rou muvi

La road movie viene de una época interesada en la mecánica de las cosas y no aún en su digitalidad ascéptica, en todo lo que viene de la mecánica. Los líquidos de los motores, el tambor aceitoso de un revolver, los repuestos y cafés pesados y máquinas expendedoras de gaseosas tibias de la última estación de servicio que queda de pie en el mundo, el sudor que engrasa los cuerpos de todos, los flujos de una chica (una sola por película), de una chica que es siempre como una luna. Eso me gusta de ellas. De las road movies. Que en el fondo no solo son lejanas hoy sino que siempre estuvieron alejadas de todo. Son en ell fondo la luna, la luna sobre un desierto atravesado por una ruta, una luna y una ruta que hacen aullar y salivar porque estás soloy no estás solo en ningún momento. Todo a la vez. Es desesperante, delicioso.
Protagonistas que trazan sus parábolas desesperadas sobre el desierto y que solamente van a terminar en la nada, como cualquier otro protagonista, eventualmente, de cualquier otro género. Porque así terminan todos los cuentos, con un eventualmente. Menos las road movies. Hay que preguntarle a Thelma, a Louise, al espíritu de ellas, de las road movies: en estas parábolas no hay nada eventualmente, nada que supere al presente, al sol que pega hoy, al grupo de narcos o polis que vienen atrás en la camioneta con la única intención de cargar tu peso muerto sobre uno de sus hombros si es que te alcanzan. Películas de ruta, cuando en realidad son películas de atajos. Todo tipo de atajos. Incluso hacia sus propios finales. Más quieren durar, más atajos buscan para terminar.
Lo del viento en la cara, eso no es mentira. Sí lo es el peinado, el modelo del auto, la seguridad edulcorada de todos los comerciales del mundo que se hicieron con alguna parte de la lengua de las road movies y el hecho de que nunca, pero nunca, les entra un grano de polvo en el ojo. También eso. Pero el resto es cierto. No por cierto me gustan, más bien por creíble, porque quiero creerlo. Porque el viento en la cara no te deja estar solo. Estás con los coyotes y el polvo y esa única estrella que define cada una de las formas posibles de tu escape y a cada persona con la que te encontrarás en el camino.
Película rutera. Como el blues rutero. Nos pertenece a todos, aunque los mexicanos sean más buenos o víctimas de los blancos. Pero hasta cuando los malos son todos: también así funciona. Por eso me gustan. No porque funcionen. Porque hay que leerlas con un mapa, pero uno personal, que nadie, pero nadie, pueda ver, ni siquiera de reojo.

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