reflejo, marcar              la planilla, pedir línea al atardecer, hacer el reclamo, y  esperar              que mandaran células de repuesto desde Salta. <span id="more-152"></span></p>
<p>&#8220;Pobre viejo, hace calor&#8221; pensó. Pero siempre hacía calor.  Salvo una              que otra tormenta, como la de cinco años atrás, que había  inundado              el páramo en menos de tres horas y lo había de­jado otra vez  reseco              en medio día de viento fuerte. Bajó despa­cio los escalones  de la              escalerita de metal. Caminó bajo la sombra de las hileras de  chapas              más cercanas hasta la casa. Cruzó el breve espacio de sol  quemante,              abrió la puerta y entró. La diferencia con el exterior no  era              demasiado evidente. Sacó una botella de soda de la heladera y  se              sirvió un vaso. Fue hasta el dormitorio y tomó los treinta  pesos              norteños para pagar El Tony y dos de propina para el viejo  Roberts.</p>
<p>Caminó una vez más bajo las planchas, hasta llegar al  límite. Allí              comenzaba el páramo, en el borde mismo de la enorme  ex­tensión              centelleante. Un suelo rojizo, duro como piedra, que  pa­recía seguir              liso hasta las montañas lejanas. Había unos cincuen­ta  metros hasta              el alambrado que rodeaba el complejo. Y junto a la entrada  los              restos irreconocibles de los carteles que en otros tiempos  habían              anunciado con orgullo la planta de energía solar y la  prohibición de              entrada a particulares, antes de ser desmenu­zados por el  sol, el              viento y las tormentas.</p>
<p>Técnicamente el viejo Roberts no tendría que haber pasado  del              alambre. Era él quien debería haber caminado hasta la  entra­da para              recibir la revista y pagarle bajo la cruda luz del sol.  Pe­ro, como              siempre, esperó a la sombra, bajo la última hilera de  chapas, vio              cómo el viejo desmontaba de la bicicleta con su  im­perecedera gorra              de cartero, cómo la apoyaba con gestos preci­sos contra el  poste de              entrada, y cómo saltaba ágilmente la cer­ca, sin molestarse  en              abrirla. ­</p>
<p>A              medio camino sacó el número de El Tony de la gastadísima  bolsa de              cuero y lo agitó en el aire, sonriendo. Cuando llegó a él se  lo dio              sin una palabra, recibió los treinta y dos pesos y abrió los  labios              resecos por primera vez. Escupió un salivazo turbio de coca y  le              dijo:</p>
<p>—Se agradece, señor Pretzel. Pero no es todo. Hay una nota  de la              muchacha.</p>
<p>Estaba mirando la tapa colorida de El Tony, levantó la  cabe­za              intrigado. Clarisa nunca le escribía. Lo había hecho en los  primeros              meses, cuando la conoció, poco después de llegar a La Rioja a               ocuparse de la central de energía solar. Pero a partir de  entonces,              nunca. El viejo Roberts le tendió el sobre prolijo y  ce­leste con              una sonrisa aún mayor, y apenas lo tomó se apartó unos pasos  de él              con el mismo respeto por su intimidad con que había dicho  &#8220;la              muchacha&#8221; en vez de &#8220;Clarisa&#8221;, aunque la co­nociera desde  hacía              muchos más años que él. Estuvo a punto de abrirlo allí  mismo, pero              lo dejó entre las páginas de El Tony cerrado, y miró cómo el  viejo              Roberts llegaba al alambrado, abría calmosamente la  tranquera              destartalada en que se había convertido la puerta de la  Central con              el paso del tiempo, y apar­taba la bicicleta del poste,  montaba,              comenzaba a pedalear pausado con sus piernas de alambre,  inclinando              un poco el cuerpo hacia adelante, mascando coca.</p>
<p>Mientras caminaba hacia la casa, miró dos o tres veces el  sobre              celeste que asomaba entre las páginas de la revista, como  tratando              de adivinar sin abrirlo el tono de lo que contenía. A dos  años y              medio de iniciada, la relación con Clarisa seguía siendo  algo en              suspenso, una especie de pájaro planeando alto sobre la vida  de los              dos, sin que pudiera saberse, hasta que se posara, si era  inofensivo              y bello o un ave de rapiña. Casi lo habría aliviado que la  nota              dijera &#8220;lo nuestro ha terminado&#8221; o alguna frase igualmente              definitoria. En los últimos metros bajó la mano que sostenía  la              revista y fue golpeteándola contra los postes que sos­tenían  las              células solares.</p>
<p>Pero cuando llegó al borde del techo de planchas  recalentadas se              detuvo en seco, enfrentando el corto tramo de suelo rojo              achicharrado por el sol. Le parecía una extensión enorme,  impo­sible              de franquear. Y supo que la sensación iba unida al papel que               contenía el sobre. Había llegado al límite de su aparente              in­diferencia. Se dejó resbalar contra un poste hasta quedar               sentado, sacó el sobre y apartó la revista, aunque mirándole  una vez              más la tapa de brillantes colores, donde el rostro  gigantesco de              &#8220;Chico&#8221; Stevens sonreía al lector sobre un fondo de  muchachas en              bikini y tipos pegándose con manoplas y cadenas. Desgarró el  borde              del sobre pero no sacó el papel. Levantó la revista y le dio  un              vistazo al índice. Sí: traía Historias del Obelisco.  Tranquiliza­do,              extrajo el papel, que era rosado e integraba con el celeste  del              sobre una combinación que le hizo recordar los vestidos de  Cla­risa,              su cuerpo, aunque no la cara. Era pequeño y estaba dobla­do  al              medio. Tenía cuatro líneas escritas con su letra grande y  redonda:</p>
<p>&#8220;Necesito verte el viernes a las ocho. En la plaza. Besos.  Clarisa&#8221;.</p>
<p>O              sea que el pájaro seguía suspendido, inmóvil. Era lunes, la  había              visto hacía apenas dos días, el sábado. Y no creía que en  Velázquez              pudiera ocurrir algo que hiciera necesaria su presencia  antes del              sábado siguiente. Pero tomó nota y tradujo: las ocho  significaba las              ocho de la noche. La plaza no era la plaza central sino la  antigua,              que estaba a las afueras del pueblo, abandonada y salvaje, y  donde              se encontraban casi siempre para una media hora de caricias y  jadeos              en aumento que ella sabía interrumpir con gran precisión sin               ofenderlo, desde hacía dos años y medio, para luego  dirigirse juntos              a la plaza grande, a dar el paseo en público. &#8220;Ya es casi  como ir al              cine&#8221; pensó. Estuvo a punto de arrugar el papel y tirarlo,  pero no              lo hizo, del mismo modo que había estado a punto en muchas  ocasiones              de arrojar a Clarisa de su mente y quedarse uno, dos o diez  fines de              semana en la torre, solo, pidiendo las provisiones por  intermedio              del viejo Roberts y releyendo viejos números de El Tony, sin               haber­se decidido nunca a concretarlo. Cruzó ahora con  tranquilidad              los pocos metros de sol y entró a la casa.</p>
<p>Sacó carne en conserva y mayonesa de la heladera. Abrió una  bolsa de              pan en rebanadas y se preparó un sándwich. Clavó la nota de  Clarisa              en la pared de madera de la casa, junto al alma­naque y el  reloj              despertador, aunque sabía que no olvidaría la ci­ta. Sacó la  botella              de soda, se sirvió un vaso grande y se dispuso a leer El  Tony Había              algo que lo seguía incomodando, una leve irritación Recordó:  las              planchas falladas del sector 4. &#8220;Acor­darse de llamar al  atardecer&#8221;,              anotó mentalmente. Y buscó las Historias del Obelisco.  Siempre              venían en la parte central, en colores.</p>
<p>Le              gustaba más que cualquier otra historieta. Y cuando se  in­terrogaba              por el motivo, reconocía que no era por los personajes o los  temas,              sino por la presencia que le daba título: aquella agu­ja de  cemento              que en diversas partes del relato aparecía como fondo. Y que  daba              origen a la línea recurrente con que empeza­ba cada  episodio:              &#8220;Ocurrió en la época en que el Obelisco aún vivía&#8221;. Le  gustaba la              forma en que estaba escrita, el tratamiento del Obelisco  como si              fuera un ser vivo. Ahora, como en todas las ocasiones  anteriores,              hizo un recorrido visual previo de los dibu­jos,  asegurándose de que              cada tanto el monumento apareciese al fondo de una calle, o  en              primer plano. Después empezó a leerla ordenadamente, con  calma. El              tema no era original, y podría haber ocurrido perfectamente  en la              República Capital presente, con personas que se  desencontraban,              subterráneos, tejidos de sentimientos que se repetían hasta  el              hartazgo. Pero la presencia del Obelisco la transformaba, al  menos              para él, en una historia extraña, como de un remoto pasado.  Para él              el Obelisco era tan lejano y misterioso como las Pirámides o  la              Esfinge, con la ven­taja adicional de que ya no existía, y  uno              podría imaginar más libremente la forma en que lo bañaba la  luz del              amanecer o del crepúsculo, su presencia en las mentes de  quienes              habían tenido la suerte de vivir cuando aún existía.</p>
<p>Pretzel había nacido cuatro años después de su desaparición,  o sea              cuatro años después del fin de la guerra. Y había ido hasta  la              plaza, luego de cruzar la ancha avenida, y había observado  con sus              ojos de seis o siete años cómo las cuadrillas municipales  demolían y              retiraban los últimos restos, la ruina cuadrada y ex­tensa  que había              constituido la base. Y había paseado entre la cuidada  geometría de              canteros que lo reemplazaron, hasta que en la adolescencia  había              comprendido al fin que el Obelisco ya no existía, era  imposible              relacionarlo con aquella plaza de flores y arbustos  pequeños.</p>
<p>Terminó de leer el episodio, con un cuadro a toda página en  que los              dos protagonistas se despedían con la perspectiva  majes­tuosa del              monumento alzándose en escorzo hacia el cielo, y se sirvió  más soda.              Hojeó distraído el resto del número. Leyó a los saltos el  capítulo              de &#8220;Chico&#8221; Stevens, que no variaba en nada el tono de los              anteriores. Dejó el resto para más adelante, para ir  leyéndolo              durante la semana, en las largas horas de vigilancia en la  torre.</p>
<p>Se              fijó en la hora. Eran las dos y media de la tarde. Quedaba  sólo una              hora y media de luz ideal para ver con claridad del sector  4. Pensó              en dormir un poco e ir después, pero desechó la idea. A  partir de              las cuatro los rayos del sol serían demasiado oblicuos,  borroneando              los contornos de las células de silicio falladas. Y a veces  un día              de diferencia en la comunicación con La Rioja significaba  una semana              de demora en el envío de los re­puestos desde Salta. Subió              cansinamente los escalones de metal sintiendo los rayos del  sol como              un peso sobre la espalda. La única ventaja de la sequedad  absoluta              del páramo era que no hacía transpirar demasiado. Sólo una  mancha de              tamaño va­riable sobre la espalda y las axilas. Recordaba  que en              República Capital tenía que limpiarse el sudor de la frente  con              frecuencia en los largos meses del verano. Sacó los  prismáticos y              fue mar­cando en una planilla con la representación gráfica  de la              exten­sión de células, las que reflejaban la luz con una  intensidad              no­tablemente inferior a la normal. Eran casi veinte sobre  un total              de trescientas.</p>
<p>Cuando recién había comenzado con el trabajo, tres años  atrás, tenía              la paciencia de controlarlas yendo por debajo hasta la zona  afectada              y probándolas con un téster. Después se había dado cuenta de  que no              valía la pena. Desde la torre aparecía co­mo un hueco en un  paisaje              <strong>llano</strong>, como un lago gris en la casi infinita extensión  centelleante,              y con los prismáticos podía distin­guir con nitidez los  bordes. Era              poco común que fallaran planchas aisladas. Casi siempre lo  hacían en              grupo, y siempre se trataba de unidades adyacentes. Unos  meses atrás              había leído una teoría acerca de que podía tratarse de una  especie              de &#8220;con­tagio&#8221; o &#8220;fatiga&#8221; sincrónica del material. Para él  la razón              era evidente: mala fabricación, distribución despareja de la  capa de              silicio sobre la que incidía la luz solar. Dobló la planilla  y la              me­tió en la carpeta. Apoyó los brazos sobre la baranda,  sentado en              la sillita de madera, perdió la mirada en la llanura  brillante.</p>
<p>La              torre estaba ubicada en el centro exacto y el panorama que  podía              contemplar desde cualquiera de los cuatro lados de la  casilla era el              mismo: una extensión cegadora, que se perdía de vista. El  tamaño              ideal de la central hubiera sido diez kilómetros cuadrados,  pero              tenía solo cinco. Rendía una cantidad escasa de energía que  apenas              alcanzaba para Velázquez y sólo en las ho­ras pico de sol:  de las              diez y media de la mañana a las cuatro de la tarde, y un par  de              horas menos en invierno. Después el pe­queño pueblo, que  había              surgido junto y a causa de la construc­ción de la central,  pasaba a              depender en un porcentaje cada vez más alto (que alcanzaba  el ciento              por ciento al atardecer o en los días nublados) de la  energía              procedente de La Rioja.</p>
<p>El              calor y la luz lo adormecían. Empezó a sentir dolor en la  parte              posterior del cráneo. Extrajo los anteojos oscuros del  bol­sillo de              la camisa y se los puso. Se quedó paseando la mirada sobre  las              planchas brillantes, pensando en la nota de Clarisa, en el  viejo              Roberts, en el Obelisco. Teóricamente, tendría que ha­ber  pasado a              controlar desde otro de los costados cada quince minutos.  Pero              también teóricamente, de acuerdo con la legislación de  Centrales              Solares, la dotación mínima de la Central tendría que haber  sido de              cuatro hombres y no de uno. Lo había sido durante los  primeros              quince años. Luego el equipo fue redu­ciéndose hasta llegar a  dos              integrantes cuando él tomó el puesto, y a uno sólo seis  meses              después.</p>
<p>—Pagar otro sueldo sería antieconómico —le habían dicho en  la              austera oficina del Ministerio de Energía, en Velázquez—.  Puede              tomarlo o dejarlo.</p>
<p>En              compensación, le asignaron un sobresueldo por &#8220;zona  pe­ligrosa&#8221;              aunque los peligros del páramo eran improbables, salvo una              enfermedad fulminante que lo tendiera lejos del teléfono. &#8220;O               quedarse ciego mirando las planchas, en un día de pereza. O  dormirse              al aire libre en la única tormenta de la década, y que te  reviente              un rayo&#8221;, había pensado en aquel momento, sabiendo que se  trataba de              un simple incentivo pasajero, pronto devorado por la  inflación,              sobre todo si tenía la intención de gastarlo en cualquier  lugar que              no fuera la República del Norte, donde la vi­da era barata  porque la              vida casi no existía, seguía vegetando en páramos desolados o               ciudades de arquitectura colonial, como antes de la Guerra.</p>
<p>A              las cuatro bajó los escalones, con una pereza creciente,  sin­tiendo              un leve ardor en el estómago. A veces dormía tendido ba­jo  las              planchas. No era muy fresco, pero las horas en la torre le  habían              creado el hábito de una extensión de superficies que se  perdieran de              vista a su alrededor: los postes que sostenían las amplias  células              de silicio eran algo intermedio entre la ardiente superficie  del              <strong>llano</strong> colector y el espacio cerrado de la casa. Sin embargo  hoy se              sentía abrumado por el calor. Tal vez era la nota de  Clarisa, o la              fatiga de tener que hacer la llamada a La Rioja para pedir              repuestos. Cualquiera fuese el motivo, siguió cami­nando sin               detenerse, cruzó la zona de sol, ahora menos aplastan­te,  levantó El              Tony al pasar por la cocina y entró al dormitorio. No  prendió la              luz. El cuarto estaba bañado por un reflejo azula­do que  entraba por              las junturas de la ventana. Se dejó caer en la cama,  vestido. Se              desabrochó la camisa y se durmió en el acto.</p>
<p>Lo              despertó el frío. El resplandor azul de la ventana había              de­saparecido. Se estremeció un poco, estornudó. No habían  basta­do              tres años para acostumbrarse al cambio violento entre el día  y la              noche, cuando la temperatura daba un brusco salto del calor a  un              frío cortante. Buscó una remera en el ropero y salió del              dor­mitorio, sin encender la luz. La pequeña repisa de  madera con el              teléfono estaba junto a la cocina a gas. Movió la manivela  que lo              ponía en contacto con la central telefónica de Velázquez.  Como              siempre tardó un poco. Por la puerta abierta entraba el  levísimo              resplandor del atardecer. Vio cómo un lagarto cruzaba con  rapi­dez              el espacio entre la casa y las células, una sombra negra  contra la              densa penumbra azul. Al fin la voz áspera de la telefo­nista  le              preguntó qué número necesitaba. Repitió de memoria el del              Departamento Energético Solar de La Rioja y le preguntó qué  demora              habría, inútilmente: la respuesta de la telefonista siempre  guardaba              una relación incoherente con la demora real. Colgó el tubo y  sacó el              sillón de paja a la pequeña galería que había ante la casa.  El              llamado podía demorar entre una y dos horas. Volvió a entrar  y se              puso un pulóver, para no tener que levantarse otra vez.  Pensó en              tomar unos mates, pero la idea de encender la luz, la cocina  a gas,              colocar el agua y esperar, lo de­sanimó. Cuando se  despertaba entre              el día y la noche, sentía una especie de respeto por la  penumbra              creciente. En ocasiones se li­mitaba a quedarse adentro.  Otras              veces, como hoy, prefería sa­car el sillón de paja afuera y  sentirse              rodeado por el frío y la os­curidad, un verdadero bálsamo  después de              las horas centellean­tes en la torre.</p>
<p>Se              sentó y estiró las piernas sobre las maderas. Los talones  lle­gaban              casi al borde: era una galería angosta. Cuando había  lle­gado a la              Central fumaba en pipa, y al ver la pequeña galería se había               imaginado sentado, fumando, en los momentos calmos como  éste,              haciendo subir una delgada columna de humo en el aire quieto  del              páramo. Curiosamente, había dejado de fumar a los pocos  meses. Se              había dicho a sí mismo que era por las difi­cultades para  conseguir              buen tabaco en Velázquez, pero sabía que bastaba con traerse  una              buena provisión de La Rioja, o en uno de los cuatro viajes  que había              hecho a República Capital, a visitar a sus padres.</p>
<p>Nunca se quedaba dormido afuera, en la galería. El aire  noc­turno              parecía despertarlo, ponerlo más alerta. Trataba de  distin­guir el              contorno impreciso de las montañas lejanas, o el movi­miento  de los              lagartos que cruzaban la zona vacía que lo separa­ba de las  primeras              filas de células solares. Habían ido aumentan­do sus  correrías a lo              largo de los tres años, a medida que ad­vertían el escaso  interés              que tenía en ellos. Algunos se atrevían a acercarse a menos  de un              metro de donde estaba sentado. Por un tiempo había  acostumbrado              hablarles en voz baja, diciéndoles cosas sencillas, las  cosas que se              le dicen a un perro o a un ca­ballo. Pero una vez se lo  había              comentado al viejo Roberts y el viejo le había dicho: &#8220;Sí,  uno              empieza hablándole a los lagar­tos&#8221;. Y dejó de hacerlo.</p>
<p>Se              movió un poco, sentía un leve calambre en el hombro. Pensó  en entrar              pero se quedó inmóvil. Le pareció oír el canto o el vuelo de  un              pájaro sobre las planchas. Cambió de posición las piernas.  Tenía las              manos entrelazadas sobre el pecho, los nu­dillos fríos y las  palmas              cálidas, contra la lana del pulóver. El timbre del teléfono  lo sacó              del ensimismamiento. Se levantó con movimientos torpes y  entró a la              casa.</p>
<p>Esta vez encendió la luz, para no llevarse nada por delante.  Levantó              el tubo cuando sonaba el tercer timbre largo.</p>
<p>—Su llamada, señor —dijo una voz de muchacha, totalmente  distinta a              la primera.</p>
<p>—Sí, gracias —dijo, y empezó a oír ruidos extraños, vientos  que se              deslizaban sobre arena, el ruido lejano de olas rompiendo  contra un              acantilado, como fondo de sonidos más secos: golpes  metálicos, leves              estallidos. Se apoyó contra la pared. La comuni­cación con  La Rioja              era siempre problemática. &#8220;Hola, hola&#8221;, dijo por las dudas.  La voz              de la muchacha se impuso con nitidez a todos los sonidos.</p>
<p>—Espere un momento más sin cortar, señor. Estamos hacien­do  lo              posible.</p>
<p>Esperó. Sin soltar el tubo acercó una silla enganchándola  con la              punta del pie y se sentó. Se entretuvo en mirar el  movimiento del              minutero del reloj despertador que estaba sobre la mesa. Dio  dos              vueltas completas, lentas.</p>
<p>—Hola, hola —dijo en voz baja. No obtuvo respuesta. Ya se  había              acostumbrado tanto a los ruidos que casi no los sentía. La  voz de la              muchacha no apareció—. Hola —dijo más fuerte.</p>
<p>—Sí, señor, por favor cuelgue un momento que ya lo llamamos.</p>
<p>Colgó el receptor sin apuro. Durante el primer año estas              difi­cultades lo llenaban de ira. Pero aún no podía  enfurecerse              siempre por el mismo y pequeño motivo. Ahora se conformaba  con              obtener la comunicación a cualquier hora, o con no  obte­nerla.              Durante el segundo año había encontrado la fórmula mental  para lo              que sentía: &#8220;Es asunto de ellos&#8221;.</p>
<p>Leyó una historieta más de El Tony. Transcurría en un  pueblito de              Gran Ladocta, en las sierras, al que llegaba un extra­ño de              movimientos lentos y cara siniestra. La vida del pueblito  parecía              detenida, inmóvil. Una muchacha rubia se interesaba en el  forastero.              El resto del pueblo lo odiaba, porque había venido a turbar  la paz,              sin que la historieta explicara muy bien por qué. Mientras  terminaba              de leer con desgano las últimas imágenes, donde el extraño  se              baleaba con dos o tres hombres delgados y oscuros que  llegaban a              buscarlo, para morir en brazos de la muchacha rubia, se  preguntó si              aún quedaría algún pueblito co­mo ése en las sierras, luego  del              éxodo masivo de los habitantes a Córdoba, capital de Gran  Ladocta,              en la época en que se instala­ron las fábricas de cohetes y              colocaron la cúpula climática. Su­puso que sí, pero aun así  la              historieta resultaba inverosímil, mal dibujada y peor  escrita.</p>
<p>En              realidad El Tony era una revista mediocre, y debía  recono­cer que              sus sentimientos respecto a las Historias del Obelisco  tenían más              que ver con motivos personales que con valores rea­les. La  dejó a un              lado y fue hasta la heladera, sacó el último pe­dazo de  carne fría              que quedaba y lo cortó en tiras largas, las pu­so entre dos              rebanadas de pan y empezó a masticar mecánica­mente. Sin  saber por              qué, el sabor de la carne le recordó a Clari­sa, los labios  de              Clarisa. Eran lo que mejor conocía de ella. Los había  mordido en la              plaza antigua de Velázquez muchas veces, y unas pocas en la  media              cuadra que separaba la plaza mayor de la casa de ella,  cuando              regresaban del cine en una noche fría. Y también le había  apretado              los brazos, los hombros, aunque siempre cubiertos por las  delgadas              blusas que ella usaba, o había apoyado sus rodillas contra  las de              Clarisa, en ocasiones aun más escasas. El resto era  territorio              desconocido. Cada vez que se des­pedían volvía a asombrarlo  la              habilidad y firmeza con que le había impedido pasar a  mayores sin              hablarle, simplemente mo­viéndose, escurriéndose. El timbre  del              teléfono disolvió los la­bios de Clarisa.</p>
<p>Esta vez la comunicación fue inmediata. Lo atendió un tal  Fernández,              al que nunca había visto, pero que por la voz, tantas veces  oída,              imaginaba alto, preciso, formal, de bigote recortado,  alguien que se              sentía obligado siempre a asombrarse de la canti­dad de  células              falladas.</p>
<p>—¿Dieciocho unidades, señor Pretzel? —se asombró Fernán­dez.</p>
<p>—Sí —contestó tranquilo, sin sentirse obligado a dar  explica­ciones.              Si el lejano encargado nocturno del Departamento Energético  Solar de              La Rioja tenía ganas de irritarlo con una insinuación de  robo, era              cosa de él. Todo el mundo conocía el escaso valor de las  células              solares dentro del Norte, y la imposi­bilidad de pasarlas de               contrabando, por su tamaño. Le preguntó cuánto tardarían en              enviarlas.</p>
<p>—Entre cuatro y ocho días —contestó Fernández con voz  nítida. Lo que              quería decir: &#8220;depende de que las despachemos antes o  después del              fin de semana&#8221;. Las células recorrían el tra­yecto más largo  desde              Salta, la capital del Norte, hasta La Rioja. Pero a veces el  corto              tramo a Velázquez resultaba más problemático y dilatado, y  hasta el              transporte en camión a la Central podía demorar uno o dos  días.</p>
<p>Colgó, hizo girar la manivela para avisar a la telefonista  que la              línea quedaba desocupada. Pensó en volver a la angosta  ga­lería pero              ya era tarde, hacía demasiado frío.</p>
<p>No              pudo dormir. Daba vueltas una y otra vez entre las sába­nas,  sin              encontrar una posición cómoda, sin poder relajar los  músculos de la              espalda y la nuca. Por si era el frío, se volvió a poner el  pulóver.              Al fin encendió la luz, paseó sin interés la vista sobre una               historieta de El Tony, una especie de versión desteñi­da de  &#8220;Chico&#8221;              Stevens, y al fin se levantó.</p>
<p>Como en otras noches de insomnio, se preparó un termo de  agua              caliente y se fue con el mate a la torre. Mientras caminaba  bajo el              interminable techo de chapas, sintiendo el frío en la cara y  las              manos, le pareció, como en tantas noches anteriores, que oía  un              débil siseo entre las planchas. Toda la teoría sobre la  pro­ducción              fotovoltaica de las células, que había aprendido en los años  de              estudio en República Capital, formaban un amasijo confuso,  en el que              apenas si retenía la noción de que el sol exci­taba  electrones en la              capa de silicio tratado especialmente, y que estos recorrían  un              trayecto determinado descargando energía, que era  recolectada y              pasaba a aumentar el caudal eléctrico de Velázquez. Pero se  trataba              de una idea difusa, casi mágica, tan­to como ese sonido  débil,              cercano al umbral de lo imperceptible, que tal vez existiera  sólo en              su cerebro, aun cuando hubiese deja­do de hablar con los  lagartos.</p>
<p>Aunque estaba bien abrigado, sacó una de las mantas que  guardaba por              cualquier emergencia en la casilla de la torre y se envolvió  las              piernas con ella al sentarse. Tomó un mate, dos. Le gustaba  el              silencio del páramo, tan intenso que a veces le per­mitía  distinguir              el movimiento de un animal pequeño a más de cien metros de              distancia, o el golpeteo de los restos de los carte­les, a  casi              trescientos, cuando soplaba un poco de viento.</p>
<p>Una hora después salió la luna llena. A las doce y media,  pun­tual              como un cronómetro, pasó el satélite hindú, atravesando el  cielo              como una luciérnaga lenta pero decidida. Poco después la luz  de la              luna pegó contra las planchas, arrancándoles un resplandor  frío,              lechoso, muy distinto al del sol. Abstraído en ellas, como  si              contemplara el mar, se preguntó si el claro de luna  despertaría              algún tipo de actividad en las células, si el electrón no se  movería              más lentamente, perezoso, hasta recorrer su cami­no, sin  llegar a              producir energía eléctrica sino algo distinto, des­conocido.  Sonrió.              Realmente debía andar mal de la cabeza.</p>
<p>Unos veinte minutos después tomó el tercer mate. Le pareció              distinguir una nube etérea, muy tenue, sobre las planchas.  En el              páramo no podía tratarse de humedad. Era el cansancio, la  falta de              sueño, pensó, frotándose los párpados. Aunque, como en  to­das las              noches de insomnio, mirar las células en vez de adorme­cerlo  lo              mantenía despierto. Sólo cuando atravesara el recorrido  inverso y              entrara a la casa sentiría las horas pasadas en la torre y  se              desplomaría, tal vez vestido, sobre la cama.</p>
<p>No              se quedó mucho tiempo. Había pensado en esperar que  desapareciera la              luna, pero se sintió aburrido mucho antes. Tenía frío en los  huesos,              y un dolor creciente en el hombro. El agua del termo se  había              terminado. En vez de dejar la manta en la casilla se la puso  sobre              los hombros, como un poncho, y regresó caminando bajo las  planchas.              En una o dos ocasiones se detuvo para precisar si el sonido  real o              imaginario había cam­biado en algo ahora que la luna daba  sobre el              <strong>llano</strong> colector. Pe­ro no pudo captarlo bien, y menos aun el  probable              cambio.</p>
<p>Al              acostarse se le presentó la imagen de Clarisa. Trató de  exci­tarse,              al menos de recordar la consistencia de sus labios, pero se  durmió.</p>
<p>II</p>
<p>El              martes fue como todos. Con un resoplido de irritación, le  pa­reció              ver a eso de la una que otra zona de las planchas comenza­ba  a              debilitarse, pero no pudo distinguirla con claridad, y  des­pués de              comer un par de sándwiches caminó hasta el sitio  apro­ximado, las              controló una por una con un téster y comprobó que  funcionaban bien.              A la tarde terminó de leer El Tony. Un núme­ro promedio, con  alto              porcentaje de historietas malas o me­diocres, un par de  dibujantes              pasables y las Historias del Obe­lisco que releyó sin  disfrutarla              como la primera vez. &#8220;La releí demasiado pronto&#8221;, pensó.</p>
<p>A              la noche se sentó en la galería, bien abrigado, y mientras  se­guía              por reflejo con los ojos los movimientos epilépticos de los              lagartos, empezó a crecer en él, a hacer crecer en él, la  necesidad              de que el encuentro del viernes con Clarisa diera algún tipo  de              vuelco definitivo a la relación que estaban llevando. Empezó  a              pensar frases, a imaginar actitudes. Ella le salía al  encuentro, a              abrazarlo y permitir que le mordiera los labios, y él la  mantenía a              distancia, la detenía con los brazos tendidos. Se imaginaba              di­ciendo: &#8220;No podemos seguir así, Clarisa&#8221; y se reía sin  poder              evi­tarlo. Era una idea forzada, sin sentido.</p>
<p>Más tarde, otra vez insomne, recurrió a la atmósfera, la  ima­gen de              Bar de los Veteranos como calmante, como refugio. Las sillas  de              madera y el largo mostrador de chapa se fueron  super­poniendo a la              imagen de Clarisa. Acostumbraba entrar a tomar algo, una  copita de              caña si era de noche, o un desayuno por la mañana. Como a  veces el              viejo Roberts estaba jugando a los naipes en una de las  mesas y lo              saludaba efusivamente, lo habían aceptado como otro  parroquiano,              aunque la edad promedio su­peraba los setenta años. Eran  casi todos              veteranos de la Guerra, y como todos los veteranos de  guerra, en              especial de guerras co­mo aquélla, se sentían hasta cierto  punto              frustrados, engañados. Sin embargo el clima del norte les  permitía              soportar ese fracaso que era, a su vez, el fracaso del Norte  mismo              con cierto estoicismo.</p>
<p>Cuando viajó a Córdoba para tratar de conseguir trabajo en  alguna de              las Centrales de Gran Ladocta, había visto otro tipo de  veteranos,              completamente destruidos, mutilados, ciegos, mu­dos, que  recorrían              las calles estridentes y húmedas de la ciudad, bajo la  inmensa              cúpula climática, mendigando. Los del bar, en cambio, eran  criollos              que no levantaban demasiado la voz, que llevaban las  cicatrices o              los rastros atroces de la guerra como un elemento más del  cuerpo,              sin exhibirlos, y que estiraban las minúsculas pensiones de  guerra              hasta lograr el milagro de poder jugarse unos centavos a las               barajas. Tampoco se ocupaban mucho de recordar la Guerra,  aunque de              vez en cuando se tren­zaban en un intercambio apasionado de  datos              discordantes sobre alguna escaramuza en especial, o en lo  que podría              haber pasado con el Norte si Velázquez no hubiera muerto tan  joven,              dejando sólo su nombre en un pueblo muerto como aquél en vez  de              seguir actuando. Era el único protagonista de aquella época  lejana              sobre quien no había discusión: el que los había guiado, el  que se              había negado a integrar la carga suicida de Campana, el que  siempre              participaba en la batalla y había terminado cayendo en una              escaramuza sin importancia, dos días antes de que las tropas  del              Litoral entraran a República Capital, un tanquista  desconocido              derribara el Obelisco y la guerra terminara.</p>
<p>En              algunas discusiones participaba un personaje respetado, el  viejo              Antúnez, uno de los tres sobrevivientes de la catástrofe de  Campana,              donde las tropas del Norte habían hecho una carga de  caballería              contra tanques que superaba en heroísmo ridículo a la de los  polacos              de la Segunda Guerra Mundial. El viejo hablaba poco, ya  debía haber              pasado los noventa, pero lo que decía tenía sentido, nunca  divagaba,              ni se entusiasmaba. En realidad era co­mo alguien llegado  del otro              lado de la muerte y rengueaba un poco, de la pierna que  había              quedado atrapada bajo el caballo. Hasta Incayu, el curandero  indio              impenetrable que vivía en las afueras, cerca de la antigua  plaza, lo              consultaba a veces con res­peto, y se tocaba siempre el ala  del              sombrero cuando se cruzaba con él o lo veía en el bar.</p>
<p>Las imágenes del bar, de los viejos, del indio Incayu,  pasaron sin              que pudiera dormirse. Se resignó a una nueva vigilia  noctur­na en la              torre. Se preparó café amargo en vez de mate, y lo metió en  el              termo.</p>
<p>Se              sirvió dos o tres veces en la tapa de plástico, otra vez  absor­to en              el frío brillo de la luna sobre las planchas. Volvió a  captar una              especie de nube tenue formándose encima de ellas, a unos  ciento              cincuenta metros de la torre: no se disipó cuando sacudió la  cabeza              y se frotó los párpados. Lo más extraño era que se veía más  alta que              ancha, lo que descartaba la posibilidad más lógica: vapor  flotando              sobre las células solares, hipótesis que ya sería bastante  extraña              teniendo en cuenta la sequedad del páramo. No llegó a  sentirse              alarmado por su propio estado mental. Con­templó un rato la  nube,              viendo cómo se desplazaba a veces unos metros a uno y otro  lado, y              pensó que tal vez se debiera a un efecto particular de la  luz de la              luna, en condiciones climáticas especiales, sobre las  planchas de              silicio tratado.</p>
<p>Empezó a imaginar escenas, como había hecho a la tarde con  el futuro              encuentro con Clarisa: descubría las bases físicas del  fenómeno,              escribía un artículo (<em>Acerca de los Efectos de la Luz  Lunar sobre              Células Solares</em>), lo enviaba a Ciencia total (hacía años  que no              la leía, tendría que revisar algunos números nuevos para  adaptar el              estilo), el descubrimiento se veía confirmado por otros              investigadores que hasta entonces habían mantenido en  secreto sus              hallazgos por temor al ridículo, la vida vegetativa en la  central se              convertía en una vorágine de éxitos y congresos científicos,               rechazaba a Clarisa con un gesto displicente&#8230;</p>
<p>A              pesar de que las imágenes se habían vuelto grotescas  (re­cibía el ya              vetusto Premio Nobel, en Bruselas) no consiguió sonreír. Se  dio              cuenta de que se sentía simplemente triste. No era una  sensación              desagradable, pero dolía un poco. Siempre que le ocurría,  recordaba              automáticamente unas líneas perdidas de un poema leído en  una              antología de autores del Siglo XX:</p>
<p><em> Pulpo maldito, ¿y mis ganas de enterrarme<br />
en la arena para siempre<br />
sin ninguna genealogía?</em></p>
<p>No              recordaba el nombre del autor, pero las palabras le habían  quedado              grabadas como una melodía, aunque el páramo era de piedra  rojiza,              dura, y enterrarse le costaría un poco. &#8220;Y mi ge­nealogía&#8221;,  pensó.              &#8220;Mis padres en República Capital, llevando una vida sin  sobresaltos,              con una pensión segura, escribiéndome una carta mensual  traída              puntualmente por el viejo Roberts que nunca se olvida de  enviarles              saludos antes de subir a la bicicleta&#8221;.</p>
<p>Las líneas del poema, con la aparente invitación a la fuga  to­tal,              consiguieron, como siempre, sacarlo de la tristeza, abrirlo a  otras              imágenes. Se preguntó por qué leía tan poco últimamente, y  tan mal:              había dejado de interesarse por completo en los artículos              científicos que antes le atraían tanto, la poesía o la  lite­ratura              habían quedado atrás, como vicios de adolescente. En  realidad casi              lo único que leía era El Tony. &#8220;Señor Hugo Pret­zel: su vida  es una              vida sin horizontes&#8221;, se dijo, cambiando de posición en la  silla.              Ahora la nube tenue parecía haberse alejado sobre las  planchas,              hacia los cartelones en ruinas.</p>
<p>&#8220;Y              tal vez lo sea&#8221;, pensó poco después. No había podido  so­portar la              violencia y la frustración latentes que habían quedado en  República              Capital después de la Guerra, ni conseguir un tra­bajo  estable en              Cuyo Unido o los Estados del Litoral, las dos zo­nas de  posguerra              más prósperas, si se exceptuaba la Nación de la Santa Cruz,  donde              era necesario ser un católico con tres gene­raciones previas  de              creyentes fervorosos y comprobados para conseguir al menos              residencia transitoria. Al principio había va­gado por la  zona              pampeana, casi un protectorado, que ejercía sobre él una  atracción              casi tan fuerte e ilógica como el Norte. Después había hecho  un              intento infructuoso, terriblemente agotador, de quedarse al  menos              una semana en Córdoba, que le pa­reció aún más violenta y  deprimente              que República Capital, y al fin un amigo le había hablado de  aquel              puesto en un pueblo per­dido de La Rioja, un poco en broma,              aclarándole que la princi­pal diversión era contar lagartos.  Había              enviado la solicitud y cumplido con los trámites de  radicación sin              vacilar.</p>
<p>Ahora tomaba café en la torre, rodeado por el <strong>llano</strong> colector              plateado, recobrado ya del ataque de tristeza, el mismo  ataque que              se había vuelto crónico en la pampa, que lo había obligado a  huir de              Tandil para no irse apagando en pocos años. Aquí al me­nos  la              sensación de desarraigo se veía atenuada por la parquedad  del              paisaje, que la transformaba en algo tan sofrenado e interno  como el              fracaso decente y humilde de los viejos del Bar de  Veteranos.</p>
<p>&#8220;Y              está Clarisa&#8221; pensó, mientras se paraba y se envolvía en la  manta,              para regresar, sin esperar el paso del satélite hindú. &#8220;Mal  rayo la              parta&#8221;.</p>
<p>III</p>
<p>El              miércoles se fue arrastrando lento. A las seis de la tarde  se              descubrió esperando con curiosidad el paso del ómnibus de  las siete,              que hacía el trayecto Sarmiento— Velázquez tres veces por  semana:              miércoles, sábados y domingos. Y a medida que se acercaba la  hora              empezó a sentir cierta inquietud, una impacien­cia que  descargaba              tamborileando con los dedos sobre la baran­da de la torre de               control, haciendo dibujos sin sentido en la pla­nilla que  tenía              sobre las rodillas. A las seis y media bajó con rapidez la              escalerita, caminó a paso firme hasta la casa, cruzó el  espacio de              sol ya medio invadido por la sombra y entró a la coci­na,  descolgó              el bolso de lona de un clavo, entró a la pieza y me­tió              apresuradamente un par de pulóveres, ropa interior, el  ce­pillo y la              pasta de dientes. A último momento, cuando paseó una mirada  por la              cocina para ver si olvidaba algo, sacó un Tony de la alta  pila que              se acumulaba en un estante, junto a la helade­ra. Debía ser  de un              año atrás, y tal vez no recordara con preci­sión el capítulo  de              Historias del Obelisco.</p>
<p>Cuando llegó al camino eran las siete en punto, pero el  ómni­bus se              atrasaba casi siempre, de diez minutos a una hora. Cuan­do  vio la              nube de polvo acercándose, ya la luz iba virando al azul y  el sol              acababa de perderse tras las montañas. Se sentía cargado de  energía,              iba y venía junto al poste que en otros tiempos había  sostenido una              flecha que indicaba el desvío hacia la Central. Cuando ya  percibía              la forma cuadrada del ómnibus hamacándo­se a menos de un  kilómetro              se dio vuelta. Desde allí la central se recortaba como una  chata              hilera de postes y chapas, con la for­ma desvencijada de la  torre              alzándose en el centro. Era impo­sible imaginar su  extensión, y más              bien parecía algo de poca im­portancia, una hilera de  panales de              abejas. El ruido del motor acercándose lo volvió en sí.</p>
<p>El              viaje a Velázquez duraba un par de horas sobre el camino de  tierra.              Siempre que tomaba el ómnibus los sábados, día en que pasaba  a las              cinco, aprovechaba para dormir. Pero ahora que era un viaje              desacostumbrado (el conductor le había pregun­tado con  alarma si              pasaba algo, cómo estaban sus padres) no podía pegar los  ojos. Los              mantenía concentrados en el camino, fijándose en cada  detalle, cada              piedra, cada planta reseca, como si hubieran podido variar  por              tratarse de un miércoles en vez de un sábado.</p>
<p>Cuando se acercaron al pueblo los cambios fueron externos,              evidentes. Había menos luces encendidas. Muchos de los bares  siempre              abiertos en sábado ahora tenían las persianas bajas. Había  menos              gente en la calle, menos movimiento. Aunque cos­tara  creerlo, varios              pueblos aun menores que Velázquez, disper­sos en cincuenta              kilómetros a la redonda, lo consideraban un centro  importante y              volcaban en los fines de semana grupos de muchachos que iban  a              divertirse, o gente de paso hacia La Rioja.</p>
<p>Cuando bajó en la plaza principal empezó a caminar sin darse  cuenta              hacia el Bar de los Veteranos. Algunas personas lo  salu­daron más o              menos sorprendidas en la plaza y en las dos cortas cuadras  hasta el              bar, a veces repitiendo la pregunta del conduc­tor del  ómnibus.              Recién al sentarse y estirar las piernas bajo la mesa de  madera y              hacer un gesto para llamar al mozo se pre­guntó: &#8220;¿A qué  vine?&#8221;.</p>
<p>Estaba terminando de tomar la copita de caña cuando entró el  viejo              Roberts. Curiosamente, fue el único para el que la sorpresa  parecía              bienvenida. Mostró los dientes desparejos en una sonrisa  ancha y se              acercó a la mesa. Le preguntó si podía sentarse. Eran los  dos únicos              parroquianos. No le preguntó directamente a qué había  venido:</p>
<p>—¿Estirando las piernas? —dijo, y cuando él asintió, también               sonriendo sin saber por qué, agregó—: Me parece muy bien.  Uno se              oxida si está mucho tiempo rodeado de chapas.</p>
<p>El              mozo había traído una ginebra sin necesidad de que el viejo  se la              pidiera, y ahora la alzó.</p>
<p>—A              su salud —dijo.</p>
<p>Después quedaron en silencio. El viejo Roberts se había  aco­modado              de una manera rara en la silla. Era como si supiera algo y  no              pudiera decirlo, y ese suspenso lo mantenía tenso,  suspendi­do en el              aire. De vez en cuando le dirigía una mirada sonriente y le  hacía un              comentario sin importancia, relacionado con el cli­ma, o con  la              rutina imperturbable de la Central, y en el momen­to mismo  en que lo              decía, la mirada parecía estar hablando de otra cosa, algo a  la vez              más importante y más entretenido, que era necesario seguir              manteniendo oculto.</p>
<p>El              viejo Roberts, sentado ante él, ahora de perfil, con las  pier­nas              estiradas hacia afuera, era como un espejo oscuro ante el  que volvió              a preguntarse para qué había ido. La respuesta se deslizó  nítida              como un rayo de sol: &#8220;A ver qué hace Clarisa&#8221;. La claridad  de la              respuesta, que lo denunciaba como una especie de espía, lo  hizo              sonreír. Y en ese mismo instante el viejo Ro­berts lo miró  de reojo              y también sonrió, estuvo a punto de empe­zar una nueva frase  trivial              y la guardó, como si no hiciera falta.</p>
<p>Afuera pasó el diariero, gritando con voz aflautada. Eran  los              diarios de la mañana de La Rioja, que llegaban al atardecer.  El              viejo Roberts lo llamó y le compró uno. Lo abrió  aparatosamen­te.              Cuando Pretzele preguntó qué noticias había, le dijo que  nada en              especial. Seguían produciéndose escaramuzas entre el  Gobierno y los              irregulares en Brasil, único país del continente que seguía  con la              misma superficie mastodóntica de hacía cien años: habían  inaugurado              una subcúpula climática en la capital de Gran Ladocta, que  abarcaba              los nuevos barrios de inmigran­tes; y se había registrado un  brote              de torturas inquisitoriales en la Nación de la Santa Cruz,  sobre              todo en la región cordillerana. Con voz resignada le informó  además              una nueva caída del peso Norteño, registrada en la última  página.</p>
<p>Hubo un momento brevísimo de silencio, mientras el viejo  doblaba el              diario, y cuando iba a reanudar esa especie de silencio  brillante en              que habían estado hasta la compra del diario, entró el indio  Incayu.</p>
<p>Llevaba el pequeño morral de hierbas atado a la espalda. Los  saludó              con una inclinación de cabeza, se acercó al mostrador y  pidió un té.              Una vez que se lo sirvieron, sacó con un gesto breve dos  pequeños              tallos resecos del morral, y un cortaplumas del bolsillo              deshilachado del pantalón. Cortó un trozo pequeño de cada  uno, los              subdividió varias veces y los agregó al té. Después, dejó la  taza a              un lado y se apoyó en el mostrador. Paseó la mira­da por los  dos              ventanales que daban a la calle, se concentró en la puerta  de doble              hoja, siguió moviendo la cabeza, observando cada una de las  mesas              vacías. Sintieron cómo los ojos del indio pasaban sobre  ellos, y al              fin lo vieron mover el brazo, acercar la mano a la taza y  revolver              lenta, pausadamente el té con el dedo índice, indiferente al  calor.              Después, increíblemente, alzó el pla­tito con la taza y se  dirigió a              la mesa de ellos. Pretzel no recorda­ba haberlo visto  sentado con              alguno de los parroquianos, y a juzgar por el gesto torpe  del viejo              Roberts, que corrió la silla pa­ra hacerle sitio, casi  derramando              las dos copitas, él tampoco.</p>
<p>Incayu se sentó apoyándose en el bastón que llevaba siempre,  y con              el que se había acercado a la mesa. Durante un segundo  te­mieron que              se quedara con la vista fija en la pared de madera, como un              convidado de piedra, pero los miró a uno y otro con una  sonrisa de              saludo, y comentó que felizmente había refresca­do al caer  el sol.</p>
<p>Confirmaron su opinión con palabras intrascendentes, el  viejo              Roberts estiró las piernas, y Pretzel, otra vez cómodo,  trató de              pensar en Clarisa. Lo distrajo la entrada de tres  parro­quianos. El              reloj marcaba las diez y diez, y si quería ver a Clari­sa, o  al              menos espiarla, debía irse. Aunque nunca había entrado a la  casa de              los padres —una de las tres únicas construcciones de dos  pisos del              pueblo—, sospechaba que se acostaban temprano. Pero se quedó  en la              silla y saludó a los recién llegados con un movimiento de  cabeza. El              indio Incayu tomaba el té a sorbitos, y un olor agradable,              balsámico, salía de la taza. Recordó que el viejo Roberts le  había              contado que no se llamaba Incayu, que en realidad nadie le  sabía el              nombre correcto en&#8217; el pueblo, y que le habían puesto el de  una              marca de yuyos medicinales que se vendía antes de la Guerra.</p>
<p>A              las diez y media decidió que lo único que podía hacer a esa  altura              era tratar de espiar a Clarisa, pero siguió sin pararse, sin  hacer              un gesto para llamar al mozo. Ahora el bar estaba ocupa­do  por diez              o doce veteranos, que hablaban en voz baja, le­vantándola a  veces              para pedirle al mozo un café, una cafia o una baraja. Se  distrajo              mirando los retratos de Velázquez y Flores que estaban sobre  la              maciza heladera, colgados en ángulo, para enmarcar la  bandera              nacional del Norte, que a esa altura del año ya estaba  prolijamente              percudida de polvo. La lavarían un mes más tarde, al  festejarse el              día de Velázquez. No recordaba bien si habían pasado treinta  y cinco              o cuarenta años desde el día de su muerte. Desechó el  cálculo,              molesto. El clima del bar parecía ha­berlo convertido en un  veterano              más, preocupado por la muerte y el tiempo. Con un gesto  decidido              intentó llamar al mozo, pero se encontraba de espaldas a él,               conversando animadamente con los que jugaban a las cartas, y  no lo              vio. Levantó un poco la voz. El viejo Roberts se dio vuelta  hacia              él, como despertando.</p>
<p>—¿Qué apuro tiene? Total, ómnibus ya no hay.</p>
<p>Tenía razón: eran las once. Al mirar al viejo Roberts se dio  cuenta              de que Incayu se había ido. Se preguntó si las tres copitas  de cafia              lo habrían mareado, pero prefirió atribuir la distracción a  los              movimientos silenciosos del indio. No pudo determinar, sin  embargo,              si cuando el mozo había traído la tercera copita el In­dio  estaba o              ya se había ido.</p>
<p>El              mozo se acercó, le cobró. Cuando estaba por apartarse el  viejo              Roberts le dijo que le anotara lo suyo, porque también se  iba. Había              hecho durar casi dos horas la copita de ginebra, y tomó el  resto              microscópico con un exagerado movimiento de ca­beza, como si  fuera              un gran trago.</p>
<p>Mientras caminaban rumbo a la plaza, el viejo le preguntó  cuánto              hacia que no le escribían los padres. A Pretzel le pareció  una              pregunta absurda, porque era él quien le llevaba las cartas,  pero le              contestó de todos modos que la demora no era exagera­da.  Ahora no              había autos en las calles, y un viento fresco sopla­ba desde  la              plaza. Se preguntó por qué se dejaba acompañar por el viejo  Roberts              en vez de hacer algo que justificara haber venido al pueblo.  Le iba              a preguntar hasta dónde iba, pero el viejo le ganó de mano.</p>
<p>—¿Se va a quedar en la fonda?</p>
<p>Demoró en contestar. Lo único que podía intentar a esa hora  era              pescar a algún comisionista o visitante que regresara en la              madrugada a Sarmiento. Si no, tenía que esperar el ómnibus  de la              mañana, que salía a las siete.</p>
<p>—Todavía no sé bien. De todos modos, si quiero irme con  algún              comisionista, también tengo que ir a la fonda.</p>
<p>El              viejo Roberts asintió. Caminaban los dos despacio, él con el  bolso              hamacándose liviano en la mano izquierda, y el viejo con el  gastado              saco negro de delgadas rayas blancas, casi grises por el  tiempo,              sacudiéndose al viento, que los embistió con más fuerza  cuando              llegaron al espacio abierto de la plaza.</p>
<p>Mientras cruzaban el desparramo de árboles y focos de  absur­do              estilo futurista, sintiendo el crujir de la grava bajo los  zapa­tos,              Pretzel dijo de pronto:</p>
<p>—Creo que me voy a quedar a tomar un poco de fresco, para  ver qué              hago.</p>
<p>—Muy bien —dijo el viejo Roberts.</p>
<p>Y              sin darle la mano, ni decir otras palabras, ni demorar en  na­da la              separación, siguió caminando con el mismo paso tran­quilo,  cruzó los              círculos de luz de dos focos, y se perdió de vista tras un  arbusto,              aunque Pretzel siguió sintiendo los pasos que se alejaban,  hasta              perderse.</p>
<p>Cambió de dirección y se dirigió al centro de la plaza,  donde estaba              la fuente. Había algo que lo molestaba, y al fin advirtió  que era la              falta de sonido a agua, el silencio excesivo. Recordó  entonces que              los patos de bronce soltaban agua por el pico sólo los fines  de              semana. No quiso acercarse al oscuro borde de ce­mento para  ver si              la fuente tenía agua o estaba seca. Se dejó caer en uno de  los              bancos que la rodeaban. Después se cambió a uno con más luz,  y con              un gesto mecánico sacó El Tony del bolso. Las páginas en  colores              eran más gruesas que las comunes, y lo abrió automáticamente  en las              Historias del Obelisco, tal vez por­que las hojas ya habían  quedado              vencidas, acostumbradas por las numerosas lecturas  anteriores. No              pudo seguirle bien el hilo, en ese capítulo se trataba de  una              historia de corte policial, contrabandistas que se reunían  como por              casualidad en la roton­da que rodeaba la alta aguja blanca, y  que en              las últimas páginas eran desbaratados por la policía. Pudo  deducirlo              sobre todo por las imágenes, porque casi no leyó el texto.  Además le              pareció que la idea de los contrabandistas reuniéndose en  semejante              sitio era un poco ridícula, pero no le importó demasiado. Ni               siquiera se fijó mucho en las imágenes del Obelisco, salvo  la              última, que como siempre era la más detallada, la más  amplia, en              este caso una doble página completa.</p>
<p>Se              sentía cansado: relajó un poco los músculos de la espalda, y  al              aflojar también la presión de las manos sobre la revista el  viento              dio vuelta las hojas. Casi hubiera dejado que la revolcara  sobre el              banco y se la llevara, pero con otro gesto automático la  dejó caer              en el bolso. Sacó el reloj pulsera del bolsillo. Las once y  media.              Paseó la vista por la plaza, la fachada iluminada de la              Municipalidad, el frente oscuro de la iglesia y un poco más  allá, a              sólo veinte metros de una esquina, la parte superior de la  casa de              Clarisa, o más bien de los padres de Clarisa. Nunca había  entrado, y              solo les había dado la mano una vez, un sábado en que se  cruzaron              con ellos: una mujer de rostro caballuno, un hombre más  bajo,              cortés, que se había interesado gentilmente por su trabajo  en la              Central, por el funcionamiento de las cha­pas. Para él  Clarisa vivía              al aire libre, vivía sobre todo en la pla­za vieja, donde le               permitía morderle los labios.</p>
<p>El              sueño lo golpeó como un mazazo. Se estiró al máximo, bostezó  y              sacudió la cabeza. Le lagrimeaban un poco los ojos, por el  viento y              el sueño, y vio la plaza rodeada de un halo iridis­cente,  hasta que              se los frotó. Se preguntó si en la Central estaría la nube  flotando              sobre las chapas. Tal vez justo esa noche ad­quiriera una  forma más              precisa, que le permitiera deducir su ori­gen, o tal vez la  venida a              Velázquez le permitiera librarse de ella para siempre.</p>
<p>Si              se quedaba en el banco iba a dormirse. Se paró y empezó a  caminar.              Al llegar al borde de la plaza, advirtió que estaba en la  esquina              que llevaba a la casa de los padres de Clarisa. Por  iner­cia, como              cumpliendo con un deber no muy agradable, cruzó y caminó los  veinte              metros que lo separaban de la construcción al­ta, pintada de  rosa,              con una gruesa puerta de madera oscura y dos enormes  ventanales.              Frente a la casa un foco de mercurio le daba una claridad  extraña a              la fachada, como si se tratara de un decorado teatral.</p>
<p>Miró hacia atrás, como si estuviera haciendo algo secreto, y  se              acercó. El ventanal más próximo a la esquina estaba cerrado.  La              pesada puerta también. Pero el otro, un poco más lejos, que  da­ba              sobre el pequeño tramo de tierra enrejado que separaba la  ca­sa de              la calle, estaba abierto de par en par.</p>
<p>La              habitación inmediata se encontraba a oscuras, pero un cuarto  interno              de la casa desconocida estaba iluminado, y pudo ver primero  su              propio reflejo lejanísimo enmarcado en un espejo enorme que  colgaba              de una pared, y luego tres personas alrede­dor de una mesa,              moviéndose, más cercanas. Eran la madre de Clarisa, una  criada de              piel oscura y por fin Clarisa misma, entrando en el  rectángulo de              luz. Estaban concentradas alrede­dor de algo que había sobre  la              mesa. Muy a su pesar sintió que se le aceleraba la  respiración y se              acercó a la reja de hierro forjado. Lo que había sobre la  mesa era              una valija, y allá lejos las tres mujeres iban metiendo en  ella              ropas, frasquitos, potes, cinturo­nes, con gestos precisos,              tranquilos. Trató de oír lo que decían, pero el cuarto debía  estar a              unos diez metros de la ventana, a ca­torce o quince metros  de sus              oídos, y el viento borraba los soni­dos de la casa por  completo.</p>
<p>Lo              lógico era ir hasta la puerta, llamar, hablar con Clarisa,  hacer de              cuenta que no había visto la valija y ver qué decía eIla.  Pero se              quedó observando la escena, muda y luminosa como una  pantaIla de              cine remota. Al fin bajaron la valija de la mesa. Estaba a  punto de              ponerse en movimiento cuando vio que subían otra valija de  cuero,              nueva, un poco más chica, y empe­zaban a llenarla. Esta vez  metían              algunos discos, distintos pa­quetes envueltos en papel de  regalo. No              esperó a que termina­ran. Se apartó de la reja, de la  ventana, de              Clarisa, la madre y la criada y empezó a caminar alejándose  de la              plaza, sin darse vuelta.</p>
<p>Recorrió zonas del pueblo que no conocía. Se perdió en  caIles de              tierra, con prolijas acequias por las que corría un hilo de  agua,              vio casas distintas, siempre entre el rosa, el celeste y el  blanco,              se cruzó con dos personas y un perro, y a las doce y cuarto              desembocó otra vez en la plaza. Lo supo sin mirar el reloj  porque              desde lejos había oído las doce campanadas de la iglesia. Lo               sorprendió el ritmo con que avanzaba, parecía caminar  sa­biendo              adónde iba. Giró alrededor de la Municipalidad y diez  minutos              después estaba en la fonda.</p>
<p>La              dueña había dejado encendidas sólo dos luces en el  res­taurante, y              apenas entró vio destacarse al fondo la figura nítida de  Félix, un              viajante de Sarmiento que lo llevaba con frecuencia en el  auto.              Parecía recién despierto, perfectamente peinado y afeitado,  con un              bigotito recortado a lo Errol Flynn. Lo saludó con el brazo  en alto              y le preguntó gritando si volvía a la Central, porque en  quince              minutos se iba a Sarmiento.</p>
<p>—Sí, lo espero aquí nomás —dijo, inmensamente aliviado,  dejándose              caer en uno de los sillones desvencijados del vestíbulo.</p>
<p>Mientras esperaba en la penumbra supo que no había llamado a  la              puerta de Clarisa porque aqueIlas valijas indicaban una  par­tida, y              la cita para un día antes del acostumbrado una despedi­da.  Si              hubiera venido el viernes, la despedida habría sido al  estilo de              Clarisa: le habría mordido los labios en la plaza vieja,  habrían              paseado por la plaza nueva, eIla habría demorado la  explicación de              la cita adelantada, y al fin habría hablado en la esquina de  la              casa, palabras cortas, temblorosas, que dieran pie a la  fuga, al              refugio tras la cercana reja de hierro. No pudo evi­tar un  suspiro              prolongado, la sensación de desvalimiento, aun­que al mismo  tiempo              una parte de sí mismo sonreía, sin rencor: como un niño. La              despedida había sido a su estilo: una imagen muda y lejana,              luminosa. Ahora que había cumplido con su mi­sión en  Velázquez el              sueño lo invadió como un agua reparadora. Poco después  sintió los              pasos de Félix acercándose sobre el piso de tablas flojas de  la              fonda, y manoteó el bolso.</p>
<p>Mientras caminaban hasta donde el viajante había dejado el  auto,              éste le fue contando chistes, chimentos, datos sobre  nego­cios, en              un flujo ininterrumpido, de tono agudo. Como siempre,  Pretzel temió              que el desfile incansable de palabras continuara cuando  entraran al              auto, y durante todo el camino a la Central. Pero también  como              siempre, la voz de Félix se fue haciendo más parca, menos  invasora a              medida que se acercaban a los límites del pueblo, y se apagó  por              completo cuando aceleró sobre el ca­mino a la Central,  encendiendo              la radio con una mano, y bajan­do el volumen para que él  pudiera              dormir si quería. Era una emi­sora de La Rioja que  transmitía la              &#8220;Zamba de Velázquez&#8221; en versión orquestal. Buena canción de  cuna,              pensó antes de dormirse.</p>
<p>Piriápolis, febrero de 1979</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;-</p>
<p>Fuente: <a href="www.abanico.org.ar/2006/12/gandolfo.sol.html" target="_blank"><em>Revista Abanico</em></a></p>
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	</item>
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		<title>La casa inundada, por Felisberto Hernández</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Jul 2010 01:19:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>franzcasca</dc:creator>
				<category><![CDATA[antología]]></category>

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		<description><![CDATA[De esos días siempre recuerdo las vueltas en un bote alrededor de una pequeña isla de plantas. Cada poco tiempo las cambiaban; pero allí las plantas no se llevaban bien. Yo remaba colocado detrás del cuerpo inmenso de la señora Margarita. Si ella miraba la isla un rato largo, era posible que me dijera algo; [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=perdidosparasiempre.wordpress.com&amp;blog=14018865&amp;post=135&amp;subd=perdidosparasiempre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>De  esos días siempre recuerdo las       vueltas en un bote alrededor de una pequeña isla de plantas. Cada  poco       tiempo las cambiaban; pero allí las plantas no se llevaban bien.  Yo       remaba colocado detrás del cuerpo inmenso de la señora Margarita.  Si       ella miraba la isla un rato largo, era posible que me dijera algo;  pero no       lo que me había prometido; sólo hablaba de las plantas y parecía  que       quisiera esconder entre ellas otros pensamientos. Yo me cansaba de  tener       esperanzas y levantaba los remos como si fueran manos aburridas de  contar       siempre las mismas gotas. Pero ya sabía que, en otras vueltas del  bote,       volvería a descubrir, una vez más, que ese cansancio era una  pequeña       mentira confundida entre un poco de felicidad. Entonces me  resignaba a       esperar las palabras que me vendrían de aquel mundo, casi mudo, de       espaldas a mí y deslizándose con el esfuerzo de mis manos  doloridas. <span id="more-135"></span><br />
Una tarde, poco antes del       anochecer, tuve la sospecha de que el marido de la señora  Margarita       estaría enterrado en la isla. Por eso ella me hacía dar vueltas  por       allí y me llamaba en la noche —si había luna— para dar vueltas de       nuevo. Sin embargo el marido no podía estar en aquella isla;  Alcides, —el       novio de la sobrina de la señora Margarita— me dijo que ella había       perdido al marido en un precipicio de Suiza. Y también recordé lo  que me       contó el botero la noche que llegué a la casa inundada. Él remaba       despacio mientras recorríamos «la avenida de agua», del ancho de  una       calle y bordeada de plátanos con borlitas. Entre otras cosas supe  que él       y un peón habían llenado de tierra la fuente del patio para que  después       fuera una isla. Además yo pensaba que los movimientos de la cabeza  de la       señora Margarita —en las tardes que su mirada iba del libro a la  isla y       de la isla al libro— no tenían relación con un muerto escondido  debajo       de las plantas. También es cierto que una vez que la vi de frente  tuve la       impresión de que los vidrios gruesos de sus lentes les enseñaban a  los       ojos a disimular y que la gran vidriera terminada en cúpula que  cubría       el patio y la pequeña isla, era como para encerrar el silencio en  que se       conserva a los muertos.<br />
Después recordé que       ella no había mandado hacer la vidriera. Y me gustaba saber que  aquella       casa, como un ser humano, había tenido que desempeñar diferentes       cometidos; primero fue casa de campo; después instituto  astronómico;       pero como el telescopio que habían pedido a Norteamérica lo  tiraron al       fondo del mar los alemanes, decidieron hacer, en aquel patio, un       invernáculo; y por último la señora Margarita la compró para       inundarla.<br />
Ahora, mientras dábamos       vuelta a la isla, yo envolvía a esta señora con sospechas que  nunca le       quedaban bien. Pero su cuerpo inmenso, rodeado de una simplicidad  desnuda,       me tentaba a imaginar sobre él un pasado tenebroso. Por la noche  parecía       más grande, el silencio lo cubría como un elefante dormido y a  veces       ella hacía una carraspera rara, como un suspiro ronco.<br />
Yo la había empezado a       querer, porque después del cambio brusco que me había hecho pasar  de la       miseria a esa opulencia, vivía en una tranquilidad generosa y ella  se       prestaba —como prestaría el lomo una elefanta blanca a un viajero—       para imaginar disparates entretenidos. Además, aunque ella no me       preguntaba nada sobre mi vida, en el instante de encontrarnos,  levantaba       las cejas como si se le fueran a volar, y sus ojos, detrás de tos       vidrios, parecían decir: «¿Qué pasa, hijo mío?».<br />
Por eso yo fui sintiendo       por ella una amistad equivocada; y si ahora dejo libre mi memoria  se me va       con esta primera señora Margarita; porque la segunda, la  verdadera, la       que conocí cuando ella me contó su historia, al fin de la  temporada,       tuvo una manera extraña de ser inaccesible. Pero ahora yo debo  esforzarme       en empezar esta historia por su verdadero principio, y no  detenerme       demasiado en las preferencias de los recuerdos.<br />
Alcides me encontró en       Buenos Aires en un día que yo estaba muy débil, me invitó a un       casamiento y me hizo comer de todo. En el momento de la ceremonia,  pensó       en conseguirme un empleo, y ahogado de risa, me habló de una       «atolondrada generosa» que podía ayudarme. Y al final me dijo que  ella       había mandado inundar una casa según el sistema de un arquitecto       sevillano que también inundó otra para un árabe que quería  desquitarse       de la sequía del desierto. Después Alcides fue con la novia a la  casa de       la señora Margarita, le habló mucho de mis libros y por último le  dijo       que yo era un «sonámbulo de confianza». Ella decidió contribuir,       enseguida, con dinero; y en el verano próximo, si yo sabía remar,  me       invitaría a la casa inundada. No sé por qué causa, Alcides no me       llevaba nunca; y después ella se enfermó. Ese verano fueron a la  casa       inundada antes que la señora Margarita se repusiera y pasaron los       primeros días en seco. Pero al darle entrada al agua me mandaron  llamar.       Yo tomé un ferrocarril que me llevó hasta una pequeña ciudad de la       provincia, y de allí a la casa fui en auto. Aquella región me  pareció       árida, pero al llegar la noche pensé que podía haber árboles       escondidos en la oscuridad. El chofer me dejó con las valijas en  un       pequeño atracadero donde empezaba el canal, «la avenida de agua», y       tocó la campana, colgada de un plátano; pero ya se había  desprendido de       la casa la luz pálida que traía el bote. Se veía una cúpula  iluminada       y al lado un monstruo oscuro tan alto como la cúpula. (Era el  tanque del       agua). Debajo de la luz venía un bote verdoso y un hombre de  blanco que       me empezó a hablar antes de llegar. Me conversó durante todo el  trayecto       (fue él quien me dijo lo de la fuente llena de tierra). De pronto  vi       apagarse la luz de la cúpula. En ese momento el botero me decía:  «Ella       no quiere que tiren papeles ni ensucien el piso de agua. Del  comedor al       dormitorio de la señora Margarita no hay puerta y una mañana en  que se       despertó temprano, vio venir nadando desde el comedor un pan que  se le       había caído a mi mujer. A la dueña le dio mucha rabia y le dijo  que se       fuera inmediatamente y que no había cosa más fea en la vida que  ver       nadar un pan».<br />
El frente de la casa       estaba cubierto de enredaderas. Llegamos a un zaguán ancho de luz       amarillenta y desde allí se veía un poco del gran patio de agua y  la       isla. El agua entraba en la habitación de la izquierda por debajo  de una       puerta cerrada. El botero ató la soga del bote a un gran sapo de  bronce       afirmado en la vereda de la derecha y por allí fuimos con las  valijas       hasta una escalera de cemento armado. En el primer piso había un  corredor       con vidrieras que se perdían entre el humo de una gran cocina, de  donde       salió una mujer gruesa con flores en el moño. Parecía española. Me       dijo que la señora, su ama, me recibiría al día siguiente; pero  que esa       noche me hablaría por teléfono.<br />
Los muebles de mi       habitación, grandes y oscuros, parecían sentirse incómodos entre       paredes blancas atacadas por la luz de una lámpara eléctrica sin       esmerilar y colgada desnuda, en el centro de la habitación. La  española       levantó mi valija y le sorprendió el peso. Le dije que eran  libros.       Entonces empezó a contarme el mal que le había hecho a su ama  «tanto       libro» y «hasta la habían dejado sorda, y no le gustaba que le       gritaran». Yo debo haber hecho algún gesto por la molestia de la  luz.<br />
—¿A usted también le       incómoda la luz? Igual que a ella.<br />
Fui a encender un       portátil; tenía pantalla verde y daría una sombra agradable. En el       instante de encenderla sonó el teléfono colocado detrás del  portátil,       y lo atendió la española. Decía muchos «sí» y las pequeñas flores       blancas acompañaban conmovidas los movimientos del moño. Después  ella       sujetaba las palabras que se asomaban a la boca can una silaba o  un       chistido. Y cuando colgó el tubo suspiró y salió de la habitación  en       silencio.<br />
Comí y bebí buen vino.       La española me hablaba pero yo, preocupado de cómo me iría en  aquella       casa, apenas le contestaba moviendo la cabeza como un mueble en un  piso       flojo. En el instante de retirar el pocillo de café de entre la  luz llena       de humo de mi cigarrillo, me volvió a decir que la señora me  llamaría       por teléfono. Yo miraba el aparato esperando continuamente el  timbre,       pero sonó en un instante en que no lo esperaba. La señora  Margarita me       preguntó por mi viaje y mi cansancio con voz agradable y tenue. Yo  le       respondía con fuerza separando las palabras.<br />
—Hable naturalmente —me       dijo—; ya le explicaré por qué le he dicho a María (la española)  que       estoy sorda. Quisiera que usted estuviera tranquilo en esta casa;  es mi       invitado; sólo le pediré que reme en mi bote y que soporte algo  que       tengo que decirle. Por mi parte haré una contribución mensual a  sus       ahorros y trataré de serle útil. He leído sus cuentos a medida que  se       publicaban. No he querido hablar de ellos con Alcides por temor a       disentir, soy susceptible; pero ya hablaremos&#8230;<br />
Yo estaba absolutamente       conquistado. Hasta le dije que al día siguiente me llamara a las  seis.       Esa primera noche, en la casa inundada, estaba intrigado con lo  que la       señora Margarita tendría que decirme, me vino una tensión extraña y  no       podía hundirme en el sueño. No sé cuándo me dormí. A las seis de  la       mañana, un pequeño golpe de timbre, como la picadura de un  insecto, me       hizo saltar en la cama. Esperé, inmóvil, que aquello se repitiera.  Así       fue. Levanté el tubo del teléfono.<br />
—¿Está despierto?<br />
—Es verdad.<br />
Después de combinar la       hora de vernos me dijo que podía bajar en pijama y que ella me  esperaría       al pie de la escalera. En aquel instante me sentí como el empleado  al que       le dieran un momento libre.<br />
En la noche anterior, la       oscuridad me había parecido casi toda hecha de árboles; y ahora,  al       abrir la ventana, pensé que ellos se habrían ido al amanecer. Sólo       había una llanura inmensa con un aire claro; y los únicos árboles  eran       los plátanos del canal. Un poco de viento les hacía mover el  brillo de       las hojas; al mismo tiempo se asomaban a la &#8220;avenida de agua&#8221;       tocándose disimuladamente las copas. Tal vez allí podría empezar a       vivir de nuevo con una alegría perezosa. Cerré la ventana con  cuidado,       como si guardara el paisaje nuevo para mirarlo más tarde.<br />
Vi, al fondo del       corredor, la puerta abierta de la cocina y fui a pedir agua  caliente para       afeitarme en el momento que María le servía café a un hombre joven  que       dio los «buenos días» con humildad; era el hombre del agua y  hablaba de       los motores. La española, con una sonrisa, me tomó de un brazo y  me dijo       que me llevaría todo a mi pieza. Al volver, por el corredor, vi al  pie de       la escalera —alta y empinada— a la señora Margarita. Era muy  gruesa y       su cuerpo sobresalía de un pequeño bote como un pie gordo de un  zapato       escotado. Tenía la cabeza baja porque leía unos papeles, y su  trenza,       alrededor de la cabeza, daba la idea de una corona dorada. Esto lo  iba       recordando después de una rápida mirada, pues temí que me  descubriera       observándola. Desde ese instante hasta el momento de encontrarla  estuve       nervioso. Apenas puse los pies en la escalera empezó a mirar sin  disimulo       y yo descendía con la dificultad de un líquido espeso por un  embudo       estrecho. Me alcanzó una mano mucho antes que yo llegara abajo. Y  me       dijo:<br />
—Usted no es como yo me       lo imaginaba&#8230; siempre me pasa eso&#8230; Me costará mucho acomodar  sus       cuentos a su cara.<br />
Yo, sin poder sonreír,       hacía movimientos afirmativos como un caballo al que le molestara  el       freno. Y le contesté:<br />
—Tengo mucha curiosidad       de conocerla y de saber qué pasará.<br />
Por fin encontré su       mano. Ella no me soltó hasta que pasé al asiento de los remos, de       espaldas a la proa. La señora Margarita se removía con la  respiración       entrecortada, mientras se sentaba en el sillón que tenía el  respaldo       hacia mí. Me decía que estudiaba un presupuesto para un asilo de  madres       y no podría hablarme por un rato. Yo remaba, ella manejaba el  timón, y       los dos mirábamos la estela que íbamos dejando. Por un instante  tuve la       idea de un gran error; yo no era botero y aquel peso era  monstruoso. Ella       seguía pensando en el asilo de madres sin tener en cuenta el  volumen de       su cuerpo y la pequeñez de mis manos. En la angustia del esfuerzo  me       encontré con los ojos casi pegados al respaldo de su sillón; y el  barniz       oscuro y la esterilla llena de agujeritos, como los de un panal,  me       hicieron acordar de una peluquería a la que me llevaba mi abuelo  cuando       yo tenía seis años. Pero estos agujeros estaban llenos de bata  blanca y       de la gordura de la señora Margarita. Ella me dijo:<br />
—No se apure; se va a       cansar en seguida.<br />
Yo aflojé los remos de       golpe, caí como en un vació dichoso y me sentí por primera vez       deslizándome con ella en el silencio del agua. Después tuve cierta       conciencia de haber empezado a remar de nuevo. Pero debe haber  pasado       largo tiempo. Tal vez me haya despertado el cansancio. Al rato  ella me       hizo señas con una mano, como cuando se dice adiós, pero era para  que me       detuviera en el sapo más próximo. En toda la vereda que rodeaba al  lago,       había esparcidos sapos de bronce para atar el bote. Con gran  trabajo y       palabras que no entendí, ella sacó el cuerpo del sillón y lo puso  de       pie en la vereda. De pronto nos quedamos inmóviles, y fue entonces  cuando       hizo por primera vez la carraspera rara, como si arrastrara algo,  en la       garganta, que no quisiera tragar y que al final era un suspiro  ronco. Yo       miraba el sapo al que habíamos amarrado el bote pero veía también  los       pies de ella, tan fijos como los otros dos sapos. Todo hacía  pensar que       la señora Margarita hablaría. Pero también podía ocurrir que  volviera       a hacer la carraspera rara. Si la hacía o empezaba a conversar yo       soltaría el aire que retenía en los pulmones para no perder las  primeras       palabras. Después la espera se fue haciendo larga y yo dejaba  escapar la       respiración como si fuera abriendo la puerta de un cuarto donde  alguien       duerme. No sabía si esa espera quería decir que yo debía mirarla;  pero       decidí quedarme inmóvil todo el tiempo que fuera necesario. Me  encontré       de nuevo con el sapo y los pies, y puse mi atención en ellos sin  mirar       directamente. La parte aprisionada en los zapatos era pequeña;  pero       después se desbordaba la gran garganta blanca y la pierna rolliza y       blanda con ternura de bebé que ignora sus formas; y la idea de  inmensidad       que había encima de aquellos pies era como el sueño fantástico de  un       niño. Pasé demasiado tiempo esperando la carraspera; y no sé en  qué       pensamientos andaría cuando oí sus primeras palabras. Entonces  tuve la       idea de que un inmenso jarrón se había ido llenando  silenciosamente y       ahora dejaba caer el agua con pequeños ruidos intermitentes.<br />
—Yo le prometí hablar,       pero hoy no puedo&#8230; tengo un mundo de cosas en qué pensar&#8230;<br />
Cuando dijo «mundo»,       yo, sin mirarla, me imaginé las curvas de su cuerpo. Ella siguió:<br />
—Además usted no tiene       culpa, pero me molesta que sea tan diferente.<br />
Sus ojos se achicaron y       en su cara se abrió una sonrisa inesperada; el labio superior se  recogió       hacia los lados como algunas cortinas de los teatros y se  adelantaron,       bien alineados, grandes dientes brillantes.<br />
—Yo, sin embargo, me       alegro que usted sea como es.<br />
Esto lo debo haber dicho       con una sonrisa provocativa, porque pensé en mí mismo como en un       sinvergüenza de otra época con una pluma en el gorro. Entonces  empecé a       buscar sus ojos verdes detrás de los lentes. Pero en el fondo de  aquellos       lagos de vidrio, tan pequeños y de ondas tan fijas, los párpados  se       habían cerrado y abultaban avergonzados. Los labios empezaron a  cubrir       los dientes de nuevo y toda la cara se fue llenando de un color  rojizo que       ya había visto antes en faroles chinos. Hubo un silencio como de  mal       entendido y uno de sus pies tropezó con un sapo al tratar de subir  al       bote. Yo hubiera querido volver unos instantes hacia atrás y que  todo       hubiera sido distinto. Las palabras que yo había dicho mostraban  un fondo       de insinuación grosera que me llenaba de amargura. La distancia  que       había de la isla a las vidrieras se volvía un espacio ofendido y  las       cosas se miraban entre ellas como para rechazarme. Eso era una  pena,       porque yo las había empezado a querer. Pero de pronto la señora       Margarita dijo:<br />
—Deténgase en la       escalera y vaya a su cuarto. Creo que luego tendré muchas ganas de       conversar con usted.<br />
Entonces yo miré unos       reflejos que había en el lago y sin ver las plantas me di cuenta  de que       me eran favorables; y subí contento aquella escalera casi blanca,  de       cemento armado, como un chiquilín que trepara por las vértebras de  un       animal prehistórico.<br />
Me puse a arreglar       seriamente mis libros entre el olor a madera nueva del ropero y  sonó el       teléfono:<br />
—Por favor, baje un       rato más; daremos unas vueltas en silencio y cuando yo le haga una  seña       usted se detendrá al pie de la escalera, volverá a su habitación y  yo       no lo molestaré más hasta que pasen dos días.<br />
Todo ocurrió como ella       lo había previsto, aunque en un instante en que rodeamos la isla  de cerca       y ella miró las plantas parecía que iba a hablar.<br />
Entonces, empezaron a       repetirse unos días imprecisos de espera y de pereza, de  aburrimiento a       la luz de la luna y de variedad de sospechas con el marido de ella  bajo       las plantas. Yo sabía que tenía gran dificultad en comprender a  los       demás y trataba de pensar en la señora Margarita un poco como  Alcides y       otro poco como María; pero también sabía que iba a tener pereza de       seguir desconfiando. Entonces me entregué a la manera de mi  egoísmo;       cuando estaba con ella esperaba, con buena voluntad y hasta con  pereza       cariñosa, que ella me dijera lo que se le antojara y entrara  cómodamente       en mi comprensión. O si no, podía ocurrir, que mientras yo vivía  cerca       de ella, con un descuido encantado, esa comprensión se formara  despacio,       en mí, y rodeara toda su persona. Y cuando estuviera en mi pieza,       entregado a mis lecturas, miraría también la llanura, sin  acordarme de       la señora Margarita. Y desde allí, sin ninguna malicia, robaría  para       mí la visión del lugar y me la llevaría conmigo al terminar el  verano.<br />
Pero ocurrieron otras       cosas.<br />
Una mañana el hombre del       agua tenía un plano azul sobre la mesa. Sus ojos y sus dedos  seguían las       curvas que representaban los caños del agua incrustados sobre las  paredes       y debajo de los pisos como gusanos que las hubieran carcomido. Él  no me       había visto, a pesar de que sus pelos revueltos parecían  desconfiados y       apuntaban en todas direcciones. Por fin levantó los ojos. Tardó en       cambiar la idea de que me miraba a mí en vez de lo que había en  los       planos y después empezó a explicarme cómo las máquinas, por medio  de       los caños, absorbían y vomitaban el agua de la casa para producir  una       tormenta artificial. Yo no había presenciado ninguna de las  tormentas;       sólo había visto las sombras de algunas planchas de hierro que       resultaron ser bocas que se abrían y cerraban alternativamente,  unas       tragando y otras echando agua. Me costaba comprender la  combinación de       algunas válvulas; y el hombre quiso explicarme todo de nuevo. Pero  entró       María.<br />
—Ya sabes tú que no       debes tener a la vista esos caños retorcidos. A ella le parecen       intestino&#8230; y puede llegarse hasta aquí, como el año pasado&#8230; —Y       dirigiéndose a mí—: Por favor, usted oiga, señor, y cierre el  pico.       Sabrá que esta noche tendremos &#8220;velorio&#8221;. Sí, ella pone velas       en unas budineras que deja flotando alrededor de la cama y se hace  la       ilusión de que es su propio «velorio». Y después hace andar el  agua       para que la corriente se lleve las budineras.<br />
Al anochecer oí los       pasos de María, el gong para hacer marchar el agua y el ruido de  los       motores. Pero ya estaba aburrido y no quería asombrarme de nada.<br />
Otra noche en que yo       había comido y bebido demasiado, el estar remando siempre detrás  de ella       me parecía un sueño disparatado; tenía que estar escondido detrás  de       la montaña, que al mismo tiempo se deslizaba con el silencio que  suponía       en los cuerpos celestes; y con todo me gustaba pensar que «la  montaña»       se movía porque yo la llevaba en el bote. Después ella quiso que  nos       quedáramos quietos y pegados a la isla. Ese día habían puesto unas       plantas que se asomaban como sombrillas inclinadas y ahora no nos  dejaban       llegar la luz que la luna hacía pasar por entre los vidrios. Yo       transpiraba por el calor, y las plantas se nos echaban encima.  Quise       meterme en el agua, pero como la señora Margarita se daría cuenta  de que       el bote perdía peso, dejé esa idea. La cabeza se me entretenía en       pensar cosas por su cuenta: «El nombre de ella es como su cuerpo;  las dos       primera silabas se parecen a toda esa carga de gordura y las dos  últimas       a su cabeza y sus facciones pequeñas». Parece mentira, la noche es  tan       inmensa, en el campo, y nosotros aquí, dos personas mayores, tan  cerca y       pensando quién sabe qué estupideces diferentes. Deben ser las dos  de la       madrugada&#8230; y estamos inútilmente despiertos, agobiados por estas       ramas&#8230; Pero qué firme es la soledad de esta mujer&#8230;<br />
Y de pronto, no sé en       qué momento, salió de entre las ramas un rugido que me hizo  temblar.       Tardé en comprender que era la carraspera de ella y unas pocas  palabras:<br />
—No me haga ninguna       pregunta&#8230;<br />
Aquí se detuvo. Yo me       ahogaba y me venían cerca de la boca palabras que parecían de un  antiguo       compañero de orquesta que tocaba el bandoneón: «¿quién te hace       ninguna pregunta? &#8230; Mejor me dejaras ir a dormir&#8230;»<br />
Y ella terminó de decir:<br />
—&#8230; hasta que yo le       haya contado todo.<br />
Por fin aparecerían las       palabras prometidas —ahora que yo no las esperaba—. El silencio  nos       apretaba debajo de las ramas pero no me animaba a llevar el bote  más       adelante. Tuve tiempo de pensar en la señora Margarita con  palabras que       oía dentro de mí y como ahogadas en una almohada. «Pobre, me decía  a       mí mismo, debe tener necesidad de comunicarse con alguien. Y  estando       triste le será difícil manejar ese cuerpo&#8230;»<br />
Después que ella empezó       a hablar, me pareció que su voz también sonaba dentro de mí como  si yo       pronunciara sus palabras. Tal vez por eso ahora confundo lo que  ella me       dijo con lo que yo pensaba. Además me será difícil juntar todas  sus       palabras y no tendré más remedio que poner aquí muchas de las  mías.<br />
«Hace cuatro años, al       salir de Suiza, el ruido del ferrocarril me era insoportable.  Entonces me       detuve en una pequeña ciudad de Italia&#8230;».<br />
Parecía que iba a decir       con quién, pero se detuvo. Pasó mucho rato y creí que esa noche no       diría más nada. Su voz se había arrastrado con intermitencias y  hacía       pensar en la huella de un animal herido. En el silencio, que  parecía       llenarse de todas aquellas ramas enmarañadas, se me ocurrió  repasar lo       que acababa de oír. Después pensé que yo me había quedado,       indebidamente, con la angustia de su voz en la memoria, para  llevarla       después a mi soledad y acariciarla. Pero en seguida, como si  alguien me       obligara a soltar esa idea, se deslizaron otras. Debe haber sido  con el       que estuvo antes en la pequeña ciudad de Italia. Y después de  perderlo,       en Suiza, es posible que haya salido de allí sin saber que todavía  le       quedaba un poco de esperanza (Alcides me había dicho que no  encontraron       los restos) y al alejarse de aquel lugar, el ruido del ferrocarril  la debe       haber enloquecido. Entonces, sin querer alejarse demasiado,  decidió       bajarse en la pequeña ciudad de Italia, peor en ese otro lugar se  ha       encontrado, sin duda, con recuerdos que le produjeron  desesperaciones       nuevas. Ahora ella no podrá decirme todo esto, por pudor, o tal  vez por       creer que Alcides me ha contado todo. Pero él no me dijo que ella  está       así por la pérdida de su marido, sino simplemente: «Margarita fue       trastornada toda su vida», y María atribuía la rareza de su ama a       «tanto libro». Tal vez ellos se hayan confundido porque la señora       Margarita no les habló de su pena. Y yo mismo, si no hubiera  sabido algo       por Alcides, no habría comprendido nada de su historia, ya que la  señora       Margarita nunca me dijo ni una palabra de su marido.<br />
Yo seguí con muchas       ideas como éstas, y cuando las palabras de ella volvieron, la  señora       Margarita parecía instalada en una habitación del primer piso de  un       hotel, en la pequeña ciudad de Italia, a la que había llegado por  la       noche. Al rato de estar acostada, se levantó porque oyó ruidos, y  fue       hacia una ventana de un corredor que daba al patio. Allí había  reflejos       de luna y de otras luces. Y de pronto, como si se hubiera  encontrado con       una cara que le había estado acechando, vio una fuente de agua. Al       principio no podía saber si el agua era una mirada falsa en la  cara       oscura de la fuente de piedra; pero después el agua le pareció  inocente;       y al ir a la cama la llevaba en los ojos y caminaba con cuidado  para no       agitarla. A la noche siguiente no hubo ruido pero igual se  levantó. Esta       vez el agua era poca, sucia y al ir a la cama, como en la noche  anterior,       le volvió a parecer que el agua la observaba, ahora era por entre  hojas       que no alcanzaban a nadar. La señora Margarita la siguió mirando,  dentro       de sus propios ojos y las miradas de los dos se había detenido en  una       misma contemplación. Tal vez por eso, cuando la señora Margarita  estaba       por dormirse, tuvo un presentimiento que no sabía si le venía de  su alma       o del fondo del agua. Pero sintió que alguien quería comunicarse  con       ella, que había dejado un aviso en el agua y por eso el agua  insistía en       mirar y en que la miraran. Entonces la señora Margarita bajó de la  cama       y anduvo vagando, descalza y asombrada, por su pieza y el  corredor; pero       ahora, la luz y todo era distinto, como si alguien hubiera mandado  cubrir       el espacio donde ella caminaba con otro aire y otro sentido de las  cosas.       Esta vez ella no se animó a mirar el agua; y al volver a su cama  sintió       caer en su camisón, lágrimas verdaderas y esperadas desde hacía  mucho       tiempo.<br />
A la mañana siguiente,       al ver el agua distraída, entre mujeres que hablaban en voz alta,  tuvo       miedo de haber sido engañada por el silencio de la noche y pensó  que el       agua no le daría ningún aviso ni la comunicaría con nadie. Pero       escuchó con atención lo que decían las mujeres y se dio cuenta de  que       ellas empleaban sus voces en palabras tontas, que el agua no tenía  culpa       de que las echaran encima como si fueran papeles sucios y que no  se       dejaría engañar por la luz del día. Sin embargo, salió a caminar,  vio       un pobre viejo con una regadera en la mano y cuando él la inclinó       apareció una vaporosa pollera de agua, haciendo murmullos como si  fuera       movida por pasos. Entonces, conmovida, pensó: «No, no debo  abandonar el       agua; por algo ella insiste como una niña que no puede  explicarse». Esa       noche no fue a la fuente porque tenía un gran dolor de cabeza y  decidió       tomar una pastilla para aliviarse. Y en el momento de ver el agua  entre el       vidrio del vaso y la poca luz de la penumbra, se imaginó que la  misma       agua se había ingeniado para acercarse y poner un secreto en los  labios       que iban a beber. Entonces la señora Margarita se dijo: «No, esto  es muy       serio; alguien prefiere la noche para traer el agua a mi alma».<br />
Al amanecer fue a ver a       solas el agua de la fuente para observar minuciosamente lo que  había       entre el agua y ella. Apenas puso sus ojos sobre el agua se dio  cuenta que       por su mirada descendía un pensamiento. Aquí la señora Margarita  dijo       estas mismas palabras: «un pensamiento que ahora no importa  nombrar» y,       después de una larga carraspera, «un pensamiento confuso y como  deshecho       de tanto estrujarlo. Se empezó a hundir, lentamente y lo dejé  reposar.       De él nacieron reflexiones que mis miradas extrajeron del agua y  me       llenaron los ojos y el alma. Entonces supe, por primera vez, que  hay que       cultivar los recuerdos en el agua, que el agua elabora lo que en  ella se       refleja y que recibe el pensamiento. En caso de desesperación no  hay que       entregar el cuerpo al agua; hay que entregar a ella el  pensamiento; ella       lo penetra y él nos cambia el sentido de la vida». Fueron éstas,       aproximadamente, sus palabras.<br />
Después se vistió,       salió a caminar, vio de lejos un arroyo, y en el primer momento no  se       acordó que por los arroyos corría agua —algo del mundo con quien  sólo       ella podía comunicarse. Al llegar a la orilla, dejó su mirada en  la       corriente, y en seguida tuvo la idea, sin embargo, de que esta  agua no se       dirigía a ella; y que además ésta podía llevarle los recuerdos  para un       lugar lejano, gastárselos. Sus ojos la obligaron a atender a una  hoja       recién caída de un árbol; anduvo un instante en la superficie y en  el       momento de hundirse la señora Margarita oyó pasos sordos, con       palpitaciones. Tuvo una angustia de presentimientos imprecisos y  la cabeza       se le oscureció. Los pasos eran de un caballo que se acercó con  una       confianza un poco aburrida y hundió los belfos en la corriente;  sus       dientes parecían agrandados a través de un vidrio que se moviera, y       cuando levantó la cabeza el agua chorreaba por los pelos de sus  belfos       sin perder ninguna dignidad. Entonces pensó en los caballos que  bebían       el agua del país de ella, y en lo distinta que sería el agua allá.<br />
Esa noche, en el comedor       del hotel, la señora Margarita se fijaba a cada momento en una de  las       mujeres que había hablado a gritos cerca de la fuente. Mientras el  marido       la miraba, embobado, la mujer tenía una sonrisa irónica, y cuando  se fue       a llevar una copa a los labios, la señora pensó: «En qué bocas  anda el       agua». En seguida se sintió mal, fue a su pieza y tuvo una crisis  de       lágrimas. Después se durmió pesadamente y a las dos de la  madrugada se       despertó agitada y con el recuerdo del arroyo llenándole el alma.       Entonces tuvo ideas en favor del arroyo: «Esa agua corre como una       esperanza desinteresada y nadie puede con ella. Si el agua que  corre es       poca, cualquier pozo puede prepararle una trampa y encerrarla:  entonces       ella se entristece, se llena de un silencio sucio, y ese pozo es  como la       cabeza de un loco. Yo debo tener esperanzas como de paso,  vertiginoso, si       es posible, y no pensar demasiado en que se cumplan; ese debe ser,       también, el sentido del agua, su inclinación instintiva. Yo debo  estar       con mis pensamientos y mis recuerdos como en un agua que corre con  gran       caudal&#8230;»<br />
Esta marea de       pensamientos creció rápidamente y la señora Margarita se levantó  de la       cama, preparó las valijas y empezó a pasearse por su cuarto y el       corredor sin querer mirar el agua de la fuente. Entonces pensaba:  «El       agua es igual en todas partes y yo debo cultivar mis recuerdos en       cualquier agua del mundo». Pasó un tiempo angustioso antes de  estar       instalada en el ferrocarril. Pero después el ruido de las ruedas  la       deprimió y sintió pena por el agua que había dejado en la fuente  del       hotel; recordó la noche en que estaba sucia y llena de hojas, como  una       niña pobre, pidiéndole una limosna y ofreciéndole algo; pero si no       había cumplido la promesa de una esperanza o un aviso, era por  alguna       picardía natural de la inocencia. Después la señora Margarita se  puso       una toalla en la cara, lloró y eso le hizo bien. Pero no podía  abandonar       sus pensamientos de agua quieta: «Yo debo preferir, seguía  pensando, el       agua que esté detenida en la noche para que el silencio se eche       lentamente sobre ella y todo se llene de sueño y de plantas  enmarañadas.       Eso es más parecido al agua que llevo en mí, si cierro los ojos  siento       como si las manos de una ciega tantearan la superficie de su  propia agua y       recordara borrosamente, un agua entre plantas que vio en la niñez,  cuando       aún le quedara un poco de vista».<br />
Aquí se detuvo un rato,       hasta que yo tuve conciencia de haber vuelto a la noche en que  estábamos       bajo las ramas; pero no sabía bien si esos últimos pensamientos la       señora Margarita los había tenido en el ferrocarril, o se le había       ocurrido ahora, bajo estas ramas. Después me hizo señas para que  fuera       al pie de la escalera.<br />
Esa noche no encendí la       luz de mi cuarto, y al tantear los muebles tuve el recuerdo de  otra noche       en que me había emborrachado ligeramente con una bebida que tomaba  por       primera vez. Ahora tardé en desvestirme. Después me encontré con  los       ojos fijos en el tul del mosquitero y me vinieron de nuevo las  palabras       que se habían desprendido del cuerpo de la señora Margarita.<br />
En el mismo instante del       relato no sólo me di cuenta que ella pertenecía al marido, sino  que yo       había pensado demasiado en ella; y a veces de una manera culpable.       Entonces parecía que fuera yo el que escondía los pensamientos  entre las       plantas. Pero desde el momento en que la señora Margarita empezó a       hablar sentí una angustia como si su cuerpo se hundiera en un agua  que me       arrastrara a mí también; mis pensamientos culpables aparecieron de  una       manera fugaz y con la idea de que no había tiempo ni valía la pena       pensar en ellos; y a medida que el relato avanzaba el agua se iba       presentando como el espíritu de una religión que nos sorprendiera  en       formas diferentes, y los pecados, en esa agua, tenían otro sentido  y no       importaba tanto su significado. El sentimiento de una religión del  agua       era cada vez más fuerte. Aunque la señora Margarita y yo éramos  los       únicos fieles de carne y hueso, los recuerdos de agua que yo  recibía en       mi propia vida, en las intermitencias del relato, también me  parecían       fieles de esa religión; llegaban con lentitud, como si hubieran       emprendido el viaje desde hacía mucho tiempo y apenas cometido un  gran       pecado.<br />
De pronto me di cuenta       que de mi propia alma me nacía otra nueva y que yo seguiría a la  señora       Margarita no sólo en el agua, sino también en la idea de su  marido. Y       cuando ella terminó de hablar y yo subía la escalera de cemento  armado,       pensé que en los días que caía agua del cielo había reuniones de       fieles.<br />
Pero, después de       acostado bajo aquel tul, empecé a rodear de otra manera el relato  de la       señora Margarita; fui cayendo con una sorpresa lenta, en mi alma  de       antes, y pensando que yo también tenía mi angustia propia; que  aquel tul       en que hoy había dejado prendidos los ojos abiertos, estaba  colgado       encima de un pantano y que de allí se levantaban otros fieles, los  míos       propios, y me reclamaban otras cosas. Ahora recordaba mis  pensamientos       culpables con bastantes detalles y cargados, con un sentido que yo       conocía bien. Habían empezado en una de las primeras tardes,  cuando       sospechaba que la señora Margarita me atraería como una gran ola;  no me       dejaría hacer pie y mi pereza me quitaría fuerzas para defenderme.       Entonces tuve una reacción y quise irme de aquella casa; pero eso  fue       como si al despertar, hiciera un movimiento con la intención de       levantarme y sin darme cuenta me acomodara para seguir durmiendo.  Otra       tarde quise imaginarme —ya lo había hecho con otras mujeres— cómo       sería yo casado con ésta. Y por fin había decidido, cobardemente,  que       si su soledad me inspirara lástima y yo me casara con ella, mis  amigos       dirían que lo había hecho por dinero; y mis antiguas novias se  reirían       de mí al descubrirme caminando por veredas estrechas detrás de una  mujer       gruesísima que resultaba ser mi mujer. (Ya había tenido que andar       detrás de ella, por la vereda angosta que rodeaba al lago, en las  noches       que ella quería caminar).<br />
Ahora a mí no me       importaba lo que dijeran los amigos ni las burlas de las novias de  antes.       Esta señora Margarita me atraía con una fuerza que parecía ejercer  a       gran distancia, como si yo fuera un satélite, y al mismo tiempo  que se me       aparecía lejana y ajena, estaba llena de una sublimidad extraña.  Pero       mis fieles me reclamaban a la primera señora Margarita, aquella       desconocida más sencilla, sin marido, y en la que mi imaginación  podía       intervenir más libremente. Y debo haber pensado muchas cosas más  antes       que el sueño me hiciera desaparecer el tul.<br />
A la mañana siguiente,       la señora Margarita me dijo, por teléfono: «Le ruego que vaya a  Buenos       Aires por unos días; haré limpiar la casa y no quiero que usted me  vea       sin el agua». Después me indicó el hotel donde debía ir. Allí       recibiría el aviso para volver.<br />
La invitación a salir de       su casa hizo disparar en mí un resorte celoso y en el momento de  irme me       di cuenta de que a pesar de mi excitación llevaba conmigo un  envoltorio       pesado de tristeza y que apenas me tranquilizara tendría la  necesidad       estúpida de desenvolverlo y revisarlo cuidadosamente. Eso ocurrió  al       poco rato, y cuando tomé el ferrocarril tenía tan pocas esperanzas  de       que la señora Margarita me quisiera, como serían las de ella  cuando       tomó aquel ferrocarril sin saber si su marido aún vivía. Ahora  eran       otros tiempos y otros ferrocarriles; pero mi deseo de tener algo  común       con ella me hacía pensar: «Los dos hemos tenido angustias entre  ruidos       de ruedas de ferrocarriles». Pero esta coincidencia era tan pobre  como la       de haber acertado sólo una cifra de las que tuviera un billete  premiado.       Yo no tenía la virtud de la señora Margarita de encontrar un agua       milagrosa, ni buscaría consuelo en ninguna religión. La noche  anterior       había traicionado a mis propios fieles, porque aunque ellos  querían       llevarme con la primera señora Margarita, yo tenía, también, en el       fondo de mi pantano, otros fieles que miraban fijamente a esta  señora       como bichos encantados por la luna. Mi tristeza era perezosa, pero  vivía       en mi imaginación con orgullo de poeta incomprendido. Yo era un  lugar       provisorio donde se encontraban todos mis antepasados un momento  antes de       llegar a mis hijos; pero mis abuelos aunque eran distintos y con  grandes       enemistades, no querían pelear mientras pasaban por mi vida:  preferían       el descanso, entregarse a la pereza y desencontrarse como  sonámbulos       caminando por sueños diferentes. Yo trataba de no provocarlos,  pero si       eso llegaba a ocurrir preferiría que la lucha fuera corta y se       exterminaran de un golpe.<br />
En Buenos Aires me       costaba hallar rincones tranquilos donde Alcides no me encontrara.  (A él       le gustaría que le contara cosas de la señora Margarita para  ampliar su       mala manera de pensar en ella). Además yo ya estaba bastante  confundido       con mis dos señoras Margarita y vacilaba entre ellas como si no  supiera a       cuál, de dos hermanas, debía preferir o traicionar; ni tampoco las       podía fundir, para amarlas al mismo tiempo. A menudo me fastidiaba  que la       última señora Margarita me obligara a pensar en ella de una manera  tan       pura, y tuve la idea de que debía seguirla en todas sus locuras  para que       ella me confundiera entre los recuerdos del marido, y yo, después,       pudiera sustituirlo.<br />
Recibí la orden de       volver en un día de viento y me lancé a viajar con una  precipitación       salvaje. Pero ese día, el viento parecía traer oculta la misión de       soplar contra el tiempo y nadie se daba cuenta de que los seres  humanos,       los ferrocarriles y todo se movía con una lentitud angustiosa.  Soporté       el viaje con una paciencia inmensa y al llegar a la casa inundada  fue       María la que vino a recibirme al embarcadero. No me dejó remar y  me dijo       que el mismo día que yo me fui, antes de retirarse el agua,  ocurrieron       dos accidentes. Primero llegó Filomena, la mujer del botero, a  pedir que       la señora Margarita la volviera a tomar. No la había despedido  sólo por       haber dejado nadar aquel pan, sino porque la encontraron  seduciendo a       Alcides una vez que él estuvo allí en los primeros días. La señora       Margarita, sin decirle una palabra, la empujó, y Filomena cayó al  agua;       cuando se iba, llorando y chorreando agua, el marido la acompañó y  no       volvieron más. Un poco más tarde, cuando la señora Margarita  acercó,       tirando de un cordón, el tocador de su cama (allí los muebles  flotaban       sobre gomas infladas, como las que los niños llevan a las playas),  volcó       una botella de aguardiente sobre un calentador que usaba para unos  afeites       y se incendió el tocador. Ella pidió agua por teléfono, «como si  allí       no hubiera bastante o no fuera la misma que hay en toda la casa»,  decía       María.<br />
La mañana que siguió a       mi vuelta era radiante y habían puesto plantas nuevas; pero sentí  celos       de pensar que allí había algo diferente a lo de antes; la señora       Margarita y yo no encontraríamos las palabras y los pensamientos  como los       habíamos dejado, debajo de las ramas.<br />
Ella volvió a su       historia después de algunos días. Esa noche, como ya había  ocurrido       otras veces, pusieron una pasarela para cruzar el agua del zaguán.  Cuando       llegué al pie de la escalera la señora Margarita me hizo señas  para que       me detuviera; y después para que caminara detrás de ella. Dimos  una       vuelta por toda la vereda estrecha que rodeaba al lago y ella  empezó a       decirme que al salir de aquella ciudad de Italia pensó que el agua  era       igual en todas partes del mundo. Pero no fue así, y muchas veces  tuvo que       cerrar los ojos y ponerse los dedos en los oídos para encontrarse  con su       propia agua. Después de haberse detenido en España, donde un  arquitecto       le vendió los planos para una casa inundada —ella no me dio  detalles—       tomó un barco demasiado lleno de gente y al dejar de ver tierra se  dio       cuenta que el agua del océano no le pertenecía, que en ese abismo  se       ocultaban demasiados seres desconocidos.<br />
Después me dijo que       algunas personas, en el barco, hablaban de naufragios y cuando  miraban la       inmensidad del agua, parecía que escondían miedo; pero no en una       bañera, y de entregarse a ella con el cuerpo desnudo. También les       gustaba ir al fondo del barco y ver las calderas, con el agua  encerrada y       enfurecida por la tortura del fuego. En los días que el mar estaba       agitado la señora Margarita se acostaba en su camarote, y hacía  andar       sus ojos por hileras de letras, en diarios y revistas, como si  siguieran       caminos de hormigas. O miraba un poco el agua que se movía entre  un       botellón de cuello angosto. Aquí detuvo el relato y yo me di  cuenta que       ella se balanceaba como un barco. A menudo nuestros pasos no  coincidían,       echábamos el cuerpo para lados diferentes y a mí me costaba  atrapar sus       palabras, que parecían llevadas por ráfagas desencontradas.  También       detuvo sus pasos antes de subir a la pasarela, como si en ese  momento       tuviera miedo de pasar por ella; entonces me pidió que fuera a  buscar el       bote. Anduvimos mucho rato antes que apareciera el suspiro ronco y  nuevas       palabras. Por fin me dijo que en el barco había tenido un instante  para       su alma. Fue cuando estaba apoyada en una baranda, mirando la  calma del       mar, como a una inmensa piel que apenas dejara entrever  movimientos de       músculos. La señora Margarita imaginaba locuras como las que  vienen en       los sueños: suponía que ella podía caminar por la superficie del  agua;       pero tenía miedo que surgiera una marsopa que la hiciera tropezar;  y       entonces, esta vez, se hundiría, realmente. De pronto tuvo  conciencia que       desde hacía algunos instantes caía, sobre el agua del mar, agua  dulce       del cielo, muchas gotas llegaban hasta la madera de cubierta y se       precipitaban tan seguidas y amontonadas como si asaltaran el  barco.       Enseguida toda la cubierta era, sencillamente, un piso mojado. La  señora       Margarita volvió a mirar el mar, que recibía y se tragaba la  lluvia con       la naturalidad conque un animal se traga a otro. Ella tuvo un  sentimiento       confuso de lo que pasaba y de pronto su cuerpo se empezó a agitar  por una       risa que tardó en llegarle a la cara, como un temblor de tierra  provocado       por una causa desconocida. Parecía que buscara pensamientos que       justificaran su risa y por fin se dijo. «Esta agua parece una niña       equivocada; en vez de llover sobre la tierra llueve sobre otra  agua».       Después sintió ternura en lo dulce que sería para el mar recibir  la       lluvia; pero al irse para su camarote, moviendo su cuerpo inmenso,       recordó la visión del agua tragándose la otra y tuvo la idea de  que la       niña iba hacia su muerte. Entonces la ternura se le llenó de una       tristeza pesada, se acostó en seguida y cayó en el sueño de la  siesta.       Aquí la señora Margarita terminó el relato de esa noche y me  ordenó       que fuera a mi pieza.<br />
Al día siguiente recibí       su voz por teléfono y tuve la impresión de que me comunicaba con  una       conciencia de otro mundo. Me dijo que me invitaba para el  atardecer a una       sesión de homenaje al agua. Al atardecer yo oí el ruido de las       budineras, con las corridas de María, y confirmé mis temores:  tendría       que acompañarla en su «velorio». Ella me esperó al pie de la  escalera       cuando ya era casi de noche. Al entrar, de espaldas a la primera       habitación, me di cuenta de que había estado oyendo un ruido de  agua y       ahora era más intenso. En esa habitación vi un trinchante. (Las  ondas       del bote lo hicieron mover sobre sus gomas infladas, y sonaron un  poco las       copas y las cadenas con que estaba sujeto a la pared.) Al otro  lado de la       habitación había una especie de balsa, redonda, con una mesa en el       centro y sillas recostadas a una baranda: parecían un conciliábulo  de       mudos moviéndose apenas por el paso del bote. Sin querer mis remos       tropezaron con los marcos de las puertas que daban entrada al  dormitorio.       En ese instante comprendí que allí caía agua sobre agua. Alrededor  de       toda la pared —menos en el lugar en que estaban los muebles, el  gran       ropero, la cama y el tocador— había colgadas innumerables  regaderas de       todas formas y colores; recibían el agua de un gran recipiente de  vidrio       parecido a una pipa turca, suspendido del techo como una lámpara; y  de       él salían, curvados como guirnaldas, los delgados tubos de goma  que       alimentaban las regaderas.<br />
Entre aquel ruido de       gruta, atracamos junto a la cama; sus largas patas de vidrio la  hacían       sobresalir bastante del agua. La señora Margarita se quitó los  zapatos y       me dijo que yo hiciera lo mismo; subió a la cama, que era muy  grande, y       se dirigió a la pared de la cabecera, donde había un cuadro enorme  con       un chivo blanco de barba parado sobre sus patas traseras. Tomó el  marco,       abrió el cuadro como si fuera una puerta y apareció un cuarto de  baño.       Para entrar dio un paso sobre las almohadas, que le servían de  escalón,       y a los pocos instantes volvió trayendo dos budineras redondas con  velas       pegadas en el fondo. Me dijo que las fuera poniendo en el agua. Al  subir,       yo me caí en la cama; me levanté en seguida pero alcancé a sentir  el       perfume que había en las cobijas. Fui poniendo las budineras que  ella me       alcanzaba al costado de la cama, y de pronto ella me dijo: «Por  favor, no       las ponga así que parece un velorio» (entonces me di cuenta del  error de       María). Eran veintiocho. La señora se hincó en la cama y tomando  el       tubo del teléfono, que estaba en una de las mesas de luz, dio  orden de       que cortaran el agua de las regaderas. Se hizo un silencio  sepulcral y       nosotros empezamos a encender las velas echados de bruces a los  pies de la       cama y yo tenía cuidado de no molestar a la señora. Cuando  estábamos       por terminar, a ella se le cayó la caja de los fósforos en una  budinera,       entonces me dejó a mí solo y se levantó para ir a tocar el gong,  que       estaba en la otra mesa de luz. Allí había también una portátil y  era       lo único que alumbraba la habitación. Antes de tocar el gong se  detuvo,       dejó el palillo al lado de la portátil y fue a cerrar la puerta  que era       el cuadro del chivo. Después se sentó en la cabecera de la cama,  empezó       a arreglar las almohadas y me hizo señas para que yo tocara el  gong. A       mí me costó hacerlo; tuve que andar en cuatro pies por la orilla  de la       cama para no rozar sus piernas, que ocupaban tanto espacio. No sé  por       qué tenía miedo de caerme al agua —la profundidad era sólo de       cuarenta centímetros—. Después de hacer sonar el gong una vez,  ella me       indicó que bastaba. Al retirarme— andando hacia atrás porque no  había       espacio para dar vuelta—, vi la cabeza de la señora recostada a  los       pies del chivo, y la mirada fija, esperando. Las budineras,  también       inmóviles, parecían pequeñas barcas recostadas en un puerto antes  de la       tormenta. A los pocos momentos de marchar los motores el agua  empezó a       agitarse; entonces la señora Margarita, con gran esfuerzo, salió  de la       posición en que estaba y vino de nuevo a arrojarse de bruces a los  pies       de la cama. La corriente llegó hasta nosotros, hizo chocar las  budineras,       unas contra otras, y después de llegar a la pared del fondo volvió  con       violencia a llevarse las budineras, a toda velocidad. Se volcó una  y en       seguida otras; las velas al apagarse, echaban un poco de humo. Yo  miré a       la señora Margarita, pero ella, previendo mi curiosidad, se había  puesto       una mano al costado de los ojos. Rápidamente, las budineras se  hundían       en seguida, daban vueltas a toda velocidad por la puerta del  zaguán en       dirección al patio. A medida que se apagaban las velas había menos       reflejos y el espectáculo se empobrecía. Cuando todo parecía haber       terminado, la señora Margarita, apoyada en el brazo que tenía la  mano en       los ojos, soltó con la otra mano una budinera que había quedado  trabada       a un lado de la cama y se dispuso a mirarla; pero esa budinera  también se       hundió en seguida. Después de unos segundos, ella, lentamente, se       afirmó en las manos para hincarse o para sentarse sobre sus  talones y con       la cabeza inclinada hacia abajo y la barbilla perdida entre la  gordura de       la garganta, miraba el agua como una niña que hubiera perdido una       muñeca. Los motores seguían andando y la señora Margarita parecía,       cada vez más abrumada de desilusión. Yo, sin que ella me dijera  nada,       atraje el bote por la cuerda, que estaba atada a una pata de la  cama.       Apenas estuve dentro del bote y solté la cuerda, la corriente me  llevó       con una rapidez que yo no había previsto. Al dar vuelta en la  puerta del       zaguán miré hacia atrás y vi a la señora Margarita con los ojos       clavados en mí como si yo hubiera sido una budinera más que le  diera la       esperanza de revelarle algún secreto. En el patio, la corriente me  hacía       girar alrededor de la isla. Yo me senté en el sillón del bote y no  me       importaba dónde me llevara el agua. Recordaba las vueltas que  había dado       antes, cuando la señora Margarita me había parecido otra persona, y  a       pesar de la velocidad de la corriente sentía pensamientos lentos y  me       vino una síntesis triste de mi vida. Yo estaba destinado a  encontrarme       solo con una parte de las personas, y además por poco tiempo y  como si yo       fuera un viajero distraído que tampoco supiera dónde iba. Esta vez  ni       siquiera comprendía por qué la señora Margarita me había llamado y       contaba su historia sin dejarme hablar ni una palabra; por ahora  yo estaba       seguro que nunca me encontraría plenamente con esta señora. Y  seguí en       aquellas vueltas y en aquellos pensamientos hasta que apagaron los  motores       y vino María a pedirme el bote para pescar las budineras, que  también       daban vuelta alrededor de la isla. Yo le expliqué que la señora       Margarita no hacía ningún velorio y que únicamente le gustaba ver       naufragar las budineras con la llama y no sabía qué más decirle.<br />
Esa misma noche, un poco       tarde, la señora Margarita me volvió a llamar. Al principio estaba       nerviosa, y sin hacer la carraspera tomó la historia en el momento  en que       había comprado la casa y la había preparado para inundarla. Tal  vez       había sido cruel con la fuente, desbordándole el agua y llenándola  con       esa tierra oscura. Al principio, cuando pusieron las primeras  plantas, la       fuente parecía soñar con el agua que había tenido antes; pero de  pronto       las plantas aparecían demasiado amontonadas, como presagios  confusos;       entonces la señora Margarita las mandaba cambiar. Ella quería que  el       agua se confundiera con el silencio de sueños tranquilos, o de       conversaciones bajas de familias felices (por eso le había dicho a  María       que estaba sorda y que sólo debía hablarle por teléfono). También       quería andar sobre el agua con la lentitud de una nube y llevar en  las       manos libros, como aves inofensivas. Pero lo que más quería, era       comprender el agua. Es posible, me decía, que ella no quiera otra  cosa       que correr y dejar sugerencias a su paso; pero yo me moriré con la  idea       de que el agua lleva adentro de sí algo que ha recogido en otro  lado y no       sé de qué manera me entregará pensamientos que no son los míos y  que       son para mí. De cualquier manera yo soy feliz con ella, trato de       comprenderla y nadie podrá prohibir que conserve mis recuerdos en  el       agua.<br />
Esa noche, contra su       costumbre, me dio la mano al despedirse. Al día siguiente, cuando  fui a       la cocina, el hombre del agua me dio una carta. Por decirle algo  le       pregunté por sus máquinas. Entonces me dijo:<br />
—¿Vio qué pronto       instalamos las regaderas?<br />
—Sí, y&#8230; ¿anda bien?       (Yo disimulaba el deseo de ir a leer la carta).<br />
—Cómo no&#8230; Estando       bien las máquinas, no hay ningún inconveniente. A la noche muevo  una       palanca, empieza el agua de las regaderas y la señora se duerme  con el       murmullo. Al otro día, a las cinco, muevo otra vez la misma  palanca, las       regaderas se detienen, y el silencio despierta a la señora; a los  pocos       minutos corro la palanca que agita el agua y la señora se levanta.<br />
Aquí lo saludé y me       fui. La carta decía:<br />
«Querido amigo: el día       que lo vi por primera vez en la escalera, usted traía los párpados  bajos       y aparentemente estaba muy preocupado con los escalones. Todo eso  parecía       timidez; pero era atrevido en sus pasos, en la manera de mostrar  la suela       de sus zapatos. Le tomé simpatía y por eso quise que me acompañara  todo       este tiempo. De lo contrario, le hubiera contado mi historia en  seguida y       usted tendría que haberse ido a Buenos Aires al día siguiente. Eso  es lo       que hará mañana.<br />
»Gracias por su       compañía; y con respecto a sus economías nos entenderemos por  medio de       Alcides. Adiós y que sea feliz; creo que buena falta le hace.  Margarita.<br />
»P.D. Si por causalidad       a usted se le ocurriera escribir todo lo que le he contado, cuente  con mi       permiso. Sólo le pido que al final ponga estas palabras: Esta  es la       historia que Margarita le dedica a José. Esté vivo o esté muerto.»</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;-</p>
<p>(Montevideo: Alfa: 1962)</p>
<p>Fuente: <a href="http://www.literatura.us/hernandez/casa.html" target="_blank"><em>Literatura.us</em></a></p>
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