Perdidos para siempre

Como si esto en mis manos fuese un palito y los tomos que hay en mis estantes fuesen las vallas de una cerca de madera, recorro con una larga tijera los lomos de todos los libros que alguna vez tuve,  inventando una distracción, un juego, para cambiar la naturaleza de lo que hago, el modo en que lo hacía hasta este momento.

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Los lomos de los libros hacen trrr como vallas de madera. Por dentro hago el mismo ruido mientras me tomo mi tiempo para decidir por dónde empezaría la tarea de recortar. Así son como les llegaron a los estantes, pero no como los fui leyendo, y no como los recuerdo o pienso en ellos: la imaginación los organiza de otra manera.

El libro que quisiera leer hoy (es decir, siempre) –y es un deseo viejo, y ya no lo voy a posponer– viene de esa imaginacion: incluye trozos y miembros de al menos quince libros distintos para formar un volumen que de algún modo ya existe y que de algún otro aún no. Es lo único que querría leer hoy, y todos esos libros están aquí y también tengo plasticola. La tijera grazna una vez y, con la boca cerrada, –es cierto– recorta el silencio.

Digamos que haría un intento, muy privado, de hacerlo. Tiene todo el sentido, es una prueba de que el sentido último de un texto (que siempre reside en la forma y en la organización) lo agrega el lector. Aunque no sea más que porque los recursos y las herramientas están aquí mismo, siempre a mano. Si bien no tengo el ánimo de cortar los libros, con los textos que hoy dan vueltas en la red, con las cosas que se leen y se pierden para siempre en la red, sería posible crear no una sino cuántas pilas de antologías deseadas, hechas a la medida de uno mismo, desechadas cada vez que no lo hacemos. Editar un libro –hablo de organizar uno, conceptualizar uno– es un modo de leer o un modo de crear espejismos. Podría serlo. Todo lector es, antes, o después, un editor. Tal vez. Entonces, para qué está la red si no es para hacer antologías.

Es exactamente en este sentido en que algo como la red es una realidad virtual: una trama de textos virtuales, cuyas conexiones están abiertas para organizar distintas redes posibles. Por virtual, entiendo algo relacionado con lo imaginario –es decir, con lo más íntimo de lo íntimo, lo que produce los sueños, por ejemplo, que siempre es, en cierto punto, intransmisible.

Hay cosas que se pierden para siempre, todo el tiempo. Una idea a medio formar que chispea de pronto durante alguna lectura, cuando estás sumido en una tormenta de lecturas, y que otra idea se traga; un cuento o cualquier otra clase de texto con el que te encontraste de alguna manera, a veces por algún motivo, al que querés volver mucho después pero ya no es posible, o que querrías ver al lado de otro cuento muy distinto para ver qué sucede en el encuentro.

Hay algo incomprensible que llama a jugar con estas cosas, antes de que se pierdan para siempre.

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