El caso Berciani, por Alan Pauls

De la estación terminal al vaciadero de desechos, una de dos: o se toma la avenida Pianetti o se toma el camino de cintura. Una de dos -y no hay otra opción. Años pasaron los automovilistas buscando la forma de unir ambos puntos; siempre fue en vano. Cualquier atajo, de los miles que se ensayaron, iba a morir en Pianetti o en el camino de cintura, y a morir indefectiblemente. Para ejemplos, el del urbanista Berciani -un caso sonadísimo, diez días en las primeras planas de los diarios, toda la opinión pública en vilo-, que se propuso terminar (él en persona, a quien la ciudad le debía, si no todas, gran parte de sus mejoras) con el callejón sin salida Pianetti o camino de cintura. Partió una madrugada en su propio automóvil. Todo el barrio, poco dado en general a madrugar, había ganado la calle para respaldarlo con su aliento bullicioso. Caras sucias de lagañas, vecinos en bata y en pantuflas le sonreían detrás del cristal de las ventanillas, ofreciéndole mapas y víveres para el viaje, números de teléfono por cualquier emergencia. El urbanista, de buena manera, lo rechazó todo. Consultado por la prensa, a la que su partida también había atraído y en masa, declaró que nadie conocía la ciudad como él, que el mejor mapa era su cerebro, y que no había víveres más nutritivos que su propio deseo de zanjar de una vez por todas la cuestión. Por lo demás, dijo, todo se resolvería tan pronto que contaba con volver a tiempo para el almuerzo que, como todos los días, le preparaba su esposa Telma. Telma, en el asiento del acompañante, lo observaba con cierta preocupación. Más