La casa inundada, por Felisberto Hernández

De esos días siempre recuerdo las vueltas en un bote alrededor de una pequeña isla de plantas. Cada poco tiempo las cambiaban; pero allí las plantas no se llevaban bien. Yo remaba colocado detrás del cuerpo inmenso de la señora Margarita. Si ella miraba la isla un rato largo, era posible que me dijera algo; pero no lo que me había prometido; sólo hablaba de las plantas y parecía que quisiera esconder entre ellas otros pensamientos. Yo me cansaba de tener esperanzas y levantaba los remos como si fueran manos aburridas de contar siempre las mismas gotas. Pero ya sabía que, en otras vueltas del bote, volvería a descubrir, una vez más, que ese cansancio era una pequeña mentira confundida entre un poco de felicidad. Entonces me resignaba a esperar las palabras que me vendrían de aquel mundo, casi mudo, de espaldas a mí y deslizándose con el esfuerzo de mis manos doloridas. Más

Teoría de las formas

Escribiendo un libro, me quedaron dos, al menos dos. No para intentar algo con ellos, aunque sirvieron de experimento. A esta altura, no creo que un libro de cuentos se pueda concluir alguna vez. Mucho menos dos.

Los textos se recortan, se multiplican, hacen lo que quieren, se apulpan

Si de algo sirve la forma de la novela es que en algún momento busca concluirse. Un agotamiento, o un fortalecimiento, cualquier reacción, cualquier cambio de equilibrios, le provoca una clausura creciente, como un virus que la contamina. En cambio, me da la impresión que la forma de los relatos, de una colección de relatos, tiende a recortarse más artificialmente, a buscar un recorte que lo termine; quiero decir que está uno mismo que le fuerza encima esa conclusión natural propia de la novela, de la que la colección de cuentos carece por completo y hacia la cual no tiende (se desentiende de ella). Cada cuento abre en vez de cerrar. Más de una vez, esos recortes funcionan como descartes, y multiplican los libros en vez de clausurarlos.

Esa mujer, por Rodolfo Walsh

El coronel elogia mi puntualidad:
­Es puntual como los alemanes ­dice.
­O como los ingleses.
El coronel tiene apellido alemán.
Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.
­He leído sus cosas ­propone­. Lo felicito.
Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común. Más

rou muvi

La road movie viene de una época interesada en la mecánica de las cosas y no aún en su digitalidad ascéptica, en todo lo que viene de la mecánica. Los líquidos de los motores, el tambor aceitoso de un revolver, los repuestos y cafés pesados y máquinas expendedoras de gaseosas tibias de la última estación de servicio que queda de pie en el mundo, el sudor que engrasa los cuerpos de todos, los flujos de una chica (una sola por película), de una chica que es siempre como una luna. Eso me gusta de ellas. De las road movies. Que en el fondo no solo son lejanas hoy sino que siempre estuvieron alejadas de todo. Son en ell fondo la luna, la luna sobre un desierto atravesado por una ruta, una luna y una ruta que hacen aullar y salivar porque estás soloy no estás solo en ningún momento. Más

Tesis sobre el cuento, por Ricardo Piglia

I

En uno de sus cuadernos de notas, Chejov registró esta anécdota: “Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida”. La forma clásica del cuento está condensada en el núcleo de ese relato futuro y no escrito.

Contra lo previsible y convencional (jugar-perder-suicidarse), la intriga se plantea como una paradoja. La anécdota tiende a desvincular la historia del juego y la historia del suicidio. Esa escisión es clave para definir el carácter doble de la forma del cuento.

Primera tesis: un cuento siempre cuenta dos historias. Más

El mal fotógrafo, por Juan Villoro

Recuerdo a mi padre alejarse del grupo donde se servía limonada. En las playas o los jardines, siempre tenía algún motivo para apartarse de nosotros, como si los niños causáramos insolación y tuviese que buscar sombra en otra parte. Puedo ver su cara recortada en el quicio de una puerta, fumando con desgano, con la rutina parda del adicto que hace mucho dejó de disfrutar el vicio. Nunca se quitaba la corbata. Para él las vacaciones eran el momento en que se manchaba la corbata y no le importaba. Sólo se ponía otra al volver al trabajo.

Supongo que nunca se adaptó a nosotros. Nos tomaba en cuenta con la calmosa dedicación con que alguien deja caer gotas azules en un acuario.

También el verdadero sol lo molestaba. Le sacaba pecas en los antebrazos, cubiertos de vellos rojizos. No era un hombre de intemperie. Lo único que disfrutaba de las vacaciones era el trayecto, las muchas horas a bordo del coche. Entonces cantaba una canción sobre un caballo de carreras. Aunque el caballo perdía siempre, su voz sonaba feliz y libre. Una voz hecha para el camino. Más

El futuro de las librerías

En todo rubro, en especial artístico, los actores de esa categoría tarde o temprano se ponen a pontificar sobre el mercado. Supongo que el punto, en el fondo es explorar esta pregunta, hacerse esta pregunta en público: ¿Las condiciones de producción (literarias, en nuestro caso) afectan o no el formato mismo del producto? ¿Hasta qué punto puede el productor involucrarse directa y económicamente con esta producción? Hay quienes dicen que a) sí y b) hasta las manos, y quienes todavía levantan una ceja colectiva.
Se ve ya la ola, hace un tiempo, del ebook, conformada a lo largo de años y de deseos acumulados (antes de la existencia del mp3 ya se hablaba sobre esto) y ambición por millones y millones gastados en desarrollo de ideas, de tecnologías, marketing … La que se viene, uf.
A mí todavía me pone un poco nervioso que el dueño de las tecnologías termine siendo el nuevo librero de mi barrio. Más

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