Antología Superpuesta

Me encontré, buscando un cuento en El Ortiba, con un archivo que podría sugerir una antología entera. O una suerte de. O un objeto para reflexionar sobre la naturaleza y práctica de. O algo, materia prima, para inventar algo más y ver qué sale, qué pasa. Algo que sugería una posibilidad de laboratorio. Hay, en el material, un proceso de selección llevado a cabo, es decir hay una conciencia, una voluntad, un criterio, un sujeto crítico ejerciendo estas acciones sobre los textos, pero también hay un olor a archivo en la muestra, a altillo, a naftalina, varios procesos idénticos y apenas diferenciados, apilados en el tiempo, que lo vuelven un palimpsesto de la repetición del mismo proceso. Como una foto casi idéntica a otras mil, todas superpuestas, la intención  se vería como un borrón, como una diferencia en el borrón mismo pero también como la media de ese borrón, donde gana algo de nitidez. Por eso me interesó, porque entra en este modo palimpsesto que es cuando las cosas empiezan a hacer cosas. Ya no es un sujeto crítico, sino un porceso un poco más cósmico. Se arman procesos espontáneos, accidentales, de los que se puede obtener algún vislumbre más o menos nuevo. Que después un sujeto lo aproveche, inventando sobre eso. Si lo nuevo existe en alguna parte, es en el accidente. Es eso, en el fondo.

Así que vamos a ponerle un título, a ver cómo se podría trabajar con ella como objeto conceptual, y a probarle cosas, esto es un laboratorio.

Veo por ahí abajo la palabra tuétano, me gusta mucho. La antología del tuétano, podría ser. La Antología Superpuesta del Tuétano.

No planeo hacer nada con esto más allá de inventarme un problema de lectura, por eso los textos quedan sin desmalezar, tal como los escupió el Paste directo del sitio del archivo.

La seducción de la hija del portero

Por Mario “Pacho” O’Donell*

Al principio era salada y al final tenía gusto a vainilla. Una mezcla de vainilla y romero. Divina la conchita. Lampiña, apenas una suave pelusa. ¿Alguna vez tocaron terciopelo? Muy parecida al terciopelo. Lo que más me impresionaba era, no sé cómo decirlo, siempre me impresionaron las cosas flamantes y la conchita de María era una de las cosas más flamantes que he conocido en mi vida. A lo mejor algunos de ustedes se impresionan con lo que les cuento. O les da asco, no sé. Jódanse. Cuando se llega a los setenta años como yo si no se comprende que el asco, los escrúpulos, las buenas maneras y todas esas cosas son frenos para la vida, caput. Ya bastante freno es la vejez para que encima haya que sujetarse a todo eso. No sé, a mí me parece que es así. Aunque en general no pienso tanto. Cuando me pongo a filosofar caigo en lo barato, en lo cursi.

Los deseos hay que cumplirlos y chau. Porque vivir es lo mismo que desear. Por otra parte, no creo haberle hecho mucho daño a María. No sé, a lo mejor hasta le sirvió. A lo mejor aprendió muchas cosas de acuerdo con la mejor pedagogía. Viviéndolas. Además yo no estoy de acuerdo con eso de que por tener catorce años como María se es ingenua. Deberían de haber visto sus ojos cuando recibía el premio.

Esos ojos no eran ingenuos. Eran perversos, ambiciosos, crueles y todo lo demás. María no era ninguna ingenua. Por tener catorce años no se es ingenua. También se puede tener setenta y ser el monumento a la ingenuidad.

Yo nunca necesité decirle que no le contara nada al padre. Además le ocultaba lo que compraba con mi plata, si no peor: compraba una muñequita barata para disimular y escondía los collares o los cigarrillos. Cuando ella aceptó el primer cigarrillo que le convidé, un poco en broma, con la seguridad de que lo rechazaría, fue muy evidente que ya era canchera en eso. Si tragaba el humo y todo. Lo largaba por la nariz para que no quedaran dudas de que sabía fumar.

A veces pienso que si María hubiera tenido madre las cosas hubieran sido distintas. No sé, se me ocurre que las madres se dan cuenta de esas cosas. A lo mejor no, a lo mejor es una idea mía nada más. Sin embargo creo que el padre fue un boludo en no darse cuenta antes.

Por algo no me sorprendió el día que no vino más. Ya lo esperaba. Y debo confesar que tenía miedo pero ya no me podía echar atrás. Hortensio podría haber llamado a la policía, hacerme juicio, de todo. Sin embargo un día desaparecieron de la portería y no se supo más nada de ellos. Sí, tuve miedo. Durante varios días esperé que vinieran a llevarme. Estupro. Qué nombre tan feo para algo tan lindo. Lo repito, si se escandalizan, jodansé. Porque fue lindo, jamás quise tanto a nadie como a María.

La desaparición de Hortensio fue el tema obligado de los inquilinos. En la puerta de entrada, en el ascensor, se hablaba de eso. Que parecía mentira, que era un ingrato, que después de tantos años, que— hombre debía estar mal de la cabeza. Hubo una reunión del consorcio para tratar el tema. Yo nunca voy, me parecen ridículas esas reuniones. Hablan del agua caliente, del felpudo, del incinerador como si fueran las cosas más importantes del mundo. A ésa fui no sé por qué. En realidad sí sé por qué fui: fui porque quería evitar que hicieran algo que me embromara. Y tuve razón porque la pelotuda del cuarto A propuso hacer una denuncia a la policía. Yo dije que no, que era injusto, que no debíamos olvidar los años que Hortensio había trabajado en el edificio, que no teníamos derecho a perjudicarlo. Ustedes me acusarán de cinismo pero también dije que teníamos que pensar en esa chica, María, hija única, huérfana de madre, en qué iba a ser de su vida si le creábamos problemas al padre. Sin embargo no fue cinismo, lo dije con absoluto convencimiento. A María la quería mucho y no deseaba que le pasara nada malo. La sigo queriendo.

La quise desde que era chiquita. Creo que me impresionaba eso de que no tuviera madre. Hortensio contó que había muerto poco tiempo después de nacer María. Pero las versiones que se chismorreaban en el edificio eran otras. La más acertada, o por lo menos la que a mí me pareció más creíble, era la de que la tipa se las había tomado porque Hortensio chupaba demasiado. Casi nadie se daba cuenta de su alcoholismo. Yo sí, porque los años me enseñaron a descifrar esa pose laxa, esa mirada medio vacuna, esa especie de normalidad forzada típica de la mañana que sigue a una noche de tranca. Eso también me impresionaba. Que ese hombre flaco y amarillo, más abúlico que no sé qué, fuera el padre de esa pibita deliciosa, divina. Porque María siempre fue muy bonita. Un remolino rubio que cantaba, saltaba, jugaba. Al mirarla no quedaba otro remedio que acordarse del cuento de la hiena. O del me río por no llorar del tango.

Los mojigatos boludos y las mojigatas boludas que lean esto no lo van a creer pero en este momento tengo los ojos llenos de lágrimas. Una inundación de ternura.

Todos en el edificio la querían mucho, salvo la loca del primero que siempre se quejaba de que María no la dejaba dormir la siesta. Ésa es una ley de la vida: siempre que alguien se permite juntarse con su deseo y salirse de lo establecido, porque el deseo y lo establecido son como el aceite y el agua, no sólo se las tiene que ver con las prohibiciones internas sino que nunca falta una loca del primero, que chiste y proteste. Esto viene a cuento de que no se crean que me fue muy fácil hacer lo que hice. Nada fácil. Me insulté, me critiqué, me putié, me llamé al orden, me amenacé con la policía, con la cárcel. Pero no hubo caso. Mi pasión por María siempre era más fuerte.

Les cuento lo que me sucedió recién: me quedé un rato largo mirando la palabra “pasión”. Qué palabra tan chirle, aguachenta, llena de agujeros por donde se escapa lo que no puede significar. Tampoco hay ninguna que la pueda reemplazar con ventaja. Amor, deseo, calentura, necesidad. Son todas una cagada. Para poder transmitir lo que sentía por María necesito inventar alguna. Por ejemplo “restello”.

O juntar varias: luztemblorvidamariamuertesiempre yo. También se me ocurren palabras opuestas: negro blanco, odioamor, puroinmundo. Tampoco. Quizás lo más gráfico sería que tomara esta hoja y la refregara contra mis genitales impregnándola de olor, después dejaría caer dos o tres gotas de lavanda, que era el perfume que a María y a mí nos gustaba. Lavanda Devon. Después la mancharía con sangre. Sangre de la yema de estos dedos que recorrían su cuerpo, que se hundían en su vaginita, que se derretían en la tibieza de su cuello, de sus muslos. Pero todo esto también sería insuficiente porque para completar lo de los olores necesitaría el de su piel. Ese olor mezcla de transpiración de bebé y de puta después de una jornada de laburo.

Es que así era María. Mezcla de angelito y de canalla. No es una disculpa, pero juro que todavía no sé si era yo quien la utilizaba, o si era ella la que me dominaba y hacía conmigo lo que se le cantaba. El juego del gato maula con el mísero ratón. Es cierto, no lo niego, al carajo con la loca del primero, que ella se desvestía y se metía en la cama para que yo me desahogara, no es ésa la palabra exacta, para que yo la amara, la deseara, la acariciara. La palabra nueva: para que restalláramos juntos. Pero también es cierto que ella me jodía como la más consumada de las amantes francesas: si habíamos convenido que subiría a mi departamento a las cinco podían ser las seis y ella nada, ni noticias. Yo sufría, sufría de veras, transpiraba, caminaba de un lado a otro, fumaba cincuenta cigarrillos por minuto. Me desesperaba la idea de perderla, de que no volviera más, por arrepentimiento o porque nos hubieran descubierto o cualquier otro motivo. Hasta que sonaba el timbre y ella entraba con esa naturalidad impresionante, como si llegara a la escuela o de visita a lo de una tía y enfilaba derechito a la cama. Como si quisiera acabar con el asunto lo más rápido posible, sin rodeos, para después cobrar y poder irse.

Las primeras veces, claro, fue distinto. Voy a tratar de contárselo lo más ordenadamente posible. Si no puedo o si puedo a medias tendrán que entender que setenta años no pasan al cuete. Además hay cosas que no son fáciles de contar aunque, insisto, no me arrepiento de nada. Sería hipócrita hablar de arrepentimiento. Porque si en un platillo de la balanza pongo la moral, los mandamientos, las normas y todos esos soretes, en el otro está la última oportunidad, y de eso estoy seguro, que la vida me dio de sentir la sangre dentro de mi cuerpo dibujando cada arteria y cada vena. La última chance de sentir mis músculos enchotecidos por la vejez vibrando de entusiasmo. La piel con esas arrugas que ya ni me animo a mirar en el espejo hirviendo de calentura. Todo mi cuerpo estallando en esos orgasmos que hacía veinte años que no sentía. Más de veinte años. Desde que Berta se fue, la hija de puta. Y recuerdo que entonces ni siquiera me había jubilado.

Se lo aseguro: si el infierno existe voy a entrar en él con una sonrisa de oreja a oreja, haciéndole pito catalán a Satanás, Belcebú o como mierda se llame el gerente. Así que imagínense lo que me puede importar el juicio de un simple mortal como cualquiera de ustedes. Bueno, para qué lo voy a negar, un poco me importa y eso se ve muy claro en el julepe que todavía me produce encontrarme con cualquier vecino. Algo así como la sensación del chorro cuando un cana lo encara por alguna infracción de tránsito. Está claro: ese susto es la protesta de la loca del primero que todos tenemos adentro, la moral que nos atornillaron en el caracú desde que dimos la primera chupada a la teta.

El asunto empezó más o menos así: una tarde, me acuerdo que el jacarandá de la vereda de enfrente era una mancha violácea así que sería noviembre más o menos, al salir del departamento me encontré con María jugando en la vereda. Como siempre. Como todos los días. Como todas las veces que salía del departamento. Pero ese día pasó algo. Es un poco ridículo contarlo otra vez, siento que las palabras no transmiten nada. Sirven, se me ocurre, para deslizarse sobre un tema pero no para reproducir sentimientos. Pueden referirse a los sentimientos pero no ser ellas mismas el sentimiento.

La cuestión es que María saltaba la cuerda y debajo de la remera se movía algo. Una tetita enloquecedora, más que divina. En la remera decía “University de no sé qué” y una de las íes pasaba exactamente por encima de la tetita y se curvaba sobre ella. Una curva suave, apenas visible.

Lo juro. Sentí que me ahogaba. Fue tan repentino, tan inesperado, que me asusté. Creí que me pasaba algo, un ataque o algo así. Me costó aceptar que si jadeaba como si hubiera corrido era por esa tetita tímida, casi invisible. Mi corazón latía toctoctoc a todo lo que daba. Sentía el cuerpo recorrido por oleadas de frío y de calor lo creara. Despacito, demorando lo mejor. Estirando el orgasmo lo máximo posible. Después la besaba y la lamía. Besaba y lamía cada centímetro de su cuerpo, hasta dejarlo brillante.

Yo sabía que la muy guachita estaba con los ojos abiertos, mirando el techo, esperando que yo terminara. Inmóvil como una muñeca. A veces, muy pocas, consentía en acariciarme sin demasiado entusiasmo. Yo no le pedía nada, me bastaba con que se sacara la ropa y se metiera en la cama. Era una delicia la guachita. Yo le decía ahora y ella abría las piernas y se dejaba hacer. Pero me desvié de lo que les estaba contando.

Ahora se me ocurre pensar por qué estoy contando eso. No lo sé. Realmente no lo sé. A lo mejor se lo cuento para espantarlos. O para que me comprendan. O como si escribiéndolo pudiera sacarme de adentro a María. Expulsarla para que se deje de hacer estropicios en mi interior. Dejar de soñarla, de extrañarla, de verla por las calles. De quererla con mi tuétano y mi retuétano. En fin, no sé por qué les cuento esto. Ni siquiera sé si al final no voy a romper los papeles. Es muy probable.

Sigo: fue Hortensio el que a los pocos días me ofreció la punta del ovillo. Porque yo había decidido que la pibita ésa iba a ser mía. Aunque no me hacía muchas ilusiones, como es de imaginar. La cosa fue que el pobre infeliz del padre, que me tenía mucha confianza, contó que la maestra lo había llamado para decir que María era medio vaguita, que no atendía, que solamente le gustaba jugar y que patatín y que patatán. Hortensio no sabía qué hacer. Yo me iluminé, evidentemente las tetitas y las piernas de atleta me habían aguzado la sesera.

Ahora voy a hacer un minuto de intervalo para que los santulones, los reprimidos, los normales y demás mierdas puedan tirarse al piso, arrancarse los pelos, desgarrarse la ropa, invocar a san Jeremías, san Pancracio y san Culofrío, echar espuma por la boca, etcétera. Porque lo que sigue no exactamente un ejemplo de moral y buenas costumbres. Saben por dónde me las paso a la moral y a las buenas costumbres.

Adelante: la cuestión es que yo lo agarré a Hortensio y con mi voz más generosa le dije que a esa chica había que crearle el sentido de la responsabilidad, que sin sentido de la responsabilidad no se llegaba a nada en la vida. Yo, justamente yo, hablando de sentido de la responsabilidad. Si me junté con Berta fue porque era la única persona en el mundo y planetas vecinos más irresponsable que yo. Así me fue. La muy turra se las tomó con la plata que habíamos ahorrado pacientemente para el viaje. Meses, qué digo, años nos pasamos hablando del viaje a Europa. Y cuando casi habíamos terminado de juntar los dólares, bajó las escaleras muy despacito, con sus gambas de centroforward, y se hizo humo. En fin, así es la vida, siempre hay alguien que jode y otro que es jodido. Basta con lo de Berta.

Quedamos en que María, la guachita, la pendejita llena de sol, la pibita maravillosa, subiría todos los días a mi departamento para hacer algún trabajito. Yo después le daría algún premio. Le expliqué a Hortensio que lo del trabajito sería algo así nomás, nada que le significara ningún esfuerzo. Lo hacía por ayudarlo. Los sistemas modernos de enseñanza dicen que el buen aprendizaje no se logra por el castigo sino por el premio. Parece que el bestia del tipo le había dado una paliza bárbara después de estar con la maestra. Borracho, a lo mejor.

En este momento se me ocurre algo. María era una chica de catorce años pero muy curtida: madre muerta o fugada, padre medio curdela y boludo que encima le daba palizas. Una persona así a los catorce años sabe más de la vida que muchos adultos. Y eso se le veía en la mirada. Una mirada que no tenía un pito que ver con el resto de la cara. Unos ojos tristones, graves. De esos ojos que incomodan. Como si pidieran pero sin mucha esperanza de recibir.

Atención: recién me detuve porque no sabía si escribir lo que creo haber descubierto al terminar el párrafo anterior. Pero se lo voy a contar. Además es muy posible, casi seguro, que estas hojas terminen en el incinerador. Aunque el incinerador es demasiado vulgar. Si hago desaparecer tendría que inventar un rito, algo que tenga que ver con María.

Lo que descubrí es esto: María subía a mi departamento no sólo por la plata que le daba sino también porque a lo mejor esperaba recibir de mí lo que no le habían dado ni su madre ni su padre. Ese pedido que había en sus ojos. Debo confesarles a los Jueces de la Moral, para vuestro regocijo, que pensar esto me jode, me hace mal. Pero vosotros aceptaréis, salvo que vuestra boludez no os permita percataros de los asuntos de esa cosa tan extraña, tan hermética que se llama Vida, que generalmente, o quizás siempre, la felicidad de unos radica en el sufrimiento de otros. Y si no, sus Señorías, preguntádselo a la turra de Berta, que bien habrá gozado de los dólares.

El asunto es que cuando María tocó mi timbre por primera vez yo ya había ensayado obsesivamente la sonrisa y el tono de voz con que la recibí. Me acuerdo de que entró dando pasitos cortos y observándolo todo, sin decir nada. En ese momento creí que era timidez, pero ahora, a raíz de todo lo que sucedió después, sé que era desconfianza. Le encargué que limpiara y ordenara un estante absolutamente limpio y ordenado. El estante donde están mis piezas de arqueología americana, calculando que le iban a interesar. Me senté en el otro extremo del living, disimulándome en la penumbra, y fingí leer La Nación.

Lógicamente, habéis acertado: lo que hice fue junarla por el rabillo del ojo, acecharla. Si en la vereda me había parecido hermosa, allí, recortada contra el ventanal, el sol contorneando su piel con una línea de tonalidad ocre, María parecía mucho más que una persona. Era una mezcla de lo más salvaje y lo más temido y lo más envidiado, algo que hubiera deseado comer, meterme adentro, no dejar salir, transformarme en eso. Algo que podía odiar o amar con la sola diferencia de una sonrisa no devuelta o de alguna mirada una décima más prolongada. Algo que tenía aquello que yo ya había perdido o aquello que jamás había podido tener. Nada que hacerle. Todo esto que escribo tiene un franco tufo a cursilería, pero la culpa es de las palabras. Esas mismas palabras sirven con un orden distinto y algunos agregados o algunas quitas, para presentar una queja a la Municipalidad porque los barrenderos hacen demasiado ruido al quitar los tachos en la madrugada o para desarrollar una sesuda especulación sobre la cuadratura del círculo. No hay forma de escaparse de la hijaputez del alfabeto. Lo sentido y su descripción están a años luz. Esto lo deben haber señalado muchos otros antes que yo y mucho mejor pero como no soy una persona culta no me queda otra alternativa que buscar por mi cuenta. Y eso es algo que no os recomiendo, normales de ceño fruncido, porque os daréis de jeta contra verdades que harán tambalear vuestras solideces. ¡Soretoides del mundo, no penséis! Limitaos, forzaos, a creer simplemente, creed, creed y multiplicaos.

Vuelvo: a la pendejita maravillosa la adoraba, por tocar su piel hubiera sido capaz de dar años de mi vida (Vivan los lugares comunes! No queda otra alternativa). Ella era capaz de cualquier cosa, buena y mala. Y lo fui. Ahora tapaos los ojos, boca y oídos, como los tres monitos que nunca entendí muy bien qué querían decir ni por qué eran monos: la seduje, me acosté con ella, la inicié sexualmente, la prostituí, le enseñé el valor de la guita, le inyecté la codicia. Etcétera, etcétera. Ahora podéis despejaros ojos, boca y agujero del culo porque sois unos pobres imbéciles que por aferraros amblando a las convenciones os habéis perdido lo mejor de la vida. Porque para la maldad y la perversión hay que tener mucho coraje. Pero también podéis quedaros tranquilos porque acabo de decidir que estos papeles van a. desaparecer en cuanto la Lettera 32 cuyas cuotas todavía estoy pagando haya incrustado el punto final contra el papel tamaño carta marca “1028”. Os informo, pajeros clandestinos, que aún no está decidida la manera, aunque os anticipo que ocurrirá en una tocante ceremonia.

Continúo, lamentando las continuas digresiones a que me obliga la multitud de locas del primer piso que me bitan, con sus chistidos y sus gestos agrios. Durante no más de cinco minutos, María pasó una franela sobre los huecos inmaculados y los desordenó redistribuyéndolos de acuerdo a su tamaño, lo que después de todo no deja de ser un criterio tan válido como el mío de hacerlo por cultura y edades. Por supuesto que nuevamente habéis acertado, oh guardianes de lo occidental y de lo cristiano: demostré gran sorpresa y satisfacción por lo bien que había cumplido mis instrucciones y le palmeé la coronilla y le di un beso rápido en la frente. Debo confesar que fue una dura prueba de voluntad no apartarme del rol que me había impuesto para esa primera vez: persona adulta, magnánima y amable, mitad bondad y mitad boludez, de la que pueden extraerse beneficios si se es una pibita piola de catorce años. Me arrodillé a su lado y le hablé de los indios mochicas y de su alfarería excepcional, de cómo otros indios guerreros que se llamaban incas los habían hecho pomada como siempre suele suceder cuando uno tiene un arma y otro un pincel. Salvo que el pincel esté mojado en ácido sulfúrico como aquel caso de La Razón, el del artista celoso y su modelo infiel que aunque tenía toda la pinta de ser una de esas macanas que inventan para llenar espacio no dejaba de ser divertido.

Otra vez me desvié. No en vano se cumplen setenta años. Le daba la lata sobre los incas acariciándola un poquito, no mucho. No os alegréis, custodios del orden establecido, si no la acaricié más fue únicamente en función de una táctica perfectamente diagramada. En el mismo instante en que María echó atrás su cabeza, no más de un centímetro, con un fastidio que quizás ni ella misma registró, entonces di por terminada su visita y le alcancé el billete. Mil pesos. Dado que la inflación hace que nunca se sepa cuánto significa esa cifra, voy a traducirlo diciendo que mil pesos eran el equivalente a lo que ganaba en dos horas la mujer que venía a hacerme la limpieza. Cuando María vio mil pesos en mi mano, alzó sus ojos para mirarme, incrédula, recelosa. Yo le sonreí con mi sonrisa más sonriente. No es exageración si escribo que en el fondo de su mirada estalló un brillo como si se hubiera encendido un fósforo. Y en mí creció la esperanza porque su codicia era un buen pronóstico para mis planes. Y mal a los vuestros, oh conchudos impolutos.

Lo que sucedió en las siguientes visitas de María no que sea difícil de adivinar se acortó el trabajo y se estiró la felicitación, de manera que después de una o dos semanas ella subía a mi departamento para dejarse besar y acariciar. Yo le iba aumentando la recompensa a medida que íbamos avanzando en, qué palabras puedo utilizar, avanzando en las etapas. Llegué a pagarle cinco mil. O cincuenta, como decía ella. Yo nunca me acostumbre al cambio de moneda. No es solamente cuestión de la costumbre y su fuerza sino que sacar dos ceros o la coma dos lugares en los precios, las cuotas, la jubilación es como violentar un proceso, sobre todo en se refiere al tiempo. Un kilo de duraznos, por ejemplo, estaba a cuatro pesos hace veinte años y decir que ahora cuesta lo mismo es como retorcerle el pescuezo a esa necesidad que todos tenemos de ordenar las cosas que nos pasaron, nuestros proyectos, todo. Poner en fila lo que tenemos adentro.

Oh, sacrosantos genuflexos, seguramente no os habéis dado cuenta porque si tuvierais algo en la mollera no creeríais tanto en lo que os es impuesto como verdades, pero acabo de descubrir que me voy por las ramas cada vez que tengo que vérmelas con un punto espinoso. Pero si tuve coraje, o inconciencia, no sé, para salvar las “etapas”, también voy a tener eso para contárselas. A propósito: creo que ya voy vislumbrando cuál va a ser el ritual en que estas páginas van a ser inhumadas. Aunque lo de inhumado debe tener que ver con el humo y el fuego, como su nombre lo indica, y no sé todavía si su final va a ser alguno de estos Rancheras que tengo al lado de la Olivetti. Al asunto, cueste lo que cueste.

Lo bravo fue conseguir que se acostara. Para lograrlo, un día me metí entre las sábanas y simulé una gripe. Ya he dicho que María se hacía desear, a veces demoraba más de una hora. Quizás porque le costaba venir y estiraba el momento o, y esto se me ocurre como más probable, porque le gustaba jugar conmigo, amenazarme con su desaparición, ablandarme de manera que cuando ella tocara el timbre yo estuviera en disposición de darle todo lo que me pidiera. María conocía mucho de la vida, acepto que aprendí muchas cosas de ella. Estábamos en que ella entró y yo con “gripe”. Le pedí que se acercara, que necesitaba de su cariño porque las enfermedades me deprimían mucho, que las personas viejas somos seres muy necesitados y otros argumentos por el estilo que creo innecesarios describir porque vosotros ya los imaginaréis, que en vuestros cerebros castos y nobles muchas veces habrán anidado fantasías similares. De donde se desprende que la única diferencia entre los que como vosotros sois los adalides de la moralidad y los que como yo merecemos tormentos del infierno reside simplemente en que unos tienen las pelotas y los ovarios de hacer realidad las fantasías y los otros no, transforman sus pelotas y sus ovarios en fantasía. Si estáis en desacuerdo me nefrega.

Por supuesto, ya que ése era un momento decisivo, prometí aumentarle la recompensa. De tres mil a cinco. De treinta a cincuenta. María me miró y no dijo rada, yo trataba de disimular mi ansiedad, María se dio vuelta, yo luchaba por aplacar mi pecho que subía y bajaba igual que si tuviera asma, María se alejó dos o tres pasos, yo estrujaba el borde de la sábana como si colgara de un precipicio, María muy lentamente, sin que su cara revelara la más mínima emoción, empezó a sacarse la ropa, yo sentía que reventaba de alegría, que tocaba el cielo con las manos (otro lugar común, con tan apenas cincuenta y pico letras que tiene el alfabeto es ridículo pensar en encontrar la forma de transmitir lo que sentí en ese momento. Debe de haber sido más o menos, para que podáis entender, lo que sintió la nenita ésa de Fátima cuando se le apareció la Virgen). Ese día María se dejó la bombachita. Al día siguiente ya se la sacó.

¿A que no saben qué me sucede en ese momento? ¿No adivinan? Tienen tres chances. No. No. No. Como siempre, habéis errado. Ahí va: tengo los dedos tan transpirados que las teclas quedan húmedas. ¿Les molesta que se los cuente? Ya saben lo que tienen que hacer. Como los chinos. Ya lo sabéis.

No hay caso, vosotros estáis adentro mío, vosotros sois, oh profilácticos de la civilización, una parte mía: me parece que puedo seguir adelante solamente si confirmo mi decisión de deshacerme de estas simples palabritas mecanografiadas. “Mecanografía” es una palabra antigua. Igual que yo. Dos antigüedades. Çava. El ritual va a ser el siguiente: me voy a acostar, sin ninguna ropa, nada que tape o disimule mis desnudeces medio arrugadas, bueno bastante arrugadas (qué se le va a hacer), voy a desparramar estas hojas sobre mi cuerpo, como envolviéndome en ellas, quizás las pegue, ¿con qué podría pegarlas?, con transpiración, seguro que si cierro los ojos y me concentro en lo que vosotros imagináis, so picarones, voy a transpirar, o si no con saliva, porque la saliva también es un elemento con mucho reminiscencias, no miréis hacia otro lado, no giréis vuestros turbados rostros, después me voy a levantar y voy a bailar con Jobim, tenía buen gusto la guachita, y voy a dar vueltas y vueltas, algunas de las hojas se desprenderán y planearán hasta la alfombra, la misma alfombra que a veces nos hizo cosquillas en la espalda o en el pecho, no redondeéis la boca en punta, lista ya para emitir ese ¡oh! de estupor y reproche, no lo hagáis porque aún falta lo peor. O lo mejor. ¿A que no sabéis qué es lo que pondrá broche final al asunto? ¿No lo adivináis? Aquello con lo tanto habéis soñado y deseado, imaginado y fantaseado, y que a veces os lo permitís a costa de castigaros con la culpa y que reprimís en los demás aunque sepáis que hasta el más miserable de los animales lo hace, el diminuto cuis o el hipopótamo colosal, pero gozando, gozando con una sonrisa en la boca, o en el hocico, o en lo que tenga de jeta, gozando más, muchísimo más que vosotros. So eunucos 007 con licencia para frustrar y frustrar. ¡Habéis acertado! Iré al baño, cerraré la puerta, no, mejor la dejaré abierta por si queréis asomar vuestras narices y presenciar el espectáculo, y me voy a masturbar. Prolijamente. Con la meticulosidad de un cirujano en el quirófano. La gran paja.

Está bien, basta de mandarme la parte. Ante vosotros me cuesta reconocer que a medida que fui avanzando con estas páginas me fue creciendo la tristeza adentro. No entiendo mucho de música, mejor dicho entiendo bastante poco, pero una vez fui a escuchar a un violoncelista en el Colón y me preparaba para aburrirme como una ostra, cuando de pronto el tipo le arrancó una nota a ese armatoste de madera que tenía entre las piernas que me puso los pelos de punta. Era una nota grave que se metía en los huesos, cacheteaba las paredes del estómago, ahuecaba las vértebras. Era “mi” nota. Me acuerdo que le apreté el brazo a la amiga que me acompañaba, por ella había aceptado el sacrificio de ir a un concierto, muy linda era, más que linda interesante, después no pasó nada, muy frígida, y ella me contestó que era la nota “re”. Nunca supe si entendía realmente o si me macaneaba pero ese sonido me quedó grabado. Esa misma nota es la que ahora revive en mis vísceras (iba a escribir “genitales” pero me detuve para no faltaros el respeto). El “re” que surge de este armatoste viejo y de cuerdas gastadas, a punto de cortarse, zas, otra vez me puse cursi.

Después voy a quemar, sí, inhumar, estos papeles y las cenizas, también las cenizas del pañuelito que María se dejó olvidado aquel día y que no le devolví, las voy a lanzar al viento para que perviertan esta ciudad de mierda, para que impregnen los semáforos con el perfume de aquella conchita flamante como un amancay de Traful, para que el pan, los bifes, las tetas maternas, los labios amados, todo, todo, tenga gusto salado al principio y después una mezcla de vainilla y romero, para que las cárceles sean tan tibias como aquella piel para que todas las mediocridades y las rutinas y las agonías puedan ser santificadas por un momento aunque sólo sea un momento, del placer que sentí con María. Para que vivir tenga algún sentido aunque los policías hagan sonar las sirenas y los jueces den un martillazo contra las perversiones y los psicoanalistas inventen palabras difíciles para disimular lo que es tan simple y los mojigatos me ahorquen con sus rosarios.

Aunque vosotros me miréis con esas medias sonrisas irónicas, suficientes, victoriosas. Porque tenéis razón. También vosotros a veces tenéis razón. Porque al final de todo, y estas hojas escritas y la caja de Rancheras son el final de todo, sólo me queda volver a sumergirme en chota vida de lesbiana setentona.

* Pacho O’Donnell: del cuento a la historia

Hay una faceta de Pacho O’Donnell que ha permanecido casi en las penumbras, ya que sus trabajos como historiador supieron eclipsar su obra de ficción que, ahora, con la edición de sus Cuentos completos está al alcance de todos.

“Casi todos mis libros de ficción tuvieron una vida bastante negra, porque fueron publicados cuando estaba prohibido o exiliado. Como con La seducción de la hija del portero (1975), que levantó tal alboroto que al otro día fue allanada la editorial porque al entender de los militares era pornográfico. Dijeron que si publicaban otro más le cortaban la cadena de distribución”, comentó O’Donnell en la sala Jorge Luis Borges de la Feria del Libro (5 de mayo 2010).

“Lo gracioso, o no tanto, es que hace unos años quise afiliarme a un club y para no rechazarme me pidieron que desistiese. Cuando pregunté el porqué me respondieron que era por ‘izquierdista y pornógrafo’. Una vez le preguntaron a Borges sobre el cuento y dijo: ‘Es un muchacho audaz porque llama portero a quien debería llamar encargado…’, como dando a entender que le gustaba”.

El médico especializado en psiquiatría y psicoanálisis sostuvo que fue abandonando la ficción debido a que necesitaba nuevos retos.

“Si me hubiera dedicado a una sola cosa quizá hubiese llegado a algo, no lo sé. Mi vida, como mi obra, está desparramada. Nunca estoy satisfecho con lo que hago por eso sigo buscando nuevos desafíos”.

Luego de leer fragmentos de sus cuentos Falucho y Los mayas argentinos, O’Donnell reflexionó sobre sus otras pasiones: el teatro y la historia.

“El teatro desnuda muchas cosas, revela aspectos de las personas. Cada vez que presenté una obra en el fondo tenía un deseo profundo de que nadie se hubiese dado cuenta qué es lo que mostré de mí”.

Además, comentó que en su próximo libro La batalla de la Vuelta de Obligado, buscará “reivindicar una epopeya” que ha sido desvalorizada por las corrientes ideológicas del momento.

“(José de) San Martín decía que este combate estaba a la altura de las guerras de la independencia porque se derrotó a las potencias de aquel entonces, Inglaterra y Francia. Por esto, San Martín decidió legarle su sable a (Juan Manuel de) Rosas.”

“En cambio, la bacanería argentina no entendía cómo ese gaucho bruto había disparado sus cañones a esos que ellos tanto admiraban. Vivimos presos de un mito ajeno, que nos fue impuesto. La ideología del elitismo, de una sociedad que confundía civilización con Europa y la barbarie con lo nuestro. Esta es una de las razones por las que Rosas está descalificado, ni siquiera hay calles con su nombre”.

Finalmente, opinó acerca de los nuevos enfoques que está teniendo la historia argentina: “Mi idea no es humanizar ni mostrar sentimientos. Si esto sucede es porque estos personajes son hombres, como todos. No me interesa mostrar la cama de los próceres. Eso es una patología del revisionismo contemporáneo, es convertirse en un paparazzi”.

Fuente: Blog de la Feria del Libro, 6 de mayo de 2010.

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El caso de las novias falsas en el mercado de Xiu Shui

Un texto de Guillermo Bravo *

Como cualquier turista sabe, en el mercado de Xiu Shui puede encontrarse de todo, pero falso. Si bien nadie está contento de comprar copias, el lugar siempre se encuentra lleno de extranjeros que por lo general se dejan estafar un poco por los vendedores pekineses.
Hace unos días andábamos por ahí con mi amigo Wang y me llamó la atención un cartel en uno de los puestos:
« Cheap girlfriend here »
Era un cartel en neón, sobre una madera pintada de negro. Le pregunté a Wang de qué se trataba.
– Fabrican mujeres, a muy bajo costo, son los mejores de Pekín.

Yo llevaba unos meses en la ciudad, y extrañaba mucho a mi novia, que se había quedado en París. Me detuve unos segundos ante el cartel, hasta que Wang siguió.
Esa noche casi no dormí, pensando en la doble deliciosa que podría acompañarme. Al otro día llamé a mi amigo.
En el stand estaba el mismo anciano del día anterior.

– Quiero una.
– Perfecto. ¿Cómo?
Hice una seña casi obscena, describiendo el cuerpo.
– Sí, por supuesto.

Describí el color de ojos, el pelo, la forma de ser, aprovechando para hacer algunas modificaciones…El anciano tomó notas, llenó un formulario y se puso a trabajar en un aparato que parecía una de esas maquinas de hacer pastas.

– ¿Qué más?

Me entusiasmé y fui agregando rasgos de carácter y algún que otro detalle físico. El anciano no paraba de anotar en su maquina. Después se encendieron luces por todas partes, el motor empezó a funcionar y entre los rollos salió una figura aplanada que era casi una foto de mi novia. Entonces el viejo la sacó, la metió en otra maquina y al final me puso al frente a una chica muy rara, que se parecía.
Me abrazó y me dio un beso en la boca. El viejo me pidió mil RM.
Salimos del local y Wang nos dejó solos. Tomamos el metro y salimos en Qianmen. Cruzamos la plaza, caminamos a lo largo de la Ciudad Prohibida y bajamos hasta la Opera. Nos sentamos cerca del lago que rodea el edificio y nos quedamos charlando un rato.
Cuando quise darle un nuevo beso sentí un gusto raro. Algo andaba mal. Estos vendedores pekineses…Nos paramos y una mano de la pobre muñeca cayó al agua.
Empezó a repetir la misma sílaba. Tuve que volver a casa y dejarla en el ropero. Al otro día fui a cambiarla al viejo de Xiu Shui, pero cuando empecé a hablarle puso los ojos blancos y repitió maquinalmente « no, no, no ». El tipo que estaba al lado me miró y me dijo:
-No le haga caso hombre, es un vendedor falso.

Entonces le tomé un brazo y tiré para comprobar: Me quedé con el brazo de madera en las manos.
-¡Viejo de mierda!
Y le di con el brazo de madera en la cabeza. El cráneo hizo un ruido hueco y se desprendió del pequeño cuerpo, rebotó una, dos veces, y se puso a rodar entre las góndolas. La gente levantaba las piernas asustadas.
Entonces vinieron dos policías con cara fotocopiada, bigote fino sobre los labios negros, y me atraparon.
Esa noche la pasé en prisión, pensando en las novias simétricas, lejos las dos. Pero en medio de la noche, como a eso de las cuatro, ví pasar uno de los guardia cárceles.
En la luz brumosa del pasillo pude verlo mejor: Tenía el cuello medio despegado. Entonces me di cuenta de que era un policía falso y comprobé los barrotes: eran de plástico.
Los arranqué y seguí por el pasillo. Cuando vino el guarda cárcel le di un golpe y su cabeza rodó sin ofrecer resistencia.
Corrí hacia la salida y tomé un taxi. Di la dirección de mi amigo Wang, por si me buscaban en mi departamento. No me importó despertarlo en medio de la noche. No me atendió. Abrí la ventana, metí la mano para accionar el picaporte y entré.
Su cuerpo estaba sobre la cama sin abrir y tenía algo raro. Tiré fuerte y su cabeza se despegó casi sin esfuerzo. Miré por la ventana, la luna me hizo pensar en la cabeza suelta de Wang, que yo aun sostenía en una mano y cuyos ojitos se habían abierto sin mirada.
Estiré la mano hacia la ventana y con los dedos acaricié el contorno de la luna. La tomé y la retiré de la noche : Era también un plástico de Xiu Shui.
¡Era el cielo falso de Xiu Shui!
Tomé un taxi falso hasta el aeropuerto.
Apreté la garganta del taxista falso y le pedí la verdad.
– ¡China no existe!
Era un taxista gordo. Le habían pegado unos ojos chiquitos, su pelo absorbía la luz y cuando le daban los faroles de frente parecía un velador.
En el avión que me alejaba iba escuchando unas canciones de Yunan y me pareció que eran voces travestidas del Ricky Martin de los años noventa.


* Guillermo Bravo nació en 1982, es escritor y editor. Publicó No le cuentes a nadie (2005), El cuchillo (2011) y Brasil (2012), por Editorial Alción (Córdoba). Actualmente reside en China, donde dirige una pequeña editorial que traduce literatura latinoamericana al chino.

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La escuelita

Por Alicia Partnoy *

“…Se habla asimismo de personas ‘desaparecidas’ que se encontrarían detenidas por el gobierno argentino en los ig­notos lugares del país. Todo esto no es sino una falsedad uti­lizada con fines políticos, ya que en la República no existen lugares secretos de detención, ni hay en los establecimientos carcelarios personas detenidas clandestinamente. (Fragmento del Documento final de la Junta Militar sobre la guerra contra la subversión y el terrorismo. Abril de 1983.)

Había una vez una Escuelita…

…de muerte y destrucción. Yo conocí una pero hay mu­chas plantadas “en los ignotos lugares” de nuestro continen­te. En esas Escuelitas los “maestros” enseñan a fuerza de tor­tura y humillaciones a perder la memoria de uno mismo y a que restemos la voluntad de lucha por cambiar la ecuación de la injusticia.

En las Escuelitas están los desaparecidos, a quienes se se­cuestra de la vida. Una mañana, una tarde o una noche cual­quiera los amordazan y les vendan los ojos. Después, tratan de convencer al resto de que no existen, de que jamás pudie­ron haber existido… Tratan de convencer a la víctima de que tampoco existe, de que ha desaparecido del mundo, de las guías telefónicas, de su puesto en la historia, del pulso de sus seres queridos… Pero fui mala alumna. Por eso es que hoy les abro la puerta.

Olvidábamos los nombres, los rostros y las calles, las ca­sas, los encuentros… pero siempre recordábamos alimentar la raíz de nuestro sueño… O casi siempre. A veces ese sueño se quebraba un instante, un minuto, unas dos horas, un día entero, tal vez una semana. Después, la voz amiga construía de los cristales rotos una ventana desde donde podía presentirse a nuestra gente siguiendo la batalla cotidiana. Y entonces era volver a levantarse… convivir con la muerte y la locura.

Obligados a permanecer tirados en colchones o en el piso, sin hablar, sin ver, manos atadas, estómago vacío, soportan­do golpes, insultos y la incertidumbre de la bala final, aprendi­mos de los milicos, en esos meses de Escuelita, que el odio que nos tienen es más grande que el que siente el pueblo por ellos.

Tratemos de aflojarnos la venda que nos han puesto sobre los ojos, espiemos por el resquicio cómo transcurre la vida en La Escuelita. Por la sangre de los que conocieron las aulas del terror antes de que los fusilaran, por el dolor de los que están en este momento soportando las diversas clases de la infamia, sumémonos a la fuerza para borrar de la faz del con­tinente todas las Escuelitas, para que los crímenes no queden impunes, y entonces, los pueblos castigados puedan alzarse en maremotos, ocupar lo que es suyo y ser felices.

Chancletas con una sola flor

Ese mediodía andaba con las sandalias del “Negro”. Hacía calor y no tenía ganas de revolver el ropero para buscar las suyas. Había bastante que hacer en la casa. Cuando golpea­ron la puerta recorrió chancleteando los treinta metros de pasillo. Pensó por un segundo que tal vez no debiera abrir: golpeaban muy a lo bruto… pero era mediodía. Siempre los había esperado de noche. Era lindo andar con el batón de entre casa y las sandalias del “Negro” después de haber dormi­do tantas noches con los zapatos puestos, esperándolos.

Perdió la primera en la mitad del pasillo, antes de llegar donde estaba la nena, que venía siguiéndola rumbo a la puer­ta. Perdió la segunda al saltar el paredón del fondo. Para en­tonces, los gritos y patadas en la puerta eran brutales. Ruth había roto en llanto. De cuclillas entre las plantas, escuchó el tiro. Miró hacia arriba y vio soldados en todos los techos. Corrió hacia la calle por entre los pastos altos como ella. Los pies le respondían. De pronto el sol la desnudó, le aprisionó el aliento. Cuando los milicos la tomaron de los brazos para hacerla caminar hasta el camión, miró un instante sus pies descalzos sobre el polvo seco de la calle, después alzó la vista: el cielo era tan azul que dolía. Los vecinos oyeron sus gritos de denuncia.

El piso del camión estaba fresco, pero las baldosas del edi­ficio del Comando de Ejército estaban más frescas aún. Ca­minó mil veces de punta a punta la habitación, hasta que esa tarde la vinieron a buscar. Por un resquicio de la venda veía sus pies sobre las baldositas blancas y negras, la escalera, el pasillo. Después fue el viaje a La Escuelita.

En la cocina del campo de concentración tomaron regis­tro de sus pertenencias:

—¿Para qué si me van a robar todo? —les preguntó.

—Una alianza de casamiento, un reloj marca…, vestido color…, corpiño, no tiene, bombacha color…, zapatos no tiene. ¿No tiene? No importa. ¡Total para lo que va a caminar! —. Carcajadas.

Ella no prestaba mucha atención a lo que decían. Trataba, sí, de deducir cuántos eran. Cuando pensaba que iba a empe­zar el interrogatorio, la llevaron a una pieza, pasando un pa­sillo de baldosas… piso de madera vieja. La venda seguía flo­ja. Cuando llegó al camastro que le correspondía, descubrió una frazada harapienta, se cubrió los pies y ya no se sintió tan desvalida. La noche fue una pesadilla en vela.

A la mañana siguiente alguien le tocó el hombro y la hizo levantarse. Durante la noche le habían ajustado la venda de los ojos: el resquicio era más pequeño pero suficiente para ver el suelo de la antesala… sangre en el piso, junto a la man­cha celeste. La hicieron pasar sobre las gotas de sangre. Trató de no esquivarlas para que no se dieran cuenta de que podía ver.

Mientras abrían la reja del pasillo pensó un minuto en la mancha celeste. Hubiera jurado que ese color le era muy fa­miliar… era igual al celeste de los pantalones del “Negro”… era idéntico al celeste de los pantalones del “Negro”. Era él, tirado en el piso de la antesala, lastimado. El corazón se le encogió un poco más, hasta tomar la consistencia de la pie­dra. “Tenemos que ser duros”, pensó “si no, nos hacen mier­da”. A pesar de eso el miedo le abrió un enorme hueco en el estómago, cuando bajó el escalón de la sala de “máquina” vio un pedazo de la cama metálica de esas que se usan para la tortura. El piso era de cemento.

***

No recuerda qué día fue exactamente. Para ese entonces ya conocía algo del movimiento de La Escuelita. Ya sabía, por ejemplo, que después de comer, si los dejaban estar sen­tados unos minutos en el borde de la cama, podía susurrarle algo a “la Vasquita”, que estaba en la cucheta de al lado, sin que las pescaran. Eligió las palabras:

—¡Vasca! —llamó.

—Sí…

—Me dieron unas chancletas con una sola flor.

—¡Al fin!

—¿Me entendiste bien? Una sola flor, dos chancletas y una sola flor.

“La Vasca” estiró mucho el cuello y levantó la cara para espiar por debajo de la venda. Primero sonrió y luego se echó a reír con una risa nerviosa y a duras penas contenida. Ella ya no sabía cómo hacer para no estallar en carcajadas. Si las en­ganchaban riéndose les iba a costar mucho explicar qué era lo que les causaba tanta gracia. Entonces, con o sin explicacio­nes, vendrían los golpes. La flor, una inmensa margarita de plástico, las miraba desde allá abajo. La otra chancleta, huér­fana de flor, era más como ellas. Pero esa flor, entre la mugre y el miedo, los gritos y la tortura, esa flor tan de plástico, tan de mentira, tan ridícula… Esa margarita de utilería era casi obscena, absurda, una burla… Chancleteó la margarita du­rante mas de cien días de la letrina a la cama, de la cama a la ducha. Muchas veces buscó la margarita a tientas bajo la cucheta, entre los golpes y gritos de los guardias. El día en que la trasladaron a la cárcel, a alguien se le ocurrió que de­bía llevar zapatos “más decentes”. Le consiguieron unas al­pargatas como tres números más grandes. Las chancletas con una sola flor quedaron en La Escuelita, desaparecidas…

Letrina

—Descubrí la fórmula contra el estreñimiento—le dije a María Elenita una mañana después de espiar por debajo de la venda y ver que “el Loro” estaba en la otra pieza.

—¿Sí?

—Te imaginas que la cara del “Chiche” está en la letrina y es un placer cagar.

—¿Y da resultado? —preguntó incrédula.

—Claro, te reventás haciendo fuerza pero vale la pena.

Todos nos la rebuscamos para verle la cara al “Chiche”, el jefe de turno a quien le dan ataques de demagogia y viene cada dos por tres a conversar con “sus” presos y preguntar cómo nos tratan. Todos, por otra parte, sufrimos de estreñi­miento, consecuencia de pasar meses inmóviles en las cuchetas y de no tener un minuto de tranquilidad para hacer nuestras necesidades.

Al principio usábamos el baño de ellos, adentro. Enton­ces, a veces hasta nos daban permiso para lavarnos las manos. Después empezaron los viajes a la letrina. Ahora nos llevan dos veces por día y, cuando el guardia se siente benévolo, hasta tres veces.

—¡Sentarse y ponerse los zapatos!— ruge “el Peine”. Los que tenemos buscamos sin ver a los manotazos bajo la cama.

—¡Más rápido! ¡Más rápido!

Y la macana de goma suena sobre alguno. Nos agarra de la venda que ata nuestras manos y nos ubica de a dos frente a la reja. Abre el candado y otro guardia nos va sacando por el pasillo. Frente a la puerta de afuera esperamos que traigan al compañero anterior. El tercer guardia nos lleva entonces hasta la letrina.

—Más adelante, hacia la derecha… abrí las patas… Caminá para atrás. Alto… ¡Apurate!

—Señor… papel por favor…

Estiro la mano esperando un pedazo de diario. Me da una cartulina: papel de lija. Después me entero de que a los mu­chachos les dan casi siempre lija para limpiarse. Me agacho en la letrina y veo por la hendija de la venda las zapatillas del “Pato”, que se queda ahí mismo. Veo también mi vestido bordó floreado con el que trato de cubrirme y, sobre la tabla sucia de orina y excrementos, mi chancleta con su flor de plástico. Sopla un viento suave que, de no estar con la nariz en la letrina, aspiraría profundamente. Cantan los pájaros y se oye pasar el tren.

—iApurate!

Me vuelve a atar las manos y de nuevo puerta… pasillo… reja…

—Acostate.

Mis tripas están contentas.

El otro día “el Loro” y “el Bruja” inventaron la cuestión el trencito.

—Vamos, vamos, apurarse— corría como loco “el Loro” de una pieza a la otra, mientras nos iba poniendo en fila.

—Míralos qué simpáticos: los subversivos jugando al trencito—llamó al “Bruja” que estaba al otro lado de la reja. Al otro le gustó la historia.

—Dense las manos. Digan chucu pii chucu pii. Más fuerte, vamos.

Tomé la mano de “la Vasca” y nos dimos un apretón cómplice. Del otro lado sentí la mano firme de Hugo. “Fuerza para hoy y para todos los días que nos falten”, fue el mensaje.

Una vez afuera, todavía se sentía “el Bruja” con espíritu de diversión. Al regreso de la letrina nos hacía correr en redondo por el patio. íbamos a ciegas, arrastrados por la atadura de las manos. Yo logré olvidarme por un instante de la venda sobre los ojos, de lo absurdo sobre lo absurdo y disfruté el poder sentir mis piernas correr… diez segundos. Cuando María Ele­na se desmayó de debilidad, se acabó el “juego”.

Hace cosa de una semana “el Peine” me traía de la letrina. Estaba en el patio y en eso sentí que empujaban a un compa­ñero para que nos chocáramos.

—Dale una cachetada por maleducado —dijo “el Loro”, poniendo mi mano a la altura de la cara del otro preso. Le acaricié la mejilla…

—Pégale o te pego a vos —gritó el “Loro”. Le di una sua­ve palmada y me quedé esperando las doce bofetadas del guar­dia, que casi no sentí porque pensaba que, después de todo, el Hugo ya había estado en la tortura y la había pasado mu­cho peor que yo.

Cosas así se dan siempre cuando vamos a la letrina. Como el otro día, que me empujaron contra la reja y me rompieron un diente del golpe.

Una vez, el mes pasado, no fui al baño a la tarde. No es que no tuviera ganas. Era un día de esos en que ya no aguan­taba más. Había dormido unas dieciocho horas, sólo me ha­bía despertado para el almuerzo. Quería seguir durmiendo. Ya no soportaba ver por debajo de la venda las manos de los guardias que nos manoseaban cuando pasábamos, manos que no podíamos esquivar sin delatar nuestra venda floja. La cues­tión es que seguí durmiendo y esa noche, mientras soñaba con un inodoro limpio color celeste, me despertó la hume­dad de la orina.

Pero ahora mejor no pienso más en eso. Hace como dos ho­ras que estoy aguantando… y todavía me faltan unas tres más…

¡Ayl. por nuestra generación.
Es que esta pasión
te deriva y te hace náufrago en la tierra. Es
torbellino y quizá sementera.
Luis Paredes “el Chito”

Cumpleaños

No me trajeron la gaseosa que me había prometido el vi­sitante gordo. Sin embargo, me dejaron sentar en la cucheta. Es que hoy es mi cumpleaños. El visitante vino ayer por se­gunda vez, dio varias vueltas, hizo despliegue de civilidad y nos preguntó qué era lo que más nos gustaría comer. Creí que era importante por la manera en que trataba al “Turco”, el jefe de guardia. Le dije entonces que me moría de ganas de tomar una gaseosa. Me prometió que hoy me haría traer una para celebrar mi cumpleaños. Pensé que cumpliría y es por eso que desde ayer estoy jugando con la sensación de tener burbujas en la boca, burbujas dulces. Mentalmente ya me tomé esa gaseosa unas quince veces. Me llamó la atención, sin embargo, que me dejaran sentar. Es que en esta pieza, según “el Turco”, estamos los de mala conducta, los que no colaboramos. Cuando empezó esta farsa del régimen de “pri­vilegios” hablé con “Patichoti”:

—A los de la otra pieza les permiten quedarse sentados después de comer. También decían que iban a poder tomar sol. Hoy lo hicieron. Los sacaron al patio unos cinco minu­tos esta mañana.

—Yo no vendo a mis amigos por cinco minutos de sol…por todo el sol del mundo.

— ijate que allí también hay mucha gente que no cola­boró ¿Qué buscarán con esto de los privilegios?

—Quebrarnos —”Parichoti” fue terminante.

Ahora “Patichoti” trata de hacerme reír. Está en la cama de enfrente, contra la puerta, por eso no lo pueden ver cuan­do, arqueando el cuello hacia atrás, me espía por debajo de la venda. Tiene el cuerpo musculoso y un tatuaje en el brazo derecho con su nombre. A “Patichoti” le falta una pierna y le sobra sentido del humor. Yo estoy sentada en la cucheta de arriba, con las piernas colgando. Me da a entender que lo ha dejado sin aliento la maravillosa visión de mis pantorrillas que se balancean a metro y medio del piso. Se mantiene en esa posición incómoda, con el cuello en puente, mientras hace gestos de deleite con la boca, la única parte de la cara que la venda no le cubre. Esta vez yo no me río.

—¿Qué te pasa, flaca? —me pregunta, preocupado. Él sabe que lo estoy espiando. Estar sentada sobre la cucheta alta amplía mi campo visual. Así es como de pronto confirmo una sospecha que me ronda hace dos días: Eli también está aquí. Ayer trajeron a “Benja” y a María Elena…

—Flaca, ¿qué te pasa? —vuelve a preguntar “Patichoti”—. Estamos todos aquí, todos ¿Cómo hicieron estos hijos de puta para agarrarnos a todos?

Entra el guardia y le pido de nuevo la prometida gaseosa. El odio no me impide desear un cosquilleo de burbujas viajándome por la garganta.

—Después —responde. Cierra la ventana aunque toda­vía no es de noche y se va. Ahora enciende la radio. Escucho la música tan fuerte que parece sacudir los cimientos de La Escuelita y me doy cuenta de que no es para festejar mi cum­pleaños. Todavía no se han filtrado gritos porque eso pasa entre canción y canción. Leo los labios de “Patichoti”: “Fuer­za”. Sé que él se debe estar acordando de la tortura.

Fragmentos de La escuelita, Editorial La Bohemia, Buenos Aires 2007.

* Alicia Partnoy (1955) fue detenida por la dictadura militar. Durante los años de cárcel como presa política, sus poemas e historias fueron deslizados en secreto fuera de la prisión y publicados anónimamente en diarios y revistas de organizaciones de derechos humanos. Desde su llegada a los Estados Unidos ha dado numerosas conferencias por invitación de Amnesty International, organizaciones religiosas, universidades y otras entidades. Ha presentado testimonio sobre violaciones a los derechos humanos en la Organización de las Naciones Unidas, la Organización de los Estados Americanos, Amnesty International y organizaciones de derechos humanos en la Argentina. Su testimonio aparece en Nunca Más. Editó You Can’t Drown the Fire: Latin American Women Writing in Exile (Cleis Press,1988), y es miembro del Consejo Directivo de Amnesty International U.S.A.
Es autora de: The Little School-Tales of Disappearance & Survival in Argentina (1986), La venganza de la manzana (1992), La escuelita (2007).

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Estrategia

Un cuento de Elvio Gandolfo *

Los días feriados o los domingos salía a la vereda y se entretenía con la corriente de automóviles nuevos y brillantes que desfilaba por la avenida. Cabeceaba, saludando, y a veces de una de las ventanillas se asomaba una cabeza y gritaba: “Adiós, don Lope”.

A mediodía entraba a almorzar, haciendo un intervalo de media hora, que coincidía con una falta casi total de coches sobre la avenida.

Por lo general asaba unos pedazos de carne sobre una pequeña parrilla de alambres retorcidos que él mismo había construido el verano anterior.

Mientras masticaba pausadamente, deteniéndose a veces para tomar un trago de vino, se entretenía imaginando las clases de comida que estarían tragando en el resto del pueblo, las maneras de mascar de cada uno de los que lo saludaban por la mañana. Le hacía gracia sobre todo imaginar al hijo del intendente, con aquel tic incontrolable que le sacudía la mandíbula, desparramando a intervalos regulares una nube de migas o arroz o pastas sobre la mesa inmaculada. Se reía solo en el patio, rodeado por las tres paredes de adobe, y a veces, aún riéndose, perdía la mirada en el paisaje que enmarcaba el rectángulo del fondo, abierto al campo en el que se veían cada vez más construcciones y en el ángulo izquierdo, los autos o camiones lejanos que se deslizaban sobre la ruta, en el invierno nítidos y brillantes como pequeños escarabajos y en el verano un poco borroneados por la emanación titilante del alquitrán.

Cuando terminaba, entraba a la piecita que hacía de cocina y dormitorio y sacaba la pava de un gran cajón de madera que había junto a la cama. Salía al patio y la ponía sobre la parrilla. Mientras esperaba que el agua se calentara, caminaba hasta el alambrado, se apoyaba en uno de los postes, y se hundía en la contemplación de los autos y los camiones y los ómnibus, o, si era verano, en las trayectorias epilépticas de las mariposas, murmurando a medida que las reconocía “una lechera, un relojito, una reina amarilla.”. El regocijo máximo era ver, sin que el bicho lo advirtiera, alguna lagartija o liebre que, despreciando el pellejo, se hubiera cruzado desde el otro lado de la ruta, donde solo había campos interminables.

De pronto salía de la abstracción y se apartaba del alambre, con movimientos mínimos, que sin embargo concentraban una tensión desmedida a su alrededor, tan inmóvil había estado hasta entonces.

Un par de niños acostumbraba jugar en el campito donde circulaban las mariposas: cuando veían estos movimientos comentaban que ahí estaba despertándose don Lope. A veces se acercaban al alambre y el viejo, sin moverse, los invitaba a comer algún pedazo de carne sobrante, o a tomar mate.

Luego de salir de su inmovilidad se acercaba a la parrilla, pasaba de largo, entraba a la pieza y sacaba del cajón de madera un paquete de yerba y un mate en forma de cuerno. Volvía a pasar junto a la parrilla y entraba al baño, donde estaba la única canilla de la casa. Allí lavaba parsimoniosamente el interior del cuerno, a veces haciendo visajes frente al pequeño espejo, o mirándose los dientes y las encías. Si hacía mucho calor se sacaba la camisa y se refrescaba un poco el cuerpo con agua. Levantaba la pava, recogía de paso el banco de madera en el que se había sentado a comer, y abría la puerta que daba a la avenida. Entrecerrando los ojos ante el resplandor del Sol, se sentaba con el cuerno en una mano y la pava junto a la alpargata, y se reclinaba contra la pared (volvió a dormirse don Lope, decían los niños si llegaban a verlo).

Cuando oía pasar dos o tres autos seguidos y veía que la sombra de la pared se había alargado, llegando casi hasta el borde de la calle, entraba, se ponía nuevamente la camisa, dejaba adentro el mate, la pava y el banquito y volvía a salir. Se apoyaba en el mismo lugar, cabeceando a los conocidos.

Uno de sus entretenimientos era imaginar un gran choque, en el que el auto que pasaba en ese momento, por alguna causa indefinida (un defecto en la dirección, un reventón, o simplemente una explosión devastadora en el motor: no entendía mucho de mecánica), se atravesaba en la ruta y el resto, sin verlo, iba incrustándose lentamente, a la misma velocidad con que pasaban en el montón de hierro, formando poco a poco una gran masa retorcida frente a su casa. No había odio en la idea, era como un chiste: se reía hacia adentro mientras seguía cabeceando.

Cuando anochecía entraba y salía poco después con el saco puesto, caminando con un lento balanceo, que le hacía demorar diez minutos para llegar al bar “Las dos estrellas”. Allí era saludado por los parroquianos, y el dueño le servía una copita de anís, que engrosaba una cuenta religiosamente pagada a fin de cada mes. Se quedaba un rato, jugando una partida por garbanzos, o dinero si era principio de mes, y volvía a caminar con el mismo balanceo las cuadras de tierra hasta la casa. Entraba al dormitorio y acomodaba el saco en una silla antigua que había junto a la cama. Salía al patio y colgaba la parrilla de un clavo. Alzaba la chapa con las cenizas grasientas e iba hasta el fondo, desparramándolas parejamente sobre las lechugas. Si era verano, se apoyaba en el poste del alambrado y se entretenía en mirar las luces de los coches, los camiones y los ómnibus sobre la ruta. A veces miraba el cielo durante cinco o diez minutos, fijamente.

Cuando se aburría, alzaba la chapa y volvía al patio. La ponía bajo la parrilla y entraba al dormitorio. Se desvestía lentamente, colocando el pantalón y la camisa sobre la silla en la que ya descansaba el saco. Luego iba hasta el roperito que había a la derecha de la cama y lo abría. Estaba repleto de revistas. Pilas desparejas que llegaban del piso al techo. Dudaba un momento y al fin sacaba algún Patoruzú, o algún Mundo Deportivo, de veinte años atrás. Se acostaba y los hojeaba cuidadosamente, deteniéndose a veces en algún chiste que le gustaba particularmente, o en alguna foto de Osvaldo Suárez, o Zatopek, o cualquier otro atleta de su época, cuando vivía su mujer y todos sus hijos estaban en la casa, coleccionando el Patoruzú, El Gráfico o el Mundo Deportivo.

Cuando terminaba de leerla, o se cansaba, apagaba la luz y se dormía.

Como en verano dejaba la puerta abierta y en invierno la luz pasaba a través de los vidrios sin postigos, se despertaba temprano, casi siempre antes de que el Sol asomase en el rectángulo del fondo.

Recogía la revista que había dejado caer al dormirse y la ubicaba en las pilas del ropero, bien abajo, cosa de volver a leerla mucho después, cuando ya hubiera olvidado los chistes y las fotos. Luego se ponía la camisa y el pantalón. Sacaba del cajón de madera un pequeño calentador de alcohol y cebaba unos mates antes de irse.

Caminaba con el lento balanceo las siete cuadras de avenida, hasta llegar al paredón que la cerraba. Allí doblaba hasta llegar a la plaza. La cruzaba saludando todas las mañanas a las mismas dos o tres personas: el guardián, que en ese momento comenzaba a regar los canteros, y uno o dos tipos encorvados y hoscos aún por el sueño, que sonreían al verlo y le decían adiós.

Al llegar a la municipalidad, rodeaba el pulcro edificio de tejas hasta llegar a los fondos. Abría la pequeña casilla de madera que se recostaba contra el alambrado y sacaba un uniforme azul desteñido y una gorra de tela con visera negra. Lo hacía con calma, dejando correr la vista sobre los árboles cercanos y el cielo, límpido a esa hora. Luego sacaba el carrito de mano, que ya tenía adentro el escobillón y la pala.

Desde allí, la misma vereda de la municipalidad, comenzaba a barrer el pueblo, sin olvidar una sola calle. Al mediodía paraba un par de horas en la fonda “Las hermanas”. Dejaba estacionado el carrito junto al cordón y entraba a almorzar. Podía hacerlo en su casa, pero nunca se le hubiera ocurrido: desde que había muerto su mujer, y sus hijos se habían ido a vivir en las ciudades, prefería comer acompañado por dos o tres personas, casi siempre las mismas. Como la fonda era uno de los dos únicos lugares donde se podía almorzar en el pueblo, a menudo se agregaba algún corredor o viajante, cuya conversación le resultaba tan entretenida como leer las revistas antes de dormirse. Cuando terminaba el postre se sentaba en uno de los sillones del vestíbulo y dormitaba una siesta corta. Cuando salía, empuñaba el carrito y se dirigía nuevamente a la municipalidad. Allí descargaba la basura recogida en un depósito de chapa que vaciaban una vez por semana. Luego se dedicaba a barrer, hasta cerca de las cinco de la tarde, las calles del barrio tras las vías. Allí las casas eran viejas, y la gente más amable. Solían pararse a conversar con él, sobre temas tan neutros y repetidos como el tiempo y las enfermedades. Al fin volvía al pulcro edificio de tejas, abandonaba el carrito, los implementos y el uniforme en la casilla de madera, y repetía el trayecto del amanecer con su lento balanceo.

A la mañana pasaba con el carrito frente a las puertas del banco. Era un edifico nuevo, construido por rigurosa necesidad, ya que el anterior, embestido por un ciclón, se había partido de arriba abajo, volviéndose inhabitable. En verano su recorrido coincidía con la hora en que el camión blindado descargaba las bolsas de dinero. A veces se detenía a mirar a los dos o tres uniformados y a uno de los cajeros del banco, que controlaba con una planilla, parado en mangas de camisa junto a la gruesa puerta blindada. Luego de saludarlos seguía barriendo, doblando hacia la plaza al llegar a la esquina.

Casi siempre seguía pensando en las bolsas de dinero durante dos o tres cuadras. Y su imaginación repetía siempre los mismo pasos: trataba de pensar fríamente que dentro de aquellas cinco o seis bolsas enormes había nada más que billetes, y luego trataba de calcular una suma, fijando distintos valores. “Si fueran billetes de mil, por ejemplo”, comenzaba. Pero siempre terminaba abandonando la cuenta, confundido. Y a veces relacionaba las bolsas de billetes con las pilas de revistas viejas que llenaban el ropero. Luego se olvidaba por completo del asunto, y seguía, rumbo a la fonda de las hermanas.

De vez en cuando lo visitaba alguno de sus dos hijos. Uno de ellos prefería dormir en el hotel del centro.
Cuando venía el otro corrían el ropero y sacaban de atrás un catre tijera medio apolillado que ubicaban junto a la cama o si hacía mucho calor en el patio.

Al que vivía en el hotel la vida de don Lope le parecía aburrida, y algunas de las cosas que hacía absurdas. Le proponía que se fuera a vivir con él a la ciudad, allí él y su mujer lo atenderían bien. También le sugería que se decidiera a quemar las revistas del ropero, en vez de poner la ropa sobre una silla y lo demás en el cajón de madera. Acostumbraba quedarse poco.

El otro estudiaba y todavía no se había casado. Se había ido hacía más de diez años, pero aún seguía a media carrera. Tanto él como el padre acostumbraban hablar del estudio como de algo eterno; algunos se dedicaban a pintar o a escribir toda la vida, él estudiaba. A la noche, una vez que comían un asado o volvían de la fonda, se quedaban horas conversando en voz baja, tanto que a veces don Lope casi unía el fin de la conversación con la salida hacia el municipio. Cuando volvía encontraba al hijo hojeando alguna de las revistas del ropero o parado en la puerta, esperándolo con el mate de cuerno en la mano, cruzado de brazos. Cuando más solía venir era en verano, a veces a quedarse una o dos semanas.

Su hijo partió a la madrugada, prometiéndole volver pronto. El viejo le había preparado un par de sandwiches. El viaje hasta la ciudad era largo. Se dieron un abrazo corto mientras el ómnibus frenaba. Don Lope vio cómo tomaba la curva para entrar en la ruta. Después comenzó a caminar por la avenida.

Estuvo barriendo las calles prolijamente. Cuando llegó al banco, estaban descargando las bolsas. Mientras se iba acercando, los tres uniformados y el cajero entraron en la fresca penumbra del banco. El camión blindado parecía abandonado sobre la vereda, con la puerta abierta y tres o cuatro bolsas apoyadas contra el cordón. La cuadra estaba perfectamente limpia y decidió seguir sin barrerla. Cuando pasó junto al camión alzó una de las bolsas y la metió en el carrito. Siguió caminando con lentitud. Cuando dobló hacia la plaza los uniformados y el cajero aún no habían salido. Ahora no se ocupó en imaginar cuánto tendrían las bolsas. Se concentró en la que había en el carrito. No sabía por qué lo había hecho, pero lo divertía. Se iba riendo para adentro, hasta que llegó a la fonda. Antes de entrar removió un poco la basura con la pala, para que tapara la bolsa.

Mientras dormitaba en uno de los sillones, acunado por la voz grave y solemne de un viajante de comercio que conversaba con una de las hermanas, entró el comisario. Lo despertó y le preguntó si había visto algo raro al pasar por el banco a mediodía, si había alguien además de los uniformados y el cajero. Le contestó que no, que ni ellos estaban, que eso le había extrañado, porque era un peligro dejar toda esa plata en la calle. El comisario estuvo de acuerdo. Después lo miró fijo, lo saludó y se fue.

Antes de descargar la basura en el depósito de chapa, paró el carrito junto a la casilla de madera y metió la bolsa adentro, entre los picos y las palas. Barrió las calles del barrio viejo hasta las cinco.

Al otro día se vino con el bolso viejo y grande, con el que acostumbraba comprar carne y verduras. Barrió calles hasta el mediodía, descargó la basura, y a la tarde volvió a la casa con el bolso. Se hizo un asadito, desparramó las cenizas sobre las lechugas y leyó un Mundo Deportivo antes de apagar la luz.

Un mes más tarde caminó balanceándose hasta el bar “Las dos estrellas”, con el bolso a cuestas. El comisario había venido a la casa dos o tres veces a hacerle una cantidad interminable de preguntas acerca del día en que había pasado por el banco y no había ni uniformados ni cajero al lado del camión blindado. Don Lope le cebaba un mate tras otro en el cuerno, mientras entrecerraba los ojos, como recordando, y volvía a repetir exactamente lo que había visto.

En el bar jugó dos partidas por doscientos pesos y ganó. Luego de tomar la copita de anís se levantó y saludó a los parroquianos. Algunos bromearon sobre el tamaño del bolso, como siempre que lo llevaba al bar.

Al salir tomó por el rumbo contrario al de la casa. Cortó camino por dos baldíos y al fin llegó a la laguna. Era chica, pero decían que sin fondo. Uno sólo podía bañarse en los bordes. Más que bañarse revolcarse en el barro, con el riesgo de clavarse un vidrio o una lata, porque la gente de los alrededores descargaba basura en las orillas, confiando en la falta de fondo.

No había Luna y el silencio era total. Don Lope sacó la bolsa, dejando el bolso vacío a un lado. La revoleó dos o tres veces sobre la cabeza y la soltó. El bulto describió un círculo y cayó en el centro de la laguna, levantando una pequeña columna de agua negra.

Cuando entró a la pieza estaba demasiado cansado como para leer. Apagó la luz sin abrir la puerta del ropero.

A las dos semanas vino el comisario. Don Lope lo notó nervioso. Además sabía que afuera estaba Lucio, un agente delgado y morocho, que siempre lo saludaba cuando pasaba barriendo frente a la comisaría. Cuando el comisario, devolviéndole el cuerno, empezó a tartamudear y dar vueltas, le dijo que si había venido a revisar él no tenía ningún problema; es más, la policía nunca le había registrado la casa: iba a ser algo interesante para contarle al hijo, cuando viniera, en la semana entrante. Hizo algunas bromas más, hasta que el comisario se sintió totalmente aliviado. Llamó a Lucio y dieron un vistazo general. Abrieron el ropero, intercambiando comentarios acerca de las revistas con don Lope. Todo les llevó menos de diez minutos, porque lo que había en la pieza era la cama, un par de sillas, el ropero, el cajón de madera y el catre tijera atrás del ropero. Después se asomaron al baño y dieron una vuelta por la quinta. Se movían con rapidez, sin ganas. Al fin le dijeron que estaba bien, era una simple formalidad para añadir al expediente. Don Lope comprendía perfectamente. Tomaron unos mates más y se fueron.

El domingo a la mañana se apoyó en la pared, cabeceando a los conocidos que se asomaban por las ventanillas de los coches y lo saludaban. Imaginó el choque y se rió para adentro. Al mediodía preparó la parrilla y se refrescó la cara. No hacía demasiado calor. El verano estaba terminando y sólo había una que otra mariposa volando en el campo encuadrado por el alambre del fondo. Los niños pasaron a unos veinte metros y lo saludaron con las manos en alto, mostrándole dos ranas gigantescas que habían cazado y que brillaban al Sol.

Se entretuvo imaginando la bolsa cayendo en el agua negra, y en cómo se habrían podrido los billetes después, lentamente, quizá mordisqueados por los peces. A lo mejor la laguna era realmente sin fondo, y la bolsa seguía cayendo, o iba a parar al mar, por más lejos que estuviera. De alguna manera la idea de todo ese dinero desperdiciado le hacía gracia. Se reía para adentro mientras hacía visajes frente al espejo del baño, lavando el cuerno para prepararse unos mates.

[Publicado en Ferrocarriles Argentinos, Alfaguara, 1994]

* Elvio E. Gandolfo nació en 1947 en San Rafael, Mendoza. Es narrador y periodista. Escribió, entre otras obras La reina de las nieves (cuentos), Boomerang (novela) y Ferrocarriles Argentinos (cuentos).


La señora del perrito

Un texto de Anton Chejov

UNO

Un nuevo personaje había aparecido en la localidad: una señora con un perrito. Dmitri Dmitrich Gurov, que por entonces pasaba una temporada en Yalta, empezó a tomar algún interés en los acontecimientos que ocurrían. Sentado en el pabellón de Verney, vio pasearse junto al mar a una señora joven, de pelo rubio y mediana estatura, que llevaba una boina; un perrito blanco de Pomerania corría delante de ella.
Después la volvió a encontrar en los jardines públicos y en la plaza varias veces. Caminaba sola, llevando siempre la misma boina, y siempre con el mismo perrito; nadie sabía quién era y todos la llamaban sencillamente «la señora del perrito».
«Si está aquí sola, sin su marido o amigos, no estaría mal trabar amistad con ella», pensó Gurov.
Aún no había cumplido cuarenta años, pero tenía ya una hija de doce y dos hijos en la escuela. Se había casado joven, cuando era estudiante de segundo daño, y por entonces su mujer parecía tener la mitad de edad que él. Era una mujer alta y tiesa, de cejas oscuras, graves y dignas, y como ella misma decía, intelectual. Leía mucho, usaba un lenguaje rebuscado, llamaba a su marido no Dmitri, sino Dimitri, y él en secreto la consideraba falta
de inteligencia, de ideas limitadas, cursi. Estaba avergonzado de ella y no le gustaba quedarse en su casa. Empezó por serle infiel hacía mucho tiempo – le fue infiel bastante a menudo -, y, probablemente por esta razón, casi siempre hablaba mal de las mujeres; y cuando se tocaba este asunto en su presencia, acostumbraba llamarlas «la raza inferior». Parecía estar tan escarmentado por la amarga experiencia, que le era lícito llamarlas como quisiera, y, sin embargo, no podía pasarse dos días seguidos sin «la raza inferior». En la sociedad de hombres estaba aburrido y no parecía el mismo; con ellos se mostraba frío y poco comunicativo; pero en compañía de mujeres se sentía libre, sabiendo de qué hablarles y cómo comportarse;
se encontraba a sus anchas entre ellas aunque estuviese callado. En su aspecto exterior, su carácter y toda su naturaleza, había algo de atractivo que seducía a las mujeres predisponiéndolas en su favor; él sabía esto, y diríase también que alguna fuerza desconocida lo llevaba hacia ellas.
La experiencia, a menudo repetida, la cruda y amarga experiencia, le había enseñado hacía tiempo que con gente decente, especialmente gente de Moscú- siempre lentos e irresolutos para todo -, la intimidad, que al principio diversifica agradablemente la vida y parece una ligera y encantadora aventura, llega a ser inevitablemente un intrincado problema, y con el tiempo la situación se hace insoportable. Pero a cada nuevo encuentro con una mujer interesante, esta experiencia se le olvidaba, sentía ansias de vivir, y todo lo encontraba sencillo y divertido.
Una noche que estaba comiendo en los jardines, la señora de la boina llegó lentamente y se sentó a la mesa de al lado. La expresión de su rostro, su aire, el vestido y el peinado, le indicaron que era una señora, que estaba casada, que se encontraba en Yalta por primera vez y que estaba triste… Las historias inmorales, que se murmuran en sitios como Yalta, son la mayor parte mentira; Gurov las despreciaba, sabiendo que tales historias eran inventos, en su mayor parte, de personas que hubieran pecado tranquilamente, de haber tenido ocasión; pero cuando la señora del perro se sentó a la mesa de al lado, a tres pasos de él, recordó esas historias de conquistas fáciles, de excursiones a las montañas, y el tentador pensamiento de una dulce y ligera aventura amorosa, una novela con una mujer desconocida, cuyo nombre le fuese desconocido también, se apoderó súbitamente de su ánimo.
Llamó cariñosamente al pomeranio, y cuando el perro se acercó a él lo acarició con la mano. El pomeranio gruñó; Gurov volvió a pasarle la mano.
La señora miró hacia él bajando en seguida los ojos.
– No muerde – dijo, y se sonrojó.
-¿Le puedo dar un hueso? – preguntó Gurov; y como ella asintiera con la cabeza, volvió a decir cortésmente -. ¿Hace mucho tiempo que está usted en Yalta?
– Cinco días.
– Yo llevo ya quince aquí.
Un corto silencio siguió a estas palabras.
– El tiempo pasa de prisa, y sin embargo, ¡es tan triste esto! – dijo ella sin mirarlo.
– Es que se ha puesto de moda decir que esto es triste. Cualquier provinciano viviría en Belyov o en Lhidra sin estar triste, y cuando llega aquí exclama en seguida: «¡Qué tristeza! ¡Qué polvo!» ¡Cualquiera diría que viene de Granada!
Ella se echó a reír. Luego, ambos siguieron comiendo en silencio, como extraños; pero después de comer pasearon juntos y pronto empezó entre ellos la conversación ligera y burlona de dos personas que se sienten libres y satisfechas, a quienes no importa ni lo que van a hablar ni hacia dónde han de dirigirse. Pasearon y hablaron de la luz tan rara que había sobre
el mar; el agua era de un suave tono malva oscuro y la luna extendía sobre ella una estela dorada. Hablaron del bochorno que hacía después de un día de calor. Gurov le contó que había venido de Moscú, en donde tomó el grado en Artes, pero que era empleado de un banco; que había estado como cantante en una compañía de ópera, abandonándola luego; que poseía dos casas en Moscú…
De ella supo que había sido educada en San Petersburgo, pero vivía en S. desde su matrimonio, hacía dos años, y que todavía pasaría un mes en Yalta, donde se le reuniría tal vez su marido, que también necesitaba unos días de descanso. No estaba muy segura de si su marido tenía un puesto en el Departamento de la Corona o en el Consejo Provincial, y esta misma ignorancia parecía divertirla.
También supo Gurov que se llamaba Ana Sergeyevna.
Más tarde, una vez en su cuarto, pensó en ella; pensó que volvería a encontrársela al día siguiente; sí, necesariamente se encontrarían. Al acostarse recordó lo que ella le contara de sus sueños de colegio: había estado en él hasta hacía poco, estudiando lecciones como una niña. Y Gurov pensó en su propia hija. Recordaba también su desconfianza, la timidez de su sonrisa y sus modales, su manera de hablar a un extraño. Debía ser ésta la primera vez en su vida que se encontraba sola, examinada con curiosidad e interés; la primera vez también que al dirigirse a ella creyó adivinar en las palabras de los demás secretas intenciones… Recordó su cuello esbelto y delicado, sus encantadores ojos grises. «Algo hay de triste en esta mujer», pensó, y se quedó dormido.

DOS

Una semana había pasado desde que hicieron amistad. Era un día de fiesta. Dentro de las casas hacía bochorno, mientras que en la calle el viento formaba remolinos de polvo y tiraba el sombrero a los transeúntes. Era un día de sed, y Gurov entró varias veces en el pabellón y ofreció a Ana Sergeyevna jarabe y agua o un helado. Nadie sabía qué hacer.
Por la tarde, cuando el viento se calmó un poco, salieron a ver venir el vapor. Había muchas personas paseando por el puerto; se habían reunido para recibir a alguien y llevaban ramos de flores. Se notaban allí dos peculiaridades de la gente elegante de Yalta: las señoras mayores iban como muchachas y había muchos generales vestidos de uniforme. A causa de lo alborotado que estaba el mar, el vapor llegó muy tarde, después de la puesta del sol, y tardó mucho tiempo en atracar al muelle. Ana Sergeyevna miró a través de sus impertinentes al vapor y a los pasajeros como esperando encontrar algún conocido, y al volverse hacia Gurov sus ojos brillaban.
Habló mucho y preguntaba cosas desacordes, olvidando al poco rato lo que había preguntado; al hacer un movimiento con la mano dejó caer los impertinentes al suelo.
La gente empezaba a dispersarse; estaba demasiado oscuro para ver las caras de los que pasaban. El viento se había calmado por completo, pero Gurov y Ana Sergeyevna permanecían allí quietos como si esperasen ver salir a alguien más del vapor.
Ella olía en silencio las flores sin mirar a Gurov.
– El tiempo está mejor esta tarde – dijo él -. ¿Dónde vamos ahora?
Ella no contestó.
Entonces Gurov la miró intensamente, rodeó su cuerpo con el brazo y la besó en los labios, mientras respiraba la frescura y fragancia de las flores; luego miró a su alrededor ansiosamente, temiendo que alguien lo hubiese visto.
– Vamos al hotel – dijo él dulcemente. Y ambos caminaron de prisa.
La habitación estaba cerrada y perfumada con la esencia que ella había comprado en el almacén japonés. Gurov miró hacia Ana Sergeyevna y pensó: ¡Cuán distintas personas encuentra uno en este mundo! Del pasado, conservaba recuerdos de mujeres ligeras, de buen fondo algunas, que lo amaban alegremente agradeciéndole la felicidad que él podía darles, por muy breve que fuese; de mujeres, como la suya, que amaban con frases superfluas, afectadas,
histéricas, con una expresión que hacía sospechar que no era amor ni pasión, sino algo más significativo; y de dos o tres más, hermosas, frías, en cuyos rostros sorprendió más de una vez destellos de rapacidad, el deseo obstinado de sacar de la vida aún más de lo que ésta podía darles. Eran mujeres irreflexivas, dominantes, faltas de inteligencia y de edad ya madura; cuando Gurov empezaba a mostrarse frío con ellas, esta misma hermosura excitaba su odio, figurándosele que los encajes con que adornaban su ropa eran para él escalas.
Pero en el caso actual sólo había la timidez de la juventud inexperta, un sentimiento parecido al miedo; y todo esto daba a la escena un aspecto de consternación, como si alguien hubiera llamado de repente a la puerta.
La actitud de Ana Sergeyevna -«la señora del perrito»- en todo lo sucedido tenía algo de peculiar, de muy grave, como si hubiera sido su caída; así parecía, y resultaba extraño, inapropiado. Su rostro languideció, y lentamente se le soltó el pelo; en esta actitud de abatimiento y meditación se asemejaba a un grabado antiguo: La mujer pecadora.
– Hice mal – dijo -. Ahora usted será el primero en despreciarme. Sobre la mesa había una sandía. Gurov cortó una tajada y empezó a comérsela sin prisa. Durante cerca de media hora ambos guardaron silencio. Ana Sergeyevna estaba conmovedora; había en ella la pureza de la mujer sencilla y buena que ha visto poco de la vida.
La luz de la bujía iluminando su rostro mostraba, sin embargo, que se sentía desgraciada.
-¿Cómo es posible que yo llegara a despreciarla? – preguntó Gurov -. No sabe usted lo que dice.
– Dios me perdone – dijo ella; y sus ojos se llenaron de lágrimas -. Es horrible – añadió.
– Parece que necesita usted ser perdonada.
-¿Perdonada? No. Soy una mala mujer; me desprecio a mí misma y no pretendo justificarme. No es a mi marido, es a mí a quien he engañado. Y esto no es de ahora, hace mucho tiempo que me estoy engañando. Mi marido podrá ser bueno y honrado, pero ¡es un lacayo! No sé qué es lo que hace allí ni en lo que trabaja; pero sé que es un lacayo. Yo tenía veinte años cuando me casé con él. He vivido atormentada por un sentimiento de curiosidad; necesitaba algo mejor. Debe de haber otra clase de vida, me decía a mí misma. Sentía ansias de vivir. ¡Vivir! ¡Vivir!… La curiosidad me abrasaba…
Usted no me comprende, pero le juro a Dios que llegó un momento en que no pude contenerme; algo fuera de lo corriente debió ocurrirme; le dije a mi marido que estaba mala y me vine aquí… Y aquí he estado vagando de un lado para otro como una loca…, y ahora me veo convertida en una mujer vulgar, despreciable, a quien todos mirarán mal.
Gurov se sintió aburrido casi al escucharla.
Le irritaba el tono ingenuo con que hablaba y aquellos remordimientos tan inoportunos; a no ser por las lágrimas hubiera creído que estaba representan do una comedia.
– No la entiendo a usted – dijo dulcemente -. ¿Qué es lo que quiere?
Ella ocultó su rostro en el pecho de él estrechándolo tiernamente.
– Créame, créame usted, se lo suplico. Amo la existencia pura y honrada, odio el pecado. Yo no sé lo que estoy haciendo. La gente suele decir: «El demonio me ha tentado». Yo también pudiera decir que el espíritu del mal me ha engañado.
-¡Chis! ¡Chis!… – murmuró Gurov.
Después la miró fijamente, la besó, hablándole con dulzura y cariño, y poco a poco se fue tranquilizando, volviendo a estar alegre, y acabaron por reírse los dos. Cuando salieron afuera no había un alma a orillas del mar. La ciudad, con sus cipreses, tenía un aspecto mortuorio, y las olas se deshacían ruidosamente al llegar a la orilla; cerca de ella se balanceaba una barca, dentro de la que parpadeaba soñolienta una linterna.
Encontraron un coche y lo tomaron; fueron en dirección de Oreanda.
– Al pasar por el vestíbulo he visto su apellido escrito en la lista: Von Diderits – dijo Gurov -. ¿Su marido de usted es alemán?
– No; creo que su abuelo sí lo era, pero él es ruso ortodoxo.
En Oreanda se sentaron silenciosos en un sitio no lejos de la iglesia y mirando hacia el mar. Yalta apenas era visible a través de la bruma matinal; blancas nubes permanecían quietas en lo alto de las montañas. No se movía una hoja; en los árboles cantaban las cigarras, y sólo llegaba a ellos desde abajo el cavernoso y monótono ruido de las olas hablando de paz, de ese sueño eterno que a todos nos espera. Del mismo modo debía oírse cuando ni Yalta ni Oreanda existían; así se oye ahora, y se oirá con la misma monotonía cuando ya no vivamos. Y en esta constancia, en esta completa indiferencia para la vida y la muerte de cada uno de nosotros, ahí se oculta tal vez la garantía de nuestra eterna salvación, del movimiento incesante de la vida sobre el mundo, del progreso hacia la perfección. Sentado al lado de una mujer joven que en la luz del amanecer parecía tan encantadora, acariciada e idealizada por los mágicos alrededores – el mar, las montañas, las nubes, el cielo azul -, Gurov pensó lo hermoso que es todo en el mundo cuando se refleja en nuestro espíritu: todo, menos lo que pensamos o hacemos cuando olvidamos nuestra dignidad y los altos designios de nuestra existencia.
Un hombre pasó cerca de ellos – un guarda, probablemente -, los miró, y siguió adelante.
Y este detalle les parecía misterioso y lleno de encanto también. Luego vieron un vapor que venía de Teodosia, cuyas luces brillaban confundidas con las del amanecer.
– Hay gotas de rocío sobre la hierba – dijo Ana Sergeyevna después de un silencio.
– Sí. Es hora de volver a casa. Y se volvieron a la ciudad.
Desde entonces volvieron a verse todos los días a las doce; comían juntos, se paseaban, contemplaban el mar. Ella se quejaba de dormir mal, sentía palpitaciones en el corazón; le hacía las mismas preguntas, interrumpidas a veces por celos, otras por el miedo de que Gurov no la respetara bastante.
Y a menudo, en los jardines, a orillas del agua, cuando se encontraban solos, él la besaba apasionadamente. Aquella vida reposada, aquellos besos en pleno día mientras miraba alrededor por temor de ser visto, el calor, el olor del mar y el continuo ir y venir de gente desocupada, perfumada, bien vestida, hicieron de Gurov otro hombre. Encontraba a Ana Sergeyevna hermosa, fascinadora, y así se lo repetía a ella. Se volvió impaciente y apasionado hasta el punto de no querer separarse de su lado, y ella, mientras tanto, seguía pensativa y continuamente le decía que no la respetaba bastante, que no la amaba lo más mínimo, y que seguramente pensaría de ella como de una mujer cualquiera. Todos los días a la caída de la tarde se iban en coche fuera de Yalta, a Oreanda o a la cascada, y estos paseos eran siempre un triunfo para ellos; la escena les impresionaba invariablemente como algo magnífico y hermosísimo.
Esperaban al marido, que debía venir pronto; pero un día llegó una carta en la que anunciaba que se encontraba mal y suplicaba a su esposa que volviera cuanto antes. Ana Sergeyevna se preparó, pues, a marcharse.
– Es una buena cosa el que yo me vaya – le dijo a Gurov -. «¡Es el dedo del destino!»
El día de la marcha, Gurov la acompañó en el coche. Cuando llegaron al tren y sonó la segunda campanada, Ana Sergeyevna le dijo:
-¡Déjame mirarte una vez más… otra vez! Así, ya está.
No lloraba, pero en su rostro se reflejaba tal tristeza que parecía enferma, los labios le temblaban.
– Me acordaré de ti siempre…, pensaré siempre en ti – dijo -. Que Dios te proteja; sé feliz. No pienses nunca mal de mí. Nos separamos para no volvernos a ver más; así debe ser, porque nunca debimos habernos encontrado.
Que Dios sea contigo, adiós.
El tren partió rápido, sus luces desaparecieron pronto de la vista, y un minuto más tarde no se oía ni el ruido, como si todo hubiera conspirado para hacer terminar lo antes posible aquel dulce delirio, aquella locura.
Solo, en el andén, mirando hacia donde el tren desapareció, Gurov escuchó el chirrido de las cigarras, el zumbido de los hilos del telégrafo, y le pareció que acababa de despertarse. Y meditó sobre este episodio de su vida que también tocaba a su fin, y del que sólo el recuerdo quedaba…
Se sintió conmovido, triste y con remordimientos. Aquella mujer, que nunca más volvería a encontrar, no fue feliz con él, porque aunque la trató con afecto y cariño, hubo siempre en sus maneras, en sus caricias, una ligera sombra de ironía, la grosera condescendencia de un hombre feliz que, además, le doblaba la edad. Ana Sergeyevna lo llamó siempre bueno, distinto de los demás, sublime a veces…; constantemente se había mostrado a ella como no era en realidad, sin intención la había engañado.
Un vago perfume de otoño se dejaba ya sentir en la atmósfera, hacía una tarde fría y triste.
– Es hora de que me marche al Norte – pensó Gurov al dejar el andén -. ¡Sí, ya es hora!

TRES

En su casa de Moscú lo encontró todo en plan de invierno; las estufas estaban encendidas, y por las mañanas aún era oscuro cuando sus hijos tomaban el desayuno para irse al colegio, tanto que la niñera tenía que encender la luz un rato. Habían empezado las heladas. Cuando cae la primera nieve y aparecen los primeros trineos es agradable ver la tierra blanca, los blancos tejados, exhalar el tibio aliento, y la estación trae a la memoria los años juveniles. Las viejas limas y abedules, cubiertos de escarcha, tienen una expresión simpática y están más cerca de nuestro corazón que los cipreses y las palmas. Junto a ellos se olvidan el mar y las montañas.
Gurov había nacido en Moscú; llegó a él en un bello día de nieve, y al ponerse su abrigo de pieles y sus guantes, al pasearse por Petrovka, al oír el domingo por la tarde el sonido de las campanas, olvidó el encanto de su reciente aventura y del sitio que dejara. Poco a poco se absorbió en la vida de Moscú; leía con avidez los periódicos ¡y declaraba que los leía sin fundamento! En seguida sintió un deseo irresistible de ir a los restaurantes, a los clubes, a las comidas, aniversarios y fiestas; se sintió orgulloso de hablar y discutir con célebres abogados, con artistas, de jugar a las cartas con algún profesor en el club de doctores. Ya podía hasta comer un plato de pescado salado o una col…
Al cabo de un mes, le pareció que la imagen de Ana Sergeyevna había de cubrirse de una bruma en su memoria y visitarlo en sueños de cuando en cuando, con una sonrisa, como hacían otras. Pero pasó más de un mes, llegó el verdadero invierno, y recordaba todo aquello tan claramente como si se hubiera separado de Ana Sergeyevna el día antes. Estos recuerdos, lejos de morir, se avivaron con el tiempo. En la tranquilidad de la tarde, al oír las palabras de los niños estudiando en alta voz, el sonido del piano en un restaurante, o el ruido de tormenta que llegaba por la chimenea, volvía de repente todo a su memoria: lo ocurrido en el muelle la mañana de niebla junto a las montañas, el vapor que volvía de Teodosia y los besos. Gurov se levantaba entonces y paseaba por su habitación recordando y sonriendo; luego, sus recuerdos se convertían en ilusiones, y en su fantasía el pasado se mezclaba con el porvenir. Ana Sergeyevna no lo visitaba ya en sueños, lo seguía por todas partes como una sombra, como un fantasma. Al cerrar los ojos la veía como si estuviese viva delante de él, y Gurov la encontraba más encantadora, más joven, más tierna de lo que en realidad era, imaginándosela
aún más hermosa de lo que estaba en Yalta. Por la tarde, Ana Sergeyevna lo miraba desde el estante de los libros, desde el hogar de la chimenea; desde cualquier rincón oía su respiración y el roce acariciador de sus faldas. En la calle miraba a todas las mujeres buscando alguna que se pareciese a ella.
Un deseo intenso de comunicar a alguien sus ideas lo atormentaba. Pero en su casa era imposible hablar de su amor, y fuera de ella tampoco tenía a nadie; ni a sus compañeros de oficina ni a ninguno en el banco podía contárselo. ¿De qué iba a hablar entonces? Pero ¿es que había estado enamorado? ¿Hubo algo de poético, de edificante, simplemente de interés en sus relaciones con Ana Sergeyevna? Y todo se le volvía hablar vagamente de amor, de mujer,
y nadie sospechaba nada; sólo su esposa fruncía el entrecejo y decía:
– No te va el papel de conquistador, Dimitri.
Una tarde, al volver del club de doctores con un oficial, con el que había estado jugando a las cartas, no se pudo contener y le dijo:
-¡Si supieras la mujer tan fascinadora que conocí en Yalta!
El oficial entró en su trineo, y se iba ya, pero se volvió de pronto exclamando:
-¡Dmitri Dmitrich!
-¿Qué?
-¡Tenías razón esta tarde: el esturión era demasiado fuerte!
Aquellas palabras tan corrientes llenaron a Gurov de indignación, encontrándolas degradantes y groseras. ¡Qué modo tan salvaje de hablar! ¡Qué noches más estúpidas, qué días más faltos de interés! El afán de las cartas, la glotonería, la bebida, el continuo charlar siempre sobre lo mismo. Todas estas cosas absorben la mayor parte del tiempo de muchas personas, la mejor parte de sus fuerzas, y al final de todo eso, ¿qué queda?: una vida servil, acortada, trivial e indigna, de la que no hay medio de salir, como si se estuviera encerrado en un manicomio o una prisión. Gurov no durmió en toda la noche, tan lleno de indignación estaba. Al día siguiente se levantó con dolor de cabeza. Y a la otra noche volvió a dormir mal; se sentó en la cama, pensando; luego se levantó y empezó a pasearse por la habitación. Estaba harto de sus hijos, del banco, y sin ganas de ir a ningún sitio ni de ver a nadie. En las vacaciones de diciembre se preparó para un viaje; le dijo a su mujer que iba a San Petersburgo a un asunto de un amigo y se marchó a S. ¿Para qué? Ni él mismo lo sabía. Sentía necesidad de ver a Ana Sergeyevna y de hablarle; a ser posible, arreglar una entrevista con ella.
Llegó a S. por la mañana y tomó el mejor cuarto del hotel; un cuarto con una alfombra gris en el suelo, y un tintero gris de polvo sobre la mesa, adornado con una figura a caballo que tenía el sombrero en la mano. El portero del hotel le informó necesariamente: Von Diderits vivía en una casa de su propiedad en la calle antigua de Gontcharny; no estaba lejos del hotel. Era rico y vivía a lo grande, tenía caballos propios; todo el mundo lo conocía en la ciudad. El portero pronunciaba «Dridirits». Gurov se encaminó sin prisa a la calle de Gontcharny y encontró la casa.
Enfrente de ella se extendía una larga valla gris adornada con clavos.
– Dan ganas de echar a correr al ver este demonio de valla – pensó Gurov, mirando desde allí a las ventanas de la casa y viceversa.
Luego recapacitó: era día de fiesta y probablemente el marido estaría en casa. De todos modos era una falta de tacto entrar en la casa y sorprenderla.
Si le mandaba una carta, podía caer en manos del esposo y todo se echaría a perder. Lo mejor de todo era esperar una ocasión, y empezó a pasearse arriba y abajo por la calle esperando esa ocasión. Vio a un mendigo que se acercaba a la verja y a unos perros que salieron a ladrarle; una hora más tarde oyó débil e indistinto el sonido de un piano. Ana Sergeyevna debía tocar probablemente. De repente, se abrió la puerta, y una mujer vieja, acompañada del blanco y familiar pomeranio, salió de la casa. Gurov estuvo a punto de llamar al perro, pero empezó a latirle violentamente el corazón, y en su excitación no pudo recordar el nombre.
Siguió paseándose y midiendo la empalizada gris una y otra vez, y entonces le dio por pensar que Ana Sergeyevna lo había olvidado y se estaba a aquellas horas divirtiendo con otro, lo cual, al fin y al cabo, era natural en una mujer joven, que no tenía otra cosa que mirar desde por la mañana hasta la noche más que aquella condenada valla. Se volvió a su cuarto del hotel
y estuvo largo rato sentado en el sofá sin saber qué hacer; luego comió y durmió bastante tiempo.
-¡Qué estúpido! – exclamó al despertarse y mirar por la ventana -. Sin venir a qué, me he quedado dormido y ahora ya es de noche; ¿qué hago?
Se sentó en la cama, que estaba cubierta por una colcha gris como las de los hospitales, y empezó a burlarse de sí mismo; sentía un fastidio terrible.
-¡Al diablo la señora del perro y la dichosa aventura! En buen lío te has metido, Gurov…
Aquella mañana le había llamado la atención un cartel con letras muy grandes.
La Geisha iba a ser representada por primera vez. Al recordar esto, se vistió y se marchó al teatro.
– Es posible que ella vaya a la primera representación – pensó.
El teatro estaba lleno. Como en todos los de provincia, había una atmósfera muy pesada, una especie de niebla que flotaba sobre las luces; por las galerías se oía el rumor de la gente; en la primera fila, los pollos elegantes de la localidad estaban de pie mirando a la gente, antes de levantarse el telón. En el palco del gobernador, su hija, adornada con una boa, ocupaba
el primer sitio, mientras que él, oculto modestamente detrás de la cortina, sólo dejaba visible las manos. La orquesta empezó a afinar los instrumentos; el telón se levantó.
Seguía entrando gente que iba a ocupar sus sitios, y Gurov los miraba uno a uno con ansia.
Ana Sergeyevna llegó también. Se sentó en la tercera fila y Gurov sintió que su corazón se contraía al mirarla; comprendió entonces claramente que para él no había en todo el mundo ninguna criatura tan querida como aquélla; aquella mujercita sin atractivos de ninguna clase, perdida en la sociedad de provincia, con sus vulgares impertinentes, llenaba toda su vida; era
su pena y su alegría, la única felicidad que ambicionaba, y al oír la música de la orquesta y el sonido de los pobres violines provincianos, pensó cuán encantadora era. Pensó, y soñó…
Un hombre joven, con patillas, alto y encorvado, llegó con Ana Sergeyevna y se sentó a su lado; inclinaba la cabeza a cada paso y parecía estar continuamente haciendo reverencias. Debía ser sin duda el esposo, que una vez en Yalta, en una exclamación de amargura llamó ella lacayo; sonreía almibaradamente y en el ojal de la chaqueta llevaba una insignia o distinción que recordaba el número de un criado.
En el primer descanso el marido se salió fuera a fumar y Ana Sergeyevna se quedó sola en su butaca. Gurov se acercó a ella y con voz temblorosa y una sonrisa forzada le dijo:
– Buenas noches.
Al volver la cabeza y encontrarse con él, Ana Sergeyevna se puso intensamente pálida, lo miró otra vez, horrorizada casi, y estrujó el abanico y los impertinentes entre las manos como luchando para no desmayarse. Los dos guardaban silencio. Ella seguía sentada, él de pie, asustado por la confusión que su presencia le produjo, y no atreviéndose a sentarse a su lado.
Los violines y la flauta empezaron a sonar, y de repente Gurov sintió como si de todos los palcos los estuvieran mirando. Ana Sergeyevna se levantó, marchando rápida hacia la puerta; siguió él, y ambos empezaron a andar sin saber adónde iban, a través de pasillos, bajando y subiendo escaleras, viendo desfilar ante sus ojos uniformes escolares, civiles, militares, todos con insignias. Al pasar, veían señoras, abrigos de piel colgados en las perchas, y el aire les traía olor a tabaco viejo. Y Gurov, cuyo corazón latía con violencia, pensó: «¡Cielos! ¿Para qué habrá aquí esta gente y esa orquesta?»
Y recordó en aquel instante cuando, después de marcharse Ana Sergeyevna de Yalta, creyó él que todo había terminado y que no volverían a encontrarse más. Pero ¡cuán lejos estaban del final!
Al pie de una escalera estrecha y sombría, sobre la que se leía: «Paso al anfiteatro», se pararon.
-¡Cómo me has asustado! – exclamó ella sin respiración casi, todavía pálida y como agobiada -. ¡Oh, cómo me has asustado! Estoy medio muerta. ¿Por qué has venido? ¿Por qué?…
– Pero escúchame, Ana, escúchame… – repetía Gurov rápidamente y en voz baja -. Te suplico que me escuches…
Ella lo miraba con temor mezclado de amor y de súplica; lo miraba intensamente como si quisiera grabar sus facciones más profundamente en su memoria.
-¡Soy tan desgraciada! – siguió diciendo sin escucharle -. No he hecho más que pensar en ti todo el tiempo; no vivo más que para eso. Y, sin embargo, necesitaba olvidar, olvidar; pero ¿por qué?, ¡ah!, ¿por qué has venido?…
En el piso de arriba dos colegiales fumaban mirando hacia abajo, pero a Gurov no le importaba nada; atrayendo hacia sí a Ana Sergeyevna empezó a besarle la cara, las mejillas y las manos.
-¡Qué estás haciendo, qué estás haciendo! – gritaba ella con horror apartándolo de sí -. Estamos locos. Vete; vete ahora mismo… Te lo pido por lo que más quieras… Te lo suplico… ¡Que viene gente!
Alguien subía por las escaleras.
– Es preciso que te vayas – siguió diciendo Ana Sergeyevna, y su voz parecía un susurro -. ¿Oyes, Dmitri Dmitrich? Iré a verte a Moscú. Nunca he sido feliz; ahora lo soy menos todavía, ¡y nunca, nunca seré dichosa!… No me hagas sufrir más. Te juro que iré a Moscú. Pero ahora separémonos, mi amado Gurov, no hay más remedio.
Estrechó su mano y empezó a bajar las escaleras muy de prisa volviendo atrás la cabeza; y en sus ojos pudo ver él que realmente era desgraciada.
Gurov esperó un poco más, escuchó hasta que dejó de oírse el rumor de sus pasos, y entonces fue a buscar su abrigo v se marchó del teatro.

CUATRO

Y Ana Sergeyevna empezó a ir a verlo a Moscú. Cada dos o tres meses abandonaba S. diciendo a su esposo que iba a consultar a un doctor acerca de un mal interno que sentía. Y el marido le creía y no le creía. En Moscú paraba en el hotel del Bazar Eslavo, y desde allí enviaba a Gurov un mensajero con una gorra encarnada. Gurov la visitaba y nadie en Moscú lo sabía.
Una mañana de invierno se dirigía hacia el hotel a verla (el mensajero llegó la noche anterior). Iba con él su hija, a quien acompañaba al colegio.
La nieve caía en grandes copos blancos.
– Hay tres grados sobre cero y, sin embargo, nieva – dijo Gurov a su hija
-. Sólo hay deshielo en la superficie de la tierra; a mucha más altura de la atmósfera la temperatura es distinta completamente.
-¿Y por qué no hay tormentas en invierno, papá?
Y le explicó esto también.
Hablaba pensando que iba a verla a «ella», que nadie lo sabía y probablemente no se enterarían nunca. Tenía dos vidas: una franca, abierta, vista y conocida de todo el que quisiera, llena de franqueza relativa y relativa falsedad, una vida igual a la que llevaban sus amigos y conocidos; y otra que se deslizaba en secreto. Y a través de circunstancias extrañas, quizá accidentales, resultaba que cuanto había en él de verdadero valor, de sinceridad, todo
lo que formaba el fondo de su corazón estaba oculto a los ojos de los demás; en cambio, cuanto había en él de falso, el estuche en que solía esconderse para ocultar la verdad – como, por ejemplo, su trabajo en el banco, sus discusiones en el club, aquello de la «raza inferior», su asistencia acompañado de su mujer a aniversarios y fiestas -, todo eso lo hacía delante de todo el mundo. Desde entonces juzgó a los otros por sí mismo, no creyendo en lo que veía y pensando siempre que cada hombre vive su verdadera vida en secreto, bajo el manto de la noche. La personalidad queda siempre ignorada, oculta, y tal vez por esta razón el hombre civilizado tiene siempre interés en que sea respetada.
Después de dejar a su hija en el colegio, Gurov se dirigió al Bazar Eslavo. Se quitó abajo el abrigo de pieles, subió las escaleras y llamó a la puerta. Ana Sergeyevna, vestida con su traje gris favorito, exhausta por el viaje y la espera, lo aguardaba desde la noche anterior. Estaba pálida; lo miró sin sonreír, y apenas había entrado se arrojó en sus brazos. Fue su beso lento, prolongado, como si hiciera años que no se veían.
– Y bien, ¿qué tal lo vas pasando allí? – preguntó Gurov -. ¿Qué noticias traes?
– Espera; ahora te contaré…, no puedo hablar.
Y no podía; estaba llorando. Se volvió de espaldas a él llevándose el pañuelo a los ojos. «La dejaremos llorar. Me sentaré y esperaré», pensó Dmitri; y se sentó en una butaca. Mientras tanto, llamó al timbre y pidió que le trajeran té. Ana Sergeyevna seguía de espaldas a él mirando por la ventana. Lloraba de emoción, al darse cuenta de lo triste y dura que era la vida para ambos; sólo podían verse en secreto, ocultándose de todo el mundo, como ladrones. Sus vidas estaban destrozadas.
-¡Ven, cállate! – dijo Gurov.
Para él era evidente que aquel amor tardaría mucho en acabarse; que no podía encontrarle fin. Ana Sergeyevna cada vez lo quería más. Lo adoraba y no había que pensar en decirle que aquello se acabaría alguna vez; por otra parte, no lo hubiera creído.
Se levantó a consolarla con alguna palabra de cariño, apoyó las manos en sus hombros y en aquel momento se vio en el espejo.
Empezaba a blanquearle la cabeza. Y le pareció raro haber envejecido tan rápida y tontamente durante los últimos años. Aquellos hombros sobre los que reposaban sus manos eran jóvenes, llenos de vida y calor, temblaban.
Sintió compasión por aquella vida todavía tan joven, tan encantadora, pero probablemente no lejos de marchitarse como la suya. ¿Por qué lo amaba ella tanto? Siempre había parecido a las mujeres distinto de como era en realidad; amaban, no a él mismo, sino al hombre que se habían forjado en su imaginación, a aquel a quien con ansia buscaran toda la vida; y después, al notar su engaño, lo seguían amando lo mismo. Sin embargo, ninguna fue feliz con él. El tiempo pasó, hizo amistad con ellas, vivió con algunas, se separó luego, pero nunca había amado; sería lo que quisiera, pero no era amor.
Y he aquí que ahora, cuando su cabeza empezaba a blanquear, se había realmente enamorado por primera vez en su vida. Ana Sergeyevna y él se amaban como algo muy próximo y querido, como marido y mujer, como tiernos amigos; habían nacido el uno para el otro y no comprendían por qué ella tenía un esposo y él una esposa. Eran como dos aves de paso obligadas a vivir en jaulas diferentes. Olvidaron el uno y el otro cuanto tenían por qué avergonzarse en el pasado, olvidaron el presente, y sintieron que aquel amor los había cambiado.
Otras veces, en momentos de depresión moral, Gurov se había reconfortado a sí mismo con razonamientos de alguna clase; pero ahora no le preocupaban estas cosas; sentía profunda compasión, necesidad de ser sincero y tierno…
– No llores, querida – le dijo -. Ya has llorado bastante, vamos… Ven y hablaremos un poco, arreglaremos algún plan. Entonces discutieron sobre la necesidad de evitar tanto secreto, el tener que vivir en ciudades diferentes y verse tan de tarde en tarde. ¿Cómo librarse de aquel intolerable cautiverio?…
-¿Cómo? ¿Cómo? – se preguntaba Gurov con la cabeza entre las manos -. ¿Cómo?…
Y parecía como si dentro de pocos momentos todo fuera a solucionarse y una nueva y espléndida vida empezara para ellos; y ambos veían claramente que aún les quedaba un camino largo, largo que recorrer, y que la parte más complicada y difícil no había hecho más que empezar.


Los muertos no vuelven

Un texto de Jack London *

“Un vida extraña llegó a su fin con la muerte del señor Sedley Crayden, de Crayden Hill, Mild. En buen estado de salud, fue víctima de una extraña alucinación que lo mantuvo atornillado a su silla, día y noche, durante los últimos dos años de su vida. La muerte –o, más bien, la desaparición– misteriosa de su hermano mayor, James Crayden, parece haber agobiado su mente, porque fue poco después de tal acontecimiento que su alucinación empezó a manifestarse.
“El señor Crayden nunca dio ninguna explicación sobre su extraña conducta. En el aspecto físico no le ocurría nada; y, en el aspecto mental, los alienistas lo encontraron normal en todo sentido salvo ese capricho único y notable. El hecho de permanecer en la silla era puramente voluntario, un acto personal. Ahora ha muerto… y el misterio queda sin resolver.”

Extracto del Newton Courrier Times

En pocas palabras, yo fui el criado y mayordomo confidencial del señor Sedley Crayden durante los últimos ocho meses de su vida. Durante ese tiempo él escribió mucho en un manuscrito que siempre conservaba junto a él, salvo cuando se adormilaba o dormía, ocasiones en que invariablemente lo encerraba con llave en un cajón del escritorio. Yo tenía curiosidad por leer lo que el anciano caballero escribía, pero él era demasiado cauteloso y astuto. Nunca pude espiar el manuscrito. Si estaba ocupado en él cuando yo lo atendía, cubría la hoja superior con un papel secante grande. Fui yo quien lo encontró muerto en su silla, y en-tonces me tomé la libertad de apoderarme del manuscrito. Sentía mucha curiosidad por leerlo, y no tengo disculpas que ofrecer.
Después de tenerlo en mi poder en secreto durante varios años, y después de asegurarme de que el señor Crayden no deja parientes con vida, he decidido dar a conocer el carácter del manuscrito. Es muy largo, y lo he omitido casi todo, ofreciendo sólo los fragmentos más lúcidos. Presenta todas las señales inequívocas de una mente trastornada, y distintas experiencias se repiten una y otra vez, mientras que en gran parte es tan vago e incoherente que desafía la comprensión. No obstante, luego de mi propia lectura, me atrevo a predecir que si se excava en el sótano principal, en algún sitio cercano a los cimientos de la gran chimenea, se encontrará un conjunto de huesos que se parecerán mucho a los que en otros tiempos James Crayden recubrió con carne mortal.

Declaración de Rudolph Hickler

(Aquí siguen los extractos del manuscrito, hechos y dispuestos por Rudolph Hickler)

Nunca maté a mi hermano. Que esta sea mi primera y última palabra. ¿Por qué iba a matarlo? Vivimos juntos en una armonía perfecta durante veinte años. Éramos hombres ancianos, y los ardores y entusiasmos de la juventud se habían apagado hacía mucho. Nunca disentimos ni siquiera en las cosas más triviales. Nunca hubo una amistad como la nuestra.
Éramos eruditos. El mundo externo no nos importaba. Nuestra camaradería y nuestros libros satisfacían todo. Nunca hubo charlas como las nuestras. Más de una noche quedamos sentados hasta las dos o tres de la mañana, conversando, sopesando juicios y opiniones, apoyándonos en autoridades… en pocas palabras, vivíamos en cumbres intelectuales altas y amistosas.

El desapareció. Yo sufrí una gran conmoción. ¿Porqué tuvo que desaparecer? ¿Dónde puede haberse ido? Fue muy extraño. Quedé aturdido. Dicen que estuve muy enfermo durante semanas. Era fiebre cerebral, causada por su desaparición inexplicable. Fue en el comienzo de la experiencia que espero relatar aquí que él desapareció.

¡Cómo me he esforzado por encontrarlo! No soy hombre excesivamente rico, y sin embargo ofrecí recompensas que crecían sin cesar. He publicado avisos en todos los periódicos y buscado ayuda en todas las oficinas de detectives. En este momento las recompensas ascienden a más de cincuenta mil dólares.

Dicen que fue asesinado. También dicen que el asesinato se hará público. Entonces, digo yo, ¿porqué no se hace público su asesinato? ¿Quién lo hizo? ¿Dónde está él? ¿Dónde está Jim? ¿Mi Jim?

Éramos tan felices juntos. El tenía una mente notable, una mente de lo más notable, de cimientos tan sólidos, tan ampliamente informada, tan rígidamente lógica, que no era extraño en absoluto que estuviéramos de acuerdo en todo. El desacuerdo era desconocido entre nosotros. Jim era el hombre más veraz que he conocido. También en esto nos parecíamos, así como nos parecíamos en nuestra honestidad intelectual.
Nunca sacrificamos la verdad para ganar una discusión. No teníamos discusiones que ganar, tan de acuerdo en todo estábamos. Es absurdo pensar que pudiésemos disentir en algo sobre la tierra.

Me gustaría que él volviera. ¿Por qué se fue? ¿Quién puede llegar a explicarlo? Ahora me siento solo, y deprimido por graves presentimientos: atemorizado por terro-res que pertenecen a la mente y que hacen tabla rasa con todo lo que mi mente haya concebido.
La forma es mutable. Esta es la palabra final de la ciencia positiva.
Los muertos no vuelven. Eso es incontrovertible. Los muertos están muertos, y eso es el punto final sobre el asunto, y sobre ellos.
Y sin embargo he tenido experiencias aquí –aquí en este mismo cuarto, en este mismo escritorio, que…–. Pero un momento. Permítanme expresarlo en negro y blanco, en palabras sencillas e inequívocas. Permítanme hacer algunas preguntas. ¿Quién cambia de sitio mi pluma? Eso es lo que me gustaría saber. ¿Quién gasta mi tinta con tanta rapidez? Yo no, y sin embargo la tinta desaparece.
La respuesta a estas preguntas resolvería todos los enigmas del universo. Conozco la respuesta. No soy tonto. Y algún día, si me veo molestado hasta la desesperación, yo mismo daré la respuesta. Daré el nombre de quien cambió de sitio mi pluma y gasta mi tinta. Es tan idiota pensar que yo podría usar semejante cantidad de tinta. El criado miente.

Me he conseguido una lapicera fuente. Siempre me disgustó el aparato, pero mi vieja pluma de punta ancha tenía que desaparecer. La quemé en la estufa. La tinta la guardo bajo llave y candado. Veremos si no puedo ponerle punto final a estas mentiras que se escriben acerca de mí.
Y tengo otros planes. No es cierto que me haya retractado. Sigo creyendo que vivo en un universo mecánico. Aún no me han demostrado lo contrario, a pesar de que he espiado por encima del hombro de él y leído su maliciosa declaración en contrario. El sólo me reconoce una estupidez promedio. Cree que creo que él es real. ¡Qué tontería! Sé que es una invención del cerebro, nada más.
Las alucinaciones existen. Incluso mientras miraba por encima de su hombro y leía, sabía que se trataba de algo así. Bastaría sentirme bien, para que fuera interesante. Durante toda mi vida he deseado experimentar fenómenos de ese tipo.
Y ahora me ocurren. Los aprovecharé todo lo posible.
¿Qué es la imaginación? Puede hacer algo donde no hay nada. ¿Cómo cualquier cosa puede ser algo donde no hay nada? ¿Cómo puede cualquier cosa ser algo y nada al mismo tiempo?
Que lo mediten los metafísicos. Yo sé cómo son las cosas. A mí no me vengan con escolástica. Este es un mundo real, y todo lo que hay en él es real. Lo que no es real, no es. Así que él no es.
Sin embargo trata de engañarme y hacerme creer que es… cuando durante todo el tiempo sé que él no tiene existencia fuera de mis células cerebrales.
Hoy lo vi, sentado ante el escritorio, escribiendo. Me impresionó mucho, porque creía haberlo eliminado por completo. No obstante, al mirarlo con firmeza, descubrí que no estaba allí: el viejo truco familiar del cerebro. Me he demorado demasiado en lo que pasó. Me estoy poniendo morboso, y mi antigua indigestión empieza a insinuarse y gruñir. Haré ejercicio. Todos los días caminaré durante dos horas.

Es imposible. No puedo hacer ejercicios. Cada vez que regreso de una caminata, él está sentado en mi silla ante el escritorio. Cada vez es más difícil alejarlo. Es mi silla. Insisto en eso. Era la de él, pero ha muerto y ya no le pertenece.
¡Cómo pueden engañamos los fantasmas de nuestra imaginación! No hay nada real en esta aparición. Lo sé. Me respaldan con firmeza mis cincuenta años de estudios.
Los muertos están muertos.

Y sin embargo, explíquenme una cosa. Hoy, antes de salir a caminar, coloqué cuidadosamente la lapicera fuente en mi bolsillo antes de abandonar el cuarto. Lo recuerdo con claridad. Miré la hora en el reloj. Eran las diez y veinte.
Sin embargo al regresar allí estaba la lapicera sobre el escritorio. Alguien la había estado usando. Le quedaba muy poca tinta. Me gustaría que él no escribiera tanto. Es desconcertante.

Había una cosa sobre la que Jim y yo no estábamos del todo de acuerdo. El creía en la eternidad de las formas de las cosas. En esto yo le tenía muy poca paciencia.
Yo me reía del mundo invisible. Sólo lo real era real, sostenía yo, y lo que uno no percibía, no existía y no podía existir. Yo creía en un universo mecánico. La química y la física lo explicaban todo. Oh, créanme, además manejo bien la lógica. Pero él era muy terco.
En una oportunidad le hice mi confesión de fe. Era sencilla, breve, incontestable. Incluso al escribirla ahora sé que es incontestable. Aquí está. Le dije: “Afirmo, con Hobbes, que es imposible separar el pensamiento de la materia que piensa. Afirmo, con Bacon, que todo el entendimiento humano proviene del mundo de las sensaciones. Afirmo, con Locke, que todas las ideas humanas se deben a las funciones de los sentidos. Afirmó, con Kant, el origen mecánico del universo, y que la creación es un proceso natural e histórico. Afirmo, con Laplace, que la hipótesis de un creador no es necesaria. Y por último afirmo, como consecuencia de todo lo anterior, que la forma es efímera. La forma pasa. En consecuencia nosotros pasamos.”
Lo repito, era incontestable. Sin embargo él me contestó con la escandalosa falacia de Paley acerca del reloj. También habló del radio, y casi afirmó que la existencia misma de la materia había Sido dinamitada por las investigaciones de la-boratorio recientes. Era infantil. Yo no había creído que él pudiese ser tan inmaduro.
¿Cómo puede uno discutir con un hombre así? Después afirmé la razonabilidad de todo lo que existe. En esto estuvo de acuerdo, reservándose, sin embargo, una excepción. Mientras lo decía, me miró, de un modo inequívoco. La inferencia era obvia. Que él pudiese hacerse culpable de una burla tan barata en medio de una discusión seria me dejó atónito.

La eternidad de las formas. ¡Es ridículo! Sin embargo hay una magia extraña en las palabras. Si fuese cierto, entonces él no ha dejado de existir. Entonces él existe.
Eso es imposible.

He dejado de hacer ejercicio. Mientras permanezco en el cuarto, la alucinación no me molesta. Pero cuando regreso al cuarto después de una ausencia, él siempre está allí, sentado ante el escritorio, escribiendo. Sin embargo no me atrevo a confiar en un médico. Debo combatir esto por mis propios medios.

El se vuelve más impertinente. Hoy, al consultar un libro del estante, me di vuelta y lo encontré otra vez en la silla. Es la primera vez que se atreve a hacerlo en mi pre-sencia. De todos modos, al mirarlo con firmeza y severidad durante varios minutos, lo obligué a desaparecer.
Eso prueba mi argumento. El no existe. Si él fuera una forma eterna yo no podría hacerlo desaparecer mediante un mero esfuerzo de mi voluntad.

Esto se va poniendo detestable. Hoy lo miré durante toda una hora antes de poder hacer que se fuera. Sin embargo es tan sencillo. Lo que veo es una imagen de la memoria. Durante veinte años estuve acostumbrado a verlo sentado allí ante el escritorio. El fenómeno actual no es más que un recrudecimiento de esa imagen de la memoria: una imagen que se impresionó incontables veces en mi conciencia…

Hoy abandoné. Me agotó, y aún así no quiso irse. Me quedé sentado y lo observé hora tras hora. No me prestaba atención, se limita a escribir sin pausa. Sé lo que escribe, porque lo leo por sobre su hombro. No es cierto. El se aprovecha injustamente.
Pregunta: El es un producto de mi conciencia; ¿entonces es posible que la conciencia cree entidades?

No peleábamos. Hasta hoy no sé cómo ocurrió. Permítanme contarles. Después decidirán.
En aquella inolvidable última noche de su existencia nos quedamos sentados hasta tarde. Era la vieja, vieja discusión: la eternidad de las formas. ¡Cuántas horas y cuántas noches gastamos en ella!
En esa noche él había sido especialmente irritante, y yo tenía todos los nervios de punta. El sostenía que el alma humana era una forma, una forma eterna, y que la luz que estaba dentro de su cerebro seguiría brillando siempre, eternamente.
Tomé el atizador.
–¿Y si te golpease hasta matarte con esto? –dije.
–Yo seguiría –contestó.
–¿Cómo una entidad conciente? –pregunté.
–Sí, como una entidad conciente –fue su réplica–. Seguiría, de un plano a otro de existencia, cada vez más alto, recordaría mi vida terrestre, a ti, incluso esta discusión… sí, y seguiría la discusión contigo.
Era sólo una controversia. Juro que era sólo una controversia. Nunca alcé la mano. ¿Cómo podría? El era mi hermano, mi hermano mayor, Jim.
No puedo recordar. Me encontraba muy exasperado. El siempre había sido tan obstinado con su creencia metafísica.
Lo próximo que recuerdo es a él tendido sobre el hogar.
Corría la sangre. Era terrible. El debe de haber tenido un ataque, se cayó y se golpeó la cabeza. Noté que había sangre en el atizador. Al caer él tiene que haberse golpeado con el atizador.
Y sin embargo no veo cómo puede ser, porque yo lo tuve en la mano todo el tiempo. Aún lo tenía en la mano cuando lo miré.

Es una alucinación. Es la única conclusión a la que lleva el sentido común. He visto cómo aumenta. Al principio sólo podía verlo sentado en la silla con poca luz. Pero a medida, que pasó el tiempo y la alucinación, por repetición, se fortaleció, él pudo aparecer en la silla bajo luces más intensas.
Esa es la explicación. Es bastante satisfactoria.
Nunca olvidaré la primera vez que lo vi. Había cenado a solas abajo. Nunca bebo vino, así que lo que ocurrió fue sin duda normal. Regresé al estudio en la luz de un atardecer de verano. Miré hacia el escritorio. Allí estaba él, sentado. Era tan natural que antes de darme cuenta, exclamé: ” ¡Jim!”
Entonces recordé lo que había pasado.
Era una alucinación, por supuesto. Lo sabía.
Tomé el atizador y me acerqué. El no se movió ni desapareció. El atizador atravesó la sustancia no–existente de la cosa y golpeó el respaldo de la silla. Invención de la fantasía, eso era. Ahora la silla tiene una marca donde pegó el atizador. Dejo de escribir un momento y me doy vuelta y la miro: toco con las yemas de los dedos la depresión.

El siguió con la controversia. Hoy me acerqué a hurtadillas y miré por sobre su hombro. El estaba escribiendo la historia de nuestra discusión. Era la misma vieja insensatez acercar de la eternidad de las formas. Pero cuando seguí leyendo, él dejó asentada la prueba práctica que yo había hecho con el atizador. Ahora bien, eso es injusto y falso. Yo no hice ninguna prueba. Al caerse él se golpeó la cabeza por accidente con el atizador.
Algún día alguien encontrará y leerá lo que él escribe. Eso será terrible. Sospecho del criado, que siempre espía y atisba, tratando de ver lo que escribo. Debo hacer algo… todos los criados que he tenido sienten curiosidad por lo que escribo.

Invención de la fantasía. Eso es todo. No existe un Jim que se sienta en la silla. Lo sé.
Anoche, cuando la casa estaba en silencio, bajé al sótano y miré cuidadosamente el suelo alrededor de la chimenea. Estaba intacto. Los muertos no resucitan.
Ayer por la mañana, cuando entré al estudio, él estaba en la silla. Una vez que lo hice desaparecer, me senté yo mismo en la silla, todo el día. Me hice traer las comidas. Y así me salvé de verlo por varias horas, porque ahora él sólo aparece en la silla.
Estaba cansado, pero me quedé sentado hasta tarde: hasta las once. Sin embargo cuando me levanté para acostarme me di vuelta… y allí estaba él. Se había deslizado en la silla de inmediato.
Como es una invención de la fantasía, residió todo el día en mi cerebro. En cuando quedó desocupada, pasó a residir en la silla.

¿Son esos los tan cacareados planos más altos de existencia: el cerebro de su hermano y una silla? Después de todo, ¿acaso él tenía razón? ¿Su forma eterna se ha vuelto tan tenue como para ser una alucinación? ¿Las alucinaciones son entidades reales? ¿Por qué no?
Allí hay donde hincar el diente. Algún día llegaré a una conclusión al respecto.

Hoy él estaba muy alterado. No pudo escribir, porque yo había hecho que el criado se llevara la pluma fuera del cuarto, en su bolsillo. Pero tampoco yo pude escribir.
El criado nunca lo ve. Eso es extraño. ¿Acaso he desarrollado una visión más aguda para lo invisible? ¿O más bien eso demuestra que el fantasma es lo que es: un producto de mi propia conciencia morbosa, más allá de toda duda?

Ha vuelto a robarme la lapicera. Las alucinaciones no roban lapiceras. Eso es incontestable. Y sin embargo no puedo mantener la lapicera siempre fuera del cuarto. Yo también quiero escribir.

Desde que empezaron mis problemas he tenido tres criados distintos, y ninguno lo ha visto. ¿El veredicto de los sentidos es correcto?
Sea como fuere, la tinta desaparece demasiado rápido. Lleno la lapicera con más frecuencia de la necesaria. Y además, acabo de encontrar la lapicera descompuesta. Yo no la rompí.

Le he hablado muchas veces, pero nunca contesta. Me quedé sentado y lo observé durante toda la mañana. El me miró con frecuencia, y era obvio que me reconocía.

Si me golpeo el costado de la cabeza violentamente con la parte inferior de la palma, puedo sacudirme la visión de él de mis ojos. Después puedo sentarme en la silla; pero he aprendido que tengo que moverme muy rápido para poder lograrlo. A menudo él me engaña y está otra vez allí antes de que pueda sentarme.
Se vuelve insoportable. El no adopta la forma lentamente. Aparece con un chasquido. Es el único modo de describirlo. No puedo soportar mirarlo mucho más tiempo. En esa dirección asecha la locura, porque me impulsa casi a creer en la realidad de lo que sé que no existe. Además, las alucinaciones no aparecen con un chasquido.

Gracias a Dios él sólo se manifiesta en la silla. Mientras yo ocupe la silla estoy libre de él.

Mi estratagema para desalojarlo de la silla, golpeándome la cabeza, empieza a fallar. Tengo que golpear con mucha mayor violencia, y a veces sólo tengo éxito en una de cada doce ocasiones. Me duele mucho la cabeza en el sitio donde le he pegado tanta veces. Tengo que usar la otra mano.

Mi hermano tenía razón. Hay un mundo invisible. ¿Acaso yo no lo veo? ¿Acaso no estoy condenado a verlo sin cesar? Llámenlo un pensamiento, una idea, como gusten, sigue allí. Es inevitable. Los pensamientos son entidades.
Creamos con cada acto mental. He creado este fantasma que se sienta en mi silla y usa mi tinta. Que yo lo haya creado no es motivo para que sea menos real. El es una idea; es una entidad: en consecuencia, las ideas son entidades, y una entidad es una realidad.

Pregunta: Si un hombre, con todo el proceso histórico a sus espaldas, puede crear una entidad, una cosa bien real, ¿entonces la hipótesis de un Creador no se vuelve concreta? Si la materia viva puede crear, entonces es justo asumir que puede haber un El que creó la materia de la vida. No es más que una diferencia de grado.
Aún no he hecho una montaña o un sistema solar, pero he hecho algo que se sienta en mi silla.
Si esto es así, ¿acaso un día no seré capaz de hacer una montaña o un sistema solar?

Hasta hoy, el hombre ha vivido todos los días de su vida en un laberinto. Nunca ha visto la luz. Estoy convencido de que empiezo a ver la luz: no como la veía mi hermano, tropezando con ella por accidente, sino de modo deliberado y racional.

Mi hermano está muerto. Ha cesado de ser. De eso no hay duda, porque hice otra incursión al sótano para asegurarme, y vi algo que me lo aseguró.
Mi hermano ha dejado de ser, y sin embargo yo lo he recreado. Esto no es mi antiguo hermano, pero es algo que se parece a él tanto como yo pude imaginar. Soy distinto al resto de los hombres. Soy un dios.
He creado.
Cada vez que abandono el cuarto para acostarme miro hacia atrás… y allí está mi hermano sentado en la silla. Y entonces no puedo dormir porque pienso en él sentado, a lo largo de todas las horas nocturnas.
La falta de sueño empieza a desesperarme. Me gustaría poder confiar en un médico.
¡Bendito sueño! Al fin logré dormir.
Permítanme contarles. Anoche estaba tan cansado que me descubrí dormitando en mi silla. Llamé al criado y le ordené que trajera frazadas. Dormí. Durante toda la noche él estuvo desterrado de mis pensamientos así como estaba desterrado de mi silla. Me quedaré en ella todo el día. Es un alivio maravilloso.
Es incómodo dormir en una silla. Pero más incómodo es estar tendido en la cama hora tras hora y no dormir, y saber que él está sentado allí, en la fría oscuridad.
Es inútil. No podré dormir otra vez en una cama. Lo he intentado muchas veces, y cada una de esas noches es un horror.

¡Ojalá pudiera convencerlo a él de que se acostara en una cama! Pero no. Está sentado allí y se queda sentado allí –sé que lo hace– mientras yo miro y miro con los ojos abiertos en la oscuridad y pienso y pienso, pienso sin cesar en él, sentado.
Me gustaría no haber oído hablar nunca de la eternidad de las formas.

Los criados creen que estoy loco. Era de esperarse, y es por ello que nunca visité a un médico.
Estoy decidido. De aquí en adelante la alucinación deja de existir. Desde ahora permaneceré en la silla. Nunca la abandonaré. Me quedaré en ella noche y día, día y noche, y siempre.

He triunfado. Hace dos semanas que no lo veo. Ni volveré a verlo nunca. Al fin he alcanzado la ecuanimidad mental necesaria para el pensamiento filosófico sereno.
Hoy escribí un capítulo entero.
Es muy agotador, sentarme en una silla. Las semanas pasan, los meses vienen y van, las estaciones cambian, los criados se reemplazan, mientras yo permanezco. Sólo yo permanezco. La que llevo es una vida extraña, pero al menos estoy en paz.
El ya no regresa.
La eternidad de las formas no existe.
Lo he demostrado.
Ahora hace casi dos años que permanezco en esta silla, y no lo he visto ni una vez. Estuve muy agotado en una época, es cierto. Pero es evidente que lo que yo creía ver era una mera alucinación.
El nunca existió.
Pero no dejo la silla.
Me da miedo dejar la silla.

* John Griffith London, que firmó toda su obra como Jack London, nació en San Francisco en 1876, hijo de un irlandés vagabundo, astrólogo y librepensador y de Flora Wellman, entusiasta espiritista que meses después del nacimiento de Jack, se casaría con John London. Conoció una infancia y una adolescencia duras y de variadas experiencias. En medio de sus numerosos trabajos leía sin cesar todo tipo de libros, científicos y literarios. Participó en la “fiebre del oro” que arrasó al Klondike, sin obtener mayores beneficios materiales inmediatos, aunque sus experiencias serían la base de su primer gran éxito como escritor: El llamado de la selva, una breve novela que llegó a vender rápidamente más de un millón de ejemplares. A partir de esa obra (publicada por primera vez en 1903) su fama se fue consolidando hasta convertirlo en el escritor norteamericano más célebre y mejor pagado. Continuó con los viajes marítimos, iniciados en su juventud: fue enviado especial a la guerra ruso–japonesa en 1904, emprendió un viaje alrededor del mundo con su esposa, que abandonaron en Australia y que fue la base de su libro El crucero del Tiburón Sus últimos años se caracterizaron por las múltiples crisis depresivas, la entrega a la bebida y el deterioro de su capacidad de trabajo. Sus obras más famosas han sido, aparte de las ya mencionadas, El lobo de mar (1904), Colmillo Blanco (1905), Antes de Adán (1906), El vagabundo de las estrellas (1914) y Martín Edén, evidente autobiografía. Se suicidó en 1916.
El estilo de Jack London se destaca, en los mejores momentos, por su concisión y poder de comunicación, adelantando casi todas las direcciones que iban a predominar, ya como fórmulas, en los géneros populares narrativos, a través de las revistas norteamericanas de gran tiraje.
Es un escritor que domina a la perfección lo que Roberto Arlt llamaba “el cross a la mandíbula”. Sin embargo esa impresión de áspero realismo está teñida, hasta en sus obras más célebres y más cercanas a lo natural (Colmillo Blanco y El llamado de la Selva), por un fatalismo trágico, basado en gran parle en una lectura muy personal de autores como Darwin y Spencer. Esa complejidad y tensión entre direcciones contrapuestas (sus inclinaciones socialistas y los personajes muy cercanos al superhombre nietzscheano; el intento de descripción inmediata de lo real y la creencia en un destino fatal y ciego, predeterminado) son notables sobre todo en las obras que rozan más de cerca lo fantástico, entre las que pueden citarse sus novelas Antes de Adán y El vagabundo de las estrellas, y varios de sus cuentos.
“Los muertos no vuelven” desarrolla ese equilibrio entre lo racional y lo sobrenatural, sin abandonar la claridad en el estilo y respetando una ambigüedad que algún crítico relacionó con Henry James.

Traducción y nota de Elvio Gandolfo (Narraciones fantásticas, ©1981 Centro Editor de América Latina S.A)


El lunfardo de Dios

Por Pedro Patzer *

Dios chamuya en la boca de algunos hombres, Dios habla en la boca del mendigo que nos pide una moneda, porque sospechamos que nos está reclamando un algo más, quizás romper el mundo y construirlo desde un lugar mucho más humano, o nos invita a reconocer quién es el mendigo y quién el rico, porque sólo es rico el que está lleno de cosas que nadie podrá robarle nunca:¡No hay ladrón que pueda con la riqueza de un hombre libre!

Dios chamuya en la boca de aquella muchacha que entona nanas campesinas, canciones de cuna que arropan universos pequeños, Dios habla en la boca del pescador que de a orilla en orilla, multiplica milagros paganos, mientras la lavandera enjuaga las viejas banderas de los modestos naufragios de río. Dios chamuya en el canto del pájaro, que lleva al calabozo, todas las canciones del día que el preso tiene vedadas. Dios habla en el chillar de la vieja bicicleta del anciano cartero y en la mirada de Lola, la última chamán ona. Dios chamuya en el arco iris que se burla de hermosura del riachuelo contaminado y en el pan duro, en el río seco, en el bosque devastado (ahí Dios habla con ese idioma tan parecido al silencio) Dios chamuya en el sirviñacu en que los amantes prueban que cada día es una eternidad en el amor, y habla en el que planta un árbol, en el que levanta su voz en defensa de un cerro (Famatina no se toca, suele decir Dios, en la boca de algunos riojanos) Dios chamuya en la canilla que gotea infancia en el patio de un poema de Rafael Amor y en la radio AM donde la madrugada porteña se hace voz de Dolina.

Dios habla en el crujir del bote del jangadero , en las manos heridas del minero, en el movimiento de Viracocha en el maíz, en la coca que se mastica en la puna. Dios habla en murmullo de salamanca, chamuya en la boca de ese diablo tan lleno de milagros provincianos. Dios habla en la obrera de burdel, que tal vez dice la palabra necesaria, para que los náufragos de la noche alcancen la isla del día, y chamuya en los ejes de la carreta que el juglar de los antiguos caminos se niega a engrasar

Dios habla en el solitario galopar del caballo salvaje, Dios chamuya en los ladridos del perro de campo que le da la bienvenida al forastero y al fantasma

Dios habla en la boca del anciano que nos cuenta que el mar empieza en la mirada de una mujer, y chamuya en la boca de la mujer que nos enseña que el desierto comienza en su ausencia. ¿Pero Dios existe? ¿Pero este es un texto religioso? Dios chamuya en mi duda, en mi desconcierto, en mi asombro, en el tic tac del reloj que me sigue recordando, lo poco que dura este milagro


* Pedro Patzer estudió letras en la UBA. Guionista recibido en el Iser, dicta allí clases de guión de radio (también en Eter).En La Folklórica, de Radio Nacional se desempeña como guionista (contenidos) desde 2003. Ganador de CINCO PREMIOS ARGENTORES por escritura en radio: por “Pequeños Pueblos…Grandes universos” (2006); “Biblioteca Popular” (2006) y “CANCIONERO DEL PAN” (2009) , “LA CANCIÓN DESESPERADA” (2010) Y “BICENTENARIO” (2010)

Tiene publicados dos libros de poema: “Artefactos de Mar” (2000) y “Efectos Secundarios” (Anaya, España)
Su primera obra de teatro, “Epígrafes” fue seleccionada por el ciclo Teatro x la Identidad, de las Abuelas de Plaza de Mayo, y fue representada en el Centro Cultural de la Cooperación.

www.pedropatzer.blogspot.com.ar


Las manos del zafrero

Por Pedro Patzer *

“Volveré yo no sé cuándo / Si dios quiere volveré/ Con el calor y la sed/ La caña me está esperando” – escribió el poeta jujeño Jorge Calvetti

Las manos del zafrero son como las manos del alfarero del desasosiego, las manos de los hombres que trabajaron la tierra sin jamás haber probado su otro fruto; son las mismas del que padeció el más trágico naufragio, sin haber conocido la mar (“un hombre que muere sin haber contemplado la mar” – piensa el turista, que morirá sin jamás haber conocido un obraje, un antigal, o los secretos idiomas que sólo a los lugareños convida el cerro) manos del pianista equivocado, cambiando una sinfonía interior por la intemperie de la Historia; manos del escultor de la dulzura del planeta, las del revolucionario que pretende acariciar el herido corazón del mundo, como las manos del kolla muerto que en el ingenio se pusieron blancas, quizás emulando el azúcar, la vieja bandera de rendición de la caña.

“No era más que un cardón que caminaba,/no era más que un cardón con sus espinas y la flor milagrosa que lo honraba.” (Kolla muerto en el ingenio, Raúl Galán)

Las manos del zafrero, también insisten con lo que queda de vida en la guitarra, con la caricia perdida entre las seis cuerdas, con la trompada olvidada en el machete. Las rusticas manos del zafrero recorren el cuerpo de su mujer, ¿qué cosas caben en la caricia de un zafrero? ¿Qué mundos interceden entre sus manos y la piel de su amada?

“Por amigo del cerro tan lejano/lo acompañaban siempre sus ayeres/ y llevaba el silencio de la mano” (Kolla muerto en el ingenio, Raúl Galán)

Y es entonces que con su amarilla voz de zafrero, se pregunta cada atardecer: ¿A dónde va el sol del cañaveral? ¿Acaso se convierte en la exhausta moneda que compra el trago de caña? ¿Acaso el sol del ingenio se acuesta en la modesta noche de la cama del zafrero, y juntos sueñan, con que el azúcar de su esfuerzo no resulte tan amarga?

“Pero ya se durmieron los cebiles/ y en la negra capilla del boliche/ sollozan, tartamudos, los candiles” (Kolla muerto en el ingenio, Raúl Galán)

Todas las cosas que dice la zafra en el silencio, los bullicios de los callados de “la noche del apagón” y la inmensa soledad que padece el que ni siquiera el familiar (fatídico perro negro) acecha: ¿qué cosas dice el amarillo de la zafra? ¿Puede morir el viento que musicalmente alborota el cañaveral, la zamba dormida entre los machetes? ¿Por qué, entonces, muere el hombre, amargamente, en el ingenio?

“Se murió sin querer, casi forzado,/¡y vino el capataz rompiendo vales/a dejarlo cesante por finado!” (Kolla muerto en el ingenio, Raúl Galán)

El cuerpo del muerto parece una semilla en el ingenio: ¿qué cosa germinarán del zafrero, qué frutos dará su cielo de zafra, qué sombras su muerte de ingenio?

* Pedro Patzer estudió letras en la UBA. Guionista recibido en el Iser, dicta allí clases de guión de radio (también en Eter).En La Folklórica, de Radio Nacional se desempeña como guionista (contenidos) desde 2003. Ganador de CINCO PREMIOS ARGENTORES por escritura en radio: por “Pequeños Pueblos… Grandes universos” (2006); “Biblioteca Popular” (2006) y “CANCIONERO DEL PAN” (2009) , “LA CANCIÓN DESESPERADA” (2010) Y “BICENTENARIO” (2010)
Tiene publicados dos libros de poema: “Artefactos de Mar” (2000) y “Efectos Secundarios” (Anaya, España)
Su primera obra de teatro, “Epígrafes” fue seleccionada por el ciclo Teatro x la Identidad, de las Abuelas de Plaza de Mayo, y fue representada en el Centro Cultural de la Cooperación.

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El último cuaderno

Fragmentos del último libro de José Saramago


La cosa Berlusconi

No veo qué otro nombre le podría dar. Una cosa peligrosamente parecida a un ser humano, una cosa que da fiestas, organiza orgías y manda en un país llamado Italia. Esta cosa, esta enfermedad, este virus amenaza con ser la causa de la muerte moral del país de Verdi si un vómito profundo no consigue arrancarlo de la conciencia de los italianos antes de que el veneno acabe corroyéndoles las venas y destrozando el corazón de una de las más ricas culturas europeas. Los valores básicos de la convivencia humana son pisoteados todos los días por las patas viscosas de la cosa Berlusconi, que, entre sus múltiples talentos, tiene una habilidad funambulesca para abusar de las palabras, pervirtiéndoles la intención y el sentido, como en el caso del Pueblo de las Libertades, que así se llama el partido con que asaltó el poder. Le llamé delincuente a esta cosa y no me arrepiento. Por razones de naturaleza semántica y social que otros podrán explicar mejor que yo, el término delincuente tiene en Italia una carga negativa mucho más fuerte que en cualquier otro idioma hablado en Europa. Para traducir de forma clara y contundente lo que pienso de la cosa Berlusconi utilizo el término en la acepción que la lengua de Dante le viene dando habitualmente, aunque sea más que dudoso que Dante lo haya usado alguna vez. Delincuencia, en mi portugués, significa, de acuerdo con los diccionarios y la práctica corriente de la comunicación, «acto de cometer delitos, desobedecer leyes o patrones morales». La definición se asienta en la cosa Berlusconi sin una arruga, sin una tirantez, hasta el punto de parecerse más a una segunda piel que la ropa que se pone encima. Desde hace años la cosa Berlusconi viene cometiendo delitos de variable aunque siempre demostrada gravedad. Para colmo, no es que desobedezca leyes, sino, peor todavía, las manda fabricar para salvaguarda de sus intereses públicos y privados, de político, empresario y acompañante de menores, y en cuanto a los patrones morales, ni merece la pena hablar, no hay quien no sepa en Italia y en el mundo que la cosa Berlusconi hace mucho tiempo que cayó en la más completa abyección. Este es el primer ministro italiano, ésta es la cosa que el pueblo italiano dos veces ha elegido para que le sirva de modelo, éste es el camino de la ruina al que, por arrastramiento, están siendo llevados los valores de libertad y dignidad que impregnaron la música de Verdi y la acción política de Garibaldi, esos que hicieron de la Italia del siglo XIX, durante la lucha por la unificación, una guía espiritual de Europa y de los europeos. Es esto lo que la cosa Berlusconi quiere lanzar al cubo de la basura de la Historia. ¿Lo acabarán permitiendo los italianos?

España negra

La España negra es el título de un libro del pintor José Gutiérrez Solana (1886-1945) de lectura a veces difícil y siempre incómoda, no por razones de estilo o de lo inédito de la construcción sintáctica, sino por la brutalidad del retrato de España que traza y que no es otra cosa que la transposición de su pintura a la página escrita, una pintura que ha sido clasificada como lúgubre y «feísta», en la que refleja la atmósfera de degradación de la España rural de la época, mostrada en cuadros que no retroceden ante la expresión de lo más atroz, obsceno y cruel que existe en los comportamientos humanos. Influenciado por el tenebrismo barroco, en especial por Valdés Leal, es también evidente la impresión que sobre él ejercieron las pinturas negras de Goya. La España de Gutiérrez Solana es sórdida y grotesca en el más alto grado imaginable, porque eso fue lo que encontró en las llamadas fiestas populares y en los usos y costumbres de su país. Hoy, España no es así, se ha convertido en un lugar desarrollado y culto, capaz de dar lecciones al mundo en muchos aspectos de la vida social, objetará el lector de estas líneas. No niego que puede tener razón en la Castellana, en las salas del museo del Prado, en el barrio de Salamanca o en las ramblas de Barcelona, pero no faltan por ahí lugares donde Gutiérrez Solana, si viviera, podría colocar su caballete para pintar con las mismas tintas las mismísimas pinturas. Me refiero a esos pueblos y ciudades donde, por subscripción pública o con apoyo material de los ayuntamientos, se adquieren toros a las ganaderías para gozo y disfrute de la población con motivo de las fiestas populares. El gozo y el disfrute no consisten en matar al animal y distribuir los filetes entre los más necesitados. Pese al desempleo, el pueblo español se alimenta bien sin favores de ésos. El gozo y el disfrute tienen otro nombre. Cubierto de sangre, atravesado de lado a lado por lanzas, tal vez quemado por las banderillas de fuego que en el siglo XVIII se usaban en Portugal, empujado al mar para que allí perezca ahogado, el toro será torturado hasta la muerte. Los niños en brazos de las madres baten palmas, los maridos, excitados, palpan a las excitadas esposas y, en silencio, a alguna que no lo sea, el pueblo es feliz mientras el toro intenta huir de sus verdugos dejando tras de sí regueros de sangre. Es atroz, es cruel, es obsceno. Pero ¿eso qué importa si Cristiano Ronaldo va a jugar en el Real Madrid? ¿Qué importa eso en un momento en que el mundo entero llora la muerte de Michael Jackson? ¿Qué importa que una ciudad haga de la tortura premeditada de un animal indefenso una fiesta colectiva que se repetirá, implacablemente, al año siguiente? ¿Es esto cultura? ¿Es esto civilización? ¿No será simple barbarie?


Derecho a pecar

En la lista de las creaciones humanas (otras hay que nada tienen que ver con la humanidad, como la del diseño nutritivo de la tela de araña o la burbuja de aire submarina que le sirve de nido al pez), en esa lista, decía, no he visto incluido lo que fue, en tiempos pasados, el más eficaz instrumento de dominio de cuerpos y almas. Me refiero al sistema judicial resultante de la invención del pecado, a su división en pecados veniales y pecados mortales, y el consecuente rol de castigos, prohibiciones y penitencias. Hoy desacreditado, caído en desuso como esos monumentos de la antigüedad que el tiempo ha arruinado, aunque conservan, hasta la última piedra, la memoria y la sugestión de su antiguo poder, el sistema judicial basado en el pecado todavía sigue envolviendo y penetrando, con hondas raíces, nuestras conciencias. Esto lo entendí mejor ante las polémicas causadas por el libro que titulé El Evangelio según Jesucristo, agravadas casi siempre por insultos y otros desvaríos calumniosos dirigidos contra el temerario autor. Siendo El Evangelio sólo una novela que se limita a «reescenificar», aunque de modo oblicuo, la figura y la vida de Jesús, es sorprendente que muchos de los que se pronunciaron contra ella la vieran como una amenaza a la estabilidad y fortaleza de los fundamentos del propio cristianismo, sobre todo en su versión católica. Sería el momento de interrogarnos sobre la real solidez de ese otro monumento heredado de la antigüedad, si no fuese evidente que tales reacciones se debieron, esencialmente, a una especie de tropismo reflejo del sistema judicial del pecado que, de una manera u otra, llevamos dentro. La principal de esas reacciones, aunque también de las más pacíficas, consistía en argumentar que el autor del Evangelio, no siendo creyente, no tenía derecho a escribir sobre Jesús. Pues bien, independientemente del derecho básico que asiste a cualquier escritor para escribir sobre cualquier asunto, se añade, en este caso, la circunstancia de que el autor de El Evangelio según Jesucristo se limitó a escribir sobre algo que directamente le interesa y le toca, pues siendo efecto y producto de la civilización y de las culturas judeocristianas, es, en todo y por todo, en el plano de la mentalidad, un «cristiano», aunque a sí mismo filosóficamente se defina y en la vida corriente se comporte como lo que también es —un ateo—. De esta manera, es legítimo decir que, como al más convencido, observante y militante de los católicos, me asistía, a mí, incrédulo que soy, el derecho a escribir sobre Jesús. Entre nosotros sólo encuentro una diferencia, aunque importante, a la de escribir. Añadiré, por mi cuenta y riesgo, otra que al católico le está prohibida: el derecho a pecar. O, dicho con otras palabras, el humanísimo derecho a la herejía. Algunos dirán que esto es agua pasada. No obstante, como mi próxima novela (esta vez no la llamaré cuento) no será menos conflictiva, muy al contrario, he considerado que tal vez valiese la pena ponerse la venda antes de que se produzca la herida. No para protegerme (cuestión que nunca me ha preocupado), sino porque, como se suele decir en estos parajes, quien avisa no es traidor.

[De “El último cuaderno, textos escritos para el blog”, marzo 2009-junio 2010, prólogo de Umberto Eco, Editorial Alfaguara, 2011, traducción de Pilar del Río]


El muchacho que escribía poesía

Un texto de Yukio Mishima

Poema tras poema fluía de su pluma con pasmosa facilidad. Le llevaba poco tiempo llenar las treinta páginas de uno de los cuadernos de la Escuela de los Pares. ¿Cómo era posible, se preguntaba el muchacho, que pudiera escribir dos o tres poemas por día? Una semana que estuvo enfermo en cama, compuso: “Una semana: Antología”. Recortó un óvalo en la cubierta de su cuaderno para destacar la palabra “poemas” en la primera página. Abajo, escribió en inglés: “12th.—18th: May, 1940”.
Sus poemas empezaban a llamar la atención de los estudiantes de los últimos años. La algarabía es por mis 15 años. Pero el muchacho confiaba en su genio. Empezó a ser atrevido cuando hablaba con los mayores. Quería dejar de decir “es posible”, tenía que decir siempre “sí”.
Estaba anémico de tanto masturbarse. Pero su propia fealdad no había empezado a molestarle. La poesía era algo aparte de esas sensaciones físicas de asco. La poesía era algo aparte de todo. En las sutiles mentiras de un poema aprendía el arte de mentir sutilmente. Sólo importaba que las palabras fueran bellas. Todo el día estudiaba el diccionario.
Cuando estaba en éxtasis, un mundo de metáforas se materializaba ante sus ojos. La oruga hacía encajes con las hojas del cerezo; un guijarro lanzado a través de robles esplendorosos volaba hacia el mar. Las garzas perforaban la ajada sábana del mar embravecido para buscar en el fondo a los ahogados. Los duraznos se maquillaban suavemente entre el zumbido de insectos dorados; el aire, como un arco de llamas tras una estatua, giraba y se retorcía en torno a una multitud que trataba de escapar. El ocaso presagiaba el mal: adquiría la oscura tintura del yodo. Los árboles de invierno levantaban hacia el cielo sus patas de madera. Y una muchacha estaba sentada junto a un horno, su cuerpo como una rosa ardiente. El se acercaba a la ventana y descubría que era una flor artificial. Su piel, como carne de gallina por el frío, se convertía en el gastado pétalo de una flor de terciopelo.
Cuando el mundo se transformaba así era feliz. No le sorprendía que el nacimiento de un poema le trajera esta clase de felicidad. Sabía mentalmente que un poema nace de la tristeza, la maldición o la desesperanza del seno de la soledad. Pero para que este fuera su caso, necesitaba un interés más profundo en sí mismo, algún problema que lo abrumara. Aunque estaba convencido de su genio, tenía curiosamente muy poco interés en sí mismo. El mundo exterior le parecía más fascinante. Sería más preciso decir que en los momentos en que, sin motivo aparente era feliz, el mundo asumía dócilmente las formas que él deseaba.
Venía la poesía para resguardar sus momentos de felicidad, ¿o era el nacimiento de sus poemas lo que la hacía posible? No estaba seguro. Sólo sabía que era una felicidad diferente de la que sentía cuando sus padres le traían algo que había deseado por mucho tiempo o cuando lo llevaban de viaje, y que era una felicidad únicamente suya.
Al muchacho no le gustaba escrutar constante y atentamente el mundo exterior o su ser interior. Si el objeto que le llamaba la atención no se convertía de pronto en una imagen —si en un mediodía de mayo el brillo blancuzco de las hojas recién nacidas no se convertía en el oscuro fulgor de los capullos nocturnos del cerezo— se aburría al instante y dejaba de mirarlo. Rechazaba fríamente los objetos reales pero extraños que no podía transformar: “No hay poesía en eso”.
Una mañana en que había previsto las preguntas de un examen, respondió rápidamente, puso las respuestas sobre el escritorio del profesor sin mirarlas siquiera, y salió antes que todos sus compañeros. Cuando cruzaba los patios desiertos hacia la puerta, cayó en sus ojos el brillo de la esfera dorada del asta de la bandera. Una inefable sensación de felicidad se apoderó de él. La bandera no estaba alzada. No era día de fiesta. Pero sintió que era un día de fiesta para su espíritu, y que la esfera del asta lo celebraba. Su cerebro dio un rápido giro y se encaminó hacia la poesía. Hacia el éxtasis del momento. La plenitud de esa soledad. Su extraordinaria ligereza. Cada recodo de su cuerpo intoxicado de lucidez. La armonía entre el mundo exterior y su ser interior…
Cuando no caía naturalmente en ese estado, trataba de usar cualquier cosa a mano para inducir la misma intoxicación. Escudriñaba su cuarto a través de una caja de cigarrillos hecha con una veteada caparazón de tortuga. Agitaba el frasco de cosméticos de su madre y observaba la tumultuosa danza del polvo al abandonar la clara superficie del líquido y asentarse suavemente en el fondo.
Sin la menor emoción usaba palabras como “súplica”, “maldición” y “desdén”. El muchacho estaba en el Club Literario. Uno de los miembros del comité le había prestado una llave que le permitía entrar a la sede solo y a cualquier hora para sumergirse en sus diccionarios favoritos. Le gustaban las páginas sobre los poetas románticos en el “Diccionario de la literatura mundial”: En sus retratos no tenían enmarañadas barbas de viejo, todos eran jóvenes y bellos.
Le interesaba la brevedad de las vidas de los poetas. Los poetas deben morir jóvenes. Pero incluso una muerte prematura era algo lejano para un quinceañero. Desde esta seguridad aritmética el muchacho podía contemplar la muerte prematura sin preocuparse.
Le gustaba el soneto de Wilde, “La tumba de Keats”: “Despojado de la vida cuando eran nuevos el amor y la vida / aquí yace el más joven de los mártires”. Había algo sorprendente en esos desastres reales que caían, benéficos, sobre los poetas. Creía en una armonía predeterminada. La armonía predeterminada en la biografía de un poeta. Creer en esto era como creer en su propio genio.
Le causaba placer imaginar largas elegías en su honor, la fama póstuma. Pero imaginar su propio cadáver lo hacía sentirse torpe. Pensaba febrilmente, que viva como un cohete. Que con todo mi ser pinte el cielo nocturno un momento y me apague al instante. Consideraba todas las clases de vida y ninguna otra le parecía tolerable. El suicidio le repugnaba. La armonía predeterminada encontraría una manera más satistactoria de matarlo.
La poesía empezaba a emperezar su espíritu. Si hubiera sido más diligente, habría pensado con más pasión en el suicidio.
En la reunión de la mañana el monitor de los estudiantes pronunció su nombre. Eso implicaba una pena más severa que ser llamado a la oficina del maestro. “Ya sabes de qué se trata”, le dijeron sus amigos para intimidarlo. Se puso pálido y le temblaban las manos.
El monitor, a la espera del muchacho, escribía algo con una punta de acero en las cenizas muertas del “hibachi”. Cuando el muchacho entró, el monitor le dijo “siéntese”, cortésmente. No hubo reprimenda. Le contó que había leído sus poemas en la revista de los egresados. Después le hizo muchas preguntas sobre la poesía y sobre su vida en el hogar. Al final le dijo: “Hay dos tipos: Schilla y Goethe. Sabe quién es Schilla, ¿no es cierto?”
“”Schiller quiere decir?”
“Sí. No trate nunca de convertirse en un Schilla. Sea un Goethe”.
El muchacho salió del cuarto del monitor y se arrastró hasta el salón de clase, insatisfecho y frunciendo el ceño. No había leído ni a Goethe ni a Schiller. Pero conocía sus retratos. “No me gusta Goethe. Es un viejo. Schiller es joven. Me gusta más”.
El presidente del Club Literario, un joven llamado R que le llevaba cinco años, empezó a protegerlo. También a él le gustaba R, porque era indudable que se consideraba un genio anónimo, y porque reconocía el genio del muchacho sin tener para nada en cuenta su diferencia de edades. Los genios tenían que ser amigos.
R era hijo de un Par. Se daba los aires de un Villiers de l’Isle Adam, se sentía orgulloso del noble linaje de su familia y empapaba su obra con una nostalgia decadente de la tradición aristocrática de las letras. R, además, había publicado una edición privada de sus poemas y ensayos. El muchacho sintió la envidia.
Intercambiaban largas cartas todos los días. Les gustaba esta rutina. Casi todas las mañanas llegaba a casa del muchacho una carta de R en un sobre al estilo occidental, del color del melocotón. Por largas que fueran las cartas no pasaban de un cierto peso; lo que le encantaba al muchacho era esa voluminosa ligereza, esa sensación de que estaban llenas pero de que flotaban. Al final de la carta copiaba un poema reciente, escrito ese mismo día, o si no había tenido tiempo, un poema anterior.
El contenido de las cartas era trivial. Empezaban con una crítica del poema que el otro había enviado en la última carta, a la que seguía una palabrería inacabable en la que cada cual hablaba de la música que había escuchado, los episodios diarios de su familia, las impresiones de las muchachas que le habían parecido bellas, los libros que había leído, las experiencias poéticas en las que una palabra revelaba mundos, y así sucesivamente. Ni el joven de veinte años ni el muchacho de quince se cansaban de este hábito.
Pero el muchacho reconocía en las cartas de R una pálida melancolía, la sombra de un ligero malestar que sabía no estaba nunca presente en las suyas. Un recelo ante la realidad, una ansiedad de algo a lo que pronto tendría que enfrentarse le daban a las cartas de R un cierto espíritu de soledad y de dolor. El tranquilo muchacho percibía este espíritu como una sombra sin importancia que nunca caería sobre él.
¿Veré alguna vez la fealdad? El muchacho se planteaba problemas de esta clase; no los esperaba. La vejez, por ejemplo, que rindió a Goethe después de soportarla muchos años. No se le había ocurrido nunca pensar en algo como la vejez. Hasta la flor de la juventud, bella para unos, fea para otros, estaba tadavía muy lejos. Olvidaba la fealdad que descubría en sí mismo.
El muchacho estaba cautivado por la ilusión que confunde al arte con el artista, la ilusión que proyectan en el artista las muchachas ingenuas y consentidas. No le interesaba el análisis y el estudio de ese ser que era él mismo, en quien siempre soñaba. Pertenecía al mundo de la metáfora, al interminable calidoscopio en el que la desnudez de una muchacha se convertía en una flor artificial. Quien hace cosas bellas no puede ser feo. Era un pensamiento tercamente enraizado en su cerebro, pero inexplicablemente no se hacía nunca la pregunta más importante: ¿Era necesario que alguien bello hiciera cosas bellas?
¿Necesario? El muchacho se hubiera reído de la palabra. Sus poemas no nacían de la necesidad. Le venían naturalmente; aunque tratara de negarlos, los poemas mismos movían su mano y lo obligaban a escribir. La necesidad implicaba una carencia, algo que no podía concebir en sí mismo. Reducía, en primer lugar, las fuentes de su poesía a la palabra “genio”, y no podía creer que hubiera en él una carencia de la que no fuera consciente. Y aunque lo fuera, prefería llamarlo “genio” y no carencia.
No que fuera incapaz de criticar sus propios poemas. Había, por ejemplo, un poema de cuatro versos que los mayores alababan con extravagancia; le parecía frívolo y le daba pena. Era un poema que decía: así como el borde transparente de este vidrio tiene un fulgor azul, así tus límpidos ojos pueden esconder un destello de amor.
Los elogios de los demás le encantaban al muchacho, pero su arrogancia no le permitía ahogarse en ellos. La verdad era que ni siquiera el talento de R le impresionaba mucho. Claro que R tenía suficiente talento como para distinguirse entre los estudiantes avanzados del Club Literario, pero eso no quería decir nada. Había un rincón frígido en el corazón del muchacho. Si R no hubiera agotado su tesoro verbal para alabar el talento del muchacho, quizás el muchacho no hubiera hecho ningún esfuerzo para reconocer el de R.
Se daba perfecta cuenta de que el premio a su gusto ocasional por ese tranquilo placer era la ausencia de cualquier brusca excitación adolescente. Dos veces al año, las escuelas tenían series de béisbol que llamaban los “Juegos de la Liga”. Cuando la Escuela de los Pares perdía, los estudiantes de penúltimo año que habían vitoreado a los jugadores durante el partido los rodeaban y compartían sus sollozos. El nunca lloraba. Ni se sentía triste. “¿Para qué sentirse triste? ¿Porque perdimos un partido de béisbol?” Le sorprendían esas caras llorosas, tan extrañas. El muchacho sabía que sentía las cosas con facilidad, pero su sensibilidad se encaminaba en una dirección diferente a la de todos los demás. Las cosas que los hacían llorar no tenían eco en su corazón. El muchacho empezó a hacer cada vez más que el amor fuera el tema de su poesía. Nunca había amado. Pero le aburría basar su poesía solamente en las transformaciones de la naturaleza, y se puso a cantar las metamorfosis que de momento a momento ocurren en el alma.
No le remordía cantar lo que no había vivido. Algo en él siempre había creído que el arte era esto exactamente. No se lamentaba de su falta de experiencia. No había oposición ni tensión entre el mundo que le quedaba por vivir y el mundo que tenía dentro de sí. No tenía que ir muy lejos para creer en la superioridad de su mundo interior; una especie de confianza irracional le permitía creer que no había en el mundo emoción que le quedara por sentir. Porque el muchacho pensaba que un espíritu tan agudo y sensible como el suyo ya había aprehendido los arquetipos de todas las emociones, aunque fuera algunas veces como puras premoniciones, que toda la experiencia se podía reconstruir con las combinaciones apropiadas de estos elementos de la emoción. Pero, ¿cuáles eran estos elementos? El tenía su propia y arbitraria definición: “Las palabras”.
No que el muchacho hubiera llegado a una maestría de las palabras que fuera genuinamente suya. Pero pensaba que la universalidad de muchas de las palabras que encontraba en el diccionario las hacía variadas en su significado y con distinto contenido y, por lo tanto, disponibles para su uso personal, para un empleo individual y único. No se le ocurría que sólo la experiencia podía darle a las palabras color y plenitud creativa.
El primer encuentro entre nuestro mundo interior y el lenguaje enfrenta algo totalmente individual con algo universal. Es también la ocasión para que un individuo, refinado por lo universal, por fin se reconozca. El quinceañero estaba más que familiarizado con esta indescriptible experiencia interior. Porque la desarmonía que sentía al encontrar una nueva palabra también le hacía sentir una emoción desconocida. Lo ayudaba a mantener una calma exterior incompatible con su juventud. Cuando una cierta emoción se apoderaba de él, la desarmonía que despertaba lo llevaba a recordar los elementos de la desarmonía que había sentido antes de la palabra. Recordaba entonces la palabra y la usaba para nombrar la emoción que tenía ante sí. El muchacho se hizo práctico en disponer así de las emociones. Fue así como conoció todas las cosas: la “humillación”, la “agonía”, la “desesperanza”, la execración”, la “alegría del amor”, la “pena del desamor”.
Le hubiera sido fácil recurrir a la imaginación. Pero el muchacho dudaba en hacerlo. La imaginación necesita una clase de identificación en la que el ser se duele con el dolor de los demás. El muchacho, en su frialdad, no sentía nunca el dolor de los demás. Sin sentir el menor dolor se susurraba: “Eso es dolor, es algo que conozco”.

Era una soleada tarde de mayo. Las clases se habían acabado. El muchacho caminaba hacia la sede del Club Literario para ver si había alguien allí con quien pudiera hablar camino a casa. Se encontró con R, quien le dijo: “Estaba esperando que nos encontráramos. Charlemos”.
Entraron al edificio estilo cuartel en el que los salones de clase habían sido divididos con tabiques para alojar los diferentes clubes. El Club Literario estaba en una esquina del oscuro primer piso. Alcanzaban a oir ruidos, risas y el himno del colegio en el Club Deportivo, y el eco de un piano en el Club Musical. R. metió la llave en la cerradura de la sucia puerta de madera. Era una puerta que aún sin llave había que abrir a empujones.
El cuarto estaba vacío. Con el habitual olor a polvo. R entró y abrió la ventana, palmoteó para quitarse el polvo de las manos y se sentó en un asiento desvencijado.
Cuando ya estaban instalados el muchacho empezó a hablar. “Anoche vi un sueño en colores”. (El muchacho se imaginaba que los sueños en colores era prerrogativa de los poetas). “Había una colina de tierra roja. La tierra era de un rojo encendido, y el atardecer, rojo y brillante, hacía su color más resplandeciente. De la derecha vino entonces un hombre arrastrando una larga cadena. Un pavo real cuatro o cinco veces más grande que el hombre iba atado a su extremo y recogía sus plumas arrastrándose lentamente frente a mí. El pavo real era de un verde vivo. Todo su cuerpo era verde y brillaba hermosamente. Seguí mirando el pavo real a medida que era arrastrado hacia lo lejos, hasta que no pude verlo más… Fue un sueño fantástico. Mis sueños son muy vívidos cuando son en colores, casi demasiado vívidos. ¿Qué querría decir un pavo real verde para Freud?”
“Qué querría decir?”
R no parecía muy interesado. Estaba distinto que siempre. Estaba igual de pálido, pero su voz no tenía su usual tono tranquilo y afiebrado, ni respondía con pasión. Había aparentemente escuchado el monólogo del muchacho con indiferencia. No, no lo escuchaba.
El afectado y alto cuello del uniforme de R estaba espolvoreado de caspa. La luz turbia hacía que refulgiera el capullo de cerezo de su emblema de oro, y alargaba su nariz, de por sí bastante grande. Era de forma elegante pero un tris más grande de lo debido, y mostraba una inconfundible expresión de ansiedad. La angustia de R parecía manifestarse en su nariz.
Sobre el escritorio había unas viejas galeras cubiertas de polvo y reglas, lápices rojos, laca, volúmenes empastados de la revista de los egresados y manuscritos que alguien había empezado. El muchacho amaba esta confusión literaria. R revolvió las galeras como si estuviera ordenando las cosas a regañadientes, y sus dedos blancos y delgados se ensuciaron con el polvo. El muchacho hizo un gesto de burla. Pero R chasqueó la lengua en señal de molestia, se sacudió el polvo de las manos y dijo:
“La verdad es que hoy quería hablar contigo de algo”.
“De qué?”
“La verdad es…”. R vaciló primero pero luego escupió las palabras. “Sufro. Me ha pasado algo terrible”.
“¿Estás enamorado?” preguntó fríamente el muchacho.
“Sí”.
R explicó las circunstancias. Se había enamorado de la joven esposa de otro, había sido descubierto por su padre, y le habían prohibido volver a verla. El muchacho se quedó mirando a R con los ojos desorbitados. “He aquí a alguien enamorado. Por primera vez puedo ver el amor con mis ojos”. No era un bello espectáculo. Era más bien desagradable.
La habitual vitalidad de R había desaparecido; estaba cabizbajo. Parecía malhumorado. El muchacho había observado a menudo esta expresión en las caras de personas que habían perdido algo o a quienes había dejado el tren.
Pero que un mayor tuviera confianza en él era un halago a su vanidad. No se sentía triste. Hizo un valeroso esfuerzo por asumir un aspecto melancólico. Pero el aire banal de una persona enamorada era difícil de soportar.
Por fin halló unas palabras de consuelo.
“Es terrible. Pero estoy seguro que de ello saldrá un buen poema”.
R respondió débilmente: “Este no es momento para la poesía”.
“¿Pero no es la poesía una salvación en momentos como este?”
La felicidad que causa la creación de un poema pasó como un rayo por la mente del muchacho. Pensó que cualquier pena o agonía podía ser eliminada mediante el poder de esa felicidad.
“Las cosas no funcionan así. Tú no comprendes todavía”.
Esta frase hirió el orgullo del muchacho. Su corazón se heló y planeó la venganza.
“Pero si fueras un verdadero poeta, un genio, ¿no te salvaría la poesía en un momento como este?”
“Goethe escribió el Werther”, respondió R, “y se salvó del suicidio. Pero sólo pudo escribirlo porque, en el fondo de su alma, sabía que nada, ni la poesía, lo podría salvar, y que lo único que quedaba era el suicidio”.
“Entonces, ¿por qué no se suicidó Goethe? Si escribir y el suicidio son la misma cosa, ¿por qué no se suicidó? ¿Porque era un cobarde? ¿O porque era un genio?”
“Porque era un genio”.
“Entonces…”
El muchacho iba a insistir en una pregunta más, pero ni él mismo la comprendía. Se hizo vagamente a la idea de que lo que había salvado a Goethe era el egoísmo. La idea de usar esta noción para defenderse se apoderó de él.
La frase de R, “Tú no comprendes todavía”, lo había herido profundamente. A sus años no había nada más fuerte que la sensación de inferioridad por la edad. Aunque no se atrevió a pronunciarla, una proposición que se burlaba de R había surgido en su mente: “No es un genio. Se enamora”.
El amor de R era sin duda verdadero. Era la clase de amor que un genio nunca debe tener. R, para adornar su miseria, recurría al amor de Fujitsubo y Gengi, de Peleas y Melisande, de Tristán e Isolda, de la princesa de Cleves y el duque de Némours como ejemplos del amor ilícito.
A medida que escuchaba, el muchacho se escandalizaba de que no había en la confesión de R ni un solo elemento que no conociera. Todo había sido escrito, todo había sido previsto, todo había sido ensayado. El amor escrito en los libros era más vital que éste. El amor cantado en los poemas era más bello. No podía comprender por qué R recurría a la realidad para tener sueños sublimes. No podía comprender este deseo de lo mediocre.
R parecía haberse calmado con sus palabras, y ahora empezó a hacer un largo recuento de los atributos de la muchacha. Debía de ser una belleza extraordinaria, pero el muchacho no se la podía imaginar. “La próxima vez te muestro su retrato”, dijo R. Luego, no sin vergüenza, terminó dramáticamente:
“Me dijo que mi frente era realmente muy hermosa”.
El muchacho se fijó en la frente de R, bajo el pelo peinado hacia atrás. Era abultada y la piel relucía débilmente bajo la luz opaca que entraba por la puerta; daba la impresión de que tenía dos protuberancias, cada una tan grande como un puño.
“Es un cejudo” , pensó el muchacho. No le parecía nada hermoso. Mi frente también es abultada, se dijo. Ser cejudo y ser bien parecido no son la misma cosa.
En ese momento el muchacho tuvo la revelación de algo. Había visto la ridícula impureza que siempre se entremete en nuestra conciencia del amor o de la vida, esa ridícula impureza sin la cual no podemos sobrevivir ni en ésta ni en aquel: es decir, la convicción de que el ser cejijuntos nos hace bellos.
El muchacho pensó que también él, quizás, de un modo más intelectual, estaba abriéndose camino en la vida gracias a una convicción parecida. Algo en ese pensamiento lo hizo estremecerse. “¿En qué piensas?” preguntó R, suavemente, como de costumbre.
El muchacho se mordió los labios y sonrió. El día se estaba oscureciendo. Oyó los gritos que llegaban desde donde practicaba el Club de Béisbol. Percibió un eco lúcido cuando una pelota golpeada por bate fue lanzada hacia el cielo. Algún día, tal vez, yo también deje de escribir poesía, pensó el muchacho por primera vez en su vida. Pero todavía le quedaba por descubrir que nunca había sido poeta.


La hora de secreto

Un texto de María Rosa Lojo

Tu alma se encontrará triste
entre los oscuros pensamientos de la lápida gris.
No hay uno solo, entre toda la multitud,
para espiar en tu hora de secreto.

Edgar Allan poe, “Espíritus de los muertos”

[Bóveda de la familia Cambaceres, detalle]

Un lamento áspero, prolongado, rechinante, entra por un oído del guardián, golpea el tambor del tímpano, subleva el martillo, machaca en el yunque, espolea el estribo, se expande en el vestíbulo, sube las escalerillas de caracol y resuena por fin en la bóveda profunda.
Pero el hombre dormido sacude apenas la cabeza y el lamento se va en desbande hacia las rejas de la gran entrada, las aferra y las golpea como una mano humana. Roza la bóveda del cielo exterior, tan muda y sola como la del cráneo que lo ha dejado escapar. Entonces vuelve, arrastrándose, a la boca de su origen, que tiene un suave cuerpo de larva envuelto en un capullo de madera forrada con seda.

Ese cuerpo ahora encerrado y secreto bajo la tapa de roble, preso tras la puerta que asegura a los Cambacérès el descanso eterno en un lugar de selecta compañía, estuvo la noche anterior expuesto como el cuerpo de una Virgen, rodeado por un círculo de luces, ofrecido a la contemplación de sus fieles. Lo rozaron sombras de velos negros y labios apenas inclinados sobre la frente. Lo cercaron, sin tocario, las voces bajas, que llegaban despacio, filtradas por el humo amarillo de los cirios.

“¡Qué destino! Morir el día en que cumplía diecinueve años.” “Y cuando estaba vistiéndose para ir a la Ópera. Esa joya magnífica que lleva al cuello es su regalo.” “Pobre criatura. No hay justicia en estas cosas.” “A lo mejor la hay. ¿No dicen que las culpas de los padres caen sobre la cabeza de los hijos?” “No hable usted muy alto, que ahí está ella.” Los ojos giran hacia una mujer sentada, con la cabeza rubia cubierta por crespones de luto, que tiene un niño dormido entre los brazos. “Pronto se ha consolado de la muerte de Cambacérès.” “Así pasa con algunas. Pero quizá él era peor.” “¿Le parece?” “Más se ofende al Señor con libros y blasfemias que con los deslices de la carne.” “Qué comprensiva está usted.” “Jesús perdonó a María Magdalena, y Lucifer sigue condenado en los infiernos, expiando su orgullo.”

Los ojos vuelven hacia la joven custodiada por una guarnición de encajes. La comparan con Blancanieves en su caja de cristal; es una Bella Durmiente —dicen—, pero no hay príncipe capaz de rescatarla de ese sueño, aunque algunos varones que la cortejaron la miren, todavía, con deseo elusivo.

Rufina Cambacérès ha sido siempre mirada en exceso, no siempre con deseo. Más bien con una prevención distante que desde muy niña la ha separado levemente de todo, como si hubiese sido la convaleciente de una grave enfermedad contagiosa. Rufina sabrá luego que la miran así porque ha nacido en un lugar ominoso y fascinante que hace resplandecer los ojos de los caballeros y bajar, púdicamente, los párpados de las señoritas. Las señoras mayores lo llaman “pecado” en las conversaciones a media voz que se interrumpen cuando ella entra. Durante mucho tiempo creerá que “pecado” es una tierra extranjera, acaso la tierra de su madre, que parece ser, en Buenos Aires, la principal representante de esa condición malsana.

Sin embargo, nada la asusta o le repugna en las campiñas de Italia o los pulidos bosques de París, tanto menos amenazantes que las espesas leguas pampeanas de paja brava por donde asoman apenas los cuellos de los caballos. Nada le parece temible tampoco, en Luisa Bacichi, que todavía tardará algunos años en poder firmar como “señora de Cambacérès”. El temor, sin embargo, cubre como una pátina sepia la imagen yacente de su padre, que viaja envuelto en mantas, la espalda sobre altos almohadones, de París a Niza, de Niza a Arcanchon, de Arcanchon a París, en busca del remedio para la tos que atraviesa sus noches con un golpe seco y desparejo de hacha mellada. La tos siempre se oye, aunque la filtren puertas de roble y cortinas de brocato. También se oyen los pasos de Luisa Bacichi, que va y viene de su país de pecado con tés y sinapismos, con manos sedantes y paños transidos de agua de Colonia para darle, no curación, quizá, pero sí consuelo.

Rufina sabrá luego que nunca ha temido a su padre, sino a la muerte que viajaba con él, de sed en sed y de sitio en sitio. Sabrá que su madre ha vivido durante años velando con esmero a ese muerto inminente que quiere dejar sus huesos en Buenos Aires. Sólo esa vez verá llorar a Luisa. “¿Por qué volvemos allá? Los tuyos pueden venir a visitarte. Algunos de tus familiares están ya aquí. Los otros no te quieren.” “Los argentinos compran mis libros, cabecita rubia”, dice el padre, acariciando la nuca que se dobla entre las manos. “Los compran sólo para criticarte.” “Es mejor ser criticado que resultar indiferente. Además, tengo algunos amigos.” “Que no se cuentan ni con los dedos de una mano.” “Si un hombre dice que tiene más de cinco amigos, es un farsante o es un idiota.” “Las viejas te consideran el Anticristo.” “No me importan las viejas. De todos modos me reciben en sus casas, es lo que vale.” “Lo hacen por tu dinero y el prestigio de tu familia.” “Naturalmente, otro motivo sería inverosímil.” “Pues no lo harán conmigo.” “Tendrán que recibir a mi mujer.”

Pero es Rufina —no Luisa Bacichi— quien acompañará en sus visitas de cumplido a Eugenio Cambacérès antes de que la tuberculosis termine de romperle la tela quebradiza de los pulmones. Se verá dibujada en el espejo con trajes de terciopelo color guinda, cuellos de Bruselas y tirabuzones dorados: un figurín perfecto capaz de hacer una discreta reverencia, que contesta, con acento francés, los módicos o hipócritas saludos de las señoras. “Tiene una hija encantadora, doctor Cambacérès. Parece una francesita, como su madre.” Los dedos de Eugenio se ponen rígidos sobre el hombro de la niña. “Mi hija no es una francesa. Solamente está habituada a hablar en francés. Lo único que tiene de la Galia le viene de mi padre, en todo caso. Y mi esposa —se demora en el término— es austríaca.” Las señoras sonríen, y se hacen guiños de inteligencia no bien Eugenio da vuelta la cabeza. Le ofrecen a Rufina chocolate y bizcochos en una bandejita de plata, y luego le abren las puertas del parque donde hay perros mansos y viejos, fuentes, paredes que se enmascaran bajo la hiedra. Cuando se cansa vuelve al salón de recibo. Pero su padre está en la biblioteca con el dueño de casa, mientras las señoras hablan con palabras que manchan de vergüenza los nombres que tocan. “Es usted muy tolerante. No sé si yo los recibiría, Margarita.” “El siempre ha sido amigo de mi marido.” “Que lo vea en el Club del Progreso. Por mi parte, no pienso dejar que ese ateo llegue puertas adentro. Demasiado se meten ya en las casas sus novelas inmorales.” “No las he leído.” “Ha hecho usted bien. ¡Para la fauna que se encuentra en ellas! Cocottes, calaveras, adúlteras, suicidas, arribistas. ¡Vaya ejemplos!” “Pues usted sí que las ha leído escrupulosamente.” “Sólo para ver qué clase de libros pueden frecuentar mis hijas. Y por cierto, no permitiría que el señor Cambacérès tratase con ellas.” “Hay que ser piadosa con los moribundos.” “No anda usted con medias palabras.” “Dicen que su médico no le da más de tres meses de vida.”

Rufina queda quieta bajo su armadura súbita de estatua. Nadie la ha visto llegar del parque. No se mueve, no respira, no habla, oculta bajo el muro protector de una palmera enana y un desmesurado jarrón chino. Sólo una lágrima comienza a resbalarle por la mejilla derecha.

“Vistas desde ese ángulo… cambian algo las cosas. Es un modo de ir presentando a la niña en sociedad para cuando quede sola, y que no dependa únicamente de esa perdida.” “Siempre que las personas decentes quieran aceptarla.” “Es su hija.” “O no. Con esas mujeres, nunca se sabe.” “Lleva su apellido y él la quiere. No se puede desairarla sin desairar a toda la familia.” “Pero su madre… ¿piensa usted tener a una corista de vodevil sentada a su mesa?” “Ese ya es otro asunto.”

Un ruido ligero pero inequívoco sobresalta a las damas, cubre los tintineos de las cucharillas de plata. El cuerpo pequeño de Rufina golpea el suelo, al lado de la palmera enana y del jarrón chino que comienza a bambolearse.

Durante el viaje a la Quinta de Barracas, la cabeza descansa sobre las rodillas del padre. Él le acaricia las mejillas. Bajo los dedos flacos y afiebrados la carita tiene una lisura quieta y una frialdad de mármol. “¿Qué te han hecho, hija? ¿Qué te han dicho esas brujas? ¡Que no sean hombres para poder mandarlas al infierno a pistoletazos! Si sus maridos no fueran mis amigos…” Rufina no hablará. Hay cosas de las que no podrá hablar nunca. Aprieta las manos chicas contra el hueso de las rodillas, aspira el olor a lana y a lavanda. Eugenio Cambacérès tose, tapándose la boca con el pañuelo. “¡Si fueras un varón! La Naturaleza ha sido cruel con las mujeres, las ha hecho débiles de espíritu y de cuerpo, dotadas solamente de la inteligencia del amor, que no actúa en su provecho sino en el de la especie. Dóciles y bellos instrumentos del placer y la reproducción… ¿Qué será de tu madre y de ti cuando me vaya”

El padre no tarda en irse: un muñeco de cera largo y frágil, con bigotes de maniquí bajo la luz de los cirios, rumbo a la bóveda familiar donde ya descansa de la política, la gloria y el dinero, su hermano Antonino. La madre y la hija aprenden a vivir sin él. Después de todo, les queda un testamento firmado en París: la Quinta lujosa de la calle Montes de Oca, la estancia El Quemado, y tranquilizadoras cuentas bancarias. ¿Le importa a Luisa Bacichi que apenas la saluden cuando pasa con su hija en coche descubierto frente a las casas vecinas de los Somellera, los Llavallol, los Álzaga, los Elizalde, los Senillosa?

Rufina cree que su madre se recupera, después de mucho tiempo, de la tos y del miedo, de los gritos, el malhumor y los caprichos que cubrían con ruido y con furia el hueco abierto de una tumba futura. Cuando van a la iglesia, vestidas de negro, la escucha rezar por el alma de Cambacérès. “¿Por qué pide usted por él, si él no creía?”, se animará a preguntar, mucho más tarde. “Porque para eso basta con que sí crea yo.”

Los días pasan entre El Quemado y Buenos Aires, más en El Quemado que en Buenos Aires, donde casi no tienen amistades y no hacen visitas. Solamente los primos y las tías aparecen, con regulares alternancias. Se diría que se turnan en el cuidado, quizá más por obligación que por amor. Luisa Bacichi, sin embargo, no necesita cuidados. Es ella, antes bien, la que se ha acostumbrado a cuidar. Pero Rufina prefiere el amparo del campo solitario. Ni ella ni la llanura tienen voz. Se hacen oír por movimientos, por gestos y susurros y a veces por tormentas arrojadas sin explicación sobre la paz radiante de las cosas. La hija de Cambacérès ama los caballos y los libros. No los de su padre Eugenio, porque la madre la disuade de leerlos, hasta que una madurez todavía renuente le enseñe a comprender o a perdonar (“Tu padre no fue sólo sus novelas. No era un cínico. Fue un hombre bueno, mucho mejor de lo que él mismo se juzgaba”). Rufina no entiende qué significa exactamente la palabra “cínico”. Sólo intuye que su madre es una persona propensa a confiar en la bondad de los varones, quizá porque es ella la que siempre coloca en el juego lo necesario para dos.
Luisa volverá a creer, casi tan ciegamente como cree en Dios, en un señor alto, grave y macizo, vestido de negro, que vendrá un día para arrendarle los campos de El Quemado, y ya no se separará de ella. Rufina mira con cautela al hombre silencioso que le regala dulces y condesciende a apartar la cabeza de sus estudios para hablarle. Pronto la casa vacía se llena de personas dispares. No llegan en multitudes sino en pequeños grupos o de uno en uno. A don Hipólito Yrigoyen, jefe de la opositora Unión Cívica Radical, no le gustan las aglomeraciones. No quiere hablar a la fiera ardiente de las masas, sino al severo corazón moral de los individuos. Un corazón que, en su caso, sólo se compromete con los deberes de la lucha política. Don Hipólito no piensa casarse con Luisa, como no se ha casado con Antonia Pavón, con Dominga Campos y con alguna otra mujer que le diera descendencia. Es el padre soltero de una numerosa familia, pero eso no deshonra a varón ninguno.

Ni su madre, absorta en él, ni él, absorto en el juego excluyente y peligroso que justifica su vida, ven crecer a Rufina, que un día vuelve de sus paseos solitarios con la falda de montar manchada de sangre. Casi por el mismo tiempo Luisa Bacichi alumbra un hijo que sólo llevará su apellido. La casa está colmada de hombres que no se atreverían a levantar la vista hacia la mujer de Don Hipólito, pero arriesgan alguna mirada oblicua hacia la hija, muy joven, de la extranjera. Saben que es una Cambacérès, no una “bachicha” —como se les ha dicho siempre burlonamente a los nativos de Nápoles— pero también es una hembra, después de todo, que quizá tenga en la sangre mucho menos de matrona criolla que de bailarina. Ella salta el círculo de las miradas sobre las patas de su caballo zaino. Corre hacia el monte con los libros de su padre entre las ropas. Ya no es una niña y la madre está demasiado ocupada para controlar sus lecturas. Se sienta a la sombra de un ombú que le recuerda el de la Quinta de Barracas, abre las páginas que manchará después con lágrimas furiosas, y tintura de tréboles aplastados contra los renglones: Las mujeres, mi querido señor Pablo, son el coche de los hombres. Vivir sin ellas es andar a pie. A lo mejor se cansa uno, se sienta, se aplasta y se tiende a la bartola. Por eso es que más jugo da un cascote, como dicen, que un solterón. Son la manga de agua que nos baña, el riego que nos hace producir… Pero hay mujeres y mujeres, como hay coches y coches. Las mujeres públicas, como los coches de plaza, tienen un movimiento infame, son unos potros. Cuando mucho, debe uno servirse de ellos a guisa de digestivo para hacer bajar la comida, alquilarlos, pagarles la hora y despacharlos. Emprender un viaje largo en esa clase de vehículo es correr el riesgo de ponérselo de sombrero al primer barquinazo fuerte que pegue. Para eso, se va a una casa de confianza y se compra un mueble decente, nuevo o de ocasión por la muerte de su propietario, si es que prefiere usado.

Rufina arranca la página sucia y la tritura entre los dedos. Luego su furia se vuelve calma, cortante. Abre la hoja irreparable, cavada de arrugas y la parte lentamente en pedacitos. Gime y grita sin palabras, ya que nadie la oye. Golpea los puños contra las raíces del árbol. Ahora sabe que su apellido es hijo de la caridad y su padre el benefactor que se ha casado con Luisa Bacichi, primero su amante y luego su abnegada enfermera, para que no termine sus días como Loulou: ¿Qué más les valemos a los hombres las mujeres como yo, un poco de cariño, de gratitud, de lástima? ¿Somos alguien, por ventura? ¡Bah! Una cosa, cuando mucho algo despreciable y vil, un pedazo de materia, la porción del bruto que reclama su alimento, del cerdo que se harta y ensucia y pisotea los restos, autómatas de carne hechos por Dios para dar gusto a los hombres, juguetes que entretienen y divierten. Luisa tiene razón. Su padre no era un cínico. Era mucho mejor que la mayoría.

Desde la tarde del ombú los días de Rufina se reparten entre dos mundos. En el mundo de la casa es una niña de trenzas recogidas y altos cuellos de pequeña gorguera en cuyo centro luce un camafeo con la imagen de doña Rufina Alais, su abuela paterna. Obedece a Luisa y toma entre los brazos al hermano pequeño. Sólo una vez se atreverá a preguntarle, cara a cara: “¿Cómo deja que la humille así?”. “¿Quién crees que me humilla, hija?” “Don Hipólito.” “¿Por qué? ¿Porque no se casa conmigo? ¿Y quién te ha dicho que yo quiero, o que me conviene, casarme con él? No necesito papeles, ni bendiciones. Gracias a tu padre no nos falta el dinero. Hipólito es un hombre honrado que se ocupará de su hijo si yo me voy antes. Y si es por anuencias, me basta la de Dios.”

Rufina no volverá a preguntar nada. Después de todo, en el otro mundo no existen su madre, ni su hermano, ni la vergüenza. En el otro mundo, ella tampoco es una mujer. Cuando la Pampa atardece, sobre el caballo de Rufina montan sir Galahad o Sandokán: altos varones que conocen los secretos del mar y de la tierra, que amparan viudas y socorren huérfanos, y protegen la honra de las doncellas. Matan a los facinerosos y limpian de maldades el reino humano para que ya no sea posible la existencia de mujeres como Luisa o como Loulou.

Vuelve sucia de arenillas, lastimada por los pastos altos como después de un combate. Su madre la mira con triste reprobación. Entonces Rufina se lava y se coloca el disfraz de faldas y zapatitos, de cintas en el pelo y pechera de valencianas. Se sienta a la mesa, con Luisa y con Don Hipólito que, no bien sale de sus abstracciones, le obsequia libros sobre la educación de las mujeres, la higiene y el progreso y la trata con deferencia y cuidado verdaderamente paternales.

Pero ya en Buenos Aires hay un solo mundo. Cuando llegan a la quinta de Montes de Oca, todavía pintada de rojo como en los tiempos de don Juan Manuel, el territorio indeciso del ocaso está ocupado por muros de ladrillo, calles rectangulares y lustrosos carruajes. Las ropas que no puede quitarse la aprietan y la asfixian. Sandokán se retuerce, aprisionado bajo el ridículo corsé, enredado en los vuelos de puntilla. Sir Galahad no acepta el cambio de su férrea armadura por el oprobio de las ballenitas y los polvos de arroz. Rufina sabe que ambos se están muriendo, como el caballo zaino de su infancia. El baile de presentación en sociedad, con el espaldarazo de los Cambacérès, les ha dado casi el golpe de gracia. Un año o dos más y desaparecerán del todo: sumisos, indignamente ahogados bajo el velo de novia y la corona de azahares que puede ser una corona de espinas. Cuando Rufina se convierta en esposa, vivirá definitivamente del otro lado, y la pampa que se disuelve en noche será sólo la muerte del deseo o la nostalgia de la libertad perdida.

Pero la madre ignora todo eso, y entra en el cuarto donde Rufina Cambacérès se prueba frente al espejo su vestido de gala, para que la celebración de sus diecinueve años culmine bajo las grandes luces del Teatro de la Ópera. Luisa le sonríe al reflejo de la cara de su hija. “Ahora cierra los ojos”, ordena. Un escalofrío rodea el cuello de Rufina, y una flor helada se instala sobre la piel del escote, perpendicular a los senos. Cuando vuelve a mirarse, el escalofrío se ha cristalizado en pequeños brillantes unidos por eslabones de plata, y la flor es una turquesa tallada donde resplandece, acaso, parte de la herencia paterna. Luisa Bacichi prefiere que su hija lleve puesto lo único que da verdadera libertad: el dinero. Rufina Cambacérès, quizá porque siempre ha sido rica, lo desprecia. Si de libertad se trata, estaría dispuesta a cambiar su posición por la de cualquier sinvergüenza desharrapado de veinte años que se puede alistar en el ejército y llegar algún día a general o a hacer fortuna en la Bolsa o el contrabando.

La risa de la madre estalla detrás, en las manos que la toman de los antebrazos, en las chispas que saltan hacia el espejo. “¿No te gusta, ma petite?” Rufina se lleva la mano a la garganta. Es necesario hablar, agradecer. ¿Cómo devolverlo sin agraviar a su madre? Pero no hay palabras, y las piedras presionan, hieren, estrangulan, como hiere un dogal de lujo el cuello del animal hermoso al que engalana y domestica. Cae de espaldas entre los brazos de Luisa y el mundo se le cierra en un golpe de silencio oscuro.

Ahora Rufina es un lamento áspero, prolongado, rechinante, un gemido creciente que desemboca por fin, como si naciera, en un alucinado grito humano. Los ojos se abren en una oscuridad sin estrellas que nada tiene en común con las noches pampeanas. Rufina despierta, Bella Durmiente en un mundo equivocado, Blancanieves sin suerte. Golpea con los puños un techo increíblemente cercano. Le falta el aire, como le ha faltado a su padre en sus años de viaje y agonía, pero quizá, sobre todo, en Buenos Aires. Se ahoga y cada grito le resta un poco más de oxígeno en esa caja que se le ajusta al cuerpo casi tanto como su vestido. Inspira por última vez, con un silbido que ya es un estertor, igual que a los cuatro años, cuando el crup le cerraba los caminos finísimos de la respiración y de la vida. La cabeza cae sobre la almohadilla del ataúd, se hunde, irremediable, en su marco de encajes.

Al día siguiente las señoras del tout Buenos Aires se dirán al oído en los salones que Rufina Cambacérès ha muerto enterrada viva, víctima de un ataque de catalepsia. Ninguna ha visto a Eugenio que se lleva a su hija sobre la sombra de un caballo zaino, dormida contra su pecho extrañamente suave, que tiene puesta la armadura de sir Galahad.

[De “Historias ocultas de la recoleta”, Buenos Aires, Alfaguara, 2000]

Página web de la autora: http://www.mariarosalojo.com.ar


La pluma en el corazón

Por Jaime Labastida
México

Es curioso, lo primero que leí de Cortázar, hasta donde recuerdo en este momento, es Rayuela. Veinte años. Y lo leí —porque me pregunta aquí de las circunstancias—, seguramente lo leí en un momento de exaltación vital muy grande: recuerdo que el impacto que me causó fue tremendo.

Particularmente, a pesar de que es una escritura eminentemente cerebral, muy técnica, intensa y se arma y desarma según ciertas posiciones que el escritor ha establecido. Sí, es muy complejo y por lo tanto cerebral, pero también de una actitud vital profunda, y lo que más impacto me causó en la novela fue justamente esa rela-ción de vitalidad en profundidad, actitud del personaje, sus relaciones con la Maga, esos encuentros mágico-casuales. En el fondo, el culto de las artes.

¿Qué leía en ese momento? Leía mucha poesía, como todavía leo mucha poesía; en ese momento era un acercamiento muy directo a Marx y a Lenin y al propio tiempo, la lectura directa de novelas, que nunca he dejado de hacer. La novela siempre ha sido una lectura axilar, en mi caso, que no soy especialista, ni crítico literario, no soy especialista en crítica. Mi especialidad está más bien en el terreno de la filosofía, desde el punto de vista ensayístico. Y empecé a leer también por ese entonces a Carpentier: dos obras claves en ese momento que me impactaron lo mismo, Rayuela y Los pasos perdidos.

No fue, en cambio, la primera aproximación literaria a Carpentier. No. En el caso de Carpentier yo creo que había leído antes que Los pasos perdidos, El reino de este mundo; pero no me había causado el impacto básico que me causaron Los pasos perdidos y Rayuela. Yo tengo la idea de escribir un ensayo —tengo sólo notas sobre él—, que trataría los aspectos de la estructura, de la construcción, en la novela latinoamericana: sobre Cortázar y sobre Carpentier; incluso creo que el eje es Carpentier. También Sábato, Revueltas, Arguedas. Mi idea en ese ensayo es discutir los problemas de concepción del tiempo que se reflejan en la organización estructural de la novela y la concepción ideológica.

Lo que yo escribía por aquella época era poesía, casi solamente poesía. En alguna ocasión un ensayo de carácter político: yo militaba entonces en una organización política que luego desapareció. Era un grupo de intelectuales, quizá haya oído mencionarlos, la Liga de Espartaros. Fuimos fundadores de ella, el principal era José Revueltas. Luego tuvimos miles de discrepancias con Revueltas y acabamos en posiciones absolutamente opuestas, muy opuestas.

¿Que si su lectura pudo influir en mi producción literaria? No. En mi producción literaria no. Aunque lo cierto es que es muy posible que sí y de una manera segmentaria y muy a largo plazo. En mi cuarto libro de poesía, que se llama Obsesiones con un tema obligado, hay una parte construida a base de oposiciones de bloques, de aglomeraciones que se oponen entre sí. Mi idea es la de utilizar contrastes desde el punto de vista de lo que llamarían luego el collage; pero no se trata de un collage. Tampoco es un modelo para armar de una manera azarosa, sino que responde a un cierto orden, pero algunos de estos poemas están estructurados como bloques completos, cada estrofa. Por caso, hay uno que se llama “La trinchera en la playa” y es un homenaje a Martí hecho a base de textos de Martí, pero recreados con escenas en La Habana y otras cuestiones, metidas en un conjunto de poemas que se funden formalmente en un argumento con un solo sentido. Luego he usado eso en otros poemas. En uno que se llama “Conversaciones con Siqueiros”, otro que se llama “Conversaciones con Revueltas”, otro que se llama “Conversaciones con Efraín”, con Efraín Huerta, en donde utilizo prácticamente lo mismo: noticias periodísticas, acontecimientos directos, cosas que hablé con ellos, partes de lo que ellos escribieron para usar una especie de mezcla, que no es un collage arbitrario. Pienso que muchas de estas cuestiones fueron usadas por mí, es la primera vez incluso que lo digo, y tal vez surge esta respuesta como posibilidad a su pregunta, no sabemos si estas cosas hayan surgido directamente de la lectura segmentaria de la obra de Cortázar, de cómo modernizar también la estructura poética.

Pero más que como recuerdo, la lectura como parte orgánica, la lectura de Cortázar, metodológicamente hablando, como parte orgánica de lo que yo quería escribir. Una intención semejante, un punto de vista semejante: modernizar la escritura poética a partir de técnicas con metodologías también modernas. Así que la modernización no se encuentra en el léxico, no se encuentra en la estructura formando un verso o en el hecho de que usted utilice elementos lexicológicos de la vida cotidiana, sino cuando desde el punto de vista metodológico incorpore una nueva forma al escribir. Es algo siempre presente en la obra de Julio. Es esa modernización de su técnica narrativa particularmente presente en su obra máxima, Rayuela. Es toda una formulación matemática, además. La matemática como invención.

Después de leer Rayuela, prácticamente devoré todo Cortázar: Ultimo round, La vuelta al día…, Octaedro. Pero el primer encuentro… Desde luego estoy seguro de que no fue en La Habana, porque la primera vez que yo estuve en La Habana era en el año 1960. Fui al Congreso de la Juventud. Y yo no lo vi entonces. Volví luego a La Habana en el 65 y tampoco lo vi. Volví a La Habana en el 75 como jurado del Premio Casa de las Américas, en el género de ensayo, y tampoco lo vi; volví a La Habana en el 77 al Segundo Congreso de la UNEAC. Tampoco lo vi. Nos hubiéramos encontrado en el Encuentro de Inte-lectuales Latinoamericanos que había en La Habana en el 81, pero él no llegó. Pero quiero esforzar la memoria… Sí: ya lo conocía. ¿Cuándo? En el 81, recuerdo, nos desencontramos porque no nos vimos, él no llegó al Encuentro de Intelectuales Latinoamericanos, que había en La Habana. Y el año pasado, en el Diálogo de las Américas, que realizamos aquí en México —él es miembro del Consejo Permanente—, entonces él tenía que haber venido y tampoco pudo, porque si usted recuerda estuvo gravísimo en ese momento y ya no pudo llegar. Envió de todas maneras un documento con el que se abría el diálogo. Yo lo busqué en el año 79 que estuve en París y hablamos sólo telefónicamente.

Pero de todas las veces que lo vi, quizá la primera vez que lo vi, y que conversé con él, además muy largamente, fue aquí en México. Sí: ahora sí estoy seguro: en mi casa: él llegó a cenar una noche a mi casa. Debe haber sido en el año 73. Ya lo recuerdo bien, a través de Arnaldo Orfila, del que soy amigo hace tantos años. Arnaldo fue el director del Fondo de Cultura Económica, editó mi primer libro de poesía y desde entonces fue una amistad muy estrecha con él: yo trabajé en Siglo XXI, y además de que trabajé en Siglo XXI, formo parte de su Consejo de Administración. En esa ocasión, él había venido con su anterior mujer, con Ugné Karvelis y sucedió que querían hablar con alguien que les diera una visión distinta, desde el punto de vista de los intelectuales, sobre la situación del país. Entonces nos pusimos en contacto y Ugné me hizo una larga entrevista radiofónica a propósito de las posiciones políticas literarias del país, que luego se pasó por la radio y televisión francesas. Eso debe haber sido… otra vez no recuerdo bien, en el 73, 74.

Conversamos muy largo. Estuvo en mi casa muchas horas. Hablamos más que nada de cuestiones políticas, de la situación de México, de la situación de la literatura y de los compromisos políticos. Eso fue. Esto… quizá… y no sé por qué me vuelvo a confundir. Era al principio del sexenio de Echeverría: Echeverría fue presidente del 70 al 76, así que debe haber sido entre el 71 y el 73. Eso es. Dejémoslo así. Bueno, pues por ese momento yo estaba escribiendo ese libro que se llama Obsesiones con un tema obligado. ¿Y qué leía? Leía lo mismo que leo ahora, con el mismo desperdicio de tiempo y con el mismo desorden. La misma filosofía, al mismo tiempo novela. Más filosofía. La lectura de Marx es recurrente en mí.

Fue un momento verdaderamente cultural, en el sentido de que se producía precisamente la expresión de la influencia de que hablábamos al comienzo en la función de escritor político y se producía el conocimiento personal, el encuentro. De pronto se halla uno escribiendo algo que tiene que ver con lo que está leyendo, pero yo no lo sabía. Ahora me surge como posibilidad de respuesta a partir de su pregunta, es decir, lo que había en mi caso era entrar en contacto con una persona a la que, vamos, yo había leído tanto y que me había marcado tanto desde el punto de vista de la lectura. En ese sentido le puedo decir que las dos personas que más me han impresionado han sido él y Carpentier.

Julio es lo que yo pensaba de Julio Cortázar. Con sólo decirle: era una persona, en primer lugar, que no era mito ni se vivía como mito, no: esa increíble modestia. Es un hombre que seguramente sabe lo importante que es y lo que significa para la literatura latinoamericana, y posiblemente para la literatura mundial. Es un hombre que está muy, pero muy por encima de la pequeñez de creerse grande y de ostentarse grande porque su grandeza es real. Y eso no se expresa en algo externo bajo la forma pequeña de una actuación miserable, sino que es un hombre espontáneo. Es lo que más me llama la atención. Ese efecto me produjo de inmediato. Fue una relación espontánea, abierta, franca, de amigo, como si nos hubiéramos conocido de muchísimo tiempo atrás. El debe de saber que yo conozco toda su obra y yo estoy seguro de que él quizá haya leído un verso mío, pero de todas maneras, independien-temente de eso, la relación fue una relación de amistad completa, es decir, no nos unía entonces una de esas falsas afinidades literarias de que si me lees te leo, sino que fue una relación humana simplemente, de dos personas que están unidas además por otras cuestiones: afinidad desde el punto de vista gesto-afectivo y, desde luego, político.

Algo que también me impacta enormemente es la juventud de Julio, la juventud física, además de la juventud mental, es decir, es un hombre que, todo el mundo se lo habrá dicho, jamás representa la edad que tiene; pero no la representa no sólo desde el punto físico: tampoco la representa desde el punto de vista mental. Es un hombre de una enorme vitalidad, está al día en una gran cantidad de cosas, y a pesar de que tiene esa enorme influencia de la cultura europea no se vive como europeo sino que sigue viviéndose como lati-noamericano. Llega a Nicaragua, un país de tan bajo desarrollo económico, y no lo ve como el colonizador, no lo ve con los ojos del crítico europeo, ni como una persona que llega desde el alto estrado de su gran cultura a examinar un objeto folklórico, sino que se integra al medio, al paisaje y a su pueblo, vive Nicaragua en el corazón y a partir de ese momento, también en la pluma.

[De “Queremos tanto a Julio. 20 autores para Cortázar”]

    

El tren que no se olvida

Por Carlos Humberto Alvez

A las seis de la mañana debía abordar el ómnibus que me dejaría en el Yaguareté Corá de mis desvelos. Frente a la Terminal de Ómnibus el reloj del bar daba las cinco en punto. Estaba amaneciendo. A lo lejos, el corso de la Avenida 3 de Abril murmuraba su asombro de plumas y lentejuelas. Crucé la calle, atravesé el corredor de la terminal hacia donde la estación del ferrocarril Urquiza y me senté al borde del andén -en el mismo lugar de otras veces- a contemplar con nostalgia las vías herrumbradas de la playa ferroviaria y el opaco moribundo del acero ahogarse irremediablemente entre los pastos.

(Una estación desierta es un campanario sin palomas, un amor no correspondido, un amigo que no está).

Busqué un sobre entre mis carpetas y extendí sobre el regazo una media docena de fotos, entre ellas la estación de Monte Caseros, la de Curuzú Cuatiá y la de Nuestra Señora de las Mercedes del Paiubre, galpón de máquinas incluido, donde una tarde, hace unos días, buscando recuerdos encontré fantasmas engrasando ejes y aceitando bielas y paralelas de una locomotora negra como el petróleo.

(Una estación deshabitada es un volcán de silencios en plena actividad. Un huerto infinito donde en almácigos germina, crece y se reproduce la soledad).

Así están las cosas. Los correntinos tenemos diagramado en el corazón un tren de pasajeros con vía libre a la nostalgia. Exactamente el mismo tren que por Corrientes hace un dolor de tiempo que no pasa.

(Una estación a la cual ya no llegan trenes es como un cuento sin final. Un fantasma en traje de gala celebrando la intemperie).

Así son las cosas. Así están. Así somos para todo aquello que amamos y por el sólo hecho de amar necesitamos.

(¿Cuántos trenes tendrá la memoria, cuántos vagones los recuerdos?).

Alcé la vista, miré lejos y respiré hondo, muy hondo, como queriendo atrapar el último halo de lo que fue una melancólica madrugada y me despedí del solitario andén. Un lejano e imaginario silbato y un monótono traqueteo me recordaron la fragancia a leño en brasa del humo de las calderas y el dulce aroma a petróleo derramado sobre el orden inalterable de los durmientes de quebracho.

(Una estación desierta es un acto de abismo).

Marzo 2012


La enfermedad

Un texto de Gustavo Nielsen *

1

Saravia supo que ella estaba llorando por el sonido de sus tacos sobre el piso del subte. El taconeo también podía deberse a una espera nerviosa, aunque Saravia oyó la lágrima salir del ojo, deslizarse por un pómulo suave y detenerse en una zona muda, antes de caer al piso. La lágrima rodando por la mejilla hacía el ruido de una bolita de vidrio deslizándose sobre una fina lija.

“Oír adentro del subte da calor”, pensó Saravia, mientras volteaba hacia ambos lados la cabeza, disimuladamente, para mirar. A la lágrima se sumaba la bocina perdida de un tren que cruzó; aplastada, taladrada, gastada, cortada en pedacitos y absorbida por el piso. La vibración le trepó desde los pies, le abrazó las piernas y los pantalones de vestir, subió como un enrejado de arañas por su cuerpo hasta la mano que se aferraba a la anilla de cuero.

En el vagón había varios adolescentes, un hombre con aspecto de chofer de lancha colectiva, un harapiento con la frente oxidada por el sol y una señora grande y gorda. Saravia era el único que viajaba parado. La señora llevaba puestos anteojos negros y tronaba los dedos de su mano derecha como si mantuviera el ritmo de alguna canción. Saravia fijó la vista en su cara hinchada y llena de pecas grises. La lágrima podía haber tocado el marco de los anteojos y haberse corrido hasta casi llegar a la mitad; para después quedarse un instante quieta y al final clinc, contra el piso de chapa. Aunque la señora estaba contenta, miraba pasar las estaciones desde su ventanilla, traía un paraguas rojo, olía de un perfumero que constantemente iba de la cartera abierta a su nariz y llevaba un flamante peinado de peluquería. Con olor a spray, con olor a bautismo. Tenía los ojos vidriosos pero secos, detrás de los anteojos. Esto lo advirtió Saravia al acercarse; trató de cubrir con el periódico su mirada demasiado atenta, pero ella le sonrió. Dos cables negros salían del peinado hacia el interior de su cartera. Saravia inclinó un poco la cabeza, en una especie de saludo cortés. Esa mañana iba vestido con su saco nuevo y su corbata roja a lunares blancos, lo que le hizo suponer que a la mujer le habría gustado su elegancia. Ella tendría, como él, unos cuarenta y tantos años. En las manos, al igual que Saravia, no llevaba anillo de casada.

Clinc, volvió a sonar la gota, más fuerte que los plic plic de los dedos de la señora. Ella no era la que lloraba, y no cabían dudas de que el sonido, amplificado al máximo, era el de una lágrima estrellada. La señora se acomodaba los pequeños auriculares más adentro de sus orejas perdidas en el pelo, cuando Saravia oyó un sollozo y una frase: “No está bien que siga con él; no quiere hijos míos, y a mí los chicos me encantan”. El vagón se movía hacia ambos lados como si estuviera a punto de desarmarse. “No sé cómo le pueden no gustar. Dice que son seres malignos, dañinos…” Las maderas golpeaban unas contra otras al paso de la curva. El silbido de un freno se sumó al sonido general, y Saravia distinguió una segunda voz de mujer. Era una voz más joven.

—Yo también odio a los niños —dijo.

La voz del llanto se sonó la nariz en un soplido corto que Saravia oyó con precisión, como si hubiera sucedido al lado de sus orejas.

—Mis relaciones amorosas empiezan y terminan con las relaciones laborales de los tipos con los que trabajo —decía ahora la joven—. Todos estamos entrando o saliendo de un amor, siempre, en todo momento. Por eso, nada de familia. Yo creo que los únicos niños buenos son los que están internados y enfermos, muriéndose en el hospital. A ésos no les queda otra cosa que ser buenos.

—Son chiquitos… —la otra mujer se sorbió las lágrimas.

—Son demonios. Últimamente están peor que nunca. Deberías presentarme a tu ex. ¿De qué trabaja?

Saravia miró por la ventana que separaba su vagón del que venía después. Las mujeres estaban al final, apoyadas contra la pared. Una era morocha y alta, y llevaba anteojos negros. La otra era petisa, muy redondeada, con grandes pechos asomando por un escote en V y zuecos altísimos. La petisa se movía como una directora de orquesta; hizo un gesto terminante, un golpe sobre la palma izquierda y Saravia escuchó “que los parta un rayo”. La bocina de llegada al andén absorbió el comentario final. En su vagón se bajaban el harapiento de la frente oxidada y los adolescentes.

Saravia avanzó con dificultad hasta las puertas abiertas. Bajó y corrió hasta el otro vagón. “No puede ser que haya oído esa conversación, el sonido de una lágrima.” Subió antes de que las puertas se cerraran con un soplido de sifones. Caminó despacio por el pasillo. El subte, sin arrancar, hizo un temblor liviano. La morocha se acomodó los anteojos, que le quedaron enganchados en el pelo. Saravia vio los ojos rojos, frotados. La petisa abría y cerraba la boca, pero él no pudo distinguir sus palabras, a pesar de que ahora estaba más cerca. Las dos llevaban el pelo húmedo. Las puertas del subte se volvieron a abrir. La petisa agarró la mano de su amiga y dijo “mejor bajamos”, en un silencio que la máquina le permitió, y encaró con sus tetas y sus zuecos hacia el andén. Si Saravia hubiera alargado su brazo con el periódico extendido, habría podido detenerlas, pero se quedó congelado en el lugar: era la misma voz que había oído desde el otro vagón. Se rascó la cabeza, pasándose la mano hacia atrás por la frente amplia, golpeó el pilotín mojado de una estrábica con su hombro derecho y se lanzó detrás de las mujeres hacia las puertas que se cerraban, que lo dejaban adentro mirándolas pasar los molinetes, perderse por las escaleras mecánicas. Una manija de la puerta estaba más alta que la otra. El vidrio decía: “Apertura manual”. Por detrás del cartel apareció, otra vez, el telón negro del túnel.

El vagón ahora estaba más lleno. Incluso más que el anterior, al que no había subido casi nadie, apenas una pareja, y en el que la señora gorda seguía sentada, mirando hacia el costado. “Pensar en el subte es pegajoso”, supuso Saravia. “Hace transpirar.” La gorda se llevó una mano al peinado, buscándose la oreja derecha. Saravia la estaba mirando a través de la ventana que separaba los vagones. Ella despegó de adentro de su oreja el pequeño parlante sudado. Saravia alcanzó a oír la canción emitida desde la intimidad de ese walkman lejano; un viejo himno de los sesenta. Conocía esa estrofas de memoria; y ahora las distinguía nítidamente, a pesar de la distancia.

Cuando el tren se detuvo en la terminal, Saravia se bajó con toda la gente. Desde el agujero del túnel, la noche llegaba en el sonido de la lluvia tapando frenadas sobre el agua, pasos de gente subiendo escaleras, suelas de transeúntes a punto de cruzar las avenidas, arriba. Una gota, proveniente del techo, alcanzó la cara de Saravia cuando giró la cabeza y no el molinete para ver cómo se cerraban las puertas del tren; cuando volvió a mirar hacia la gorda que se sacaba definitivamente los auriculares para abrir su paraguas, casi a diez metros de distancia de él estaba. Entonces oyó otra vez la musiquita corta que ahora hablaba sobre las cosas del querer, hasta que ella puso el stop; oyó decirse a dos viejas que también estaban alcanzando la calle: “ella lo ama, por eso nunca se va a casar”; oyó una tos masculina que era el anticipo de una gripe; oyó cómo dos yuppies de celulares se quejaban del maldito tiempo. Después ellos salieron y se alejaron, y Saravia ya no pudo oírlos. Quedaron todas las gotas repiqueteando sobre las veredas, y las caras de los que esperaban viajar en el próximo tren.

Saravia, frente a los molinetes de salida, sintió esa lluvia como una infinita sucesión de pedidos de silencio. Como si los nuevos pasajeros se estuvieran diciendo unos a otros “shhh, shhh, shhh”. Desde la boca abierta de la escalera llegaba la orden de callarse más potente, más húmeda y fría. Hacia allí se dirigió, sabiendo que se iba a mojar.

2

Lo primero que hizo Saravia al entrar en su departamento fue sacarse la ropa mojada. Todo estaba en su sitio: las pilas de casets, su cama, su teléfono, el palo apoyado entre dos caballetes que oficiaba de perchero y del que colgaban varias camisas, la mesa, el grabador, los libros apilados en el suelo y sus álbumes de estampillas. Había sido un buen filatelista, antes de separarse de Silvia. Después había ingresado en la angustia constante, y las estampillas requerían mucha concentración. Enrolló la corbata. La dejó apoyada sobre la mesa. Un laberinto circular de tela; así debía ser el interior de su oído: “un laberinto lábil”, pensó Saravia. La parte más gruesa de la corbata, que era la que estaba más mojada, se derrumbó como la pared de un castillo de arena.

Venía oyendo el zumbido desde el día de la separación; siempre en la oreja izquierda. Saravia creía que era un castigo por haber aceptado que la ruptura, después de varios años de noviazgo, se redujera a una conversación telefónica. Silvia lo había llamado para decirle “no vuelva más”, con una voz rara, y él intuyó que pasaba otra cosa. Ella dijo “chau”, y Saravia, en aquel momento, no se había dado cuenta de que era para siempre. Ella querría estar sola, o probar con otros hombres, tal vez con mujeres, por qué no con animales. Saravia no había recibido ninguna explicación, así que todo podía ser. Ella ni siquiera lo había decidido de una semana para la otra, o de un día para el otro, sino de un rato para el otro. A eso de las nueve tenían que ir a cenar al restorán de siempre; a las nueve menos cuarto hizo aquel llamado fatídico. “Hola, Saravia, despiertesé.” “¿Qué le pasa a mi princesa?” “Que no quiero estar más con usted, que quiero que me deje sola.” “¿Por qué?”, preguntó él.

—Porque sí —dijo ella.

Al cortar, el zumbido brotó de la nada como una pequeña molestia pasajera, y fue creciendo a medida que el mismo Saravia se iba transformando en pura oreja, en pura molestia de oreja. Se le clavaba como una aguja hasta el puente de la nariz. Después la aguja comenzaba a girar sin parar, deshaciéndole la masa encefálica. La molestia ya llevaba más de seis meses; la angustia de estar solo llevaba el mismo tiempo. A lo que ahora se agregaba la novedad de haber oído las voces de las mujeres, de haberlas distinguido a distancia, en el subte.

¿Qué había hecho Saravia en todo ese tiempo? Esperar tumbado sobre su cama. Todo su ser inmóvil en una cama permanentemente deshecha, alentando la esperanza de que ella llamara. El oído abierto contra el auricular como único resabio de movimiento, más un fluir tristísimo de labios, más el índice derecho apretando la tecla de redial y cortando a la nada. Saravia conservó pálidamente su apariencia de humano durante esos meses interminables, en los que se fue convirtiendo, paulatinamente, en oreja. Una oreja de setenta y cinco kilos y un metro setenta y seis de altura. El tímpano izquierdo, el que estaba más cerca del teléfono, era su centinela. Todos sus nervios, sus ganas, sus miedos, su ansiedad, sus humores, su sudor agrio; toda su espera estaba conectada con aquel único órgano despierto y atento. Estaba conectada su boca para abrirse, su lengua para empezar a hablar; estaba preparado su brazo para levantar el auricular; sus ojos, prestos a cerrarse y su alma, dispuesta a dejarse disolver en el timbre esperado de Silvia, en sus palabras que nunca llegaban. La necesidad de Saravia se concentraba en esos apenas cincuenta centímetros de distancia que lo separaban del artefacto negro. Tenía que estar así, de guardia completa, dada la importancia del asunto. Desnudo, tirado, con la estufa prendida, tomando gaseosa tibia y comiendo los sánguches de pan francés que le traía Celeste, la encargada. Saravia había pensado que dejaría pasar un timbrazo, dos; después diría “hola, hola” antes de levantar el tubo, para aclarar la garganta, y tal vez, quizá, se erguiría en la cama para que su voz no tuviese temblores de colchón. Ése era el plan que había urdido, estirado entre sus sábanas repletas de migas e hilos de fiambre barato. Aunque no era todo el plan.

Saravia también usaba el teléfono para escuchar la voz de ella en el contestador y concentrarse en los cambios de mensaje y de la música de fondo. Él conocía esas melodías: Miles Davis por Marsalis, ése había sido el primer cambio, para después volver a un clásico, con Debussy. Ella odiaba a Debussy, porque le parecía aburrido, pero a los dos meses y seis días y medio de la separación había puesto un pasaje de El Mar en su contestador. ¿Qué quería decir esto? ¿Alguien la estaría convenciendo de que aquel concierto era bueno, o por lo contrario ella estaría pasándola tan bien que hasta El Mar había dejado de ser la más pura esencia del aburrimiento?

Se acercó al grabador y lo encendió. Adentro de la casetera estaba su caset de música acrobática, con Rachmaninov recreando a Paganini. En mitad del concierto había un pasaje que lo emocionaba porque le hacía acordar a Silvia. Cuando lo escuchaba no podía evitar que su ánimo se desmoronara como la corbata mojada.

En el botiquín del baño buscó la perita de goma y el frasco con agua oxigenada y se dedicó, en los minutos previos a la emoción, a irrigarse las orejas. Había leído en alguna revista científica que no convenía que el cerumen se acumulara en cantidad excesiva, que podía obturar totalmente el conducto, dificultando la audición. No se acordaba bien dónde lo había leído, pero sin duda había sido en una revista, o tal vez en una enciclopedia, porque podía recordar una ilustración en la que un niño bien peinado se metía la punta de una pera de hacer enemas en el pabellón izquierdo, mientras que con la otra mano sostenía un vaso de agua a medio llenar. Debajo de la ilustración podía leerse: “La irrigación es norma de higiene”.

Saravia siempre había pensado que la separación había ocurrido por culpa de otro hombre, aunque ella jurara y perjurara que no se trataba de eso, sino de ganas de estar sola –de nuevo. Él sabía que podía perdonar un engaño, pero no una mentira sostenida. Las parejas no se separan por las infidelidades, sino por las mentiras. A esta conclusión había llegado una tarde en que se sentía tan deprimido que no había tenido fuerzas ni para ir al baño, por lo que la cama estaba mojada y olía a meo. Lo que se oculta durante días y meses es lo que destruye a todas las familias, y para Saravia —si bien habían sido solamente novios— la de ellos era una familia en potencia, que Silvia había destruido sin más. Ahora sólo le importaba saber la verdad, pero ella se negaba a contestarle.

Aunque una vez, era cierto, Silvia lo había buscado. Fue a los tres meses y un día de haberse separado. Saravia no contestó, le temblaba el pulso y casi no tenía fuerzas para levantarse. Ella dejó un mensaje diciendo que pasaría a las diez de la noche. Así, sin consultarle. A él le pareció una falta de respeto, pero se levantó de la cama y cambió las sábanas. Estaba flaco. Fue hasta la cocina a prepararse un plato de fideos y se los comió sin salsa, ni nada. El estómago le dolía, al igual que todos los huesos. Eran las once de la mañana. Se sentía mal pero estaba contento. Le pidió una escoba a Celeste, cuando ella vino a traerle el sánguche de mortadela y la Coca de medio litro. Se tomó la botella de un tirón. Estaba tibia; no entendía por qué Celeste no le compraba Coca fría. Sacó dos bolsas de residuos al pasillo. Preparó la ropa que iba a ponerse mucho antes de que fuera la hora. Él mismo estaba listo una hora antes, con su corbata roja a lunares planchada y los zapatos recién lustrados. Estaba radiante y lejos del teléfono, hasta que lo oyó sonar. En el espejo del botiquín practicaba peinados: raya al medio, raya al costado, hacia atrás. Cuarto timbrazo, clic, mensajes después de la señal, clic—chiiiiiií—clic. Tuvo que abrir la puerta y sacar la cabeza del baño para oír. “No me parece una buena idea, lo lamento”, dijo la voz de ella, antes de cortar. Antes de que la mano de Saravia saliera corriendo como un perro para levantar una señal de corte prolongada y monótona, inexpresiva, sin Silvia, sin la voz de Silvia. Después vino el desvestirse, colgar el traje y mirarlo como a un paracaídas desde el que se hubiera escurrido hasta el colchón, con la camisa, los calzones y las medias puestas.

Y otra vez la oreja Saravia; Saravia vuelto oreja por los próximos meses. Moviendo apenas una pierna para recuperar la sábana; pestañeando; la boca un círculo con el dibujo permanente de un bostezo; las manos apretadas en los brazos extendidos. Todo él debajo de su cubrecama verde. Un mes, dos meses, tres, más dos semanas y media. Hasta el día en que se dijo “basta Saravia”, y despegó el pelo del colchón con olor a café quemado para darse cuenta de que la cabeza le dolía como si hubiera bebido un whisky continuo. Quiso ser terminante: basta de los sánguches de Celeste, basta de asearse a fuerza de trapos mojados, basta de olor a orines y migas clavándose en la espalda. Otra vez logró bañarse, vestirse. Salió de su departamento. Llegó al bar de siempre, al de antes, pidió una botella de vino y un plato de ravioles con tuco. El mozo lo reconoció a la primera ojeada. “Tanto tiempo, don, ¿y su señora?”

—Murió —dijo Saravia.

El mozo le puso la mano sobre el hombro y él sintió el apretón de sus dedos regordetes. Se arrepintió de haber dicho semejante disparate. Pensó que ella podía entrar en cualquier momento al restorán, cualquier día, inclusive esa misma noche ¿Y si había muerto de verdad? Él nunca hubiera dicho semejante cosa sin suponer algo, sin tener, al menos, un presentimiento. La cara del mozo era de verdadero desasosiego. A Saravia le dieron ganas de salir de allí de inmediato, de volver a la guardia de su departamento y de su cama y, sobre todo, al teléfono. A ver si justo ella había llamado y dejado un mensaje. O peor aún, si no se había animado a dejar un mensaje y había cortado. Silvia era tan tímida, tan pescadita, pobre. Y él sin estar del otro lado para atenderla, para preguntarle si era feliz y escucharla dudar, llorar, quejarse de todo por extrañarlo tanto, o al menos por extrañarlo un poco. Y él, Saravia, confesarle que también, algo, la extrañaba. Donde hubo fuego. El mozo apoyó la botella sobre el mantel después de servirle una copa hasta el borde y volvió a tocarle el hombro con pena, sin atreverse a darle sus condolencias. Saravia se quedó nuevamente sin saber qué hacer, tuvo un ligero temblor de piel, casi un escalofrío, y pensó por primera vez que no iba a poder regresar nunca a ese restorán de siempre, de antes, por la mentira que había dicho. Apuró los ravioles y se le formó una pasta en la garganta que costaba bajar aun con vaso tras vaso de vino, porque tenía un nudo así de doloroso. Se metió un poco de miga de pan en la boca. Lo más triste de todo eran los ojos del mozo, que lo evitaban, al punto que para conseguir la cuenta tuvo que pararse e ir a buscarla. Se secó la boca con urgencia; dejó el doble de la propina que hubiera dejado antes, siempre, y salió corriendo del restorán.

En el ascensor se encontró con la mujer del octavo C, que vivía tres pisos arriba del suyo, y subía con su hija de nueve años vestida para ir al colegio. Saravia pensó que no eran horas de asistir a clase, pero no dijo nada, ni siquiera las saludó cuando se bajó en el quinto. Estaba apurado por ver la luz titilante de su contestador, por tocar la tecla de los mensajes y oír gimotear a Silvia. Abrió la puerta y se zambulló en su cama aún tibia. En el contestador no titilaba luz alguna. Se sentó. Pensó en llamarla para preguntarle si estaba contenta con lo que había conseguido, para exigirle una explicación, para preguntarle adónde había ido el amor que se tenían. Miró la hora: eran más de las once de la noche. La imaginó escuchando sus preguntas acostada al lado de un hombre desnudo y con una feroz erección. ¿Y si ella estaba sola, como él, mirando todo el bendito día el aparato, sedienta por oírlo sonar? Lo peor hubiera sido que ella intuyera que era él, que estaba desesperado, y entonces decidiera no atenderlo por no saber qué decir, o cómo calmarlo, o simplemente cómo no alterarlo más.

Repentinamente decidió que el teléfono era historia antigua, y le importaría poco, de ahí en más. “Muy poco”, recalcó. Le tenía bronca al teléfono y, si lo oía sonar, no iba a levantar el auricular por nada del mundo. Sí, señor. Que ella supiera que él no estaba, que no la esperaba. Inclusive, pensó, podría llamarla para dejarle un mensaje perentorio. Le daría cinco días, ni uno más, para volver a comunicarse, o que se olvidara para siempre. Sin presiones de ningún tipo era muy difícil cortar la relación, y el problema era que él se había quedado sin Silvia y sin la verdad de lo que había pasado. Por eso ella seguía jugando con blancas y él era el deprimido. Levantó el tubo con decisión. Marcó redial y enseguida respondió aquel contestador. Ella había cambiado otra vez la música. Ahora había un rocanrol. Silvia odiaba el rocanrol, como él. Lo odiaban en pareja. Ella ni siquiera lo consideraba música, y ahora había seleccionado un rocanrol como música de fondo en su contestador. Contó la cantidad de mensajes con los dedos: doce. Sonó el pip final y Saravia se encontró en la disyuntiva de tener que decir algo y no saber qué, lo que le provocó un suspiro que lo hizo cortar, inmediatamente asustado. ¿El suspiro habría quedado grabado en la cinta? ¿Ella sería capaz de reconocerlo, a seis meses y medio de la separación? Un calor rotundo envolvió la cara de Saravia.

¿Qué número de tres cifras podía haber usado Silvia para bloquear el contestador de su fax? Saravia examinó varios códigos posibles. El triple 6 podía ser, también el 123 o el 789, fáciles de recordar, o el 555 de Polyana. No, no era el estilo de ella. Silvia cumplía años el 5 de enero. Marcó su número otra vez y, durante la duración del mensaje, probó el 105. Cortó. Llamó de nuevo y probó con el 501. La máquina dio un vuelco y rebobinó los mensajes, dispuesta a leérselos uno a uno. A Saravia se le erizó la piel. Anotó 501 en un papel. Puso el despertador a las dos de la mañana. Antes de que sonara, ya estaba intentándolo de nuevo. Oyó trece pips que eran trece mensajes (los doce anteriores más el suspiro). Ella no había llegado aún. Tal vez no volviera en toda la noche. Podía hacer las cosas tranquilamente. Cortó y marcó, otra vez, el número de Silvia, más el código de las tres cifras. Buscó en la mesa de luz su grabador de mano y lo pegó contra el auricular superior, de tal modo que podía oír y grabar al mismo tiempo. Escuchó las voces sucediéndose sin demora.

Los tres primeros mensajes eran de sus amigas; el cuarto, del consorcio; el quinto, de su madre y el sexto, de un hombre. El mensaje decía: “Soy yo. El hombre que transita tu equinoccio en una tarde perfecta de otoño para hacer el amor. Te extraño”.

Se quedó helado; no pudo oír más, aunque los mensajes continuaron pasando. ¿Quién era ese desconocido que ni siquiera firmaba lo que decía, que irrumpía en el contestador de la princesa con una presentación egocéntrica, que se las daba de poeta y la tuteaba como si la conociera desde la escuela primaria? Reaccionó cuando escuchó su propio suspiro, difícil de identificar y un poco sonso. Sacó el caset de su minigrabador y le puso una etiqueta: SILVIA. Discó de nuevo para comprobar que la cantidad de pips era la misma de antes. “Nada se pierde”, pensaba, al segundo día de espía, al tercero, mientras grababa las palabras de ese hombre en su grabador:

“Soy yo. Tengo apetito y fiebre. No puedo curarme si no estás.”

“Amor. Qué placer que nos gusten las mismas cosas. Andar desnudos es lo único que importa.”

Saravia volvió a escuchar todos los mensajes juntos. Por el tono empalagoso de la voz y el ingenio pasado de moda de lo que decía, dedujo que no era el tipo de Silvia. A esa relación no le daba más de cuatro meses. Aunque ya no le importaba: se había levantado de la cama e iba a poner música. El laberinto lábil de la corbata roja a lunares blancos seguía ahí, derramado sobre la mesa. “La verdad y su efecto demoledor y restaurador”, pensó, y pensó también que deseaba una pizza de anchoas y escuchar aquellos casets que le había grabado ella. Pensó en violines y se acordó de Shlomo Mintz interpretando los Capricci, pero se le ocurrió que era demasiado nervioso y áspero para la ocasión; no así, por ejemplo, las sonatas y partitas de Bach ejecutadas por Arthur Groumiaux, muchísimo más dulces, aunque algo tristes. Silvia decía que el violín siempre era triste, y Saravia le había llevado entonces un caset de Midori sumamente alegre, y había elegido dos temas. Uno de Paganini, el número tres cantabile, y otro, el número trece, de Sarasate. Para que observara, con el primero, que un violín podía ser divertido, y con el segundo, que una canción triste podía ser una elegía y no una depresión como las partitas. Silvia había utilizado la expresión “triste como una mala siesta de domingo”. El caset que ella tenía entre las manos se llamaba “¡Encore!” y la cara de la violinista japonesa tenía la expresión de no poder tocar más bises.

—¡Slavonic Dance de Dvorák! —había leído Silvia, contenta. Pronunció vóryak.

Ella había apretado fwind hasta que lo encontró, recordó Saravia. Se sentó debajo de su abrazo, cariñosa. A todo volumen, comenzó a sonar el Opus 46 N° 2 en Mi menor, el himno más tierno y nostálgico de todos los tiempos, según Saravia, y después según Silvia, también. Él se imaginaba a la japonesa llorando mientras lo tocaba, porque lo que se oía eran lágrimas vivas deslizándose por las cuerdas, lamentos de amor, y comenzaron a llorar juntos, mansamente, cuando el sonido creció como una esperanza. Como la esperanza que ahora tomaba la forma de un teléfono, hasta que atendía y descubría que no era ella, que nunca lo sería. Que ya no lo llamaría, por más que la Danza Slavónica de Dvorák comenzara de nuevo. Número equivocado. Saravia hubiera pronunciado vórak.

Entonces el zumbido cesó en su oreja izquierda, por segunda vez después de lo del subte. Por un instante pudo percibir la música en estado puro, cosa que no le pasaba desde hacía varios días. Puso stop para sentir el silencio, pero empezó a escuchar un rascarse de piernas y una voz femenina esquiva y susurrante. “Contame cómo fue”, dijo esa voz. Provenía de la ventana abierta. Saravia se acercó.

—Estábamos sentadas en el sillón del comedor, mirando la tele —dijo otra voz, también femenina pero más delicada—, y el amigo de mi mamá vino a llevarse a la perra. “¿Estás sola?”, me dijo. “Sí”, contesté. Entonces entró la perra a la cocina. La pobre ladró un rato largo, quería seguir viendo televisión.

—¿Y?

—Vino de vuelta y se sentó al lado mío. Me metió una mano por abajo del vestido y yo no lo miraba. Después me paré, apagué la tele y puse el disco de Abba, ése que tiene Reina danzante. Volví bailando hasta donde estaba él. Yo tenía los ojos cerrados. Él estiró una mano y me la apoyó acá. Yo le bailé frotándome contra sus dedos. Entonces abrí los ojos y vi que se había abierto el cierre, y se sostenía con la otra mano su cosa enorme y peluda.

—¿Y?

—Me arrodilló en el piso y se bajó los pantalones hasta los zapatos. Dijo: “Si me la mordés, te mato”.

—¿Te entró toda en la boca?

—No. Pero yo quería que me la metiera, para ver cómo era. Chupar no es la primera que chupo, pero nunca me habían cogido, y mamá iba a tardar en llegar.

—Es increíble que todavía no hayas cogido.

—Ahora sí. La perra no paraba de ladrar, tanto que él me pidió que me sacara la bombacha mientras iba a la cocina a apagar la luz. El vestido me lo dejé. Él bajó un poco la música. Yo lo esperé parada al lado del sillón, nerviosa, imaginate. Él se sentó, ya sin nada de ropa abajo, y descalzo. La cosa era gigantesca, no sabés, dura. Me agarró así por la cintura, me abrió las piernas y me sentó encima.

—¿Sin saliva, ni nada?

—A mí me dolía y entonces me escupí la mano y me puse yo misma. Él estaba como apurado; le dije “pará, que me vas a romper”, y se chupó bien un dedo y me lo metió para abrir el camino.

—¿No le dijiste que eras virgen?

—Sos loca. Si le digo que soy virgen no me lo saco más de encima. Una cosa es que te la hagan una vez, otra es aguantarlo todas las tardes, antes de que llegue mamá. Pero debe haber sospechado algo, porque grité y le pedí “más despacio”.

—¿Te gustó?

—Mnnnn. Me gusta más que me den besitos, es más lindo. Tener esa cosa adentro me daba un poco de impresión, aparte del dolor y de que me salió sangre. Poca; un hilo. El tipo se sacudía, y me fregaba las manos por el pecho, la espalda y la cola. Ponía cara de loco.

—¿Cerró los ojos?

—Sí y no, a veces miraba la puerta o el reloj, por si llegaba mamá. En un momento la sacó muy asustado y me manchó el vestido. Estaba todo transpirado. “Ya está”, pensé.

—Y ahora, ¿te duele?

—Me arde, y me siguieron saliendo como babas de sangre. Me unté con Hipoglós. ¿Pongo Abba?

—Dale.

Saravia asomó la cabeza hacia arriba. El único departamento que tenía las luces encendidas era el octavo C. Oyó el disco deslizándose fuera del sobre, la púa apoyando en el surco, el ruido a papafrita y los primeros acordes. Vio las siluetas de dos mujeres delgadas y altas, bailando, recortadas contra las cortinas.

Se volvió a poner la corbata y salió al pasillo. Subió los tres pisos por las escaleras. Cuando estuvo frente a la puerta del octavo C, le pareció que el volumen estaba más bajo. Tocó dos veces. Adentro se preguntaron: “¿Alguien está llamando, oíste algo?”. Abrió la puerta la hija de la vecina, que ahora estaba sin el guardapolvo. Tendría diez años. Estaba disfrazada con un deshabillé de su madre, tacos y la boca delineada de rouge. Había otra nena más pequeña que ella. Habían puesto un velador en el piso, y la sombra alargada e irreal que hacía la amiga sobre las cortinas de la ventana era una de las que él había visto desde su departamento.

—¿Qué quiere? —preguntaron.

Él se quedó mirándolas un instante. Luego dijo:

—¿Está tu mamá?

—Salió —dijo la que había abierto la puerta.

Entonces Saravia se calló e hizo un gesto sencillo a la amiga para que bajara la música.

—¿Le molesta Abba?

Saravia hizo que sí con la cabeza. La amiga bajó el volumen y él le guiñó un ojo. La pequeña sonrió. Tendría siete u ocho años, pensó Saravia, al tiempo que experimentaba una leve erección adentro de sus pantalones, la primera desde que se separaba de Silvia. Bajó las escaleras excitado; entró a su departamento con el recuerdo de esa sonrisa en su cabeza, se acercó a la ventana para cerrarla y oyó el final del diálogo:

—¿Te cogerías a tu vecino del quinto?

Habían parado el tocadiscos y las voces se oían muy nítidas, otra vez. La vecina se tomó un instante para pensarlo. Saravia esperaba la respuesta con las manos apoyadas sobre el marco, inmóvil.

—¿A ese viejo de mierda? —dijo la otra.


[De El amor enfermo, Alfaguara, Buenos Aires, 2000]

* Gustavo Nielsen (Buenos Aires, 1962) ha ganado el Premio Municipal de Literatura, la Primera Bienal de Arte Joven y el Primer Premio del AECI, entre otros galardones. Sus cuentos figuran en antologías de Argentina, Chile, Uruguay, Brasil, Venezuela, Alemania, México, Suecia y España.
Ha publicado las novelas La flor azteca (1997), El amor enfermo (2000), Los monstruos del Riachuelo (junto a Ana María Shua, 2001) y Auschwitz (2004).
Sus libros de cuentos son Playa quemada (1994), Marvin (2003) y Adiós Bob (2006).


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Las doradas colinas de octubre

Un texto de Juan José Manauta *

Después de la derrota junto al arroyo Don Gonzalo, el general Ricardo López Jordán se retiró (o huyó, decían algunos), con los pocos hombres que podían andar o cabalgar, hacia el Norte, y fue a parar solo, decían, habiendo cruzado como pudo el río Uruguay, a Santa Ana do Livramento, Brasil. Nosotros, en cambio, tiramos hacia el Sur, con casi nada del batallón, después que la primera y la segunda compañías fueron deshechas. Buscábamos la tierra natal, la primavera y la niñez, las doradas colinas de octubre, por estupidez más que por añoranza. Nada que valiera algo teníamos allí que cobijar, nada que nos perteneciera. Éramos nosotros pertenencia de un pago arisco en esos días y de una tierra fértil como pocas, a la que nunca habíamos cultivado ni pisado jamás su buena hierba, ocupados desde muy jóvenes en una guerra salvaje y más sangrienta que inútil.

Cuando llegamos al límite del departamento de Gualeguay, el mayor Ponciano Alarcón, nuestro jefe, licenció por dos semanas (un decir, una orden postrera, más aparente que real) a unos hombres castigados en su moral, algunos heridos, muertos de hambre, rotosos, sucios. Parecerá mentira, pero muchos de ellos cumplieron la orden, volvieron a filas. La idea federal tendría mucho que agradecerles, pero nunca lo hizo. El teniente Dionisio Hereñú se separó de nosotros en Nogoyá, y como era de Ubajay, rumbeó hacia el Norte, sin escolta, vestido de paisano y con la manda de no dejarse atrapar. A cualquier costo debía formalizar un enlace con López Jordán allí donde lo hallase. Conocíamos el área que los porteños ocupaban, no obstante que se agrandaba como una mancha de aceite, pero la gente civil los hostigaba y les negaba su ayuda. Eso los ponía furiosos, carentes de todo, y los convertía en un peligro letal donde se los topase. De ahí tantas precauciones.

I

—No me apunte, Juvencio. No siga… Dos caños de una misma escopeta recortada miran su nuca.

Juvencio debió de reconocer al Mayor y dijo:

—Los de la estancia rondaban por aquí anteayer —y bajó el arma.

—Me parece que los gringos matones de la estancia que usted vio —dijo el Mayor don Ponciano Alarcón— no eran “de la estancia”, sino porteños sueltos o desertores.

—No estoy seguro —dijo el llamado Juvencio: para mí, todavía, un cazador matrero, muy bien armado.

El Mayor se apeó y extendió la mano hacia el hombre. Se saludaron, muy confiados los dos, pero yo, durmiendo el sueño de la liebre detrás de un chañar, seguí apuntando a la cabeza del tal Juvencio. El Mayor imitó al hornero y yo enfundé.

—Venga, soldado. Es un amigo —dijo el Mayor. Sólo entonces el llamado Juvencio se dignó mirar atrás y considerarme.

El Mayor volvió a montar. También yo. Los tres empezamos a orillar el río hacia el Sur. No faltaba ni media legua (en línea recta, se entiende) para la desembocadura del Gualeguay. Juvencio iba adelante con todas las pruebas de su delito a la vista: dos burros patrios, faltantes vaya a saber de qué unidad militar, cargados de pieles de nutria y de carpincho, cuya caza estaba prohibida.

Los tres íbamos hacia la Boca. Allí Juvencio esperaba encontrarse con su mujer y embarcar las pieles. Nosotros, descansar y aligerarnos de la derrota. Él venía desde los bañados del sureste cuando se le aparecieron como dos sombras los forajidos, porteños o guardabosques de la estancia Morro. Juvencio se quedó quieto y echó sus burros. Esperó un día entero antes de salir al albardón y hacerse ver, pero ya precavido. Dos días más tarde, nosotros dimos con los porteños o quienes fueran… No nos sobró tiempo para interrogarlos. Allí quedaron. Los arrastramos hasta la maciega donde se fueron hundiendo de a poco. No llevaban papeles, pero las armas que portaban y parte de la ropa que vestían nos hicieron sospechar que eran soldados de Buenos Aires. Nos quedamos con las armas (por primera vez veía una Remington). No llevaban nada más que valiera la pena. Ni qué comer. Iban, pues, a matar o morir (más bien a morir) de angurria, si antes no encontraban a quien jorobar.

Para toda esta información, el Mayor y Juvencio no habrán gastado más de veinte palabras cada uno.

—…y hablando de esos dos muertos de hambre, ya fueran gringos o porteños —dijo el Mayor—, nosotros llevamos charque y galleta barquera.

—Yo tengo pescado en sal —dijo Juvencio—. No galleta. Pero en su rancho de la Boca hay harina que yo dejé el mes pasado.

—Amasará Martín —“Martín” y no “el soldado”, dijo esta vez el Mayor.

—También hay grasa de pella —dijo Juvencio, con su sonrisa oblicua, mirándome. Después, tironeó de sus burros.

Íbamos en fila india, porque allí el albardón se estrechaba y los caballos resbalaban hacia el malezal. Sobresalientes en el combate, esos caballos, que no les temían ni a las balas de cañón, parece mentira, se espantaban de una culebra y hasta de las inocentes lagartijas del monte blanco. Por eso ellos mismos buscaban el medio del camino, siguiendo a los burros. Imitábamos dócilmente los vericuetos de las arboledas y el juncal.

Al llegar a la boca del río, las costas se elevan, pero el junco y la cortadera todo lo confunden. No se sabe bien dónde terminan los bañados y su mezcladura con el cielo y dónde comienza lo que se dice el río. Era una bendición que nos encabezara Juvencio. Única señal de buen rumbo, se erguía el techo pajizo del rancho lacustre del Mayor, que se nos mostraba a cada subida de la senda.

Para llegar al rancho mismo, había que dejar decididamente el albardón, infringir nomás bañado y pajonal y subir después a un alto bien apisonado, en cuyo centro se había poblado sobre pilotes de lapacho.

Desmontamos.

Lo primero que hicimos, atardecido ya, con ayuda de Juvencio, fue armar un piquete en un limpio bien cercano a la parte trasera del rancho, con palos de sauce y de laurel. Ahí los caballos podían ramonear a gusto, sin peligro de que la paja brava les injuriara el hocico.

Descargamos.

Juvencio ató sus burros a soga fuera del corralito, donde ya habíamos metido los caballos, dos ensillados.

—Los burros serán burros —dijo el cazador—, pero no muerden la cortadera.

El Mayor y yo nos quedamos abajo escuchando ese silencio de no creer que a la tarde aparenta venir, atravesando el río, desde Las Lechiguanas. Su magia nos envuelve y nos distrae. Demasiado silencio… Juvencio, en cambio, subió las escaleras para abrir el rancho. Iba armado. Él era dueño y señor (me di cuenta) en ausencia de don Ponciano.

Alguien abrió la puerta desde adentro y asomaron dos fusiles; enseguida, dos hombres, y acribillaron a Juvencio. Yo me tiré al suelo y disparé al montón (no les di tiempo a desplegarse), hacia los hombres, con mi tercerola. Empezaban a desplomarse, segados por la munición, cuando el Mayor también les hizo fuego. Los dos corrimos a atender a Juvencio, que ya estaba muerto.

En ese momento no nos interesó saber si los que acabábamos de matar eran porteños o gringos pistoleros de la estancia Morro.

II

La espera, en la guerra, a veces es peor que cualquier otra calamidad. Muchos nervios he visto ceder a causa de la inacción, y vidas malgastadas en la impaciencia. Nosotros, obligados, teníamos que esperar, sin plazo ni referencia alguna, a la mujer de Juvencio para darle la peor noticia y entregarle los burros y las pieles. No la consolarían, pero de algo habrían de servirle.

Sólo para hacer tiempo, revisábamos el arma del cazador, después que lo inhumamos y enterramos a los dos forajidos que lo habían asesinado: una escopeta Lefaucheaux, belga, calibre doce, no más vieja que la Nación por la que nos andábamos matando. El Mayor abrió el cerrojo. La cebada de uno de los cartuchos, el derecho, estaba perfectamente herida por el gatillo. El Mayor y yo, mudos, nos miramos.

—Juvencio apretó el disparador —dije yo, asombrado e inquieto.

—Patente —dijo el Mayor—. Juvencio disparó, y tal vez antes que esos dos, pero viviendo en los esteros, como él, durante meses, la pólvora toma humedad, y en ocasiones el fulminante no consigue quemarla… Juvencio aún estaría con nosotros.

Vi que los ojos del Mayor brillaban cuando terminó de hablar.

III

Diferenciar a un simple matrero de un cazador como Dios manda, y a un pistolero a sueldo (mal llamado guardabosque) de un soldado lejos de su unidad y en despoblado, parece muy fácil cuando uno lo tiene muerto o prisionero, revisa sus armas, sus ropas, sus papeles (en el supuesto de que los lleve encima). Aún así el Mayor y yo nos equivocamos con lo que habíamos liquidado antes, en pleno monte. Hemos creído que eran soldados porteños sueltos o desertores, y en vez, tal como lo había dicho Juvencio, no eran más que gringos guardabosques de la estancia.

Nos ha confundido al Mayor y a mí el hecho de que ambos llevaban carabinas Remington, con la inscripción Rolling-block en la caja del mecanismo (a repetión, como se le llamaba aquí), que sólo de oídas conocíamos, amén del estrago que han hecho entre nosotros en Don Gonzalo. El Mayor, aunque jamás había manejado una, tenía un excelente pormenor acerca de esa arma tan terrible. Sabía, además, que los únicos que la poseían, y la usarían (como lo hicieron) contra el ejército entrerriano, eran los soldados de Buenos Aires. Pero el Mayor se olvidó de un detalle, y yo, con él: en esas guerras contra los porteños (tres, que han durado casi una década a partir de la muerte de Urquiza), ambos bandos dilapidaban material, o lo perdían, por esa condición bárbara y estrafalaria de la lucha. Armas, parque, víveres, animales, carruajes e impedimenta aparecían en cualquier parte y en los lugares más inesperados. La gente que los hallaba no vacilaba en darles el mejor uso. Peligroso era venderlos y más peligroso aún, devolverlos. Y, si no, ¿de dónde los burros patrios de Juvencio?; ¿de dónde mortíferas carabinas Remington en manos de esos civiles? En medio de una población hostil, no hay ejército, por más organizado (y no ha sido ése el caso de los que han peleado aquí en Entre Ríos) que no pague tributo en ingredientes de guerra que se desperdician, se roban y se negocian, se olvidan en los campamentos abandonados con apuro o sencillamente se esfuman.

Pese a todo, Juvencio había podido saber que aquellos primeros difuntos no eran soldados porteños, sino matones de la Morro, perseguidores a muerte, extorsionadores y chantajistas de cazadores furtivos como él.

—¿Cómo lo supo Juvencio —le digo— con sólo verlos de lejos y no nosotros, que debimos enfrentarlos, y únicamente gracias a la corta distancia matarlos a tiro de carabina y tercerola?

—Muy sencillo —dijo el Mayor—. Juvencio, aparte de verlos (aunque fuera de lejos) y sobre todo oírlos hablar o caminar por el monte (no habla ni camina igual un soldado porteño que un guardabosque), también podía olerlos (tampoco huele igual) —y agregó muy convencido—: el olfato y el oído de un cazador suelen ser tan confiables como la mira y el alza de un arma de fuego.

Llegamos a la conclusión de que Juvencio sabía que esos dos trompetas estaban escondidos arriba. Y lo sabía no porque los hubiese visto, sino porque tal vez los había oído u olido. Quiso subir primero para protegernos, porque las balas de esos dos porteños eran para nosotros, don Ponciano y yo, no para él. Le ganaron de mano sólo porque el mixto húmedo no reventó y le falló el disparo con que pensaba madrugarlos.

—Mala suerte —dije después de mirar de nuevo, más de cerca, la ceba picada del cartucho.

—¡Qué mala suerte ni mala suerte! A estos cazadores, tan apercibidos como son, les cabría aprender a mantener la pólvora, porque si un disparo falla contra un carpincho, lo único que se pierde es el carpincho, pero si falla ante un enemigo…

Teníamos que esperar, no más, a la mujer de Juvencio. Ella vendría, tal como lo había tratado con su marido hacía más de dos meses, pero no sabíamos cuándo. La esperaríamos, quieras que no, para enfrentarla con la verdad, pero ni ese desvelo nos liberó de la asquerosa alegría de estar vivos, ese pensamiento atroz que se apodera del soldado cuando ha visto morir a un camarada.

* Juan José Manauta nació en Gualeguay, Entre Ríos, en 1919. Periodista y novelista de estilo realista, se dio a conocer con la novela Las tierras blancas, un relato emparentado con el naturalismo poético de Faulkner que tiene como escenario una zona estéril en la provincia de Entre Ríos.
Recibió los premios del Fondo Nacional de las Artes, en 1971; Primer Premio Municipal, en 1985; Premio al Mérito Artístico, 1993; y Faja de Honor otorgada por la SADE, en 1956 y 1980.
Otros de sus trabajos son: La mujer de silencio, poesía, 1944; Los avantados, novela, 1952; Las tierras blancas, novela, 1956; Papá José, novela, 1958; Cuentos para la Dueña Dolorida, cuentos, 1971; Los degolladores, cuentos, 1980; y Mayo del 69, novela 1994. Murió en Buenos Aires el 24 de abril de 2013.


El amor que no podía ocultarse

Un cuento de  Enrique Jardiel Poncela

Durante tres horas largas hice todas aquellas operaciones que denotan la impaciencia en que se sumerge un alma: consulté el reloj, le di cuerda, volví a consultarlo, le di cuerda nuevamente, y, por fin, le salté la cuerda; sacudí unas motitas que aparecían en mi traje; sacudí otras del fieltro de mi sombrero; revisé dieciocho veces todos los papeles de mi cartera; tarareé quince cuplés y dos romanzas; leí tres periódicos sin enterarme de nada de lo que decían; medité; alejé las meditaciones; volví a meditar; rectifiqué las arrugas de mi pantalón; hice caricias a un perro, propiedad del parroquiano que estaba a la derecha; di vueltas al botoncito de la cuerda de mi reloj hasta darme cuenta de que se había roto antes y que no tendría inconveniente en dejarse dar vueltas un año entero.

¡Oh! Había una razón que justificaba todo aquello. Mi amada desconocida iba a llegar de un momento a otro. Nos adorábamos por carta desde la primavera anterior.

¡Excepcional Gelda! Su amor había colmado la copa de mis ensueños, como dicen los autores de libretos para zarzuelas. Sí. Estaba muy enamorado de Gelda. Sus cartas, llenas de una gracia tierna y elegante, habían sido el lugar geométrico de mis besos.

A fuerza de entenderme con ella sólo por correo había llegado a temer que nunca podría hablarla. Sabía por varios retratos que era hermosa y distinguida como la protagonista de un cuento. Pero en el Libro de Caja del Destino estaba escrito con letra redondilla que Gelda y yo nos veríamos al fin frente a frente; y su última carta, anunciando su llegada y dándome cita en aquel café moderno -donde era imprescindible aguantar a los cinco pelmazos de la orquesta- me había colocado en el Empíreo, primer sillón de la izquierda.

Un taxi se detuvo a la puerta del café. Ágilmente bajó de él Gelda. Entró, llegó junto a mí, me tendió sus dos manos a un tiempo con una sonrisa celestial y se dejó caer en el diván con un “chic” indiscutible.

Pidió no recuerdo qué cosa y me habló de nuestros amores epistolares, de lo feliz que pensaba ser ahora, de lo que me amaba…

-También yo te quiero con toda mi alma.

-¿Qué dices? -me preguntó.

-Que yo te quiero también con toda mi alma.

-¿Qué?

Vi la horrible verdad. Gelda era sorda.

-¿Qué? -me apremiaba.

-¡Que también yo te quiero con toda mi alma! -repetí gritando.

Y me arrepentí en seguida, porque diez parroquianos se volvieron para mirarme, evidentemente molestos.

-¿De verdad que me quieres? -preguntó ella con esa pesadez propia de los enamorados y de los agentes de seguros de vida-. ¡Júramelo!

-¡Lo juro!

-¿Qué?

-¡¡Lo juro!!

-Pero dime que juras que me quieres -insistió mimosamente.

-¡¡Juro que te quiero!! -vociferé.

Veinte parroquianos me miraron con odio.

-¡Qué idiota! -susurró uno de ellos-. Eso se llama amar de viva voz.

-Entonces -siguió mi amada, ajena a aquella tormenta-, ¿no te arrepientes de que haya venido a verte?

-¡De ninguna manera! -grité decidido a arrostrarlo todo, porque me pareció estúpido sacrificar mi amor a la opinión de unos señores que hablaban del Gobierno.

-¿Y… te gusto?

-¡¡Mucho!!

-En tus cartas decías que mis ojos parecían muy melancólicos. ¿Sigues creyéndolo así?

-¡¡Sí!! -grité valerosamente-. ¡¡Tus ojos son muy melancólicos!!

-¿Y mis pestañas?

-¡¡Tus pestañas, largas, rizadísimas!!

Todo el café nos miraba. Habían callado las conversaciones y la orquesta y sólo se me oía a mí. En las cristaleras empezaron a pararse los transeúntes.

-¿Mi amor te hace dichoso?

-¡¡Dichosísimo!!

-Y cuando puedas abrazarme…

-¡¡Cuando pueda abrazarte -chillé, como si estuviera pronunciando un discurso en una plaza de Toros- creeré que estrecho contra mi corazón todas las rosas de todos los rosales del mundo!!

No sé el tiempo que seguí afrontando los rigores de la opinión ajena. Sé que, al fin, se me acercó un guardia.

-Haga el favor de no escandalizar -dijo-. Le ruego a usted y a la señorita que se vayan del local.

-¿Qué ocurre? -indagó Gelda.

-¡¡Nos echan por escándalo!!

-¡Por escándalo! -habló estupefacta-. Pero si estábamos en un rinconcito del café, ocultando nuestro amor a todo el mundo y contándonos en voz baja nuestros secretos…

Le dije que sí para no meterme en explicaciones y nos fuimos.

Ahora vivimos en una “villa” perdida en el campo, pero cuando nos amamos, acuden siempre los campesinos de las cercanías preguntando si ocurre algo grave.

FIN


Mejor que arder

Un cuento de Clarice Lispector (Brasil, 1920-1977).

Era alta, fuerte, con mucho cabello. La madre Clara tenía bozo oscuro y ojos profundos, negros.

Había entrado en el convento por imposición de la familia: querían verla amparada en el seno de Dios. Obedeció.

Cumplía sus obligaciones sin reclamar. Las obligaciones eran muchas. Y estaban los rezos. Rezaba con fervor.

Y se confesaba todos los días. Todos los días recibía la hostia blanca que se deshacía en la boca.

Pero empezó a cansarse de vivir sólo entre mujeres. Mujeres, mujeres, mujeres. Escogió a una amiga como confidente. Le dijo que no aguantaba más. La amiga le aconsejó:

-Mortifica el cuerpo.

Comenzó a dormir en la losa fría. Y se fustigaba con el cilicio*. De nada servía. Le daban fuertes gripas, quedaba toda arañada.

Se confesó con el padre. Él le mandó que siguiera mortificándose. Ella continuó.

Pero a la hora en que el padre le tocaba la boca para darle la hostia se tenía que controlar para no morder la mano del padre. Éste percibía, pero nada decía. Había entre ambos un pacto mudo. Ambos se mortificaban.

No podía ver más el cuerpo casi desnudo de Cristo.

La madre Clara era hija de portugueses y, secretamente, se rasuraba las piernas velludas. Si supieran, ay de ella. Le contó al padre. Se quedó pálido. Imaginó que sus piernas debían ser fuertes, bien torneadas.

Un día, a la hora de almuerzo, empezó a llorar. No le explicó la razón a nadie. Ni ella sabía por qué lloraba.

Y de ahí en adelante vivía llorando. A pesar de comer poco, engordaba. Y tenía ojeras moradas. Su voz, cuando cantaba en la iglesia, era de contralto.

Hasta que le dijo al padre en el confesionario:

-¡No aguanto más, juro que ya no aguanto más!

Él le dijo meditativo:

-Es mejor no casarse. Pero es mejor casarse que arder.

Pidió una audiencia con la superiora. La superiora la reprendió ferozmente. Pero la madre Clara se mantuvo firme: quería salirse del convento, quería encontrar a un hombre, quería casarse. La superiora le pidió que esperara un año más. Respondió que no podía, que tenía que ser ya.

Arregló su pequeño equipaje y salió. Se fue a vivir a un internado para señoritas.

Sus cabellos negros crecían en abundancia. Y parecía etérea, soñadora. Pagaba la pensión con el dinero que su familia le mandaba. La familia no se hacía el ánimo. Pero no podían dejarla morir de hambre.

Ella misma se hacía sus vestiditos de tela barata, en una máquina de coser que una joven del internado le prestaba. Los vestidos los usaba de manga larga, sin escote, debajo de la rodilla.

Y nada sucedía. Rezaba mucho para que algo bueno le sucediera. En forma de hombre.

Y sucedió realmente.

Fue a un bar a comprar una botella de agua. El dueño era un guapo portugués a quien le encantaron los modales discretos de Clara. No quiso que ella pagara el agua. Ella se sonrojó.

Pero volvió al día siguiente para comprar cocada. Tampoco pagó. El portugués, cuyo nombre era Antonio, se armó de valor y la invitó a ir al cine con él. Ella se rehusó.

Al día siguiente volvió para tomar un cafecito. Antonio le prometió que no la tocaría si iban al cine juntos. Aceptó.

Fueron a ver una película y no pusieron la más mínima atención. Durante la película estaban tomados de la mano.

Empezaron a encontrarse para dar largos paseos. Ella con sus cabellos negros. Él, de traje y corbata.

Entonces una noche él le dijo:

-Soy rico, el bar deja bastante dinero para podernos casar ¿Quieres?

-Sí -le respondió grave.

Se casaron por la iglesia y por lo civil. En la iglesia el que los casó fue el padre, quien le había dicho que era mejor casarse que arder. Pasaron la luna de miel en Lisboa. Antonio dejó el bar en manos del hermano.

Ella regresó embarazada, satisfecha y alegre.

Tuvieron cuatro hijos, todos hombres, todos con mucho cabello.


El pájaro peronista

Por Tato Contissa *

Los ornitólogos no pudieron ponerse de acuerdo durante catorce años. Finalmente se separaron. Él, menos consecuente con la vocación, y harto de los dolores de cuello por estar siempre mirando a las alturas, se asoció con un ex director técnico de Boca en una zapatería de damas de una galería de Lanús.
Ella, en cambio, quizá por su espíritu conservador, se lanzó a una experiencia de amoríos en etapas que incluyó a un primo de Pajarito Hernández, al mejor amigo del Cuervo Larroque, al nieto de Chingolo Casalla y a un charlatán que decíase heredero de la fortuna de los Águila Saints.

Lo cierto es que en el verano de 2008 dormitaban sin tensión en ese laberíntico PH de Boedo, afrontando la canícula con el ruidoso auxilio de un viejo acondicionador de aire, cuando lo escucharon por primera vez. Era un zorzal, seguro que era un zorzal, pero lo inesperado y atrevido era el diseño de su canto. Se sabe que en las noches los zorzales quedan cantando en solitario, el resto de los pájaros duermen o semivigilan en silencio. Algunos sostienen que el emblemático plumífero se entrega eufóricamente a su destino canoro y no resigna ni un segundo de su vida a abandonar esa misión. Otros en cambio, aseguran que el pájaro confunde las luces de mercurio de la ciudad con la salida del sol y eso lo lanza estrepitosamente a su insistencia lírica. Finalmente, están los que simplifican todo y resumen diciendo que es un pájaro bastante idiota.

Más lo que importa aquí es el descubrimiento de esa noche. El bichuelo arrancaba con una base ronca, difusa, casi orquestada de ocho notas: charará cha chan cha chan… charará cha chan cha chan, para seguir con una cadena descendente también de ocho notas… charará cha cha cha chan chan chan chan chan… y ahí largaba… cha cha cha chan cha cha chan cha… y empezaba de nuevo. Es la marcha, dijo él. La marchita dijo ella… la marcha peronista, corearon. Casi levitó de la cama.

—Voy a tomar registro magnetofónico —dijo— demostrando lo jovato que se estaba poniendo. Y grabó.

Cuatro días después hurgaban afanosamente en el Google, buscando un interesado en el hallazgo que les permitiera separar sus vidas sin sufrimientos ni privaciones. Al comenzar, no hallaron nada. Uno que buscaba un loro que entonara Hey Jude, otro que quería la Marsellesa… eso. Finalmente, sobre las fiestas del 2009 hallaron un lacónico aviso en la página de clasificados de la revista del Automóvil Club Argentino: “Busco grabaciones de aves que simulen la Marcha Peronista. Zilfrido Rugulis. Glaciólogo. Cerro López. Estafeta. Bariloche. Rio Negro. Argentina.” Nada más.

A la semana de comenzado el año estaban camino al límite con Chile, en las cercanías de Colonia Suiza ubicando un parador pegado al edificio de Gendarmería. Allí encontraron a un gringo de dos metros, de origen Letón y setenta años solo dibujados en su rostro rugoso y para nada en su cuerpo de adolescente, Zilfrido Rugulis. Se presentaron, se sentaron, él sacó la cinta y el Geloso a pilas, activo la tecla y allí estaba, sobrevolando su portentosa melodía sobre los techos de Boedo. El gringote escucho con atención, estiro el ceño y frunció la boca… ensayó una sonrisa… tosió y le pidió al mozo otra grapa de orujo (eran las diez de la mañana).

—La mejor qui e escuyado —balbuceó— la mejor. Y calló mirando desde la desvaída verdura de sus ojos.

—¿Y? —dijo ella.

—Lo lamento— concluyó el vikingo de siglo equivocado— cho toy buscando la versión de Mauré.


* Periodista, comunicador, hombre de radio, murió el 27 de enero de 2012. Tenía 58 años. Textos de homenaje


Habiéndose acostado con su mujer

Narración VIII – El heptamerón

Por Margarita de Navarra

Donde se habla de un sujeto que habiéndose acostado con su mujer, en lugar de con su doncella, envío allí a su vecino, que le puso cuernos sin que su mujer supiese nada.

En el condado de Allez había un hombre llamado Bornet que se había casado con una honrada mujer de bien, cuyo honor y reputación tenía en gran estima, como creo que ocurre con todos los maridos aquí presentes con respecto a sus mujeres. Pretendía que su mujer le fuera fiel, pero no que la ley fuese igual para los dos, y se enamoró de la doncella, no teniendo más temor que no quisiera aquélla corresponder a su amor. Tenía este hombre un vecino con quien le unía tal amistad que ya lo habían compartido todo, excepto la mujer. El nombre de su vecino era Sandras y su oficio costurero y sillero. Por estos motivos de amistad le confesó los proyectos que tenía sobre la doncella, el cual no sólo lo encontró bien sino que quiso ayudar a llevar a buen fin la empresa, esperando tomar parte en el festín.

La doncella, presionada por todas partes, y viendo debilitarse sus fuerzas, fue a decírselo a su señora, rogándole le diese permiso para volver con sus padres, pues no podía vivir en este tormento. La señora, que quería mucho a su marido y que ya tenía sospechas, se alegró de haberle ganado esta ventaja y preparó a la doncella:

-Escucha, amiga mía, poco a poco id confiando a mi marido y dale seguridad de acostaros con él en mi vestidor, y no olvidéis decirme la noche que va a avenir, pero prestad atención para que nadie sepa nada.

La doncella hizo lo que su señora le había ordenado y el amo se puso tan contento que fue a decírselo a su compañero, el cual le rogó le reservase lo que le sobrara. Hizo esta promesa, y cuando llegó la hora, el señor fue a acostarse con la doncella como él esperaba. Pero su mujer, que había renunciado a la autoridad y a mandar por el placer de servir, se puso en lugar de la doncella y recibió a su marido, no como esposa, sino como joven extrañada, y tan bien lo fingió que su marido no se dio cuenta. No sabría deciros quién estaba más contento de los dos: si él de engañar a su mujer o ella de engañar a su marido. Y cuando hubo estado con ella salió de casa y fue en busca de su amigo, más joven y fuerte que él, y le dijo haber encontrado la mejor mujer que nunca viera:

-¿Recordáis lo que me habíais prometido? -dijo su amigo.

-Id pronto -dijo el señor-, no vaya a suceder que se levante o que mi mujer vaya a darse cuenta.

El amigo fue y encontró la misma doncella a quien el marido no reconociera. Ella, creyendo que era su marido, no lo rechazó; de suerte que él prefirió no hablar no fuera a ser descubierto. Permaneció con ella más tiempo que su marido, y la mujer se maravillaba, pues no estaba acostumbrada a tales noches. De todos modos tuvo paciencia, regocijándose sobre la escena que le haría al día siguiente y de la burla que iba a hacer de él. Hacia el alba el hombre se levantó y al separarse de la cama, jugueteando, le arrancó un anillo que ella tenía en su dedo y era el que el marido le diera en sus esponsales. Este anillo es para las mujeres del país motivo de superstición, y son muy honorables las mujeres que guardan el anillo hasta la muerte y, por el contrario, si por azar se pierde, la mujer es despreciada como si se hubiera entregado a otro que no fuera su marido. Ella sintió contento de que se lo llevase, pensando que sería testimonio seguro del engaño de que su marido había sido víctima. Cuando el amigo fue a buscar al marido éste le preguntó:

-¿Y bien?

Respondió el amigo que era de su misma opinión, y que si no hubiera temido la llegada del día se hubiera quedado allí. Y así se fueron los dos a descansar. Al día siguiente, al levantarse el marido, vio el anillo que su amigo llevaba en el dedo, igual completamente al que él había entregado a su mujer en señal de matrimonio, y le preguntó quién se lo había dado. Cuando oyó que lo había arrancado del dedo de la doncella se extrañó mucho y empezó a darse golpes con la cabeza en la pared diciendo:

-¡Ah, Dios mío! ¿Me habré hecho cornudo a mí mismo sin que mi mujer sepa nada?

Su compañero, para consolarle, le dijo:

-Puede ser que vuesa mujer le diera el anillo anoche a la doncella.

El marido corrió a su casa y encontró a su mujer más bella, más contenta y más radiante que de costumbre, contenta de haber podido salvar el honor de su camarera y de haber apurado a su marido sin perder nada más que el sueño de una noche. El marido, al verla de tan buen talante, pensó:

-Si supiera mi suerte no tendría tan buena cara.

Y hablando con ella de varias cosas, la tomó de la mano y notó que no llevaba el anillo, que nunca se quitaba. Entonces, con voz temblorosa, preguntó:

-¿Qué habéis hecho del anillo?

Pero ella, muy contenta de que él sacase esa conversación, le dijo:

-¡Oh, el más malvado de todos los hombres! ¿A quién creéis que se lo habéis quitado? Pensasteis que fue mi doncella, por cuyo amor habéis malgastado el doble de los bienes que habéis gastado en mí. Pues la primera vez que habéis venido a acostaros os he juzgado tan enamorado de ella que era imposible pensar en más. Pero después que salisteis y volvisteis a entrar parecíais un diablo sin orden ni medida. ¡Oh, desgraciado! Pensad en la ceguera que os guiaba a alabar mi cuerpo y mis carnes, de las que venís gozando vos solo durante tanto tiempo sin manifestar estimarlos. No es, pues, la belleza y las carnes de mi doncella las que os han hecho gozar placer tan delicioso; es el pecado infame y la horrible concupiscencia que quema vuestro corazón y que alteran vuestros sentidos hasta el extremo que por amor a esta doncella os trastornasteis tanto que hubierais confundido una cabra con sombrero con una joven bella. Hora es, marido mío, de corregiros y conformaros conmigo, sabiendo que os pertenezco y que soy una mujer de bien, seguro de que no soy una malvada. Lo que he hecho no ha sido más que para sacaros de un mal paso, para que a la vejez vivamos en buena amistad y reposo de conciencia. Pues si queréis continuar con la vida pasada prefiero separarme de vos que asistir cada día a la ruina de vuestra alma, vuestro cuerpo y vuestros bienes. Pero si os decidís a abandonar esto y vivir según la ley de Dios, olvidaré vuestras faltas pasadas como quiero que Dios olvide mi ingratitud de no amarle como debo.

El pobre marido se sintió desconcertado y desesperado al ver a su mujer, tan bella, casta y honesta, abandonada por una que no le amaba, y lo que era peor, haberla hecho mala sin saberlo ella y hacer partícipe a otro de un placer que no era más que suyo. Por estas razones se encontró a sí mismo cornudo con burla perpetua. Pero viendo a su mujer bastante atormentada con el amor que había demostrado a la doncella, se guardó muy bien de decirle la mala pasada que le había jugado y le pidió perdón con la promesa de cambiar enteramente su mala vida. Le devolvió su anillo, que pidiera a su amigo. Pero como todas las cosas dichas al oído son pregonadas algún tiempo después la verdad fue conocida y le llamaban cornudo, sin vergüenza para su mujer.

FIN


Kafka, el niño que le temió al poder

Por Edgar Borges

A la obra de Franz Kafka regreso no sólo a través de sus libros, también vuelvo a ella cuando me pierdo en el entramado del mundo (la burocratización de las salidas, la pretensión de sistematizar el todo, el ruido, la no vida). Siempre he creído que en La metamorfosis, El proceso, El castillo o Carta al padre, se esconde un niño que le temió al poder (la inquebrantable verdad del poder). Entre los numerosos análisis que le han dedicado al tema Kafka y poder, el de Elías Canetti describe muy bien la vulnerabilidad del escritor checo por no hallarse en la sociedad de los “fuertes”. Desde el título, El otro proceso de Kafka, Canetti se acerca al temor que su escritor favorito sentía hacia la autoridad como forma absoluta de interpretación de la vida. Según Canetti para Kafka el poder era el camino contrario a la libertad: “Dado que teme al poder en cualquiera de sus manifestaciones, dado que el auténtico objetivo de su vida consiste en sustraerse al poder en cualquiera de sus formas, lo presiente, reconoce, señala o configura en todos aquellos casos en que otras personas lo aceptarían como algo natural” (p. 152).

En Kafka, padre y Estado son el mismo monstruo que devora utopías. Y el utopista sabe que el poder le quiere moldear la mirada (la que descubre los espacios invisibles). En su fuga (de la prisión externa) el escritor encuentra la puerta de la ficción. Y la abre para descubrir un universo que le permite vivir alejado de la rigidez que aceptaron los otros, como quien huye hacia la habitación de su infancia. Sin embargo, en la misma soledad de sus sueños, siente que lo alcanza la frialdad de las leyes de un mundo demasiado mecanizado para pretenderse humano. Y en respuesta devuelve una magistral interpretación del mandato adulto que (desde el absurdo) adoctrina la magia infantil. Canetti se explica que para Kafka la literatura era una metamorfosis constante, un acto humilde y supremo de cambio (el ilusionista cuyo acto maestro es su propia desaparición del mundo de hombres sin alma), una de las dos opciones que tenía el ficcionista negado a participar en el circo del endurecimiento de las sensibilidades. La otra vía era implosionarse junto al circo, pero Kafka no tenía vocación de kamikaze. “Uno se hace muy pequeño, se transforma en insecto con el fin de ahorrarle a los demás la culpa que cargan por no amar y por vejar al prójimo; uno se desapetece de los demás, que con sus repulsivas costumbres no cesan de acosarle.” (El otro proceso de Kafka, p. 65).

El otro día me detuve ante el siguiente titular: “La urbana ha multado más de 100 veces a un indigente sin techo y sin recursos”. De inmediato cerré el periódico (negado a buscarle alguna explicación al suceso) y pensé en el creador de Gregorio Samsa, el escapista que se convirtió en bicho para no ser un adorno más de la familia y del trabajo. Kafka, el corredor de seguros que en sus momentos libres volaba hacia la nada; Kafka, la fragilidad del amor en un mercado de ruidos; Kafka, el sujeto que se le fugó (como el joven que huye de la milicia) al proyecto del hombre cemento (Una data, muchos números, ningún ser). Franz Kafka, como un indigente de la dureza del mundo, vivió sin saber exactamente qué hacer con la sensibilidad que sacudía su existencia. La casa, la educación, la sociedad. Una respuesta para todas las preguntas; una realidad para todas las posibilidades; la uniformidad de las emociones (el espectáculo global que frivoliza el yo particular de cada uno), el imperio de lo tangible. ¿Quién dijo que fuera fácil dejar de ser el niño de la imaginación poderosa para convertirse en un adulto servidor de las pesadillas de la burocracia? ¿Se le permite a un adulto soñar realidades múltiples en un mundo educado para una realidad absoluta? Y no puedo evitar que Kafka renazca, así como en la noticia sobre las multas contra el indigente, en cada niño que corre por los laberintos de su juego sin sospechar que afuera, en la oficina del mundo, lo espera una telaraña de acero que amenaza con helar su fuego.

http://cultural.argenpress.info/2012/01/kafka-el-nino-que-le-temio-al-poder.html


Volver a casa

Por Juan Forn

Mi madre no quiere que le lean, desde que perdió la vista. Le ofrecí traerle audiolibros, le ofrecí conseguirle una persona que le vaya a leer, y ocupar yo ese lugar los días que voy a Buenos Aires. Le ofrecí que encarásemos juntos los siete tomos de En busca del tiempo perdido (yo leería cada noche en Gesell hasta donde ella hubiera leído ese día en Buenos Aires, y en mis días allá podíamos seguir leyendo los dos juntos o comentar lo leído hasta entonces). Propuse Proust porque ella se ha jactado siempre de su ascendencia francesa y nada le gusta más que conversar sobre gente conocida: “¿Te acordás cuando el Francés Dubois sobrevolaba con su avioneta la casa de La Cumbre, para avisar que lo fueran a buscar al aerodromo (ella pronuncia la palabra con el acento grave, en la segunda o) y que estuvieran los coloraditos listos cuando llegara?” (el coloradito era el trago de rigor en aquella casa: gin, campari y ralladura de limón). Pero mi madre me contesta en monosílabos que Proust era un snob; por un instante asoma su vieja personalidad, taxativamente pasional; es apenas un chispazo pero tiene su gracia escalofriante ver hasta dónde llega su influencia subterránea en mí (¿por haberle oído decir eso alguna vez yo no he podido nunca leer a Proust?).

Traté entonces de tentarla con Los gozos y las sombras, perspectiva poco promisoria para mí pero sabía cuánto había disfrutado ella los tres tomazos de la novela y la miniserie (y me resultaba difícil imaginar una lectura que fuese más visual para ella, que creo que es lo que más añora). Pero tampoco conseguí interesarla. En cambio, para mi sorpresa, me pidió que le contara qué estaba leyendo yo, qué libro llevaba ese día en la mochila. Yo le he mentido descaradamente a mi madre a lo largo de la vida, me llevó su tiempo pero aprendí al fin a decirle lo que ella quiere oír. Y me pareció improbable que quisiera oír las impresionantes historias sobre trastornos de la vista que cuenta el neurólogo Oliver Sacks en El ojo de la mente. Pero ella se mostró interesada en los casos cuando empecé a contarle con cierta vacilación de un trastorno llamado alexia, que es la incapacidad de leer. Uno se levanta una mañana, abre el diario y es como si estuviera escrito en cirílico (puede leer la hora en su reloj, pero no por los números sino por la ubicación de las agujas; puede “leer” un durazno pero no por su aspecto sino por el tacto, el olor o el sabor). Un escritor canadiense llamado Engel se despertó un día así. Llegó desesperado al hospital y una enfermera le preguntó si podía escribir y Engel descubrió para su estupor que sí (pero no podía leer lo que había escrito). En una época se la llamó ceguera a la palabra, hasta que Freud la bautizó agnosia visual. Engel miraba el cielo y veía azul, veía la calle y las personas como cualquiera de nosotros, pero como escritor era ciego: debió pasar de leer a escuchar y de escribir a dictar.

“Esa historia es más para vos que para mí”, se limita a decir mi madre. Le interesa más lo de un profesor inglés de religión llamado Hull a quien le pasó algo peor cuando se quedó ciego, a los cuarenta, y su memoria e imaginación visual empezaron a escurrírsele entre los dedos: cada día perdía un rostro, un paisaje, un color. Estaba tan pendiente de esa pérdida que tardó en darse cuenta de cómo se le iban desarrollando los otros sentidos. Hull dice que de a poco empezó a “oír” los objetos silenciosos, como los faroles de la calle o los autos estacionados: cuando pasaba junto a ellos era como si se espesara la atmósfera, los objetos le devolvían el sonido de sus pisadas. A una pianista húngara que sufrió una afasia a los sesenta le pasó lo contrario, pero a la vez lo mismo. El afásico se despierta una mañana y descubre que no puede hablar. Poco a poco descubre que también ha perdido el habla interna; ya no puede hablarse a sí mismo tampoco. De pronto toda queda limitado a lo visual: sólo puede expresar sus pensamientos y sentimientos a través de gestos mímicos. Pero muchas víctimas de afasia son capaces de desarrollar una intensificación compensatoria de sus capacidades no lingüísticas, sobre todo la capacidad para “leer” las intenciones de los demás a partir de sus gestos faciales e inflexiones vocales: tienen un don para detectar cuándo la gente miente, por ejemplo.

El escritor canadiense descubrió un día que podía identificar las letras individualmente, si tenía un lápiz en la mano o dibujaba mentalmente el signo (lo entendía con la mano: sólo era capaz de “leer” al escribir). El profesor inglés de religión cuenta que cuando perdió la visión central y se quedó sólo con visión periférica descubrió cuánto la subvaloramos: lo que vemos con el rabillo del ojo es lo que vemos más distraídamente, pero es la visión periférica, “rodeando” nuestra visión central, lo que nos proporciona un contexto. Dice Hull que la identificación se basa en el conocimiento y la familiaridad se basa en el sentimiento. Y después se pregunta si la pérdida de imaginación visual no es un prerrequisito para el desarrollo pleno de los otros sentidos (Hull, como dije, es profesor de religión). Miro a mi madre, que ha sido siempre muy religiosa, mientras digo esto. Ella está con la cara vuelta hacia la ventana, hacia la luz dorada de la tarde. Le digo que dice Hull que la ceguera lo acercó a la naturaleza (los sonidos, los olores, el tacto). Le digo que Hull tiene la costumbre de hacer preguntas cuando viaja, y que esas preguntas obligan al interlocutor a fijarse en cosas que había pasado por alto, lo obliga a ver mejor. El lenguaje sirve para ver, le digo a mi madre que dicen Hull y Oliver Sacks y el escritor canadiense y la pianista húngara. Mi madre sonríe tristemente, gira la cabeza hacia mí y dice: “¿No se está haciendo ya la hora de irte, mi querido? No quiero que pierdas el ómnibus por mí”.

Cuando Norman Mailer contestó el Cuestionario Proust, describió así cuál era su viaje favorito: “El de vuelta a casa. La visión desde el camino de las luces de mi casa de Provincetown”. Yo vuelvo a casa cada vez que salgo de la residencia donde vive mi madre en Belgrano. Camino por esas calles arboladas hasta el subte que me lleva a Retiro, donde espera el ómnibus que me trae de vuelta a Gesell. Esas calles arboladas son en cierto modo como la entrada a Gesell, el momento en que uno sale de la ruta por la rotonda, baja la velocidad, abre la ventanilla, siente que ya está en casa. Son hermosas esas callecitas de Belgrano. Sin embargo, no hay trayecto más triste para mí que ése, desde que salgo de la residencia donde vive mi madre hasta que el fárrago y el apretujamiento del subte me distraen misericordiosamente, a codazos.

Volver a casa. Eso quiere mi madre, eso queremos todos. Les deseo feliz año, les deseo que puedan volver a casa.


Las actas del juicio

Un cuento de Ricardo Piglia *

En la ciudad de Concepción del Uruguay, a los diez y siete días del mes de agosto de mil ochocientos setenta y uno, el señor juez en primera instancia en lo criminal, doctor Sebastián J. Mendiburu, acompañado de mí el infrascripto secretario de Actas se constituyó en la Sala Central del Juzgado Municipal a tomarle declaración como testigo en esta causa al acusado Robustiano Vega, el que previo el juramento de decir verdad de todo lo que supiere y le fuere preguntado, lo fue al tenor siguiente:
­Lo que ustedes no saben es que ya estaba muerto desde antes. Por eso yo quiero contar todo desde el principio, para que no se piense que ando arrepentido de lo que hice, que una cosa es la tristeza y otra distinta el arrepentimiento, y lo que yo hice ya estaba hecho y no fue más que un favor, algo que sólo se hace para aliviar, algo que no le importa a nadie. Ni al General.
Porque para nosotros estaba muerto desde antes. Eso ustedes no lo saben y ahora arman este bochinche y andan diciendo que en los Bajos de Toledo tuvimos miedo. Que lo hicimos por miedo. A nosotros decirnos que fue por miedo a pelear. A nosotros, que lo corrimos a don Juan Manuel y a Oribe y a Lavalle y al manco Paz. A nosotros que estuvimos, aquella tarde, en Cepeda, cuando el General nos juntó a todos los del Quinto en una lomada y el sol le pegaba de frente, iluminándolo, y dijo que si los porteños eran mil alcanzaba con quinientos. “Porque con la mitad de mis entrerrianos los espanto”, dijo el General, y el sol le achicaba los ojos.
En aquel tiempo ya teníamos casi diez años de saber qué cosa es no haber escapado nunca. qué cosa es galopar y galopar como rebotando y sentir la tierra abajo que retumba y arremeter a los gritos mientras los otros son una polvareda chiquita, como si uno los corriera con la parada.
En ese entonces pelear era casi una fiesta y cuando nos juntábamos era para una fiesta y no para morir. Se escuchaba un galope tendido a lo lejos que se venía dele agrandarse. hasta que cruzaba el pueblo sin parar, avisándonos. Ahí nomás las mujeres empezaban a llorisquear y a veces daba pena por las cosechas o porque los animales estaban de cría o uno se acababa de juntar y había que dejarla con ganas, porque el General decía que para pelear como es debido no hay que tener a la mujer con uno; porque llevar a la mujer a la rastra no es de hombre. Él era el único en llevar mujer, pero el General era distinto y precisaba mujer por la misma razón que nosotros no la necesitábamos.
Todo Entre Ríos se quedaba pelado, cuando nos íbamos. Era una cosa de no verse nadie por ningún lado, como si fuera de noche, que no se ve ni un alma, ni un caballo, nada, porque todos andábamos peleando. Hubo veces que volvimos con lo puesto y era fiero rejuntar los animales y a veces el yuyo lo había tapado todo y era triste de mirar. Por eso mienten los porteños cuando dicen que cada uno de los soldados de la Confederación era dueño de una estancia. Mienten, y yo quiero que usted anote que ellos mienten, para que se sepa. Mienten porque nosotros somos muchos y Entre Ríos no da tierra para todos. Por lo menos tierra que sirva, porque la que está en los bañados nadie la quiere, y la otra, entre la que es del General y la que el General le regaló a los oficiales, no queda tierra ni para morirse encima. Pero los porteños vienen mintiendo desde hace mucho y no tienen ni idea de lo que pasa por aquí. Ellos no conocen eso que nos daba de juntarnos casi todos los entrerrianos en dos días para preguntarle al Grito a quién había que espantar. Eso de ver llegar hombres de todos los sitios, que para donde uno mira hay caballos, y el General con el poncho blanco, esperando.
Por eso los que hablan que tuvimos miedo no saben nada y seguro son porteños. No conocen el orgullo que da ser los mejores. No saben que todo pasó por ese mismo orgullo. Aquella alegría que nos dio la vez que hicimos las cien leguas que van de Ubajay a Pago Largo en un solo galope que duró nueve días enteros. Fue cuando Oribe y hubo que domar potros en el camino porque la mitad se nos reventó en la galopada aquella, con el sol siempre encima y uno corría y corría, como para escaparle. Eso nos pareció, que le disparábamos al sol que se nos metía adentro de la piel, que nos llenaba la cabeza de polvo y de cansancio y seguro que fue lo que nos hizo andar tan ligero. Cuando llegamos, el Uruguay estaba en crecida. Debía estar lloviendo lejos, porque ahí el cielo lastimaba de tan claro mientras nos amontonábamos en la orilla y el río estaba tan ancho que no se alcanzaba a divisar más que la sombra de los sauces del otro lado. Estaba lleno de troncos y basura que cruzaban saltando, y cuando no había troncos el agua se quedaba quieta y marrón, parecida a la tierra. Nos quedamos mirando y mirando, hasta que el sargento Reyes fue y le dijo al General lo que pensábamos todos. Se acercó y sin bajarse del caballo, se lo dijo. El General galopó de una punta a otra y levantaba el sombrero en la mano, como agradeciendo. El agua empujaba que metía miedo y había que afirmarse despacio y era jodido nadar llevando el caballo del maneador, y el agua estaba tibia y de galope cortaba de tan fría y cada tanto alguno daba un grito y una voltereta y aparecían las patas del caballo y la panza y era que se lo llevaba la correntada y ése no salía más, por lo menos hasta el Salado. Cuentan que el río estaba gris porque nosotros lo cubríamos; tantos éramos que en vez de agua parecía lleno de entrerrianos. Estuvimos cerca de una hora hasta poder afirmar los pies en el barro. Dicen que el General se fue por una hondonada y por poco se ahoga. Que manoteó feo y terminó prendido a un tronco. Eso dicen, pero algunos lo vieron del otro lado, lo más calmo y no sofocado como nosotros, que respirábamos abriendo la boca, porque el que más el que menos había sentido el gusto a aceite tibio del agua revolviéndole las tripas.
­¿Quién dice que no es de esto de lo que tengo que hablar? Si fue por eso que yo lo hice y por estas cosas entendió el General que no era al miedo a lo que nosotros le cuerpeamos, la noche aquella, en los Bajos. Lo supo por estas cosas y porque él, de nosotros, lo sabía todo. Por lo menos mientras fue el de siempre, antes que lo cambiaran, mientras fue el de siempre y peleó a ganar y mandó a ganar. Mientras arremetió con nosotros, en las cargas, él también con lanza y al galope y puteando, igual que cualquiera. Mientras lo vimos llegarse a los festejos y entreverarse, como si le gustara. Y uno lo sentía mandando, no porque fuera el General, sino porque tenía un modo de mirar, con esos ojos amarillos, que ya estaba mandando sin decir nada, a pesar de que bailara con nosotros, en el rancherío. Me acuerdo la tarde que lo desafió a Dávila, que tenía un alazán invicto, y la corrieron en el arroyo seco y todos estábamos con Dávila, que entró tranquilo y el General se reía, como si fuera un desfile. Cuando la corrieron lo único que se supo fue que el General era mucho jinete pero que contra el alazán de Dávila no se podía. Nadie se lo olvida aquella noche, tan caliente con la mujer del Payo que era rubia y de ojos parecidos a los de él y nunca se supo de dónde la había traído. Eso le preguntó el General:
­¿De dónde la sacó, Chávez? Está muy buena su mujer. Que la quería con el.
­Es mucha mujer para vos­ se oyó, y dicen que venía medio pasado de caña.
El Payo se estaba quieto y lo miraba sin levantarse, como diciendo: “Usted dice así, mi general, porque es el que manda”, y entonces le preguntó si tenía algo que decir.
­¿Tiene algo que decir, Chávez? ­y la voz se quedó como colgada en el aire porque ya no había música. nada más que el silencio, cuando lo dijo, con esa voz suya acostumbrada a mandar.
Cuentan que el Payo le contestó casi en voz baja:
­ Usted se le anima a mi mujer porque es el que manda, mi general.
­¿Usted cree, Chávez?­ y que se viniera con él y movió un brazo así, como sin ganas, señalando la oscuridad, a ver cuál de los dos se equivocaba.
Se metieron entre los árboles. Nosotros nos quedamos en medio de toda la luz. No se escuchaba otra cosa que el viento moviendo las hojas y un olor a cuero sudado o a naranjas y la mujer del Payo se retorcía las manos, y cuando el General salió, ya era viuda del Payo y mujer del General.
­No, señor. Y por eso estábamos con él. Porque siempre hizo lo que era debido y daba gusto pelear por él, que era como nosotros, que había empezado de abajo y lo hizo todo con el coraje, desde el tiempo en que empezó a arrear caballos entre los indios, cuando recién andaba por los veinte, y ya no se le podían contar aquí ni los hijos, ni las leguas.
­Seguro que sí, pero distinto. Como si le hubiera quedado la envoltura, el cuero nada más y por adentro todo revuelto. A nosotros nos daba como indignación. Hubo gente que se trenzó para desagraviarlo cuando por allí empezaron a decirlo, especialmente después de lo de Pavón. Castro fue el primero que dejó boqueando a un correntino que había dicho que el General estaba viejo.
­Está vendido a Mitre ­cuentan que dijo, y Castro, casi con desgano, lo hizo salir del boliche y el otro le decía­: Lo dije en joda, hermano, lo dije en joda­ con los ojos agrandados por la falta de coraje.
Cuando lo dejó tendido a todos nos vino la tranquilidad, pero era como si empezaran a decirnos lo que andábamos sabiendo: que el General estaba como muerto.
Algunos dicen que todo empezó cuando le mataron el Sauce, un tordillo que era una luz, y se lo mataron por casualidad. Cuentan que se estuvo agachado, él que no era de aflojar, déle mirarlo, y que le acariciaba el cogote como con asco, mientras se le moría. Después se empezó a encorvar y de golpe lo remató con un tiro entre los ojos.
Cuando se alzó pidiendo “Un caballo que aguante, carajo”, ya era otro y están los que dicen que lloraba, pero eso no, porque no era hombre para eso, para cambiar porque le falta el caballo.
­En el fondo, ninguno de nosotros sabe de dónde le nacían las ganas de hacer esas cosas que no podían gustarle ni a él. Lo de quedarse con las tierras de las viudas. O querer llevarnos a pelear contra los paraguayos, que nunca nos hicieron nada, y al lado de Mitre. Y eso con los desertores de hacer que los lanceáramos en seco, igual que a indios. Los amontonó en el corral grande y nos hizo formar sobre la avenida, como para una diversión. Los iba largando de a uno y después elegía a cualquiera de nosotros, con la mirada. Nos achicábamos sobre el caballo porque era sucio eso de verlos correr y correr solos y al sol, en medio de la calle, despatarrados por el miedo, cada vez más cerca, igual que si retrocedieran, hasta meterse bajo la panza del caballo. Allí se tiraban al suelo o empezaban a retorcerse y a gritar levantando los brazos como si uno pudiera hacer otra cosa que partirlos de un puntazo.
Pasamos la tarde entera en esas corridas hasta que terminamos acostumbrados a los gritos y al olor de la sangre. Y se fueron quedando tendidos, como trapos al sol, en una fila despareja que bordeaba la laguna.
­No, señor. Ninguno de nosotros sabe. Pero se notaba. Hasta que vino lo de Pavón, que fue como si. buscara humillarnos. Hacernos vadear el río para escapar, medio escondidos, y dejarle a los porteños la de ganar sin ni siquiera un apronte. Irnos así, callados y con las ganas, es lo que da vergüenza. Eso de quedarnos viendo cuando el coronel Olmos (que fue de los que aguantaron la vez de la emboscada en Corral Chico) se le acerca y le dice:
­Con respeto, mi general y perdone. ¿Por qué la retirada?
Y él, con la cara hundida en las arrugas, lo hace meter en el cepo, nada más que por la pregunta.
Ninguno de ustedes sabe lo que es andar todo el día y toda la noche, de un tirón, hasta entrar en Entre Ríos, como si ellos nos vinieran corriendo, siendo que veníamos enteros y con eso adentro que nos daba vuelta de pensar que los porteños pudieran decir que nos corrieron y nosotros ni les vimos las caras.
Él galopaba solo y adelante y uno esperaba que se diera vuelta con esa sonrisa que le borra las arrugas, para explicarnos que era una trampa a los de Mitre eso de escaparnos así, de repente. Pero cuando desmontó en el San José no había dicho ni una palabra, nada más que aquello al coronel Olmos.
De esas cosas les quiero preguntar, a ustedes, que son letrados, aunque se hayan juntado aquí para que sea yo el que hable. Porque yo no puedo decir más que lo que sé y el resto lo tienen que averiguar. Lo que yo sé es que todo lo que hicimos fue para remediar lo que le sucedía y que nos tenia asombrados. Que nos mandara vestir de gala y esperar la diligencia que viene del Rosario. Estar allí, sobre el camino, con el sol que va calentando la sangre, dele esperar. Verla aparecer al fondo, contra los montes y después agrandarse y agrandarse. Venimos de escolta por todo el valle para descubrir que habíamos escoltado porteños. Lo entendimos cuando bajaron en la Plaza, sacudiéndose la ropa como si con eso se pudiera ahuyentar el polvo que traían pegado al sudor. Nos enteramos que venían del otro lado del Arroyo del Medio sólo por eso de ver cómo estaban vestidos y no por que el General nos avisara. Después pensamos que él los iba a educar, pero los recibió como si los necesitara, con todo embanderado y por la ventana se veía la luz y la mesa cubierta de porteños y el General disimulando en el medio y vestido como ellos. Cuentan que los porteños decían las cosas, hablaban de ferrocarriles y del puerto y de la Patria, siempre con la voz del que ordena. Y el General los escuchó callado, como si anduviera con sueño.
Al otro día nos hizo desfilar delante de esos soldados, que se metían el pañuelo en la boca cuando levantamos polvareda, al galopar. Y así anduvimos de un lado a otro, festejándolos, como si no fueran los mismos “Galerudos a los que vamos a empujar hasta el río y a enseñar lo que somos los entrerrianos, enseñarles qué cosa es la Patria y qué cosa es ser Federal”, como nos dijo aquella vez, tan quieto en el tordillo, después de Caseros, antes de entrar a florearnos por Buenos Aires, todos con la cinta puzó y al trote, despacito nomás, para que aprendieran.
Como si no fueran los mismos.
­Fue por todo eso que yo lo hice. Pero ya había sucedido antes, la noche aquella en los Bajos de Toledo, mientras la lluvia no nos dejaba respirar ocupando todo el aire. Esa vez sucedió. Y no fue por divertirnos. Ni por miedo a pelear, como andan diciendo, sino por coraje y porque el General ya no se mandaba ni a él. Y ésa fue la vez que se lo dijimos. Lo que pasó después, es como si no hubiera pasado. Esto de que todo Entre Ríos ante con voluntad de guerrear y gritando ¡Muera Urquiza! cuando para nosotros, los que peleamos al lado de él, ya estaba muerto desde antes. Esa noche es la que importa. Con el cielo sucio de la tierra y los esteros manchados por las fogatas, me la acuerdo más que a la otra y me duele más, y ninguno de nosotros, de los que estuvo, se la olvida, porque fue como despedirse.
Soplaba un viento lleno de tormenta que traía como una tristeza y de golpe trajo la lluvia. Una lluvia fea, medio tibia y tan fuerte que nos fue juntando a todos en la lomada, cerca del río. No nos veíamos ni las caras y se escuchaba la lluvia, el olor a sudor o a cuero mojado y los caballos sacudiéndose. Entonces alguno dijo lo de irnos. Mejor nos volvemos para Entre Ríos, el General ya no sirve, se oyó, y como si con eso lo mandaran a llamar, apareció, no él, sino esa voz suya tan quieta.
­¿Qué pasa acá? ­dijo.
­Pasa que nos volvemos, mi general.
­¿Y quién carajo ordenó que se vuelvan?
Se escuchó el río que estaba cerca y creciendo. Eso como un trueno que era el río y nada más, porque ninguno sabía contestar quién era el que mandaba volver. Nos quedamos callados, mientras la lluvia nos obligaba a cerrar los ojos y apretarnos en la montura como para no estar, todo en medio de una oscuridad que aunque uno abriera los ojos igual no veía mas que la lluvia y era como estar solo, encima del caballo, hasta que cruzaba un relámpago como una llamarada y entonces se veía la loma llena de hombres, igual que si brotaran. Nunca estuve cerca del General, pero le escuché la voz mezclada con el bochinche. Algunos dicen que nos hablaba pero no se entendía más que la lluvia. Hasta que entramos a ladearnos despacito, para el lado del estruendo, y nos metimos en el río que empujaba feo, como la voz de Oribe, y en medio de aquella agua que venía de todos lados, lo escuchamos gritar y a veces, de pronto, era como verlo, con el poncho medio gris, color ceniza, parecido a un tronco arrancado de la tierra, tirado en medio del río. Yo no me acuerdo de otra cosa que del agua y de los gritos y de una vez, en medio de la luz de un relámpago, que me pareció verlo y tuve ganas de pedirle que se vinieran con nosotros, para Entre Ríos.
Esa fue la vez que lo hicimos.
Lo demás vino porque daba lástima verlo, tan apagado. Hasta las mujeres empezaron a notarlo. Fue en ese tiempo que se le desapareció la Gringa, que era la mejor mujer de Entre Ríos, y se escapó con Olmos, sin que él hiciera más que enterarse.
Por las tardes se paseaba cerca del río, y uno lo miraba de lejos, y era como ver pasar el viento. Se andaba solo y callado y daba una especie de indignación.
También por eso lo hice. Para ayudarlo.
Pero hubo otras cosas, porque si no ustedes no armarían este bochinche y yo no estaría hablando de esto que sólo me da pena. Alguna otra cosa anduvo pasando que no sabemos, algo que viene de lejos y que fue lo que modificó al General. Y de eso parece que no hay quien conozca. Ni entre ustedes.
Yo me lo malicié de entrada, aquella noche, en la estancia de don Ricardo López Jordán, cuando me preguntaron si me animaba. “¿Te animás, Vega?”, me preguntaron, y yo me quedé quieto y no dije nada. Pedí seis hombres y antes que clareara me apuré a hacerlo, como quien le revienta la cabeza a un potro quebrado.
Me acuerdo que entramos al galope y gritando, para darnos coraje. Los caballos se refalaban en las baldosas y los gritos iban y venían por las paredes cuando entramos sin desmontar, atropellando. Él apareció de repente, en el fondo del pasillo, solo y medio desnudo. contra la luz. Nos recibió igual que si nos esperara y no se defendió. No hizo más que mirarnos con esos ojos amarillos, como si nos estuviera aprendiendo el alma. No sé por qué yo me acordé de esa tarde, cuando se bajó del tordillo después de perder con Dávila. Se estuvo parado ahí, justo bajo la luz, con esa camisa que le dejaba las piernas al aire, hasta que lo tumbamos.
Cuando Matilde, la hija de la que había sido mujer del Payo Chávez, se le tiró encima para defenderlo, yo mismo le oí decir que no llorara. Y eso fue lo único que habló esa noche y lo último que habló en su vida. “No llore m’hija, que no hay razón”, le escuché mientras le buscaba el cuerpo entre los claros que me dejaba el de Matilde, y el General tenía la cara escondida por las arrugas y los ojos quietos en algo, no en mí que estaba muy cerca, en algo más lejos, en la gente de a caballo, o en la pared medio descolorida de tanto poner y sacar la bandera.
Y estaba así, con los ojos alzados, la cara escondida por la muerte, la Matilde acostada encima y manchándose de sangre, cuando lo maté:
­Perdone, mi general­ le dije, y me apuré buscando el medio del pecho para evitarle el sufrimiento.

* Nació en Adrogué, 1941. escritor. Descubrió el mundo literario y el mar a sus catorce años, cuando su familia se mudó a Mar del Plata. En 1967 publicó su primer libro de relatos, “La invasión”. Le siguió “Nombre falso” (1975), un libro de narraciones cortas en el que se delinea su interés por el género policial, que alcanzará su mayor expresión en la novela “Plata quemada” (1997). “Respiración artificial” (1980), una de sus novelas fundamentales, es considerada como una de las más representativas de la nueva literatura argentina. Pasaron doce años hasta que publicó su siguiente novela, “La ciudad ausente”, a partir de la cual, en 1995, elaboró el texto de una ópera con música de Gerardo Gandini. “Formas breves” y “El último lector” reúnen algunos de sus agudos ensayos de historia y crítica literaria. Enseña literatura en la Universidad de Princeton.


Yzur

Un cuento de Leopoldo Lugones

Compré el mono en el remate de un circo que había quebrado.
La primera vez que se me ocurrió tentar la experiencia a cuyo relato están dedicadas estas líneas, fue una tarde, leyendo no sé dónde, que los naturales de Java atribuían la falta de lenguaje articulado en los monos a la abstención, no a la incapacidad. “No hablan, decían, para que no los hagan trabajar”.
Semejante idea, nada profunda al principio, acabó por preocuparme hasta convertirse en este postulado antropológico:
Los monos fueron hombres que por una u otra razón dejaron de hablar. El hecho produjo la atrofia de sus órganos de fonación y de los centros cerebrales del lenguaje; debilitó casi hasta suprimirla la relación entre unos y otros, fijando el idioma de la especie en el grito inarticulado, y el humano primitivo descendió a ser animal.
Claro es que si llegara a demostrarse esto quedarían explicadas desde luego todas las anomalías que hacen del mono un ser tan singular; pero esto no tendría sino una demostración posible: volver el mono al lenguaje.
Entre tanto había corrido el mundo con el mío, vinculándolo cada vez más por medio de peripecias y aventuras. En Europa llamó la atención, y de haberlo querido, llego a darle la celebridad de un Cónsul; pero mi seriedad de hombre de negocios mal se avenía con tales payasadas.
Trabajado por mi idea fija del lenguaje de los monos, agoté toda la bibliografía concerniente al problema, sin ningún resultado apreciable. Sabía únicamente, con entera seguridad, que no hay ninguna razón científica para que el mono no hable. Esto llevaba cinco años de meditaciones.
Yzur (nombre cuyo origen nunca pude descubrir, pues lo ignoraba igualmente su anterior patrón), Yzur era ciertamente un animal notable. La educación del circo, bien que reducida casi enteramente al mimetismo, había desarrollado mucho sus facultades; y esto era lo que me incitaba más a ensayar sobre él mi en apariencia disparatada teoría.
Por otra parte, sábese que el chimpancé (Yzur lo era) es entre los monos el mejor provisto de cerebro y uno de los más dóciles, lo cual aumentaba mis probabilidades. Cada vez que lo veía avanzar en dos pies, con las manos a la espalda para conservar el equilibrio, y su aspecto de marinero borracho, la convicción de su humanidad detenida se vigorizaba en mí.
No hay a la verdad razón alguna para que el mono no articule absolutamente. Su lenguaje natural, es decir, el conjunto de gritos con que se comunica a sus semejantes, es asaz variado; su laringe, por más distinta que resulte de la humana, nunca lo es tanto como la del loro, que habla sin embargo; y en cuanto a su cerebro, fuera de que la comparación con el de este último animal desvanece toda duda, basta recordar que el del idiota es también rudimentario, a pesar de lo cual hay cretinos que pronuncian algunas palabras. Por lo que hace a la circunvolución de Broca, depende, es claro, del desarrollo total del cerebro; fuera de que no está probado que ella sea fatalmente el sitio de localización del lenguaje. Si es el caso de localización mejor establecido en anatomía, los hechos contradictorios son desde luego incontestables.
Felizmente los monos tienen, entre sus muchas malas condiciones, el gusto por aprender, como lo demuestra su tendencia imitativa; la memoria feliz, la reflexión que llega hasta una profunda facultad de disimulo, y la atención comparativamente más desarrollada que en el niño. Es, pues, un sujeto pedagógico de los más favorables.
El mío era joven además, y es sabido que la juventud constituye la época más intelectual del mono, parecido en esto al negro. La dificultad estribaba solamente en el método que se emplearía para comunicarle la palabra. Conocía todas las infructuosas tentativas de mis antecesores; y está de más decir, que ante la competencia de algunos de ellos y la nulidad de todos sus esfuerzos, mis propósitos fallaron más de una vez, cuando el tanto pensar sobre aquel tema fue llevándome a esta conclusión:
Lo primero consiste en desarrollar el aparato de fonación del mono.
Así es, en efecto, como se procede con los sordomudos antes de llevarlos a la articulación; y no bien hube reflexionado sobre esto, cuando las analogías entre el sordomudo y el mono se agolparon en mi espíritu.
Primero de todo, su extraordinaria movilidad mímica que compensa al lenguaje articulado, demostrando que no por dejar de hablar se deja de pensar, así haya disminución de esta facultad por la paralización de aquella. Después otros caracteres más peculiares por ser más específicos: la diligencia en el trabajo, la fidelidad, el coraje, aumentados hasta la certidumbre por estas dos condiciones cuya comunidad es verdaderamente reveladora; la facilidad para los ejercicios de equilibrio y la resistencia al marco.
Decidí, entonces, empezar mi obra con una verdadera gimnasia de los labios y de la lengua de mi mono, tratándolo en esto como a un sordomudo. En lo restante, me favorecería el oído para establecer comunicaciones directas de palabra, sin necesidad de apelar al tacto. El lector verá que en esta parte prejuzgaba con demasiado optimismo.
Felizmente, el chimpancé es de todos los grandes monos el que tiene labios más movibles; y en el caso particular, habiendo padecido Yzur de anginas, sabía abrir la boca para que se la examinaran.
La primera inspección confirmó en parte mis sospechas. La lengua permanecía en el fondo de su boca, como una masa inerte, sin otros movimientos que los de la deglución. La gimnasia produjo luego su efecto, pues a los dos meses ya sabía sacar la lengua para burlar. Ésta fue la primera relación que conoció entre el movimiento de su lengua y una idea; una relación perfectamente acorde con su naturaleza, por otra parte.
Los labios dieron más trabajo, pues hasta hubo que estirárselos con pinzas; pero apreciaba -quizá por mi expresión- la importancia de aquella tarea anómala y la acometía con viveza. Mientras yo practicaba los movimientos labiales que debía imitar, permanecía sentado, rascándose la grupa con su brazo vuelto hacia atrás y guiñando en una concentración dubitativa, o alisándose las patillas con todo el aire de un hombre que armoniza sus ideas por medio de ademanes rítmicos. Al fin aprendió a mover los labios.
Pero el ejercicio del lenguaje es un arte difícil, como lo prueban los largos balbuceos del niño, que lo llevan, paralelamente con su desarrollo intelectual, a la adquisición del hábito. Está demostrado, en efecto, que el centro propio de las inervaciones vocales, se halla asociado con el de la palabra en forma tal, que el desarrollo normal de ambos depende de su ejercicio armónico; y esto ya lo había presentido en 1785 Heinicke, el inventor del método oral para la enseñanza de los sordomudos, como una consecuencia filosófica. Hablaba de una “concatenación dinámica de las ideas”, frase cuya profunda claridad honraría a más de un psicólogo contemporáneo.
Yzur se encontraba, respecto al lenguaje, en la misma situación del niño que antes de hablar entiende ya muchas palabras; pero era mucho más apto para asociar los juicios que debía poseer sobre las cosas, por su mayor experiencia de la vida.
Estos juicios, que no debían ser sólo de impresión, sino también inquisitivos y disquisitivos, a juzgar por el carácter diferencial que asumían, lo cual supone un raciocinio abstracto, le daban un grado superior de inteligencia muy favorable por cierto a mi propósito.
Si mis teorías parecen demasiado audaces, basta con reflexionar que el silogismo, o sea el argumento lógico fundamental, no es extraño a la mente de muchos animales. Como que el silogismo es originariamente una comparación entre dos sensaciones. Si no, ¿por qué los animales que conocen al hombre huyen de él, y no los que nunca le conocieron?…
Comencé, entonces, la educación fonética de Yzur.
Tratábase de enseñarle primero la palabra mecánica, para llevarlo progresivamente a la palabra sensata.
Poseyendo el mono la voz, es decir, llevando esto de ventaja al sordomudo, con más ciertas articulaciones rudimentarias, tratábase de enseñarle las modificaciones de aquella, que constituyen los fonemas y su articulación, llamada por los maestros estática o dinámica, según que se refiera a las vocales o a las consonantes.
Dada la glotonería del mono, y siguiendo en esto un método empleado por Heinicke con los sordomudos, decidí asociar cada vocal con una golosina: a con papa; e con leche; i con vino; o con coco; u con azúcar, haciendo de modo que la vocal estuviese contenida en el nombre de la golosina, ora con dominio único y repetido como en papa, coco, leche, ora reuniendo los dos acentos, tónico y prosódico, es decir, como fundamental: vino, azúcar.
Todo anduvo bien, mientras se trató de las vocales, o sea los sonidos que se forman con la boca abierta. Yzur los aprendió en quince días. Sólo que a veces, el aire contenido en sus abazones les daba una rotundidad de trueno. La u fue lo que más le costó pronunciar.
Las consonantes me dieron un trabajo endemoniado, y a poco hube de comprender que nunca llegaría a pronunciar aquellas en cuya formación entran los dientes y las encías. Sus largos colmillos y sus abazones, lo estorbaban enteramente.
El vocabulario quedaba reducido, entonces a las cinco vocales, la b, la k, la m, la g, la f y la c, es decir todas aquellas consonantes en cuya formación no intervienen sino el paladar y la lengua.
Aun para esto no me bastó el oído. Hube de recurrir al tacto como un sordomudo, apoyando su mano en mi pecho y luego en el suyo para que sintiera las vibraciones del sonido.
Y pasaron tres años, sin conseguir que formara palabra alguna. Tendía a dar a las cosas, como nombre propio, el de la letra cuyo sonido predominaba en ellas. Esto era todo.
En el circo había aprendido a ladrar como los perros, sus compañeros de tarea; y cuando me veía desesperar ante las vanas tentativas para arrancarle la palabra, ladraba fuertemente como dándome todo lo que sabía. Pronunciaba aisladamente las vocales y consonantes, pero no podía asociarlas. Cuando más, acertaba con una repetición de pes y emes.
Por despacio que fuera, se había operado un gran cambio en su carácter. Tenía menos movilidad en las facciones, la mirada más profunda, y adoptaba posturas meditativas. Había adquirido, por ejemplo, la costumbre de contemplar las estrellas. Su sensibilidad se desarrollaba igualmente; íbasele notando una gran facilidad de lágrimas. Las lecciones continuaban con inquebrantable tesón, aunque sin mayor éxito. Aquello había llegado a convertirse en una obsesión dolorosa, y poco a poco sentíame inclinado a emplear la fuerza. Mi carácter iba agriándose con el fracaso, hasta asumir una sorda animosidad contra Yzur. Éste se intelectualizaba más, en el fondo de su mutismo rebelde, y empezaba a convencerme de que nunca lo sacaría de allí, cuando supe de golpe que no hablaba porque no quería. El cocinero, horrorizado, vino a decirme una noche que había sorprendido al mono “hablando verdaderas palabras”. Estaba, según su narración, acurrucado junto a una higuera de la huerta; pero el terror le impedía recordar lo esencial de esto, es decir, las palabras. Sólo creía retener dos: cama y pipa. Casi le doy de puntapiés por su imbecilidad.
No necesito decir que pasé la noche poseído de una gran emoción; y lo que en tres años no había cometido, el error que todo lo echó a perder, provino del enervamiento de aquel desvelo, tanto como de mi excesiva curiosidad.
En vez de dejar que el mono llegara naturalmente a la manifestación del lenguaje, llaméle al día siguiente y procuré imponérsela por obediencia.
No conseguí sino las pes y las emes con que me tenía harto, las guiñadas hipócritas y -Dios me perdone- una cierta vislumbre de ironía en la azogada ubicuidad de sus muecas.
Me encolericé, y sin consideración alguna, le di de azotes. Lo único que logré fue su llanto y un silencio absoluto que excluía hasta los gemidos.
A los tres días cayó enfermo, en una especie de sombría demencia complicada con síntomas de meningitis. Sanguijuelas, afusiones frías, purgantes, revulsivos cutáneos, alcoholaturo de brionia, bromuro -toda la terapéutica del espantoso mal le fue aplicada. Luché con desesperado brío, a impulsos de un remordimiento y de un temor. Aquél por creer a la bestia una víctima de mi crueldad; éste por la suerte del secreto que quizá se llevaba a la tumba.
Mejoró al cabo de mucho tiempo, quedando, no obstante, tan débil, que no podía moverse de su cama. La proximidad de la muerte habíalo ennoblecido y humanizado. Sus ojos llenos de gratitud, no se separaban de mí, siguiéndome por toda la habitación como dos bolas giratorias, aunque estuviese detrás de él; su mano buscaba las mías en una intimidad de convalecencia. En mi gran soledad, iba adquiriendo rápidamente la importancia de una persona.
El demonio del análisis, que no es sino una forma del espíritu de perversidad, impulsábame, sin embargo, a renovar mis experiencias. En realidad el mono había hablado. Aquello no podía quedar así.
Comencé muy despacio, pidiéndole las letras que sabía pronunciar. ¡Nada! Dejelo solo durante horas, espiándolo por un agujerillo del tabique. ¡Nada! Hablele con oraciones breves, procurando tocar su fidelidad o su glotonería. ¡Nada! Cuando aquéllas eran patéticas, los ojos se le hinchaban de llanto. Cuando le decía una frase habitual, como el “yo soy tu amo” con que empezaba todas mis lecciones, o el “tú eres mi mono” con que completaba mi anterior afirmación, para llevar a un espíritu la certidumbre de una verdad total, él asentía cerrando los párpados; pero no producía sonido, ni siquiera llegaba a mover los labios.
Había vuelto a la gesticulación como único medio de comunicarse conmigo; y este detalle, unido a sus analogías con los sordomudos, hacía redoblar mis preocupaciones, pues nadie ignora la gran predisposición de estos últimos a las enfermedades mentales. Por momentos deseaba que se volviera loco, a ver si el delirio rompía al fin su silencio. Su convalecencia seguía estacionaria. La misma flacura, la misma tristeza. Era evidente que estaba enfermo de inteligencia y de dolor. Su unidad orgánica habíase roto al impulso de una cerebración anormal, y día más, día menos, aquél era caso perdido. Más, a pesar de la mansedumbre que el progreso de la enfermedad aumentaba en él, su silencio, aquel desesperante silencio provocado por mi exasperación, no cedía. Desde un oscuro fondo de tradición petrificada en instinto, la raza imponía su milenario mutismo al animal, fortaleciéndose de voluntad atávica en las raíces mismas de su ser. Los antiguos hombres de la selva, que forzó al silencio, es decir, al suicidio intelectual, quién sabe qué bárbara injusticia, mantenían su secreto formado por misterios de bosque y abismos de prehistoria, en aquella decisión ya inconsciente, pero formidable con la inmensidad de su tiempo. Infortunios del antropoide retrasado en la evolución cuya delantera tomaba el humano con un despotismo de sombría barbarie, habían, sin duda, destronado a las grandes familias cuadrumanas del dominio arbóreo de sus primitivos edenes, raleando sus filas, cautivando sus hembras para organizar la esclavitud desde el propio vientre materno, hasta infundir a su impotencia de vencidas el acto de dignidad mortal que las llevaba a romper con el enemigo el vínculo superior también, pero infausto, de la palabra, refugiándose como salvación suprema en la noche de la animalidad.
Y qué horrores, qué estupendas sevicias no habrían cometido los vencedores con la semibestia en trance de evolución, para que ésta, después de haber gustado el encanto intelectual que es el fruto paradisíaco de las biblias, se resignara a aquella claudicación de su extirpe en la degradante igualdad de los inferiores; a aquel retroceso que cristalizaba por siempre su inteligencia en los gestos de un automatismo de acróbata; a aquella gran cobardía de la vida que encorvaría eternamente, como en distintivo bestial, sus espaldas de dominado, imprimiéndole ese melancólico azoramiento que permanece en el fondo de su caricatura.
He aquí lo que, al borde mismo del éxito, había despertado mi malhumor en el fondo del limbo atávico. A través del millón de años, la palabra, con su conjuro, removía la antigua alma simiana; pero contra esa tentación que iba a violar las tinieblas de la animalidad protectora, la memoria ancestral, difundida en la especie bajo un instintivo horror, oponía también edad sobre edad como una muralla.
Yzur entró en agonía sin perder el conocimiento. Una dulce agonía a ojos cerrados, con respiración débil, pulso vago, quietud absoluta, que sólo interrumpía para volver de cuando en cuando hacia mí, con una desgarradora expresión de eternidad, su cara de viejo mulato triste. Y la última noche, la tarde de su muerte, fue cuando ocurrió la cosa extraordinaria que me ha decidido a emprender esta narración.
Habíame dormitado a su cabecera, vencido por el calor y la quietud del crepúsculo que empezaba, cuando sentí de pronto que me asían por la muñeca.
Desperté sobresaltado. El mono, con los ojos muy abiertos, se moría definitivamente aquella vez, y su expresión era tan humana, que me infundió horror; pero su mano, sus ojos, me atraían con tanta elocuencia hacia él, que hube de inclinarme de inmediato a su rostro; y entonces, con su último suspiro, el último suspiro que coronaba y desvanecía a la vez mi esperanza, brotaron -estoy seguro, brotaron en un murmullo (¿cómo explicar el tono de una voz que ha permanecido sin hablar diez mil siglos?) estas palabras cuya humanidad reconciliaba las especies:

-AMO, AGUA, AMO, MI AMO…


Caballo en el salitral

Un cuento de Antonio Di Benedetto

El aeroplano viene toreando el aire.
Cuando pasa sobre los ranchos que se le arriman a la estación, los chicos se desbandan y los hombres envaran las piernas para aguantar el cimbrón.
Ya está de la otra mano, perdiéndose a ras del monte. Los niños y las madres asoman como después de la lluvia. Vuelven las voces de los hombres:
­¿Será Zanni…, el volador?
­No puede. Si Zanni le está dando la vuelta al mundo.
­¿Y qué, acaso no estamos en el mundo?
­Así es; pero eso no lo sabe nadie, aparte de nosotros.
Pedro Pascual oye y se guía por los más enterados: tiene que ser que el aeroplano le sale al paso al “tren del rey”.
Humberto de Saboya, príncipe de Piamonte, no es rey; pero lo será, dicen, cuando se le muera el padre, que es rey de veras.
Esa misma tarde, dicen, el príncipe de Europa estará allí, en esa pobrecita tierra de los medanales.
Pedro Pascual quiere ver para contarle a la mujer. Mejor si estuviera acá. A Pedro Pascual le gusta compartir con ella, aunque sea el mate o la risa. Y no le agrada estar solo, como agregado a la visita, delante del corralón. No es hosco; no está asentado, no más: los mendocinos se ríen de su tonada cordobesa.
Se refugia en el acomodo de los fardos. Tanta tierra, la del patrón que él cuida, y tener que cargar pasto prensado y alambrado para quitarle el hambre a las vacas. Las manos que ajustan y cinchan dan con los yuyos que han segado en el camino: previsión medicinal para la casa. Perlilla, tabaquillo, té de burro, arrayán, atamisque… Mueve y ordena los manojos y la mezcla de fragancias le compone el hogar, resumido en una taza aromática. Pero se adueña del olfato la intensidad del tomillo y Pedro Pascual quiere compararlo con algo y no acierta, hasta que piensa, seguro: “…este es el rey, porque le da olor al campo”.

¿Eso, el tren del rey? ¿Una maquinita y un vagón dándose humo ? No puede ser; sin embargo, la gente dice…
Pedro Pascual desatiende. Lo llama esa carga de nubes azuladas, bajonas, que están tapando el cielo. Se siente como traicionado , como si lo hubieran distraído con un juguete zampándole por la espalda la tormenta. No obstante, ¿por qué ese disgusto y esa preocupación? ¿No es agua lo que precisa el campo? Sí, pero… su campo está más allá de la Loma de los Sapos.
La maquinita pita al dejar de lado la estación y a Pedro Pascual le parece que ha asustado las nubes. Se arremolinan, cambian de rumbo, se abren, como rajadas, como pechadas por un soplido formidable. El sol recae en la arena gris y amarronada y Pedro Pascual siente como si lo iluminara por dentro, porque el frente de nubes semeja haber reculado para llevarle el agua adonde él la precisa.
Ahora Pedro Pascual se reintegra al sitio donde está parado. Ahora lo entiende todo: la maquinita era algo así como un rastreador, o como un payaso que encabeza el desfile del circo. El “tren del rey”, el tren que debe ser distinto de todos los trenes que se escapan por los rieles, viene más serio, allá al fondo.
Es distinto, se dice Pedro Pascual. Se da razones; porque en el miriñaque tiene unos escudos, y dos banderas. . . ¿Y por qué más? Porque parece deshabitado, con las ventanillas caídas, y nadie que se asome, nadie que baje o suba. El maquinista, allá, y un guarda, acá, y en las losetas de portland de la estación un milico cuadrado haciendo el saludo, ¿a quién?
La poblada, que no se animaba, se cuela en el andén y nadie la ataja. Los chicos están como chupados por lo que no ocurre. Los hombres caminan, largo a largo, pisan fuerte, y harían ruido si pudieran, pero las alpargatas no suenan. Se hablan alto, por mostrar coraje, mas ni uno solo mira el tren, como si no estuviera.
Después, cuando se va, sí, se quedan mirándole la cola y a los comentarios: “¡ Será ! . . . ”
Antes que el tren sea una memoria, llega de atrás el avioncito obsequioso, dispuesto a no perderle los pasos.

Tendrá que arrepentirse, Pedro Pascual, de la curiosidad y de la demora; aunque poco tiempo le será dado para su arrepentimiento.
A una hora de marcha de la estación, donde ya no hay puestos de cabras, lo recibe y lo acosa, lo ciega el agua del cielo. Lo achica, lo voltea, como si quisiera tirarlo a un pozo. Lo acobarda, le mete miedo, trenzada con los refusilos que son de una pureza como la de la hoja del más peligroso acero.
Pedro Pascual deja el pescante. No quiere abandonar el caballito; pero el monte es achaparrado y apenas cabe él, en cuclillas. El animal humilde, obediente a una orden no pronunciada, se queda en la huella con el chaparrón en los lomos.
Entonces sucede. El rayo se desgarra como una llamarada blanca y prende en el alpataco de ramas curvas que daban amparo al hombre. Pedro Pascual alcanza a gritar, mientras se achicharra. Ruido hace, de achicharrarse.
El caballo, a unos metros, relincha de pavor, ciego de luz, y se desemboca a la noche con el lastre del carro y el pasto que le hunde las ruedas en la arena y en el agua, pero no lo frena.

Clarea en el bajo, mas no en los ojos del animal.
Ha huido toda la noche. Afloja el paso, somnoliento y vencido, y se detiene. El carro le pesa como un tirón a lo largo de las varas; sin embargo, lo aguanta. Cabecea un sueño. La pititorra picotea la superficie del pasto y a saltitos lleva su osadía por todo el dorso del caballo, hasta la cabeza. El animal despierta y se sacude y el pajarito le vuela en torno y deja a la vista las plumas blancas del pecho, adorno de su masa gris pardusca. Después lo abandona.
El cuadrúpedo obedece al hambre, más que a la fatiga. El pasto mojado de su carga le alerta las narices. Hunde el casco, afirma el remo, para darse impulso, y sale a buscar.
Huele, tras de orientarse, si bien donde está ya no hay ni la huella que ayuda y el silencio es tan imperioso que el animal ni relincha, como si participara de una mudez y una sordera universales.
El sol golpea en la arena, rebota y se le mete en la garganta.
No es difícil ­todavía­ beber, porque la lluvia reciente se ha aposentado al pie de los algarrobos y el ramaje la defiende de una rápida evaporación.
El olor de las vainas le remueve el instinto, por la experiencia de otro día de hambre desesperada, pero el algarrobo, con sus espinas, le acuchilla los labios.
El atardecer calma el día y concede un descanso al animal.

La nueva luz revela una huella triple, que viene al carro, se enmaraña y se devuelve. La formaron las patitas, que apenas se levantan, del pichiciego, el Juan Calado, el del vestido trunco de algodón de vidrio. El pasto enfardado pudo ser su golosina de una noche; estacionado, su eterno almacén. Muy elevado, sin embargo, para sus cortas piernas.
Muy feo, además, como indicio del desamparo y la pasividad del caballo de los ojos impedidos. Ahí está, débil, consumiéndose, incapaz de responder a las urgencias de su estómago.
Una perdiz se desanuda del monte y levanta con sus pitidos el miedo que empieza a gobernar, más que el hambre, al animal uncido al carro. Es que vienen volteando los yaguarondíes. La perdiz lo sabe; el caballo no lo sabe, pero se le avisa, por dentro.
Los dos gatazos, moro el uno, canela el otro, se tumban por juego, ruedan empelotados y con las manos afelpadas se amagan y se sacuden aunque sin daño, reservadas las uñas para la presa incauta o lerda que ya vendrá.
El caballo se moja repentinamente los ijares y dispara. El ruido excesivo, ese ruido que no es del desierto, ahuyenta a los yaguarondíes, si bien eso no está en los alcances del carguero y él tira al médano.
La arena es blanda y blandas son las curvas de sus lomadas. Otra, de rectas precisas, es la geometría del carro que se esfuerza por montarlas.
Sin embargo, en esa guerra de arena tiene un resuello el animal. Ofuscado y resoplante, tupidas las fosas nasales, no ha sondeado en largo rato en busca de alimento, pero el pie, como bola loca, ha dado con una mancha áspera de solupe. La cabeza, por fin, puede inclinarse por algo que no sea el cansancio. Los labios rastrean codiciosos hasta que dan con los tallos rígidos. Es como tragarse un palo; no obstante, el estómago los recibe con rumores de bienvenida.
El ramillete de finas hojas del coirón se ampara en la reciedumbre del solupe y, para prolongar las horas mansas del desquite de tanta hambruna, el coirón comestible se enlaza más abajo con los tallos tiernos del telquí de las ramitas decumbentes.
El olor de una planta ha denunciado la otra, mas nada revela el agua, y el animal retorna, con otro día, hacia las “islas” de monte que suelen encofrarla.
Un bañado turbio, que no refleja la luz, un bañado decadente que morirá con tres soles, lo retiene y lo retiene como un querido corral.
Las islas y las isletas se pueblan de sedientos animales en tránsito; disminuye su población cuando unos se dañan a otros, sin llegar a vaciarse.
El caballo se perturba con la vecindad vocinglera y reñidora, aunque nadie, todavía, se ha metido con él. Un día guarda distancia, condenándose al sol del arenal; al otro se arriesga y puede roer la miseria de la corteza del retamo.

De las islas se suelta la liebre. Ahonda su refugio el cuye. El zorro prescinde de su odio a la luz solar y deja ver a campo abierto su cola ampulosa detrás del cuerpo pobrete. Sólo en el ramaje queda vida, la de los pájaros; pero ellos también se silencian: viene el puma, el bandido rapado, el taimado que parece chiquito adelante y crece en su tren trasero para ayudar el salto.
No busca el agua, no comerá conejos. Desde lejos ha oteado en descubierto el caballo sin hombre. Se adelanta en contra del viento.
A favor, en cambio, tiene el aire una yegua guacha, libre, que no conoció jamás montura ni arreo alguno. Acude a las islas, por agua.
La inesperada presencia del macho la hace relinchar de gozo y el caballo en las varas vuelca la cabeza como si pudiera ver, armando sólo un revuelo de moscas. En los últimos metros, la yegua presume con un trotecito y al final se exhibe, delante, cejada, con sus largas crines y su cuerpo sano.
En el caballo resucita el ansia carnal. Si ella postergó la sed, él puede superar la declinación física.
Se arrima, se arriman él y su carro. La hembra desconfía de ese desplazamiento monstruoso, no entiende cómo se mueve el carro cuando se mueve el macho. Corcovea, se escurre al acercamiento de las cabezas que él intenta, como un extraño y atávico parlamento previo.
Brinca ella, excitada y recelosa; se aturde por el ímpetu cálido que la recorre. Y aturdida, conmovida, descuidada, depone su guardia montaraz y rueda con un relincho de pánico al primer salto y el primer zarpazo del puma.
Como herido en sus carnes, como perseguido por la fiera que está sangrando a la hembra, el caballo enloquece en una disparada que es traqueteo penoso rumbo adentro del arenal.

Corta fue la arena para el terror. La uña pisa ya la ciénaga salitrosa. Es una adherencia, un arrastre que pareciera chuparlo hacia el fondo del suelo. Tiene que salir, pero sale a la planicie blanca, apenas de cuando en cuando moteada por la arenilla.
Gana fuerzas para otro empujoncito mascando vidriera, la hija solitaria del salitral, una hoja como de papel que envuelve el tallo alto de dos metros igual que si apañara un bastón
Más adelante persigue los olores. Huele con avidez. Capta algo en el aire y se empeña tras de eso, con su paso de enfermo, hasta que lo pierde y se pierde.
Ahora percibe el olor de pasto, de pasto pastoso, jugoso, de corral. Lo ventea y mastica el freno como si mascara pasto. Masca, huele y gira para alcanzar lo que imagina que masca. Está oliendo el pasto de su carro, persiguiendo enfebrecido lo que carga detrás. Ronda una ronda mortal. El carro hace huella, se atasca y ya no puede, el caballejo, salir adelante. Tira, saca pecho y patina. Su última vida se gasta.
Tan sequito está, tan flaco, que luego, al otro o al otro día, como ya no gravita nada, el peso de los fardos echa el carro hacia atrás, las varas apuntan al firmamento y el cuerpo vencido queda colgado en el aire.
Por allá, entretanto, acude con su oscura vestimenta el jote, el que no come solo.

Un setiembre

Lavado está el carro, lavados los huesos, más que de lluvia, por las emanaciones corrosivas y purificadoras del salitre.
Ruina son los huesos, caídos y dispersos, perdida la jaula del pellejo. Pero en una punta de vara enredó sus cueros el cabezal del arreo y se ha hecho bolsa que contiene, boca arriba, el largo cráneo medio pelado.
Sobre la ruina transcurre la vida, a la búsqueda de la seguridad de subsistencia: una bandada de catitas celestes, casi azules los machos, de un blanco apenas bañado de cielo las hembras.
Con ellas, una pareja de palomas torcazas emigra de la sequía puntana. Ya descubren, desde el vuelo, la excitante floración del chañar brea, que anchamente pinta de amarillo los montes del oeste.
Sin embargo, la palomita del fresco plumaje pardo comprende que no podrá llegar con su carga de madre. Se le revela, abajo, en medio de la tensa aridez del salitral, el carro que puede ser apoyo y refugio. Hace dos círculos en el aire, para descender. Zurea, para advertir al palomo que no lo sigue. Pero el macho no se detiene y la familia se deshace.
No importa, porque la madre ha encontrado nido hecho donde alumbrar sus huevos. Como una mano combada, para recibir el agua o la semilla, ]a cabeza invertida del caballito ciego acoge en el fondo a la dulcísima ave. Después, cuando se abran los huevos, será una caja de trinos.


Las últimas miradas

Un cuento de Enrique Anderson Imbert

El hombre mira a su alrededor. Entra en el baño. Se lava las manos. El jabón huele a violetas. Cuando ajusta la canilla, el agua sigue goteando. Se seca. Coloca la toalla en el lado izquierdo del toallero: el derecho es el de su mujer. Cierra la puerta del baño para no oír el goteo. Otra vez en el dormitorio. Se pone una camisa limpia: es de puño francés. Hay que buscar los gemelos. La pared está empapelada con dibujos de pastorcitas y pastorcitos. Algunas parejas desaparecen debajo de un cuadro que reproduce Los amantes de Picasso, pero más allá, donde el marco de la puerta corta un costado del papel, muchos pastorcitos se quedan solos, sin sus compañeras. Pasa al estudio. Se detiene ante el escritorio. Cada uno de los cajones de ese mueble grande como un edificio es una casa donde viven cosas. En una de esas cajas las cuchillas de la tijera deben de seguir odiándoles como siempre. Con la mano acaricia el lomo de sus libros. Un escarabajo que cayó de espaldas sobre el estante agita desesperadamente sus patitas. Lo endereza con un lápiz. Son las cuatro del la tarde. Pasa al vestíbulo. Las cortinas son rojas. En la parte donde les da el Sol, el rojo se suaviza en un rosado. Ya a punto de llegar a la puerta de salida se da vuelta. Mira a dos sillas enfrentadas que parecen estar discutiendo ¡todavía! Sale. Baja las escaleras. Cuenta quince escalones. ¿No eran catorce? Casi se vuelve para contarlos de nuevo pero ya no tiene importancia. Nada tiene importancia. Se cruza a la acera de enfrente y antes de dirigirse hacia la comisaría mira la ventana de su propio dormitorio. Allí dentro ha dejado a su mujer con un puñal clavado en el corazón.


Cuento azul

Un cuento de Marguerite Yourcenar

Los mercaderes procedentes de Europa estaban sentados en el puente, de cara a la mar azul, en la sombra color índigo de las velas remendadas de retazos grises. El sol cambiaba constantemente de lugar entre los cordajes y, con el balanceo del barco, parecía estar saltando como una pelota que rebotara por encima de una red de mallas muy abiertas. El navío tenía que virar continuamente para evitar los escollos; el piloto, atento a la maniobra, se acariciaba el mentón azulado.

Al crepúsculo, los mercaderes desembarcaron en una orilla embaldosada de mármol blanco; vetas azuladas surcaban la superficie de las grandes losas que antaño fueran revestimiento de templos. La sombra que cada uno de los mercaderes arrastraba tras de sí por la calzada, al caminar en el sentido del ocaso, era más alargada, más estrecha y no tan oscura como en pleno mediodía; su tonalidad, de un azul muy pálido, recordaba a la de las ojeras que se extienden por debajo de los párpados de una enferma. En las blancas cúpulas de las mezquitas espejeaban inscripciones azules, cual tatuajes en un seno delicado; de vez en cuando, una turquesa se desprendía por su propio peso del artesonado y caía con un ruido sordo sobre las alfombras de un azul muelle y descolorido.

Se levantó la luna y emprendió una danza errática, como un espíritu endiablado, entre las tumbas cónicas del cementerio. El cielo era azul, semejante a la cola de escamas de una sirena, y el mercader griego encontraba en las montañas desnudas que bordeaban el horizonte un parecido con las grupas azules y rasas de los centauros.

Todas las estrellas concentraban su fulgor en el interior del palacio de las mujeres. Los mercaderes penetraron en el patio de honor para resguardarse del viento y del mar, pero las mujeres, asustadas, se negaban a recibirlos y ellos se desollaron en vano las manos a fuerza de llamar a las puertas de acero, relucientes como la hoja de un sable.

Tan intenso era el frío, que el mercader holandés perdió los cinco dedos de su pie izquierdo; al mercader italiano le amputó los dedos de la mano derecha una tortuga que él había tomado, en la oscuridad, por un simple cabujón de lapislázuli. Por fin, un negrazo salió del palacio llorando y les explicó que, noche tras noche, las damas rechazaban su amor por no tener la piel suficientemente oscura. El mercader griego supo congraciarse con el negro merced al regalo de un talismán hecho de sangre seca y de tierra de cementerio, así es que el nubio los introdujo en una gran sala color ultramar y recomendó a las mujeres que no hablaran demasiado alto para que no despertaran los camellos en su establo y no se alterasen las serpientes que chupan la leche del claro de luna.

Los mercaderes abrieron sus cofres ante los ojos ávidos de las esclavas, en medio de olorosos humos azules, pero ninguna de las damas respondió a sus preguntas y las princesas no aceptaron sus regalos. En una sala revestida de dorados, una china ataviada con un traje anaranjado los tachó de impostores, pues las sortijas que le ofrecían se volvían invisibles al contacto de su piel amarilla. Ninguno advirtió la presencia de una mujer vestida de negro, sentada en el fondo de un corredor, y como le pisaran sin darse cuenta los pliegues de su falda, ella los maldijo invocando al cielo azul en la lengua de los tártaros, invocando al sol en la lengua turca, e invocando la arena en la lengua del desierto. En una sala tapizada de telas de araña, los mercaderes no obtuvieron respuesta de otra mujer, vestida de gris, que sin cesar se palpaba para estar segura de que existía; en la siguiente sala, color grana, los mercaderes huyeron a la vista de una mujer vestida de rojo que se desangraba por una ancha herida abierta en el pecho, aunque ella parecía no darse cuenta, ya que su vestido no estaba ni siquiera manchado.

Pudieron al cabo refugiarse en el ala donde estaban las cocinas y allí deliberaron acerca del mejor medio para llegar hasta la caverna de los zafiros. Constantemente los molestaba el trajín de los aguadores, y un perro sarnoso fue a lamer el muñón azul del mercader italiano, el que había perdido los dedos. Al fin, vieron aparecer por la escalera de la bodega a una joven esclava que llevaba hielo granizado en un ataifor de cristal turbio; lo depositó sin mirar dónde, sobre una columna de aire, para dejarse las manos libres y poder saludar, levantándolas hasta la frente, donde llevaba tatuada la estrella de los magos. Sus cabellos azul-negros fluían desde las sienes hasta los hombros; sus ojos claros miraban el mundo a través de dos lágrimas; y su boca no era sino una herida azul. Su vestido color lavanda, de fina tela desteñida por hartos lavados, estaba desgarrado en las rodillas, pues la joven tenía por costumbre prosternarse para rezar y lo hacía constantemente.

Poco importaba que no comprendiera la lengua de los mercaderes, pues era sordomuda; así, se limitó a asentir gravemente con la cabeza cuando ellos inquirieron cómo ir hasta el tesoro mostrándole en un espejo sus ojos color de gema y señalando luego la huella de sus pasos en el polvo del corredor. El mercader griego le ofreció sus talismanes: la niña los rechazó como lo hubiera hecho una mujer dichosa, pero con la sonrisa amarga de una mujer desesperada; el mercader holandés le tendió un saco lleno de joyas, pero ella hizo una reverencia desplegando con las manos el pobre vestido todo roto, y no les fue posible adivinar si es que se juzgaba demasiado indigente o demasiado rica para tales esplendores.

Luego, con una brizna de hierba levantó el picaporte de la puerta y se encontraron en un patio redondo como el interior de un pozal, lleno hasta los bordes de la fría luz matinal. La joven se sirvió de su dedo meñique para abrir la segunda puerta que daba a la llanura y, uno tras otro, se encaminaron hacia el interior de la isla por un camino bordeado de matas de aloe. Las sombras de los mercaderes iban pegadas a sus talones, cual siete víboras pequeñas y negras, en tanto que la muchacha estaba desprovista de toda sombra, lo que les dio que pensar si no sería un fantasma.

Las colinas, azules a distancia, se volvían negras, pardas o grises a medida que se aproximaban; sin embargo, el mercader de la Turena no perdía el valor y para darse ánimos cantaba canciones de su tierra francesa. El mercader castellano recibió por dos veces la picadura de un escorpión y sus piernas se hincharon hasta las rodillas y cobraron un color de berenjena madura, pero no parecía sentir dolor alguno e incluso caminaba con el paso más seguro y más solemne que los otros, como si estuviera sostenido por dos gruesos pilares de basalto azul. El mercader irlandés lloraba viendo cómo gotas de sangre pálida perlaban los talones de la muchacha, que andaba descalza sobre cascos de porcelana y de vidrios rotos.

Cuando llegaron al sitio, tuvieron que arrastrarse de rodillas para entrar a la caverna, que no abría al mundo más que una boca angosta y agrietada. La gruta era, sin embargo, más espaciosa de lo que hubiera podido esperarse y, así que sus ojos hubieron hecho buenas migas con las tinieblas, descubrieron por doquier fragmentos de cielo entre las fisuras de la roca. Un lago muy puro ocupaba el centro del subterráneo, y cuando el mercader italiano lanzó una guija para calcular la profundidad, no se la oyó caer, pero se formaron pompas en la superficie, como si una sirena bruscamente desesperada hubiera expelido todo el aire que llenaba sus pulmones. El mercader griego empapó sus manos ávidas en aquella agua y las sacó teñidas hasta las muñecas, como si se tratara de la tina hirviendo de una tintorera; mas no logró apoderarse de los zafiros que bogaban, cual flotillas de nautilos, por aquellas aguas más densas que las de los mares. Entonces, la joven deshizo sus largas trenzas y sumergió los cabellos en el lago: los zafiros se prendieron en ellos como en las mallas sedosas de una oscura red. Llamó primero al mercader holandés, que se metió las piedras preciosas en las calzas; luego, al mercader francés, que se llenó el chapeo de zafiros; el mercader griego atiborró un odre que llevaba al mercader castellano, arrancándose los sudados guantes de cuero, los llenó y se los puso colgados al cuello, de tal suerte que parecía llevar dos manos cortadas. Cuando le llegó el turno al mercader irlandés, ya no quedaban zafiros en el lago; la joven esclava se quitó un colgante de abalorios que llevaba y por señas le ordenó que se lo pusiera sobre el corazón.

Salieron arrastrándose de la caverna y la muchacha pidió al mercader irlandés que la ayudara a rodar una gruesa piedra para cerrar la entrada. Luego, colocó un precinto confeccionado con un poco de arcilla y una hebra de sus cabellos.

El camino se les hizo más largo que a la ida por la mañana. El mercader castellano, que empezaba a sufrir a causa de sus piernas emponzoñadas, se tambaleaba y blasfemaba invocando el nombre de la madre de Dios. El mercader holandés, que estaba hambriento, trató de arrancar las azules brevas maduras, de una higuera, pero un enjambre de abejas ocultas en la espesura almibarada lo picaron profundamente en la garganta y en las manos.

Llegados al pie de las murallas, el grupo dio un rodeo para evitar a los centinelas y se dirigieron sin hacer ruido hacia el puerto de los pescadores de sirenas, que estaba siempre desierto, pues hacía largo tiempo que no se pescaban ya sirenas en aquel país. La barca flotaba blandamente en el agua, amarrada al dedo de un pie de bronce, único resto de una estatua colosal erigida antaño en honor a un dios del que ya nadie recordaba el nombre. En el muelle, la esclava sordomuda hizo intención de despedirse de los hombres, saludándolos con las manos puestas en el corazón; entonces, el mercader griego la tomó por las muñecas y la arrastró hasta el barco, movido por el propósito de venderla al príncipe veneciano del Negroponto, de quien se sabía que le gustaban las mujeres heridas o afectadas de alguna invalidez. La doncella se dejó llevar sin oponer resistencia y sus lágrimas, al caer sobre las maderas del puente, se transformaban en bellas aguamarinas, así es que sus verdugos se las ingeniaron para darle motivos que la hicieran llorar.

La dejaron desnuda y la ataron al palo mayor; su cuerpo era tan blanco que servía de fanal al barco en aquella noche clara navegando entre las islas. Cuando hubieron terminado su partida de palillos, los mercaderes bajaron a la cabina para echarse a dormir. Hacia el alba, el holandés subió al puente aguijoneado por el deseo y se acercó a la prisionera, dispuesto a violentarla. Mas he aquí que la niña había desaparecido: las ligaduras colgaban, vacías, del tronco negro del mástil, como un cinturón demasiado ancho, y en el lugar donde se habían posado sus pies suaves y delgados no quedaba otra cosa que un mantoncito de hierbas aromáticas que exhalaban un humillo azul.

En los días que siguieron reinó una calma chicha, y los rayos del sol, que caían a plomo sobre la lisa superficie color de algas, producían un chirrido de hierro candente sumergido en agua fría. Las piernas gangrenadas del mercader castellano se habían puesto azules como las montañas que se columbraban en el horizonte y purulentos regueros se deslizaban desde las tablas del puente hasta el mar. Cuando el sufrimiento se hizo intolerable, el hombre sacó del cinturón una ancha daga triangular y se cercenó a la altura de los muslos las dos piernas envenenadas. Murió agotado al despuntar la aurora, después de haber legado sus zafiros al mercader suizo, que era su enemigo mortal.

Al cabo de una semana recalaron en Esmirna y el mercader de Turena, que siempre había temido al mar, optó por desembarcar, con intención de continuar su viaje a lomos de una buena mula. Un banquero armenio le cambió los zafiros por diez mil monedas con la efigie del Preste Juan. Eran piezas perfectamente redondas y el francés cargó alegremente con ellas hasta trece mulos; pero, así que llegó a Angers, tras siete años de viaje, se encontró con la sorpresa de que las monedas del monarca-preste no tenían curso en su país.

En Ragusa, el mercader holandés trocó sus zafiros por una jarra de cerveza servida en el mismo muelle, pero tuvo que escupir aquel insulso líquido aventado que no tenía el mismo gusto que la cerveza de las tabernas de Ámsterdam. El mercader italiano desembarcó en Venecia con el propósito de hacerse proclamar Dogo, mas pereció asesinado al día siguiente de sus nupcias con la laguna. En cuanto al mercader griego, se le ocurrió atar los zafiros a un cabo largo y suspenderlos en el costado de la barca, esperando que el contacto con las olas fuera benéfico para su hermoso color azul. Al mojarse, las gemas se volvieron líquidas y apenas si añadieron al tesoro del mar unas pocas gotas de agua transparente. El hombre se consoló pescando peces y asándolos al rescoldo de la ceniza.

Un atardecer, al cabo de veintisiete días de navegación, el barco fue atacado por un corsario. El mercader de Basilea se tragó sus zafiros para sustraerlos de la avaricia de los piratas y murió de atroces dolores de entrañas. El griego se echó al mar y fue recogido por un delfín, que lo condujo hasta Tinos. El irlandés, molido a golpes, fue dejado por muerto en la barca, entre los cadáveres y los sacos vacíos; nadie se tomó la molestia de quitarle el colgante de falsas piedras azules, que no tenía ningún valor. Treinta días más tarde, la barca a la deriva entró por sí misma en el puerto de Dublín y el irlandés echó pie a tierra para mendigar un pedazo de pan.

Estaba lloviendo. Los tejados oblicuos de las casas bajas sugerían grandes espejos destinados a captar los espectros de la luz muerta. La calzada desigual se encharcaba más y más; el cielo, de un parduzco sucio, parecía tan cenagoso que ni los ángeles se hubieran atrevido a salir de la casa de Dios; las calles estaban desiertas; el puesto de un mercero ambulante, que vendía calcetines de lana cruda y cordones para los zapatos, se veía abandonado al borde de una acera debajo de un paraguas abierto. Los reyes y los obispos esculpidos en el pórtico de la catedral no hacían nada para impedir que cayera la lluvia sobre sus coronas o sus mitras, y la Magdalena recibía el agua en sus senos desnudos.

El mercader, todo desalentado, fue a sentarse bajo el pórtico junto a una joven mendiga, tan pobre que su cuerpo, azulenco de frío, se veía a través de los desgarrones de su vestido gris. Sus rodillas se entrechocaban ligeramente; sus dedos cubiertos de sabañones apretaban un mendrugo de pan. El mercader le pidió por el amor de Dios que se lo diera, y ella se lo tendió en el acto. El mercader hubiera querido regalarle el colgante de abalorios azules, puesto que no tenla ninguna otra cosa que ofrecer; más en vano buscó en sus bolsillos, alrededor de su cuello, entre las cuentas de su rosario. No hallándolo, se echó a llorar desconsolado: no poseía ya nada que pudiera recordarle el color del cielo y la tonalidad del mar en donde había estado a punto de perecer.

Suspiró profundamente y, como el crepúsculo y la fría niebla se espesaban en derredor, la muchachita se apretujó contra él para darle calor. El hombre le hizo preguntas acerca del país y ella le contestó en el tosco dialecto del pueblo que dejara antaño, siendo aún muy chico. Entonces, apartó los cabellos desgreñados que cubrían el rostro de la mendiga, pero tan sucio estaba que la lluvia iba trazando en él regueritos blancos, y el mercader descubrió horrorizado que la niña era ciega y que una siniestra nube velaba el ojo izquierdo. No dejó por ello, sin embargo, de posar su cabeza en aquellas rodillas mal cubiertas de harapos y se durmió sosegado: el ojo derecho, que había visto privado de mirada, era milagrosamente azul.


El jardín encantado

Un cuento de
Italo Calvino

Giovannino y Serenella caminaban por las vías del tren. Abajo había un mar todo escamas azul oscuro azul claro; arriba un cielo apenas estriado de nubes blancas. Los rieles eran relucientes y quemaban. Por las vías se caminaba bien y se podía jugar de muchas maneras: mantener el equilibrio, él sobre un riel y ella sobre el otro, y avanzar tomados de la mano. 0 bien saltar de un durmiente a otro sin apoyar nunca el pie en las piedras. Giovannino y Serenella habían estado cazando cangrejos y ahora habían decidido explorar las vías, incluso dentro del túnel. Jugar con Serenella daba gusto porque no era como las otras niñas, que siempre tienen miedo y se echan a llorar por cualquier cosa. Cuando Giovannino decía: “Vamos allá”, Serenella lo seguía siempre sin discutir.

¡Deng! Sobresaltados miraron hacia arriba. Era el disco de un poste de señales que se había movido. Parecía una cigüeña de hierro que hubiera cerrado bruscamente el pico. Se quedaron un momento con la nariz levantada; ¡qué lástima no haberlo visto! No volvería a repetirse.

-Está a punto de llegar un tren -dijo Giovannino.

Serenella no se movió de la vía.

-¿Por dónde? -preguntó.

Giovannino miró a su alrededor, con aire de saber. Señaló el agujero negro del túnel que se veía ya límpido, ya desenfocado, a través del vapor invisible que temblaba sobre las piedras del camino.

-Por allí -dijo. Parecía oír ya el oscuro resoplido que venía del túnel y vérselo venir encima, escupiendo humo y fuego, las ruedas tragándose los rieles implacablemente.

-¿Dónde vamos, Giovannino?

Había, del lado del mar, grandes pitas grises, erizadas de púas impenetrables. Del lado de la colina corría un seto de ipomeas cargadas de hojas y sin flores. El tren aún no se oía: tal vez corría con la locomotora apagada, sin ruido, y saltaría de pronto sobre ellos. Pero Giovannino había encontrado ya un hueco en el seto.

-Por ahí.

Debajo de las trepadoras había una vieja alambrada en ruinas. En cierto lugar se enroscaba como el ángulo de una hoja de papel. Giovannino había desaparecido casi y se escabullía por el seto.

-¡Dame la mano, Giovannino!

Se hallaron en el rincón de un jardín, los dos a cuatro patas en un arriate, el pelo lleno de hojas secas y de tierra. Alrededor todo callaba, no se movía una hoja. “Vamos” dijo Giovannino y Serenella dijo: “Sí”.

Había grandes y antiguos eucaliptos de color carne y senderos de pedregullo. Giovannino y Serenella iban de puntillas, atentos al crujido de los guijarros bajo sus pasos. ¿Y si en ese momento llegaran los dueños?

Todo era tan hermoso: bóvedas estrechas y altísimas de curvas hojas de eucaliptos y retazos de cielo, sólo que sentían dentro esa ansiedad porque el jardín no era de ellos y porque tal vez fueran expulsados en un instante. Pero no se oía ruido alguno. De un arbusto de madroño, en un recodo, unos gorriones alzaron el vuelo rumorosos. Después volvió el silencio. ¿Sería un jardín abandonado?

Pero en cierto lugar la sombra de los árboles terminaba y se encontraron a cielo abierto, delante de unos bancales de petunias y volúbilis bien cuidados, y senderos y balaustradas y espalderas de boj. Y en lo alto del jardín, una gran casa de cristales relucientes y cortinas amarillo y naranja.

Y todo estaba desierto. Los dos niños subían cautelosos por la grava: tal vez se abrirían las ventanas de par en par y severísimos señores y señoras aparecerían en las terrazas y soltarían grandes perros por las alamedas. Cerca de una cuneta encontraron una carretilla. Giovannino la cogió por las varas y la empujó: chirriaba a cada vuelta de las ruedas con una especie de silbido. Serenella se subió y avanzaron callados, Giovannino empujando la carretilla y ella encima, a lo largo de los arriates y surtidores.

-Esa -decía de vez en cuando Serenella en voz baja, señalando una flor.

Giovannino se detenía, la cortaba y se la daba. Formaban ya un buen ramo. Pero al saltar el seto para escapar, tal vez tendría que tirarlas.

Llegaron así a una explanada y la grava terminaba y el pavimento era de cemento y baldosas. Y en medio de la explanada se abría un gran rectángulo vacío: una piscina. Se acercaron: era de mosaicos azules, llena hasta el borde de agua clara.

-¿Nos zambullimos? -preguntó Giovannino a Serenella.

Debía de ser bastante peligroso si se lo preguntaba y no se limitaba a decir: “¡Al agua!”. Pero el agua era tan límpida y azul y Serenella nunca tenía miedo. Bajó de la carretilla donde dejó el ramo. Llevaban el bañador puesto: antes habían estado cazando cangrejos. Giovannino se arrojó, no desde el trampolín porque la zambullida hubiera sido demasiado ruidosa, sino desde el borde. Llegó al fondo con los ojos abiertos y no veía más que azul, y las manos como peces rosados, no como debajo del agua del mar, llena de informes sombras verdinegras. Una sombra rosada encima: ¡Serenella! Se tomaron de la mano y emergieron en la otra punta, con cierta aprensión. No había absolutamente nadie que los viera. No era la maravilla que imaginaban: quedaba siempre ese fondo de amargura y de ansiedad, nada de todo aquello les pertenecía y de un momento a otro ¡fuera!, podían ser expulsados.

Salieron del agua y justo allí cerca de la piscina encontraron una mesa de ping-pong. Inmediatamente Giovannino golpeó la pelota con la paleta: Serenella, rápida, se la devolvió desde la otra punta. Jugaban así, con golpes ligeros para que no los oyeran desde el interior de la casa. De pronto la pelota dio un gran rebote y para detenerla Giovannino la desvió y la pelota golpeó en un gong colgado entre los pilares de una pérgola, produciendo un sonido sordo y prolongado. Los dos niños se agacharon en un arriate de ranúnculos. En seguida llegaron dos criados de chaqueta blanca con grandes bandejas, las apoyaron en una mesa redonda debajo de un parasol de rayas amarillas y anaranjadas y se marcharon.

Giovannino y Serenella se acercaron a la mesa. Había té, leche y bizcocho. No había más que sentarse y servirse. Llenaron dos tazas y cortaron dos rebanadas. Pero estaban mal sentados, en el borde de la silla, movían las rodillas. Y no lograban saborear los pasteles y el té con leche. En aquel jardín todo era así: bonito e imposible de disfrutar, con esa incomodidad dentro y ese miedo de que fuera sólo una distracción del destino y de que no tardarían en pedirles cuentas.

Se acercaron a la casa de puntillas. Mirando entre las tablillas de una persiana vieron, dentro, una hermosa habitación en penumbra, con colecciones de mariposas en las paredes. Y en la habitación había un chico pálido. Debía de ser el dueño de la casa y del jardín, agraciado de él. Estaba tendido en una mecedora y hojeaba un grueso libro ilustrado. Tenía las manos finas y blancas y un pijama cerrado hasta el cuello, a pesar de que era verano.

A los dos niños que lo espiaban por entre las tablillas de la persiana se les calmaron poco a poco los latidos del corazón. El chico rico parecía pasar las páginas y mirar a su alrededor con más ansiedad e incomodidad que ellos. Y era como si anduviese de puntillas, como temiendo que alguien pudiera venir en cualquier momento a expulsarlo, como si sintiera que el libro, la mecedora, las mariposas enmarcadas y el jardín con juegos y la merienda y la piscina y las alamedas le fueran concedidos por un enorme error y él no pudiera gozarlos y sólo experimentase la amargura de aquel error como una culpa.

El chico pálido daba vueltas por su habitación en penumbra con paso furtivo, acariciaba con sus blancos dedos los bordes de las cajas de vidrio consteladas de mariposas y se detenía a escuchar. A Giovannino y Serenella el corazón les latió aún con más fuerza. Era el miedo de que un sortilegio pesara sobre la casa y el jardín, sobre todas las cosas bellas y cómodas, como una antigua injusticia.

El sol se oscureció de nubes. Muy calladitos, Giovannino y Serenella se marcharon. Recorrieron de vuelta los senderos, con paso rápido pero sin correr. Y atravesaron gateando el seto. Entre las pitas encontraron un sendero que llevaba a la playa pequeña y pedregosa, con montones de algas que dibujaban la orilla del mar. Entonces inventaron un juego espléndido: la batalla de algas. Estuvieron arrojándoselas a la cara a puñados, hasta caer la noche. Lo bueno era que Serenella nunca lloraba.


¿Fue el destino?

Un cuento de Liborio Justo *

Esta tarde, Kaukokiol, el viejo ovejero ona, dejó vagar una vez más su imaginación por aquellos días que habían pasado y que no habían de volver. Estaba sentado junto al fuego, sobre un gran tronco de ciprés, allá en el puesto Norte de Bahía Thestis, cerca de la costa del mar. Apretaba entre sus labios un cigarrillo, que aspiraba nerviosamente, nublándose tras la opacidad del humo, que pronto disipaba el viento del Oeste. Tenía la frente sombría sobre la que se arremolinaba un cúmulo de tristezas, y su vista se perdía lejanamente en el paisaje de un mundo que había sido suyo cuando allí no existía más límite que el del horizonte.

“…Ashloen era mi hermano. Era fuerte y valiente como yo. Nunca tembló en los combates y siempre era el primero en lanzar su flecha. Tenía astucia y fiereza cuando corría tras el guanaco, y nadie como él sabía encontrarlo cuando huía a los cerros escondidos. Los hombres de mi tribu lo querían y respetaban. Poseía el mejor quillango que se había hecho con pieles de chulengos que antes se cazaban en el Norte, y era el más hábil para marisquear cuando bajábamos a las costas. Tenía el corazón grande y era valiente como yo. Éramos hijos del mismo padre.

“Yo quería a mi hermano Ashloen; lo quería porque era noble y fuerte y siempre me miraba sonriendo, como lo hacía mi padre, cuando yo no salía aún de las rucas y no me habían llevado a correr por los cerros con el arco y las flechas en el carcaj.

“Yo quería a mi hermano Ashloen. Pero a medida que fui creciendo, todo lo que a él se refería comenzó a mortificarme porque me hacía sombra. Su personalidad y su destreza, que tanto antes había admirado, ahora me herían como si fueran insultos. Me empequeñecían. Y hasta que, por fin, empecé a odiarlo con la misma fuerza con que lo había querido. Dejé de hablarle y, en todas partes y por cualquier motivo, no perdía oportunidad de tratar de humillarlo o de competir con él para buscar la ocasión de vencerlo. Pero Ashloen, aunque sorprendido al principio, siempre disimulaba y evitaba. Yo comprendía que para él todo esto era inexplicable y que le dolía, pero nunca me dijo una palabra y seguimos viviendo en esa situación, que se tornaba violenta por momentos, pero que él siempre rehuía.

“Por fin hubo de estallar algún día. Porque también los dos amábamos la misma mujer. Kahata era hermosa y tenía unos ojos tan dulces que, cuando no la veía, pensaba en ella continuamente. Ashloen la quería con locura, y yo lo sabía. Aunque podría decir que yo también la amaba tanto como él.

“Hasta que después de habernos encontrado muchas veces cerca de ella, cruzándonos sin miramos, resolví hablarle, aunque había pasado largo tiempo sin hacerlo.

“–Ashloen –le dije–, las cosas no pueden continuar así. Tú amas a Kahata y yo también la amo. Entonces lo decidiremos en una cacería. El que mate más guanacos se quedará con ella… y el otro se irá de aquí para siempre.

“Se mostró algo sorprendido, pero me escuchó atentamente hasta el fin.

“–Está bien –se limitó a contestar después de un rato de silencio.

“Nos separamos. Yo conocía la habilidad de mi hermano para la caza, pero también tenía fe en mí mismo y sabía que podía hacerla. Era diestro como él. Éramos hijos del mismo padre.

“Esperamos varios días hasta que el tiempo se compuso. Y una madrugada salimos para los cerros, por distintos caminos, aunque alcanzábamos, a lo lejos, a divisarnos. Así marchamos varias horas por las cuestas. Hasta que, por fin, lo perdí de vista.

“Mucho tiempo después, sobre la cumbre de una loma, pude ver una tropilla, que se movía empezando a bajar por la falda. Arriba dejaba el punto negro de un hombre. A la distancia lo reconocí. Era Ashloen, y los animales habían pasado tan cerca de él que, seguramente, había podido hacer una verdadera matanza. Me mordí los labios de impaciencia y me lancé al encuentro de los que llegaban.

“Escondido tras unas altas piedras, pude derribar algunos antes de que escaparan. Calculé que era un buen número, pero temía que mi hermano me hubiera superado. Lo puse en lugar seguro e inicié el regreso para llegar antes que anocheciera.

“Cuando iba marchando por la senda me encontré con Ashloen que me estaba esperando. Desde lejos me miró como pidiéndome informes.

“–He muerto cuatro –le anuncié a la distancia, esperando ansiosamente su respuesta.

“–Está bien –me contestó–, es tuya.

“Una mueca de satisfacción apareció en mi rostro. Lo miré lanzándole a la cara todo el odio que por tanto tiempo había contenido. Ya no lo admiraba más. Lo había vencido. Y lo había vencido doblemente.

“Pero él se volvió para irse, sin decirme siquiera cuántos animales había muerto, ni tratar de verificar si yo no le había mentido.

“Regresamos por distintos caminos como habíamos venido. Cada cual fue a su tienda, y yo me preparé para visitar a Kahata, que ahora era mía.

“Tardé un rato en arreglarme y enseguida llegué hasta su ruca, donde la encontré sentada tejiendo. Me recibió alegre y sonriente. Yo entonces le dije que se preparara, que iba a ser mi esposa y que pronto celebraríamos la ceremonia.

“Se mostró sorprendida, interrogándome con la mirada. No comprendía. Por fin, sospechando algo, me preguntó por Ashloen. Entonces yo le dije que había partido y que no volvería más.

“Se puso de pie azorada, no queriendo dar crédito a lo que oía.

“–Sí –le confirmé–, así lo hemos resuelto.

“–¿Pero que no va a volver más? ¿Ashloen no va a volver más? –repetía mirándome con sus grandes ojos dulces inmensamente abiertos.

“–No, no, Kahata; esta misma noche ha partido.

“Y cuando se convenció de que no le mentía, bajó su frente, llevándose las manos al rostro y se lanzó al interior de la tienda, desde donde escuché sus incontenibles sollozos.

“Entonces comprendí claramente que era a él a quien amaba. Se me deshizo el corazón y se me empañaron los ojos. Me quedé un rato en la puerta sin saber qué actitud tomar. Desde adentro los sollozos de Kahata seguían llegando cada vez más fuertes. Por fin, aunque me dolía y me mortificaba, decidí ir a ver a Ashloen y referirle lo acontecido.

“Caminando lentamente llegué hasta su toldo. Llamé, pero al parecer no estaba. Entré alumbrándome con una tea. Seguramente no se había ido aún. Examiné sus cosas y fui pasando revista, hallándolas todas. Un detalle, sin embargo, me llamó la atención y me dejó pensativo. Junto a su arco, sus flechas estaban allí todas e intactas. ¿Cómo? Si acabábamos de regresar de la cacería. Me quedé inmovilizado por mis pensamientos. Un rato estuve haciendo conjeturas.

“Entonces una terrible deducción se abrió camino en mi conciencia. ¡No había disparado ni una flecha! Y yo era testigo de que pudo haberlo hecho.

“¡No había querido vencerme!

“La impresión fue tan fuerte que hube de sostenerme para no caer. La frente me ardía. Todo allí me declaraba culpable. Las sombras pasaban por mi imaginación señalándome como un infame. Hasta lo más íntimo de mí mismo sentía la vileza de mi conducta. Y, de pronto, todo el gran amor y admiración que por él antes había sentido, volvió a hacerme latir el corazón, desgarrándome el pecho.

“–¡Ashloen! –grité desde el fondo de mi alma–. ¡Hermano! ¡Hermano mío!

“Y como un loco me lancé a buscarlo en la penumbra, repitiendo su nombre que nadie recogía.

“Esa noche volví a mi tienda y me tiré a dormir sin poder hacerlo en ningún momento. El remordimiento y el pesar me roían la conciencia, haciéndome sollozar como un niño.

“A la mañana siguiente, antes de que aclarara, arreglé mis cosas y salí en su busca, sin despedirme de nadie. Recorrí la costa; marché por los cerros, visité las tribus cercanas preguntando por él, sin hallarlo. Después, como un sonámbulo, seguí para el Oeste y crucé las montañas marchando días, semanas, meses…

“Cuando volví habían pasado muchos años, tantos como los dedos de cuatro manos. Todo estaba cambiado. Habían llegado los hombres blancos trayendo sus ovejas y pocas gentes quedaban de mi tribu. Todas me creían muerto y mi regreso causó verdadera sorpresa, tanta como la que, según supe, había provocado nuestra desaparición entonces. Mi padre había muerto y también Kahata.

“Yo me quedé allí un tiempo. Pero pronto, nuevamente, hube de alejarme, porque yo ya era un extraño para ellos y además aquel lugar me traía un sinnúmero de recuerdos penosos. Me lancé al campo que había sido nuestro y que ahora estaba cortado con alambrados. Muchas tribus habían sido exterminadas. Los guanacos, perseguidos por todas partes, habían ido a ocultarse en lo más intrincado de la montaña. Llegué aquí. Tenía hambre. Los hombres blancos me acogieron. Y me quedé para cuidar sus rebaños”.

La voz del viejo ona se apagó. Había una gran congoja en su espíritu, que flotaba en el ambiente. Había dejado caer la cabeza cargada de años y de pesadumbre. Pero pronto volvió a erguirla, recobrando su natural altivez.

Dos gruesas lágrimas resbalaron entonces por su rostro curtido y agrietado, mientras el resplandor de las llamas, fugazmente, las hacía brillar como dos luces.

[Publicado en Veintitrés, 23/01/11]

* Liborio Justo, hijo rebelde del presidente y militar conservador Agustín P. Justo. Escribió bajo el seudónimo de Quebracho y Lobodón Garra. Publicó La tierra maldita en 1932, libro de cuentos recientemente reeditado del cual se ha extraído el presente relato.


Amsterdam

(Una carta de amor)

Por Lalia Avila de Matula

Cuando cruzaba uno de los puentes de Herenstraat, en Amsterdam, me sorprendió la mirada que guardaba un par de ojos azules, nunca vistos. Esa, tu mirada profunda, entró en mi cuerpo produciéndome un escalofrío, después creí que me incendiaba. Era de mañana, el sol brillaba sobre el agua tranquila compitiendo con la luz de tus ojos. Yo quedé encandilado.

A la tarde siguiente tomamos un café, en un bar frente al río que atraviesa la ciudad. Más deslumbrado aún quedé cuando te sacaste el abrigo y descubrí tu hermosa y fina silueta bajo ese vestido ajustado. Pude recuperarme después de tomar mi café. Respiré hondo y comencé a hablar, para terminar con la timidez de tu silencio. Muchas veces hicimos interminables caminatas a la orilla del río soportando vientos fríos, lluvias y nevadas. Pero no nos interesaba, ¡estábamos tan embelesados! Por lo menos yo. Después de largos paseos, un día fuimos a comer a un Mc Donald’s esas hamburguesas baratas para sacarnos el hambre. Al salir a la calle nos sorprendió un torrente de agua y frío, te empapaste de las orejas a los pies. Yo no sentía nada más que a vos. Te invité a que vinieras a mi cuarto de pensión, donde viví durante el tiempo que estuve allí. Accediste, porque temblabas de frío y estabas a punto de desfallecer.

Cuando entramos nos vio Johnny, el portero, quién al ver las condiciones en que estabas no se atrevió a decirnos nada, porque no se podía entrar en la casa con acompañante. Allá en el sur, de donde soy yo, consideramos que las mujeres de tu país son liberadas, pero a vos no te ocurría lo mismo, porque a pesar del estado en que estabas te sonrojaste al entrar, cubriéndote el rostro con la capucha.

Mi pieza era humilde, y cuando entramos prendí la única hornalla de la pequeña cocina que estaba sobre una mesa que le hacía de apoyo. También el calefactor eléctrico que funcionaba con una sola vela. Te di todas las toallas que tenía, y te presté un saco de lana que me tejió mi abuela antes de morir. Yo tenía una terrible pena por no poder brindarte algo mejor. Nos sentamos al borde de la cama, te abracé y comencé a acariciarte. Tu boca se me ofreció vibrante. Después no sentimos más frío. Atropellados y torpes por la pasión y la emoción del primer encuentro entre nuestros cuerpos, quedó de lado todo lo que fuese ajeno. Una nube nos envolvió, no sé si era realidad o que me sentí en el cielo. En el camino de regreso a tu casa ya habías recuperado tu semblante habitual.

Al tiempo recibí una llamada de urgencia desde Buenos Aires. Era de don Juan, un vecino de mamá; para anunciarme la necesitad de mi presencia allá, porque la salud de mi madre estaba empeorando día a día, y había que tomar decisiones. Perdí todo; entre otras cosas el tan codiciado empleo que esperé durante años, después de recibirme. Combinamos que vendrías a vivir conmigo a Buenos Aires dentro de los tres meses, y yo volaba en sueños.

Regresé a mi país, te extraño mucho, y a pesar de que ha pasado tanto tiempo, más de dos años, no te puedo reemplazar por nadie. Te busco como esa mañana en el puente, y tu mirada ya no está. ¡No he recibido una sola carta tuya! Mi ansia quedó sin respuesta, pero no puedo olvidar tus ojos, empañados en aquella despedida. Y quisiera tenerlos otra vez conmigo, como cuando te conocí.

Lalia Avila de Matula, 2011
laliama2@yahoo.com.ar


La sintaxis de los niños ricos

Por Javier Chiabrando

Estoy harto de que me manoseen la sintaxis. Que si el Señor la puso ahí, en la punta de la lengua, donde se aposenta la ostia antes del lavado de capitales pecados, por algo será. No olvidamos que esa magullada sintaxis ha dejado de ser castellana o española para ser ¡argentina, carajo!, igual que nuestros ilustres representantes nacionales: el dulce de leche, la birome, los piquetes y el gordito ése que jugaba bastante bien al fútbol cuyo nombre nunca recuerdo. Quién no distinguiría a un espécimen argento en un bar de Finlandia, si el tipo, en un ataque de nostalgia de macho holando argentino, le dice al mozo de turno: “Dame la ginebra del estribo, che, para irme al catre con algo entre pecho y espalda que no sea el recuerdo de esa turra”.

Yendo al diccionario encontraríamos que la sintaxis tiene que ver con la forma en que uno organiza las frases para hablar, sea en una pelea entre marido y mujer, en un regateo con el verdulero, o al mandar al nene a dormir. La sintaxis es lo que le permite a un veterano levantarse a una piba joven y pipona, sea apelando a poemas de amor, a relatos de épicas antiguas o a descuidadas menciones al color de su Ferrari. La sintaxis es el territorio de la oración, administrador de la lengua, arquitecto del idioma. Estoy tentado y lo digo: la sintaxis lo es todo, vea usted. Si uno habla como un mono, es muy probable que esté cerca de serlo; y si no lo es, seguro que lo parece, así como que el que dice “el occiso es un femenino”, es un policía, clavado.

Es tan importante la sintaxis, tan determinante, tan desnudante de la personalidad, educa

ción y estado emocional del que la esgrime, que el escritor norteamericano y teórico de la escritura John Gardner sugiere que a un novelista le conviene estar casado para que alguien llene la olla en tiempo de vacas flacas, pero que eso no le tiene que dar culpa, porque “se le va a notar en la sintaxis” de su escritura.

A mí me parece que, como tantas otras cosas, antes era más fácil. Hace un par de décadas, nomás, uno sabía que los pobres eran más burros que los ricos y que hablaban peor. Y entre los ricos y los pobres, estaba la clase media que, con sus pretensiones de “mi hijo el doctor”, intentaba no parecerse a los pobres y burros (que solían ser negros, además) sin que la confundieran con los ricos y no burros, aunque esta posibilidad era imposible porque a ese olimpo no se llega hablando bien sino teniendo plata.

Ahora es más confuso. Ahí anda Macri, rey de la primavera de Barrio Norte, ingeniero al que le salen torcidos los túneles para desagotar la lluvia, ejemplar vivo, puro por cruza de rico con rica, de lo que antes se reconocía fácil como rico y no burro, pero que usa la sintaxis como la mona y el mono juntos, tanto que podría decirse que no es sintaxis sino cualquier porquería. Pero sí, es sintaxis, pero sintaxis de pobre y burro en boca de un rico. Tal vea sea todo culpa de la globalización, que nos enseñó que si una mariposa aletea en India, tiemblan los mercados en Curuzú Cuatiá, definición muy creativa pero que de ninguna manera aclara por qué Macri habla como habla.

Va una de mis teorías predilectas. Si usted tiene la idea que puede cambiar el mundo y la transmite mal porque su sintaxis es pobre, entonces haga de cuenta que esa idea nunca existió. Imagínese en una mesa con los líderes mundiales, usted tiene la palabra y lo que tiene para decir es de la ostia; pero, cuando abre la boca lo dice como Macri dice lo que dice, que no se sabe bien qué es ni para qué sirve. Por ahí Macri tiene grandes ideas, pero como las transmite con una sintaxis más de Twitter que de la Real Academia Española, nunca sabremos lo que realmente piensa y qué acuna en su generoso corazón. Yo tengo otra teoría (como para casi todas las cosas; es un vicio): los problemas de sintaxis se solucionan leyendo un par de libros al año. Más fácil imposible. Y no es necesario leer a Borges; con Harry Potter bastaría.

Hay algo de Macri que me divierte especialmente. Es cuando usa el plural al divino botón. “Tengo las experiencias” (por la experiencia), “los saberes” (por el saber), y cosas así. ¿Lo hace para duplicar la idea, que de por sí es flacona? ¿Lo hace porque cree que decir “abandonar las crispaciones” vendría a ser más atractivo que abandonar la crispación? ¿Tiene un frenillo díscolo? Y luego están las frases de “lugar común”, las que Macri (y otros, para ser honestos) dicen como para demostrar que están en posesión de una verdad, las del estilo “poner fin a las antinomias”, “una Argentina para todos”.

Eso lo aclara bien John Gardner: “Todos adoptamos máscaras lingüísticas (hábitos verbales) con las que enfrentamos al mundo (…) y una de las máscaras más eficaces que se conocen, al menos para enfrentarse a situaciones problemáticas, es la máscara del optimismo ingenuo (…) El uso de determinado tipo de lenguaje influye de tal modo en los procesos psicológicos que a quien lo emplea le resulta difícil comprender que dicho lenguaje distorsiona la realidad y le parece que los otros – en este caso quienes ven las cosas con mayor cautela o ironía- están ciegos”. Tomá mate. O sea, digo yo traduciendo al argentino: es el caso del que se quiere hacer el que la tiene clara pero minga, en lugar de hacérsela creer a los otros se la creyó él. Esto no es especialmente nocivo si uno usa ese “optimismo ingenuo” para levantarse una mina; ¿pero basta para construir un discurso que apunte a la toma de poder?

Me pregunto a cuánta gente, a la hora de elegir a sus líderes, le preocupa cómo habla. Me lo pregunto porque yo soy de los que creen que el que habla mal piensa mal o tiene las ideas mezcladas. Quizá es una exageración, pero también lo es hablar en plural cuando se debería hacer en singular o decir problemática en lugar de problema (ese ejemplo usaba Bioy Casares; yo lo repito). ¿Se imagina a Sarlo, Abraham, Lanata o Sebreli, por ejemplo, gente que usa una sintaxis de exposición, votando por Macri, un tipo que para juntar un sujeto, un verbo y un predicado tiene más problemas que Falcione para juntar un wing, un nueve y un volante que la metan? ¿Puede un intelectual votar a alguien a quien no respeta intelectualmente? ¡Ahá!

En esta época plagada de novedades políticas, cuando asistimos por primera vez a un conflicto de poderes de los poderes, los reales y los que lo parecen, los económicos y los políticos (lo que nos permite a nosotros entender qué categoría de títeres somos y ante qué deberíamos revelarnos en caso de que nos dé el cuero), hay una novedad más: por primera vez un gobierno se encuentra ante la situación de que para neutralizar a sus adversarios, en lugar de quitarles espacio mediático, debería creárselos; es decir aprovechar la ley de medios para fundar TV Carrió y Radio Macri, una radio donde el niño rico de la sintaxis pobre hable 24 horas al día, porque más habla, más deja al desnudo su pelea con la lengua y por lo tanto su pelea con las ideas. Porque uno es esclavo de sus propias palabras, o sea: uno es esclavo de su propia sintaxis; ¿quedó claro, fierita?

javierchiabrando@hotmail.com

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28611-2011-05-10.html


Fugitivos

Un texto de Juan Ramón Ortiz Galeano *

La mujer se envuelve con sus brazos y cuenta en voz baja: “Uno, dos, tres, cuatro; la lluvia es la agasajadora del fugitivo, pero el barro es su perdición”.

El hombre llega mojado a casa, trae un recipiente de vidrio rojizo en la mano izquierda, en el interior del mismo: un collar de madera.

El frasco es destapado y obsequiado es su contenido.

Pero lo más evidente en la actitud de un esclavo que ha cometido una grave falta, es el temor a flor de piel, la incalculable atención y la entrega físico espiritual absoluta, evidenciada en su mirada vibrante, desesperada, (¿fugitiva?); porte que exacerba el ya intrínseco enojo del amo, no que lo envalentona, como sucedería con un perro, sino que le otorga el justificativo que precisa para desatar toda su fiereza y crueldad contenida.

El collar está colgando del cuerpo desnudo de la muchacha, entre sus senos, seduciendo; entre sus pezones, endureciendo. Ella acomoda sus armas sobre la cama -que es ahora la guillotina-, y él la ama aferrado al amuleto, a su manera de pedir perdón. Pero es tarde: el metal es preciso y su espalda es perforada.

La mujer se levanta entre la sangre y camina, a paso lento, en dirección a un enorme espejo situado en la misma habitación (camina erguida pero visiblemente triste), se detiene frente al “reflejador” e intenta mantener el cuchillo dentro de la danza que -inconcientemente- ejecuta con sus dedos, danza que ejecuta para expulsar al miedo de su cuerpo, de su mente, para demostrar no temerle, pues: ¿quién bailaría aterrorizado? Pero pronto descubre que no puede engañarse a sí misma, y una lágrima surca su rígido pómulo derecho: ¿el arrepentimiento?, ¿la culpa?, ¿la angustia?, ¿el terror?; entonces, el puñal, que no se adapta a los quebradizos movimientos de los alocados bailarines, cae al piso, ensangrentado y rendido; dos sutiles sonidos son provocados por el impacto, ella baja su mirada para ver de qué se trata, y nota sobre el alfombrado, impresas en la sangre, huellas de pies desnudos que marcan el trayecto realizado entre la cama y el espejo; sorprendida alza su mirada y, escrutándola contra el espejo, descubre que se encuentra hermosa en el exacto momento en que el amanecer ilumina el cuarto.

[“Fugitivos”, relato ganador del “Premio Igriega” -Sevilla, España’- y publicado en la antología “Los Vicios Solitarios” – Junta de Andalucía, Consejería de la Presidencia, Depósito Legal: SE-4396-03, Sevilla, 2003-. Pertenece al libro inédito “El Enfermero Enamorado y la Gata de Azúcar”]

* Juan Ramón Ortiz Galeano, escritor argentino nacido en Buenos Aires (1975). Tiene estudios de Derecho. Premio “Igriega” de Relato Breve 2002 (Sevilla-España); Premio “El Arte de Escribir” de Poesía 2009, Finalista (Barcelona-España); Premio “Literarte” de Poesía 2010, Finalista (Buenos Aires-Argentina); Premio “Latin Heritage Foundation” de Poesía 2011 (Washington-Estados Unidos); Premio del Público “Poemas sin Rostro” 2011, Finalista (Murcia-España); Premio “Flor de Poesía” 2011, Finalista/en curso (Buenos Aires-Argentina).

Blog: www.juanramonortizgaleano.blogspot.com

    

El misterio (teológico) del cuarto cerrado

Por Carlos Monsivais (1938-2010)

Costó enorme trabajo abrir la puerta, y si con hachazos y voces, insistieron los soldados, sosteniendo su temblor con plegarias, se debió a los hedores que herían el olfato como manada de aberraciones. Al entrar al cuarto, el capitán y los sacerdotes que lo acompañaban se consternaron: allí, de bruces, con señales de encarnizamiento en la espalda, y el rostro difamado por el visaje más horrendo hasta entonces visto, se hallaba el dueño de la casa, don Alonso de Bilbao, comerciante en telas. Y el escenario no podía ser más triste: un camastro, unas tablas con ropa, una mesa desértica, una silla, un grabado. Ni un libro, ni una flor, ni un cuadro. Y a la certidumbre del asesinato, otra se añadió al instante: el cuarto estaba cerrado por dentro, a piedra y lodo, no había ventanas que propiciaran la fuga, ni puertas ocultas que diesen a un pasadizo decorado con fetos de monjas. Y vino en el acto un conocimiento agregado: nadie visitó al prestamista la última noche que se le vio con vida, y resultaba por entero imposible abrir el cuarto desde fuera, salvo que se acudiese a medidas extremas, que es de suponer dejan huella.

A fuerza de sinceridad, la muerte de don Alonso no causó pena alguna, muy por lo contrario. Sin faltarle el respeto a los difuntos, el desaparecido era un prestamista horrendo, el Príncipe del Agio. A él se le atribuían innumeras desgracias, muchas viudas le debían su condición, por lo menos la mitad de los niños que pedían limosna lo hacían a causa de sus maquinaciones. Pero si el asesinato era más que entendible, las circunstancias ofuscaban. Eran demasiados los que ansiaban eliminarlo, pero ningún ser humano había podido hacerlo. ¿Quién empuñó entonces la daga exterminadora?

* * *

En pleno siglo XVII un enigma indescifrable. En la ciudad sólo se hablaba del exterminio del avaro, un asesinato perfecto a costa del ser más imperfecto concebible. Obligado a hacer algo, el virrey le encargó el proceso al oidor don Juan de Valenzuela, hombre de luces varias y virtudes todas. A lo largo de meses y días Valenzuela ahondó en los hábitos del bruscamente fallecido, y supo de su aborrecimiento del mundo, de su desagradable austeridad, de sus sirvientes que sollozaban de hambre, de su dinero escondido en el Arzobispado. Pero ninguna pista en concreto, ningún deudor todopoderoso, ninguna forma de violar el cuarto cerrado.

En el transcurso de la pesquisa, Valenzuela llegó a detestar vívidamente a don Alonso de Bilbao. ¡Qué ser más innoble, qué desperdicio de la Creación! Merecía con creces su exterminio, ¿pero cómo había acontecido? En la frustración, acudió el oidor al supremo recurso: imitar la experiencia del difunto. Y así se hizo. Primero unos sacerdotes bendijeron el espacio sangriento y celebraron misa. Luego, armado hasta los dientes, y cubierto por las cruces que ahuyentarían al mal, Valenzuela se encerró en el cuarto, atrancándolo por dentro, en seguimiento exacto de los recelos de Bilbao. Y para tener al tanto de su situación a los soldados y los curas del otro lado de la puerta, el oidor rezó en voz muy alta, con parsimonia y piedad que arrullaban… hasta que un grito de agonía se esparció como piedra en el estanque, concitando el pavor. “¡Tú! ¡No puedes ser tú!”, fueron sus últimas palabras. Se apresuraron a forzar la puerta y allí estaba don Juan de Valenzuela, con el semblante empavorecido, hecho pedazos por la furia criminal.

* * *

“Obra del Averno”, dijeron todos en las calles mientras se santiguaban. El miedo se instaló por doquier, y nadie se atrevía siquiera a pasar frente a la residencia de Bilbao, ya inhabitable. Y el Señor Obispo, en una de las sobremesas interminables que lo afamaban, planeó la estrategia insuperable: la Prueba de la Convicción. La Alcoba Asesina, como ya se le nombraba, sería el laboratorio de la fe, el cementerio de hipocresías y de mentiras. Si la religión siempre necesita de la ejemplaridad de los creyentes, ninguna prueba tan conveniente como la permanencia en ese cuarto. Uno por uno, y entre alaridos y alardes de resistencia, allí se condujo a los sospechosos de herejía, a los marineros luteranos capturados en combate, a los ricos acusados de judaizantes, a los de convicciones pálidas y rezagadas. El Señor Obispo estableció el criterio: si el internado en la alcoba era hijo de Astaroth, su padre habría de protegerlo y, a su salida indemne del sitio, ya podría ser juzgado sin clemencia. Si no, Dios le tendría en cuenta su sacrificio. Y en cada uno de los casos sucedió lo mismo: rostros lívidos al entrar al aposento, silencio de minutos o de horas… y ayes súbitos, plegarias interrumpidas, forcejeos… Y al entrar religiosos y soldados, con despliegue de cruces y de espadas, el mismo espectáculo: un cadáver de facciones convulsas.

O el demonio era tan astuto que deseaba ver a sus criaturas enterradas en camposanto, o en verdad no eran sus hijos.

* * *

En los primeros meses, el asunto no le dijo nada a Fray Abelardo de Guzmán. “Vanidad de vanidades”, se limitaba a murmurar cuando le comentaban otro deceso. “¿Para qué arriesgar la vida en el lugar en donde convergen todas las miradas?” Sin embargo, algo había en la serie de crímenes que obligaba a pasarse las horas intercambiando anécdotas mínimas y repitiendo frases. Y una tarde, mientras rezaba, Fray Abelardo oyó un sonido del cielo, que fue aclarándose hasta volverse voz: “Todo está en El libro del escrúpulo justo y el hastío pecaminoso. Revísalo.”

Guzmán se levantó de un salto y, estremecido y lloroso, corrió a la biblioteca del convento. ¡Claro! ¿Por qué no había pensado en ese texto predilecto, justamente llamado “El Manual del buen confesor”. Aunque se lo sabía de memoria, lo revisó línea por línea, encontrando de nuevo el ánimo inflexible que convocaba a la expiación a los justos, y a la hoguera voluntaria a los pecadores. Horas fueron y vinieron, y la lectura no aportó la solución. Y con todo, allí, en esas páginas tan amadas, se concentraban el nombre del victimario y sus métodos, porque resuenen como resuenen, las Voces de lo Alto tienen algo en común: jamás mienten. Y, a diario, Fray Abelardo visitó la biblioteca, ya convencido de la cercanía de la meta: en algún abrir y cerrar de intuiciones, El libro del escrúpulo justo develaría su secreto. El espanto, se dijo, es la antesala de lo nuevo. El fin de los delitos es el principio fundador del confesionario.

Tarde a tarde, Fray Abelardo escuchó las palabras irrefutables: “Todo está en el libro. Y además, tú ya lo sabes.” Pero la obstinación no era suficiente, y la clave iluminadora no aparecía. ¿Qué hacer cuando, al mismo tiempo, Dios nos ilumina y nos oscurece el camino? El religioso estaba al tanto de los poderes de la oscuridad, pero seguía sin localizar la frase que los aniquilaría. Durante una semana, ante el clamor público, el Obispo pensó en incendiar la casa de Bilbao, pero Fray Abelardo lo persuadió. “Eso es rendirse ante Belcebú.” Y obtuvo para sí la última oportunidad.

El Te-Deum fue extraordinario. Asistieron el virrey y prácticamente todos los sacerdotes de la ciudad de México. Fray Abelardo fue ungido en ceremonia especial, los superiores de su orden lo aprovisionaron de crucifijos bendecidos por el Santo Padre, y el mismísimo Obispo lo abrazó. Y a su encuentro con el enigma lo aprovisionó la Iglesia debidamente. ¡Qué conjunto de objetos sacros para protegerle: cálices, hostiarios, crismeras, patenas, sagrarios, copones, lámparas, tercerillas, navetas, manifestadores, aureolas, custodios, estandartes, palmerines, platos petitorios, coronas, potencias de rayos luminosos, relicarios… Los objetos de salvaguardia se fundieron en un solo resplandor, que extirpó cualquier terror en los presentes.

Al entrar al cuarto Fray Abelardo rezó un Ave María. Luego, como sus predecesores, lo roció de agua bendita, y con gran valentía lo cerró por dentro. Estaba completamente solo, como nunca lo había estado en su vida, como si la Creación no hubiese ocurrido jamás o estuviese por desencadenarse. Examinó el aposento con avidez, queriendo extraer los secretos con el puro forcejeo de la mirada. En la primera hora nada ocurrió, y el silencio nada más profundizó el ruiderío de sus sentimientos. De pronto, al fijarse en la única imagen del cuarto, en el grabado de tema tan inocuo, Fray Abelardo hizo memoria. ¡Desde luego! Ésta era la cita, y allí estaba la clave. No se trataba del demonio, ni mucho menos, sino… En ese momento, impulsada por una rabia sarcástica, la daga le entró por la espalda, la primera de muchísimas veces.


Flavia

Por Eduardo Gudiño Kieffer (1935-2002)

Perdóneme usted el atrevimiento Flavia. Yo debería llamarla como al principio: Madame Flavia. Por muchas razones. Por respeto. Y porque así decía aquel anuncio suyo que ví en el diario: MADAME FLAVIA: comunicación con el más allá. En Buenos Aires es muy difícil comunicarse con el mas acá ya se sabe. !El problema de los teléfonos! Claro que eso no es motivo para buscar un entendimiento con almas que vagan por otros mundos. En realidad, si fui a verla aquella vez a su “estudio”, se debió a mi desconsuelo. Después de la muerte de Gracia (qué desgracia) yo me había convertido en un despojo. Aunque Gracia y yo no estábamos casados, sentí el rigor de la viudez como cualquier marido. Sábanas frías, platos sucios amontonándose en la cocina, ceniceros repletos de colillas, botones que insistían en caerse, ausencia de rezongos tan inaguantables como imprescindibles. En fin, todo eso que es parte de la confortable vida en común a lo largo de muchos años. Y aunque se que los espíritus no zurcen, no lavan la ropa, no fríen un huevo ni hacen el amor con resignada y hebdomadaria paciencia, pensé que a través de sus esotéricos oficios conseguiría por lo menos ver el fantasma de mi no tan amada pero si tan necesitada Gracia, oír su no tan amada pero si tan reprobadora (y por ende tranquilizante) voz. Por eso pedí turno por medio de un teléfono público milagroso (!funcionaba!) y acudí puntualmente a la cita que usted fijo para una semana más tarde. ¿Por qué no?. Nunca creí demasiado en la parapsicología pero la necesidad tiene cara de hereje. Y más cuando se trata de volver al yugo. No es masoquismo, creo que es comodidad. Habrá que preguntarle a los bueyes, más prudentes que los hombres porque no hablan, que yo sepa.
Debo confesarle, mi querida Flavia, que me sorprendí. En su “estudio” no había nada de lo que yo esperaba. Ni cortinados negros, ni candelabros con cirios, ni fotos o retratos de videntes célebres. Era un enorme ambiente luminoso en un primer piso de la calle Talcahuano, donde penetraban y se multiplicaban los agresivos ruidos del tránsito, sin duda más ominosos y contaminantes que los de ultratumba. ¿Y usted? Usted no se parecía en nada pero lo que se dice en nada a la imagen que yo me hacía de una medium. Me recibió vestida con un largo djellabah blanco con alamares dorados, que si bien era opaco permitía adivinar las formas de un cuerpo delgado y cimbreante. !Rubia natural, para colmo! Yo siempre pensé que las de su oficio eran pelinegras y más bien hirsutas. No: su pelo de color trigo caía lacio y suave, como los de las nínfulas que hacen propagandas de champú por televisión. Nunca le pregunté su edad, Flavia, y eso le consta, pero estoy seguro de que ni siquiera pisaba el umbral de los treinta y tantos. El maquillaje era muy suave, un toque de rosa pálido en los labios acentuaba el tono cobrizo de la piel. El “Buenos días” y las otras zalemas habituales fueron entonados con una voz serena, cuando yo esperaba una especie de ventarrón extraterreno. Me invitó a sentarme en un mullido sofá, me miro a los ojos y me dijo:
– Su aura es casi de color violeta. Usted este muy triste.
– Y muy solo – suspiré.
Sus ojos zarcos me observaban atentamente.
-¿Un whisky?
Acepté. La miré mientras de un pequeño bar sacaba la botella, dos vasos, el hielo. Todos sus movimientos eran naturales, exquisitamente femeninos. Mientras servía la bebida dijo:
– Tal vez no sea videncia. Tal vez sólo intuición. Supongo que, si viene usted a verme, será para comunicarse con un ser querido que ha muerto. Acepto que esta conclusión no tiene nada de sobrenatural.
Riendo me tendió uno de Ios vasos y se sentó a mi lado.
– En realidad – continuó – lo sobrenatural es natural ¿no le parece?
– No lo sé. . . – dije, y en verdad no lo sabía.
– No me gusta engañar a mis clientes. Yo tengo poderes, es cierto. Son un don que todos poseemos, pero que necesita ejercitarse… Shhh, no me interrumpa. Usted viene porque quiere comunicarse con la mujer que amó, y que probablemente ama todavía. Ahora bien: yo no puedo garantizarle que sea factible ubicar a esa persona exactamente. En cambio, ya estoy en contacto con muchas otras.
-¿Qué quiere decir?
– Vea, será mejor que lo compruebe usted mismo. Le propongo que vuelva mañana a las seis, a una sesión de grupo. Ya verá lo que pasa y decidirá si continúa o no con sus visitas. Sólo entonces estableceremos mi…digamos. . . mi cachet. ¿De acuerdo? Como le acabo de decir, no me gusta engañar a mis clientes.
Si conocerla fue una sorpresa, también lo fue su proposición que, por supuesto, acepté.
Me quedaban dudas, pero su honestidad me obligaba, por lo menos, a una actitud de expectativa. Al día siguiente retorne a la hora señalada. Varias personas [dos hombres y tres mujeres) se me habían adelantado. Sentados en el “estudio” bebían y conversaban alegremente. Aquello se parecía más a un coctel mundano que a una sesión de espiritismo.
-!Ah, nuestro nuevo amigo! – dijo usted al recibirme, y lo hizo en un tono travieso, lleno de confianza.
Una vez que me presentó a los demás y que me invito con un trago, no tuve mas remedio que participar en la conversación. Confieso que me sentí bien. Eran personas cultas y refinadas que me aceptaron como si me conocieran desde siempre. Sin duda usted era una excelente garantía, Flavia. Lo que constituyó una honra para mí, ya que no me había pedido antecedente alguno. Seguro: le bastaba con mi aura de triste soledad para incluirme entre sus adeptos.
No sé muy bien cuánto habrá durado la charla: el tiempo se pasa muy rápido cuando uno se divierte. Pero recuerdo que, en un momento dado, se puso usted de pie (aquella tarde vestía de azul, Flavia querida, y el azul le sentaba tan bien como le sienta al cielo), se puso de pie, decía, y sin sonrisa nos invitó a pasar a la habitación contigua. Todos obedecimos. Era un cuarto penumbroso, ni triste ni alegre. ¿Sobrio? Si, quizás esa sea la palabra. La única ventana estaba cubierta por una cortina gris. En el centro la mesa de tres patas. Recuerdo que pensé: “Por fin un indicio del oficio”, y reí tontamente para mis adentros porque la idea había salido rimada. Mis compañeros y usted estaban muy serios. Nos sentamos alrededor de la mesa. No fue necesario que usted indicase que nos tomáramos de las manos de nuestros vecinos, fue algo espontáneo
– Bienvenido a nuestro grupo – dijo usted inclinando la cabeza hacia mí. – Es difícil de explicar, pero aquí no nos reunimos con las almas de los seres que perdimos, sino que encontramos las almas de otros solitarios que buscan una unión sentimental con los que aún viven. . . Yo la miraba. Vi que cerraba sus ojos e inclinaba su cabeza. No hubo estertores, estremecimientos ni gemidos. La envolvía una especie de tul de sueño, un sueño tranquilo, sin sobresaltos. Y, de pronto, de sus deliciosos labios empezó a surgir una voz masculina: era un tal Felipe que hablaba con una de las participantes de la sesión. Fue un diálogo indiscretamente amoroso, con detalles demasiados íntimos. No voy a repetirlo por entero, me da un poco de vergüenza; los hombres somos muy pudorosos en el fondo. En el transcurso de la charla advertí que el espíritu y su partenaire no se habían conocido en vida: la relación era entre el más allá y el mas acá. Increíble. Después desfilaron a través de su voz otros espíritus: todos habían establecido con mis compañeros y compañeras un vínculo amoroso indiscutible. Yo esperaba a mi no tan querida Gracia. Pero no gracias. No hubo nada para mí aquella tarde. AI parecer los fantasmas aún desconfiaban de mí. Y con razón: si los vivos desconfían de los vivos ¿cómo no van a desconfiar los muertos?
Al final de la sesión usted me retuvo. Dejó que los otros se despidieran y, frente a otro whisky, me explicó:
-La verdad es que no sé muy bien cómo sucedió esto – dijo -. – Quizás porque durante un tiempo escribí en el correo sentimental de una revista. Eso parece cursi y no lo es… Es como dar vida a la Elpis de los griegos, a la Spes de los romanos, a nuestra esperanza, la única deidad que quedo para consolar a la humanidad cuando Pandora abrió la caja de todos los males… No se sorprenda: mis dones y poderes me han llevado a esto: soy una especie de mediadora del amor. Como bien habrá oído las personas vivas que nos acompañaron están muy enamoradas de las personas muertas que nos visitaron. !Y no se conocieron aquí, en la tierra! ¿No le parece maravilloso?
– Si – conteste. -¿Pero que pasa conmigo?
– Oh, tenga paciencia. Ya habrá alguien para usted. Todo necesita tiempo. ¿0 cree que el amor a primera vista puede darse entre cuerpos y espíritus? No, no. Cuando lo conozcan bien, cuando entre ellos se corra la voz de que hay un hombre disponible, ya verá…
¿Ya verá? Nunca ví nada en las sesiones siguientes. Pero oí, vaya si oí. No sólo Ios diálogos de mis habituales compañeros con sus fantasmáticas parejas, sino a los invisibles que me hicieron propuestas. Con una tal Ursula no llegamos a nada porque ella hablaba (siempre a través de sus labios, Flavia querida) un alemán que para mi resultaba incomprensible. Lo mismo con Ingeborg, que hablaba sueco. Con Felicitas no llegué a nada porque si bien se ubicó geográficamente (dijo cuál era su tumba en la Recoleta) confesó también haber muerto soltera, recién cumpliditos los ochenta y ocho años, en mil ochocientos ochenta y ocho. Cabalístico, sí, pero me pareció un poco vieja, qué quiere que le diga. Algo irritante me sucedió cuando las propuestas sentimentales vinieron de un tal Gastón. No es que uno condene las conductas ajenas, pero en fin. ¿En fin? Que ninguno de sus ex clientes extraterrenos me gustaba demasiado. En cambio usted, sí, usted me gustaba demasiado. Cada vez mas. Con el djellabah blanco, con el vestido azul, con la túnica carmesí, con los shorts que empezó a usar en el verano. !Ay, Flavia! ¿Cómo explicarle que me había olvidado completamente de Gracia, que no me interesaba ninguna relación sentimental con alguien a no pudiera tocar? Era difícil, muy difícil. Y, por cierto, usted me fascinaba. Su voz, su pelo, sus cambios, su magia. Mi cuerpo no cabía en mi cuerpo, no sé si me entiende, no encuentro manera más elegante de decirlo. Por eso le pedí un encuentro a solas, al cual usted accedió. Tuvo lugar después de una de las sesiones y de un fracaso más (o una frustración más) con el espíritu de una tal Aurora, pretendiente etérea que me ofrecía lustrar los pisos de mi departamento en mi ausencia. Me pareció un poco de servicio doméstico, y eso puede conseguirse por horas. De todos modos, lo que yo necesitaba era confesarle mi amor. Y lo hice.
Lo hice de la manera más simple y más torpe. Una vez a solas, obedeciendo a un impulso romántico y finisecular, caí de rodillas frente a usted y dije:
-Flavia: la amo
Su reacción fue terrible. No sé si se erizó, se espanto o si se escandalizó. Pero recuerdo su respuesta:
-!Muérase!
¿Usted sabe lo difícil que es recibir semejante exabrupto estando de rodillas? Intente levantarme de un salto, mas como no pude repetí:
– La amo. ¿Entiende? La amo.
– Muérase, muérase muérase!
Nunca la había visto histérica. Mientras me incorporaba como podía (sin demasiado garbo, por cierto) usted se mesaba los cabellos, se rasguñaba las tersas mejillas, lloraba. Y repetía, obsesionada:
-!Muérase, muérase, muérase de una vez por todas!
Una vez en pie, traté de recomponerme. EI sentido común me dictaba una retirada digna. ¿Por qué ese insultante “muérase”? Era ofensivo, indigno. Me dirigía hacia la puerta cuando usted corrió hacia mí y me retuvo, aferrándome el brazo derecho.
– Compréndame, por favor – sus ojos celestes estaban húmedos. – Compréndame. Debe ser por deformación profesional, pero y o solamente podría amar a un muerto ¿se da cuenta? Usted me atrae, me excita, me despierta en la piel… Y sin embargo hay una barrera insalvable: !usted esta vivo! Si le pido que se muera no es un imperativo, es un ruego. !Muérase y seamos felices!
No sé qué le contesté. No sé ni siquiera si le contesté. Salí de allí trastornado. Y fracasé otra vez.
Fracase con el revólver. Estaba descargado. Fracase con los barbitúricos. Con la presbicia normal a mi edad, los confundí con aspirinas.
Fracase con la hoja de afeitar. Uso máquina eléctrica.
El apasionado “muérase” que usted me exigía. Flavia darling, se negaba a depender de mi voluntad.
Cuando uno es chico piensa que se puede morir si deja de respirar. Y si lo espera un reproche o una paliza, deja de respirar…por un rato. No hay caso: la respiración vuelve sola, el cuerpo manda.
Fracase como suicida. Flavia mon amour. Flavia amada en todos los idiomas del más acá. Inalcanzable en el más allá. Y por lo tanto intenté con el más acá.
Intenté con el más acá, voy a tratar de explicárselo. Tomé el teléfono para pedir a un médico amigo la fórmula dela muerte. Hable con Eduardo Gésu, el cirujano plástico que ha hecho o construido las caras femeninas más bonitas de Buenos Aires, los más bonitos senos, los más bonitos muslos, los más bonitos cuellos. Me dijo:
– Flaco, con vos no hay nada que hacer. Tu trucha no tiene remedio.
– Pero es que yo. . .
No hubo caso. Corto. No me dio tiempo a explicarle que lo que yo quería no era cirugía sino muerte. Además (pense después) esa fórmula me hubiera sido negada. Para un médico dedicado a la belleza, la muerte es más bien feucha.
Llamé a los bomberos y corte antes de que atendieran. Llamé a Alcohólicos Anónimos y
también corté, y corté igualmente antes de que me respondiera el Banco de la Nación, al cual estaba apelando por las dudas. Con el índice fatigado de tanto discar, llamé finalmente a un número cualquiera, para confesarme con cualquiera, para pedir cualquier cosa. Me respondió una voz femenina. Una suavísima voz femenina. Lo primero que dije fue:
– Disculpe, debo estar equivocado.
-¿Cómo lo sabe? – dijo la voz de miel. – Primero debería cerciorarse y preguntar con quién habla
-¿Con quién hablo?
– Conmigo.
-¿Y quién es usted?
-¿Yo? Yo soy yo. Me llamo Flavia.
-¿Flavia? ¿Madame Flavia?
– ¡Qué madame ni que madame! Soy la recepcionista del hotel Higia.
-No lo conozco.
-Por favor. En pleno centro Y agregó una cosa: en la mitología griega Higia era la diosa encargada de velar por la salud de los mortales…
Había un tonito de burla en la voz de miel. Me gustó.
– Así que Flavia, recepcionista del hotel Higia. . . Dígame ¿tiene algún compromiso esta noche?
No tenía ningún compromiso. Pasé por el hotel. Era joven (es joven), era bella (es beIla), era inteligente (es inteligente). Se Ilama Flavia. ¿La casualidad es casual o causal? Flavia recepcionista. Flavia de carne y hueso. Flavia con sabor a pastillas de menta después del cigarrillo. Bien: ése es mi espíritu compañero ahora. Un espíritu dentro de un cuerpo. Tose, tiene alergia (rinitis) y toca y se deja tocar.
No le interesa el más allá. Suele decir “cuanto más cerca, más acá”. Y la verdad es que me ha hecho olvidar de Gracia. Gracias a usted, Flavia médium, tengo una Flavia término medio. De modo que le doy las gracias y me despido respetuosamente, Madame Flavia. Confío en que su espíritu encuentre un espíritu afín. A mí me basta con abrazar a otra Flavia. No más allá sino cada vez más acá. Y sin el Madame de por medio.


Una señora

Por José Donoso (1924-1996)

No recuerdo con certeza cuándo fue la primera vez que me di cuenta de su existencia. Pero si no me equivoco, fue cierta tarde de invierno en un tranvía que atravesaba un barrio popular.
Cuando me aburro de mi pieza y de mis conversaciones habituales, suelo tomar algún tranvía, cuyo recorrido desconozca y pasar así por la ciudad. Esa tarde llevaba un libro por si se me antojara leer, pero no lo abrí. Estaba lloviendo esporádicamente y el tranvía avanzaba casi vacío. Me senté junto a una semana, limpiando un boquete en el vaho del vidrio para mirar las calles.
No recuerdo el momento exacto en que ella se sentó a mi lado. Pero cuando el tranvía hizo alto en una esquina, me invadió aquella sensación tan corriente y, sin embargo, misteriosa, que cuanto veía, el momento justo y sin importancia como era, lo había vivido antes, o tal vez soñado. La escena me pareció la reproducción exacta de otra que me fuese conocida: delante de mí, un cuello rollizo vertía sus pliegues sobre una camisa deshilachada; tres o cuatro personas dispersas ocupaban los asientos del tranvía; en la esquina había una botica de barrio con su letrero luminoso, y un carabinero bostezó junto al buzón rojo, en la oscuridad que cayó en pocos minutos. Además, vi una rodilla cubierta por un impermeable verde junto a mi rodilla.

Conocía la sensación, y más que turbarme me agradaba. Así, no me molesté en indagar dentro de mi mente dónde y cómo sucediera todo esto antes. Despaché la sensación con una irónica sonrisa interior, limitándome a volver la mirada para ver lo que seguía de esa rodilla cubierta con un impermeable verde.

Era una señora. Una señora que llevaba un paraguas mojado en la mano y un sombrero funcional en la cabeza. Una de esas señoras cincuentonas, de las que hay por miles en esta ciudad: ni hermosa ni fea, ni pobre ni rica. Sus facciones regulares mostraban los restos de una belleza banal. Sus cejas se juntaban más de lo corriente sobre el arco de la nariz, lo que era el rasgo más distintivo de su rostro.

Hago esta descripción a la luz de hechos posteriores, porque fue poco lo que de la señora observé entonces. Sonó el timbre, el tranvía partió haciendo desvanecerse la escena conocida, y volví a mirar la calle por el boquete que limpiara en el vidrio. Los faroles se encendieron. Un chiquillo salió de un despacho con dos zanahorias y un pan en la mano. La hilera de casas bajas se prolongaba a lo largo de la acera: ventana, puerta, ventana, puerta, dos ventanas, mientras los zapateros, gasfíteres y verduleros cerraban sus comercios exiguos.

Iban tan distraído que no noté el momento en que mi compañera de asiento se bajó del tranvía. ¿Cómo había de notarlo si después del instante en que la miré ya no volví a pensar en ella? No volví a pensar en ella hasta la noche siguiente.

Mi casa está situada en un barrio muy distinto a aquel por donde me llevara el tranvía la tarde anterior. Hay árboles en las aceras y las casas se ocultaban a medias detrás de rejas y matorrales. Era bastante tarde, y yo ya estaba cansado, ya que pasara gran parte de la noche charlando con amigos ante cervezas y tazas de café. Caminaba a mi casa con el cuello del abrigo muy subido. Antes de atravesar una calle divisé una figura que se me antojó familiar, alejándose bajo la oscuridad de las ramas. Me detuve observándola un instante. Sí, era la mujer que iba junto a mí en el tranvía de la tarde anterior. Cuando pasó bajo un farol reconocí inmediatamente su impermeable verde. Hay miles de impermeables verdes en esta ciudad, sin embargo no dudé de que se trataba del suyo, recordándola a pesar de haberla visto sólo unos segundos en que nada de ella me impresionó. Crucé a la otra acera. Esa noche me dormí sin pensar en la figura que se alejaba bajo los árboles por la calle solitaria.

Una mañana de sol, dos días después, vi a la señora en una calle céntrica. El movimiento de las doce estaba en su apogeo. Las mujeres se detenían en las vidrieras para discutir la posible adquisición de un vestido o de una tela. Los hombres salían de sus oficinas con documentos bajo el brazo. La reconocí de nuevo al verla pasar mezclada con todo esto, aunque no iba vestida como en las veces anteriores. Me cruzó una ligera extrañeza de por qué su identidad no se había borrado de mi mente, confundiéndola con el resto de los habitantes de la ciudad.

En adelante comencé a ver a la señora bastante seguido. La encontraba en todas partes y a toda hora. Pero a veces pasaba una semana o más sin que la viera. Me asaltó la idea melodramática de que quizás se ocupara en seguirme. Pero la deseché al constatar que ella, al contrario que yo, no me identificaba en medio de la multitud. A mí, en cambio, me gustaba percibir su identidad entre tanto rostro desconocido. Me sentaba en un parque y ella lo cruzaba llevando un bolsón con verduras. Me detenía a comprar cigarrillos, y estaba ella pagando los suyos. Iba al cine, y allí estaba la señora, dos butacas más allá. No me miraba, pero yo me entretenía observándola. Tenía la boca más bien gruesa. Usaba un anillo grande, bastante vulgar.

Poco a poco la comencé a buscar. El día no me parecía completo sin verla. Leyendo un libro, por ejemplo, me sorprendía haciendo conjeturas acerca de la señora en vez de concentrarme en lo escrito. Lo colocaba en situaciones imaginarias, en medio de objetos que yo desconocía. Principié a reunir datos acerca de su persona, todos carentes de importancia y significación. Le gustaba el color verde. Fumaba sólo cierta clase de cigarrillos. Ella hacía las compras para las comidas de su casa.

A veces sentía la necesidad de verla, que abandonaba cuanto me tenía atareado para salir en su busca. Y en algunas ocasiones la encontraba. Otras no, y volvía malhumorado a encerrarme en mi cuarto, no pudiendo pensar en otra cosa durante el resto de la noche.

Una tarde salí a caminar. Antes de volver a casa, cuando oscureció, me senté en el banco de una plaza. Sólo en esta ciudad existen plazas así. Pequeña y nueva, parecía un accidente en ese barrio utilitario, ni próspero ni miserable. Los árboles eran raquíticos, como si se hubieran negado a crecer, ofendidos al ser plantados en terreno tan pobre, en un sector tan opaco y anodino. En una esquina, una fuente de soda oscura aclaraba las figuras de tres muchachos que charlaban en medio del charco de luz. Dentro de una pileta seca, que al parecer nunca se terminó de construir, había ladrillos trizados, cáscaras de fruta, papeles. Las parejas apenas conversaban en los bancos, como si la fealdad de la plaza no propiciara mayor intimidad.

Por uno de los senderos vi avanzar a la señora, del brazo de otra mujer. Hablaban con animación, caminando lentamente. Al pasar frente a mí, oí que la señora decía con tono acongojado: -¡Imposible!

La otra mujer pasó el brazo en torno a los hombros de la señora para consolarla. Circundando la pileta inconclusa se alejaron por otro sendero.

Inquieto, me puse de pie y eché a andar con la esperanza de encontrarlas, para preguntar a la señora qué había sucedido. Pero desaparecieron por las calles en que unas cuantas personas transitaban en pos de los últimos menesteres del día.

No tuve paz la semana que siguió de este encuentro. Paseaba por la ciudad con la esperanza de que la señora se cruzara en mi camino, pero no la vi. Parecía haberse extinguido, y abandoné todos mis quehaceres, porque ya no poseía la menor facultad de concentración. Necesitaba verla pasar, nada más, para saber si el dolor de aquella tarde en la plaza continuaba. Frecuenté los sitios en que soliera divisarla, pensando detener a algunas personas que se me antojaban sus parientes o amigos para preguntarles por la señora. Pero no hubiera sabido por quién preguntar y los dejaba seguir. No la vi en toda esa semana.

Las semanas siguientes fueron peores. Llegué a pretextar una enfermedad para quedarme en cama y así olvidar esa presencia que llenaba mis ideas. Quizás al cabo de varios días sin salir la encontrara de pronto el primer día y cuando menos lo esperara. Pero no logré resistirme, y salí después de dos días en que la señora habitó mi cuarto en todo momento. Al levantarme, me sentí débil, físicamente mal. Aun así tomé tranvías, fui al cine, recorrí el mercado y asistí a una función de un circo de extramuros. La señora no apareció por parte alguna.

Pero después de algún tiempo la volví a ver. Me había inclinado para atar un cordón de mis zapatos y la vi pasar por la soleada acera de enfrente, llevando una gran sonrisa en la boca y un ramo de aromo en la mano, los primeros de la estación que comenzaba. Quise seguirla, pero se perdió en la confusión de las calles.

Su imagen se desvaneció de mi mente después de perderle el rastro en aquella ocasión. Volví a mis amigos, conocí gente y paseé solo o acompañado por las calles. No es que la olvidara. Su presencia, más bien, parecía haberse fundido con el resto de las personas que habitan la ciudad.
Una mañana, tiempo después, desperté con la certeza de que la señora se estaba muriendo. Era domingo, y después del almuerzo salí a caminar bajo los árboles de mi barrio. En un balcón una anciana tomaba el sol con sus rodillas cubiertas por un chal peludo. Una muchacha, en un prado, pintaba de rojo los muebles del jardín, alistándolos para el verano. Había poca gente, y los objetos y los ruidos se dibujaban con precisión en el aire nítido… Pero en alguna parte de la misma ciudad por la que yo caminaba, la señora iba a morir.

Regresé a casa y me instalé en mi cuarto a esperar.

Desde mi ventana vi cimbrarse en la brisa los alambres del alumbrado. La tarde fue madurando lentamente más allá de los techos, y más allá del cerro, la luz fue gastándose más y más. Los alambres seguían vibrando, respirando. En el jardín alguien regaba el pasto con una manguera. Los pájaros se aprontaban para la noche, colmando de ruido y movimiento las copas de todos los árboles que veía desde mi ventana. Rió un niño en el jardín vecino. Un perro ladró.

Instantáneamente después, cesaron todos los ruidos al mismo tiempo y se abrió un pozo de silencio en la tarde apacible. Los alambres no vibraban ya. En un barrio desconocido, la señora había muerto. Cierta casa entornaría su puerta esa noche, y arderían cirios en una habitación llena de voces quedas y de consuelos. La tarde se deslizó hacia un final imperceptible, apagándose todos mis pensamientos acerca de la señora. Después me debo de haber dormido, porque no recuerdo más de esa tarde.

Al día siguiente vi en el diario que los deudos de doña Ester de Arancibia anunciaban su muerte, dando la hora de los funerales. ¿Podría ser?… Sí. Sin duda era ella.

Asistí al cementerio, siguiendo el cortejo lentamente por las avenidas largas, entre personas silenciosas que conocían los rasgos y la voz de la mujer por quien sentían dolor. Después caminé un rato bajo los árboles oscuros, porque esa tarde asoleada me trajo una tranquilidad especial.
Ahora pienso en la señora sólo muy de tarde en tarde.

A veces me asalta la idea, en una esquina por ejemplo, que la escena presente no es más que reproducción de otra, vivida anteriormente. En esas ocasiones se me ocurre que voy a ver pasar a la señora, cejijunta y de imperturbable verde. Pero me da un poco de risa, porque yo mismo vi depositar su ataúd en el nicho, en una pared con centenares de nichos todos iguales.


La misa del ateo

Por Honorato de Balzac (1799-1850)

Dedicado a su amigo Augusto Borget

Un médico al que debe la ciencia una hermosa teoría fisiológica, y que, joven aun, logró abrirse plaza entre las celebridades de la Escuela de París, centro de luces; al que rinden homenaje todos los médicos de Europa, el doctor Bianchon, ejerció la cirugía antes de dedicarse á la medicina. Sus primeros estudios fueron dirigidos por un gran cirujano francés, por el ilustre Desplein, que pasó para la ciencia con la rapidez de un meteoro. Según confesión de sus enemigos, Desplein se llevó á la tumba su método intransmisible. Como todos los hombres de genio, no tenía descendientes y se lo llevó todo consigo. La gloria de los cirujanos se parece á la de los actores, cuyo talento deja de apreciarse tan pronto como desaparecen, y cuya fama sólo dura lo que su vida. Los actores y los cirujanos, lo mismo que los grandes cantantes y los artistas que centuplican con su ejecución el poder de la música, sólo son héroes del momento. Desplein ofrece un ejemplo de la semejanza que existe entre el destino de estos genios transitorios. Su nombre, tan célebre ayer y tan olvidado hoy, permanecerá dentro de la especialidad a que se dedicó, sin franquear nunca sus límites. Pero ¿no es necesario que concurran circunstancias inauditas para que el nombre de un sabio pase del dominio de la ciencia, al dominio de la historia general de la humanidad? ¿Poseía Desplein esa universalidad de conocimientos que hacen de un hombre el verbo ó la figura de un siglo? Desplein poseía un golpe de vista divino, penetraba la enfermedad y al enfermo con una intuición adquirida ó natural que le permitía no engañarse nunca en los diagnósticos y determinar el momento preciso, la hora el minuto en que era necesario operar, sacando siempre partido de las circunstancias atmosféricas y de las particularidades del temperamento. Para marchar de este modo de acuerdo con la naturaleza ¿habría estudiado acaso la incesante misión de los seres y de las sustancias elementales, contenidas en la atmósfera ó que provee la tierra al hombre que las absorbe y las prepara para sacar de ellas un jugo particular? ¿Procedía, acaso, con ese poder de deducción y analogía a que es debido el genio de Cuvier? Sea de ello lo que fuere es lo cierto que este hombre se había hecho el confidente de la carne y la comprendía lo mismo en su pasado que en su porvenir, basándose en el presente. Pero ¿ha resumido toda la ciencia en su persona como lo hicieron Hipócrates, Galeno y Aristóteles? ¿Condujo toda una escuela hacia nuevos mundos? No. Si es imposible negar á este perpetuo observador de la química humana la antigua ciencia del magismo, es decir, el conocimiento de los principios en fusión las causas de la vida, la vida antes de la vida, lo que ha de ser antes de ser, es preciso confesar, para ser justo que, desgraciadamente, todo en él fue personal; aislado toda su vida por el egoísmo, e1 egoísmo mata hoy su gloria. Su tumba no está provista de la estatua sonora que repite al porvenir los misterios que el genio establece a expensas suyas. Pero sin duda el talento de Desplein era solitario de sus creencias y, por consiguiente, mortal. Para él, la atmósfera terrestre era un saco generador, veía la tierra como un huevo en su cascarón y no pudiendo saber quién era primero en e1 orden de la existencia, si el huevo ó la gallina, no admitió ni lo uno ni lo otro. No creía ni en el animal anterior ni en el espíritu posterior al hombre. Desplein no estaba en la duda, afirmaba. Su ateísmo puro y franco se pareció al de muchos sabios, que son la mejor gente de1 mundo, pero que niegan la existencia de Dios del mismo modo que algunas gentes religiosas niegan la posibilidad de que pueda haber ateos. Esta opinión no tiene nada de particular en un hombre acostumbrado desde sus primeros años á disecar el ser por excelencia, antes, durante y después de la vida, y á escudriñar todos sus órganos sin encontrar en ellos esa alma única, tan necesaria para todas las teorías religiosas. Reconociendo en el hombre un centro cerebral, un centro nervioso y un centro aéreo-sanguíneo, de los cuales, los dos primeros se suplen tan bien uno al otro, que tuvo en los últimos días de su vida la firme convicción de que el sentido del oído no era absolutamente necesario para oír, ni el sentido de la vista absolutamente necesario para ver y que el plexo solar lo reemplazaba sin duda alguna, Desplein se confirmó en su ateísmo con este hecho, á pesar de no tener ninguna relación con Dios. Según se dice, este hombre murió en la impenitencia final en que mueren, desgraciadamente, muchos hermosos genios á los que ojalá Dios quiera perdonar. Empleando la misma frase de sus enemigos, diremos que la vida de este hombre ofrecía muchas pequeñeces, ó mejor dicho, muchos contrasentidos aparentes. Sin conocer nunca los móviles que hacen obrar á ciertos espíritus superiores, los envidiosos ó los necios echan mano inmediatamente de ciertas contradicciones superficiales para hacer un acto de acusación, por el cual les hacen figurar momentáneamente. Si más tarde el éxito corona las combinaciones atacadas poniendo de manifiesto la correlación de los preparativos y de los resultados, siempre subsisten, poco ó mucho, las calumnias que le precedieron. Igualmente, en nuestros días, Napoleón fue condenado por nuestros contemporáneos cuando desplegaba las alas de su águila sobre Inglaterra, y hubiera sido preciso el 1822 para explicar el 1804 y las bateas de Bolonia.
Siendo la gloria y la ciencia de Desplein inatacables, sus enemigos criticaban la rareza de su humor y de su carácter, siendo así que lo que tenía el gran cirujano era sencillamente lo que los ingleses llaman excentricity. Vestido á veces elegantemente, como Crebillon, el trágico, demostraba de pronto una singular indiferencia en su manera de vestir y tan pronto se le veía en coche como á pie. Tan pronto brusco como amable, áspero y avaro en apariencia, pero capaz de ofrecer su fortuna á sus maestros desterrados que le hicieron el honor de aceptarla por algún tiempo, ningún hombre ha inspirado ni ha sido objeto de juicios más contradictorios. Aunque capaz para lograr una condecoración, que los médicos no debieran solicitar con intrigas y de dejar caer en la corte un libro de oraciones de su bolsillo, no dudéis de que en su interior se burlaba de todo y de que sentía un profundo desprecio por los hombres, después de haberlos observado de arriba á abajo y después de haberlos comprendido tal cual son en medio de los actos más solemnes y más mezquinos de la vida. En los grandes hombres, las cualidades suelen guardar proporción. Si, entre esos colosos, existe alguno que tiene más talento que gracia, su gracia es aún mayor que la de aquel de quien se dice únicamente: «Es un hombre muy gracioso». Todo genio supone, necesariamente, un don de segunda vista, una vista moral. Esta vista puede aplicarse á alguna especialidad; pero el que ve la flor puede ver el sol. El que oyó á un diplomático salvado por él: «¿Como está el Emperador?» y le respondió: «El cortesano vuelve, el hombre sabrá abrirse paso», éste no es solamente cirujano ó médico, sino que es también prodigiosamente ocurrente. Así pues, el observador paciente y asiduo de la humanidad legitimará las exorbitantes pretensiones de Desplein y le creerá, como se creía él mismo, apto para ser tan buen ministro como buen médico.
Entre los enigmas que ofrece á los ojos de sus contemporáneos la vida de Desplein, hemos escogido uno de los más interesantes, porque su solución se encontrará al final del relato, vengándole de ciertas acusaciones.
De todos los discípulos que Desplein tuvo en el hospital, Horacio Bianchon fué uno de aquellos con quien más simpatizó. Antes de ser interno en el hospital, Horacio Bianchon era un estudiante de medicina, que se albergaba en una miserable casa de huéspedes del barrio latino, conocida con el nombre de la casa Vauquer. Este pobre joven sufría allí los ataques de esa ardiente miseria, especie de crisol de donde los grandes talentos deben salir puros é incorruptibles, como diamantes que pueden ser sometidos á todos los choques sin romperse. Expuestos al fuego violento de sus pasiones desencadenadas, estos hombres adquieren la probidad más inalterable y contraen el hábito de las luchas que esperan al genio con el trabajo constante con que han procurado cercar sus apetitos engañados. Horacio era un joven recto, incapaz de tergiversar una palabra en las cuestiones de honor, que se iba siempre sin rodeos al asunto y que lo mismo estaba dispuesto por sus amigos á empeñar la capa, que á sacrificarles sus días y sus noches; Horacio era, en una palabra, uno de esos amigos que no se preocupan por lo que reciben á cambio de lo que entregan, seguros de percibir á su vez más de lo que dan. La mayor parte de sus amigos sentían por él ese respeto que inspira la virtud sin énfasis, y algunos de ellos temían su censura. Pero Horacio desplegaba estas cualidades sin ostentación. Ni puritano ni sermoneador, juraba con gracia cuando daba un consejo y acudía con gusto á una juerga cuando la ocasión se presentaba. Buen compañero, franco y leal, no como un marino, pues el marino de hoy es un astuto diplomático, sino como honrado joven que nada tiene que ocultar de su vida, Bianchor marchaba siempre risueño y con la frente muy alta. En fin, para expresarlo todo con una palabra y teniendo en cuenta que los acreedores son considerados hoy como” la representación más real de las furias antiguas, diremos que Horacio era el Pilades de más de un Orestes. Soportaba su miseria con esa alegría que es sin duda una de las mayores pruebas de valor, y como todos los que no poseen nada, contraía pocas deudas. Sobrio como un camello, ágil y avispado como un ciervo, era invariable y permanecía firme en sus ideas y en su conducta. La vida feliz de Bianchon empezó el día en que el ilustre cirujano Desplein echó de ver las cualidades y los defectos que hacen doblemente precioso para sus amigos al doctor Horacio Bianchon. Cuando un jefe de clínica toma en su regazo á un joven, este joven pone, como suele decirse, el pie en el estribo, Desplein no dejaba de llevar á Bianchon como practicante á las casas opulentas, donde casi siempre caía alguna gratificación en la escarcela del interno, y donde se iban revelando insensiblemente al provenzal los misterios de la vida parisiense; le dejaba asistir á las consultas en su despacho, y á veces lo enviaba á acompañar á algún rico enfermo que iba á tomar aguas, preparándole de este modo una clientela. De todo esto resultó que, al cabo de cierto tiempo, el tirano tuvo un seide. Estos dos hombres, el uno en la cima de los honores y de la ciencia y gozando de una inmensa fortuna y de una inmensa gloria; y el otro modesto omega, llegaron á ser amigos íntimos. El gran Desplein no tenía secretos para su interno, y éste sabía si tal mujer se había sentado en una silla al lado de su maestro ó en el famoso canapé que se encontraba en el despacho y en el que Desplein acostumbraba á dormir; Bianchon conocía los misterios de aquel temperamento de león y de toro, que acabó por ensanchar y amplificar más de lo ordinario el gusto del gran hombre, y causó su muerte por el desarrollo del corazón. Estudió las extravagancias de aquella vida tan laboriosa, los proyectos de aquella avaricia tan sórdida, y las esperanzas del hombre político escondido bajo la capa del sabio, y pudo prever las decepciones que esperaban al único sentimiento que encerraba aquel corazón, más bien bronceado, que de bronce.
Un día, Bianchon dijo á Desplein que un pobre aguador del barrio de San Jacobo sufría una horrible enfermedad causada por las fatigas y la miseria. Aquel pobre auverniano no había comido más que patatas durante el crudo invierno del año 1821. Desplein dejó á todos sus enfermos, y exponiéndose á reventar su caballo, voló acompañado de Bianchon á la morada de aquel pobre hombre, y lo hizo transportar á la casa de salud establecida por el célebre Dubois en el arrabal de San Dionisio. Cuidó con el mayor cariño á este hombre, y cuando estuvo restablecido le dio la suma necesaria para comprar un caballo y una cuba. Aquel auverniano se distinguió por un rasgo original; habiendo caído enfermo uno de sus amigos, lo llevó inmediatamente á casa de Desplein, diciendo á su bienhechor:
—No hubiese podido soportar que hubiera ido á casa de ningún otro.
Áspero y todo, como era, Desplein estrechó la mano al aguador y le dijo:
—Tráemelos á todos.
E hizo entrar al hijo de Cantal en el hospital, donde lo cuidó con el mayor esmero. Bianchon había observado ya varias veces que su jefe sentía mucha predilección por los auvernianos y sobre todo por los aguadores; pero como Desplein ostentaba una especie de orgullo en tratar bien á los enfermos de sus salas, el discípulo no vio en aquello nada de raro.
Un día atravesando la Plaza de San Sulpicio, Bianchon vio que su maestro entraba en la iglesia á eso de las nueve de la mañana, Desplein, que en aquella época no daba un paso sin su cabriolé, iba á pie y se colaba por la calle del Petit-Lion, como si entrase en una casa sospechosa. El interno que conocía las opiniones de su maestro, picado de curiosidad, entró en San Sulpicio, y no fue poco su asombro al ver al gran Desplein, á aquel ateo sin piedad por los ángeles que no ofrecen trabajo á los bisturíes y que no pueden tener fístulas ni gastritis, en una palabra, á aquel intrépido incrédulo, humildemente arrodillado, y ¿dónde diréis?… ante la capilla de la Virgen, ante la cual oyó una misa, dio para los gastos del culto, dio para los pobres y permaneció serio como si se hubiese tratado de una operación.
—Seguramente que no ha ido á esclarecer cuestiones relativas al parto de la Virgen—decía Bianchon, cuyo asombro no tuvo límites.—Si le hubiera visto en la procesión del Corpus llevando uno de los cordones del palio, el hecho me hubiera causado risa; pero á estas horas, solo y sin testigos, me da en verdad mucho que pensar.
Bianchon no quiso que pudiera creerse que espiaba al cirujano del hospital principal, y, por lo tanto, se alejó. Por casualidad, le invitó Desplein aquel mismo día á comer con él á una fonda, y de una cosa en otra, Bianchon llegó, mediante hábiles preparaciones, á hablar de la misa, calificándola de mojiganga y de farsa.
—Una farsa que ha costado más sangre á la cristiandad que todas las batallas de Napoleón y que todas las sanguijuelas de Brousais. La misa es una invención papal que no se remonta más allá del siglo VI y que está basada en el Hoc est corpus. ¡Cuantos torrentes de sangre ha sido preciso verter para establecer la fiesta del Corpus-Cristy; con cuya institución quiso la corte de Roma hacer constar su victoria en la cuestión de la presencia real, cisma que turbó á la Iglesia por espacio de tres siglos! Las guerras del conde de Tolosa y de los albigenses son la cola de esta cuestión. Los valdenses y los albigenses se negaban á reconocer esta innovación.
Por fin, Desplein se puso con satisfacción á desplegar toda su verbosidad de ateo, y su conversación fue un verdadero flujo de burlas volterianas, ó mejor dicho, una detestable falsificación del citador.
—¡Diablo!—se dijo Bianchon para sus adentros,—¿dónde está el devoto de esta mañana?
Pero guardó silencio porque llegó á dudar que fuese verdaderamente su maestro el individuo que había visto en San Sulpicio. Desplein no se hubiese tomado el trabajo de decir una mentira á Bianchon: ambos se conocían ya demasiado bien, se habían comunicado su modo de pensar sobre cuestiones tan graves como ésta, y habían discutido sistemas de natura rerum, sondándolas ó disecándolas con los bisturíes y el escalpelo de la incredulidad.
Transcurrieron tres meses. Bianchon no dio importancia á aquel hecho, sin embargo de que había quedado grabado en su memoria, cuando, un día de aquel mismo año, uno de los médicos del hospital tomó á Desplein por el brazo, delante de Bianchon como para interrogarle.
—¿Qué iba V. á hacer ayer á San Sulpicio, mi querido maestro?
—A ver á un sacerdote que tiene una caries en la rodilla y al que la señora duquesa de Augulema me ha hecho el honor de recomendarme,—dijo Desplein.
El médico quedó satisfecho con esta respuesta, pero no Bianchon, el cual se dijo para sus adentros:
—¡Ah! ¿va á ver rodillas enfermas á la iglesia? Ya, ya caigo, iba á oír misa.
Bianchon se prometió acechar á Desplein, recordó el día y la hora en que lo había sorprendido entrando en San Sulpicio, y proyectó ir allí al año siguiente, el mismo día y la misma hora, á fin de ver si le sorprendía de nuevo. En este caso, la periodicidad de su devoción le autorizaría para llevar á cabo una investigación científica, pues no era probable que existiera en un hombre semejante una contradicción entre el pensamiento y la acción. Al año siguiente, el día y la hora dichas, Bianchon, que no era ya alumno de Desplein, vio que el cabriolé del cirujano se detenía en la esquina que forman la calle de Tournon y la del Petit-Lion, y que su maestro tomaba jesuíticamente á lo largo de los muros de San Sulpicio, donde oyó de nuevo misa en el altar de la Virgen. ¡No había duda que era Desplein, el cirujano, su jefe, el ateo in petto, el devoto por casualidad! La intriga se complicaba. La persistencia de aquel ilustre sabio era para llamar la atención á cualquiera. Cuando Desplein salió de la iglesia, Bianchon se acercó al sacristán, que estaba arreglando el altar, y le preguntó si el señor que acababa de marcharse era asiduo concurrente á la iglesia.
—Hace ya veinte años que estoy aquí—dijo el sacristán, —y en todo ese tiempo he visto siempre que el señor Desplein viene, cuatro veces al año, á oír esta misa, de la cual es fundador.
—¡Una fundación hecha por él!—se dijo Bianchon alejándose.—Esto sí que es cosa tan complicada como el misterio de la Inmaculada Concepción, misterio que por sí solo basta para hacer á un médico incrédulo.
Pasó algún tiempo sin que el doctor Bianchon, que seguía siendo amigo de Desplein, hubiese tenido ocasión para hablarle de aquella particularidad de su vida. Si bien se encontraban en consulta ó en sociedad, era difícil que hallasen ese momento de confianza y de soledad, durante el cual se permanece con las piernas tendidas, la cabeza apoyada en el respaldo de un sillón y en el que dos amigos se cuentan sus secretos. Por fin, á los siete años de ocurrido este hecho, después de la Revolución de 1830, cuando el pueblo se precipitaba sobre el arzobispado, cuando las inspiraciones republicanas lo empujaban á destruir las cruces doradas que despuntaban como rayos en medio de la inmensidad de este océano de casas; cuando la incredulidad y la sedición llenaban las calles, Bianchon sorprendió á Desplein entrando una vez más en San Sulpicio. El doctor le siguió y se colocó á su lado, sin que su amigo le hiciese la menor seña, ni diese muestras de la menor sorpresa. Ambos oyeron la misa fundada por el ateo.
—Amigo mío—dijo Bianchon á Desplein una vez que estuvieron fuera de la iglesia,—¿quiere usted decirme la razón de su modo de proceder? Esta es la tercera vez que le sorprendo á usted oyendo misa. ¿Quiere usted explicarme la razón de ese misterio y de ese desacuerdo flagrante entre sus opiniones y su conducta? Usted no cree en Dios y va á misa, y, por lo tanto, está usted obligado á responderme, mi querido maestro.
—Amigo mío, me parezco en esto á muchos devotos, á muchos hombres profundamente devotos en apariencia pero que son tan ateos como usted y yo podemos serlo.
Y á continuación de esto, soltó un verdadero torrente de epigramas acerca, de algunos personajes políticos; de los cuales el más conocido ofrece en este siglo una nueva edición del Tartufo de Moliere.
—Yo no le pregunto á usted todo eso—le dijo Bianchon. —Quiero saber lo que viene usted á hacer aquí y el porqué ha fundado esta misa.
—A decir verdad, querido amigo—dijo Desplein,—estoy ya muy próximo á la tumba, y, por consiguiente, no hay inconveniente en que le hable á usted de los principios de mi vida.
En este momento, Bianchon y el gran hombre se encontraban en la calle de los Cuatro Vientos, que es una de las calles más horribles de París. Desplein subió al sexto piso de una de esas casas que parecen un obelisco y cuya puerta de dos hojas da á un estrecho pasillo, al extremo del cual se ve una tortuosa escalera, alumbrada por luces que con razón, reciben en Francia el nombre de luces de sufrimiento. Era la tal vivienda una casa de color verdoso, en cuyo piso bajo vivía un comerciante de muebles, y que parecía albergar en cada uno de sus pisos una miseria diferente. Levantando el brazo con gran energía, Desplein dijo á Bianchon:
—He vivido allá arriba dos años.
—Ya lo sé; de Arthez también ha vivido, y yo he subido ahí casi todos los días, durante mi primera juventud. Entonces le llamábamos el foco de los grandes hombres. Bueno, ¿qué más?
—La misa que acabo de oír está enlazada con acontecimientos que ocurrieron cuando habitaba la buhardilla en que dice usted que vivió también de Arthez, aquella en cuya ventana se ve una cuerda cargada de ropa y un tiesto. Mis comienzos fueron tan rudos, mi querido Bianchon, que puedo disputar á cualquiera la palma de los sufrimientos parisienses, lo he soportado todo: hambre, sed, falta de dinero, de trajes, de calzado y de ropa interior, todo lo que la miseria tiene de más rudo. He soplado muchas veces mis dedos entumecidos, en ese foco de grandes hombres que quisiera visitar de nuevo en compañía de usted. He trabajado durante un invierno viendo humear mi cabeza y distinguiendo el aire de mi transpiración, como distinguimos el aliento de los caballos en un día de helada. Hoy me parece imposible que yo ni nadie pudiese soportar semejante vida. Estaba solo, sin recursos, sin un céntimo para comprar los libros y los gastos de mi educación médica, y sin tener un amigo, pues mi carácter irascible, sombrío é inquieto, me perjudicaba mucho. Nadie quería ver en mis irritaciones la miseria y el trabajo del hombre que, desde el fondo del estado social en que nace, lucha para llegar á la superficie. Pero á usted, ante quien no necesito fingir, puedo decirle que yo tenía esa suma de buenos sentimientos y de viva sensibilidad que ha de ser siempre el patrimonio de los hombres bastante fuertes para llegar á una cima cualquiera, después de haber frecuentado largo tiempo los pantanos de la miseria. Yo no podía sacar de mi familia y de mi país nada más que la insuficiente pensión que me proporcionaba. En fin, en aquella época, comía por la mañana, ensopado en leche, un panecillo que el panadero de la calle de Petit-Lyon me vendía más barato, porque era de la víspera ó de la antevíspera, y de esa manera mi almuerzo no me costaba más que diez céntimos. Un día sí y otro no, iba á comer á una posada donde la comida costaba ochenta céntimos; así es que no gastaba en comer más que dos reales diarios. Usted sabe tan bien como yo el cuidado que hay que tener cuando se está en esa situación, del calzado y de la ropa. Yo no sé si más tarde llega uno á experimentar tanta pena al ver la traición de un amigo, como el que hemos experimentado, lo mismo usted que yo, al ver la burlona mueca de un zapato que se rasga, ó al oír que se desgarra la costura de una levita. No bebía más que agua, y los cafés me inspiraban el mayor respeto. Zoppi me parecía una tierra de promisión, donde sólo tenían derecho á entrar los lúculos de país latino. ¿Podría nunca, me decía yo á veces, tomar ahí una taza de café con crema y jugar una partida de dominó? Y procuraba emplear en mis trabajos la rabia que me inspiraba mi miseria, y procuraba acaparar conocimientos positivos, á fin de tener un inmenso valor personal para merecer la plaza á que había de llegar el día en que saliera de la nada. Consumía más aceite que pan. La luz que me alumbraba durante aquellas noches obstinadas me costaba más cara que el alimento. Aquel duelo fue largo, obstinado y sin consuelo. Yo no despertaba ninguna simpatía en torno mío. Para tener amigos, es preciso juntarse con gente joven y poseer algún dinero para poder presentarse en aquellos lugares adonde van los estudiantes. Yo no tenía nada, y nadie en París llega á figurarse nunca que nada pueda ser nada. Cuando se trataba, de descubrir mis miserias, experimentaba en la garganta esa contracción nerviosa que hace creer á los enfermos que les sube una bala del esófago á la laringe. Más tarde he encontrado gentes ricas que, no habiendo carecido nunca de nada, no conocen el problema de esta regla de tres: Un joven ES al crimen como una moneda de cinco pesetas ES á x. Esos afortunados imbéciles me dicen á veces: «Pero ¿por qué contraía usted deudas? ¿Por qué se creaba obligaciones onerosas?» Cuando les oigo, me hacen el efecto de aquella princesa que, sabiendo que el pueblo se moría de hambre, decía: «¿Por qué no compran tortas?» Sí, quisiera ver a uno de esos ricos que se quejan de que les cobro demasiado caro por operarles, quisiera verlo, repito solo en París, sin dinero, sin casa, sin amigos y sin crédito, y obligado á trabajar con sus cinco dedos para vivir. ¿Qué haría? ¿Adonde iría á aplacar su hambre? Bianchon, si alguna vez me ha visto usted grosero y duro, es porque recordaba mis dolores y la insensibilidad y el egoísmo de que me han dado prueba mil veces las esferas elevadas, ó bien porque pensaba en los obstáculos que el odio, la envidia, los celos y la calumnia levantaron entre mí y el éxito. En París, hay gentes que cuando le ven á uno con el pie en el estribo, los unos le tiran del faldón de la levita, los otros sueltan la hebilla de la cincha para que se rompa uno la cabeza al caer; aquél deshierra el caballo, el otro le roba el látigo; el menos traidor es el que se aproxima á él de frente para soltarle un pistoletazo á boca de jarro. Hijo querido, usted tiene bastante talento para conocer pronto las batallas que las medianías libran al hombre superior. Si pierde usted veinticinco luises una noche, al día siguiente será usted acusado de ser un jugador, y sus mejores amigos dirán que ha perdido usted la víspera veinticinco mil francos. Si tiene usted dolor de cabeza, pasará por loco; si tiene usted vivacidad, pasará por insociable. Si, para resistir á ese batallón de pigmeos, se arma usted de fuerzas superiores, sus mejores amigos exclamaran que quiere usted devorarlo todo y que tiene usted la pretensión de dominar y de tiranizar á todo el mundo. En una palabra, sus cualidades se convertirán en defectos, y sus defectos pasarán á ser vicios, y sus virtudes crímenes. Si no ha salvado usted á alguno, dirán que lo ha matado; si el enfermo mejora y continúa siendo su cliente, dirán que ha procurado usted asegurar el presente á expensas del porvenir, y que si no ha muerto, morirá. Si tropieza usted en algo, dirán que se ha caído. Invente usted cualquier cosa y reclame sus derechos, y será usted calificado de hombre tacaño y astuto que no quiere dar salida al elemento joven. De modo que, querido mío, si no creo en Dios, creo menos en los hombres. ¿No ve usted en mí un Desplein completamente diferente del Desplein que todo el mundo critica? Pero no recordemos aquel montón de miserias. Como decía: habitaba en esta casa, trabajaba noche y día para sufrir mi primer examen y no tenía un céntimo. Había llegado á uno de esos extremos últimos en que un hombre se dice: «¡Sentaré plaza de soldado!» Sólo me quedaba una esperanza: esperaba de mi país un baúl lleno de ropa, regalo de una de esas tías ancianas que, desconociendo en absoluto lo que es París, sólo piensan en las camisas, imaginándose que con treinta francos al mes, su sobrino debe estar como un príncipe. El baúl llegó mientras yo estaba en el colegio; ¡el porte había costado cuarenta francos! que habían sido pagados por el portero, zapatero alemán que vivía en la buhardilla y en cuyo poder se hallaba aquel. Me paseé por la calle de los Possés-Saint-Germain-des-Prés, y por la calle de la Escuela de Medicina, sin poder inventar una estrategia que me pusiese en posesión del baúl, sin necesidad de pagar los cuarenta francos, que yo me hubiera apresurado á entregar, como es natural, después de haber vendido la ropa; pero mi estupidez me hizo comprender que yo sólo servía para cirujano. Querido mío, las almas delicadas, cuya fuerza se ejerce en una esfera elevada, carecen de ese espíritu de intriga fértil en recursos y combinaciones; su genio es la casualidad; no busca, encuentra. Por fin, llegada la noche, me decidí á volver á casa en el momento en que entraba mi vecino, aguador llamado Bourgeat, natural de Saint-Fleur. Este hombre y yo nos conocíamos como se conocen dos inquilinos que tienen sus habitaciones contiguas, que se oyen en el dormir, toser y vestirse, y que acaban por acostumbrarse el uno al otro. Mi vecino me comunicó que el propietario, al que debía yo tres meses, me había despedido, y que tendría que desalojar al día siguiente. A él también le había hecho lo mismo, á causa de su profesión. Pasé la noche más dolorosa de mi vida.
—¿Dónde buscar un hombre para que trasladase mis cuatro trastos y mis libros? ¿Cómo pagar al mozo de cuerda y al portero? ¿A dónde ir?
Con lágrimas en los ojos me repetía yo estas preguntas insolubles, como se repiten los locos sus refranes. Por fin, me dormí. La miseria tiene para sí un reposo divino lleno de hermosos sueños. Al día siguiente por la mañana, en el momento en que comía mi escudilla de pan ensopado en leche, Bourgeat entra y me dice bruscamente:
—Señor estudiante, yo soy un pobre hombre hospiciano del hospital de Saint Fleur, sin padre ni madre, y no soy bastante rico para poder casarme. Usted no es tampoco fértil en parientes ni cuenta con lo que yo cuento. Escuche usted, yo tengo abajo un carrito de mano que he alquilado á diez céntimos la hora, y éste carrito puede llevar todos nuestros cachivaches; si usted no tiene inconveniente, y puesto que nos arrojan de aquí, podemos buscar un cuarto para vivir juntos; ¡qué demonio! después de todo, este cuarto no tiene nada del paraíso terrestre.
—Ya lo sé, mi buen Bourgeat,—le dije,—pero me encuentro muy apurado porque tengo abajo un baúl que contiene más de cien escudos de ropa, con cuyo importe podría pagar al propietario y lo que le debo al portero, y como no tengo un céntimo, no voy á poder sacarlo.
—¡Bah! aun me quedan á mi algunos cuartos,—me respondió alegremente Bourgeat enseñándome una bolsa vieja de grasiento cuero.—No tendrá usted necesidad de vender la ropa.
Bourgeat pagó los tres meses que yo debía y el suyo, y abonó al portero la cuenta. Después, colocó nuestros muebles en el carrito y lo arrastró por las calles deteniéndose delante de las casas en que había pisos para alquilar. Yo le acompañaba y subía á los pisos para ver si el local nos convenía. A las doce aun errábamos por el barrio latino sin haber encontrado nada. El precio era un gran obstáculo; Bourgeat me propuso que fuésemos á comer á casa de un vinatero, á cuya puerta dejamos el carrito. A eso del obscurecer encontramos en el patio de Rohan, en el pasaje del Comercio, una buhardilla con dos cuartos separados por la escalera, que sólo costaba ciento veinte francos al año, y con esto henos ya trasladados á mi humilde amigo y á mí. Comimos juntos. Bourgeat, que ganaba unos diez reales diarios, poseía ya unos cincuenta duros, y estaba muy próximo á poder realizar su ambición, que era comprar un tonel y un caballo. Al saber mi situación, pues me fue sacando los secretos con un tino y una delicadeza cuyo recuerdo conserva aún hoy mi corazón, renunció por algún tiempo á la ambición de toda su vida: Bourgeat era aguador hacía veintidós años, y sacrificó sus cien escudos por mi porvenir.
Esto diciendo, Desplein oprimió violentamente el brazo á Bianchon.
—Me dio el dinero necesario para mis exámenes. Aquel hombre, amigo mío, comprendió que yo tenía un porvenir y que las necesidades de mi inteligencia eran más importantes que las suyas. Se ocupó de mí, me llamaba su hijo, me prestó el dinero necesario para comprar los libros é iba de vez en cuando de puntillas á verme trabajar; en fin, sus cuidados verdaderamente paternales llegaron hasta á obligarme á substituir el alimento insuficiente y malo á que estaba condenado, por un alimento sano y abundante. Bourgeat, hombre de unos cuarenta años, tenía cara de aldeano de la edad media, una frente bombeada y una cabeza que un pintor hubiera podido tomar como modelo para un licurgo. El pobre hombre sentía en su corazón hambre de afectos, y no había sido amado nunca más que por un perro, que había muerto hacía poco, y del cual me hablaba siempre, preguntándome si creía yo que la Iglesia consentiría en decir misa por el descanso de su alma. Según decía él, su perro era un verdadero cristiano, que le había acompañado durante doce años á la iglesia, sin que nunca hubiese ladrado, que escuchaba los órganos sin aullar y que permanecía acurrucado á su lado en una actitud que le hacía creer que rogaba con él. Aquel hombre fijó en mí todo su afecto, me aceptó como un ser solo y desgraciado, y pasó á ser para mí la madre más atenta, un bienhechor delicado y, en una palabra, el ideal de esa virtud que se complace en su obra. Cuando lo encontraba en la calle, me dirigía una mirada de inteligencia llena de inconcebible nobleza, procuraba andar con ligereza, como si no le molestase la carga de agua que soportaba y se consideraba feliz al verme robusto y bien vestido. En una palabra, tuvo para mí la abnegación de un padre y el amor de madre. Bourgeat me hacía los recados, me despertaba por la noche á las horas convenidas, limpiaba mi quinqué y fregaba el descansillo de nuestra escalera: limpio como una inglesa, era tan buen criado como buen padre. El cocinaba, serraba como Philopémen la leña y comunicaba á todas sus acciones una gran sencillez, conservando siempre su dignidad, pues parecía comprender que el objeto lo ennoblecía todo. Cuando me separé de aquel buen hombre para entrar en el hospital como interno, experimentó no sé qué dolor al pensar que ya no podría vivir conmigo; pero se consoló con la perspectiva de reunir el dinero necesario para los gastos de mi licenciatura y me hizo prometer que iría á verle los días de salida. Bourgeat estaba orgulloso de mí y me amaba por mi y por él. Si lee usted el discurso de mi licenciatura, verá que se lo dediqué á él. El último año que estuve interno en el hospital yo había ganado el dinero suficiente para devolver lo que le debía á aquel digno auverniano comprándole un caballo y un tonel. Aquel pobre hombre se puso furioso al saber que me privaba de mi dinero, y sin embargo estaba encantado al ver sus intentos realizados; se reía y me reñía al mismo tiempo; miraba el tonel y el caballo y se enjugaba una lágrima diciéndome: «¡Mal hecho, mal hecho! ¡Ah! ¡qué tonel más hermoso! Ha hecho usted mal, ¡el caballo es más fuerte que un auverniano!» Nunca he visto nada tan conmovedor como aquella escena. Bourgeat se empeñó en comprarme aquel estuche, con adornos de plata que habrá usted visto en mi despacho y que es la cosa más preciada que poseo. Aunque se embriagaba con mis propios éxitos, nunca se le escapó la menor palabra ni el menor gesto que quisiesen decir: «¡Gracias á mí se ha distinguido este hombre!» Y sin embargo, sin él, nada más cierto que la miseria me hubiese matado. El pobre hombre se había sacrificado por mí y no había comido más que pan frotado con ajo, á fin de que yo tuviese el café necesario para poder velar. Una vez cayó enfermo, y como usted puede imaginarse, yo pasé las noches á su cabecera y logré salvarlo; pero dos años después tuvo una recaída, y, á pesar de los cuidados más asiduos, á pesar de los esfuerzos más grandes de la ciencia, murió. Jamás rey alguno estuvo mejor cuidado que él. Sí, Bianchon, para arrancar aquella vida á la muerte, hice cosas inauditas. Quería prolongar su vida para que fuese testigo de su obra, para realizar todos sus deseos, para satisfacer el único afecto que me llenó el corazón, para dar expansión á un cariño que, aun hoy ocupa por entero mi alma. Bourgeat,—repuso Desplein, después de una pausa, visiblemente emocionado,—Bourgeat que fue mi segundo padre, murió en mis brazos dejándome todo lo que poseía mediante un testamento que había hecho en casa de un escribano público y que llevaba la fecha del año en que habíamos ido á vivir juntos al patio de Rohan. Aquel hombre tenía la fe del carbonero y amaba á la Santa Virgen como hubiera amado á su mujer. Católico ardiente, no había dicho nunca una palabra acerca de mi incredulidad. Cuando estuvo en peligro, me rogó que procurase que no le faltasen nunca los auxilios de la Iglesia. Yo hice decir todos los días una misa por él. Muchas veces, durante la noche, me comunicaba sus temores acerca de su porvenir, pues temía no haber vivido bastante santamente. ¡Pobre hombre! ¡Trabajaba de la mañana á la noche como un negro! ¿A quién sino á él pertenece el cielo si es que hay un cielo? Recibió los Sacramentos como un santo que era y su muerte fue digna de su vida. Yo fui el único que le acompañé al cementerio. Cuando vi ya bajo tierra a mi único bienhechor, empecé á discurrir el medio de mostrarle mi agradecimiento; aquel hombre no tenía familia, ni amigos, ni mujer, ni hijos, tenía una convicción religiosa; ¿podía yo de algún modo discutírsela? El pobre me había hablado tímidamente de las misas que se decían por el descanso de los muertos, pero no quería imponerme este deber pensando que aquello equivaldría á querer cobrar los favores que me había hecho. Tan pronto como pude establecer una fundación, di en San Sulpicio la suma necesaria para que se dijesen cuatro misas al año. Como que la única cosa que puedo ofrecer á Bourgeat es la satisfacción de sus piadosos deseos, el día que se dice esa misa, ó sea, el principio de cada estación, voy á oirla en su nombre y recito por él las consiguientes oraciones. Yo digo con la buena fe del escéptico: «¡Dios mío, si existe una esfera donde colocas después de su muerte á aquellos que han sido perfectos, piensa en el buen Bourgeat; y si es necesario sufrir por él, dame á mí más sufrimientos, á fin de hacerle entrar más pronto en ese lugar que se llama cielo.» He aquí, querido mío, lo único que puede permitirse un hombre de mis creencias. Dios debe ser un buen diablo y seguramente que no me guarda por ellas ningún rencor. Se lo juro á usted, daría toda mi fortuna porque las creencias de Bourgeat pudiesen penetrar en mi cerebro.
Bianchon, que cuidó á Desplein en su última enfermedad, no se atreve á afirmar hoy que el ilustre cirujano haya muerto ateo. ¿No tendrán especial complacencia los creyentes en pensar que el humilde auverniano haya ido á abrirle la puerta del cielo como le abrió antes la puerta del templo terrestre, en cuyo frontispicio se lee: A los grandes hombres, la patria agradecida?


Llovizna sobre la desdicha

Por Bernardo Verbitsky

Viñaver llegó a su casa temeroso pero ya resignado a que le vieran con su uniforme blanco. Sin embargo, en contra de lo que suponía, pudo atravesar el patio y aproximarse a su habitación sin encontrar a ninguno de sus vecinos. Su alivio fue tal cuando en el último momento esquivó a Don Alí, el encargado, que hacía su aparición en el patio.

—Clara —dijo a su mujer mientras entraba en la habitación— caminar también es un trabajo. Pero ahora —agregó, desenvolviendo el paquete que llevaba— nos va a ir mejor.

Los chicos le preguntaron si no les había traído un helado. No traía helados pero había comprado un poco de fiambre, queso y dulce de membrillo pues sabía que les gustaba. La mayor, que tenía ocho años y estaba haciendo sus deberes, le dijo con seriedad cerrando su cuaderno:

—Si tenés unas monedas, voy a comprar medio kilo de pan. No hay en casa ¿no, mamá?

—Claro que tengo —dijo con afiebrado optimismo Viñaver—. Tengo para pan y ahora va alcanzar para todo.

Contó que había ganado cuatro pesos y que si a las siete no hubiera comenzado a llover, lo que obligó a suspender la venta y llevar su carrito al depósito, tal vez hubiera ganado dos pesos más. Clara pareció animarse ante ese resultado, pero sólo contestó que el encargado había preguntado por él varias veces. Viñaver se apretó nerviosamente los puños, haciendo sonar las articulaciones de los dedos. Fue después de comer que se advirtió espantosamente cansado.

A las doce del día siguiente debía reiniciar su caminata. Era domingo y en el patio había más gente que de costumbre. Sin la suerte de la noche anterior, se encontró con Don Alí, que visiblemente le esperaba. Se limitó a pedirle que se mudara. Viñaver con un brillo nervioso en los ojos, le aseguró que le pagaría, pues tenía trabajo. Pero Don Alí repetía:

—No, no, no. No podemos seguir así. Usted se muda. No me pague, pero váyase.

No lo había molestado mucho a pesar de su atraso, pero ahora un paisano le ofrecía diez pesos más por la habitación, y el pago adelantado. Viñaver insistió que le pagaría y aunque el otro le repitió terminantemente que prefería perder lo adeudado, creyó haberle convencido. Su mujer había seguido medrosa desde la puerta la conversación. No podían irse pues carecían del dinero para la mudanza y el primer pago en la casa nueva.

Él se fue a mediodía y después de su salida ella realizó en el barrio una gestión afortunada. Pero a su regreso por la noche nada bueno pudo la mujer contarle. Su relato hacía asomar en el rostro flaco y macilento de Viñaver dos parches rojos, signo de su excitación. Ella había obtenido por la tarde trabajo como sirvienta en una casa próxima, pero regresaba despedida. Ocurría esto por sexta o séptima vez en el término de treinta días. La explicación que le dio fue incoherente, pero Viñaver pareció entenderla. Los chicos ya habían sido acostados y aunque ella había traído un peso y monedas que le entregaron al despedirla, ocupados en discutir la persecución de que se creían víctimas ni pensaron en comer. La debilidad les hacía desvariar aun más que de costumbre, y sólo se tranquilizaron al encauzar su alteración en un plan que concibieron.

Viñaver anotó en una hoja de cuaderno las direcciones de las casas en que su mujer trabajara en el último mes y luego, bajo el título de Memorándum, redactó una protesta contra todas las personas allí enumeradas. Afirmaba que ella había debido retirarse de esas casas, insultada y ofendida. “Así no debe tratarse a una lavandera —agregaba— que se ofrece para ayudar el pequeño jornal de mi marido enfermo. Como padres de dos menores argentinos nos vimos obligados a firmar la presente nota de acuerdo a través de nuestra vida dolorosa e histórica para todo momento oportuno”. Fecharon el documento y debajo firmó ella. Clara J. de Viñaver con su letra grande y desgarbada.

La verdad es que la despedían porque no sabía cocinar y no tenía fuerza para lavar la ropa.

Viñaver, con sus mejillas florecidas, sin sacarse su uniforme que le hacía más esmirriado, se tiró sobre la cama. Desde la suya que ocupaba con el chico, Lía la mayorcita, todavía despierta, miraba en silencio.

El lunes y el martes disminuyó la venta de helados y en las dos jornadas apenas reunió tres con cincuenta. No podía tener esperanzas de deducir de tales entradas el alquiler que debía. Don Alí reiteró su exigencia, esta vez violentamente, y cuando en la discusión recordó que la pieza que su inquilino ocupaba era la mejor de la casa, su enojo se hizo todavía más agudo, como si recién entonces comprendiera todo lo que iba perdiendo. Gritaba cada vez más fuerte, se enardecía a la vista de los vecinos que salían a la puerta de sus habitaciones. Viñaver repetía:

—Pero yo no puedo mudarme, ¿cómo quiere que me vaya?

Don Alí, cada vez más excitado, corrió a su habitación y en medio de los chillidos de las mujeres salió blandiendo un gran cuchillo puntiagudo. No parecía tener ningún control sobre su enojo y gritaba:

—Es la mejor pieza de la casa. Yo te mato si no te mudás.

Intervinieron algunos vecinos, desarmaron a Don Alí, que se mostró sorprendido de su acceso. Viñaver no podía moverse del lugar. Ríos de angustia atravesaban su pecho. Estaba aterrado por los gritos, por el escándalo, más aún que del cuchillo. Su mujer también había gritado y ahora le llevaba a su habitación. Tranquilizaron a los chicos, que lloraban, y más tarde, entrada ya la noche, hablaron entre ellos largamente, hicieron cálculos procurando imaginar algún recurso. Debían mudarse porque el encargado lo mataría. Pero no encontraba la manera de reunir esos cincuenta pesos que les permitiría cambiar de pieza. Extenuado como estaba por las caminatas y estremecido por la pelea, aumentaba la confusión de su cerebro. En su cabeza no cabían ideas y su mujer, fiel eco de su perturbación, no padecía su miedo pero se sometía a su reacción como a sus soluciones.

Aterraba a Viñaver la perspectiva de encontrarse con Alí y hasta temía abandonar su habitación. No lo encontró al salir pero se fue monologando su pánico ante la noción ahora más viva del peligro pasado, el recuerdo del cuchillo.

Su mujer fue, como todos los miércoles, a una sociedad judía de beneficencia y después de retirar los cinco pesos que periódicamente le entregaban y que en los últimos tiempos estiraban el hambre de la familia, solicitó al empleado que siempre la atendía, un préstamo de cincuenta pesos para mudarse. El hombre, sorprendido, aseguró que no dependía de él la entrega de semejante suma y le indicó que se dirigiera en todo caso a la comisión directiva haciéndole saber sus necesidades. A la mañana siguiente Viñaver acompañó a su mujer a la sociedad y agitado todavía por la escalera entregó el Memorándum al empleado que atendía una ventanilla, quien leyó la protesta contra las personas que despedían a la señora. Sin saber qué actitud tomar adoptó un tono ceremonioso y le dijo:

—Mire señor. Esto no puedo resolverlo por mí mismo. Es necesario que se dirija a la comisión directiva, que considerará su solicitud.

Viñaver no estaba dispuesto a admitir el fracaso de su plan, había estado seguro de que el memorándum tendría un efecto inmediato. Reclamó el dinero con una violencia en él insospechada, pero el otro se mostró conciliador al ver su rostro alterado, sus mejillas coloradas y el destello aceitoso de sus ojos.

—¿El dinero acaso es mío? Este documento mándelo a la comisión y puede ser que le den.

Eso pareció convencerle, y se fueron. Pero ocupados en comentar la tentativa con su mujer ninguno de los dos recordó en todo el día que debía ir al depósito de helados a hacerse cargo de su carrito. Al día siguiente acudió como si nada hubiera pasado pero se encontró con que lo habían reemplazado. Al principio no pareció darse cuenta de lo que eso significaba, pero lo entendió mejor a las pocas horas, pues su mujer apenas pudo preparar algo para cenar, no para él ni ella, que hacía meses que no tomaban alimento con regularidad ni hacían completa una comida, sino para los chicos, que se quedaron con hambre.

Viñaver pareció haber recibido un estímulo comprendiendo la urgencia de hacer algo pero sólo podía pensar alternativamente en Don Alí —que no le había vuelto a decir nada— y el empleado de la sociedad de beneficencia. Sentía encono contra ese hombre y sin recordar detalles le culpaba de la negativa del dinero. De sus cavilaciones delirantes surgió de nuevo lo que le pareció una solución infalible. Ella le dio un trozo de sábana vieja del que recortó un rectángulo del tamaño de una bandera; improvisó un pincel y compuso un cartel con grandes letras irregulares que dibujó con tinta. Los chicos siguieron con interés su trabajo. Su mujer pasó el tiempo envolviendo en papeles su reducida vajilla de cocina.

En las primeras horas de la mañana Viñaver comunicó a Don Alí, que asintió en silencio, que se mudaba de inmediato. Buscó en el barrio un changador y contrató la mudanza. Vistieron a los chicos, y cuando los pocos pobres muebles fueron cargados, dio al carrero la dirección de la sociedad de beneficencia.

—Nosotros vamos en tranvía y le vamos a esperar. Allá cobrará —le dijo, conteniendo un solapado deseo de reír.

El carro arrancó, iniciándose el moderado traqueo del único caballo.

Viñaver con su mujer y los chicos, también partieron, pero a pie. Llevaban un rumbo cierto. Empezaron a caminar bajo un cielo nublado. El aire estaba inmóvil. Vivían en Villa Crespo y desembocaron en Triunvirato que luego de un buen trecho se transformaba en Corrientes. Hicieron en conjunto unas treinta y cinco cuadras, y unas tres o cuatro antes de llegar a Callao, Viñaver desenvolvió un pequeño paquete que llevaba, y extrajo doblado como una servilleta el cartel que preparara la víspera. Con ayuda de su mujer lo desplegó y así lo llevaron, con las manos en alto. En la primera cuadra la gente que iba en dirección contraria se daba vuelta para mirarlos y leer el letrero. Después los siguieron algunos muchachos y luego también algunos hombres. El cartel decía:

“Queremos que nos deporten para encontrar trabajo. El superior gobierno de la nación debe alimentar a nuestros hijos porque son menores argentinos y de lo contrario queremos ir a Montevideo, donde tenemos un amigo y un tío de mi señora, porque los chicos tienen hambre”.

Abajo venían las firmas de Viñaver y su mujer. Se detuvieron en Callao y Corrientes con el cartel siempre enarbolado. Tanta gente había ya a su alrededor que los chicos cansados y con susto, comenzaron a llorar. Llegó un vigilante para averiguar el motivo de la aglomeración. Llegó otro agente. Interrogaron a Viñaver, quien, cuando le preguntaban qué hacía allí, sólo atinaba a responder:

—Porque nos mudamos esta mañana.

Finalmente los llevaron a la comisaría más próxima, donde un sargento les dio bizcochos de grasa a los chicos, pues el menorcito pedía de comer. A otras preguntas, Viñaver respondía que la mudanza la iba a pagar el empleado de la sociedad de beneficencia.

Cuando a la sede de ésta llegó el carrero, no encontró quien supiera decirle nada ni quien se hiciera cargo de los muebles. Averiguó en la cuadra si había alguna pieza desocupada, pero si bien encontró un cartel le aseguraron que nadie había alquilado. Volvió a la sociedad, pero el empleado se había ido a almorzar. El carrero, furioso y desconcertado, habló por teléfono a un almacén de su barrio, pidió que le averiguaran sobre lo ocurrido en casa de Don Alí, y se dispuso a almorzar a su vez en un boliche, hasta tanto pudiera volver a llamar.

Telefoneó más tarde pero no le supieron decir nada. No habían vuelto a ver a Viñaver. El carrero se allegó una vez más a la ventanilla, pero allí le atendió otro empleado quien no le pudo identificar, por la descripción que le hizo, al hombre que le diera esa dirección como la de su nuevo domicilio, y le aconsejó que avisara a la policía. El carrero, muy irritado, subió a su vehículo, y cuando a tres cuadras de allí vio un baldío entre dos casas, comenzó a descargar el moblaje de Viñaver. Crecían en ese espacio yuyos, y había desparramadas latas de conserva, oxidadas.

Contra la pared amontonó el pequeño ropero, el lavatorio sin espejo, dos camas, separados los elásticos del respaldo, tres sillas, un tacho de lavar lleno de las cosas de la cocina, y encima el colchón y un bulto con las cobijas. Se iba a ir cuando advirtió un grupo de chicos; le estaban mirando, y simuló acomodar los bultos. Se dio cuenta entonces que había empezado a caer una garúa finita. Era apenas perceptible su guión oblicuo. El carrero se encaró con uno de los muchachos:

—A ver vos, andá a buscar un vigilante. ¿Hay parada por acá?

Había tomado ya una resolución. Dos de los chicos salieron corriendo. Tardaron en regresar. Detrás llegaba, calmoso, un agente a quien hizo no sin dificultad el relato minucioso de lo ocurrido desde que convino con Viñaver el traslado de los muebles, hasta ese momento. La llovizna que no molestaba aún, se había hecho imperceptiblemente más densa.

—Bueno —dijo el vigilante— le va a traer alguna molestia. Tendrá que venir conmigo a la comisaría. Y con esto ¿qué hacemos? —dijo por los muebles—. Esta garúa de porquería —agregó—. ¿Quién de ustedes va al almacén del gallego de la media cuadra y le dice de mi parte, que mande unas bolsas, una lona, algo para tapar todo?

Unos chicos salieron corriendo. Algunas personas se habían acercado a la entrada del baldío, un hueco en una pared baja, y contemplaban la escena. Los muebles parecían unos cachivaches enanos, adosados contra la gran pared. Llegó un dependiente del almacenero para averiguar qué ocurría y ya enterado se fue, para regresar con unas bolsas de azúcar, de arpillera tupida. Sobre el respaldo curvo de las sillas, sobre la madera ordinaria del ropero, gotitas muy pequeñas formaban como un exudado. El agente, después de una corta indecisión comenzó a acomodar las bolsas sobre el colchón y el bulto de las frazadas. No se habían mojado mucho, pero se veían húmedas, ablandadas.


La ribera

Por Enrique Wernicke *

Desperté bruscamente, totalmente lúcido.

Era imposible demorarse en la inconsciencia: la mañana estallaba en la ventana de la piecita y me había penetrado el cuerpo cuando apenas entreabrí los párpados.

Me senté en la cama apoyando la espalda en los duros barrotes. La luz invadía la reducida habitación y su impertinente desenfado señalaba los más graves defectos de mi vida: soledad, desorden, pobreza. Sábanas arrugadas y sucias. Ropa en el suelo. Una botella de vino, vacía. Un libro abierto y manchado. Puchos de cigarrillos.

Estigmas de una noche como tantas.

Pero la ventana me ofrecía un nuevo día y resultaba grato recomenzar a vivir.

Me vestí distraídamente. Miraba las ramas del sauce recién brotado que se interponía entre mi casa y la calle. Cuando di unos pasos buscando mis alpargatas, el piso cedió bajo mi peso con esa blandura que suele tener la tierra fresca. Sonreí. No siempre soy capaz de sentir las cosas.

Di otros pasos por sentir nuevamente la elasticidad de la madera. Y recordé la sensación que se experimenta al subir a un bote y la liviandad de la marcha sobre un muelle de madera.

Recordé un mar lejano. Y de pronto me sentí feliz.

Al fin de cuentas, una vez más vivía en una ribera, y el río, si no el mar, estaba a unos metros de mi casa.

La soledad concede despertares puros. Cuando se vive solo, se es mucho más virgen y al levantarse de la cama es común azorarse de sí mismo. Se es más auténtico, más sincero.

Me digo que viviendo solo es imposible mentirse de mañana y aun las trampas que aceptamos rotundamente por la noche, con la luz, con la inepta carne que llevamos al despertar, quedan ridículamente en descubierto.

Comienza hermosamente mi día.

Salí de la pieza y busqué el diario que, como de costumbre, el repartidor había tirado entre las hortensias. Al hundir la cabeza en el follaje el rocío me lavó la cara. Y allá en la sombra de las hojas descubrí la noche que había perdido. La tierra olía a humedad y se negaba al día.

La calle estaba llena de sol. Me dejé tentar. Abrí el portoncito de alambre y salí a buscar esa caricia tibia que se desparramaba en la mañana.

No, no pienso nada. Siento.

El terraplén del tren me cerraba el paisaje con su hirsuto lomo de tierra. Le di la espalda y volví a casa. A través de los árboles, caminando con los ojos todo el largo de mi terreno, anduve, anduve hasta que llegué al río. Pero para entonces ya estaba detenido ante la puerta de la cocina. Y había que prepararse el mate.

Vivo en la ribera. Mi casa da frente a una estrecha calle de tierra que corre paralela a un alto terraplén de ferrocarril. Los fondos de mi terreno son como el mismo fin de la tierra porque dan de boca, entre abruptas toscas, contra el río.

El terraplén del ferrocarril es un muro inaccesible que nos tapa la vista de la ciudad. El horizonte del río, por lo contrario, nos invita a todas las ansias.

Necesariamente, mi paisaje me niega la amistad cercana y me entrega a las ridículas apetencias de todos los que sueñan imposibles.

El edificio que habito es uno de los tantos, típicos de la ribera: paredes de tabla machimbrada, techo de cinc.

Cuatro pilares de ladrillos levantan los esquineros a un metro del suelo, en prevención de las crecientes.

Por eso mi casa vibra y resuena como los muelles y las ramblas.

Al frente tengo un sombrío jardincito de dos metros. Hortensias, agapantus, un ceibo retorcido, dos álamos y la gran rama de un sauce que se alarga desde el terreno vecino.

Se entra en mi casa por un costado del lote. Y de quererlo, se continúa por una especie de camino hasta las grandes toscas del río. Antes, mirando al pasar, de lado, se ve un patio de tierra sombreado de mimbres y sauces donde una casilla mucho más levantada, mucho más vieja y decrépita, me sirve de taller.

Hace apenas unos meses que estoy aquí; pero ya me he hecho a vivir sobre la costa. Bueno, he conocido esta ribera desde niño: nací en la loma de Vicente López.

De cualquier modo, una ubicación oportuna puede ser la salud de un hombre. Y yo me digo mientras escribo esta página: parezco o debo ser mucho más feliz de lo que creo.

Entré en la cocina sin prestar atención al perro que dormía cruzado en el umbral. Casi me fui de narices cuando se levantó para saludarme.

Mientras encendía el primus y preparaba el mate observé al pobre y viejo animal que, seguramente arrepentido de haber comenzado con tan mala estrella el día, me miraba con ojos de pordiosero y meneaba el rabo dulcemente.

Los perros, ¡malditos sean! –me dije–, me son tan necesarios como un espejo. En ellos veo mi mal humor, como las canas cuando me afeito.

La pava comenzó a cantar.

Los chicos abrieron el portón, pasaron frente a la ventana de la cocina y treparon al taller en cuatro saltos.

Saqué mi silla de paja y en un rincón habitual cebé mis mates mirando el río.

Desde aquí se aprecia bien la línea de la costa. Las ramas de los sauces, apenas verdecidas, no llegan a tocar el suelo y forman un marco perfecto para mirar la mañana y la lejanía del agua.

Uno mira, se distrae y siente como si goteara la vida.

En el taller –a muy pocos metros, allí arriba en la casilla–, las zapatillas de Miguel Angel dieron contra una lata. Escucho el ruido, chupo mi mate. Es como si un fantasma transparente de mí mismo entrara sonriendo en el taller.

Susana debe estar sentada derecha en su silla. Tiene las manos quietas y piensa en el trabajo que debe acometer.

Y entretanto, yo, otra vez en mi comienzo, en mi mañana, abandono el río; abro el diario y enciendo un cigarrillo.

El diario, sus telegramas, quieras o no son en mi caso una picana que toca olvidados recuerdos y amargas comprobaciones. El solo nombre de París me altera todo. Vivo, pues –y esto se repite cada día–, un instante descentrado: no estoy donde parece ni alcanzo a estar donde yo quiero.

París se desangra. Esto es brutal y duele como un golpe.

Poco después, me descubro sentado en mi silla de paja.

Ya está la brisa entre los sauces. Luego de algunas horas será sudeste.

Pequeños detalles que me afianzan el día.

Dejo el diario, dejo el mate. Subo al taller.

Son mis manos las que me dan de comer. Y esto puede decirlo sólo un hombre que no tiene un origen proletario.

¡Es tan burgués el hacer hincapié entre las manos y la cabeza!

Cuando un burgués cae –ésa es la palabra histórica– en la artesanía o en el proletariado, como burgués es un desclasado.

Lo compruebo en mí mismo.

Hace tres años que he renegado del periodismo. Hoy –aunque un poco literariamente– me enorgullezco del humilde oficio que practico. No sé bien si corresponde llamarme fundidor o cincelador. Utilizo ambos procedimientos para crear pequeñas figuras de metal que luego se pulen y se pintan.

Mis clientes son coleccionistas y anticuarios.

Es común en mis noches de ribera regocijarme con la minúscula historia de mi taller artesano. Parece una adaptación escolar de la historia del hombre primitivo: torpezas, asombros, descubrimientos. Un lento derrotar pequeños contratiempos. Una lucha silenciosa y vergonzante contra la propia ignorancia, alentada por el afán de bastarse a sí mismo.

–¡Inconcebible, ridículo! –comentaba un amigo–. En esta época, en este Buenos Aires, un hombre solitario inventando un oficio…

Es evidente: desde cierto punto de vista, todo mi taller es absurdo. Pero ser un pobre aprendiz frente a sí mismo, monologarse lecciones noche tras noche y llegar por fin a ser dueño de las propias manos, lograr lo que uno quería de sus dedos, es tan dulce como un cuento para niños donde todo es simple, doloroso y bueno.

–Es como si vivieras desconectado de todo.

–Es verdad. A veces pienso que no vivo.

No puedo compararme sino con lo que fui. Viví en Europa, fui periodista. Vestí bien, comí mejor, anduve los bulevares, estuve entre la gente, en un mundo caliente y terrible.

Hoy soy un hombre de la ribera que se arremanga los pantalones para no embarrarse las bocamangas.

Soy más feliz. Puedo, al menos, llegar a ser más feliz. Reconozco, sin embargo, que hasta la más completa paz que llegue a brindarme esta existencia tendrá un perfume casi desvanecido de desastre.

Porque los sauces, el río, el cielo, el solitario ajetreo de mis manos, no bastan para darme el sentido del hombre.

Miguel Angel ha estado pereceando. Lo adivino en el apresuramiento con que toma una lima y un particular encogimiento de su espalda, gesto automático de quien se siente en culpa.

Además, desde hace días yo también observo lo que distrae al chico: un hornero se ha puesto a construir su nido en el árbol seco que se ve desde su ventana.

Pero está mal, me digo, que el trabajo se atrase; es justo que me irrite. Y al calificarme de justo me doy el derecho de ser cruel.

Susana ve que su hermano no hace nada, pero es incapaz de hacerle la mínima observación. Ese deber corresponde a su patrón.

Me detengo ante la mesa del chico, le pongo una figura en la mano y le digo:

–Vamos, a trabajar, rápido… –y lo zamarreo cariñosamente.

Voy hasta el otro extremo de la habitación, donde pinta Susana.

Resulta extraordinario que esta casilla de cuatro por cuatro nos brinde un taller tan amplio. Tal vez se debe a que tiene tres ventanas y una puerta con vidrios, o a la disposición de las mesas, una contra cada pared. Los tres nos damos las espaldas y, cuando hablamos, las voces suenan lejanas.

Alguna vez sucedió que, ante la inminencia de una tormenta, cada cual ha opinado de acuerdo con la visión de su ventana. Un cielo distinto. Para mí “las nubes van”, para Susana “vienen”.

Es raro que nos levantemos en las horas de trabajo, nuestro oficio no reclama trajines y sí, en cambio, una quieta y permanente atención. El trabajo nos atrapa, las horas se van rápidamente, y al terminar la jornada, uno comprende con asombro y tristeza que se ha perdido un pedazo de vida en un mecánico esfuerzo manual.

Por eso somos distintos al comenzar el día. Y por eso nos parecemos tanto cuando nos despedimos.

Pero Miguel Angel es muy joven. Sólo tiene trece años y no participa íntegramente del clima del taller. El tiene una vida aparte con su sauce seco, su hornero, sus travesuras y sus modorras de muchacho; Susana, en cambio, deja su personalidad en cada objeto que toca y recibe a su vez, espesamente, el silencio del taller. Su adolescencia sin pasado se entrelaza en nuestras horas. Es que tiene un espíritu fácil a la vida, de esos que no clasifican ni pesan los actos. Para ella todo parece ser importante, y trata de hacerlo todo bien. Con sus largos silencios habituales nos ha hecho silenciosos a nosotros. Ella dice lo contrario, que ha sido la casilla, el trabajo, lo que apagó su voz.

Susana es severa en su oficio. Cuando yerra levanta la cabeza, suspira y sin una sola observación borra la pintura para comenzar de nuevo.

Yo podría decir sin mirarla si está conforme o no con cada pincelada.

Conozco los crujidos de su silla y, cuando se recoge el pelo con un gesto de muchacho, siento en el aire que ha levantado la mano.

Es que el taller se ha vuelto demasiado íntimo. Y eso pese al deseo que tuve alguna vez de hacer de mi trabajo una ocupación mecánica y anónima. Pensaba que era bueno trabajar sin entregarse, sin gastarse, sin poner el corazón, la alegría, la vida de uno, en fin. Porque los resultados no lo merecen. Nuestras figuritas no son más que tantos adornos de salón que sobran en este mundo donde tantas cosas faltan.

Pero no está en mi carácter lograr esa indiferencia. Y menos aún cuando como ayudante tengo a esta muchacha que aprecia tanto su trabajo y que me empuja, con buenos adjetivos, a que me esmere y logre lo mejor.

Y bien. No debe uno empecinarse cuando la vida impone toda su fuerza.

Tal vez no estoy maduro para vivir sin secretos; tal vez yo necesito, como un chico el calor de la escuela, este misterio de artesano medieval; tal vez, me digo por fin, sólo sirvo para esto y nada más.

La ventana de Susana es la más verde de todas. Cuando llegue el verano, las hojas de los sauces llegarán hasta su mesa y sus pinceles. Sobre ese verde exuberante, Susana recorta de espaldas su figura: una nuca delgada, larga, conmovedora, los hombros anchos pero un poco tristes.

Se sienta erguida en su silla de paja y trabaja con elegancia, sin despegar los codos del cuerpo. Sus movimientos son suaves, controlados.

Cuando esta chica tiemble, será como si toda la vida temblara.

–¿Está bien así? –pregunta sin volverse, adivinando mi presencia a sus espaldas.

–¿Qué?

–Esto… –insiste, señalando un detalle en el grabado y alza la figura que lo copia. Se trata de un complicado vendedor de velas que litografió Bacle. Los ponchos se superponen en los hombros del mulato.

Explico como puedo el porqué de la vestimenta con el fin de descubrirle la ubicación de los colores. Me escucha con el pincel en alto, en absoluta inmovilidad.

–¿Comprendés?

–Sí –responde. Y su larga mano desciende lentamente como si fuera a desplomarse muerta sobre la mesa.

En mi banco se amontona bastante trabajo atrasado. Me siento decidido y tomo las herramientas. La mesa es todo un mundo de buriles, cortaplumas, pinzas y limas. Las figuras comenzadas parecen esperar mi intervención. Como iniciando el ensayo de una comedia, tomo una, la reviso y por fin comienzo a trabajarla.

–¡Qué linda va a ser esa figura! –dice Susana, desde su distancia. Yo sé que se refiere a esta pieza que tengo en las manos.

Su observación me interrumpe.

Miro por mi ventana. Recuerdo la mañana en que estos dos chicos llegaron por primera vez a casa. Susana vestía la misma pollera que ahora tiene, y tal vez la misma blusa de muchacho.

Me pareció frágil aquel día. Y no lo es. Entonces no la encontré bonita. Ahora me atrae hasta su nariz filosa y osada.

–¡Ya terminé! –exclama Miguel Angel, con ese tonito de mal alumno que quiere hacer rabiar a la maestra.

Estoy distraído. Trato de recordar por qué me impresionaron los ojos de la muchacha.

–¿Qué hago? –insiste el chico.

–Limpiá la figura. Buscá el ácido –respondo malhumorado.

Arrastra la silla. Camina y el suelo vibra. Otra vez la sensación de barco. Hoy, desde temprano vivo un mar. Pero mi mano derecha empuña el buril y me obliga a retornar a mi mesa.

Nono. Sí, es Nono que llega de visita.

Se ha quejado el portoncito de alambre. El perro ha lanzado dos ladridos desganados. Estiro el cuello y veo al amigo, al pie de un sauce. Acaricia al cuzco y mira mi ventana. Lo saludo con la mano.

–Esperá, Nono, ya bajo –digo, aunque sé que no me oye.

No trabajaré más esta mañana.

Miguel Angel se mueve en su silla. El tampoco hará nada más.

Susana, como si no me hubiera oído.

Mientras bajo la temblona escalera, Nono me observa silencioso. Recién cuando toco tierra, dice:

–¡Buenos días! –y me tiende la mano como si hiciera días que no nos vemos.

Pero Nono es vecino cercano y su alto corpachón pasa frente a mi casa varias veces por día. Para Nono, un encuentro es cosa de la casualidad y una visita, en cambio, es una evidente manifestación de su deseo de verme. Las visitas, y más aún éstas de mañana, tienen su ceremonia.

–No me ha llegado el material –explica–, y aprovecho el rato para verte.

–Me alegro; tomaremos un traguito de vino.

Yo voy hacia los hombres como quien visita un nuevo paraje. Me gusta, necesito el paisaje de almas distintas, y si fuera pintor haría cuadros monumentales con sus historias. Al fin y al cabo, todo lo que a uno “le ha sucedido” no es más que el moblaje que llena ese hueco que es la existencia.

Nono es de otro mundo que el mío. Estoy en viaje, lejos del taller, de sus figuras. Casi podría decir que los chicos son un recuerdo, aunque estén a dos segundos de distancia.

Entro en mi pieza y traigo dos sillas y una botella de vino. Ceremoniosamente nos sentamos frente a frente, bajo los sauces.

Cuando sirvo en los vasos, Nono escarba en el bolsillo y me entrega un buen pedazo de queso.

Mientras masticamos nos miramos seriamente. Y casi al mismo tiempo comentamos:

–Muy bueno, excelente.

Ahora bebemos un buen trago.

–Pasable…

Es una costumbre peculiar, una especie de rito en nuestros convites.

Hincamos la atención en estos pequeños “vivires humanos” y comentamos y juzgamos todo cuanto bebemos y comemos. Cumplido el hecho, es raro que volvamos sobre el tema a no ser que merezca una comparación. “Tan bueno como el de aquel día.” Pero generalmente no llegamos a tanto. El vientre no merece más de lo que da.

Tenemos el río allí no más, a cincuenta metros. Y sobre el río el cielo amplio, dueño del tiempo. Y decimos algunas cosas simples como quien tira piedras al espacio inmenso.

–¿Cómo marcha tu obra?

Nono es maestro albañil, especie de constructor.

–Adelantando… de a poco.

Ya lo sé. No podría ser de otra manera. Pero no puedo ahorrarme la pregunta.

–¿Y el taller? –dice a su vez.

–Andando.

–¿Los chicos?

–Trabajando.

Nono asiente con severos movimientos de cabeza. Sus ojos, hasta ahora, no se han detenido en los míos. Pero de pronto alza la cara y todos sus rasgos resaltan como inmovilizados en un retrato. Su gran nariz, sus ojitos azules, su boca débil.

–Ayer estuve en Barracas.

Esto ya no forma parte del preámbulo. Nono tiene algo que decirme. Hablará él, desplegará su paisaje. Me aflojo en la silla y aguardo. Como si se oscureciera el cine.

Los sauces hamacan el aire que respiramos.

Susana ha abierto su ventana y su blusa florece en el desgastado color de la casilla.

El río, allí no más, ha de estar maravilloso.

Nono habla.

Y entre distraído y atento, yendo y viniendo con sus palabras, voy y vuelvo por una pequeña aldea italiana que en estos días vive la totalidad de la guerra, con bombas y hazañas de guerrilleros.

* Enrique Wernicke (Buenos Aires 1915-Buenos Aires 1968) cumplió las más diversas faenas para poder realizar su vocación de escritor. Fue periodista, agricultor, titiritero, publicitario y, sobre todo, fabricante artesanal de soldaditos de plomo.
Instalado en la ribera, supo convocar en torno a sí a buena parte de la izquierda intelectual de los años 50 y 60. Su obra narrativa es copiosa: Palabras para un amigo (1937); Hans Grillo (1940), Premio Municipal de Literatura; del mismo año: Función y muerte en el cine ABC; El señor cisne (1947), Faja de Honor de la SADE; La tierra del bien-te-veo (1948); Chacareros (1951); La ribera (1955), Premio de la Dirección de Cultura de Buenos Aires; Los que se van (1958) y El agua (1968), Premio Nacional de Literatura (Mención póstuma). Cultivó también la poesía: El capitán convaleciente y otros poemas distintos (1938) y el sainete: Sainetes contemporáneos (Mejor autor 1963, distinción otorgada por la Asociación Críticos Teatrales). Juan Carlos Castagnino y Carlos Alonso ilustraron algunos de sus libros.


Un bife a caballo

Un cuento de Enrique González Tuñón *

1
Abandonó el Nelson Bar pasada la media noche y se encaminó al hospedaje. A pesar del premeditado exceso de alcohol, su mente conservaba extraordinaria lucidez.

Había anclado en el café, abatido de preocupaciones tristes, con el propósito de embriagarse y sólo había conseguido serenar un poco su malbaratado sistema nervioso.

Se deslizaba con paso seguro por las calles atechadas y sombrías del Paseo de Julio, desviando su obsesión en los transeúntes que derrochaban equilibrio o discutían estrepitosamente junto a los pilares de la derruida recova.

Desde hacía dos noches dormía en un hotelucho del Retiro. Procuraba llegar tarde, con los ojos con sueño y el cuerpo cansado, porque le aterraba el insomnio en aquella habitación estrecha, envuelta en un vaho cosmopolita, en cuyas paredes un silencio desolado dibujaba despavoridas figuras.

Al penetrar en la fonda, sentía el malestar de la cercanía de esos cinco hombres desconocidos que se renovaban todas las noches y que eran sus obligados compañeros de pieza.

Se sumergió en la luz anémica del zaguán. Era un hombre joven, vestía un traje gris –el saco arrugado y los pantalones con rodilleras— y zapatos negros. Avanzó por el estrecho pasillo y se detuvo en el vestíbulo, junto a un precario mueble donde cabeceaba el sereno.

—Buenas noches.

El sereno le dirigió una mirada soñolienta.

Se conocían. El hombre pagó el importe de la cama y preguntó:

—¿Es la misma habitación?…

—La misma. Número nueve —respondiole el empleado.

—Bueno. Hasta mañana.

—Hasta mañana.

El eco de sus pasos resonó en el cerebro aturdido del sereno. A los pocos segundos se le oyó volver. El sereno abrió de nuevo los ojos e inquirió:

—¿Qué le pasa, amigo?…

—Quería avisarle que mañana no me despierte a la hora de siempre. Déjeme dormir, nomás, porque no tengo nada que hacer.

—Está bien.

El hombre recorrió con la mirada el ángulo donde se hallaba parapetado el sereno y, reparando en una hilera de fotografías, preguntó:

—Y esos… ¿son amigos del patrón?…

—¡No sea ingenuo!… ¡Esos son ladrones de hotel!…

—¡Ah!…

Otra vez el hombre se perdió en el largo corredor del fondín.

2
Dio una vuelta a la llave de la luz y dejó escapar una malhumorada interjección. El dueño del hotel, para evitar el mínimo gasto de corriente, cerraba el medidor al retirarse.

Encendió un fósforo y se adelantó tanteando en las sombras. Cada una de las cinco camas de la habitación, tenía ya un inquilino. El hombre tropezó con una silla. Y el ruido provocó un breve ruido de protesta.

—Disculpe… Fue sin querer…

Nadie le respondió.

El fósforo le quemó los dedos y el hombre lo dejó caer con un gesto enojado. Verdaderamente, todas las pequeñas cosas le salían mal.

Se quitó el saco y lo colocó a los pies de la cama. Luego el pantalón y los zapatos.

Debajo de la almohada, con justificada precaución, guardó su cartera y su revólver.

Ya una vez le habían robado un reloj y un par de medias. Unas medias veteranas y desteñidas. Le dejaron otras en su lugar. Dos medias agujereadas, deplorables, que no pudo usar.

Se introdujo entre las sábanas frías y permaneció largo rato encogido, con la cabeza apoyada en la palma de la mano, meditando en la inutilidad de su existencia, con la esperanza de conciliar el sueño.

3
Un leve ruido lo despertó. Estaba semidormido. Alguien que se arrastraba en la oscuridad chocó contra el respaldo de su cama. Abrió los ojos y alcanzó a distinguir el bulto sigiloso. Tosió para espantarlo y vio que el bulto se alejaba hacia el lecho vecino.

Pensó: “Será un ladrón”… Y bajó los párpados. El tiempo terco, atormentador, inaguantable, lo acariciaba con su mano húmeda, resbalaba sobre su cuerpo. Sentíase lastimado de sueño.

Su cerebro se entretuvo en desmenuzar esta frase: “Será un ladrón”. “Quería robarme… Acaso sea el mismo que se llevó mis medias y mi reloj… ¿Cómo habrá llegado a esto?… Quizá yo mismo sea mañana un ladrón…”

Un estremecimiento helado lo hizo agitarse entre las ropas. Diose vuelta en la cama. No podía dormir. Y lo trágico era que sus ojos leían en la oscuridad una espantosa pesadilla.

“…Ese hombre es lo que seré yo mañana… He esperado treinta y tres años de honestidad para revelarme un ladrón en este hotel miserable… Esta noche he descubierto mi destino. Ya soy un ladrón… ¿Qué espero para arrojarme de la cama y deslizarme como un gato por el tejado?…”

Se incorporó. El ruido del elástico provocó un movimiento molesto en el inquilino de al lado. Temeroso, el hombre permaneció quieto en el lecho.

“…Esta noche, o mañana o pasado a más tardar, robaré… Es fatal. Y si he de ser un ladrón mañana… ¿por qué no robar esta misma noche?…”

En el muro de sombras se iluminó la colección de retratos de delincuentes que había visto en el hall.

—Esos son ladrones de hotel… —volvió a decirle la voz del sereno.

Y junto a tantas fotografías, vio surgir su rostro consumido y apenado.

4
Otra vez intentó arrojarse del lecho y los muelles del colchón se quejaron.

Estaba de Dios que no podría iniciarse esa noche en el duro oficio de ladrón.

“Acaso no serviré siquiera para robar…”

Las sombras de la habitación se posesionaron de su cerebro. Ya no pensaba más en cosas raras. Extendió la mano debajo de la almohada y acarició el revólver.

“…Esta oportunidad de evasión no se me presentará mañana. Un hombre acosado no se suicida de día. A lo sumo, empeña el revólver… ¿Por qué le advertí al sereno que no me despertara?…”

Atrapó el arma e inconscientemente se aplicó el caño en la sien.

Apretó el percutor. La denotación sobresaltó a los desdichados inquilinos que dormían en el sórdido hotel del Retiro.

5
—Vea, agente, un hombre que se suicida en casa ajena, en una casa que es descanso de hombres sin hogar, es un mal educado… ¿Por qué no se mató en la mitad de la calle?… Yo le hubiera pagado de buena gana para evitarme este cuadro… Créamelo.

—Usted se queja, patrón… ¿Yo?… ¿Qué podré decir yo?… Me costó un trabajo bárbaro conseguir el peso de la cama y apenas cierro los ojos cuando me obligan a abrirlos… Ahora ya no podré dormir y a lo mejor, mañana, tendré que conformarme con un banco de plaza…

—¿Por qué se habrá suicidado?…

—¡Vaya uno a saber!… ¡La miseria… la soledad!… ¿Quién le dice que no sea un pájaro de cuenta?…

—Eso lo sabremos después, cuando informe la oficina dactiloscópica.

—¿Usted se va a quedar, agente?

—Sí, tengo que hacerle compañía al cadáver hasta que aparezca el juez.

—Bueno, ¿quiere tomar alguna cosa?…

—No, gracias… O, si no, vea amigo, hágame preparar un bife a caballo. ¿Sabe que estoy sintiendo ganas de comer?…

Le sirvieron el bife a caballo en la mesita de noche, junto a la cama del muerto. Comía con apetito, sin reparar en el hilo de sangre que trazaba un barbijo en el rostro del suicida.

De La rueda del molino mal pintado, Buenos Aires, Manuel Gleizer Editor.

* Enrique González Tuñón (Buenos Aires, 1901, Cosquín, provincia de Córdoba, 1943) fue cuentista, periodista y ocasionalmente novelista. César Tiempo ha dicho de él: “preferirá rodearse de pícaros y hampones, dormir en hoteles espantosos, cuando dispone de un peso para la cama, o si no en los bancos de las plazas; cantar Tosca en las lecherías más inverosímiles, visitar los cambalaches donde se trafica con ropas de cadáveres y, abandonado de toda piedad, soñar, desde el fondo de si zahurda —como los eremitas endemoniados— con la gloria hecha mujer o viceversa.”

Igual que su hermano Raúl, fue un personaje clave de la bohemia literaria de los años de Boedo y Florida, pero resulta difícil identificarlo con uno u otro grupo en forma excluyente. Colaboró en Martín Fierro y en Proa, pero —como apunta Pedro Orgambide— su anarquismo romántico y el matiz proletarizante de sus páginas más características, parece orientarse espiritualmente hacia Boedo.

Fue el primero en llevar la polémica entre los dos grupos al conocimiento público desde las columnas de Crítica.

Posiblemente su obra más lograda sea Camas desde un peso (1932), de clasificación dudosa: novela en forma de cuentos o bien relatos que comparten ambiente y personajes. Allí, en un infame tugurio llamado “El puchero misterioso”, cinco atorrantes porteños comparten una pieza por el módico precio que especifica el título.

Citaremos entre sus obras: Tangos (1926), El alma de las almas inanimadas (1927), La rueda del molino mal pintado(1928), Apología de un hombre santo (1930), Camas desde un peso (1932), El tirano (1932), El cielo está lejos (1933), y La calle de los sueños perdidos (1941).


Y vendrá la muerte y tendrá tus ojos

Un relato de Isidoro Blaisten

Al amanecer. Van a venir a llevarme. Los pasos van a sonar por el corredor. Los pasos van as sonar cada vez más cerca. Van a repercutir, encajonados; van a hacer plac, plac, plac. A lo mejor, no. No nos adelantemos a los acontecimientos. Puede ser que los pasos no hagan plac, plac, plac; puede ser que hagan sucundún, sucundún, sucundún. Chas chas no van a hacer. Chas chas es en el poto, cuando uno se porta mal. A lo mejor se van a detener en la mitad del pasillo Yo voy a estar oído atento, ojo avizor, águila sentada, halcón predispuesto. Soy el conde de Montecristo y estoy en la fortaleza de If. If puedes estar triste cuando a tu alrededor todos se ofuscan y tachan tu entereza. Van a ponerse a cabildear en medio del corredor. Guardia primero: voto a bríos, cómo se lo decimos. Guardia segundo: cáspita, es verdad. Guardia tercero: recórcholis, por Santa Bárbara. Guardia sin número: rayos y centellas, por las barbas de satanás, me cacho en dié. Se quedan y no vienen. Simposio de guardias. Guardia vieja, la calle del convento. Guardia vieja, cuidado mama, calle de parejas furtivas restregándose lúbricas contra el paredón de un convento de Almagro. Algarrobal de Guardia vieja, crespo de vainas doradas, a cuya plácida sombra pasó cantando mi infancia. Se van a quedar parados frente a la puerta, mirándose entre ellos, sin animarse a abrir, tirando a suertes para ver a quién le toca la llave maestra. Después van a decidir que lo mejor para mí es espiarme, y van a abrir la mirilla y los cuatro guardias hermanos, los cuatro primos Heredia hijos de Benamejí, lo que en otros no envidiaban ya lo envidiaban en mí, van a juntar las cuatro cabezas hermanas.

Las cuatro cabezotas rapadas, rasuradas, al ras, espiando por el agujero mi sueño inquieto y yo me voy a despertar de pronto con los ocho ojos clavados en mí. Licor de los Ocho Hermanos, estimula y sienta bien. Cada día una copita. No. Hace bien porque se hace bien. Y yo miraré a los guardianes del templo y daré voces. Eh, de los guardias, preclaros varones de Jerusalén, hoy la vida me sonríe, sabedlo. ¿Y sabéis por qué?, porque he tomado píldoras Ross, papeles azogados del doctor Andreu, Girolamo Pagliano, tuil, azufre termado, leche de magnesia Philips, neurofosfato Escay, linimento de Sloan, pastillas Valda, caramelos masticables Fruna, pastillitas sen sen, cancerberos azorados. Después voy a escuchar el tintineo, el roce de la llave maestra hasta calzar en la cerradura, la perilla de madera rozando el anillo de casamiento del guardia que me ha tocado en suerte, el zracc, la puerta que se abre lentamente. Al amanecer. Pero cuán descuidado soy, los cuatro primos Heredia hijos de Benamejí han venido a informarme que soy el hermano del director del personal. Mi hermano quiere verme urgente. Ha descubierto que yo soy el hermano que le faltaba. De chico me robaron los gitanos. Y me vendieron por vaya saber cuántas rupias a papá y mamá que suspiraban por un chico robado. Así fui creciendo lozano, dicharachero y feliz, hasta que el director del penal, consultando los archivos secretos de los gitanos agrupados en la Zíngaro Robate Chicos Inc. descubre que soy su hermano. Hermano, hermano, me va a decir, al fin te encuentro, hermano, después de tantos años, pero qué grande que estás. Lo mismo usted. Por favor, tratame de che. Es que me cuesta. Vamos, arriba el ánimo, ya todo ha pasado, la noche está en calma, el músculo duerme, la ambición descansa. De ahora en más tú serás mi hermano. Pero cuenta, cuenta qué ha sido de tus días. Al amanecer, cuando la luna se corra hasta el séptimo barrote. Pero cuán descuidado eres, Peloduro, cómo es que has podido olvidarte. Rápido, en marcha que se hace tarde. Los doce episodios completos del Dick Tracy. Qué memoria la tuya, rapaz. Tienes que ir a ver los doce episodios completos de Dick Tracy. Estás por entrar al cine. No puedes entrar. Perdiste la entrada. Al amanecer. Pero cuán tonto soy. Cuando la luna dé en el séptimo barrote. ¿Cuánto faltará exactamente? Perdí la entrada. Pero cuán tonto soy. ¿Importa acaso ello? No, ello no importa. Porque ¿cómo pude olvidarme de que soy el hermano del acomodador del cine? Mi hermano cambia de mano la linterna para poder acariciarme la cabeza. Mi hermano me acaricia la cabeza y me dice: Peloduro, pero qué hermano éste. Cuando venga el intervalo me voy a comprar maní con chocolate en el kiosco de al lado del cine. Mi hermano a mí no me da contraseña. Qué falta hace si es mi hermano. Me guiña el ojo y me saluda sacudiendo la linterna. En el kiosco cambio de idea. Mejor una barra de chocolate con maní. Cuando la luna esté del lado de acá. De relleno dan una película de guerra. A lo mejor no abren de improviso. A lo mejor dan tres golpes en la puerta. Los tres toques de la vida. La quinta sinfonía. La clave del alfabeto morse. La ve de la victoria. La ve en alfabeto morse trasmitida por la be be ce de Londres para la Resistencia. Y yo estoy escondido en una granja de Normandía esperando a los paracaidistas ingleses que vendrán a rescatarme. Pero cuán tonto soy. Si soy el hermano. Soy el hermano del Jefe Total de todas las fuerzas de ocupación de toda la Francia ocupada. El hermano del ocuperherrkomandant. Se me da por atravesar el Barrio Latino en medio de la noche. Montmartre también. Y Menilmontant. Y si se me canta voy por los Campos Elíseos. Voy lo más campante, silbando un tango por la vereditas del Monumento a los Inválidos. De pronto, ¡Alan Ladd! Los guardias de las SS. Los cuatro primos Heredia hijos de Benamejí intentan detenerme. Alt, Achtung, Kaputt. Me piden certificado de vacuna, libreta de ahorro, cédula fiscal, boletín de clasificaciones, tarjeta de abastecimiento, libre pase, libre porte, contrareembolso. La gozo. Les tiro mi tarjeta de identificación y ven que soy el hermano. El hermano, el hermano, se dicen de un puesto de guardia a otro puesto de guardia. El hermano, dicen en alemán.

Van a estar tomando mate. El guardia primero habrá comprado bizcochitos de grasa. Se van a comer todos los bizcochitos, van a tirar el papel de estraza en la lata de Mobiloil, y antes de venir van a fumar con los birretes en la mesa. Después se van a poner los birretes, van a tirar la yerba, van a lavar el mate, la bombilla. No tengo ni un cigarrillo ni fuego. No importa. Cómo puedo ser tan descuidado que no me doy cuenta de que no tengo nada de ganas de fumar, lo que se dice nada, nada, nada. Nada. Pero ello no es óbice para que no haya cigarrillos, no señor. ¿Sabe lo que pasa, señor? Pasa que no se respetan las jerarquías. Ahí tiene, ve, yo sacrificándome, afrontando penurias, solo, sin poder salir de mi casa en Canadá, no hablemos de los oseznos salvajes, los coyotes y chacales, los búhos que me observan en la noche con su ojos alucinados, los esquimales famélicos apuntándome con su flechas de obsidiana, los lobeznos, los arpones de sílice, las leznas de las lanzas, los sarpullidos a la altura del cuello que me produce el roce del anorak, y yo, nada menos que yo, el geólogo en jefe del ministerio mundial del oro aurífero subterráneo, sin cigarrillos. Es una vergüenza. Busco, busco y no encuentro nada. Este ministerio es la burocracia, con mayúscula. Así anda el país. Vendrá la aurora boreal ¿y yo? Vendrá. Al amanecer. Los veré por última vez. ¿De qué color serán? Azules. Azules, con un puntito púrpura que titila en el patio con la luz que pasa entre las hojas de las palmeras. A lo mejor son grises. Grises y desolados. Estrías, rayas finitas. Yo tenía una bolita que era así. El hoyo y quema. En la calle Guardia Vieja. El tirito, el puntín, la mano alisando la tierra junto al árbol. El tirito cachuso, cuanto más cachuso mejor. A lo mejor son rojos, como los ojos colorados de los albinos, amarillos, acuosos. No. Azules. Y vendrá la muerte y tendrá tus ojos. Y vendrá la aurora boreal y yo sin cigarrillos. Pero cuán torpe soy. Cómo no me he percatado de que los perros aúllan. Los oigo a través de la pared de troncos. Los lobos también aúllan, pero más lejos. Cuanto más lejos, mejor. No vaya a ser que los lobos me coman a los perros, y después para conseguir otros perros con tanta burocracia. Azules. ¿Cuánto faltará? Pero cuán bellaco soy. Para colmo afuera hay una tormenta de nieve. Nieve y nevizca, granizado. Me enfurezco. Le doy una patada al teodolito. Habráse visto jamás cosa igual. El teodolito vuela por el aire y cae debajo de los arneses que uso para repuesto del trineo. Faltaría más. Pero no puedo con mi genio. El teodolito es un instrumento de precisión, noble, delicado, muy útil, indispensable para el oro aurífero y subterráneo de las cuencas hídricas. Voy y lo levanto. De pronto debajo del arnés de repuesto, oh, ¿qué veo? Una gran caja de madera. A ver, a ver ¿qué será? Una caja de balas. Checoslovaca. La abro. ¿Qué veo? Diez cartones de cigarrillos envueltos en tela embreada, papel sulfito, hule, láminas de nailon de alto impacto. A lo mejor está vestida de marrón, encapuchada. No se le ve la cara. Nada más que los ojos que brillan en dos puntitos. La luz que se filtra en el patio por entre las hojas de las palmeras. La única luz. Cinco o seis. En el patio. Una bala es de fogueo. O al revés, cinco de fogueo y una de verdad. Los ojos vendados. De que color será la venda. Negra. El roce de la tela sobre los párpados cerrados. El dolor cerca de las pestañas. Tratando de abrir los ojos. Y tendrá tus ojos. Tus ojos. No voy a poder verle los ojos si tengo los ojos vendados. Los cuatro primos Heredia hijos de Benamejí van a tocar la puerta delicadamente con sus manitas: nos hemos constituido en comisión para comunicarle que se ha producido una variación en la hora del recreo, de aquí en más, hasta nueva orden, por esta única vez en vez de tres a cinco va a ser de quince a diecisiete, como lo sabemos tan sensible, y en la prevención de que este cambio pueda resultarle un tanto traumático, deseamos que no se excite y le rogamos que se prepare psicológicamente para el evento. Ah, la baldosita floja del patio que a usted lo ponía nervioso ya está arreglada. Mil gracias, jóvenes. De nada, por favor, para eso estamos, duerma tranquilo. Así lo haré. Esperaré a que la luna llegue hasta el séptimo barrote. Lo primero que voy a oír va a ser el ruido de los pasos en la escalera del fondo, repercutiendo. Permiso, joven. Sí, digan. Nos hemos constituido en comisión para informarle que revisando los archivos privados de Paul Getty, usted es el hermano que él siempre tanto ambicionó desde su más tierna infancia y lo nombra heredero universal de la Standard Oil, la Canadian Pacific Petroleum y la abadía de lo montes Urales. Le envía un Rolls Royce de pirita virgen y diez mil galones de gasolina. Vaya a verlo, por favor. Está tan solo, el pobre. Parto súbito. Sírvase el salvoconducto. Gracias, muchachos, los tendré en cuenta. Faltaba más. Soy un desagradecido. Mi pobre hermano Paul Getty, viejo, paralítico y solo, me está esperando en su castillo, y yo paseando por el mundo lo más pancho. Esto no puede ser. Ya mismo voy a verlo. Pero, oh, qué ven mis ojos. Como un degenerado me ha consumido los diez mil galones de bencina super. Pobre Polcito. Pero cuán tonto soy. Si soy el dueño de las Standard Oil. Voy y cargo nafta en Baltimore. Cuando llega el momento de pagar, les muestro quién soy. Viene el dueño de la estación de servicio a presentarme sus respetos. No me quiere cobrar. Le palmeo la espalda a cada uno de los peones. Cuando me doy vuelta, veo que todos me están saludando con la mano. Qué bueno es Polcito. Lo primero que hace es mandarme a un escribano en Washington. Me dan la escritura de un palacete para mí. El escribano me sonríe. Me entrega la escritura. La escritura se le cae junto al tintero de ónix con incrustaciones de feldespato. La escritura se ensucia con tinta. Se ensucia poco, eso sí. El escribano me dice que no importa. Mire, joven, en mi época jugábamos al hombre invisible, escribíamos con jugo de limón en vez de tinta, después pasábamos el papel por encima del primus o de la carucita, y aparecían las letras. Fíjese qué cosa, señor escribano, yo también, en cuarto grado. El guardia primero va a contar las gracias del hijito menor, “es un reo este desgraciado, vos sabés cómo patea la pelota”, el guardia segundo va a sonreír en silencio, el guardia tercero va a decir “vamos che”. En cuarto grado. Ayer falté al colegio y justo hoy tenemos clase de lectura. Me inclino sobre mi pupitre y ¿qué veo? En mi libro faltan los comienzos. en todas las lecturas. Los diez primeros renglones están en blanco. El título de la lectura también. Ahora me va a tocar leer a mí. Miro al maestro. Está serio, con las cejas juntas. Mientras espero, voy y escribo todo lo que falta. Escribo y escribo y escribo. Invento todo. Escribo sobre el libro con una lapicera de propaganda de la Caja Nacional de Ahorro Postal, con una pluma cucharita, nueva, que tiene las letras grabadas, dice Stainless Blade. Los chicos me ven escribir. Algunos sonríen sobradores. Hay dos que lloran en silencio. El maestro se hace el que no ve. Mira para arriba. Una niñita con cara de mala levanta la mano. Tiene cara de pedante chiquita y anteojos. “Señor: un grupo de alumnos nos hemos constituido en comisión y hemos preparado un petitorio.” Presiento de qué se trata. Ellos me van a denunciar. No sé cómo han hecho para tener ya el escrito preparado. Al amanecer. Poca gente ve amanecer en su vida. Mucha gente no sabe qué es el amanecer. El último amanecer. En el momento que me pongan la venda, ya no voy a ver nada. Como si fuera de noche. Mi hermana está estudiando para la clase de recitación. “Cual un eco se levanta, campana llamando a misa”. Cualuneco no es un cacique araucano, no. No es como Cutralcó, ni como Calfucurá, ni Catriel, ni como Caupolicán, ni menos como Lautaro. Y sus ojos se filtrarán por entre las palmeras del patio. Voy a rechazar la venda. Voy a gritar viva. ¿Viva qué? No me creen. Viva el estudio. Viva la literatura. Viva el estructuralismo. Viva Española II. Viva Polcito Getty. No me creen. Es como hablarle a la pared. Los colimbas del pelotón me van a mirar con la boca abierta, la mandíbula caída, un gesto de semiidiotas. ¿Dónde van a encontrar un mártir así? Ni en la epopeya del Ruhr, ni en Dunkerque, ni en la batalla del Maine. Alguna mano anónima, con un cortaplumas, va a grabar mi nombre en una palmera del patio. No puede ser, no puede ser. Las hojas de la palmera mejicana que bordea la pileta de natación de mi quinta de Boston que me acaba de regalar Polcito se están poniendo amarillas y se caen. No, señor, no puede ser, esto es el colmo, habráse visto jamás cosa igual. Inmediatamente voy a hablar con el propietario de al lado. Ahí está, fumando la pipa, sentado en la horqueta de los cedros azules que se entrecruzan. Hablo enérgicamente, con una voz recia, y mi voz atraviesa la enredadera de láudano, el follaje, el rododendro, el muérdago alrededor del abeto y algunos arácnidos que andan por ahí. “A mí me pasa lo mismo”, me dice el propietario de al lado, “son los obreros, cobran y se van, no les importa nada de nada.” No, no, no. Así la cosa no va. Me lo voy a ver a Polcito y le digo: “Mirá, Polcito, la cosa no camina. Yo me paso a la vereda de enfrente. No quiero ser más tu hermano”. Polcito llora. ¿Quién va a llorar por mí? El urutaú en las ramas de la palmera. Llora, llora, urutaú. Yatay. A una cuadra de Guardia Vieja. Ya no existe Peloduro, el que nació como tú. Soy el zar de todas las rusias imperiales. Mi edecán, el gran boyardo, me trae un gorro de cibelina recién cazada por el cazador imperial de cibelinas. Me cuenta que el cazador ha muerto. Ha muerto como Peloduro. Una marta salvaje le cercenó la yugular. Me preocupa. El correo secreto del zar ha traído la noticia. Pero también me preocupa que el cuadro de Corot esté torcido. Descuidados. Y justo en mi lugar favorito. Soy un zar preocupado. Me preocupa una minúscula mácula en el mármol travertino de la chimenea. Sí, señor, hay una minúscula manchita en la moldura del mármol que da sobre los nogales, junto a mi ventana preferida y la próxima vez que esto vuelva a suceder me voy a mandar una matanza de mujiks que se van a arrepentir toda su vida. Yo les voy a dar manchitas sobre mi ventana preferida. Qué se creen que es el palacio de Invierno ¿verdurita? Composición tema: el invierno. Zambomba, qué veo, me olvidé el cuaderno de clase. Los chicos se ríen. Ahora se van a constituir en comisión y van a elevar otro petitorio. Pero cuán tonto soy. Se ríen bien. Me quieren. No es para menos. Si soy hijo del fabricante de cuadernos. La maestra, la señorita Ciampitti, me acaricia la cabeza. Ay, Peloduro, Peloduro, tú siempre en la luna. Sí, señorita. La luna se va a quedar quietita, sin moverse, la luna no va a caminar. No, eso, no. La luna es buenita. Se porta bien. ¿No es cierto, señorita? La luna se porta bien, y no se corre y no va a amanecer nada, nunca, y no van a venir, van a pasar de largo por mi puerta, y no va a amanecer nunca. Nunca, nunca, nunca, pero lo que se dice nunca, ¿eh? Y yo soy el inspector general de amaneceres. Si quiero ahora no va a amanecer nada. Hago lo que quiero. Doy vuelta el tiempo. Empiecen de nuevo. No puede amanecer. Yo no lo autorizo. Hágase la noche. Tengo el violín del diablo. A la edad de piedra, vamos, vamos, nada de relantiser, súbito, ipso facto, hágase la noche. Vuélvanse a la noche de los tiempos. Así me gusta, ahora en la edad de piedra. Vamos a inventar el fuego. Acabo de inventar el fuego. Vienen a felicitarme todos los patrones de las estancias de piedra de toda la edad y sus alrededores. Les enseño el fuego. Señores pasajeros, directamente de la fábrica Peloduro y por esta única vez, me complazco en ofrecerles un producto práctico y económico, indispensable para el bolsillo del caballero o la cartera de la dama a un precio de promoción en un esfuerzo sin precedentes. Como podrán observar frotando estas dos ramitas y acercándolas a estas hojitas de helechos gigantes, que son la primera manifestación de la vida, se obtiene este producto que no debe faltar en ningún hogar. Pero como si esto fuera poco voy a entregar a toda persona que me lo solicite un folleto explicativo, diez agujas alemanas, un peine colita para el tocador de la dama, y una cartilla explicativa. La persona que lo considere conveniente no tiene más que solicitármelo. Asamos cinco pterodáctilos, organizamos la carrera de mamuts. La doble edad de piedra. Enjabonamos los cogotes de los dinosaurios, les ponemos un premio en el hocico. Soy el distribuidor de premios. Otorgo el premio Nobel, el Goncourt, el Palmas de Mallorca, el premio Municipal, el San Gabriel de radio. Soy Salomón y vigilo la paz. Oh, Sulamita, ungüento derramado es tu nombre. Y tendrá tus ojos. Y voy a ver todos los ojos. Todos los ojos mirándome a mí y yo viendo todos los ojos, a través de la venda, en un solo segundo, a través de la venda. Primero los tiros, después los fogonazos, el corazón que revienta. El corazón es un músculo que no duele. Es corazón es un cazador solitario. ¿Qué es lo primero, el ruido o el fogonazo? ¿Qué es lo primero? ¿El ser o el pensar? Toda la vida en un destello, el último. Todo lo que me pasó en la vida lo voy a ver con los ojos cerrados a través de la tela burda y basta. El sayal y la púrpura. El lino de las vestiduras de las doncella de Jerusalén. Tus pechos son dos torcazas que descansan. Oh, Sulamita, tu nombre es como ungüento derramado. Como el linimento de Sloan, como el sapolán Ferrini. Soy Salomón y desparramo ungüentos . Doy premios estímulo a las mujeres de mejores pechos. Dos torcazas a las doncellas, dos grullas a las de edad madura, dos gorriones a las de edad provecta, dos cuervos a las brujas. Soy el administrador de brujas de la edad media. Tengo mi sede operativa en Brujas. Viene a verme Galileo. “¿Qué hago, Peloduro?, me pregunta desconsolado. “No me vaya a abjurar bajo ningún concepto”, le digo. “Así se hará”, me dice el sabio. “Galileo viejo, no más”, le digo yo.

Soy íntimo amigo del viejo Ameghino. Lo paso a buscar por su librería y de allí nos tomamos el micro a La Plata. ¡Cómo explicarles que yo no tengo nada que ver! Que yo vine a estudiar. Vine a estudiar, entienden. A estudiar, cómo quieren que se los diga. No hay forma. El amanecer. Amanece, con Jean Gabin. Cada amanecer muero. El general murió al amanecer. ¿Qué otra película hay con amanecer? No por mucho madrugar se amanece más temprano. Tengo el violín del diablo, la máquina del tiempo, el arpa de Dios, la flauta dulce, la flauta virtuosa, la gran flauta. Soy el dios pan, el dios factura, el dios polvorone, ensaimada. Si yo quiero no amanece nada. Va a ser siempre de noche. Siempre es de noche y la gente es pálida. No han visto nunca un amanecer. Todos tienen ojos grandes. La pupila dilatada. Tienen un sentido más, el sentido de las sombras. Los chicos estudian en la escuela el sentido del tacto, del gusto, del olfato y de las sombras. ¿A cuántos metros de distancia se percibe una sombra, niño Peloduro?

A once metros con setenta y cinco, señorita. Está mal, niño Peloduro, a once metros, setenta y cuatro centímetros, tres decímetros sobre el lado del paralelo de Greenwich, váyase al rincón so maleducado, atrevido, tilingo, so guaso, ordinario, habráse visto jamás cosa igual.

Está bien, me voy al rincón, pero mi papá es el dueño de la luz, el fabricante, el patrón, el importador en jefe de la luz, y los chicos en el colegio no lo saben. Nadie lo sabe. Está bien, ponéme en el rincón no más. Ya va a ver la señorita cuando se lo diga a mi papá. La va a enceguecer con la zarza ardiendo. Soy Moisés y recién, recién, acabo de terminar las tablas de la Ley. Me salieron preciosas. Una preciosura, un lujo. Qué tablas me mandé. Cedro del Líbano, brillo mate, patinado a muñeca, todas las letras en marquetería de lapacho misionero, roble Eslavonia. Para que duren. Mucha gente para tan poca tabla. Y vendrá la muerte y tendrá tus ojos. Me mirarán por última vez. Desde el fondo de mí y arrodillado. No me gustaría caer arrodillado. Aunque es sublime. Como Emiliano Zapata. Un final de tarjeta postal. Por qué dicen eso si las postales no tienen final. Desde estas hermosas playas un gran abrazo. Besos a los chicos. Soy, soy. ¿Qué puedo ser? Soy Leonardo. Soy ostinato rigore y pinto la Gioconda en una delgada tabla de álamo. No sé qué me pasa últimamente, no tengo nada de ganas de fumar, lo que se dice nada. Decía que soy Leonardo ostinato rigore, pero qué pasa, pasa, pasa que André Malraux me la lleva a pasear por el mundo y eso a mí no me gusta nada. La Gioconda llora, pobre. No llores, Giocondita, le digo. La Gioconda sigue llorando. ¿Se acordará de mí? ¿Llorará por mí? Algún día lo va a saber. Un sábado a la noche se va a acordar de mí. Bueno, bueno, no llores más, Gioconda, ya pasó. Pasaron las grullas. Soy el barón de Münchausen y de un solo escopetazo me bajo dos grullas. Las necesito urgentemente, son para premiar a dos buenas señoras del reino de Judá, dos jovatitas de pechos tumultuosos. Ánforas de alabastro tus senos. Cabritos del monte Ararat paciendo en las colinas de Jerusalén. Oh, Sulamita, yo el rey de reyes me duermo sobre tus senos. Y aduérmeme sobre ellos como a los niños buenos. Que vendrá caminando despacio por el corredor y tendrá tus ojos. Azules como el tirito aquel en la calle Guardia Vieja, Brillando al sol cuando yo lo levantaba, a trasluz. Al amanecer, junto a las palmeras del patio. Me va a mirar por última vez, antes de que ya no haya ninguna luz y seis tiros de máuser. Seis tiros de máuser tuvo y se murió de perfil. ¿O son cinco? No puedo ser el barón de Münchausen. Soy Salomón. Le devuelvo la escopeta. Gracias, barón, ya tengo mis grullitas para las jovatitas que fueron en Jerusalén. “Danke scbön” me dice el barón en alemán. Habla igual que los soldados alemanes en los puestos de guardia. Qué julepe se llevaron. El hermano, el hermano, el hermano de Dankeschönkomandant de toda Francia ocupada. Tiene el salvoconducto total. Ojo, Fritz. ¿Sabés una cosa, Fritz? ¿Qué, Frantz? No sabía que el Dankeschönkomandant tuviese un hermano. ¿Sabés una cosa, Frantz? ¿Qué, Fritz? Yo tampoco. Ja, ja, ja, ja, ja, ja Soy un experto en chistes alemanes. El Führer mismo me ha designado. Dankeschönchistekomandant del tercer Reich. ¿Qué habrá sido de los dos Reich? ¿Qué habrá sido, eh? Qué habrá sido de Lucía, que será de mí. Se va a acordar de mi cumpleaños, Peloduro enterrado junto al cocotero, debajo de una palmera del patio, con una mano anónima grabando mis iniciales en el tronco, en una hoja, que después crecerá, como una marca de ganado en las nervaduras, ensanchándose, borrándose, hasta que la hoja se seca y el verso cae al alma como al pasto el rocío, y seguirán pasando los trenes, los barcos llegarán, se volverán a ir, crecerán las plantas en todas las macetas del mundo y Peloduro estará muerto, enterrado como el cuchillo junto al cocotero. Oh, maligna. Como yerba de ayer secándose al sol. Al sol. Comido por los gusanos. No se dice gusano, se dice verme, niño Peloduro. Vermiculitas, vermissage, ver Napoli e poi morire. Para qué si ya estoy muerto. Yo te voy a dar Nápoles. No sé qué me pasa últimamente. Nada de ganas de fumar. Debe ser el clima. El clima apacible de esta fortaleza de If, donde el abate Faría me trasmite su sabiduría milenaria a través de las murallas del templo donde el rey de reyes habla con los animales, bendice los pechos de las doncellas llenas de mirra y mirto. Incienso y sándalo elevándose en volutas hacia los cedros del Líbano. Nada de ganas de fumar. Yo desparramando los premios. Una torcacita por allá, unas grullitas por acullá. Nada de ganas. Pero cuán desagradecido soy hacia el reich que me ha hecho lo que soy, a quien le debo todo, lo que se dice todo, mi principado de Liechtenstein, mi daga de los SS, la cruz de la rama de roble, mis porcelanas de Meissen, la anexión de Danzinsg, los cabarets. Yo no volveré. No volveré. No volveré a ver nunca la calle Guardia Vieja. Cuidado, mamá. ¿Qué habrá sido del primer reich? ¿Quién se acuerda de él ahora? Nadie se acuerda. Señores pasajeros. Un lugarcito para el primer reich. Un lugarcito, por favor. Corriéndose más adelante, por favor. Prontito, prontito que tiene que subir el segundo reich. No me toque, degenerado. Chofer: este degenerado me está tocando. Soy el Degeneraderkomandant general del servicio de inteligencia secreta. El mismo Otto Hess me ha designado. Otto Krauss. Yo vine a estudiar, a estudiar, a estudiar, ¿entienden? No hay forma. El archiduque Otto de la Prusia del sur. Soy el archiduque Otto. A mi izquierda, la emperatriz de Dalmacia y Lorena. La cruz de Lorena. La cruz del sur. La cruz del sur fue como un sino. Mamá vende violetas en la nieve de París. Es viuda, pobre mamá. Y yo soy huéfano. Al principio vendía diarios en las calles heladas de Brooklyn, pero un señor berlinés que ansiaba tener un hijo huéfano, único huérfano de madre viuda, se enamora de mamá porque me ve a mí vendiendo diarios. Resulta que yo estoy gritando a dié el Taime de Londre, a dié, a dié el Parí Mach, a dié, a dié el Isvestia a dié, a dié el Saturdi Evenin Pos, el Yoni Ualquer. El señor berlinés baja en ese momento de un Rolls Royce de pirita virgen, diez mil veces mejor que el de Polcito. Me ve con las canillas temblando de frío y de hambre. De ganas de fumar. No, de ganas de fumar, no. Los niños no fuman, niño Peloduro. Y entonces el señor berlinés se conmueve, su pena es de nieve, y en ese momento me viene a buscar mamá para tomar la leche. Me viene a retirar de la parada. Y mamá tiene la canastita de violetas llena de nieve. La pañoleta chorreando nieve. Llora. Las violetas todas arruinadas. Nadie las quiere comprar. El señor berlinés se enamora de mamá. Le pone una fábrica de chocolate en los montes Urales. Yo tengo una buena relación con él. Soy un huéfano rico. Soy el más rico de todos los huérfanos ricos. Fundo la sociedad de huérfanos pobres. Tengo una legión de buscadores asalariados que recogen a los huérfanos que pululan en Navidad por las calles de Londres y asolan los caminos y son usados en las hilanderías y yo me voy a morir, me van a matar al amanecer, cuando la luna dé justo sobre el séptimo barrote, y me van a llevar al patio, me van a tapar los ojos, van a ir a buscar a todos lo huérfanos sueltos que anden por Navidad. Hago una campaña publicitaria. Pena de fusilamiento para quien me mate un solo padre o una sola madre para fraguar un huérfano. Huérfanos naturales. Cuando la luna esté ya en el último barrote. Yo ya estaré en el patio. El señor berlinés es un señor. Qué bien estuvo en ponerle a mamá la fábrica de chocolate en los altos Urales del sur. Mamá ya no vende más violetas marchitas en las heladas calles de Brooklyn. Y las barras de chocolate se funden en los crisoles acrisolados por el crisol de razas y el trabajo fecundo en el concierto de las naciones hermanas. Mi hermana. Un sentido comercial bárbaro el berlinés. La berlina detenida en la noche. Ahí viene Witold con las llaves. Ahí vienen. No, son los golpes del abate Faría. Viene Witold con las llaves del viejo castillo, donde el trote de una vieja rata era más grato a mis oídos que… No me acuerdo. Ah, el limonero. La luna junto al limonero. La luna bajo el limonero. La luna después del limonero. No me acuerdo. La luna está en el primer barrote. Cuando pase los siete barrotes. Es un momento nada más. Primero los pasos. El taconeo. Como encajonado. La llave. El llavín. O no, mejor llavón. La llave maestra. Joven. Sííííí. Nos hemos constituido en comisión para manifestarle que debe prepararse sicológicamente para que el personal de maestranza proceda a barrer concienzudamente la celda, mientras tanto, si usted así lo desea, puede ir a tomar un refrigerio. Así lo haré, jóvenes, danke shcön.

Tengo hambre y no hay qué comer, ni siquiera kapusta con porotos, ni borscht, ni gulash, ni arenques del mar Caspio, ni huevas de esturión, siquiera, ni siquiera de Odessa. Pero cuán torpe soy, cómo no me acordé antes. Me olvidaba de que soy Rasputín. Imperdonable. No tengo más que ir a la heladera de la emperatriz y tengo lo que se me da la gana: jamones de York, zapallitos de Bruselas, salsifí, albondiguillas de judías verdes sazonadas en pistacho, aletas de tiburón, faisanes varios, lo que quiera. Y por haberme olvidado de que era Rasputín, estoy muy nervioso cuando paso revista a la tropa formada en la explanada del palacio de Invierno. Ya he comido, estoy pipón de karakul saltado con paprika con que me han agasajado mis valientes cosacos del Don apacible, pero igual estoy nervioso. Tonto ¿no sabes que la madre más ingenua sabe leer en el alma de sus hijos como tú en la cartilla? Pero igual estoy nervioso, y antes de salir, para alivianar tensiones, para calmar la ansiedad, descorcho unas cuantas botellas de vodka, a sablazos con mi corvo sable cosaco con empuñadura de ágata que me regaló la emperatriz cuando terminé el nacional. Tranquilo, Peloduro, no es para tanto. Contrólate. Es que son de lo que no hay, emperatriz. Ahí está mi edecán, el gran boyardo, la prima de la zarevitza, el sarevitzo, Sarah Bernhardt, el doctor Barnard, Bernard Shaw, Bernabé Ferreyra, El gran Bernabé, el gran Gatsby, los brahamanes del Indostán imbuidos de orientalismo. Va a haber gorriones en las ramas de la palmera. La silueta a contraluz. Van a volar espantados cuando escuchen la descarga. Yo ya no los voy a ver volar nunca más. Después los cuatro primos Heredia va a estar nerviosos, estrujando los birretes, convidándose los cigarrillos, inclinando las cabezas, diciendo “el vivo al pollo y el muerto al hoyo”, “éste ya no cuenta el cuento”, “y buén”, “éste sí que ya no va a gastar mucho en cigarrilos, je, je”. Pero estareís equivocados mis cuatro primos Heredia hijos de Benamejí. ¿Y sabéis por qué? Porque tengo nada de ganas de fumar, absolutamente nada. Porque el clima locuaz y placentero de esta fortaleza de If me inhibe de tales cosas. No veré nunca más a los gorriones. Hay un par de botas que sobresalen antiestéticamente de la formación. Me enfurezco. Tienen forma de babuchas árabes, de gorro de dormir, del gorro de los elfos, cuando mi hermana leía los cuentos azules, de tapa blanda, y los elfos volaban con alas de libélulas y se paraban en las flores gigantes, y mi hermana recitando ante el espejo: “Tomó el rico violín de voz perlina y le arrancó torrentes musicales”. Rasputín enfurecido desenvaina el sable cosaco con la empuñadura de feldespato y aguamaniles que le regaló la emperatriz Catalina Ivanovna cuando se recibió de bachiller. Rasputín avanza con su barba al viento y una mirada demoníaca en su ojos. Que me estarán mirando. Es tan simple todo. Digo que Rasputín avanza como un mimbre enloquecido. Los mujiks tiemblan detrás de sus correajes. Rasputín desenvaina el sable. En su cara se doblan todos los demonios del averno. Nunca más. Y de un tajo feroz, de una sola pasada, los degüello, de un tajo corto. Corto intactas las puntas dobladas de las botas que sobresalen. Los dos dedos gordos de los pies del pobre mujik están intactos. No por nada soy Rasputín, el zar de todas las Rusias Imperiales, Haedo, Morón, Berazategui, su ruta. Pero un momento: ¿qué necesidad tengo de ser el zar si soy Rasputín? Un momento, meditemos. Hay que ver quien es más. Rasputín era bravo, pero el zar es el zar. No, mejor Rasputín. La zarevitza está conmigo, la prima también, al archiduque Rodolfo lo tengo dominado, el archiduque Maximiliano es pan comido, el archiduque Otto es un pobre pelagato. ¿Qué otro archiduque hay? Soy Rasputín y basta. Ser Rasputín es muy imprtante, very important, pero ojo, Peloduro, no por mucho Rasputín se amanece más temprano. En el séptimo barrote. Los niños Rasputines de hoy devengarán los Rasputines adultos del mañana. Oh, Rasputín del silencio crespo de vainas doradas a cuya plácida sombra pasó cantando mi infancia. Rasputín, Rasputín, Rasputón, Rasputón, los cosacos del Don. Crecerán los jacarandás en la calle Guardia Vieja. Cuidado mama. Estoy en la guerra del catorce y se vienen los gases. Se vienen no más. Son verdes como las hojas del helecho del jacarandá. Verde mosca zumbona con reflejos irisados, dorados. Gases verdes lomo de mosca en el plenilunio de febrero en las trincheras pútridas, pudriéndose debajo del cocotero, se vienen los gases. Tornasolados al trasluz de los ayes de los heridos. Mientras las ayas amamantan a sus hijos cercenados. Las ayas a los abetos y a las encinas. Les dan leche de árbol, Peloduro. La leche. Metele que se enfría, Peloduro. Mi hermana haciéndose una cadena de rulos ante el espejo. Pintándose los labios con el carmín escarlata y bermellón y cárdeno. La pimpinela escarlata. En el cine Condal. A dos cuadras de Guardia Vieja. Cuidado, mama. La bolita perdida en el árbol del convento donde van las parejas de noche, lúbricas y obscenas, eróticas, lascivas, rijosas, pisoteando las flores lilas del jacarandá vernáculo. Vermiculitas. Vermes devorándome. Ya no estaré nunca y el amanecer tendrá tus ojos. Los gases, el mariscal Peloduro, los gases, vienen los gases, y a mí qué. ¿Qué puede importarme?, si soy el mariscal Pétain. No, mejor soy el Káiser Guillermo, más seguro. Qué me voy a preocupar si tengo una máscara antigás de locura. Me la hizo especialmente para mí el conde Krupp, en complejo de la planta de Skoda, donde los grandes cañones grandes Berta, grandes Sofías, grandes Raqueles salen como chorizo. La diseñó él mismo, el conde Krupp en persona. Y no se retiró de la fábrica hasta que no estuvo terminada. Es un caballero este señor Krupp, un señor. Señooor. Digan, caballeros. Nos hemos constituido en comisión para barrer su celda. ¿Está preparado sicológicamente el señor? Más que eso, jóvenes: soy el hermano del fabricante de escobas. Y fíjensé qué coincidencia: he aprovechado mi viaje en charter para diligenciar unas ventas en Londres. ¿En Londres? Efectivamente, mis muchachos; me apersoné a la central operativa de la casa Harrods, en el Soho de Londres. El jefe de compras, un tal Priscillo Rikby, estaba probando una escoba en la alfombra de Esmirna del recibidor. De reojo, como hábil empresario que soy, observo que se trata de una escoba de las nuestras, de nuestra última producción, añejada en vasijas y toneles de pobre Nancy. Veo de soslayo, barrunto, semblanteo, campaneo, bah, las iniciales en campo de azur con el león rampante y las iniciales en el escudito del mango, mis iniciales y las iniciales de mi hermano entrelazadas. La gozo. “Escoba nueva barre bien, mister Kirby, perdón, mister Rikby”, le digo. “¿Y usted quién es, cómo sabe mi apellido?”, me dice mister Rikby en inglés. ¡Qué maleducado! No, mis muchachos, corto de genio no más. Pero yo la gozo. “Soy el hermano del fabricante de escobas”, le digo extendiéndole mi tarjeta, “proveedores de la casa real de la reina, inscriptos en el registro del Lord Mayor con el número cero cero siete con licencia para matar. Y tendrá tus ojos. Sírvase.” ¿Y qué dijo? Nada, mis muchachos, corto de genio, pero sonrió. ¿Cómo son los largos de genio? La lámpara de Aladino. Aladino es largo de genio. No termina nunca de salir de la lámpara. Soy el fabricante de lámparas de Aladino. El único con distribución exclusiva y sistema de empavonado. Sus empavonados bucles le caen sobre los ojos. Tus ojos. Tengo la concesión exclusiva para toda Bagdad y sus aledaños, para el ferrocarril transiberiano, para Damasco, Beirut, su ruta. Soy el hijo de Alí Babá. Los cuarenta ladrones no saben que Alí Babá tiene un hijo. Una noche nevada en que papá me llevó al circo del potrero que pusieron al lado de los altos minaretes de Medina, me suelto de la mano de papá y me pierdo. Papá desesperado, túrgido de frío, desencajado de angustia, llama a los cuarenta ladrones. Y los cuarenta ladrones me buscan por toda la Arabia Saudita. Me encuentran en una mezquita abandonada cerca de Benamejí. Desde entonces soy la mascota de la barra. ¡Tomad para vos!, primos Heredias. Antes de ir a cualquier parte a robar, me tocan la cabeza. Peloduro, me dicen en árabe, ¡danos suerte, Peloduro! Soy el inventor de la suerte. Distribuyo la suerte por el mundo de todos aquellos que por el mundo han sido. Soy el emperador general de los organilleros de la suerte que van por el mundo y por el mundo han sido. Voy por el mundo, amigo organillero. Me siguen las muchachas vestidas de percal. Sus ojos seguirán mirando. Ya no voy a estar más. ¿Pero qué oigo? ¿El abate Faría osa hacer ruido? ¿Osa perturbar el plácido silencio de la fotaleza de If? If, ¿es posibe? Dije que soy el dispensador de suerte. Lo tirarán a suertes. Danos suerte, Peloduro. Calma, desdichados, calma. Tranquilo, infortunados, tranquilo. Aquí está Peloduro. No arrempujen que hay pa’ todos. ¡Chofer, este degenerado me está tocando la suerte! ¡Le toca en suerte! La suerte no es una moza de mesón que se alterna con cualquiera. ¡Saque la mano de ahí, so guaso! Nadie sabe a quién le toca. Lo tiran a suertes. Una bala de fogueo. O cinco balas de fogueo y una bala de verdad. La verdad tiene un solo camino. Me va a reventar el corazón. Nadie sabe a quién le toca. Para evitar cargos de conciencia. Está bien. Fue a conciencia pura que. Después de levantarme, de desanudarme los nudos de la muñeca hechos con piolín de macramé, de cáñamo de la India, de piolas enredadas en el acecho oscuro de la selva en penumbras donde crecen los helechos que son la primera manifestación de vida, los jacarandás jocundos y vernissages. Vermiculita. Vernáculos. Ver Nápoles. Veremos. A lo mejor no vienen. A lo mejor vienen y me dicen que estoy en libertad. Libre. A lo mejor se constituyeron en comisión para que yo vea Nápoles. A lo mejor vienen y me dicen que vaya, pero la próxima vez lo dejamos sin postre. Entonces no vendrá. Y no tendrá tus ojos. No te veré más. Estaré vivo. Tus ojos quedarán. Estarán por los camino y los centros urbanos. Los trenes seguirán. Los televisores seguirán prendidos los sábados a la tarde. Los matecitos en las tardecitas de llovizna avanzando de mano en mano. Sin pausa y sin prisa como la estrella. Y el mate cae al alma como al pasto el rocío. ¿Ta rico el matienzo? ¡Pobre Peloduro! ¡Tan bueno que era! Yo ya tomé. ¡Quién hubiera dicho! Te toca a vos. Yerba Salus. Cada día un matecito, estimula y sienta bien. Hace bien porque se hace bien. Bien. Considerando en frío que no tengo nada de ganas de fumar. ¿Cómo miran los ojos por última vez? ¡Si yo hubiera sabido que era la última vez! ¿Qué hubieras hecho, niño Peloduro? Los habría mirado más. Uno nunca sabe cuándo los mira por última vez. Es que son vivos los ojos. ¡Qué vivo! Así todo sería muy fácil. ¿Y no corremos el albur de que los ojos ya vengan preparados para mirarte por última vez? ¿Cómo así? Así. Como quien no quiere la cosa. Sus grandes ojos fijos, andaluces, gitanos, moros, árabes de la Arabia Saudita. Yo que soy nada menos que el hijo del sheik, el brigadier general de Beirut, de Bagdad, de Damasco, su ruta. Y si en tu ruta tocas Calcuta. Desmonto raudamente de mi caballo árabe. Vienen a esperarme los emires generales de los beduinos del desierto. Están desesperados.¿Qué pasa, qué pasa, mis emires? La malaria, la malaria. La malaria ha hecho estragos. Los dromedarios. Sanidad escolar, emires. Falta sanidad. Pero no importa. Para eso estoy yo. Una larga fila de dromedarios me está esperando. Todos cachusos. El tirito cachuso. A cada cual más jorobado. Voy a mis alforjas. Saco el enemero. Le doy una enemita de agua de arroz a cada dromedario, y listo. Tomados de la mano, los emires danzan de alegría y jolgorio. Me alegran doscientas danzarinas, un quiosco de malaquita, un gran manto de tisú y una gentil princesita, tan bonita, Margarita, tan bonita como tú. Exijo más danzarinas. Para rebajar hay tiempo. ¡Habráse visto jamás cosa igual! Les curo los dromedarios y me quieren arreglar con doscientas danzarinas. ¿Qué se creen que soy? Trescientas sesenta y cinco o nada. Una danzarina para cada día. Estimula y sienta bien. Ni una danzarina más, ni una danzarina menos. La virtud está en el justo medio. Las danzarinas de hoy devengarán el Colón mañana. Una danzarina laxa, dos purgan. No hay danzarina que por bien no venga. Danzarina flaca nunca engorda Res non verba. La verbena de la paloma. Verbigracia. Un velero bergantín del uno al otro confín. Oh, danzarina, ungüento derramado es tu pelo. Quietas las manos. Peloduro, me dice en árabe saudita. Ah, no, esto no puede ser, qué clase de danzarina sos. Voy a hablar con el gran emirato en pleno. Me van a oír. No hay acuerdo. Muy bien. De noche, bien subrepticiamente, voy y le hago una enema a cada dromedario dormido. Meto en el enemero carqueja, ruda macho, muérdago líquido, láudano macerado, formaldehído al dos por ciento, belladona, soda cáustica, soja levantisca, arándano de Bruselas, agua de alibur, alcohol metílico y hojas de ombú. Así van a aprender los emires. ¡Tomá! ¡Pa’ vos! Pa’ tu hermana. Mi hermana. Mi hermana recitando ante el espejo, poniéndose los ruleros. Tomá. Chupate esa mandarina. A papá. ¿Cómo habrá sido papá? Así lo veía mi padre. Cuán verde era mi valle. La carta al padre. El proceso. Minga de proceso. Yo vine a estudiar. Española II. Emires: tomen para ustedes, emires. Nos vemos. Si te he visto no me acuerdo. Me acuerdo patente de mi hermana. Mi hermana recitando en el patio. Yo iba de atrás y le metía el dedo en los bucles. De acá a cinco horas voy a estar muerto. De aquí a cinco horas voy a estar enterrado en el patio, junto al cocotero. Maligna. El cuchillo mellado, oxidado. Peloduro con el corazón reventado que visitan los gusanos. Los vermes. En los amaneceres de abril. Que es el mes más cruel porque tiene violetas pudriéndose. Que va a morir gritando como los mártires. Con los ojos vendados. Y tendrá tus ojos. Viva el estudio. Viva la introducción a la literatura fantástica. Mañana les van a dar franco a los soldados del pelotón. Van a contar en la casa que un loco murió gritando viva Española II. Viva Old Boys, viva Polcito, viva Pascal. Tus ojos. Vienen.

[De Cerrado por melancolía]


El pueblo de las ranas

Un relato de León Benarós

Veinte o treinta manzanas componían ese infierno de aguas quietas y latas de querosén. Quedaba allá por los “Corrales viejos”, comenzaba en la calle Caseros y terminaba en Puente Alsina. En aquel hervidero, los charcos fermentaban, como las pasiones. Las casitas, herrumbrosas y vergonzantes, se alzaban de cual­quier modo, remendadas y endebles, como castillos de naipes mugrientos, si no fuera por el claveteado laterío. La milonga guitarrera retrató muchas veces ese antro, abundante de pecado y crimen. Los cocheros de antes no se animaban a llegar de noche hasta allí.

¡El Pueblo de las Ranas! “Pueblo”, sí, y no “barrio”, pues “pueblo” se le llamaba. La palabra “barrio” parece acarrear dulzuras de atardecer que el Pueblo de las Ranas no quiso tolerar. “Barrio” es el sillón de mimbre en la vereda pací­fica, los chicos jugando a la escondida o a la rayuela, los paraísos en otoño, alzando el ramo dorado de sus bolillas, de un ocre cálido. “Barrio” es la charla en mangas de camisa y lo demás, que Carriego vio tan bien. Allí, en el Pueblo de las Ranas, todo era sórdido y miserable. Situemos geográficamente este lugar, ya enteramente mitológico para el damero actual de la ciudad porteña. Casi todo el pueblo se asentaba en la extensa quinta de Navarro Viola. Veinte o treinta manzanas, ya lo hemos dicho. Pero abigarradas de prostitución y crimen. Muchas precarias casas estaban hechas de latas vacías de querosén, las que, llenadas con húmedo barro, operaban, superpuestas, a modo de enormes e incon­movibles ladrillos, sin requerir cemento alguno, sostenido por su propio peso. El croar batracio, noctámbulo y penitente, repetido noche a noche con indife­rencia bajo una luna redonda, a veces sangrienta del reciente crimen, le dio bautizo. Allí vivía la gente “ranera”. La inocente denominación llevó lejos el nombre del animalito verde y saltarín que poblaba los charcos. “Ranero” no fue adelante —como podrían pensarlo imperturbables lexicógrafos— vendedor de ranas ni otras delicadezas de vocación gastronómica. Fue, derechamente, sinó­nimo de hombre de mala vida. “Gente ranera”; es decir, genéricamente, habitante de ese infierno húmedo, del Pueblo de las Ranas, fue gente andrajosa, del bajo fondo, y especialmente ladrona y de mal vivir. Algunas atenuaciones tienen ciertos derivados del vocablo. El “rana” es ya menos que delincuente. “Vivo”, si se quiere, sí. “Pierna”, por cierto, listo y hábil. Pero ya el roce del centro lustra esos significados de las orillas y “rana” es el avispado, el ocurrente, el despierto, sin exigírsele la condición delictuosa que la denominación primitiva suponía. La memoria del pueblo no sospechó quizás esas consecuencias idiomáticas. Gente arisca y de pocas pulgas pululaba en aquel agrio conglomerado. Hubo mujeres de coraje que le dieron brillo. Casi todas eran fácilmente dadivosas de sus encantos por no muchas monedas. Entre ellas, las trompetas chillonas de la más descarrilada fama enuncian largamente un nombre, apodo más bien: Juana Rebenque. Los hombres que la vieron —no queda ya ninguno— la pintan así: soberbia de valor y desprecio, morocha, alta, delgada, insolente y pronunciada la nariz. Su casa —como todas las del “pueblo”— era de aquéllas que pedían agacharse para franquear el hueco de la puerta ausente, sustituida por la cortina de arpillera, en el verano ardiente de sol y moscas.

El pueblo tumultuoso galleaba noche a noche de presidiarios que intentaban adecentarse deviniendo milicos, de malevos nada titubeantes, de cuchilleros temibles. Hasta el viejo Cuartel de Inválidos —luego hospital Rawson— se extendía entonces el caserío miserable. No a muchas cuadras soplaban venda­vales broncosos en el terrible conventillo Los cuatro vientos. Sus cuatro entradas eran otras tantas antesalas del delito.

¡Pueblo de las Ranas! El anochecer quería intentar dulzura entre tanta acritud. Los pastos húmedos soltaban su nocturno aroma. Las piadosas sombras caían sobre desperdicios y desechos. La muerte era de frente y sin delaciones, salvo la aflojada de alguno que otro que “cantaba”, al fin. Las casas prefiguraban un cubismo incipiente, que no había nacido todavía. La “taquera” se vengaba de su hombre tirándole a la cara su abandono, comentado en el tango famoso:

Percanta que me amuraste
en lo mejor de mi vida…

Y entre taitas, malevos, “pesados” y malandras, entre chinas decididas para una diligencia, el Pueblo de las Ranas se alargaba en el croar de los charcos y en los ecos de las noticias de policía…


Juanito y los espejos relinchantes

Un cuento de Julio José Leite *

Juanito vivía en el campo, en una estancia cerca de Río Grande, en una casita de madera y chapa junto a sus padres y hermanas. Era muy feliz andando a caballo en verano y deslizándose en su trineo por las lagunas escarchadas del invierno. También Juanito tenía un problema: No hablaba.

Cuando llegaban extraños a su casa, se escondía en su pieza y, si su padre lo llamaba para que saludara a las visitas; se ponía colorado como el cielo cuando cae el sol. Juanito no hablaba ni con las visitas, ni con los peones, ni con sus hermanas y otros niños ni con sus padres. Todos pensaban que Juanito era mudo.

-Cómo te llamas- le preguntaban y él revoleaba los ojos, agachaba la cabeza y no emitía sonido alguno.

Manuel, su padre, que ya había visto a todos los médicos del pueblo, fue a visitar a un curandero y éste le aconsejó que le hiciera escuchar el viento fueguino. Un día muy ventoso, Manuel lo abrigó bien y lo llevó hasta lo más alto de una lomada donde el viento silbaba jiuiuuuu, jiuiuuuu, jiuiuuuu… Juanito revoleaba los ojos, agachaba la cabeza y nada. El viento, ante la indiferencia del niño, sopló más y más fuerte, hasta que, muy cansado, se fue a molestar para el lado de Ushuaia.

Volvió Manuel ante el curandero y le explicó que el sonido del viento no había motivado a su hijo para hablar. Entonces, el anciano le recomendó que lo llevara a la costa del río, para ver si el ruidito que hacía el agua jugando cantarina con las piedras y pastos amarillos le sacaba algún sonido a Juanito, pero esto tampoco resultó. Luego lo pusieron en el corral de las ovejas, lo subieron al tractor de la estancia, le mostraron cómo crujía el pan en el horno de la panadería, le silbaron chamarritas, milongas, zambas, cuecas, chamamés, loncomeos, fados y canzonettas italianas. Nada resultó: Juanito revoleaba los ojitos, agachaba la cabeza y no hablaba.

Era mediados de enero. Carola, la hija del capataz, que tenía la sonrisa más linda de la isla y unas trenzas color pan doradito, recogía frutillas silvestres en un bosquecito, cuando de pronto escuchó un relincho muy alegre, luego otro un poco más triste. Se acercó despacio hasta un claro del bosque y allí estaba Juanito mirando los negros espejos de los ojos de su caballo “Tostado” y ambos lagrimeaban y relinchaban secretos tiernos como pasto.

¡Juanito no le hablaba a la gente, hablaba con los caballos!

Me contaron que de grande, Juanito se fue con un circo y aprendió el idioma de los cóndores, de las golondrinas, de los leones, de las jirafas, de los conejos, de los castores, de los elefantes, de las ardillas, de los hipopótamos de los rinocerontes, pero nunca el de los hombres, según contó en un reportaje que le hicieron un avestruz y un guanaco un día en París. Los hombres, dijo, nunca dicen la verdad y los animales sí.

Ah, me olvidaba, Juanito y Carola se enamoraron en ese bosquecito y se casaron y tuvieron hijos que trinan, relinchan, maúllan y sueñan con un mundo sin mentiras. Lo están esperando para comenzar a hablar como los hombres de verdad. Los hombres de corazón de frutilla.

* Julio José Leite nació en 1957 en Ushuaia, Tierra del Fuego. Ha obtenido varias distinciones como poeta, en la Patagonia argentina y en la chilena. Entre sus obras figuran: Cruda poesía fueguina, Edad Sol, De límites y militancias, Aceite humano: Poemas para restañar heridas.


Balada de la oficina

Un texto de Roberto Mariani (1893-1946) *

Entra. No repares en el sol que dejas en la calle. Él está caído en la calle como una blanca mancha de cal. Está lamiendo ahora nuestra vereda; esta tarde se irá enfrente. No repares en el sol. Tienes el domingo para bebértelo todo y golosamente, como un vaso de rubia cerveza en una tarde de calor. Hoy, deja el perezoso y contemplativo sol en la calle. Tú, entra. El sol no es serio. Entra. En la calle también está el viento. El viento que corre jugando con fantasmas. Fantasma él también, pues no se ve con los ojos de la cara, y se lo siente. El viento está jugando; ya corriendo una loca carrera por en medio de la calle; ya golpeándose las sienes contra las paredes de las casas; ya deshilándose en las copas de los árboles… f… f… f… f… El viento es juguetón como un recental; esto no es serio. Tú entra.

Deja en la calle sol, viento, movimiento loco; tú, entra.

¿Qué podrías hacer en la calle? ¿No tienes vergüenza, estúpido sentimental, regodearte con el sol como un anciano blanco, y esqueletoso, y centenario? ¿No te humilla, en tu actual situación de muchacho fornido, dejarte forrar por el viento como una hoja dentro de un remolino?

¡Y la lluvia! No te avergonzaré recordándote que los otros días estuviste tres horas ¡tres horas!, contemplando tras la vidriera del café, caer y caer y caer, monótonamente, estúpidamente, una larga, monótona y estúpida lluvia. Entra, entra.

Entra; penetra en mi vientre, que no es oscuro, porque, ¡mira cuántos Osram flechan sus luminosos ojos de azufre encendido como pupilas de gata! Penetra en mi carne, y estarás resguardado contra el sol que quema, el viento que golpea, la lluvia que moja y el frío que enferma.

Entra; así tendrás la certeza —que dará paz a tu espíritu— de obtener todos los días pan para tu boca y para la boca de tus pequeñuelos. ¡Tus pequeñuelos, tus hijos, los hijos de tu carne y de tu alma y de la carne y del alma de la compañera que hace contigo el camino! Yo daré para ellos pan y leche; no temas; mientras tú estés en mi seno, y no desgarres las prescripciones que tú sabes, jamás faltará a tus pequeñuelos, ¡los pobres!, ni pan, ni leche, para sus ávidas bocas. Entra; acuérdate de ellos; entra.

Además, cumplirás con tu deber. Tu deber. ¿Entiendes? El trabajo no deshonra, sino que ennoblece. La Vida es un Deber. El hombre ha nacido para trabajar.

Entra; urge trabajar. La vida moderna es complicada como una madeja con la que estuvo jugando un gato joven. Entra; siempre hay trabajo aquí.

No te aburrirás; al contrario, encontrarás con qué matizar tu vida. (Además de que es tu Deber). Entra. Siéntate. Trabaja. Son cuatro horas apenas. Cuatro horas. Pero, eso sí: nada de engañifas ni simulaciones ni sofisticaciones. ¡A trabajar! Si tu labor es limpia, exacta y voluntariosa —voluntariosa sobre todo—, los jefes te felicitarán. Tú estás sano; puedes resistir estas cuatro horas. ¿Has visto cómo las has resistido? Ahora vete a almorzar. Y vuelve a hora cabal, exacta, precisa, matemática. ¡Cuidado! Porque si todos se atrasaran, se derrumbaría la disciplina, y sin disciplina no puede existir nada serio. Otras cuatro horas al día. Nadie se muere trabajando ocho horas diarias. Tú mismo, dime: ¿no has estado remando el domingo once o doce horas, cansando los músculos en una labor con el agua que me abstengo de calificar por el ningún remordimiento que se obtiene? ¿Ves tú? ¡Y con inminente peligro de ahogarte! Yo sólo te exijo ocho horas. Y te pago, te visto, te doy de comer. ¡No me lo agradezcas! Yo soy así.

Ahora vete contento. Has cumplido con tu Deber. Ve a tu casa. No te detengas en el camino. Hay que ser serio, honesto, sin vicios. Y vuelve mañana, y todos los días durante 25 años; durante los 9.125 días que llegues a mí, yo te abriré mi seno de madre; después, si no te has muerto tísico, te daré la jubilación.

Entonces, gozarás del sol, y al día siguiente te morirás. ¡Pero habrás cumplido con tu Deber!

* Roberto Mariani (1893/1946), escritor, dramaturgo y poeta argentino, nació en el barrio de La Boca, Buenos Aires, en julio de 1893. Se inició como periodista en el diario Los Andes de Mendoza y publicó algunos relatos en el periódico La semana.
De regreso a Buenos Aires (1920), se empleó en el Banco Nación alternando con los “proletarios de cuello duro”, experiencia que marcará su obra. En 1922 es despedido por “intentar agremiar a sus compañeros con literatura anarquista”.
Colaboró en el periódico Nueva Era, apoyando la revolución bolchevique. Publicó El amor grotesco y fundó una asociación de amigos de Rusia que enviaba a Moscú literatura criolla revolucionaria.
Anarquista y solitario, participó del grupo de Boedo compartiendo ese espacio de creación con Arlt y Payró. Colaboró con aquél cuando aún no tenía reconocimiento literario, en la corrección de sus proverbiales errores gramaticales.
Las acequias (1922) es su primer poemario. Cuentos de la oficina (1925), resume desde una mirada literaria la vida transcurriendo en una oficina de Buenos Aires, relatos que merecieron el elogio de Roberto J. Payró.
El amor agresivo (1926), describe el universo del amor en las distintas expresiones que adquiere en el carácter del porteño.
El diario Crítica (1927) le publica una calurosa defensa de Sacco y Vanzetti, y tres años más tarde, urgido por aprietos económicos, trabaja de chofer en el sur argentino desde donde lamenta el golpe reaccionario que derrocó a Irigoyen.
De regreso, envuelto en un escepticismo irreversible se transforma en un ser sombrío: “Estoy, pues, como antes de soñar: sin nada. O peor porque ni sueños tengo”, escribía.
Un niño juega con la muerte, se estrena en el Teatro del Pueblo en 1938. De regreso a Dios refleja su resignación final mediante un contrato con la muerte que en la realidad llega tras un infarto en 1946
El resto de su obra incluye algunos ensayos sobre Pirandello y Proust y las novelas: En la penumbra (1932), La frecuentación de la muerte (1930) y La cruz nuestra de cada día (1955), en las que esboza sus desvelos metafísicos e inquietud por las injusticias sociales. Junto a Arlt encarna al narrador del infortunio y la desesperación.


Primavera trunca

Por Oscar Armando Bidabehere

Dos mariposas. Danzan, revolotean, aterciopeladas, entre el follaje. Una tiene reflejos dorados, la otra es color café. Anónimas, candorosas, despreocupadas por el entorno. El futuro es el presente. Las pequeñas juegan entre las casas vecinas de aquel barrio de chalets californianos. Levantado siguiendo los preceptos de la arquitectura peronista, que hegemonizó la década del ‘50, predominan los colores pastel, intercalados con ladrillos vista, techos de tejas, postigos de madera, y un perímetro de troncos rodeando el enclave, a las orillas de ese pulmón verde, llamado Parque de Mayo. Bahía Blanca, y aquellos atardeceres junto al arroyo Napostá. El perfume de los eucaliptos, y largos silencios que hacen fecunda la lectura, solo interrumpidos por el arrullo de las palomas. No hay barreras ni cercados entre las casas, entonces la vecindad tiene una intensidad familiar. Una brisa tenue acaricia los rostros, se escucha un piano, Nocturno de Chopin, quizás el virtuosismo de Baremboin haciendo de las suyas. El Barrio Universitario López Francés, ocupado por familias de profesores y algunas casas donde comienzan a instalarse estudiantes, entre los que me cuento, tras larga pulseada. O el Barrio Cholón, como lo había rebautizado un profe de historia, para emparentarse con la epopeya vietkong. Una exageración de quienes soñaban asaltar el cielo y fueron sepultados en el fango de la ignominia. La palabra recorre todos los vericuetos cobijándose en esos ambientes amigos. Niñas con ínfulas de mariposas, Maria Clara, rubia, el pelo lacio y largo, y una expresión a lo Mona Lisa. Ana tiene el cabello castaño y una sonrisa picara, inteligente. Es la mayor. Los murmullos y las risas hablan de vidas plenas. Allí comenzó a germinar la semilla, en una atmósfera de época, propicia para dar vuelta la tierra y arrancar malezas anquilosadas. Los mismos aires de utopía que respiramos todos, justo en ese lugar. Las observo desde mi ventana, estoy ingresando a la vida universitaria, apenas llegado de la Patagonia profunda. Habito la casa nro.4, la que da a la calle, somos ocho forasteros, las de ellas están dispuestas escalonadamente hacia el interior del complejo. Tienen números, la Seis y la Siete. La proximidad resulta cómplice. Las luces de la ciudad amenazan encandilarme y las hormonas turgentes azuzan el fisgoneo. Verano del ’68, esa noche de viernes, en la Biblioteca Rivadavia, me hipnotizan el violín de Hernán Oliva y la guitarra de Walter Malossetti. En el clímax, la revolución de los sentidos: “Cuando los santos vienen marchando”. Todo un símbolo. Los relojes de los dioses devoran las horas, y los chicos crecen, las damiselas emigran. Los senderos se bifurcan para ambas adolescentes, pero las esencias mantienen lazos subterráneos. El destino juega a la taba y una sombra comienza a proyectarse sobre sus dos frágiles figuras. Medusas, de esas que se crían en la profundidad marina, preparan la trampa. Hay un plazo fijo, que tiene fecha de vencimiento, urdido por tenebrosas mentes. Año ’76. Retumban pasos aviesos, aplastando la hierba, asolando todo. Las botas de triste fama. Videla y sus esbirros hacen de la sospecha una sentencia de muerte. Por las dudas. Primero tiran, después preguntan y ahí la picana quema. Laceraciones imborrables. No escatiman esfuerzos haciendo ruborizar a los mismos nazis que fervientemente se suman a sus huestes. Remus Tetu y sus “ustachis” encabezan la fila en la Universidad del Sur. Lejos de casa, ese Septiembre negro volvió a reunirlas. Ciudad de La Plata. Fatal coincidencia, paradójicamente un mes pletórico de capullos, acacias en flor, y margaritas blancas, que emergen al unísono, aquí y allá, coloreando el paisaje, pero también hay espinas ladinas. Primero fue el turno de Maria Clara, dieciocho años, poco después Ana, veintidós años, son succionadas, mutilando sus cuerpos, abatidas con saña. Mariposas solidarias, comprometidas, inocentes de toda inocencia, vieron segadas sus vidas y los hechos perpetuaran sus nombres para la eternidad. María Clara Ciocchini, integra la lista de la masacre en La Noche de los Lápices, hija de un profesor de letras, eximio poeta, quien doliente escribió:”Las manos/contemplan su vacio, su nostalgia de Dios, su muro, límite/que esconde un rostro inconcebible. /El coro de los muertos/ se hace más penetrante en el silencio. / Ferocidad, dulzura/se disputan su presa.”. A Héctor, corazón herido, lo consumió la pena. Ana Diego, había consagrado su vida a bucear entre las estrellas, hurgando en la infinitud del cosmos, hija de un matemático, homónimo y discípulo de otro celebre habitante del barrio, el profesor Antonio Monteiro. Hoy, la joven mártir lleva estampado su nombre en un asteroide, que deambula entre Marte y Júpiter, homenaje de sus pares astrónomos, convocando a los enigmáticos espejos de la galaxia que nos alberga. Pero también a ellos, los genocidas imbuidos de la banalidad del mal, pudorosos feligreses de misa dominical, dueños de secretos inconfesables que perversamente niegan revelar, como la suerte de cientos de niños. Dominus obispus, condenados per omnia saecula saeculorum. Y a nosotros, sobrevivientes, testigos de cargo, la tarea irrenunciable, custodiando la memoria para no olvidar a tantas pequeñas vidas. Los recuerdos ensombrecen, estoy parado frente a las lagunas, a la vera del camino viejo a Punta Alta, los flamencos rosados realizan volutas sobre mi apesadumbrada figura, sus alas desplegadas me regalan el rojo y el negro libertario, el mismo de tantas voces acalladas. Sueños en clave de cambio, para desarticular las pesadillas. “La piel vertebral de mis visiones/perfecciona su cauta transparencia/y construye esta hora de mi mismo/como si en vez de ser yo quien la transita/ fuera el paso fantástico de todo” dicen los versos de Juarroz. Treinta y seis años han pasado desde aquella horda demencial que pretendió talando el bosque desterrarlo del universo. Hay nuevos brotes que vienen por la vuelta. El barrio ya no es el mismo, reposa ajeno a las huellas dejadas, mientras camino por sus bordes, creo percibir doncellas etéreas, flotando, elusivas a las acechanzas, entre las frondosidad de hojas verdes, agitadas por el viento, que juega a ser alfombra mágica cargado de polen, en el parque, con el fondo musical del arroyo. Presencias inasibles como esas virginales mariposas que supieron cautivarnos con su porfía en favor de los condenados de la tierra.

2012-10-15 Olavarría. Provincia de Buenos Aires

    

    

Borges, aquel compadrito malogrado

Por Eduardo Pérsico

Jorge Luis Borges, el exponente más representativo de nuestra literatura, fue aquí poco reconocido hasta que desde Europa nos advirtieran sobre su calidad poética y narrativa. Sin afirmar que aguardar la valoración ajena sea tendencia exclusiva de los argentinos, se atribuye al crítico francés Roger Caillois impulsar el reconocimiento de Borges en Europa y también en nuestro país, el hecho repetiría lo de Carlos Gardel, un cantor popular más hasta que luego del éxito en Estados Unidos resultara una personalidad cultural de nosotros. Igualmente, tanto Jorge Luis Borges como Carlos Gardel son exponentes de esta comarca y si fueron publicitados lejos y luego descubiertos aquí en nuestro país, antecedieron lo sucedido con Julio Cortázar y Astor Piazzolla y de cualquier modo, todos valieron por ellos sin discusión autóctona, externa o provinciana.

Según creemos, lo más interesante en Borges desde el punto de vista literario es que él ‘escribía como si estuviera escribiendo’, y sin dejarse presionar en ese juego donde casi siempre usaba de cómplice al mismo lector.
Naturalmente, una complicidad nada fácil y más bien lúdica al bromear con él mismo y los demás: a Leopoldo Lugones, un referente literario obligado, él lo definió como ‘un hombre que se tomaba demasiado en serio’, una calificación nada casual viendo especialmente la distinta temática de ambos. La veta fantástica de Borges no le vino desde la literatura sino del propio país, y por su inflexión y modo al decir lo fijan como un indudable escritor argentino. Y a quien al leerlo en voz alta; un buen ejercicio; se lo imagina acercado al fogón en una cocina del campo, diciendo ‘vea don, yo le voy a contar, esto sucedió cuando fuera la crecida grande del noventa’, o en la milonga ‘El Títere’cierra diciendo ‘un balazo lo bajó en Thames y Triunvirato. Se mudó a un barrio vecino, el de la quinta del ñato’; o cementerio. Borges podía relatar así, y en nuestro país tan poblado por lo europeo, casi sin jungla y sí con una geografía transparente; y con la escasa literatura rural de tres o cuatro obras, lo nacional radica más en el modo de contarnos que por lo temático. Tanto que esa poca literatura rural no sugiere los enigmas ni misterios de un país selvático, tan recreado por el ‘realismo mágico’ y otras vagas apoyaturas de críticos y editoriales.

Borges enseñó detalles muy valiosos: no se distanciaba del texto según narrador que no se involucra ni esquivaba usar la primera persona. Y con ella nos daba su opinión, recurso que bien se aprecia en su ‘Hombre de la Esquina Rosada’, en el relato impersonal usado en ‘Juan Muraña’ o en la llaneza coloquial de la milonga Jacinto Chiclana: ‘me acuerdo fue en Balvanera en una noche lejana, que alguien dejó caer el nombre de un tal Jacinto Chiclana’. Semejante imprevista sencillez, intimidante a veces, la sabía usar en el trato personal y en mi caso, comencé a ver en él a un compadrito inconcluso, o frustrado, y también a rachas, un provocador payador de boliche. Sensación que me sugirió ver en él ‘a un tal Borges, el Inglesito, payador que contrapunteara por milonga en un boliche de Turdera’.

Al entrar en confianza Borges era un porteño sobrador y canchero, y charlando con él más aprecié esa idea.. Por 1970 todavía se animaba con algún detalle ingenioso sin llegar a la ingeniosidad, esa malversación de caer en la ramplonería. Solía bromear con él mismo y otros escritores casi sin piedad: de Federico García Lorca sentenció que era un ‘andaluz profesional’, una feroz ‘cargada’ de porteño, aunque al mexicano Alfonso Reyes solía recomendarlo: ‘si se quiere escribir bien en castellano hay que leerlo’. Borges además era un incansable corrector – ‘hay que publicar para no seguir corrigiendo’, y la palabra ‘trinchante’, supo decir, en dos ocasiones muy precisas lo confundieron. Decía que los mexicanos al sitio de guardar las copas lo llamaban ‘trinchero’; y esa palabra lo disgustaba. Aunque en el cuento ‘El Muerto’ dice ‘hay un remoto trinchante con un espejo de luna empañada’; en ‘El Aleph’ fue y vino varias veces, dijo, con ‘Beatriz Viterbo, frente al trinchante’ hasta decidirse por ‘Beatriz Viterbo de perfil en colores’ y a otra cosa. Además, su cuento ‘Hombre de la Esquina Rosada’ conoció una especie de crónica policial anterior en el suplemento de Crítica, ‘Hombres Pelearon’, y luego otra versión al cuento definitivo que indicaba a un entusiasta de la corrección.

No pocos vieron en Borges a un escritor pletórico de argumentos perfectos, y sin embargo la frescura de su literatura pasaba más porque se divertía escribiendo. Por ejercicio bien vale su trabajo junto a Adolfo Bioy Casares, con seudónimo H. Bustos Domecq, ‘Seis problemas para Don Isidro Parodi’. En ese libro hecho por 1942, insinúan una broma futbolera, seguramente urdida por Bioy, y una vez al comentar eso Borges fingió sorpresa y se sonrió. En el libro un personaje, Honorio Bustos Domecq dice ‘durante la intervención de Labruna, fue nombrado primero Inspector de Enseñanza y después Defensor de Pobres’. Esto estaba escrito en el año ’42 cuando el River Plate fuera campeón y ellos escribían en el campo, acaso en Pardo, escuchando la radio. El nunca fue futbolero y tomar a un locutor diciendo ‘brillante intervención de Labruna’ se lo endosaba a Adolfito Bioy Casares. En otro cuento de ‘Seis Problemas’, alguien nombra las figuras del zodíaco y don Isidro Parodi le pide decirlas al revés: en vez de Toro, Roto o por Carnero, Ronecar, y Borges confesó que dar vuelta así las palabras ‘no era chamuyar al vesre’; una frase que acrecentó nuestra confianza.

La primera vez hablamos por 1971 o 1972. Yo colaboraba con una revista literaria de Lanús, ‘Ateneo’, y por eso y otros asuntos iba muy seguido a la Biblioteca Nacional, en la calle México, que por entonces él dirigía. Había gran fervor por el retorno peronista y José Edmundo Clemente renunció a la vice dirección. Ahí actuaban tres delegados gremiales muy jóvenes, con las banderas de la transformación necesaria al país y otras apoyaturas. Un señor Zolezzi y otro empleado, Amón, solían contar que sin estar Clemente los delegados pidieron audiencia y los atendió Borges. Los muchachos le plantearon cosas tipo ‘hagamos la revolución’ y muchos creyeron que Borges se aterraría, . pero más tarde él mismo le dijo a Zolezzi ‘hay que atenderlos a estos muchachos; yo estoy de acuerdo en muchas cosas con ellos’. Algo asombroso para quienes veían en Borges a un reaccionario absoluto, y esa tarde se habló bastante que por cierto que él se mandaba alguna opinión retrógrada cada tanto, pero en su obra jamás descalificó al orillero ni al gaucho, al negro o a los laburantes. Y los escritores se estiman y valoran por su obra; más aún, por lo mejor de ella.

Por entonces el despacho de Borges de la calle México estaba en el primer piso y él subía por el ascensor. Al lado de una dependencia oficial, creo de la prefectura, había una casa de inquilinato; un “convoy” típico de Montserrat o San Telmo. En algún mediodía de verano Borges escuchó que abajo, en el zaguán del inquilinato, alguien trataba de tocar una milonga en su guitarra. Zolezzi le preguntó si debía cerrarle la ventana y él le contestó ‘no, es linda la milonga. Ojalá el hombre no la aprenda nunca y la siga tocando’. A propósito de esto, Borges tenía una idea de la milonga taconera, retrechera, muy propia de loa años diez al veinte, y no la versión nostálgica que adquirió la milonga más tarde. Igual con respecto al tango tenía la lógica de los argentinos de Buenos Aires, hablar de su época de oro negando las transformaciones instrumentales y el cambio de gustos, por ejemplo, de Astor Piazzolla, Tanto que en una reunión alguien con una guitarra frente a Borges y este ya muy cansado de hablar del Papa como un funcionario de la iglesia que enojó a dos o tres, el guitarrero entonaría la milonga de Jacinto Chiclana y le preguntó a Borges si recordaba al autor de la música. Y el viejo respondió ‘no sé, me parece que fue Guastavino’, evitando nombrar a Piazzolla, algo que le afirmaba su placer bucólico a los tangos del año veinte.

En su literatura existe una etapa criollista y otra más cosmopolita, pero aunque notara ciertas exageraciones del criollismo, Borges jamás dejó de serlo. Al preguntarle si Macedonio Fernández tocaba la guitarra, él respondió lo esperado: ‘le gustaba afinarla y sacarse alguna foto con ella, pero nunca lo escuché tocar’. Y a propósito de Ricardo Güiraldes contestó ‘sí, Güiraldes tocaba la guitarra porque creía que con eso defendía el criollismo’ De igual manera rechazaba a las ‘chinas’ bailando zambas vestidas de celeste y blanco, que entendía una tonta exaltación nacionalista. De la religión repetía ‘mi madre es católica como todas las señoras argentinas, ¿no?’, pero al preguntarle su padre si tomaría la comunión ‘una ceremonia absurda’ él no quiso. ‘Mi hermana tomó la comunión y es católica, yo no y soy librepensador; aunque eso también es anticuado’. Para disfrutar una charla con Borges se debía aceptar sus giros y réplicas que lo divertían; de los marxistas decía tantos agravios como del peronismo y ambos lo acusaron de todo, pero sin gorilismo barato a Borges hay que juzgarlo igual que a Gardel y cualquier otro referente de una comarca o país: por sus obras casi siempre inigualables. Sin duda Borges mucha veces provocó la descalificación con su ‘Borges oral’, a ratos propia de un provocador molesto, aunque yo prefiero verlo como a un porteño sobrador y canchero de algún boliche de mi barrio, acallaría con su sonrisa cómplice y burlona ‘no me haga caso, señor, estoy hablando en joda’. Pero claro, la barata intelectualidad del diario La Nación ni el izquierdismo esquemático entrevieron aquel perfil casi sobrador de esos guitarreros de patio, esos de corbatín y saco oscuro, que es la imagen más sensible de Borges que seguiré imaginando. .

Jorge Luis Borges fue el primero en decir que el compadrito era una invención literaria y tal vez por esa atracción surgía en él su provocación permanente. A él lo seducían los payadores de boliche, y las andanzas de los compadritos era una ausencia que confesaba por haberse criado detrás de una cancela colonial, aunque en el fondo se burlaba de todo eso. Cierta vez recordó pasear una noche con Francisco Luis Bernárdez y Carlos Mastronardi por el barrio sur, la Boca, Barracas, buscando algún bodegón abierto para ver esos hombres de coraje, compadritos o cuchilleros, y no encontraron ni un almacén abierto. Y al preguntarle ‘¿al fin que recuperó Borges de ese paseo?’, se sonríó; . ‘que hacía mucho frío y éramos tres ilusos fuera de tiempo’. Un carcajada sobre sus mitos, como hicieron con Bioy Casares en ‘Seis problemas para don Isidro Parodi’ al pintar unos arquetipos que se habrían olvidado.

Luego de conversar en la biblioteca de la calle México un par de veces por el setenta, recién volví a verlo por julio de 1983. El iría a casa de una escritora amiga, María Luisa Biolcati, y yo fui a la calle Maipú donde vivía. Ahí lo atendía una señora Fanny y fue el mismo día que había operado a Beppo, su gato, que le regalara una familia ‘pero se llamaba Pepo, un nombre horrible. Y yo lo bauticé Beppo, como un personajes de Byron. el gato no se enteró y siguió viviendo’; era algo que solía repetir. Guardo su imagen al salir de una habitación en penumbras y la señora Fanny ayudarlo con la corbata. Iríamos a la calle Charcas, a una reunión donde yo le haría las preguntas y le reiteré mi apellido. ‘Si claro, un apellido italiano, pero también puede haber algo sefardí. Pérsico de Persia’, pero él quería explicarme ‘Borges tiene ascendencia portuguesa y quiere decir burgués’. Una broma para pensar “este viejo me está cargando’ con su estilo de incluir al interlocutor; y si uno era un engreído con Borges, seguro que perdía por gil.

Ya era un anciano y al leerle yo unos sonetos lunfardos que nombraban a Lenín o Pirandello, me sacudió ‘me parecen de un reo que escribe para intelectuales’; una crítica borgeana feroz….

Algunos periodistas creían que Borges sólo sabía de libros y un periodista le preguntó por el director técnico de la selección de fútbol. El tipo insistió y Borges dijo no conocerlo y se disculpó ‘usted perdone mi ignorancia’. Cualquiera se suicidaría ahí mismo pero el periodista igual que el gato Beppo no se enteró y siguió viviendo. Porque Borges era una persona normal que escuchaba la radio cada mañana. Al preguntarle si Victoria Ocampo era una mujer hermosa contestó ‘no sé, la conocí cuando tenía veinticinco años’. El cholulismo ambiente jamás lo imaginaría pronunciar la palabra mina, pero él reiteraba que la mujer madura era más hermosa ‘porque la belleza de los veinte es algo mecánica, y a una mujer de cuarenta detrás de los ojos se le intuye la mirada’. Y esa vez me perdonó sonriendo ‘siempre repito eso y otras cosas’. Como cualquier porteño que bien se aprecie, lo aterraba el ridículo y el no entender al otro. .

Fue durante años un provocador un tanto gratuito. El ‘Mío Cid’ le parecía una cosa ilegible; del Quijote supo hacer alguna broma pero sin ese libro, repetía, no podríamos entender la historia de España. A Calderón de la Barca lo calificó un invento alemán, de Guy de Maupassant sentenció que no era un cuentista genial y que antes de morir había mejorado: murió loco pero toda la vida había sido estúpido´’. Con estas y otras conjeturas Borges llenó varios tomos, bromeando que los españoles hablaban muy mal el español pero lo respetaban ‘porque lo consideran un idioma extranjero’. No pocos entendemos hoy que Jorge Luis Borges ha sido un pilar en la cultura de los argentinos del siglo veinte, y al margen de sus contradicciones, apreciamos sus perfiles nacionales y hasta su radicalidad. Algunos comparan la grandiosidad de Borges con Domingo Faustino Sarmiento, otro titán y fundador de nuestra literatura, pero en un país tan contradictorio como el nuestro los personajes más representativos de nuestra cultura no podrían ser diferentes. Cualquiera puede calificar de contradictorios a Sarmiento, Borges, Facundo, Perón, por decir tres o cuatro, pero así como una vez Borges habló a favor de Pinochet, al enterarse bien que hacía en Argentina el régimen militar de Videla, Massera y esa banda delincuencial, les lastimó con sus críticas publicadas en Europa. En pleno Proceso de los criminales militares ‘nuestros’ él dijo a toda la prensa francesa ‘cuando yo era chico quise ser militar, pero con el tiempo me fui haciendo más cobarde y menos estúpido’ Una verdadera pintura de la Junta Militar para evitar ser utilizado que él hizo sin infatuarse de referente ético de la Argentina, un país con líneas ideológicas siempre inconciliables y tensas. Pero Borges sabía también de temas terrenales y al escuchar que el Proceso Militar pudo ser una sangrienta interna del peronismo, él agregó ‘eso es muy posible’. .

Hoy podría suponerse que tanto Borges como Gardel en esta instancia globalizada hubieran pasado desapercibidos, pero aunque el éxito de Gardel no ocupara todos estos multimedios que suelen devorar la autenticidad, o que Borges fuera olvidable por jamás ser un escritor popular, no sería fácil vaticinar algo sobre ‘el éxito y el fracaso, esos dos impostores’. Por más provocador y el excelente Borges oral, él nunca fue renombrado en la calle y ni vale preguntar quiénes son esos escribas, porque en toda su obra hay páginas estupendas. El ‘Poema Conjetural’ sobre Francisco Narciso de Laprida asesinado el 22 de setiembre de 1829 por los montoneros de Aldao, es una pieza histórica invalorable por su muestra de americanismo, y que Borges era un habitante de aquí.

Algo aparte merecen sus cuentos. ‘El Muerto’ vale en cada renglón y no sólo por su remate; ‘Hombre de la Esquina Rosada’ es una inigualable pintura de una época del bajo Buenos Aires con pasajes geniales: cuando el personaje Francisco Real da un pechazo y atropella a los gritos la puerta del prostíbulo, Borges, el relator que está de espaldas a la puerta, al verlo exclama ‘el hombre era parecido a la voz’. Siete palabras secas para marcar un concepto definitivo del personaje. Esa sencillez demuestra el gran manejo del Borges cuentista, jugueteando casi con sus frases definitivas pero demostración su vocación incansable por corregir. Y nos referimos a una generación que escribía muy bien aunque en el menester literario es riesgosa una sentencia categórica. En el cuento ‘Juan Muraña’, hace un enfoque del compadrito y lo desarrolla según el relato de un tercero con una precisión envidiable. En ‘El Muerto’ ubica la acción en San José, un pueblo del Uruguay y en esa pintura casi alardea con el conocimiento de las costumbres. Es que alguna vez en televisión le inquirieron si había conocido algún guapo verdadero y dijo ‘sí, en Montevideo´. Y siguió contando que alguien faltara el respeto a una casa y el dueño, que era un hombre respetuoso pero de acción, le mostró dos cuchillos al ofensor diciendo ‘usted elige’ y ‘¿qué hizo el otro?’ le preguntaron y respondió ‘y qué iba a hacer? Se achicó’; habló sin agregar media palabra en homenaje a la autenticidad que respetaba tanto. Y por su estirpe de tipo despojado de empaques, al escucharme ’Borges, ¿usted no será un compadrito frustrado?´, me sonrió sobrando ‘sí, pero malogrado es más fácil’.

Por aquel año 1983 él ya era un anciano en el exilio de la ceguera, y un personaje rodeado de gente ansiosa por andarle cerca. Pero ante su tan valiosa obra literaria, Jorge Luis Borges es un legítimo exponente de nuestra comarca, la de los argentinos.
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Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina


Recordar

Un cuento de Antonio Dal Masetto

Recuerdo cierta noche de verano de 1985 cuando en un bar del Bajo, desde otra mesa, alguien me preguntó: “¿Leyó el Nunca Más?”. La voz pertenecía a un anciano que tenía un cuaderno abierto delante de él. Había estado escribiendo, usaba lentes de vidrio muy gruesos y parecía que tuviera dificultades para descifrar sus propias anotaciones. Dijo: “Registran 8.960 desaparecidos, hombres, mujeres y chicos, casi 9.000, pero seguramente son muchos más y es probable que jamás se sepa la cantidad real”. Yo asentí. El anciano insistió. “¿Esa cifra le dice algo? ¿Sería capaz de imaginar 9.000 pares de zapatos?”. “No, creo que no podría”, dije. El anciano se concentró un momento en su cuaderno y volvió a hablar. “¿Sería capaz de imaginar 9.000 cuerpos?”. Dudé nuevamente; contesté: “Tal vez pueda imaginarse una concentración de 9.000 personas vivas, en una plaza, en la calle, en una cancha de fútbol, pero no de otro modo”. Y el anciano: “Estuve haciendo algunos cálculos. Intenté pensar en 9.000 cuerpos acostados en el suelo, uno a continuación del otro, la cabeza de uno contra los pies del siguiente: ¿Tiene idea de qué distancia podrían llegar a cubrir?”. “No podría decirlo”, contesté. “Supongamos que colocamos el primer cuerpo justo en la entrada de la Casa de Gobierno a partir de los dos granaderos, y desde ahí hacia el oeste, todos los demás; y siempre la cabeza de uno contra los pies del siguiente, ¿sabe adónde llegaríamos?”. “No lo sé”. “¿Quiere seguirme en el recorrido?”. Asentí. El anciano: “Avanzamos por la Plaza de Mayo, bordeamos el monumento a Belgrano, la Pirámide, los canteros florecidos, desfilamos ante la Catedral y su antorcha, el Cabildo, alcanzamos la Avenida de Mayo; y siempre la cabeza de uno contra los pies del siguiente, ¿me sigue?”. “Lo sigo”. “¿Prefiere que tomemos por la vereda de los números pares o impares?”. “Lo que usted diga”. “Dejamos atrás la Municipalidad, cruzamos Perú, algunas librerías, negocios, bares y alcanzamos la 9 de Julio, ¿estamos?”. “Estamos”. “En la primera plazoleta pasamos frente a las dos figuras femeninas que simbolizan la Virtud y la Sabiduría: más allá, enfrente, la ridícula caricatura del Quijote; recorremos las últimas cuadras de la Avenida de Mayo; después viene El Pensador, la fuente, las palomas, el edificio del Congreso, El Molino; seguimos por Rivadavia y siempre la cabeza de uno contra los pies del siguiente, ¿me está acompañando?”. “Estoy”. “El café de los Angelitos, negocios, negocios, negocios, el último tramo antes de llegar a Pueyrredón y su aspecto de mercado persa; Plaza Miserere y sus árboles, la bajada de Rivadavia, Medrano, la confitería Las Violetas, bancos, inmobiliarias, agencias de automotores, bocas de subte, testimonios de una ciudad civilizada, avenida La Plata, Parque Rivadavia, el monumento a Bolívar, avenida José María Moreno, pizzerías, negocios, negocios, negocios y siempre la cabeza de uno contra los pies del siguiente, ¿me sigue?”. “Lo sigo”. “Caballito, las rejas de la terminal del subterráneo, Rivadavia que se convierte en doble mano, el cielo que se amplía arriba, los edificios de departamentos más espaciados, Donato Alvarez, Boyacá; y solamente llevamos recorridas unas sesenta cuadras; alcanzamos Plaza Flores, la vieja iglesia, Nazca, mueblerías, casas de antigüedades, los barrios tranquilos que se desgranan a ambos costados de la avenida, las vías del ferrocarril que se entreven a cien metros y nosotros siempre con los cuerpos, ¿los está viendo?”. “Los veo”. “Cruzamos Segurola y ya estamos a la altura ocho mil quinientos; inmediatamente se suceden una serie de calles de nombres gratos: Virgilio, Dante, Víctor Hugo, Manzoni, Leopardi, Molière, Byron, llegamos al once mil seiscientos de Rivadavia, exactamente la última cuadra antes de la General Paz, se nos acabó la Capital y podríamos seguir del otro lado, por la Provincia; y siempre la cabeza de uno contra los pies del siguiente, ¿me estuvo siguiendo?”. “Lo estuve siguiendo”. “Este trayecto y un larguísimo tramo más es lo que se podría cubrir con 9.000 cuerpos”. A esta altura el anciano calló. Se sostuvo la cabeza con ambas manos, se dobló sobre la mesa y era como si realmente lo hubiese deshecho el esfuerzo de esa caminata. Eso es lo que recuerdo de aquella noche.


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El ojo del amo

Un cuento de
Italo Calvino

-El ojo del amo -le dijo su padre, señalándose un ojo, un ojo viejo entre los párpados ajados, sin pestañas, redondo como el ojo de un pájaro-, el ojo del amo engorda el caballo.

-Sí -dijo el hijo y siguió sentado en el borde de la mesa tosca, a la sombra de la gran higuera.

-Entonces -dijo el padre, siempre con el dedo debajo del ojo-, ve a los trigales y vigila la siega.

El hijo tenía las manos hundidas en los bolsillos, un soplo de viento le agitaba la espalda de la camisa de mangas cortas.

-Voy -decía, y no se movía.

Las gallinas picoteaban los restos de un higo aplastado en el suelo.

Viendo a su hijo abandonado a la indolencia como una caña al viento, el viejo sentía que su furia iba multiplicándose: sacaba a rastras unos sacos del depósito, mezclaba abonos, asestaba órdenes e imprecaciones a los hombres agachados, amenazaba al perro encadenado que gañía bajo una nube de moscas. El hijo del patrón no se movía ni sacaba las manos de los bolsillos, seguía con la mirada clavada en el suelo y los labios como silbando, como desaprobando semejante despilfarro de fuerzas.

-El ojo del amo -dijo el viejo.

-Voy -respondió el hijo y se alejó sin prisa.

Caminaba por el sendero de la viña, las manos en los bolsillos, sin levantar demasiado los tacones. El padre se quedó mirándolo un momento, plantado debajo de la higuera con las piernas separadas, las grandes manos anudadas a la espalda: varias veces estuvo a punto de gritarle algo, pero se quedó callado y se puso a mezclar de nuevo puñados de abono.

Una vez más el hijo iba viendo los colores del valle, escuchando el zumbido de los abejorros en los árboles frutales. Cada vez que regresaba a sus pagos, después de languidecer seis meses en ciudades lejanas, redescubría el aire y el alto silencio de su tierra como en un recuerdo de infancia olvidado y al mismo tiempo con remordimiento. Cada vez que venía a su tierra se quedaba como en espera de un milagro: volveré y esta vez todo tendrá un sentido, el verde que se va atenuando en franjas por el valle de mis tierras, los gestos siempre iguales de los hombres que trabajan, el crecimiento de cada planta, de cada rama; la pasión de esta tierra se adueñará de mí, como se adueñó de mi padre, hasta no poder despegarme de aquí.

En algunos bancales el trigo crecía a duras penas en la pendiente pedregosa, rectángulo amarillo en medio del gris de las tierras yermas, y dos cipreses negros, uno arriba y otro abajo, que parecían montar guardia. En el trigal estaban los hombres y las hoces moviéndose; el amarillo iba desapareciendo poco a poco como borrado, y abajo reaparecía el gris. El hijo del patrón, con una brizna de hierba entre los dientes, subía por atajos la pendiente desnuda: desde los trigales los hombres ya lo habían visto subir y comentaban su llegada. Sabía lo que los hombres pensaban de él: el viejo será loco pero su hijo es tonto.

-Buenas -le dijo U Pé al verlo llegar.

-Buenas -dijo el hijo del patrón.

-Buenas -dijeron los otros.

Y el hijo del patrón respondió:

-Buenas.

Bien: todo lo que tenían que decirse estaba dicho. El hijo del patrón se sentó en el borde de un bancal, las manos en los bolsillos.

-Buenas -dijo una voz desde el bancal de más arriba: era Franceschina que estaba espigando. Él dijo una vez más:

-Buenas.

Los hombres segaban en silencio. U Pé era un viejo de piel amarilla que le caía arrugada sobre los huesos. U Qué era de edad mediana, velludo y achaparrado; Nanín era joven, un pelirrojo desgarbado: el sudor le pegaba la camiseta y una parte de la espalda desnuda aparecía y desaparecía con cada movimiento de la hoz. La vieja Girumina espigaba, acuclillada en el suelo como una gran gallina negra. Franceschina estaba en el bancal más alto y cantaba una canción de la radio. Cada vez que se agachaba se le descubrían las piernas hasta las corvas.

Al hijo del patrón le daba vergüenza estar allí haciendo de vigilante, erguido como un ciprés, ocioso en medio de los que trabajaban. «Ahora», pensaba, «digo que me den un momento una hoz y pruebo un poco.» Pero seguía callado y quieto mirando el terreno erizado de tallos amarillos y duros de espigas cortadas. De todos modos no sería capaz de manejar la hoz y haría un triste papel. Espigar: eso sí podía hacerlo, un trabajo de mujeres. Se agachó, recogió dos espigas, las arrojó en el mandil negro de la vieja Girumina.

-Cuidado con pisotear donde todavía no he espigado -dijo la vieja.

El hijo del patrón se sentó de nuevo en el borde, mordisqueando una brizna de paja.

-¿Más que el año pasado, este año? -preguntó.

-Menos -dijo U Qué-, cada año menos.

-Fue- dijo U Pé- la helada de febrero. ¿Se acuerda de la helada de febrero?

-Sí -dijo el hijo del patrón. Pero no se acordaba.

-Fue -dijo la vieja Girumina- el granizo de marzo. En marzo, ¿se acuerda?

-Cayó granizo -dijo el hijo del patrón, mintiendo siempre.

-Para mí -dijo Nanín- fue la sequía de abril. ¿Recuerda qué sequía?

-Todo abril -dijo el hijo del patrón. No se acordaba de nada.

Ahora los hombres habían empezado a discutir de la lluvia y el hielo y la sequía: el hijo del patrón estaba fuera de todo ello, separado de las vicisitudes de la tierra. El ojo del amo. El era sólo un ojo. Pero, ¿para qué sirve un ojo, un ojo solo, separado de todo? Ni siquiera ve. Claro que si su padre hubiera estado allí habría cubierto a los hombres de insultos, habría encontrado el trabajo mal hecho, lento, la cosecha arruinada. Casi se sentía la necesidad de los gritos de su padre por aquellos bancales, como cuando se ve a alguien que dispara y se siente la necesidad del estallido en los tímpanos. Él no les gritaría nunca a los hombres, y los hombres lo sabían, por eso seguían trabajando sin darse prisa. Sin embargo era seguro que preferían a su padre, su padre que los hacía sudar, su padre que hacía plantar y recoger el grano en aquellas cuestas para cabras, su padre que era uno de ellos. Él no, él era un extraño que comía gracias al trabajo de ellos, sabía que lo despreciaban, tal vez lo odiaban.

Ahora los hombres reanudaban una conversación iniciada antes de que él llegara, sobre una mujer del valle.

-Eso decían -dijo la vieja Girumina-, con el párroco.

-Sí, sí -dijo U Pé-. El párroco le dijo: Si vienes te doy dos liras.

-¿Dos liras? -preguntó Nanín.

-Dos liras -dijo U Pé.

-De las de entonces -dijo U Qué.

-¿Cuánto serían hoy dos liras de entonces? -preguntó Nanín.

-No poco -dijo U Qué.

-Caray -dijo Nanín.

Todos reían de la historia de la mujer; el hijo del patrón también sonrió, pero no entendía bien el sentido de esas historias, amores de mujeres huesudas y bigotudas y vestidas de negro.

Franceschina también llegaría a ser así. Ahora espigaba en el bancal más alto, cantando una canción de la radio, y cada vez que se agachaba la falda se le subía más, descubriendo la piel blanca de las corvas.

-Franceschina -le gritó Nanín-, ¿irías con un cura por dos liras?

Franceschina estaba de pie en el bancal, con el manojo de espigas apretado contra el pecho.

-¿Dos mil? -gritó.

-Caray, dice dos mi l-dijo Nanín a los otros, perplejo.

-Yo no voy ni con curas ni con «civiles» -gritó Franceschina.

-Con militares, ¿sí? -gritó U Qué.

-Ni con militares -contestó y se puso a recoger espigas de nuevo.

-Tiene buenas piernas la Franceschina -dijo Nanín, mirándoselas.

Los otros las miraron y estuvieron de acuerdo.

-Buenas y rectas -dijeron.

El hijo del patrón las miró como si no las hubiera visto antes e hizo un gesto de asentimiento. Pero sabía que no eran bonitas, con sus músculos duros y velludos.

-¿Cuándo haces el servicio militar, Nanín? -dijo Girumina.

-Hostia, depende de que quieran examinar otra vez a los eximidos -dijo Nanín-. Si la guerra no termina, me llamarán a mí también, con mi insuficiencia torácica.

-¿Es cierto que Norteamérica ha entrado en la guerra? -preguntó U Qué al hijo del patrón.

-Norteamérica -dijo el hijo del patrón. Tal vez ahora podría decir algo-. Norteamérica y Japón- dijo y se calló. ¿Qué más podía decir?

-¿Quién es más fuerte: Norteamérica o Japón?

-Los dos son fuertes -dijo el hijo del patrón.

-¿Es fuerte Inglaterra?

-Eh, sí, también es fuerte.

-¿Y Rusia?

-Rusia también es fuerte.

-¿Alemania?

-Alemania también.

-¿Y nosotros?

-Será una guerra larga -dijo el hijo del patrón-. Una guerra larga.

-Cuando la otra guerra -dijo U Pé-, había en el bosque una cueva con diez desertores-. Y señaló arriba, en dirección de los pinos.

-Si dura un poco más -dijo Nanín- yo digo que nosotros también terminaremos metidos en las cuevas.

-Bah -dijo U Qué-, quién sabe cómo irá a terminar.

-Todas las guerras terminan así: al que le toca, le toca.

-Al que le toca le toca -repitieron los otros.

El hijo del patrón empezó a subir por los bancales mordisqueando la brizna de paja hasta llegar a Franceschina. Le miraba la piel blanca de las corvas cuando se inclinaba a recoger las espigas. Tal vez con ella sería más fácil; se imaginaría que le hacía la corte.

-¿Vas alguna vez a la ciudad, Franceschina? -le preguntó. Era un modo estúpido de iniciar una conversación.

-A veces bajo los domingos por la tarde. Si hay feria, vamos a la feria, si no, al cine.

Había dejado de trabajar. No era eso lo que él quería; ¡si su padre lo viera! En vez de montar la guardia, hacía hablar a las mujeres que trabajaban.

-¿Te gusta ir a la ciudad?

-Sí, me gusta. Pero en el fondo, por la noche, cuando vuelves, qué te ha quedado. El lunes, vuelta a empezar, y te fue como te fue.

-Claro -dijo él mordiendo la brizna.

Ahora había que dejarla en paz, si no, no volvería a trabajar. Dio media vuelta y bajó.

En los bancales de abajo los hombres casi habían terminado y Nanín envolvía las gavillas en lonas para bajarlas cargadas sobre las espaldas. El mar altísimo con respecto a las colinas empezaba a teñirse de violeta del lado del ocaso. El hijo del patrón miraba su tierra, pura piedra y paja dura, y comprendía que él le sería siempre desesperadamente ajeno.

[Publicado en portada en febrero 2011]


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La salvación

Un cuento de Isidoro Blaisten *

Buenas tardes, señor -dijo el viejo-, ¿qué desea? -Señor -dijo el hombre que buscaba la salvación-, ¿tiene algo que me salve?.El viejo dejó el lápiz encima de la boleta, lo corrió justo hasta el borde del talonario, cerró las tapas, apoyó las manos sobre el mostrador, ladeó la cabeza, y se lo quedó mirando por encima de los lentes.El hombre ya empezaba a ponerse nervioso.
Por fin, el viejo dijo:-Ajá, ¿conque algo que lo salve?
-Sí. ¿Tiene? -preguntó el hombre esperanzado.
El viejo tiró de la punta que asomaba apenas, extrajo el lápiz y dio unos cuantos golpecitos en el mostrador.-Conque algo que lo salve -dijo nuevamente.”Qué despacioso”, pensó el hombre, “parece un telegrafista”.
El viejo arrugó la cara y miró los estantes de arriba, con un ojo achicado, como si estuviera recordando. Después volvió a observar al hombre, salió de atrás del mostrador, y se alejó hacia el fondo del local, que era muy largo y bastante oscuro. Regresó empujando lentamente una escalera con rueditas, que estaba unida por un riel a los estantes de arriba.El hombre notó que el viejo renqueaba un poco de la pierna derecha. Creyó que iba a subir, porque ya había apoyado la escalera, muy cerca de él, como a cinco pasos, pero el viejo la sacudió un poco verificando la solidez de los peldaños, se sonrió y dijo:
-Ahora, señor, si usted se diera vuelta…-¡Eso nunca! -dijo el hombre con el rostro demudado y haciendo un ademán de irse.- Por favor -dijo el viejo sonriéndose más todavía-.Por favor -volvió a decir-. No me interprete mal. Tiene que ser sin mirar. Dese vuelta y cierre los ojos.
El hombre se dio vuelta y cerró los ojos.
El viejo tardaba. Por fin oyó que subía, respirando fuerte, como si le costase.
El hombre hizo un amago de girar el cuerpo. Desde lo alto escuchó la voz del viejo.
– Ah, no, así no vale. Ya le dije que tiene que ser sin mirar. Dese vuelta y cierre los ojos. ¡Y no espíe, eh!
El hombre apretó fuertemente los párpados, tanto, que la cara se le distendió en una mueca, como si estuviese riendo con la boca cerrada.
Atrás, arriba, el viejo estaba revolviendo algo, alguna mercadería, que hacía ruido a lata. De pronto el sonido cesó.
El hombre sintió que el corazón le empezaba a latir apresuradamente. Tu vo miedo. El viejito no la podía encontrar.
Ya la había vendido toda. Se daría vuelta en la escalera, y le diría:
– Señor mío, lo siento mucho. No queda más. Ya puede mirar. Y bajando despaciosamente los escalones, agregaría:
– Hasta la semana que viene no hay nada que hacer… Usted tendría que darse una vueltita el jueves, o más seguro el viernes.
Entonces él, saturado de cansancio, preguntaría por rutina:
-Y dígame, señor, ¿no sabe dónde se podrá conseguir por acá cerca?
-Pero no le estoy diciendo, señor, que la semana entrante la recibimos seguro -insistiría el viejo ya un poco amoscado y apoyando la pierna renga en el suelo.
-No, no puedo esperar. Gracias -y tendría que irse, y suicidarse con bicloruro de mercurio.
Pero no fue así. El viejo seguía revolviendo cosas. “Probablemente debe de haber cajas de cartón, también”, pensó el hombre, porque por momentos el ruido a lata se amortiguaba.
El viejo dijo:
-Ajá, já, por ai cantaba Garay. Por la forma como le salió la voz, parecía que estaba tironeando de algo. “Como si estuviera sacando una muela”, pensó el hombre.
-Ya está -dijo el viejo.
El hombre dio un salto. Una media vuelta como los soldados.- Ah, no -dijo el viejo desde arriba-, sin darse vuelta.
El hombre volvió a su posición. No había alcanzado a ver más que el saco color gris rata del viejo, un poco del pantalón marrón, de un marrón muy antiguo, porque le trajo un recuerdo impreciso de cuando era chico, y dos rayas anchas y blancas.
La escalera empezó a crujir. El viejo bajaba. Al hombre le pareció que el descenso se le hacía interminable. De frente, escondiendo algo detrás de la espalda, el viejo tarareaba las palabras como los chicos:
-Ya está, ya está, ya está.
Llegó hasta donde estaba el hombre.- Ahora, sin espiar, se me va a dar vuelta para el otro lado -dijo.
Y le apoyó la mano libre en el hombro, lo ayudó a girar, y verificó que tuviese los ojos bien cerrados.
-¿Ya está? -preguntó el hombre.
-Ya va a estar, ya va a estar -dijo el viejo pasando detrás del mostrador.
Hizo un ruido con la bobina que al hombre le pareció raro, sobre todo al tirar del papel y al cortarlo. Pensó que ya estaba exagerando. “Cuánta parsimonia”, se dijo. “Evidentemente, ya está haciendo el paquete. “Y lo que el viejito le estaba por vender debía de ser bastante pesado, porque hizo un ruido contundente al ponerlo sobre el mostrador.
– ¿Ya está? -volvió a preguntar el hombre, impaciente, aunque sabía que no estaba, porque recién, recién el viejito lo había acomodado para envolverlo.
-Ya va a estar, ya va a a estar -y el hombre oyó nítidamente el crujido del primer doblez.
Además, pensó, debía de ser cuadrado, porque el viejito hacía los pliegues con golpes secos, como siguiendo con la palma de la mano unos ángulos rígidos. Ahora le estaba poniendo el piolín.
El viejo cortó el sobrante del hilo. “Seguro que con un alicate”, pensó el hombre. Después el viejo golpeó con el paquete ya hecho sobre el mostrador y dijo, canturreando la a final como dándole la seguridad al hombre de que efectivamente había terminado:
-Ya está. El hombre primero abrió los ojos, después sacudió la cabeza como un nadador que sale del agua, se dio vuelta y miró el paquete.
El viejo lo sostenía colgado del moñito, con dos dedos, en un gesto casi gracioso. El hombre vio que tenía forma de prisma, y que estaba eficientemente hecho, con papel madera verde.
“La verdad, que da gusto”, pensó. Y sonriendo, lo agarró con las dos manos, como si sacara la sortija.
Lo tuvo un momento contra el pecho. Después, como si recapacitara, lo puso debajo de la axila, y metiendo la mano en el bolsillo del pantalón, preguntó apurado:
-¿Cuánto es?
– Novecientos noventa y cinco pesos -dijo el viejo-. ¿Necesita factura?
-No, no hace falta -dijo el hombre. El viejo rebuscaba en el cajón del mostrador. El hombre hizo un gesto con la mano rechazando el vuelto.- Está bien, señor, déjelo.- Valiente -dijo el viejo dándole una moneda de cinco pesos-. Que lo pase usted bien. Buenas tardes -Y se agachó para recoger el lápiz que se había caído.
El hombre apretó el paquete y salió. Recién entonces se dio cuenta de que al abrirse la puerta, sonaba como un carillón, o una caja de música.
El paquete era más o menos como un ladrillo, no tan grande, como le había parecido al verlo, ni tampoco tan pesado.
El hombre deshizo el nudo con impaciencia, y consiguió desenvolver la primera vuelta del hilo, porque el viejo le había dado dos. Cuando le estaba sacando los parches de dúrex, y mientras pensaba: “Qué curioso, no me había dado cuenta de que le había puesto dúrex. Prolijo, el viejito”, lo atropelló el Mercedes de color verde musgo.
Prácticamente le aplastó la cabeza con la rueda izquierda.
Se juntó un montón de gente.
Lo taparon con una bolsa de cal, que un corredor de seguros mandó traer enseguida de la obra en construcción que estaba al lado.
Cuando llegó la ambulancia, todos se corrieron y le dejaron paso. Deportivamente, bajaron el chofer y el practicante; parecían dos jugadores al entrar a la cancha. Trotaron hasta el hombre, se agacharon, lo destaparon y se miraron entre ellos.
El practicante quiso saber qué había en el paquete. El muerto lo sostenía apretado contra el pecho. Trató de abrirle las manos, pero no pudo. Tampoco pudo separarle los dedos. Entonces lo llevaron al hospital Pirovano. Lo bajaron con camilla y todo, y lo dejaron en la guardia, encima de otra camilla verde, con las patas despintadas.
El enfermero fue a llamar a la doctora.
Vino la doctora. La doctora era joven y gorda. Hablaba como un hombre, y decía malas palabras. Cuando lo destapó, hizo un gesto negativo con la cabeza.
Sintió curiosidad por el paquete. Intentó sacárselo. El practicante le dijo que no era tan fácil, que él ya había probado.
La doctora dijo, poniendo cara de inteligente: “Es que los muertos son muy duros”. Y el practicante dijo: “Sí, parecen hijos de vascos”.
La doctora tironeó de los restos del dúrex, y los desprendió. Sacó el papel nerviosamente, el doble papel, porque el viejo había sido muy minucioso. Entonces su expresión cambió. Su cara tenía ahora un visaje de asombro y desencanto.
La doctora creyó necesario hacer una frase entre el silencio de todos. La ocasión era propicia y a la doctora le gustaban mucho las frases. Miró alternativamente al enfermero, al chofer y al practicante, y dijo:
– Vean a qué cosas se aferran los seres humanos.

* Isidoro Blaistein en Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Isidoro_Blaisten

[Publicado en portada en febrero 2011]


Ascasubi y el choping de Cacuí

Por Mempo Giardinelli

La Estación Cacuí es un símbolo de la decadencia del ferrocarril en el Chaco. A unos 10 kilómetros al oeste de Resistencia, apenas pasando Fontana, durante años fue sólo una casa con techo a dos aguas, abandonada u ocupada por familias errantes y demorada en la historia junto a vías que sólo eran testigos del paso de los años y el crecimiento de los yuyos.

Allí, una Navidad –no ésta; digamos cualquier otra– un gringo llegado de Santa Fe se largó con un emprendimiento: compró y refaccionó unos galpones aledaños y limpió malezas, instaló baños, puso vidrieras, pintó todo y lo dejó impecable y empezó a alquilar locales a los lugareños, que se entusiasmaron con la idea de un choping, a quinientos mangos el local.

Dos semanas antes del 24, el gringo hizo tapizar el techo con una sobrecubierta de algodón que debía representar la nieve europea. Sobre las ventanas amontonó gruesos manojos de algodón, con hilachas en caída imitando matutinas nieves congeladas. Y en la puerta lo puso a Ascasubi, un changarín de pésima fortuna al que todos en la zona miran como si no existiese, disfrazado de Papá Noel.

Verdadera misión imposible, porque Ascasubi es flaco como palo de escoba y tiene la gracia de los esqueléticos caballos de piqueteros que cada tanto cruzan la ciudad a paso cansino, como para concentrar el odio de los ricos.

El gringo le prometió quince pesos por día y le entregó el típico traje rojo de Papá Noel. Pero el traje era tan grande que no hubo modo de que Ascasubi lo llenara, ni aun envolviéndose en los cuatro almohadones que el gringo le ordenó sujetar con una piola y a cuya espalda tiene amarrada la faca.

Así Ascasubi sale a escena, se podría decir, pero el problema es que es flaco como tararira de laguna urbana, y aunque ya no tiene ni qué sudar igual se cocina de calor adentro del bombachón y la casaca. Encima se le despega la barba de algodón y cada tanto se marea porque además tiene hambre y sed, apenas si ha comido en todo el día un sánguche de salame que compró en el kiosco de Antenor el Paraguayo, con un vaso de cerveza fría.

Débil y jadeante como todo flaco que tiene que andar de gordo y encima cargando una enorme bolsa de cajas vacías, Ascasubi aguanta cada tarde y cada noche, de 16 a 24, en la puerta del choping. Por momentos siente que no da más, sobre todo cuando algunos chicos le tiran cascotes o frutitas de paraíso escupidas dentro de canutos de mamón. Pero aguanta porque ni se pregunta por qué, especie de granadero en desdicha, de garza magra al borde de la cuneta.

Cada tarde Ascasubi cruza el pueblo con 40 grados a la sombra, desde la tapera que nadie llamaría casa y hasta el choping, respirando entre los dientes que le quedan y los que le faltan. Mientras se ata los almohadones para sumergirse en el disfraz de Papá Noel, escucha los lamentos de los puesteros que se quejan porque no hay ventas, no viene nadie a este lugar de mierda.

Ascasubi termina de calzarse los zapatones pensando que ahora todos están mejor pero no lo reconocen, y eso porque les quedó el resentimiento. No saben lo que es estar en el fondo del pozo, piensa tragándose unos mocos para frenar las súbitas ganas que siente de llorar. El supo trabajar el campo antes de la soja y las máquinas. Y acá lo trajo el tren, cuando había tren. Y si no volvió fue por los gobiernos. Y allá quedó su guaina, llena de panza y de promesas, y carajo, masculla, sólo carajo mientras se manda al garguero el último trago de la cerveza de litro que compró en el kiosco de Antenor el Paraguayo. Se calentó en minutos, la guacha, con este sol. Después se pasa por la boca el antebrazo sudado y enseguida lo emboca en el sacón de gabardina roja que le proveyó el gringo.

–Te lo ponés y te quedás quieto como rulo de estatua –le dijo, riendo de su propio chiste–, no vas a andar haciendo macanas, Ascasubi.

Y no, macanas nunca hizo. Apenas chupar cervezas por las tardes y como para ver si a la noche está lo suficientemente mamado para dormirse donde cuadre. A veces llega a la tapera, donde lo espera el Colita, que es flaco como él y se las arregla removiendo basuras en las veredas del pueblo. Pero las más de las veces no consigue pasar de la plaza, o se duerme en la entrada de la Escuela Martín Buber, ahí cerquita de la Municipalidad.

Y así hasta la mismísima mañana del 24 –otro 24, digamos, no éste– en que por las radios se oyen villancicos y canciones en inglés y en el choping hay apenas más movimiento. Ascasubi piensa que no tiene dónde ir esa noche y siente algo raro en la garganta, como si hubiera tragado sin querer una piedra seca. Y justo recibe un cascotazo lanzado desde las vías, escucha una burla imprecisa y ve unos pendejos que rajan como lagartijas, como si él fuera a hacerles algo. Y qué les va a hacer él.

Aunque esta vez podría cambiar, murmura para sí, sintiendo nítidas la rabia, las ganas que siente de carnearlo al gringo en cuanto aparezca. Esta vez tiene la faca que le robó al Paragua, escondida entre los almohadones.

Piensa en los malos que conoce: el Tito Junco que viola a sus propias hijas y todos lo saben, el Roque Pedreira que dirige la bandita de sus hijos, drogones y rateros todos, motochorros los más grandes en la Zanella del Mauro. Tipos jodidos, de dobles vidas. Pero el infeliz es él, que no tiene laburo desde que salió de Monte Quemado y lleva años mendigando changas como ésta de Papá Noel. Mira sobre el techo la falsa nieve oscurecida por la lluvia de anoche, que pareciera decirle que su vida no sirve ni para ser una vida inútil. Y entonces carraspea y gime sin poder contenerse, justo cuando el gringo llega y le pregunta qué le pasa, por qué está tan pálido. Ascasubi mira al patrón como mira un borracho, pero no está borracho. Apenas una cervecita y los cuarenta grados, porque así anochece. “Si no estás bien, mejor andate”, dice el gringo y le da los quince pesos. Ascasubi lo mira como miraría un ciego. Da un paso y otro y luego regresa, mareado por el sol, el calor y la rabia. “Sacáte esa ropa y andate, dale, volvé el año que viene.”

Ascasubi se quita la ropa, mecánica, despaciosamente. Está tan sudado que no aguanta más, y hasta el cuchillo le parece caliente cuando desanuda la piola y deja caer los almohadones.

El gringo termina de contar la plata y se acomoda la billetera en el bolsillo del culo.

–Andá nomás, Ascasubi, y feliz Navidad –le dice, agachándose para recoger el paco de ropas rojas.

Como en un ramalazo de luz, el sacón de gabardina, pesadísimo y caliente, le parece tan rojo que de pronto él también ve todo rojo, el mundo entero se vuelve rojo, el color del fuego, de la ira, del dolor.

Del otro lado de las vías estallan unos cuetes y empieza la alegría, la fiesta de los otros. Ascasubi mira todo como a través del gringo, como si el tipo fuera de vidrio. Y camina hacia el kiosco del Paragua sin saber todavía si va a devolver la faca. Primero va a comprar un tinto de tetrabrik.

24/12/10 Página|12

[Publicado en portada en diciembre 2010]


La tortura perfecta

Un cuento de Gloria Alcorta *

A Luisa Mercedes Levinson

Detrás de mí, en el fondo del jardín sin senderos, la casa había quedado abandonada con sus lámparas encendidas a la hora del sol, su olor a ropa húmeda y sus fantasmas siempre listos a defender de los vivos el polvo solemne de sus harapos.

Pese a la rapidez de mi huída, yo sabía que ellos po­dían alcanzarme. Es verdad que, tras diez años de inmovilidad, habían perdido el uso de las piernas, pero yo sentía que sus miradas de sibila, envolviéndose como cuerdas en mis tobillos, podían hacerme tropezar.

Mi única posibilidad de escape estaba en no volver la cabeza, en oír los insultos sin enojo y en sufrir las caricias sin enternecerme. Y yo corría entre el polvo, arrastrada por una fuerza en la que ya no creía, asombrada por el olor olvidado de los castaños y por el silencio de lo que quedaba de la tierra.

En la “casa muerta” (así llamaban los vecinos a nuestra residencia) era imposible aislarse. En el fondo de los corredores y detrás de cada puerta, mis jueces aguardaban de pie, con las manos inertes… y nada es más doloroso que ver los ojos amados perder poco a poco su color y convertirse en trozos de vidrio sucio.

Más de una vez, generalmente en la época de mi cumpleaños, yo había pedido que hicieran reparar la antigua chimenea de la casa para sumergir de vez en cuando los pies en agua caliente, pero me lo habían rehusado. La casa debía terminar junto con nosotros, sin protestas, ya que había pertenecido a un héroe que no se permitía ninguna forma de sensualidad. ¡Tanto peor, pues, para quie­nes sufrían de mala circulación!

Probablemente yo no hubiera huido jamás, pese a la escalera sin baranda y al olor de sepulcro, si sólo me hubieran permitido comprar unas macetas de jazmines y un tarro de pintura para refrescar el verde de mis ce­losías.

Los hombres no se dan cuenta de hasta qué punto es fácil retenernos. Me había acostumbrado ya a su aliento y también al ruido seco del conmutador en la habitación contigua cuando subía a acostarme y ellos querían con­trolar la hora de mi llegada.

Yo corría por el camino ardiente. Mi cabeza, acostum­brada a la oscuridad, no soportaba el calor del sol y, mientras un aliento despiadado me recorría la nuca, mis piernas me pesaban como si unos brazos me hubieran apresado por la cintura. Había olvidado que la casa estaba rodeada de un bosque, que los senderos de moreras llevaban hasta la carretera y que el tren eléctrico pasaría bien pronto al final del camino y atravesaría el río. Las criadas no hablaban jamás de esas cosas en mi presencia.

Conseguí librarme de los lazos que me retenían lan­zándome bruscamente hacia adelante y eché a correr descalza en dirección a las vías esperando que el tren, al pasar, me advirtiera. Y fue en el momento en que la locomotora se disponía a engullirme, que oí crujir las hojas detrás de mí. Unos pasos de hombre avanzaban entre los espinos… Comprendí que debía treparme al tren, a riesgo de matarme, porque los jueces estaban cerca, bien vivos esta vez, y tan juntos que parecían un muro en movimiento.

Reuní mis fuerzas y salté hacia el rostro ardiente de la locomotora que había disminuido la marcha para atravesar el río. Era tiempo, porque unas manos se aferraban a mis faldas y de un golpe seco descubrían mis caderas mientras varias hileras de dientes humanos se hundían en mi carne y desgarraban mi flanco derecho de arriba abajo.

Alguien dio un grito cuando me dejé caer sobre sus rodillas. Alrededor sólo vi miradas, miradas de odio: la gente sana y bien comida odia a los perseguidos. Además mi herida se había extendido y llegaba hasta el vientre. Logré, pese a todo, zafarme de entre dos muslos apreta­dos por el terror.

Pasé de un vagón lleno de miradas a otro donde, para no verme, los niños escondían la cara entre los pechos maternos. Me sorprendió una escalera de hierro que colgaba en el vacío entre dos coches. Detrás de mí unos hombres uniformados festejaban algo, en silencio, tomando lentamente unas bebidas tibias. Pasaban de uno a otro vagón sin advertir ni la escalera ni mi vientre abierto. Uno de ellos, con quien nos topamos, fijó bruscamente sus ojos en los míos y estalló en una carcajada a la que nadie hizo eco.

—Soy nazi —dijo— me esperan en la última estación. Por eso me río.

Mi malestar era entonces insoportable. Sin pensarlo más subí por la escalera de hierro y me dejé caer, casi con gozo y sin intención de levantarme, en un vagón lleno de paja que olía a bosta y estaba totalmente oscuro.

Afuera, como para ritmar nuestra melancolía, el canto de la locomotora se descargaba ruidosamente al sol.

Cuando desperté era de noche y mi cuerpo estaba enlazado a otro que, por su gran tamaño, comprendí era de hombre. Abrí los ojos; en la oscuridad unas pequeñas flores secas me cosquilleaban la frente, y el tren que me llevaba producía un ruido amistoso.

El aire era muy cálido. Quise soltar un brazo para enjugarme el sudor de la cara, pero lo hallé apretado por una morsa de músculos.

Ya no corría la sangre de mi flanco derecho; una mano me había unido los labios de la herida y los mantenía juntos. Olores agradables y vivos que yo había olvidado subían a mi nariz: “el delantal blanco de mi madre… sus sábanas de seda planchada… el pan dorado de la merienda… y, en la cocina, bien enjabonadas, unas robustas muchachas para los soldados…”

El viaje terminaría probablemente al alba. En la última estación esperaban al oficial alemán.

Cerré los ojos para no despertarme aún.

—No te muevas… te amo…

Era a mí a quien hablaban. La voz entrecortada me buscaba a través de una boca que se aplastaba en mis hombros. “No debería haberme despertado… “. Yo conocía esa voz; era yo una niña cuando me llamaba por la ventana.

—¿Sabes?… te tomé por un muchacho cuando caíste sobre mí y pensé: “¡Otro tipo a quien encierran!” Pero cuando me mojaste con tu sangre y sentí, en mi piel tus pechos frescos y pequeños, y cuando tu cabecita rodó entre mis manos, comprendí y te amé en seguida. . .

El desconocido reía apretando mi frente con sus dedos. Reía de placer, como si hubiera bebido. ¿Sabía acaso que mi madre, en otros tiempos, me había tejido un traje de baño color “tango”, con un pato bordado, y que yo la obedecía siempre para no veda triste?… Él seguía riendo como ríen los muchachos al salir del colegio y recordé que en San Juan de Luz, un domingo de Pascua, había yo regalado a mi madre un suntuoso tintero de conchillas que no se atrevió a quemar. Aunque no dijo nada yo sentí confusamente que la había ofendido. ¿Qué podía hacer yo, ahora que ella había muerto?

Dos brazos cálidos me envolvían, un cuerpo pesaba sobre mí impidiéndome respirar cómodamente, pero yo no quería librarme. En cada brusca parada del tren me apretaba a ese cuerpo con todas mis fuerzas porque sabía que, mientras me cubriera de esa manera, no dejando un rin­cón de mi cuerpo sin caricias, estaría totalmente protegida.

—Eres buena, mi pequeña Viola.

¿Por qué me llamaba así?

—Eres buena.

Repetía esas palabras como un niño a quien han colmado de regalos injustificados. ¿No lo habrían amado nunca?… ¿Las muchachas lo huían, quizás…
o bien…?

Probablemente tuve, sin querer, un movimiento de re­chazo porque él me estrechó aun con más fuerza.

—No —dijo— no soy malo. Ya no soy malo. Mira: me parecía imposible que uno pudiera curarse, pero no es verdad. Ahora soy un hombre como los demás, sólo que… —Su voz se hizo dolorosa— Sé lo que piensan todos los seres que se me acercan; he aprendido eso ejerciendo mi profesión. Es desesperante. No hay que equivocarse de rumbo la primera vez. Yo me equivoqué como tú y después. .. Bueno, después. .. es difícil, muy difícil escapar. Ahora, por ejemplo, lo quiera yo o no, sé exactamente de dónde vienes y por qué estás aquí conmigo. Era una horrible profesión la mía.

Me acarició con gran dulzura, como si hubiera querido hacer entrar la paz en mi carne.

—Tu sangre no corre ya, pequeña Viola. Estoy colmado de ella. La bebí toda la noche, mientras dormías.

Dejó de hablar para mirarme y sentí en la oscuridad la fuerza de sus ojos.

—Quisiera beberte entera antes de llegar —dijo con gravedad— así no te reconocería nadie.

Al pronunciar estas palabras tuvo un gesto brusco y, abriendo las manos, me dejó caer sobre la paja.

¿Qué temía? ¿Era únicamente por mi causa o porque también lo perseguían? Me encontraba en un vagón en plena marcha, abrazada a un hombre de quien no sabía nada. El cansancio y el terror me hubieran aniquilado probablemente si un desconocido, sorbiendo mi sangre, no me hubiera impedido morir. ¿Pero por qué este cuerpo oscuro, este cuerpo sin identidad, me daba tanto placer?

Una mano lisa y ardiente me cubrió la boca y los ojos.

—No pienses más, es feo. Todo es feo fuera de ti y de mí.

Se había apartado un poco de mi pecho para hablarme, pero yo sentía, en las mías, sus rodillas puntiagudas. Su voz, que se había vuelto a la vez dura e infantil, poseía entonaciones voraces para evocar ciudades enrojecidas de faroles y salas de juego repletas de escotes deslumbrantes de alhajas. Sus palabras, cuyo sentido general no entendía yo muy bien, describían una especie de feria donde paseaban un mono gigante y hombres con corbatas pin­tadas a mano. Él y yo, siempre abrazados, íbamos entre los curiosos.

—Somos un mismo animal —me decía y me mordía la nuca como un padrillo.

Unos empresarios italianos proponían comprarnos. Todas las cabezas se volvían para vernos pasar, todas las manos procuraban tocarnos y nuestros nombres estaban escritos en todas partes: en las paredes y en los carteles que cruzan las avenidas.

Yo escuchaba su voz con deleite y asombro porque era una voz que poseía las inflexiones de la infancia y porque me devolvía a la playa de mis padres. Él llevaba un traje de baño rojo con unas iniciales negras tejidas sobre el pecho. Era el 3 de octubre. Todas sus novias habían regresado a la capital. Él no era de la capital. Me vio ese día porque la playa estaba desierta. Sonrió y me propuso pasear en una barca.

En el extremo de la bahía se levantaba una fortaleza. Fue junto a una tronera, entre restos de cañones victoriosos, que deslizó la mano bajo el bretel de mi traje y me besó sin hablarme de amor.

—Cuando vengan jurarás que no eres culpable y no cederás bajo ningún pretexto.

Las manos del hombre tendido a mi lado buscaban, bajo mi vestido desgarrado, los latidos de mi corazón, mientras sus rodillas agudas separaban mis muslos ensangrentados.

Allá en la “casa muerta”, diez años atrás, yo había amado a un hombre contra su voluntad. Y ese hombre, para vengarse de mí, se había multiplicado. Su rostro se hallaba en todas partes, detrás de las puertas, en el extremo de los corredores, hasta en el espejo donde acostumbraba mirarme. Su odio habitaba ahora doce, quince, cincuenta cuerpos que me detestaban. Me detestaban por ser menuda y sensible al placer. Las torturas físicas que me infligían me apenaban sin dañarme: el frío, la falta de azúcar, el calor húmedo de las sábanas… Los bichos y el hambre no podían nada contra mí. Sólo su rostro podía aterrarme, su rostro que se momificaba bajo mis mi­radas y por el cual yo me sentía culpable.

Porque yo era culpable de aquellas arrugas amarillentas, de aquella frente prominente, de aquel labio inferior casi enteramente devorado por el labio superior. ¡Y yo había creído que, al huir, me libraría de mi crimen!… Pero el hombre que me apretaba entre sus piernas sabía. Y, si él sabía, todos los jueces del mundo, hasta los más vergonzosos, también debían de saber.

Agotada por ese pensamiento me abandoné a la paja caliente con el solo deseo de no llegar jamás, dispuesta a olvidar el hambre y la falta de espacio, para perderme entera en la fuerza de ese desconocido: porque él, él me perdonaba haber subido al altar del brazo de un hombre triste que se parecía a mi madre, que olía, como ella, a rosas cálidas, cuyo tono de voz era siempre un poco so­focado, que era maduro sin ser viejo “y que yo adoraba, porque lo adoraba ¡te lo juro!”

Creí haber gritado esas palabras, pero mi compañero no pareció oírlas porque, sin dejar de hablar, continuó acariciándome el pelo. Sus palabras no me interesaban ya; sólo su fuerza me era indispensable y oculté mi cabe­za en el vello de su pecho sin que me importara no conocer su rostro.

El tren se detuvo al alba para dejar subir a tres individuos que esperaban al borde de un precipicio. . Un rayo de luz insólita me despertó y me permitió ver, al fin, el cuerpo tendido a mi lado. El hombre estaba completamente desnudo y, a juzgar por la luminosidad de su carne, no podía tener más de treinta años. Dormía con la cabeza perdida en mi cabellera.

Estábamos solos en un vagón, lleno de arañas y desper­dicios, que los animales y los soldados debían de haber ocupado antes que nosotros. El rayo de luz que me había asombrado aumentaba a ojos vistas y recordé, pese a la confusión de mi mente, que la víspera, cuando me dejé caer sobre la paja y no obstante ser mediodía, estaba aque­llo completamente a oscuras.

Intenté levantarme, pero me lo impidió una mano que oprimía mi vientre semidescubierto. ¿Cómo podía dormir así ese hombre, con los músculos contraídos?… Y súbitamente me asaltó el miedo de que estuviera muerto. De nuevo intenté liberarme, pero el hombre estaba como incrustado en mis venas y en mis huesos y era tan difícil arrancarlo como un miembro nuevo que me hubiera crecido durante la noche. Noté que su piel tenía el mismo color que la mía, rubio, un poco pálido y velludo, y que sus brazos, como mis brazos, eran muy largos y flacos.

Como yo aspirara profundamente, el pecho de mi com­pañero se elevó un poco y tuve entonces la seguridad absoluta de que el hombre que me prolongaba no me obe­decería.

Resignada al placer, volví a cerrar los ojos y me sometí a la voluntad inerte de un amo a la vez desconocido y familiar.

Tenían los tres el rostro sarcástico de los torturadores. Al entrar se quejaron del calor y, sin enjugarse la frente, se sentaron en unos cajones vacíos.

Yo no intenté huir por la puerta que habían dejado entreabierta. Por lo demás, ¿cómo huir de mí misma?

El tren reanudó su marcha a través de la montaña y advertí bruscamente que, a mi lado, por una ventana estrecha, entraban la luz y el paisaje. ¿Por qué, pues, durante horas, había tenido aquella impresión de oscu­ridad absoluta?

Los tres hombres, al sentarse enfrente de mí, parecían cumplir un castigo. Silenciosamente se pusieron a cargar sus pipas sin que un solo músculo de sus rostros denotara interés por lo que hacían.

El más pequeño, que tenía un vientre sin majestad, fue el primero en atacarme. Sin preámbulo y sin preocu­parse del cuerpo inerte que seguía enlazado al mío, me tocó la frente con un dedo.

— Entonces, ¿eres tú quien hizo aquello?

Asombrada, levanté la cabeza. ¿Qué quería decir ese hombre?

—Bueno, bueno… ¿quién te ayudó?

—Pero…

—¿Quién te ayudó?

El tono de la voz era incisivo.

—Yo…

—¿Quién?

El más viejo de los jueces se puso de pie y su estatura me pareció aterradora.

—Nadie —contesté.

Hubo un silencio y mi compañero hizo un leve movimiento, el primero desde mi despertar. No me atrevía a volverme hacia él; aproveché, sin embargo, para
incor­porarme un poco y sentí, detrás de mí, que él se sentaba y que miraba a mis enemigos sin la menor simpatía.

El tercer juez sacó del bolsillo del chaleco un cordón de acero que brilló a la luz del sol. El más pequeño tenía en las manos un punzón de plata, con el que se limpiaba las uñas, mientras el gigante apoyaba en mi pecho un índice de tamaño indecente.

—¿Ves? —me dijo ese hombre sin cambiar de expre­sión— todos son así… —y exhibió con orgullo diez dedos enormes y desnudos.

—Si quisiera podría metértelos todos en la garganta. Estalló en una carcajada y yo tuve un invencible deseo de vomitar porque ese hombre reía con su vientre, no con su cara.

—No uso jamás instrumentos —añadió, y echó una mirada de desprecio a sus camaradas mientras se lamía concienzudamente la punta de cada dedo.

—¡No permitiré que torturen a esta muchacha!

Era, la que hablaba, la voz de la noche todavía un poco alterada por el sueño. Enrojecí de placer.

Mi compañero se había puesto de pie y estaba a mi lado. Me sentí súbitamente pequeña y aterida al com­probar que mis piernas y mis brazos estaban libres y que en mi vientre no había la menor huella de herida. Levan­té la cabeza hacia mi amigo y casi dejé escapar un grito de sorpresa.

El rostro de quien había cerrado mis llagas y acari­ciado mi pelo era un rostro que yo conocía desde hacía tiempo. Cada una de sus pequeñas arrugas me era fami­liar así como el mentón demasiado agudo y la nariz violenta.

—Te han reconocido ¡imbécil!… No te hagas el héroe… te queda mal.

El que jugaba con el cordón de acero había pronun­ciado aquellas palabras con una leve sonrisa. Una mosca se paseaba por la frente del gigante.

—Bueno, si me has reconocido, te cuidarás de tonterías —dijo mi amigo.

—¡Cierra el pico!

Esta vez fue el más pequeño quien lanzó su punzón a los pies de su adversario. Este último se encogió de hom­bros y cruzó tranquilamente los brazos.

—Ya veremos —dijo.

Yo estaba orgullosa. Un rayo de sol me calentaba los hombros. Estaba protegida por primera vez en mi vida y no es malo ser atacada cuando se siente en la nuca el aliento cálido y preciso de un aliado.

—¿A qué hora te acostabas?

Instalado en su vientre fláccido, el más pequeño continuaba el interrogatorio.

—Yo…

—¿Qué hacías toda la noche en el fondo del corredor?

—¿Y en la sala de armas?

—¿Por qué te encerrabas?

—¿Por qué no querías acostarte con él?

—Sí… ¿por qué… eh? Era eso, precisamente eso, lo que te molestaba… dilo, reconocelo, tenías miedo…

Me acorralaban sin permitirme decir palabra ni com­prender qué querían. El gigante había acercado sus dedos a mis sienes; su aliento, a través de la boca cerrada, era nauseabundo.

—¿Dónde has escondido las fotografías?

—¿Y las armas?

—Sí, las armas…

Yo meneaba la cabeza miserablemente pero ellos no parecían esperar respuesta. Se habían acercado y me ro­deaban. Me hablaban casi al oído.

—¿Dónde estabas el 10 de octubre?

—¿Por qué te escondías en el fondo del corredor?

—¿Sobre qué rama?

—Sí, ¿sobre cuál, sobre cuál?

—¿La roja…la verde?

—¿La negra?

Yo estaba estupefacta, a punto de aullar de asco, dispuesta a confesar todos mis crímenes, incluso el placer que había sentido aquella noche en brazos de un extraño. El sudor corría por sus cuellos y me caía en la frente. Yo estaba sofocada entre sus cuerpos húmedos.

El gigante me miró con una expresión en la que, a pesar de todo, me pareció ver alguna piedad. De nuevo una mosca paseaba por su frente sin que él hiciera
ade­mán de espantarla. El tercer juez estiraba su cordón.

—Lo sabemos —insistió con zumba—, tomabas baños hirvientes…

—¡No!… ¡no es verdad! —grité.

—¡Cállate!… Hacías leña de los muebles para tener fuego pretextando una mala circulación.

Y las risas enemigas iban en aumento.

El hombre que estaba a mi lado lo había escuchado todo en silencio. Se acercó a los jueces y, súbitamente, sin un ademán, lanzó a cada uno un largo escupitajo en la cara. Ninguno de los tres intentó limpiarse. Mi compañero abrió la boca, probablemente para decir algo, pero retrocedió un paso y se volvió hacia mí con una mirada de horror. El gigante le tomó un brazo con una mano y, con la otra, mirándolo en los ojos, comenzó a despellejarse el rostro. Mi amigo bajó la cabeza como si hubiera recibido un golpe y, mientras el segundo juez repetía la actitud del primero, me soltó el brazo y tuve la impresión de que me decía “adiós”.

El más pequeño fue el último en arrancarse la máscara de goma para descubrir un rostro de muñeco con grandes ojos color de luna. Mi amigo me dio las espaldas.

—Siéntate.

El gigante era quien ordenaba con una voz sin pasión. Vi al hombre que había amado obedecer y sentarse entre los jueces, frente a mí. Con un ademán de abandono casi mecánico, como si su voluntad hubiera cesado de pertenecerle, sacó del bolsillo del pantalón un objeto de goma oscura, terminado en manija, que hizo girar entre sus dedos.

Una vez junto a mis enemigos, los rasgos de su rostro cambiaron inmediatamente de color: aquella tonalidad rubia y familiar de las mejillas y de la frente, aquella boca, por momentos carnosa y sólida, todo desapareció para transformarse en algo invulnerable como de muñeco. Yo tenía frío, cada vez más frío. El viento desagradable de la madrugada entraba por la ventana del vagón.

“Como en una mañana de ejecución”, pensé.

—Está bien —dijo nuevamente el gigante—, yo sabía que acabarías por entender.

Hablaba con la misma voz de tono hueco pero su ros­tro, sin la máscara, no tenía ya nada de aterrador: “el rostro de un pequeño burgués que espera su paseo del domingo”, pensé con lástima.

Él prosiguió tranquilamente:

—Ya que has vuelto a nosotros se te concederá el honor del “golpe de gracia”, Manuel.

El hombre a quien habían llamado Manuel no contestó. Seguía con la mirada fija en el suelo y se entretenía en hacer saltar su juguete de una a otra mano.

El más pequeño de los jueces estalló en carcajadas y le dio un golpe juguetón en el brazo izquierdo.

—¡Qué Manuel!… ¿pero no eras tú el inventor del “golpe del tapón”?

—¡Qué tiempos aquellos! —suspiró el hombre del cordón de acero.

—¡Y decir que quisiste dejarnos! Con lo dotado que eras hubiera sido una lástima.

—Tal vez el señor quería convertirse en víctima —bromeó el pequeño— , tal vez sea mejor ser castigado que castigar.

—Basta de tonterías —interrumpió el gigante.

—Bueno, bueno… Pero yo prefiero, en materia de golpes, estar entre quienes los dan y no entre quienes los reciben. Siempre hay tiempo para que a uno lo reduzcan a pingajo.

Miró a Manuel para saber si estaba de acuerdo, pero Manuel parecía no haber oído.

—Y eras realmente bueno —prosiguió el hombre del cordón, tragando saliva—. Eras magnífico en la invención, en tanto que nosotros, viejo, hay que confesarlo, no salíamos de lo de siempre.

El gigante puso un dedo en el hombro de quien, hasta hacía un rato, había sido mi amigo y dijo con simplicidad:

—Eres un genio. ¡Oh!, no te ruborices. Siempre has hallado instintivamente, como a pesar tuyo, eso que llaman… Fue interrumpido por uno de sus camaradas:

—La tortura perfecta.

El hombre del cordón había pronunciado esas palabras con voluptuosidad, como si hubiera querido evocar el busto de una estrella de cine.

—Es cierto exclamó el pequeño — “la tortura per­fecta”… Y nunca haces nada para hallarla. Te quedas ahí inmóvil, se diría que ni siquiera piensas y iZas! ahí está, apareció.

—Observa, Manuel —prosiguió el gigante con dulzu­ra—, que lo siento por la muchacha. En cuanto a ti, si bien se mira, ya la gozaste y eso basta, ¿no?

Manuel no contestó. Había elevado hacia mí sus her­mosos ojos y permanecía inmóvil con las manos abiertas en las rodillas. Algo inconfesable, como una gran náusea, parecía prepararse en él.

Yo estaba sola, sola en un tren en marcha, en plena montaña, rodeada por unos hombres que se disponían a hacerme sufrir. Sólo que ignoraban que yo era invulnerable al dolor físico, que había corrido sangrando y dormi­do en mi sangre con el vientre desgarrado. Ignoraban que sólo el placer podía hacerme gritar.

Pero él, Manuel, debía de saberlo ya que su rostro… Pues aquel rostro familiar de mentón agudo y nariz vio­lenta era mi propio rostro sobre unos hombros masculinos. y ahora esos cálidos miembros rubios que conocían el lugar exacto de mi corazón, esa mente móvil que había surgido de mi infancia, iban a hacerme daño porque un día el alma de Manuel había pertenecido a esos tres hombres que lo tuteaban.

“Era una horrible profesión. ” No hay que equivocarse de rumbo la primera vez.”

Era él quien me había dicho esas palabras mientras me tenía en sus brazos y su piel conmovida exhalaba un olor infantil.

Advertí con tristeza que, desde hacía un momento, un lazo de acero ceñía mi cuello y que un punzón terminado un ángel de plata me perforaba los senos mientras un dedo enorme se hundía lentamente en mi garganta.

Cada uno de esos hombres cumplía con su tarea. Inventor de una tortura, la aplicaba concienzudamente; pero sólo una de ellas hizo brotar lágrimas de mis ojos y estremecer mi cuerpo. En la luz matinal el rostro de mi amigo se había transformado poco a poco y ahora tenía ante mí el rostro del esposo abandonado y encerrado en la “casa muerta”.

Pero yo sabía que Manuel no lo había hecho a propósito y tuve piedad de él.

[De El hotel de la luna y otras imposturas, Sudamericana, Buenos Aires, 1957]

* Gloria Alcorta (Bayona 1915) novelista, cuentista y poeta argentina (nacida en el extranjero por ser hija de diplomático). Escritora bilingüe, su primer libro fue un poemario en francés: La prison de l’ enfant (1935); colaboró con la revista Ficción donde publicó muchos de sus cuentos. Su libro más representativo quizás sea En la casa muerta (1966), una historia de recuerdos y fantasmas que transcurre en una espectral mansión de la belle époque en Buenos Aires y que describe el derroche de la oligarquía nativa, a la cual pertenecía. También ha publicado El hotel de la luna y otras imposturas (1957).

[Publicado en portada en diciembre 2010]


El espejo que huye

Un cuento de Giovanni Papini *

Una imposible mañana de invierno, en una estación muy conocida, un hombre que no conozco -de sobretodo, con dos violetas en el ojal- quería demostrarme que los hombres son felices, que la vida es grande, que el mundo es hermoso. Yo lo escuchaba con interés, sacudiendo a cada momento la ceniza de mi cigarrillo que el viento consumía sin que nunca lo llevara a la boca. Lo escuchaba sonriendo y el hombre que no conozco se acaloraba cada vez más y del humour pasaba al sentimiento, al entusiasmo y al delirio. La fuga de sus palabras rápidas, fluyentes, firmes, como si hubieran sido fundidas en ese instante, acuñadas de nuevo en algún sitio hacía poco tiempo, me llenaba de una ebriedad muy similar a la que provoca la champaña. Algo picante y saltarín, un deseo de abrazar y de llorar, de danzar, de reír de improviso…

En cierto momento su voz me dijo:

-Medite, señor, medite en la grandeza del progreso que se desarrolla bajo nuestros ojos; en el progreso que lleva a los hombres desde el pasado hasta el futuro, desde lo que ya no es más hasta lo que todavía no es, de lo que se recuerda a lo que se espera. Los salvajes no prevén el futuro, no piensan en el porvenir; no prevén ni proveen. Pero nosotros, hombres civilizados, hombres nuevos, vivimos para el futuro y a merced del futuro. Nuestra vida entera se tiende hacia lo que debe venir, está construida en previsión de lo que ocurrirá. Nuestros hombres consagran el presente al mañana (siempre, porque todo presente pasa al mañana que pasará), respetuosa y valerosamente.

“Este enorme progreso del espíritu profético es lo que hace desvanecer los peligros, lo que pone en nuestras manos las fuerzas, lo que hace descubrir nuevas posibilidades, lo que nos vuelve dueños de la tierra, del mar y del cielo y de una cosa que vale más que todo eso, oh señor: ¡de nosotros mismos!”

Pero en ese momento un tren expreso llegó a la estación. Su estruendo solemne en el cruce de las vías, su breve silbato, decidido, irritado, interrumpieron el discurso del Hombre que no conozco. Cuando el tren se calmó y no se oyeron más que sordos bufidos de la locomotora y los viajeros escaparon, el Hombre quiso todavía continuar pero yo me anticipé:

-Señor Hombre -le dije-, este tren que acaba de llegar, ¿no le ha sugerido nada que se relacione con nuestra circunstancia? ¿No ha entendido su respuesta? ¿Quiere que se la repita yo, humilde traductor, ya que puedo traducir el idioma de los trenes y de muchas otras cosas? Hasta hace pocos minutos este tren corría a una velocidad media de ochenta kilómetros por hora, pequeño mundo apiñado e iluminado a través del campo solitario y neblinoso. Y he aquí que de pronto se detiene y los habitantes de esta pequeña ciudad en fuga han desaparecido y el maquinista se seca la frente con aire poco satisfecho. Las ruedas se han detenido perezosamente sobre los rieles y los vagones vacíos y oscuros añoran las charlas de los pasajeros y las valijas multicolores. Así termina una fuga cuando se viaja sobre rieles. Pero dejemos el tren y volvamos a los hombres. En este momento se me ocurre algo absurdo y se lo digo a usted, señor Hombre, y lo digo porque no hay aquí multitudes que puedan escucharme. Si estuvieran aquí todos los que yo deseo, les diría:

“Imaginen, humanos, una cosa imposible, absurda, loca, increíble y espantosa. Imaginen que todo el mundo se detuviese de improviso, en un instante dado, y que todas las cosas permanecieran en el sitio en que estaban y que todos los hombres se volvieran inmóviles, como estatuas, en la actitud en que estaban en ese instante, en la acción que se hallaban ejecutando… Si esto ocurriera y si a pesar de todo ello continuara todavía funcionando en los hombres el pensamiento, y pudieran recordar y juzgar lo que hicieron y lo que estaban haciendo, y pudieran examinar todo lo que realizaron desde su nacimiento y meditar en lo que deseaban realizar antes de morir, ¡imagínense cuánta desesperación ardería bajo el trágico silencio de ese mundo detenido de improviso!

“No sé si tendrán el valor de escuchar lo horrible que sería. Esfuércense por unos instantes en ver a todos estos hombres inmovilizados mientras se hallaban dedicados a su tarea, anhelantes detrás de sus sueños, instigados por sus sucias pasiones, rudamente empujados por sus deseos. Véanlos esparcidos por el mundo, como suspendidos por una catástrofe que los trasmutara en fantoches pensantes, en estatuas desesperadas. Véanlos en las más repugnantes posiciones y en las más ridículas, en las más cansadoras y en las más estúpidas. He aquí al hombre sorprendido en medio de un pesado sueño con la boca semiabierta como un cadáver borracho; al hombre en el acto amoroso, extendido como una bestia jadeante sobre la mujer de párpados cerrados; al hombre que robaba en las tinieblas con falsa mirada y la lámpara que nunca más se apagará; al juez vestido de negro que dispensa el infierno y la sangre desde su alto sitial; al miserable que se arrastra por el fango de la ciudad buscando un hueso y una moneda; a la mujer que sonríe lascivamente con su rostro empolvado, en postura insinuante; al mercader de manos huesudas que gesticula para lograr diez centavos más; al campesino afanado con la aguijada en la mano tendida hacia los inmóviles bueyes; al elegante orador detenido en medio de una sonrisa y de un cumplido; al soldado que se hallaba con la bayoneta calada ante una puerta cerrada, y al homicida que preparaba sus venenos en una buhardilla, y al obrero soñoliento curvado sobre las enormes máquinas grasientas, inmóviles y siniestras, y al científico que no puede separar el ojo cansado del microscopio donde han interrumpido su danza los monstruos invisibles… “Imaginen ahora, si sus ánimos resisten, pensamientos de todos estos hombres condenados en un mismo instante ante la conciencia de su muerte. ¿Creen ustedes que habrá un solo hombre -uno solo, ¿entienden?-, uno solo que esté contento y satisfecho de ese momento en que el destino lo ha vuelto inmóvil? ¿Creen que para uno solo de estos hombres sería ése el momento de Fausto, el momento hermoso que querríamos detener, fijar y conservar para la eternidad? ¡Ustedes no creen realmente esto, no pueden creerlo!

“El señor Hombre -usted, aquí presente, delante de mí- ha dicho una gran y tremenda verdad. Los hombres piensan en el futuro, viven para el futuro, consagran perpetuamente sus días actuales a los mañanas venideros. Todo hombre no vive más que para aquello que prevé, aguarda y espera. Toda su vida está hecha de manera que cada instante tiene valor para él solamente en cuanto él sabe que ese instante prepara un instante sucesivo, cada hora una hora que vendrá, cada día un día que seguirá. Toda su vida está hecha de sueños, de ideales, de proyectos, de expectativas; todo su presente está hecho de pensamientos en torno a su futuro. Todo lo que es, lo que está presente, nos parece oscuro, mezquino, insuficiente, inferior, y nosotros nos consolamos solamente pensando que todo este presente no es sino un prólogo, un largo y aburrido prólogo, a la hermosa novela del porvenir. Todos los hombres, lo sepan o no, viven gracias a esta fe. Si de pronto se les dijese que dentro de una hora todos morirán, todo lo que hacen y lo que hicieron no tendría para ellos ningún placer ni sabor ni valor algunos. Sin el espejo del futuro la realidad actual parecería torpe, sucia, insignificante. Sin el mañana que permite esperar los desquites, las victorias, las ascensiones, las promociones y los aumentos, las conquistas y los olvidos, los hombres no consentirían más en seguir viviendo. Sin el lejano perfume del mañana no querrían comer el negro pan del hoy.

“Piensen, pues, en estos hombres detenidos de pronto, que no pueden actuar más pero que todavía piensan. Imaginen a estos hombres prisioneros de un eterno hoy, sin la liberación de la conciencia. ¿Qué pensarán estos hombres? ¡Qué dolor atroz debe roer sus vísceras y amputar sus nervios! Inmóviles en sus posiciones vergonzosas y delictivas, tristes e idiotas, sin posibilidades de esperanza, sin luz de sueños, sin dulzura de proyectos, con las alas tronchadas, las piernas atadas, las manos encadenadas, como una enorme multitud de prisioneros al estilo de Miguel Ángel, reducidos a las ataduras de sus vidas mezquinas, melancólicas, repugnantes; ataduras de esa vida que soportaban solamente con la esperanza y la expectativa de vidas más bellas y más grandes: ellos, esos condenados a la perpetua inacción, reconocerán con infinita rabia la absurda estupidez de su vida anterior. Pensarán que todo el presente era sacrificado por ellos en pos de un futuro, que a su vez se volvería presente y sería sacrificado a su vez por otro futuro y así hasta el último presente, hasta la muerte. Todo el valor del hoy estaba en el mañana y el mañana valía solamente por otro mañana y así llegaba el último hoy, el hoy definitivo, y así la vida entera había transcurrido para preparar de día en día, de hora en hora, de momento en momento lo que no llega nunca. Y ellos descubrirán esta tremenda cosa: que el futuro no existe como futuro, que el futuro no es más que una creación y una parte del presente, y que soportar la vida inquieta, la vida triste, la vida doliente por este futuro que de día en día huye y se aleja es la más dolorosa necedad de esta estúpida vida.

“Humanos, nosotros perdemos la vida por la muerte; consumimos lo real por lo imaginario, valoramos los días sólo porque nos conducen a días que no tendrán otro valor que el de traernos otros días idénticos a ellos… ¡Humanos: toda la vida es un fraude atroz que ustedes mismos traman para el daño propio, y solamente los demonios pueden reír fríamente de la carrera de ustedes hacia el espejo que huye!”

Un nuevo expreso, pitando y tronando, entró en la estación, y una vez más los viajeros huyeron y el maquinista se enjugó la frente con aire poco satisfecho. El Hombre que no conozco estaba siempre ante mí -de sobretodo, con dos violetas en el ojal-, aunque lo hubiese olvidado del todo.

-He aquí -le dije- mis ideas sobre el progreso, sobre el porvenir y sobre la vida. Ciertamente, usted no está de acuerdo conmigo pero yo estoy de acuerdo con alguien; por ejemplo, con la niebla que a menudo intenta cubrir el mundo y esconder el hombre al hombre, la miseria al desprecio, la fealdad a la melancolía. Y yo amo muchísimo, señor Hombre, los trenes que se detienen tras las inútiles fugas y la niebla que vela lo que no se puede destruir.

El hombre que no conozco se había vuelto nervioso y todo su entusiasmo había desaparecido como un hilo de humo. En vez de responder, se quitó del ojal una de sus violetas y me la ofreció. Yo la tomé con una inclinación, la acerqué a la nariz y su leve perfume me gustó.

* Giovanni Papini (Florencia, 9 de enero de 1881 – íd. 8 de julio de 1956) fue un escritor italiano. Inicialmente escéptico, posteriormente pasó a ser un fervoroso católico.

[Publicado en portada en diciembre 2010]


El que inventó la pólvora

Un cuento de Carlos Fuentes *

Uno de los pocos intelectuales que aún existían en los días anteriores a la catástrofe, expresó que quizá la culpa de todo la tenía Aldous Huxley. Aquel intelectual -titular de la misma cátedra de sociología, durante el año famoso en que a la humanidad entera se le otorgó un Doctorado Honoris Causa, y clausuraron sus puertas todas las Universidades-, recordaba todavía algún ensayo de Music at Night: los snobismos de nuestra época son el de la ignorancia y el de la última moda; y gracias a éste se mantienen el progreso, la industria y las actividades civilizadas. Huxley, recordaba mi amigo, incluía la sentencia de un ingeniero norteamericano: «Quien construya un rascacielos que dure más de cuarenta años, es traidor a la industria de la construcción». De haber tenido el tiempo necesario para reflexionar sobre la reflexión de mi amigo, acaso hubiera reído, llorado, ante su intento estéril de proseguir el complicado juego de causas y efectos, ideas que se hacen acción, acción que nutre ideas. Pero en esos días, el tiempo, las ideas, la acción, estaban a punto de morir.

La situación, intrínsecamente, no era nueva. Sólo que, hasta entonces, habíamos sido nosotros, los hombres, quienes la provocábamos. Era esto lo que la justificaba, la dotaba de humor y la hacía inteligible. Éramos nosotros los que cambiábamos el automóvil viejo por el de este año. Nosotros, quienes arrojábamos las cosas inservibles a la basura. Nosotros, quienes optábamos entre las distintas marcas de un producto. A veces, las circunstancias eran cómicas; recuerdo que una joven amiga mía cambió un desodorante por otro sólo porque los anuncios le aseguraban que la nueva mercancía era algo así como el certificado de amor a primera vista. Otras, eran tristes; uno llega a encariñarse con una pipa, los zapatos cómodos, los discos que acaban teñidos de nostalgia, y tener que desecharlos, ofrendarlos al anonimato del ropavejero y la basura, era ocasión de cierta melancolía.

Nunca hubo tiempo de averiguar a qué plan diabólico obedeció, o si todo fue la irrupción acelerada de un fenómeno natural que creíamos domeñado. Tampoco, dónde se inició la rebelión, el castigo, el destino -no sabemos cómo designarlo. El hecho es que un día, la cuchara con que yo desayunaba, de legítima plata Christoph; se derritió en mis manos. No di mayor importancia al asunto, y suplí el utensilio inservible con otro semejante, del mismo diseño, para no dejar incompleto mi servicio y poder recibir con cierta elegancia a doce personas. La nueva cuchara duró una semana; con ella, se derritió el cuchillo. Los nuevos repuestos no sobrevivieron las setenta y dos horas sin convertirse en gelatina. Y claro, tuve que abrir los cajones y cerciorarme: toda la cuchillería descansaba en el fondo de las gavetas, excreción gris y espesa. Durante algún tiempo, pensé que estas ocurrencias ostentaban un carácter singular. Buen cuidado tomaron los felices propietarios de objetos tan valiosos en no comunicar algo que, después tuvo que saberse, era ya un hecho universal. Cuando comenzaron a derretirse las cucharas, cuchillos, tenedores, amarillentos, de alumno y hojalata, que usan los hospitales, los pobres, las fondas, los cuarteles, no fue posible ocultar la desgracia que nos afligía. Se levantó un clamor: las industrias respondieron que estaban en posibilidad de cumplir con la demanda, mediante un gigantesco esfuerzo, hasta el grado de poder reemplazar los útiles de mesa de cien millones de hogares, cada veinticuatro horas.

El cálculo resultó exacto. Todos los días, mi cucharita de té -a ella me reduje, al artículo más barato, para todos los usos culinarios- se convertía, después del desayuno, en polvo. Con premura, salíamos todos a formar cola para adquirir una nueva. Que yo sepa, muy pocas gentes compraron al mayoreo; sospechábamos que cien cucharas adquiridas hoy serían pasta mañana, o quizá nuestra esperanza de que sobrevivieran veinticuatro horas era tan grande como infundada. Las gracias sociales sufrieron un deterioro total; nadie podía invitar a sus amistades, y tuvo corta vida el movimiento, malentendido y nostálgico, en pro de un regreso a las costumbres de los vikingos.

Esta situación, hasta cierto punto amable, duró apenas seis meses. Alguna mañana, terminaba mi cotidiano aseo dental. Sentí que el cepillo, todavía en la boca, se convertía en culebrita de plástico; lo escupí en pequeños trozos. Este género de calamidades comenzó a repetirse casi sin interrupciones. Recuerdo que ese mismo día, cuando entré a la oficina de mi jefe en el Banco, el escritorio se desintegró en terrones de acero, mientras los puros del financiero tosían y se deshebraban, y los cheques mismos daban extrañas muestras de inquietud… Regresando a la casa, mis zapatos se abrieron como flor de cuero, y tuve que continuar descalzo. Llegué casi desnudo: la ropa se habla caído a jirones, los colores de la corbata se separaron y emprendieron un vuelo de mariposas. Entonces me di cuenta de otra cosa: los automóviles que transitaban por las calles se detuvieron de manera abrupta, y mientras los conductores descendían, sus sacos haciéndose polvo en las espaldas, emanando un olor colectivo de tintorería y axilas, los vehículos, envueltos en gases rojos, temblaban. Al reponerme de la impresión, fijé los ojos en aquellas carrocerías. La calle hervía en una confusión de caricaturas: Fords Modelo T, carcachas de 1909, Tin Lizzies, orugas cuadriculadas, vehículos pasados de moda.

La invasión de esa tarde a las tiendas de ropa y muebles, a las agencias de automóvil, resulta indescriptible. Los vendedores de coches -esto podría haber despertado sospechas- ya tenían preparado el Modelo del Futuro, que en unas cuantas horas fue vendido por millares. (Al día siguiente, todas las agencias anunciaron la aparición del Novísimo Modelo del Futuro, la ciudad se llenó de anuncios démodé del Modelo del día anterior -que, ciertamente, ya dejaba escapar un tufillo apolillado-, y una nueva avalancha de compradores cayó sobre las agencias.)

Aquí debo insertar una advertencia. La serie de acontecimientos a que me vengo refiriendo, y cuyos efectos finales nunca fueron apreciados debidamente, lejos de provocar asombro o disgusto, fueron aceptados con alborozo, a veces con delirio, por la población de nuestros países. Las fábricas trabajaban a todo vapor y terminó el problema de los desocupados. Magnavoces instalados en todas las esquinas, aclaraban el sentido de esta nueva revolución industrial: los beneficios de la libre empresa llegaban hoy, como nunca, a un mercado cada vez más amplio; sometida a este reto del progreso, la iniciativa privada respondía a las exigencias diarias del individuo en escala sin paralelo; la diversificación de un mercado caracterizado por la renovación continua de los artículos de consumo aseguraba una vida rica, higiénica y libre. «Carlomagno murió con sus viejos calcetines puestos -declaraba un cartel- usted morirá con unos Elasto-Plastex recién salidos de la fábrica.» La bonanza era increíble; todos trabajaban en las industrias, percibían enormes sueldos, y los gastaban en cambiar diariamente las cosas inservibles por los nuevos productos. Se calcula que, en mi comunidad solamente, llegaron a circular en valores y en efectivo, más de doscientos mil millones de dólares cada dieciocho horas.

El abandono de las labores agrícolas se vio suplido, y concordado, por las industrias química, mobiliaria y eléctrica. Ahora comíamos píldoras de vitamina, cápsulas y granulados, con la severa advertencia médica de que era necesario prepararlos en la estufa y comerlos con cubiertos (las píldoras, envueltas por una cera eléctrica, escapan al contacto con los dedos del comensal).

Yo, justo es confesarlo, me adapté a la situación con toda tranquilidad. El primer sentimiento de terror lo experimenté una noche, al entrar a mi biblioteca. Regadas por el piso, como larvas de tinta, yacían las letras de todos los libros. Apresuradamente, revisé varios tomos: sus páginas, en blanco. Una música dolorosa, lenta, despedida, me envolvió; quise distinguir las voces de las letras; al minuto agonizaron. Eran cenizas. Salí a la calle, ansioso de saber qué nuevos sucesos anunciaba éste; por el aire, con el loco empeño de los vampiros, corrían nubes de letras; a veces, en chispazos eléctricos, se reunían… amor rosa palabra, brillaban un instante en el cielo, para disolverse en llanto. A la luz de uno de estos fulgores, vi otra cosa: nuestros grandes edificios empezaban a resquebrajarse; en uno, distinguí la carrera de una vena rajada que se iba abriendo por el cuerpo de cemento. Lo mismo ocurría en las aceras, en los árboles, acaso en el aire. La mañana nos deparó una piel brillante de heridas. Buen sector de obreros tuvo que abandonar las fábricas para atender a la reparación material de la ciudad; de nada sirvió, pues cada remiendo hacía brotar nuevas cuarteaduras.

Aquí concluía el periodo que pareció haberse regido por el signo de las veinticuatro horas. A partir de este instante, nuestros utensilios comenzaron a descomponerse en menos tiempo; a veces en diez, a veces en tres o cuatro horas. Las calles se llenaron de montañas de zapatos y papeles, de bosques de platos rotos, dentaduras postizas, abrigos desbaratados, de cáscaras de libros, edificios y pieles, de muebles y flores muertas y chicle y aparatos de televisión y baterías. Algunos intentaron dominar a las cosas, maltratarlas, obligarlas a continuar prestando sus servicios; pronto se supo de varias muertes extrañas de hombres y mujeres atravesados por cucharas y escobas, sofocados por sus almohadas, ahorcados por las corbatas. Todo lo que no era arrojado a la basura después de cumplir el término estricto de sus funciones, se vengaba así del consumidor reticente.

La acumulación de basura en las calles las hacía intransitables. Con la huida del alfabeto, ya no se podían escribir directrices; los magnavoces dejaban de funcionar cada cinco minutos, y todo el día se iba en suplirlos con otros. ¿Necesito señalar que los basureros se convirtieron en la capa social privilegiada, y que la Hermandad Secreta de Verrere era, de facto, el poder activo detrás de nuestras instituciones republicanas? De viva voz se corrió la consigna: los intereses sociales exigen que para salvar la situación se utilicen y consuman las cosas con una rapidez cada día mayor. Los obreros ya no salían de las fábricas; en ellas se concentró la vida de la ciudad, abandonándose a su suerte edificios, plazas, las habitaciones mismas. En las fábricas, tengo entendido que un trabajador armaba una bicicleta, corría por el patio montado en ella; la bicicleta se reblandecía y era tirada al carro de la basura que, cada día más alto, corría como arteria paralítica por la ciudad; inmediatamente, el mismo obrero regresaba a armar otra bicicleta, y el proceso se repetía sin solución. Lo mismo pasaba con los demás productos; una camisa era usada inmediatamente por el obrero que la fabricaba, y arrojada al minuto; las bebidas alcohólicas tenían que ser ingeridas por quienes las embotellaban, y las medicinas de alivio respectivas por sus fabricantes, que nunca tenían oportunidad de emborracharse. Así sucedía en todas las actividades.

Mi trabajo en el Banco ya no tenía sentido. El dinero había dejado de circular desde que productores y consumidores, encerrados en las factorías, hacían de los dos actos uno. Se me asignó una fábrica de armamentos como nuevo sitio de labores. Yo sabía que las armas eran llevadas a parajes desiertos, y usadas allí; un puente aéreo se encargaba de transportar las bombas con rapidez, antes de que estallaran, y depositarlas, huevecillos negros, entre las arenas de estos lugares misteriosos.

Ahora que ha pasado un año desde que mi primera cuchara se derritió, subo a las ramas de un árbol y trato de distinguir, entre el humo y las sirenas, algo de las costras del mundo. El ruido, que se ha hecho sustancia, gime sobre los valles de desperdicio; temo -por lo que mis últimas experiencias con los pocos objetos servibles que encuentro delatan- que el espacio de utilidad de las cosas se ha reducido a fracciones de segundo. Los aviones estallan en el aire, cargados de bombas; pero un mensajero permanente vuela en helicóptero sobre la ciudad, comunicando la vieja consigna: «Usen, usen, consuman, consuman, ¡todo, todo!» ¿Qué queda por usarse? Pocas cosas, sin duda.

Aquí, desde hace un mes, vivo escondido, entre las ruinas de mi antigua casa. Huí del arsenal cuando me di cuenta que todos, obreros y patrones, han perdido la memoria, y también, la facultad previsora… Viven al día, emparedados por los segundos. Y yo, de pronto, sentí la urgencia de regresar a esta casa, tratar de recordar algo apenas estas notas que apunto con urgencia, y que tampoco dicen de un año relleno de datos- y formular algún proyecto.

¡Qué gusto! En mi sótano encontré un libro con letras impresas; es Treasure Island, y gracias a él, he recuperado el recuerdo de mí mismo, el ritmo de muchas cosas… Termino el libro («¡Pieces of eight! ¡Pieces of eight!») y miro en redor mío. La espina dorsal de los objetos despreciados, su velo de peste. ¿Los novios, los niños, los que sabían cantar, dónde están, por qué los olvidé, los olvidamos, durante todo este tiempo? ¿Qué fue de ellos mientras sólo pensábamos (y yo sólo he escrito) en el deterioro y creación de nuestros útiles? Extendí la vista sobre los montones de inmundicia. La opacidad chiclosa se entrevera en mil rasguños; las llantas y los trapos, la obsesidad maloliente, la carne inflamada del detritus, se extienden enterrados por los cauces de asfalto; y pude ver algunas cicatrices, que eran cuerpos abrazados, manos de cuerda, bocas abiertas, y supe de ellos.

No puedo dar idea de los monumentos alegóricos que sobre los desperdicios se han construido, en honor de los economistas del pasado. El dedicado a las Armonías de Bastiat, es especialmente grotesco.

Entre las páginas de Stevenson, un paquete de semillas de hortaliza. Las he estado metiendo en la tierra, ¡con qué gran cariño!… Ahí pasa otra vez el mensajero:

«USEN TODO… TODO… TODO»

Ahora, ahora un hongo azul que luce penachos de sombra y me ahoga en el rumor de los cristales rotos…

Estoy sentado en una playa que antes -si recuerdo algo de geografía- no bañaba mar alguno. No hay más muebles en el universo que dos estrellas, las olas y arena. He tomado unas ramas secas; las froto, durante mucho tiempo… ah, la primera chispa…

FIN

* Carlos Fuentes Macías (Ciudad de Panamá, 11 de noviembre de 1928) es uno de los escritores mexicanos más conocidos de finales del siglo XX, autor de novelas y ensayos, entre los que destacan Aura, La muerte de Artemio Cruz, La región más transparente y Terra Nostra. Recibió el Premio Rómulo Gallegos en 1977, el Premio Cervantes en 1987 y en 2009 la “Gran Cruz de Isabel la Católica”. Fue nombrado miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua en agosto de 2001.

[Publicado en portada en noviembre 2010]


“Vanzetti pro Sacco”

Un texto de Augusto Monterroso *

Con el paso de los años las antologías, de poetas, de cuentistas, se vuelven tristes; el tiempo ha fijado a sus favoritos, y nombres que hace medio siglo parecían inamovibles gracias a su estar diariamente en las páginas de los periódicos y las revistas, suenan hoy a algo lejano, por no decir que a nada. Pero de pronto puede suceder lo contrario: ver el nombre de quien no tenía qué estar haciendo ahí, y está, como éste de Bartolomeo Vanzetti, frente al que durante años pasé sin reparar en él.

En 1946, el poeta, ensayista y crítico norteamericano Selden Rodman repudió su New Anthology of Modern Poetry (The Modern Library, Random House, N. York, 1938,1946) circunscrita a la lengua inglesa y con poemas de 106 poetas que van de Gerad Manley Hopkins, el más antiguo, a Dylan Thomas, entonces quizá el más joven (en este momento no tengo ni tiempo ni deseo averiguarlo).

Un tanto alarmado por la presencia de Lewis Carroll, busco la definición de Rodman de “poesía moderna”; en vano; Rodman rehúye definirla en cuatro líneas para tratar de hacerlo en veinte páginas de la Introducción. Sin embargo, para mis fines de esta tarde, algo hay de definitorio en el último párrafo de aquélla (traduzco):

“Perdura el hecho, no obstante, de que los nuevos poetas, comprometidos ya sea con el Estado, con la guerra, con el sentimiento, o con Dios, parecen guiados por un sentimiento de responsabilidad hacia sus lectores, y dan por supuesta la contigüidad de la poesía con el habla contemporánea, lo que los sitúa aparte de sus predecesores. Se está volviendo posible, diría como ejemplo, escribir poesía ‘moderna’ en formas hace poco descartadas por caducas. Quizá lo que percibimos es que una revolución se consumó en los veinte, y que los nuevos poetas están trabajando ahora con todo derecho en los terrenos que sus antecesores habían roturado pero que, por estar tan recientemente abiertos, ellos mismos no pudieron cultivar.”

En efecto, en ese momento el lenguaje poético estaría tan cerca del habla común que Rodman incluye en su antología (cuya autoridad debe de haber sido alta en su tiempo) un poema de Bartolomeo Vanzetti, que no es otra cosa que parte del último discurso dicho por éste en la corte en su propia defensa y en la de su compañero Nicola Sacco, y que a ninguno de los dos le sirvió para evitar ser electrocutados: en prosa o en verso, el tipo de razones aducidas por Vanzetti han sido siempre inútiles, y éste quizá resulte el precio de su misma belleza y verdad.

Comoquiera que sea, lo traduzco. Selden Rodman no dice quién arregló en esta forma el alegato de Vanzetti. Pudo haber sido él mismo, para demostrar su teoría. En español introduje unas cuantas variantes en la estructura de los versos, pero no estoy muy seguro de que en nuestro idioma la teoría quede tan demostrada. En todo caso, el texto permanece aquí como muestra del espíritu de dos hombres y, según sus resultados, del espíritu de los hombres.

Ultimo discurso ante la corte

He hablado tanto de mí mismo
que casi olvido mencionar a Sacco.
Sacco es también un obrero,
desde su niñez un experto obrero,
amante del trabajo,
con buen empleo y una buena paga,
una cuenta de banco, una esposa buena y amable,
dos lindos hijos y un hogar pequeño y limpio
a la orilla del bosque, cerca de un arroyo.

Sacco es un corazón, una fe, un carácter, un hombre;
un hombre amante de la naturaleza, de la humanidad;
un hombre que lo dio todo, que sacrificó todo
a la causa de la libertad y su amor al hombre:
dinero, descanso, ambición terrena,
su propia esposa, sus hijos, él mismo
y su propia vida.

Sacco no ha soñado nunca robar, asesinar.
Ni él ni yo nos hemos llevado jamás a la boca
un pedazo de pan, desde nuestra niñez al día de hoy,
que no hayamos ganado con el sudor
de nuestra frente. Nunca.

Oh, sí, como alguien lo ha dicho
yo puedo ser más ingenioso que él;
mejor conversador, pero muchas, muchas veces
al escuchar su voz cordial resonando con fe sublime,
al considerar su sacrificio supremo, al recordar su heroísmo
me sentí pequeño ante su grandeza
y me encontré a mí mismo luchando por contener
las lágrimas de mis ojos,
y calmar mi corazón
impidiendo a mi garganta sollozar frente a él:
este hombre llamado ladrón y asesino y sentenciado a muerte.

Pero el nombre de Sacco vivirá
en el corazón de la gente y en su gratitud
cuando los huesos de Katzmann
y los vuestros hayan sido dispersados por el tiempo;
cuando vuestro nombre,
vuestras leyes e instituciones
y vuestro falso dios
sean apenas un borroso recuerdo
de un pasado maldito en que el hombre
era lobo del hombre.

[…]

Si no hubiera sido por esto
yo podría haber gastado mi vida
hablando en las esquinas a gente burlona.
Podría haber muerto inadvertido, ignorando, un fracaso.
Ahora no somos un fracaso.
Ésta es nuestra carrera y nuestro triunfo. Nunca
en toda nuestra vida pudimos esperar hacer tal trabajo
por la tolerancia, por la justicia, por la comprensión
del hombre por el hombre
como ahora lo hacemos por accidente.

Nuestras palabras, nuestras vidas,
nuestros dolores…¡nada!
La toma de nuestras vidas
—vidas de un buen zapatero y un pobre
vendedor ambulante de pescado—
¡todo! Ese último momento nos pertenece:
esa agonía es nuestro triunfo.

23 de marzo

* Augusto Monterroso, pese a haber nacido en Tegucigalpa (1921), es considerado guatemalteco por adopción. A partir de 1944, a causa de su ferviente militancia política, fija residencia en México.Desde su juventud abrazó la literatura y la actividad política. Participó en la fundación de la revista Acento, bastión intelectual de una época signada por la agitación.En 1959, ya en el exilio, comienza a publicar sus Obras completas (y otros cuentos). Continúa con trabajos que, entre otras cosas, se destacan por su brevedad: La oveja negra y demás fábulas (1969), Movimiento Perpetuo (1972), y en 1978 llega su novela Lo demás es silencio. Otros textos publicados son La letra e: fragmentos de un diario (1987), Viaje al centro de la fábula (1981) y La palabra mágica (1983), éstos últimos de difícil tipificación literaria pero preñados de belleza y profundidad.Hay quienes consideran a su “El dinosaurio” como el relato más breve de la literatura hispana: “Y cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Ha sido reconocido con el premio Villaurrutia (1975), Águila Azteca (1988), Juan Rulfo (1996) año en que finalizó su exilio y reunió su obra en Cuentos, fábulas y lo demás es silencio. En el año 2000 fue ganador del premio Príncipe de Asturias de las Letras. Como hombre comprometido con la realidad intervino en las negociaciones de paz entre el gobierno y la guerrilla de su país. Sus dos grandes pasiones han sido la literatura y las causas sociales entre las que sobresale la fervorosa defensa de los indígenas de Guatemala. Dueño de una prosa higiénicamente simple, de agradable lectura, los rasgos característicos de su estilo son la fábula, la parodia y el humor. Más allá de sus merecimientos literarios, Monterroso ha sido un hombre querido y respetado por su sencillez y culto a la amistad. Murió en 2003

[Publicado en portada en octubre 2010]


El terrón disolvente

Un cuento de Elvio Gandolfo *

Yo casi me había olvidado de Fiambretta. Pobre tipo, con un apellido así. Pero Rodríguez estaba hablando de los viajes que hace por el interior, cuando en medio de los datos sobre restaurantes de la ruta, sobre aventuras totalmente inverosímiles con mujeres “casadas” (como solía agregar, con un dejo reverencial inútil a esta altura del partido), de los pueblos y pequeñas ciudades que recorría, a lo largo de la ruta 9, mencionó a Fiambretta. Lo corté en seco:
–¿Fiambretta, dijiste?
–Sí, él. ¿Te acordás? Ahora vive en las afueras de Cañada de Gómez.
Cómo no me iba a acordar. Siempre consideré que cargar con el apellido había impedido que él, Fiambretta, llegara a la fama, a la consagración que tanto se merecía. Habíamos hecho Biología juntos, y aun después de que yo abandoné para dedicarme al curro de los rulemanes, nos seguíamos viendo. Uno de nuestros entretenimientos favoritos era ir a ver una película a un cine de Corrientes (detestábamos Lavalle) y después quedarnos charlando hasta la madrugada en un boliche de Callao, lleno de mesas de billar, hasta que salían los diarios.
De lo que más hablábamos era del Cosmos, de la vida aquí y en otros mundos, de los misterios de la célula. O sea que el que hablaba era Fiambretta, no yo. Para darles una idea del talento del hombre: una noche (y recuerdo como si fuera hoy que era en 1952), Fiambretta, en medio de un delirio sobre el efecto de las enzimas, me dice, como al pasar:
–… porque en el código está todo, ¿entendés?, todo, en una doble hélice. Fijate –y me la dibujó en una servilleta.
Años después dos giles (o tres, nunca recuerdo bien) iban a sacarse el Nobel con lo que él había descubierto de taquito, desinteresado, con el pucho colgando de la boca como cortada a cuchillo, y las manos caídas entre las piernas, en el pequeño laboratorio que había instalado en el altillo de la casa de la tía, en Caballito. Eso para que tengan una idea de lo que valía Fiambretta. Un crack, realmente un crack.
Así que cuando el gordo Rodríguez lo nombró, lo corté en seco. Me contó que el flaco estaba muy gastado, viviendo en una especie de casa solariega abandonada, en la que había ocupado dos piezas.
–Después de todo creo que el flaco está mejor que nosotros –dijo Rodríguez, quejumbroso–. Se asoma a las ventanas ¿y qué ve? Un maizal (o un trigal, no me acuerdo bien) que se pierde en el horizonte. ¿Te das cuenta, viejo? ¿Acá qué ves si te asomás a la ventana? Caños de escape, pibes que te manguean, y una que otra mina bastante bien, no te lo voy a negar.
En medio del aburrimiento de la mesa, donde temas como las mujeres, la política, el último aumento de transporte o de las tarifas se sucedían con la regularidad de las fases lunares, oír hablar de Fiambretta me hizo recordar con nostalgia las interminables charlas de Callao, donde palabras como “big-bang”, “esteroides” o “remolino cuántico” nos mantenían con los ojos abiertos como platos hasta que salía el Sol. Le dije a Rodríguez que cuando fuera por Cañada de Gómez (que para mí era como decir Venus) le mandara un abrazo a Fiambretta.
Tres semanas después Rodríguez entra al boliche, mete la mano en el portafolios lustradito que siempre lleva, y me da un sobre.
–De parte de Fiambretta –me dice–. Le dio un alegrón al flaco que te acordaras de él. Antes de Cañada de Gómez, pasé por Roldán: voy a ver a un cliente y en vez de él, me abre la mujer. Estaba sola…
Mientras Rodríguez me acunaba con los cuentos eternos, abrí el sobre, usando la parte de atrás de la cucharita del café. La carta del flaco era breve:

“Querido Pancho:
Tenés que venir. Sos el único que puede entenderlo. A mí no me dan las ganas ni la plata para ir a Baires. Vení. Estoy siempre. Un abrazo.
Fiambretta”

Me conmovió, les juro, me conmovió. “Sos el único que puede entenderlo”, decía. Tenía razón el flaco. ¿Quién iba a entender, en un lugar como Cañada de Gómez, viejo? ¿Alguien podía haber oído hablar alguna vez de aceleradores taquiónicos? A lo más que llegarían era a leer La Chacra, los que tuvieran guita.
Pensé en largarme a Cañada de Gómez esa misma noche. Total, era viernes. Pero preferí demorar un poco, saboreando el recuerdo de Fiambretta. El sábado de noche me fui a ver una película solo, después me metí en el bar de Callao. Antes de entrar me compré la última Muy Interesante. La hojeé pensando qué habría dicho Fiambretta sobre cada uno de los artículos. Cuando llegaron los diarios, compré Clarín y me fui a casa. Al salir el Sol me dormí como un bendito.
Durante la semana se me dieron bien las ventas. Así que el viernes me tomé un ómnibus en Retiro y me fui para Cañada de Gómez, contento realmente. Por las dudas le llevaba el Muy Interesante a Fiambretta. El viaje me puso eufórico. Cada cosa que veía me dejaba sin respiración. Cuando ya estábamos llegando a Cañada, ¿qué veo por la ventanilla? Un chancho, un chancho enorme, negro, vivo, lo juro. En mi puta vida había visto un chancho fuera de las ilustraciones de Billiken. Cuando me bajé en Cañada, me sentía al borde del éxtasis.
No me costó casi nada encontrar la casa de Fiambretta. Todos sabían dónde vivía “el flaco raro”. Cuando llegué estaba regando las lechugas de un canterito. Soltó la regadera por el aire (no sé si aluciné, pero el chorro al saltar hizo un pequeño arcoiris), caminó hacia mí, y me abrazó, un poco parco, un poco reticente. Era el mismo Fiambretta de siempre, un poco más calvo, y con el pelo que le quedaba blanco del todo, pero con el mismo pucho colgando de los labios, con el humo haciéndole cerrar un ojo.
Cuando entramos le di la revista. Como si yo no existiera, la hojeó página por página, por arriba, mientras murmuraba:
–Superconductores… Biochips… Boludos… No aprenden más.
Después me agradeció. A su modo, me agasajó: trajo queso picante y un salame grueso de la cocina, y una botella de vino suelto. Comimos, bebimos, charlamos. Hacia la noche, mientras me limpiaba las muelas con un piolín, empecé a sentirme cansado. No sabía bien si irme o quedarme, Fiambretta no había hablado del asunto. A esa altura tenía los ojos como platos, como en el bar de Callao, pero en la noche silenciosa de Cañada de Gómez, o más bien de los suburbios de Cañada de Gómez, con apenas un par de grillos haciendo barullo afuera, el flaco me daba un poco de miedo.
Entró a la cocina a hacer un poco de café. Cuando volvió, me animé:
–Oíme, Fiambretta –le dije–. ¿De qué hablabas en la carta?
–¿Qué carta?
–La que le diste a…
–Ya sé, a Rodríguez, a Rodríguez. Sí… –se quedó petrificado, con un ojo cerrado y el otro dirigido al techo–. ¡Ah, ya sé! Lo que sólo vos podés entender… je-je, je-je, ya vas a ver, mañana.
Después del café me dijo que tenía un catre (“limpito, nuevo, no lo usó nadie”, aclaró delicadamente) y me invitó a dormir en su casa. Acepté: total podía irme el sábado a mediodía y estar de regreso antes de la última vuelta de los cines.
–Mañana te despierto bien temprano –dijo Fiambretta mientras me tendía un par de sábanas y una frazada gruesa–. Es la mejor hora.
Confieso que dormí poco. El catre era estrecho, los dos grillos seguían compitiendo afuera y yo me preguntaba qué me esperaba al amanecer. ¡Cantaron gallos, al amanecer cantaron gallos, como en las películas! Casi lloro, viejo, eso me mató. Y al ratito nomás entró Fiambretta.
Traía unos panes con grasa recién hechos y un mate listo. Desayunamos, mientras el Sol despuntaba. Después Fiambretta limpió las migas, guardó el mate en la cocina y me miró, serio:
–Pancho, ahora vamos a ir al laboratorio –me dijo, como si hablara de ir a la iglesia; hizo una pausa, después movió la mano–. Seguime –dijo.
La casa era amplia, chata, llena de cuartos, la mayoría estaban abandonados. Pero hacia el fondo de un largo y ancho corredor se veía una puerta pintada al aceite, destacándose en la luz lechosa que dejaba entrar el techo de vidrio. Fiambretta sacó una llave, empujó, y me hizo espacio para que entrara. No era nada del otro mundo. Más grande que el altillo de la tía, pero con muchos objetos idénticos: el microscopio y el telescopio, los tubos de ensayo, los diales indicadores de tres o cuatro aparatos. Todo estaba limpio y ordenado.
Fiambretta no tocó nada. Se dirigió a un escritorio de madera en el que se veían libretas de notas y varios tipos de marcadores y bolígrafos.
Se sentó, y me indicó una silla.
–Pancho, lo que te voy a decir te va a sonar a locura, pero no me cortes hasta que termine –dijo–. Y después te hago una prueba para demostrarte lo que te digo.
Lo que me dijo Fiambretta era totalmente demencial. Que nosotros, Cañada de Gómez, Buenos Aires, el bar de Callao y hasta las películas, no existían. Que vivíamos engañados, drogados.
– Mirá, Pancho –dijo Fiambretta–, no sé si estará en el agua o en el aire, pero todos aquí nacemos con una especie de LSD que se nos asienta en los receptores de serotonina en el momento mismo de nacer, ¿entendés?.
Yo no entendía un carajo. Por suerte Fiambretta hablaba tranquilo, sin alterarse, así que prestarle atención no me costaba nada. Me dijo que no se atrevía a afirmar que ocurriera lo mismo en Estados Unidos, o en Java, “eso es asunto de ellos y yo no te puedo afirmar lo que no investigué”. Y siguió enumerando todo lo que era falso, inexistente según él: la Bombonera y el Monumental, radichetas y peronistas, Gardel y Monzón. A esa altura yo pensaba: “Este parece Borges”, y medio me estaba durmiendo.
Pero Fiambretta hizo un gesto dramático, terminando la enumeración: “¿La central atómica de Atucha? Tampoco existe, viejo”. Al parecer, para él eso era definitivo. Dio dos pasos, corrió una cortina, y la luz del Sol, ahora bastante fuerte, inundó el laboratorio. Parpadeé. Era como había dicho Rodríguez: un maizal maduro que se extendía hasta el horizonte. Me quedé con la boca abierta: era hermoso, en mi vida había visto tantos choclos juntos. Pero Fiambretta seguía con su rollo. Me di cuenta de que sostenía un frasquito en la mano, y terminaba una frase:
–…inhibe la acción del LSD genético, o lo que sea. Ves la realidad como es, y no como te la pintan tus sentidos, Pancho.
En la otra mano tenía un terrón de azúcar. Dejó caer dos gotas sobre él, me lo tendió.
–El efecto dura apenas treinta segundos, hasta ahora no pude lograr más –se avivó de que yo tenía miedo de que me envenenara–. Tomá, tomá, no seas cagón.
Apoyé el terrón sobre la lengua, sentí cómo se disolvía: al mismo tiempo, afuera, se fue disolviendo el maizal. Lo que se perdía hasta el horizonte, un instante después, era un mar de pequeños tallos metálicos, articulados, que cliqueteaban, cliqueteaban como una fábrica de rulemanes. El cielo era bajo, como un techo, y creaba una perspectiva extraña, sofocante. Con el rabillo del ojo capté el marco de la ventana, y era de algo vivo, pardo, que latía. “La puta que lo parió”, pensé, aterrado. Hubo algo que no quise hacer: mirarme las manos, o mirar a Fiambretta. Seguí con los ojos fijos en el ex-maizal: por lo menos el cliqueteo me sonaba familiar. Siempre he tenido una conciencia muy nítida del tiempo: “nueve… ocho…”. Cuando se terminó de disolver el terrón, en un pase que no podría describir, reapareció el maizal, sentí el Sol calentándome la mano, el cielo sin fondo. Solté el aire. Fiambretta se reía:
–Te cagaste, Pancho, ¿eh? Je-je, je-je. Viste la realidad, Pancho, qué le vas a hacer.
No tenía ganas de ponerme a discutir con Fiambretta. Le aguanté la charla un rato más. No le planteé que el líquido podría ser el LSD, que a lo mejor lo que vi en los treinta segundos era una alucinación segunda. Tenía ganas de borrarme, cuanto antes. Lo que más me jorobaba era que le creía al flaco. Seguimos charlando hasta el mediodía, Fiambretta siempre con el pucho colgando, sin darle importancia a nada, contándome los otros experimentos en que estaba metido.
–El de la alucinación quería que lo vieras vos nomás, porque los demás pueden rayarse fiero, ¿entendés?, y no quería terminar en cana. Pero lo viste, ¿eh?, lo viste je-je –le dije que sí con un movimiento de cabeza.
Me acompañó hasta la ruta, a parar el ómnibus que me llevaba a Rosario. Ahí podía hacer combinación. Ya cuando lo veíamos a lo lejos, sobre la plateada cinta del camino, como en las películas de Chaplin, le hice a Fiambretta una pregunta que me seguía jodiendo desde la mañana:
–Oime, Fiambretta –le dije–. Suponete que es como vos decís, que lo que vimos es la realidad, que ahí somos distintos, y todo es distinto.
–Sí, te sigo –dijo Fiambretta.
–Ahí, el maizal, el Sol, lo que se mueve, ¿sigue siendo Argentina? ¿Ahí seguimos siendo argentinos, Fiambretta?
Fiambretta me miró como sin entender. Apartó el ojo abierto hacia la ruta, calculando la distancia a la que había llegado el ómnibus.
–Yo que sé, Pancho –me dijo, con voz neutra; y alzó la mano para parar el ómnibus, mientras me daba una palmada en la espalda.
Cuando estuve acomodado en el asiento, viendo desfilar los árboles y los campos, después las casas y el puente de Cañada de Gómez, me dije que ése era el problema de esta época, el desinterés, el desánimo, la falta de emociones, viejo.

* Elvio E. Gandolfo nació en San Rafael (Mendoza) en 1947. A muy corta edad se trasladó a Rosario, donde dirigió con su padre la revista literaria El Lagrimal Trifurca. Fue colaborador de la revista El Péndulo. Escribió notas culturales en distintos semanarios y diarios de Montevideo y Buenos Aires. Vivió alternativamente en Rosario, Piriápolis, Montevideo y Buenos Aires. Hizo abundantes traducciones, entre otros de Tennessee Williams, Pierre Choderlos de Laclos, William Shakespeare, Henry James y Tim O’Brien. Compiló varias antologías de géneros como el relato policial, la ciencia ficción y el suspenso. Actualmente integra el equipo editor de El País Cultural de Montevideo, y escribe la página de libros de la revista Noticias de Buenos Aires. Dirigió durante un año y medio la Editorial Municipal de Rosario. Escribió varios libros de cuentos -La reina de las nieves (1982), Caminando alrededor (1986), Sin creer en nada (1988), Rete Carótida (1990), Dos mujeres (1992), Ferrocarriles Argentinos (1994), Cuando Lidia vivía se quería morir (1994)-, y una novela, Boomerang (1993), primera mención en el concurso Planeta. Wikipedia

[Publicado en portada en agosto 2010]


El mundo es una gran paradoja que gira en el universo

Por Eduardo Galeano

La mitad de los brasileños es pobre o muy pobre, pero el país de Lula es el segundo mercado mundial de las lapiceras Montblanc y el noveno comprador de autos Ferrari, y las tiendas Armani de Sao Paulo venden más que las de Nueva York.

Pinochet, el verdugo de Allende, rendía homenaje a su víctima cada vez que hablaba del “milagro chileno”. El nunca lo confesó, ni tampoco lo han dicho los gobernantes democráticos que vinieron después, cuando el “milagro” se convirtió en “modelo”: ¿qué sería de Chile si no fuera chileno el cobre, la viga maestra de la economía, que Allende nacionalizó y que nunca fue privatizado?

En América nacieron, no en la India, nuestros indios. También el pavo y el maíz nacieron en América, y no en Turquía, pero la lengua inglesa llama turkey al pavo y la lengua italiana llama granturco al maíz.

El Banco Mundial elogia la privatización de la salud pública en Zambia: “Es un modelo para el Africa. Ya no hay colas en los hospitales”. El diario The Zambian Post completa la idea: “Ya no hay colas en los hospitales, porque la gente se muere en la casa”.

Hace cuatro años, el periodista Richard Swift llegó a los campos del oeste de Ghana, donde se produce cacao barato para Suiza. En la mochila, el periodista llevaba unas barras de chocolate. Los cultivadores de cacao nunca habían probado el chocolate. Les encantó.

Los países ricos, que subsidian su agricultura a un ritmo de mil millones de dólares por día, prohíben los subsidios a la agricultura en los países pobres. Cosecha récord a orillas del río Mississippi: el algodón estadunidense inunda el mercado mundial y derrumba el precio. Cosecha récord a orillas del río Níger: el algodón africano paga tan poco que ni vale la pena recogerlo.

Las vacas del norte ganan el doble que los campesinos del sur. Los subsidios que recibe cada vaca en Europa y en Estados Unidos duplican la cantidad de dinero que en promedio gana, por un año entero de trabajo, cada granjero de los países pobres.

Los productores del sur acuden desunidos al mercado mundial. Los compradores del norte imponen precios de monopolio. Desde que en 1989 murió la Organización Internacional del Café y se acabó el sistema de cuotas de producción, el precio del café anda por los suelos. En estos últimos tiempos, peor que nunca: en América Central, quien siembra café cosecha hambre. Pero no se ha rebajado ni un poquito, que yo sepa, lo que uno paga por beberlo.

Carlomagno, creador de la primera gran biblioteca de Europa, era analfabeto.

Joshua Slocum, el primer hombre que dio la vuelta al mundo navegando en solitario, no sabía nadar.

Hay en el mundo tantos hambrientos como gordos. Los hambrientos comen basura en los basurales; los gordos comen basura en McDonald’s.

El progreso infla. Rarotonga es la más próspera de las islas Cook, en el Pacífico sur, con asombrosos índices de crecimiento económico. Pero más asombroso es el crecimiento de la obesidad entre sus hombres jóvenes. Hace 40 años eran gordos 11 de cada 100. Ahora, son gordos todos.

Desde que China se abrió a esta cosa que llaman “economía de mercado”, el menú tradicional de arroz con verduras ha sido velozmente desplazado por las hamburguesas. El gobierno chino no ha tenido más remedio que declarar la guerra contra la obesidad, convertida en epidemia nacional. La campaña de propaganda difunde el ejemplo del joven Liang Shun, que adelgazó 115 kilos el año pasado.

La frase más famosa atribuida a Don Quijote (“Ladran, Sancho, señal que cabalgamos”) no aparece en la novela de Cervantes; y Humphrey Bogart no dice la frase más famosa atribuida a la película Casablanca (Play it again, Sam).

Contra lo que se cree, Alí Babá no era el jefe de los 40 ladrones, sino su enemigo; y Frankenstein no era el monstruo, sino su involuntario inventor.

A primera vista, parece incomprensible, y a segunda vista, también: donde más progresa el progreso, más horas trabaja la gente. La enfermedad por exceso de trabajo conduce a la muerte. En japonés se llama karoshi. Ahora los japoneses están incorporando otra palabra al diccionario de la civilización tecnológica: karojsatsu es el nombre de los suicidios por hiperactividad, cada vez más frecuentes.

En mayo de 1998, Francia redujo la semana laboral de 39 a 35 horas. Esa ley no sólo resultó eficaz contra la desocupación, sino que además dio un ejemplo de rara cordura en este mundo que ha perdido un tornillo, o varios, o todos: ¿para qué sirven las máquinas, si no reducen el tiempo humano de trabajo? Pero los socialistas perdieron las elecciones y Francia retornó a la anormal normalidad de nuestro tiempo. Ya se está evaporando la ley que había sido dictada por el sentido común.

La tecnología produce sandías cuadradas, pollos sin plumas y mano de obra sin carne ni hueso. En unos cuantos hospitales de Estados Unidos los robots cumplen tareas de enfermería. Según el diario The Washington Post, los robots trabajan 24 horas por día, pero no pueden tomar decisiones, porque carecen de sentido común: un involuntario retrato del obrero ejemplar en el mundo que viene.

Según los evangelios, Cristo nació cuando Herodes era rey. Como Herodes murió cuatro años antes de la era cristiana, Cristo nació por lo menos cuatro años antes de Cristo.

Con truenos de guerra se celebra, en muchos países, la Nochebuena. Noche de paz, noche de amor: la cohetería enloquece a los perros y deja sordos a las mujeres y los hombres de buena voluntad.

La cruz esvástica, que los nazis identificaron con la guerra y la muerte, había sido un símbolo de la vida en la Mesopotamia, la India y América.

Cuando George W. Bush propuso talar los bosques para acabar con los incendios forestales, no fue comprendido. El presidente parecía un poco más incoherente que de costumbre. Pero él estaba siendo consecuente con sus ideas. Son sus santos remedios: para acabar con el dolor de cabeza, hay que decapitar al sufriente; para salvar al pueblo de Irak, vamos a bombardearlo hasta hacerlo puré.

El mundo es una gran paradoja que gira en el universo. A este paso, de aquí a poco los propietarios del planeta prohibirán el hambre y la sed, para que no falten el pan ni el agua.

De: Textos cortos de La Jornada (México)

[Publicado en portada en Julio 2010]


Rojos al por mayor

Por Cristina Iglesia

Juan Moreira es un gaucho hecho de palabras. No hay más remedio, es un producto del folletín. Y el folletín trabaja todos los detalles: las versiones minuciosas de una biografía que incluye humillaciones y traiciones, cambiantes adhesiones políticas, momentos de pasaje en que Moreira se convierte “en justicia”.

El folletín sigue meticulosamente el proceso que transforma al gaucho malo en un bello sargento y no se detiene ni ante lo que denomina la segunda naturaleza del gaucho: la descubre vengativa, luctuosa, alcohólica y la exhibe sin tapujos. Moreira existe a fuerza de palabras.

Antonio Gil es un gaucho casi sin historia o, más bien, habría que decir que su historia es parca, le huye al relato, se hace difusa. Cabecilla de una banda de alzados en los montes del Paiubre, asalta caminos, cuatrerea en las estancias, reparte entre los pobres lo que roba a los ricos. Su vida, como vemos, se construye con todos los lugares comunes de las historias de bandidos del siglo XIX. Casi no le pertenece, porque puede aplicarse a otros y quizás en eso resida su eficacia. No hay mucho más, sólo retazos: su bandería federal, el nombre de una mujer que deja cada noche un caballo fresco por si el gaucho lo necesita, aunque nunca lo haya visto. No hay fotos, no hay memoria de su cuerpo, salvo una excepción: su mirada que, como la de Moreira y la de Facundo, hipnotiza, paraliza a sus enemigos.

Todas las versiones coinciden en dos puntos: la certeza sobre los poderes de su mirada y las precisiones que irrumpen para describir la manera exacta de su muerte. Antonio Gil, sorprendido por la partida, es atado a un árbol cabeza abajo y degollado en esa posición para que sus matadores no puedan ser alcanzados por la fuerza destructiva de sus ojos.

Pura mirada, pura leyenda, puro milagro, Antonio Gil no es tanto por lo que hizo en vida como por lo que hizo después de muerto. Para sus seguidores, lo que importa, lo que se relata, es la cadena de milagros que se inicia muchos años después de su muerte. Lo que importa es su tumba, el lugar de su muerte. El comienzo de un ciclo: la repetición de la narración del milagro; la reiteración en otros tiempos y en otras voces dan sentido a su muerte. Antonio Gil es un gaucho milagrero.

Al borde de una ruta, a pocos kilómetros de Mercedes en la provincia de Corrientes, el 8 de enero, la fiesta del Gaucho Antonio Gil, o La Cruz Gil o Curuzú Gil, reúne desde hace unos años a multitudes que van de treinta a cincuenta mil personas en un paraje desolado, calcinado por una temperatura cercana a los 40 grados. Que sean muchos es motivo de orgullo para los del lugar: ser muchos es legalizar el culto. “Ahora la legitimidad es asunto de números, en la estadística suelen hallar los encerados la validez de una creencia y lo que no se multiplica traiciona a la razón de ser del mundo contemporáneo”, sostiene Carlos Monsiváis. Las más de cincuenta mil placas con leyendas grabadas, sumadas a incontables ofrendas, son otra manera de atestiguar un culto de multitudes. Que sean muchos es también motivo de orgullo para los organizadores, en su disputa de un lugar de privilegio para la fiesta. Es difícil competir con la virgen lujanera o con el San Cayetano porteño, precisamente por una simple cuestión de estadística: son millones los que viven en Buenos Aires y sus alrededores, y cientos de miles los que deben atravesar muchas veces caminos de tierra y ripio para llegar hasta La Cruz Gil a acampar bajo el cielo. Que sean muchos es también señal de existencia para los medios locales que televisan parcialmente la fiesta y la reparten en los hogares de quienes no pudieron hacer el viaje. La difusión radial y televisiva sella un pacto de conveniencia por el cual las más importantes autoridades políticas provinciales se hacen presentes en el lugar.

Para la gente, lo que realmente importa va más allá del milagro o es un milagro de otro tipo. Lo que cuenta es la fiesta popular, el baile, los sombreros negros de ala ancha, los promeseros de trajes absolutamente rojos, las banderas rojas, las velas rojas, las cintas rojas y, también, las remeras rojas, las gorras con visera rojas, las pulseritas rojas. Y las imágenes -finalmente— del Gaucho Gil trabajadas sobre una de las clásicas imágenes de Jesús: el pelo levemente ondulado cayendo sobre los hombros, la mirada dulce; sólo el pañuelo rojo anudado al cuello recuerda, por lo acriollado, su carácter terrenal. Y los llaveros en serie y las medallitas en serie y las pequeñas bolas con nieve adentro cayendo suavemente sobre una cruz, otra vez roja, porque la nieve ejerce su hechizo, ya se sabe, en los lugares por donde nunca se la ve.

El gran escenario, presidido por la imagen, esta vez escultórica, de un gaucho hospitalario y bonachón, con las manos dando la bienvenida o agradeciendo las dádivas, se llena de niños y niñas vestidos igualmente de rojo, integrantes de ballets folklóricos de Florencio Varela o de Mataderos, pequeños bailarines adiestrados en el paso arrastrado del chamamé, incorporado tardíamente a la rutina de los ballets folklóricos. La incorporación se torna necesaria cuando se comprueba que esta destreza es imprescindible para actuar en lugares como éste y ganarse la admiración del público. Se suceden conjuntos de músicos igualmente vestidos con camisas rojas y cantoras entusiastas enfundadas en “soleras” rojas. Hay grandes despliegues en el escenario, vinculados con duplicaciones inútiles: cuatro guitarras, cuatro acordeones y hasta cuatro voces. Los reflectores iluminan ese cuadro, pero las parejas se arman en la pista semioscura. Cada presentación termina rigurosamente con el ofrecimiento de casetes y el anuncio de su actuación horas más tarde en la pista ubicada del otro lado de la ruta desierta, donde la entrada se cobra y a un precio nada popular. Aun así, las parejas arman su baile allí donde es gratis, mientras la gente mira alrededor y las carpas de los promeseros se iluminan un poco más lejos. En zonas no tan encendidas, no tan centrales, pequeños tríos de musiqueros irrumpen y logran su pequeño público. Tocan y cantan con enorme concentración, nadie les paga, pero se los aplaude a conciencia.

Los puestos de lotería recuerdan la antigua lotería de la Semana Santa y los números que se cantaban con frases en guaraní, pero ahora los premios ya no son las monedas ocultas en los pañuelos, sino electrodomésticos colocados dentro de papeles brillantes y transparentes para el que llene el cartón con los maíces. El guaraní ha desaparecido del canto de los números, entre otras cosas, porque los que montaron el negocio son cordobeses…

La gran fiesta es la de la música, la de! baile: es el desquite de la uniformidad abrumadora de la ropa y los objetos que allí se pueden comprar, pero, también, de los días y noches de aislamiento en parajes lejanos. El 8 de enero es en esa zona central de la provincia de Corrientes un día excepcional y la gente del lugar convive, por única vez al año, con gente de zonas tan alejadas como Neuquén, Bolivia o Brasil. El culto se internacionaliza, cruza los límites geográficos inmediatos y recoge adeptos en los países del Mercosur. Es un pequeño mercosur popular, sin acuerdos ni formalidades previas: los encuentros y los pequeños negocios se dan, principalmente, en las largas colas que las mujeres y los hombres hacen al aire libre, por separado, para entrar a los baños, para conseguir el agua del mate. La larga cofa es también un lugar de intercambio de experiencias con el gaucho. Antonio Gil es uno más y se habla de él como de alguien cercano, familiar.
La promesa o la manda obliga a llevarle lo que se prometió. Pero también instala un intercambio azaroso: cualquiera puede servirse de las ofrendas, usar el dinero o los objetos que otros han dejado, siempre que los devuelva alguna vez.

Entre las cosas entregadas relucen los machetes, cuchillos y revólveres puestos a resguardo prolijamente en cuadros con vidrio, colgados a gran altura, fuera del alcance de la mano. Hay que disuadir al creyente; hay que suspender en este caso especial la vigencia de la tradición. La tradición dice que uno puede servirse de lo que otros dejan —dinero, ropa, comida—y las armas no deberían estar exceptuadas del servicio. Debería ser lícito que las armas de los gauchos circularan, aligeradas por ese tiempo de permanencia en la Cruz Gil, adecentadas por la exhibición, pero armas al fin. Entonces, el lugar del Gaucho sería la sede de un tráfico de armas legalizado por la fe, un tráfico modesto, pero ágil, que podría llevar una lámina acerada con puñal de hueso del Paiubre hasta las tierras de Río Grande do Sul o hasta la Patagonia, para que volviera, después de haber actuado, a calentarse en la tierra de Mercedes.

En la madrugada del 8 de enero, que es el día de la muerte del Gaucho, la cruz negra de su tumba se lleva en procesión hasta la iglesia donde se oficia una misa que intenta cobijar lo imposible. Enseguida la cruz vuelve al lugar del culto, todavía inapresable, todavía escurridiza: aunque ya bendecida, autorizada, a su regreso vuelve a mostrarse como lo que es, pura forma y color en la mañana.

[De: La violencia del azar, ensayos sobre literatura argentina, Buenos Aires, FCE, 2003]


Cuerpo de mujer

Un cuento de
Ryunosuke Akutagawa *

Una noche de verano un chino llamado Yang despertó de pronto a causa del insoportable calor. Tumbado boca abajo, la cabeza entre las manos, se había entregado a hilvanar fogosas fantasías cuando se percató de que había un pulga avanzando por el borde de la cama. En la penumbra de la habitación la vio arrastrar su diminuto lomo fulgurando como polvo de plata rumbo al hombro de su mujer que dormía a su lado. Desnuda, yacía profundamente dormida, y oyó que respiraba dulcemente, la cabeza y el cuerpo volteados hacia su lado.

Observando el avance indolente de la pulga, Yang reflexionó sobre la realidad de aquellas criaturas. “Una pulga necesita una hora para llegar a un sitio que está a dos o tres pasos nuestros, aparte de que todo su espacio se reduce a una cama. Muy tediosa sería mi vida de haber nacido pulga…”

Dominado por estos pensamientos, su conciencia se empezó a oscurecer lentamente y, sin darse cuenta, acabó hundiéndose en el profundo abismo de un extraño trance que no era ni sueño ni realidad. Imperceptiblemente, justo cuando se sintió despierto, vio, asombrado, que su alma había penetrado el cuerpo de la pulga que durante todo aquel tiempo avanzaba sin prisa por la cama, guiada por un acre olor a sudor. Aquello, en cambio, no era lo único que lo confundía, pese a ser una situación tan misteriosa que no conseguía salir de su asombro.

En el camino se alzaba una encumbrada montaña cuya forma más o menos redondeada aparecía suspendida de su cima como una estalactita, alzándose más allá de la vista y descendiendo hacia la cama donde se encontraba. La base medio redonda de la montaña, contigua a la cama, tenía el aspecto de una granada tan encendida que daba la impresión de contener fuego almacenado en su seno. Salvo esta base, el resto de la armoniosa montaña era blancuzco, compuesto de la masa nívea de una sustancia grasa, tierna y pulida. La vasta superficie de la montaña bañada en luz despedía un lustre ligeramente ambarino que se curvaba hacia el cielo como un arco de belleza exquisita, a la par que su ladera oscura refulgía como una nieve azulada bajo la luz de la luna.

Los ojos abiertos de par en par, Yang fijó la mirada atónita en aquella montaña de inusitada belleza. Pero cuál no sería su asombro al comprobar que la montaña era uno de los pechos de su mujer. Poniendo a un lado el amor, el odio y el deseo carnal, Yang contempló aquel pecho enorme que parecía una montaña de marfil. En el colmo de la admiración permaneció un largo rato petrificado y como aturdido ante aquella imagen irresistible, ajeno por completo al acre olor a sudor. No se había dado cuenta, hasta volverse una pulga, de la belleza aparente de su mujer. Tampoco se puede limitar un hombre de temperamento artístico a la belleza aparente de una mujer y contemplarla azorado como hizo la pulga.

Ryunosuke Akutagawa nació en Tokio, en 1892, a 24 años del reinicio del contacto de este país con Occidente y de la restauración imperial que terminó con dos siglos y medio de régimen. Es considerado parte del grupo de intelectuales y estetas contrarios al naturalismo, al humanismo socializante de Shirakaba y a la literatura proletaria. Tanizaki Junichiro (1886-1965), Sato Haruo (1892-1964) y Kubota Mantaro (1889-1963) acompañan a Akutagawa en este grupo


Final de una relación

Un cuento de Alberto Moravia *

Una tarde de noviembre, Lorenzo, joven rico y ocioso, corría en automóvil hacia su casa, donde sabía que su querida lo estaba esperando hacía ya más de media hora. El tiempo, que había empeorado repentinamente con una lluvia desordenada e intermitente y un viento muy desagradable, que encontraba siempre la manera de soplar en plena cara fuera cuál fuera la dirección en que se marchara, cierto insomnio que todas las noches, tras las primeras horas de sueño, lo despertaba de improviso y lo mantenía en vela hasta el alba, una sensación de pánico, de persecución y de opacidad de la que hacía meses no conseguía librarse, todo contribuía a poner a Lorenzo en un estado de ánimo enardecido y rabioso. «Acabar con todo esto», se repetía continuamente mientras conducía el coche por las calles de la ciudad y sentía que la menor nadería -el limpiaparabrisas que interrumpía un momento su vaivén sobre el vidrio empapado, la palanca de las marchas que en medio del tráfico, bajo su mano frenética, no entraba bien, los inútiles clamores de las bocinas de los automóviles parados tras el suyo- le producía una pena aguda y miserable, con ganas de gritar: «Pero ¿acabar con qué?» Lorenzo no habría podido responder con exactitud a esta pregunta. Cada vez que dirigía la mirada desde su injustificada miseria a su propia vida comprendía que no le faltaba nada, que no había nada que cambiar, que había obtenido todo lo que deseaba e incluso algo más. ¿Acaso no era rico? ¿Y no hacía de sus riquezas un uso juicioso y refinado?

Casa, automóvil, viajes, trajes, diversiones, juego, veraneos, vida de sociedad y querida; a veces se le ocurría enumerar todo lo que poseía, con una especie de hastío vano y orgulloso, para acabar concluyendo que el origen de su malestar debía buscarse en algún trastorno físico. Pero los médicos a los que había acudido con el alma llena de esperanzas lo habían desilusionado de inmediato: estaba sanísimo, no aparecía en él ni la más leve sombra de enfermedad. Así, sin motivo, la vida se había convertido en un árido y opaco tormento para Lorenzo. Cada noche, al acostarse después de un día vacío y tétrico, se juraba a sí mismo: «Mañana será el día de la liberación.» Pero a la mañana siguiente, al despertarse de un sueño fatigoso, le bastaba con abrir no ya los dos ojos, sino uno solo, para comprender que aquel día no sería muy distinto de los que lo habían precedido. Le bastaba con echar una ojeada a su dormitorio, en el cual todos los objetos parecían recubiertos con la pátina opaca de su pena, para estar seguro de que tampoco ese día la realidad aparecería más nítida, más alentadora y más comprensible de lo que había sido una semana o un mes antes. Sin embargo, se levantaba, se ponía una bata, abría la ventana, lanzaba un disgustado vistazo a la calle ya llena de la madura luz de muy entrada la mañana, y luego, como esperando que el agua fría y caliente pudiera quitarle de encima aquella especie de funesto encantamiento, como le quitaba los sudores y las impurezas de la noche, se encerraba en el baño y se dedicaba a un arreglo personal que parecía hacerse cada vez más refinado y minucioso a medida que se ahondaba su extraña miseria. Así transcurrían dos horas en cuidados inútiles; dos horas durante las cuales Lorenzo, una y mil veces, tomaba un espejo y se quedaba escrutando su propio rostro, como si esperara sorprender en él una mirada, hallar una arruga que pudiera hacerle intuir los motivos de su cambio. «Es la misma cara -reflexionaba rabiosamente- que tenía cuando era feliz, la misma cara que les gustó a las mujeres a las que amé, que sonrió, que estuvo triste, que odió, envidió y deseó; en suma, que tuvo su vida. Y ahora, en cambio, quién sabe por qué, todo parece acabado.» Pero a pesar de la vaciedad y la amargura de esos cuidados dedicados a su persona física, aquellas dos horas eran las únicas de la jornada durante las que lograba olvidarse de sí mismo y de su miserable estado, quizá debido a que el empleo que les daba era preciso y limitado y no exigía ninguna reflexión. Por lo demás, él lo sabía («una prueba más -solía pensar a veces- de que no soy ya más que un cuerpo sin alma, un animal que pasa su tiempo alisándose el pelo») y las prolongaba de intento. Después comenzaba verdaderamente la jornada, y con ella su árido tormento.

El departamento de Lorenzo estaba en la planta baja de un palacete nuevo, situado al final de una callejuela aún incompleta que, partiendo de la avenida suburbana, se perdía en el campo pocas casas más allá. Salvo la suya, todas las casas del callejón se hallaban deshabitadas o en trance de construcción; no existía adoquinado, sino un fango espeso surcado por las rodadas profundas y duras que habían dejado los carros en su ir y venir a las obras con su cargamento de tierra y de piedras; sólo había dos farolas junto a la entrada de la calle, de forma que aquel día, tan pronto como atravesó el vasto y antiguo charco que obstruía el comienzo, por una luz que brillaba al final de la oscura calle, húmeda y reluciente, más o menos en el punto en que estaba su dormitorio, Lorenzo comprendió que -como se había figurado- su amante ya había llegado y estaba esperándolo. Ante este pensamiento le asaltó un mal humor intenso e irracional contra la mujer, que no tenía ninguna culpa y que había acudido a la cita que él le diera; y, al mismo tiempo, un presentimiento de que estaba a punto de ocurrir algo decisivo. Apretando los dientes debido a la gran ferocidad del sentimiento que oscurecía su mente, detuvo el coche ante la puerta, cerró con ira la portezuela y entró en la casa.

Sobre el mármol amarillo de la mesita de falso estilo Luis XV que había en el vestíbulo vio, junto al corto paraguas y al bolso, un curioso paquete erizado de puntas agudas. Intrigado, deshizo la envoltura del papel: era una pequeña locomotora de lata; antes de acudir a la cita, su amante, que estaba casada desde hacía ocho años y tenía dos niños, había ido, como buena madre que era, a comprar un juguete para regalárselo aquella noche cuando, cansada y lánguida, volviera a casa poco antes de la cena. Lorenzo envolvió de nuevo el juguete en su papel, colgó el impermeable y el sombrero y pasó al dormitorio.

De inmediato, a la primera mirada, comprendió que la mujer, para entretenerse durante la espera, se había preparado a sí misma y al cuarto de manera que él, al llegar desde la noche fría y lluviosa, recibiera inmediatamente la impresión de una intimidad afectuosa y confortante. Sólo estaba encendida la lámpara de la cabecera, y ella la había envuelto con su camisa de seda rosa para que la luz fuera cálida y discreta; en una mesita estaban preparadas la tetera y las tazas; su bata de seda, desplegada en una butaca, y sus pantuflas afelpadas puestas en el suelo, bajo la bata, parecían dispuestas a saltar encima de él y a revestirlo, tan grande era el cuidado con que habían sido arregladas. Pero el malhumor que le inspiraron estas atenciones casi conyugales se redobló cuando vio que la mujer, para recibirlo dignamente, había tenido la idea de ponerse un pijama suyo. La mujer estaba tendida de lado sobre la colcha amarilla y suntuosa de la cama, y el pijama de grandes rayas azules, demasiado estrecho para sus caderas amplias y rotundas y para su pecho lleno y prominente, mal abrochado y mal puesto, la obligaba a adoptar una torpe e inconveniente actitud, que contrastaba desagradablemente con sus cabellos, negros y largos, y con la expresión plácida e indolente de su rostro. Todo esto lo observó Lorenzo en la primera y aguda ojeada que echó al cuarto. Luego, sin decir palabra, se sentó sobre la colcha, al borde de la cama.

Hubo un instante de silencio.

-¿Sigue lloviendo? -preguntó por fin la mujer, mirándolo con una serena e inerte curiosidad y acurrucándose junto a él, como si hubiera percibido inconscientemente la crueldad que había en los ojos inmóviles y absortos de Lorenzo.

-Llueve -contestó él.

Hubo un nuevo silencio, la amante le dirigió tres o cuatro preguntas, recibiendo siempre las mismas breves y angustiadas respuestas, y en seguida le preguntó:

-¿Qué tienes?

Y, mientras hablaba así, se arrastró hasta él y se acurrucó a su lado.

-¿Qué tienes? -repitió anhelante, con un principio de aprensión en sus hermosos ojos, negros e inexpresivos.

Al verla tan cerca, viva y ansiosa, y al mismo tiempo tan remota a causa de su malestar, Lorenzo sintió que un mutismo árido y angustioso oprimía su garganta. «Quizá toda la culpa sea de ese maldito pijama que se le ha metido en la cabeza ponerse», pensó. Y, mientras contestaba que no tenía nada, intentó quitarle la chaqueta de gruesas rayas con manos desmañadas e impacientes.

Creyendo que el joven quería desnudarla para acariciarla mejor, bastante satisfecha por poder atribuir su inquietante silencio a una turbación de los sentidos, la mujer se apresuró a deshacerse del pijama y, desnuda y plácida, se tendió de nuevo en la actitud de pasiva espera en la que Lorenzo la había encontrado al entrar en el cuarto. Siempre sin decir una palabra, él se sentó a su lado y comenzó a acariciarla de manera distraída y preocupada, casi sin mirarla y como pensando en otra cosa. Sus dedos se enredaban ociosamente en los negros cabellos, desordenándolos y volviéndolos a alisar, su mano se posaba abierta e insegura ora en su pecho desnudo, como si quisiera sentir la tranquila respiración que lo animaba a intervalos, ora sobre el vientre, como teniendo la curiosidad de sorprender bajo su amplia e inmóvil blancura el latido del deseo; pero, en realidad, para él era como tocar un tronco exánime e informe; con lucidez, mientras lo acariciaba, advertía que no experimentaba ningún amor por aquel hermoso cuerpo y que ni siquiera percibía su vida, fuera aliento o deseo; y esta irremediable sensación de alejamiento se agudizaba dolorosamente debido a las miradas angustiadas e interrogativas con las que su amante no dejaba de examinarlo, como un enfermo tendido en la camilla de hierro de un médico. Luego, Lorenzo se acordó de pronto del tranquilo e indiferente disgusto con que un gato suyo, cuando ya no tenía hambre, desviaba el hocico ante el plato que se le ofrecía.

-El animal está saciado -exclamó entonces, con voz irónica y triunfante- y no quiere comer más.

-¿Qué animal, Renzo? -preguntó, inquieta, la mujer-. ¿Qué te pasa?

Lorenzo no contestó nada a esta pregunta, pero al mirarla, con ojos aguzados por el árido sufrimiento que le oprimía, su vista se detuvo en la mano con la cual -en un gesto lánguido y patético de inconsciente defensa- ella se cubría el pecho. Era una mano bastante bonita y más bien grande, ni demasiado gordezuela ni demasiado nerviosa, blanca y lisa, y llevaba en el anular un sencillo anillo de bodas.

Durante un rato Lorenzo miró ese anillo, miró el cuerpo desnudo, joven y espléndido, aovillado con cierto empacho sobre la colcha amarilla y lisa del lecho, y luego, de repente, fue como si -en un arrebato irresistible- todo el odio acumulado durante los tristes últimos meses en las zonas interiores de su conciencia rompiera los debilitados diques de su voluntad e inundase su alma.

-¿Qué anillo es ése? -preguntó, indicando la mano.

La amante, sorprendida, bajó los ojos sobre su pecho.

-Pero Renzo -contestó luego, sonriendo-, ¿en qué estás pensando? ¿No ves que es la alianza?

Hubo de nuevo un breve silencio; Lorenzo trataba en vano de dominar el extraño y cruel sentimiento que se había apoderado de él. Después:

-¿No te da vergüenza? -preguntó de pronto, bajando la voz-. Dime, ¿no te da vergüenza estar así, desnuda, en mi cama? Tú, una mujer casada y madre de dos niños.

Si le hubiera dicho que era de madrugada y que el sol estaba a punto de salir, la mujer no se habría quedado más asombrada. Con todos los signos de una sorpresa dolorida y aprensiva, se sentó en la cama y lo miró.

-¿Qué quieres decir con eso? -interrogó.

Absolutamente incapaz ya de contenerse, Lorenzo sacudió con violencia la cabeza y no contestó.

-¿No te da vergüenza? -repitió después-, ¿no te preguntas qué pensarían tu marido y tus hijos si te vieran aquí, en mi cama, sin nada de ropa encima, o si pudieran verte cuando nos abrazamos y observar cómo la cara se te pone roja y excitada, y cómo meneas el cuerpo, y qué posturas adoptas? ¿O si pudieran oír las cosas que me dices a veces?

Más que la vergüenza de la que Lorenzo hablaba, parecía que la mujer experimentaba una sensación de espanto. Replegando las piernas bajo los muslos, se incorporó aún más en la cama, y al hacer este gesto sus largos y negros cabellos cayeron sobre su pecho y sus hombros; en seguida, suplicante y cohibida, puso una mano en la mejilla del joven.

-Pero ¿qué tienes? -volvió a preguntar-. ¿Por qué me haces esas preguntas? ¿Qué tienen que ver con nosotros?

-Tienen que ver -contestó Lorenzo; y con un rudo movimiento de la cara apartó aquella mano afectuosa. Sin comprender, perpleja, la amante se calló un rato, mientras lo observaba.

-Pero yo te quiero -objetó por último, dejando al descubierto la verdadera naturaleza de su preocupación-. ¿Es que crees que no te quiero?

Su sinceridad era evidente; pero volvía a hacer sentir a Lorenzo su propia incapacidad para hablar, sin mentir, el vago e impreciso lenguaje del amor; y esto ensanchó la distancia que ya los separaba. Durante mucho tiempo, mudo y trastornado, él la miró sin moverse. «Lo malo es que yo no te quiero», le habría gustado contestar. En vez de ello se levantó y comenzó a pasear de arriba a abajo por la amplia habitación llena de sombra. De vez en cuando lanzaba una ojeada a la mujer, allá sobre la cama, y veía cómo cada vez que sus miradas se detenían en ella cambiaba atemorizada de actitud, ora cubriéndose el regazo, ora sacudiéndose los cabellos, ora poniendo una mano sobre los pies aplastados por los pesados muslos, sin dejar de seguir con sus ojos intimidados su silencioso ir y venir. «Me quiere -pensaba mientras tanto-. ¿Cómo puede decir que me quiere si ni siquiera remotamente sabe cómo soy ni quién soy?»

La aridez de su sentimiento le secaba la garganta; se detuvo de improviso ante un bargueño dorado y falso como todos los otros muebles del cuarto, lo abrió, sacó una botella y se sirvió un gran vaso de soda. Entonces, en el momento en que se disponía a beber:

-Renzo -profirió la mujer con su voz bonachona, cálida y un poco vulgar-, Renzo, dime la verdad. Alguien te ha hablado mal de mí y tú te lo has creído. Dime la verdad, ¿no es así?

Ante estas palabras detuvo el vaso que se estaba llevando a los labios y se demoró un momento observándola: con el rostro desconcertado y suplicante, con los cabellos blandamente esparcidos sobre el pecho y los brazos, con el cuerpo blanco y lleno, enteramente plegado y recogido, le pareció que su amante no habría podido dar a entender más claramente su propia ceguera ante lo que ocurría. Sin responderle, bebió y dejó el vaso sobre el bargueño.

-Vístete -le dijo luego brevemente-. Es mejor que te vistas y te vayas.

-Eres malo -dijo la mujer, con aquel tono suyo indolente y juicioso, como si estuviera segura de que esta conducta de Lorenzo se derivaba de un mal humor pasajero-, eres malo e injusto. También yo creo que será mejor que me vaya.

Se echó el pelo hacia atrás, sobre los hombros, con un gesto pleno de indiferencia y de seguridad, bajó de la cama e hizo un ademán para acercarse a la butaca donde había dejado sus ropas. En estas palabras y en esta actitud sólo había la serenidad indolente y un poco bovina con que la mujer lo hacía todo. Pero a Lorenzo, irritado, le pareció descubrir una ironía insolente y despreciativa; y de golpe le acometió un cruel deseo de humillarla y castigarla. Se encaminó rápidamente hacia su ropa, la cogió y empezó a recorrer la habitación lentamente, tirando las prendas al suelo una a una y preocupándose de elegir los sitios más recónditos y difíciles. «Así tendrá que inclinarse al suelo para recogerlas», pensaba; y le parecía que no podía haber nada más humillante para su querida, desnuda como estaba, que esta ridícula y penosa búsqueda.

-Y ahora recógelas -dijo, volviéndose hacia la cama.

Muy asombrada, aunque ya enteramente segura de sí y de los motivos de su resentimiento, la mujer lo miró un momento sin abrir la boca.

-Te has vuelto loco -dijo por fin, tocándose la frente con el dedo en un gesto expresivo.

-No, no estoy loco -contestó Lorenzo; fue hasta la lámpara, cogió la camisa rosa con la que la mujer la había envuelto y la tiró debajo de la cama.

Se miraron. Después la mujer se encogió de hombros con indiferencia, bajó de la cama e inclinándose aquí y allá, sin la menor vergüenza, recorrió el cuarto recogiendo las ropas que Lorenzo había tirado al suelo. Hundido en su butaca, Lorenzo la seguía atentamente con la mirada; la veía, blanca y ligera, recorrer la oscura habitación, ora doblándose con la cabeza hacia abajo y las nalgas al aire, ora agachándose diligentemente con la cara pegada al suelo y el pelo esparcido alrededor, ora inclinándose hacia un lado con los senos colgantes y un pie en el aire; y le parecía que se había castigado a sí mismo en vez de a su amante; porque, mientras ella no parecía experimentar vergüenza ni humillación, y sí solamente fastidio, a él, que la miraba con crueldad, le parecía en cambio que aquellas grotescas actitudes de animal torpe destruían el deseo y también cualquier sentimiento de humana simpatía. Todo estaba perdido -reflexionaba, lleno de sufrimiento-, jamás podría salir de estas condiciones de disgusto y de desilusión; incapaz de amar, semejante a un hombre que se hunde en la arena, el menor esfuerzo que hiciera para despertar su sentimiento muerto lo hundiría un poco más en este pantano de la crueldad y de la fría práctica. Absorto en estos pensamientos, le parecía ver desde muy lejos, envuelta ya en un aire funesto e irreparable de ruptura, a su amante, que comedidamente se iba vistiendo una prenda tras otra del otro lado de la cama.

-Hasta la vista y, por favor, cúrate -le dijo ella finalmente, con un resentimiento bonachón, pero firme, desde el umbral.

Un minuto después la puerta de la casa se cerró de golpe en el vestíbulo, y sólo entonces Lorenzo, saliendo bruscamente de su amarga distracción, advirtió que se había quedado solo.

Permaneció inmóvil durante mucho rato, contemplando la colcha amarilla e iluminada de la cama, en cuyo centro persistía aún el hueco que había excavado al yacer el cuerpo de su amante. Por último, se levantó, fue a la ventana y la abrió. Ya no llovía fuera de la habitación cálida y cerrada, frente a la fresca noche invernal; sintió que su mente, como una jaula repleta de malignas arpías, se vaciaba de pronto, quedando vacía y sucia. Estaba quieto, sus ojos veían el negro y confuso terreno en construcción que había bajo la casa, con sus montones de inmundicias, los hierbajos y unas formas cautas y lentas que debían de ser gatos famélicos; sus oídos percibían los rumores de la cercana avenida, bocinas de automóviles, chirridos de tranvías, pero su pensamiento permanecía inerte y sólo creía existir a través de aquellas laceraciones solitarias y casuales de los sentidos. «Como yo, más aún, mejor que yo -pensaba mientras observaba las sombras móviles y cautelosas de los gatos sobre los blancuzcos montones de basura-, esos gatos oyen los ruidos, ven esas cosas; ¿qué diferencia hay entre yo, que soy hombre, y esos gatos?» Esta pregunta le parecía absurda, pero al mismo tiempo comprendía que en el punto al que había llegado lo absurdo y lo real se confundían estrechamente, hasta no distinguirse uno de otro. «¡Qué desdichado soy! -comenzó luego a murmurar en voz baja, sin apartarse del antepecho-. ¿Cómo me las he arreglado para verme reducido a tanta desdicha?» De pronto se le ocurrió la idea de quitarse una vida ya tan vacía e incomprensible; le pareció que el suicidio era fácil y maduro, como un fruto que le bastaría con tender la mano para coger; pero además de una especie de desprecio ante una acción que siempre había considerado como una debilidad, además de un sentido casi de deber, le pareció que lo retenía una esperanza extraña y, en su presente condición, inesperada: «No vivo -pensó de repente-, estoy soñando. Esta pesadilla no durará lo bastante para convencerme de que no se trata de una pesadilla, sino de la realidad. Y un día me despertaré y reconoceré el mundo, con el sol, las estrellas, los árboles, el cielo, las mujeres y todas las demás cosas hermosas; hay que tener paciencia; el despertar no puede tardar.» Pero el frío nocturno lo iba penetrando lentamente; al fin reaccionó y, cerrando la ventana, volvió a sentarse en la butaca, frente a la cama vacía e iluminada.

* Seudónimo literario de Alberto Pincherle, 1907-1990). Escritor italiano, nació y murió en Roma. Desde su primera novela, Gli indifferenti (Los indiferentes), publicada en 1929, se perfila la trayectoria narrativa del autor en la descripción de los vicios secretos de la sociedad burguesa, más allá del naturalismo o del realismo decimonónico. Un distanciamiento pesimista y amoral que vuelve a aparecer en La bella vita (1935), Le ambizioni sbagliate (Las ambiciones equivocadas, 1935), L’imbroglio (1937) y La mascherata (1941); y esa fría visión de los personajes, recogidos en sus más oscuras debilidades y claudicaciones morales, está servida por un estilo narrativo deliberadamente monótono, gris, preciso. Además de estos títulos escribió: Agostino (1944), La romana (1947), La disubbidenza (1948), Il conformista (1951), Il disprezzo y Raconti romani (1954), La ciociara (1957), La noia (1960); algunas obras teatrales irrelevantes como Beatrice Cenci (1965) e Il mondo è quello che è (El mundo es lo que es, 1966); y varios libros de viajes y recopilaciones de artículos periodísticos. Su novela La vita interiore produjo al ser publicada en 1978 un gran escándalo por la crudeza con que trata el tema del erotismo en un ambiente burgués. En 1990 se publicó La villa del venerdì y en 1993 La mujer leopardo (póstuma).


Tema de la alumna y el profesor

Un relato de Elvio Gandolfo *

Le da clases de clavicordio, el único clavicordio de todo Caballito. El profesor maduro, la alumna joven, con vestido de voladitos, estilo Sara Kay. Al fin le confiesa que está perdidamente enamorada de él. La comprende, le quita importancia al asunto, hablan como personas adultas, pero la alumna cada vez más entusiasmada con la tríada gratificante: padre-profesor-amante. Cuerpo y espíritu, sabiduría y ritmo. Al fin el profesor se embriaga con todo un frasco de jarabe para la tos y rutinariamente se acuestan juntos, como lo han hecho las alumnas y los profesores desde que el mundo es mundo.

Serenos encuentros eróticos en casa de ella o en lugares discretos del vetusto conservatorio, mientras tras los vidrios de los ventanales flota en el viento el polvillo dorado de las pelotillas de los plátanos, que tanto joroban los lagrimales de las personas sensibles.

Un día le dice al profesor (y, lo que es más importante, el profesor lo reconoce) que el clavicordio ya no tiene secretos para ella, que quiere probar con los vientos.

Pasan al oboe.

En la décimocuarta vez que se acuestan juntos, la alumna queda en ese trance que se le asienta sobre los ojos y la boca, y le afloja la frente y las sienes, mira fijamente el vacío y dice, articulando las palabras con precisión, como frutos maduros:

-Es mejor el oboe.

Y nunca más vuelven a hacerlo. El profesor ya en el momento mismo en que le oye la frase, no sabe a qué se refiere, y con el paso de los días la incertidumbre se le transforma en una leve irritación imperecedera, como esas viejas heridas o golpes que apenas si nos aquejan, sin llegar a dolernos, en los días húmedos.

“Es mejor el oboe que el clavicordio”, podría haber significado la alumna. Pero entonces, ¿por qué el corte? “Es mejor el oboe que esto”, tal vez, abarcando los dos cuerpos tendidos sobre el montón de alfombras del desván. O “Es mejor el oboe que su…” y el profesor se detiene, siempre, cada vez que comienza la frase, como sabiendo que es eso, contra toda lógica, lo que la alumna quiso decir.

El profesor se detiene: es relativamente culto, a pesar de las incursiones por el Bajo, y se resiste de plano a nombrar “eso”. Pero aun así, cuanto más quiere olvidarlo, mientras a su alrededor suena la digitación perfecta de la alumna, más lo siente colgar flojo entre las piernas, mucho menos bello que la superficie lustrada y cromada del oboe, mucho más pequeño, mucho menos sonoro y musical, aunque él sea, si bien se mira, todo un profesor de música.

* Elvio E. Gandolfo nació en San Rafael (Mendoza) en 1947. A muy corta edad se trasladó a Rosario, donde dirigió con su padre la revista literaria El Lagrimal Trifurca. Fue colaborador de la revista El Péndulo. Escribió notas culturales en distintos semanarios y diarios de Montevideo y Buenos Aires. Vivió alternativamente en Rosario, Piriápolis, Montevideo y Buenos Aires. Hizo abundantes traducciones, entre otros de Tennessee Williams, Pierre Choderlos de Laclos, William Shakespeare, Henry James y Tim O’Brien. Compiló varias antologías de géneros como el relato policial, la ciencia ficción y el suspenso. Actualmente integra el equipo editor de El País Cultural de Montevideo, y escribe la página de libros de la revista Noticias de Buenos Aires. Dirigió durante un año y medio la Editorial Municipal de Rosario. Escribió varios libros de cuentos -La reina de las nieves (1982), Caminando alrededor (1986), Sin creer en nada (1988), Rete Carótida (1990), Dos mujeres (1992), Ferrocarriles Argentinos (1994), Cuando Lidia vivía se quería morir (1994)-, y una novela, Boomerang (1993), primera mención en el concurso Planeta. Wikipedia

[Publicado en portada en junio 2010]


Nocaut

Por Miguel Russo

El brazo es la prolongación de unas ganas, la exacta y singular forma de una idea. Y es, al mismo tiempo, el cuerpo todo, un poco más allá todos los hombres, más aún toda la humanidad. Ese brazo, esa singular y exacta idea, está más allá de la negritud y la blanquitud (con el debido respeto del María Moliner), más allá de razas y de credos, parece, casi, si se lo mira detenidamente, un preámbulo constitucional. Dice, parece decir, ese brazo y todo eso que le sigue al brazo, “dale, levantate, dejame que te tire de nuevo”.

Un minuto antes. Es el 25 de mayo de 1965, en Lewinston, Maine (cerca del Atlántico, cerca de Massachusettss, cerca de Canadá, lejos de todo). Es la noche porque, se sabe, “el boxeo no es un deporte y bla, bla, bla”, y “el deporte es sol, el deporte es día luminoso y bla, bla, bla”. Entonces, es la noche del 25 de mayo de 1965 en Lewiston y ahí están dos hombres semidesnudos que van a arriesgar su vida frente a una multitud que oficia de público escondiendo su profesión de voyeur.

Uno de los semidesnudos arriba del ring es feo y bestial. No gana peleas, destroza a sus adversarios: se propone hacerles daño y lo hace, quiere dejar a sus oponentes destruidos para siempre y a veces, con sus jabs anunciados pero violentísimos (una manera de decir “te aviso que te mato”), lo consigue. Tiene una ajustadísima relación con la mafia y es negro fiel al poder que lo encadena como negro malo pero buen salvaje. Perdió hace 17 meses el título de campeón del mundo de los pesos pesados, y lo quiere recuperar sea como sea. Es, dicen, el boxeador al que más se le teme después de Joe Louis (otro gran peso pesado de la época de la sumisión negra). Se llama Sonny Liston.

El otro es alto, irónico y lindo. Apenas pasó los veinte años y pocos (hombres) le perdonan que haya tirado por tierra los parámetros de belleza masculina que lideran desde Hollywood para el mundo entero tipos como Paul Newman, Burt Lancaster, Sean Connery y Omar Sharif. A los doce años le robaron su bicicleta y, para recuperarla, comenzó su carrera de boxeador. Hace 17 meses, exactamente desde el 25 de febrero de 1964, que es campeón del mundo de peso pesado y todavía hace que no se da cuenta. O, tal vez, nunca se dio cuenta. O, mejor aún, es así porque se dio cuenta. Grita “soy el más grande” y no se equivoca. Dice, siempre gritando, “soy el más lindo”, y tampoco le pifia. Dice mucho más que todo eso. Él lo sabe, y el poder (blanco, negro, sobre el deporte o sobre la política) también lo sabe. Hace, claro, todo lo posible para que el poder lo tenga entre ceja y ceja. Hace poco menos de 17 meses, exactamente desde el 6 de marzo de 1964, que dejó atrás su nombre de esclavo, Cassius Marcellus Clay, y su religión prestada. Mira a los ojos de todo el mundo sin bajar la vista echando por tierra los siglos y siglos de dominación. Con sus grandes zancadas de negro enorme, se aleja paso a paso de lo que los blancos quieren de tipos como él. Y hace ruido con cada paso, otra cosa que molesta, y mucho, a los blancos. Pisa fuerte y recuerda que hace apenas cuatro días, el largo brazo del poder blanco (que en el camino se tornó negro para seguir siendo blanco y poderoso) mató a su amigo Malcolm X. Pisa y hace ruido. Es el mejor boxeador desde Sugar Ray Robinson, aquel genio loco que repetía y no mentía que nunca le había gustado la violencia. Incluso algunos entendidos dicen que lo supera. Es musulmán, ahora, y ahora se llama Muhammad Alí.

Un minuto durante. Ya no tiene el frasco de miel con el que apareció en todos los televisores en las semanas previas llamando al “oso feo” de Liston. Sabe, ahora, mientras da vueltas alrededor de ese osos feo y desorientado, que el box no significa de ninguna manera una metáfora de la vida, como repiten hasta el cansancio los que hacen boxeo debajo del ring. Sabe porque lo sabe, como sólo se saben las cosas trascendentales, que el verdadero oponente en ese rectángulo elevado y encerrado por cuerdas, calentado por cientos de lámparas y el furor de miles de energúmenos, es él. Y sabe, entonces, lo dicho, que el boxeo no es metáfora de vida. Que la vida es, en muchos momentos, como el box. Pero que, como dirá Joyce Carol Oates poco más de veinte años después resumiéndolo todo, “el boxeo sólo se parece al boxeo”. Sonríe, mientras sigue bailando alrededor del oso y del poder, anticipándose a lo que dirá el irlandés rebelde Barry McGuigan, “soy boxeador porque no pude ser poeta, nunca supe contar historias”. Baila y baila alrededor del oso, Alí.

El oso, Liston, pesado y enojado, sin poder comprender que su rival es él y no esa pesadilla que se mueve por todo el cuadrilátero, conoce el viejo apotegma del box. Se lo enseñaron de chiquito como una forma de ser piola a partir de saberlo: No te pueden dejar nocaut si ves venir el golpe de nocaut. Ni siquiera imagina que es falso, pero no le importa. Está muy preocupado por esa sombra que aparece y desaparece. Sabe que ya no puede recurrir otra vez a esa pomada que usó hace 17 meses atrás y dejó ciego por un instante al por entonces Cassius Clay. Sabe que el por entonces Cassius Clay se repuso en medio de los gritos y la catarata de agua en los ojos de su rincón entre el quinto y el sexto round y que después, en ese inmortal sexto round, le pegó como nadie lo había hecho. Sabe que decidió no salir al séptimo y ahí perdió el título con el por entonces Cassius Clay. Sabe que quiere recuperarlo, pero se pregunta por qué el por entonces Cassius Clay devino en este Muhammad Alí. Por qué son tan parecidos, se pregunta, y tan distintos. Va apenas un minuto de pelea, sabe Liston, e intenta entrar con su izquierda en el cuerpo de aquel que era Cassius Clay. Se pregunta, Liston, cómo hizo aquel que era Clay para evitarlo, recostarse un segundo en las cuerdas, girar hacia delante. Y entre las preguntas no ve venir esa mano descendente que le da de lleno en la sien. O la ve venir, quizás, pero no entiende por qué es Muhammad Alí el que está detrás de esa mano.

Desde el ring side, desde las cámaras de fotos, desde todos los televisores, desde las filmadoras más sofisticadas, sólo se ve una ráfaga, una mancha borrosa.
Nadie puede ver el cuello de Liston doblándose como se supone que no puede doblarse ni el pie izquierdo despegándose de la lona, del piso, de la tierra, del equilibrio. Chicky Ferraro, desde la esquina de Liston, sí lo ve: “El golpe liquidó a Sonny. Caído de espaldas, con los brazos hacia atrás, pestañeó tres veces, como tratando de volver”.

Volver. Liston está nocaut por ese golpe que no vio venir, o sí, pero lo noqueó igual. Dicen los entendidos que el nocaut es la pérdida del sentido. Pero hay quienes piensan que el nocaut es haber quedado fuera del tiempo, ese otro enorme rival de todos los boxeadores: los tres minutos eternos, la cuenta de diez como un paréntesis para saber si el noqueado quiere volver, la celeridad del minuto de descanso, los años que se van que se vienen encima, el fin. Liston, el poder blanco, el buen salvaje, todo está fuera del tiempo. Dentro del tiempo está Muhammad Alí, ese hombre, ese brazo que es la prolongación de las ganas, la exacta y singular forma de una idea que dice “sí”.

Sur, 22/05/10

[Publicado en portada en junio 2010]


La tragedia de un hombre honrado

Un texto de Roberto Arlt de Aguafuertes porteñas

Todos los días asisto a la tragedia de un hombre honrado. Este hombre honrado tiene un café que bien puede estar evaluado en treinta mil pesos o algo más. Bueno: este hombre honrado tiene una esposa honrada.

A esta esposa honrada la ha colocado a cuidar la victrola. Dicho procedimiento le ahorra los ochenta pesos mensuales que tendría que pagarle a una victrolista.

Mediante este sistema, mi hombre honrado economiza, al fin del año, la respetable suma de novecientos sesenta pesos sin contar los intereses capitalizados. Al cabo de diez años tendrá ahorrados…

Pero mi hombre honrado es celoso. ¡Vaya si he comprendido que es celoso! Levantando la guardia tras la caja, vigila, no sólo la consumición que hacen sus parroquianos, sino también las miradas de éstos para su mujer. Y sufre. Sufre honradamente. A veces se pone pálido, a veces le fulguran los ojos. ¿Por qué? Porque alguno se embota más de lo debido con las regordetas pantorrillas de su cónyuge. En estas circunstancias, el hombre honrado mira para arriba, para cerciorarse si su mujer corresponde a las inflamadas ojeadas del cliente, o si se entretiene en leer una revista. Sufre. Yo veo que sufre, que sufre honradamente; que sufre olvidando en ese instante que su mujer le aporta una economía diaria de dos pesos sesenta y cinco centavos; que su legitima esposa aporta a la caja de ahorros novecientos sesenta pesos anuales. Sí, sufre. Su honrado corazón de hombre prudente en lo que atañe al dinero, se conturba y olvida de los intereses cuando algún carnicero, o cuidador de ómnibus, estudia la anatomía topográfica de su también honrada cónyuge. Pero más sufre aún cuando, el que se deleita contemplando los encantos de su esposa, es algún mozalbete robusto, con bigotitos insolentes y espaldas lo suficientemente poderosas como para poder soportar cualquier trabajo extraordinario. Entonces mi hombre honrado mira desesperadamente para arriba. Los celos que los divinos griegos inmortalizaron, le desencuadernan la economía, le tiran abajo la quietud, le socavan la alegría de ahorrarse dos pesos sesenta y cinco centavos por día; y desesperado hace rechinar los dientes y mira a su cliente como si quisiera darle tremendos mordiscones en los riñones.

Yo comprendo, sin haber hablado una sola palabra con este hombre, el problema que está encarando su alma honrada. Lo comprendo, lo interpreto, lo “manyo”. Este hombre se encuentra ante un dilema hamletiano, ante el problema de la burra Balaam, ante… ¡ante el horrible problema de ahorrarse ochenta mangos mensuales! Son ochenta pesos. ¿Saben ustedes los bultos, las canastas, las jornadas de dieciocho horas que éste trabajó para ganar ochenta pesos mensuales? No; nadie se lo imagina.

De allí que lo comprendo. Al mismo tiempo quiere a su mujer. ¡Cómo no la va a querer! Pero no puede menos de hacerla trabajar, como el famoso tacaño de Anatole France no pudo menos de cortarle unas rebarbas a las monedas de oro qué le ofrecía a la Virgen: seguía fiel a su costumbre.

Y ochenta pesos son ocho billetes de a diez pesos, dieciséis de a cinco y… dieciséis billetes de a cinco pesos, son plata… son plata…

Y la prueba de que nuestro hombre es honrado, es que sufre en cuanto empiezan a mirarle a la cónyuge. Sufre visiblemente. ¿Qué hacer? ¿Renunciar a los ochenta pesos, o resignarse a una posible desilusión conyugal?

Si este hombre no fuera honrado, no le importaría que le cortejaran a su propia esposa. Más aún, se dedicaría como el célebre señor Bergeret, a soportar estoicamente su desgracia.

No; mi cafetero no tiene pasta de marido extremadamente complaciente. En él todavía late el Cid, don Juan, Calderón de la Barca y toda la honra de la raza, mezclada a la terribilísima avaricia de la gente del terruño.
Son ochenta pesos mensuales. ¡Ochenta! Nadie renuncia a ochenta pesos mensuales porque sí. El ama a su mujer; pero su amor no es incompatible con los ochenta pesos.

También ama su frente limpia de todo adorno, y también ama su comercio, la economía bien organizada, la boleta de depósito en el banco, la libreta de cheques.

¡Cómo ama el dinero este hombre honradísimo, malditamente honrado!

A veces voy a su café y me quedo una hora, dos, tres. El cree que cuando le miro a la mujer estoy pensando en ella, y está equivocado. En quien pienso es en Lenin… en Stalin… en Trotsky… Pienso con una alegría profunda y endemoniada en la cara que este hombre pondría si mañana un régimen revolucionario le dijera:

-Todo su dinero es papel mojado.

Aguafuertes porteñas

[Publicado en portada en junio 2010]


La revolución es un sueño eterno (fragmento)

Un texto de Andrés Rivera *

Castelli, sentado en un banco de escolar, mira, en el pupitre del banco de escolar, una pila de hojas en blanco, la cara absorta, los codos apoyados en el pupitre de escolar, y la cara absorta encajada entre las manos abiertas en v, y, debajo de la cara absorta, el cuerpo que enflaquece y la carne del cuerpo, escasa, que se repliega sobre los duros huesos del cuerpo y de las piernas, aún ágiles, aún vibrantes y nerviosas, enfundadas en las botas que se calzó una atolondrada, remota noche de mayo para deshacer un mazo de barajas españolas, no muy lejos de la sala en la que Viamonte, Luzuriaga, Montes de Oca, Basavilbaso, Valera, responden, circunspectos y rasurados, al interrogatorio de jueces e investigadores.

Si nuestra religión santa fue atacada en sus principales misterios por el libertinaje de ciertos individuos del ejército.

Deshizo, Castelli, con la displicente y ominosa arrogancia de un orillero, el mazo de barajas españolas que el virrey Cisneros abría, como un abanico, sobre la mesa de juego. Y Castelli, el pelo, la cara, la capa azul, que no huele a bosta y sangre, y las botas mojadas por la lluvia de esa noche de mayo, miró, sobre la mesa de juego, las dispersas barajas españolas. Rey. In fante. Oros. Bastos. Espadas. Ahí estaban, las barajas españolas, dispersas sobre la mesa de juego, y ahí se levantaba el virrey Cisneros, en esa noche de mayo, el fuego del hogar a sus espaldas, y sus ojos, en la larga cara rígida, miraron a Castelli. Miraron a Castelli, y a la noche de mayo que llovía; y a esa aldea atolondrada y réproba y pretenciosa en la que languidecía su cuerpo alto y rígido de soldado, y a los blandos y ubicuos cortesanos que manipularon, en Madrid, su exilio no en el esplendor del trópico, no en la adustez imperial de Lima, no en el México cantado por cojos, ciegos y mancos, para fascinación de los parroquianos de las tabernas de Castilla, sino en esa aldea, la más pretenciosa e inmunda aldea de las colonias.

Y después, Cisneros, alto y rígido, que envejecía en la más atolondrada, réproba, pretenciosa e inmunda aldea de las colonias, y en la que olvidaba las guerras en las que su cuerpo, alto y rígido, se derrochó al grito de Cierra Santiago, oyó la voz de un individuo, magro de carnes, envuelto en una capa azul, y el pelo, y la cara absorta como la de un poseído, salpicados por la ‘lluvia. Y él, Cisneros, el soldado que envejecía en la más atolondrada, pretenciosa e inmunda aldea de las colonias, y que olvidaba, en el sopor letal del exilio, las guerras y las mujeres en las que derrochó su cuerpo, supo que esa voz, la voz susurrante y glacial del tipo con la cara absorta como la de un poseído Si la fidelidad a nuestro soberano, el rey Don Fernando VII, fue atacada procurando introducir el sistema de libertad, igualdad, fraternidad, era, allí, en esa noche de mayo, en esa pieza entibiada por los fuegos del hogar, el eco insano de los tambores, los códigos, las proclamas, los cañones con los que un casual aventurero corso despertaba, en Europa, a la plebe y a sus oscuros y bestiales instintos, y encendía la imaginación depredatoria de jovencitos melenudos, crispados recitadores de versos y proverbios.

Y Cisneros oyó, en esa noche de mayo, en esa pieza entibiada por los fuegos del hogar, a ese individuo, cuyo nombre no alcanzó a retener, quizá porque esa noche de mayo fue muy larga, y él abusó del coñac, decirle, la voz como si estuviera adormecida, como si llegase a él despojada de las impregnaciones del despecho, el odio, la revancha, que todo terminó, que entregase el poder o lo que fuese que simbolizara en su cuerpo alto y rígido, y que la Francia napoleónica, dueña de España, deja a España sin rey, y a América del Sur dueña de si misma, y que él era, apenas, un viejo cuerpo exiliado en una aldea réproba e inmunda que afilaba, desde esa noche de mayo, los cuchillos del degüello. Quizá dijo eso la voz como adormecida, como si en la cara del poseído, salpicada por la lluvia –escribe Castelli en un cuaderno de tapas rojas–, no se moviesen los labios, como si las palabras atravesaran los labios del poseído sin las agitaciones y los desfallecimientos del discurso, como si alguien soñara, en el silencio del sueño, la murmuración queda y glacial. Quizá eso quiso escuchar el cuerpo alto y rígido de Cisneros, los ojos en un desbaratado mazo de barajas españolas. O quizá fuera eso lo que vio.

(Hable, Castelli, por nosotros, le dijeron; en esa noche de mayo, sus camaradas, y otros, ahora lo sabe, que iban a morir, y que él, Castelli, nunca conoceria. )

Deshizo, usted, mi solitario, y Cisneros que olvidaba, en el sopor letal del exilio, las guerras y las mujeres en las que derrochó el cuerpo, sonrió. Hubo una mueca en la larga cara rígida e impasible de Cisneros, y un destello como de regocijo en los ojos que miraron las dispersas barajas españolas en la mesa de juego. Y Cisneros, que olvidaba y sonreía, habló: Usted, señor, y yo, coincidimos, por decirlo así, en esa paradoja que es Napoleón. Es curioso y perturbador que, usted y yo, coincidamos.

Todo terminó, repitió Castelli, como si el cuerpo del cual emanaba la voz murmurante y glacial se negara a creer en la armonía, la literalidad, la lógica de las palabras que emitía, la impredecible realidad que cargaban, las depravaciones a las que estaban expuestas, las expurgaciones a las que serían condenadas.

Todo empieza, dijo Cisneros. Y mientras sus manos grandes y flacas recogían las barajas españolas dispersas en la mesa de juego, se preguntó, distraído, en qué guerras y con cuáles mujeres derrochó su cuerpo. ¿Contra los sarracenos? ¿Contra los mercenarios suizos? ¿Contra los piratas ingleses? ¿En los prostíbulos de Andalucía, donde las putas ocultan sus hemorroides clavándose una rosa blanca en el culo? ¿En una salvaje condesa romana o en una beata monja portuguesa? ¿En una salvaje monja portuguesa? ¿O en una beata condesa romana?

Castelli, sentado en un banco de escolar, los codos apoyados en el pupitre del banco de escolar en el que está sentado, la cara apoyada en las manos abiertas en v, mira las hojas en blanco apiladas en la tabla del pupitre, mira a sus jueces, y al Cristo de plata, colgado sobre la cabeza de sus jueces, en una pared alta y blanca, y mira a los testigos que dicen llamarse Viamonte, Luzuriaga, Montes de Oca, Basavilbaso, Valera, y a sus uniformes con vivos de color carmesí y botones dorados, y a los labios que se mueven en las caras rasuradas de los testigos, y mira, en la luz plomiza que atraviesa los ventanales de la sala, las respuestas circunspectas de los testigos. Y, entonces, sabe.

Si el doctor Castelli supo de esto o lo pudo saber.

Castelli sabe, ahora, sentado en un banco de escolar, ahora que vuelve a mirar las hojas en blanco apiladas entre sus codos apoyados en el pupitre de un banco de escolar, que esa remota noche de mayo y de lluvia habló, con una voz glacial y como adormecida, por sus camaradas, que esperaban armados de cuchillos, pistolas y bayonetas, a que él saliera de la habitación en la que un soldado rígido y envejecido, que simbolizaba tres siglos de poder, o lo que fuese, en la más apestosa y presumida aldea de América del Sur, desplegaba, en abanico, un mazo de barajas españolas, y les dijera que eran hombres y no cosas, y que sus sueños, la inasible belleza de sus sueños, sería el pan que comerían en los días por llegar.

Pero él, Castelli, les dijo, en esa remota noche de mayo y de lluvia, la voz glacial y adormecida, e impregnada de odio, de revancha y de presagios:

Suban, y tírenlo por la ventana.

Sus camaradas, que nunca volverían a ser tan jóvenes como en esa remota noche de mayo y de lluvia, y que nunca llevarían tan lejos una apuesta de vida o muerte como en esa remota noche de mayo y de lluvia, dijeron, después que la voz de él, Castelli, era, apenas, un susurro, si es que les susurró algo esa noche de mayo y de lluvia, y si les susurró algo, fue:

Vámosnos a casa: nos hace falta un trago de caña.

Castelli, que mira la pila de hojas en blanco que yace en el pupitre de su asiento de escolar, sabe, ahora, que habló por los que no lo escucharon, y por los otros, que no conoció, y que murieron por haberlo escuchado.

Castelli sabe, ahora, que el poder no se deshace con un desplante de orillero. Y que los sueños que omiten la sangre son de inasible belleza.

* Andrés Rivera, seudónimo de Marcos Ribak, escritor argentino nacido en Buenos Aires en 1928. Hijo de inmigrantes, fue, sucesivamente, obrero textil, periodista y escritor. Desde 1953 hasta 1957 trabajó en la redacción de la revista Plática. Desde 1995, vive en el barrio de Bella Vista –levantado por obreros y desocupados en la ciudad de Córdoba (Argentina)–, cerca de la Biblioteca Popular gestionada por su mujer, Susana Fiorito, donde el escritor coordina un ciclo de cine.

[Publicado en portada en mayo 2010]

    

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Sin paraguas ni escarapelas

Un texto de Osvaldo Soriano*

El 24 de mayo por la noche, el coronel Saavedra y el doctor Castelli atraviesan la Plaza de la Victoria bajo la lluvia, cubiertos con capotes militares. Van a jugarse el destino de medio continente después de tres siglos de dominación española. Uno quiere la independencia, el otro la revolución, pero ninguna de las dos palabras será pronunciada esa noche. Luego de seis días de negociación van a exigir la renuncia del español Cisneros. Hasta entonces Cornelio Saavedra, jefe del regimiento de Patricios, ha sido cauto: “Dejen que las brevas maduren y luego las comeremos”, aconsejaba a los más exaltados jacobinos.

Desde el 18, Belgrano y Castelli, que son primos y a veces aman a las mismas mujeres, exigen la salida del virrey, pero no hay caso: Cisneros se inclina, cuanto más, a presidir una junta en la que haya representantes del rey Fernando Vll &endash;preso de Napoleón&endash;, y algunos americanos que acepten perpetuar el orden colonial. Los orilleros andan armados y Domingo French, teniente coronel del estrepitoso regimiento de la Estrella, está por sublevarse. Saavedra, luego de mil cabildeos, se pliega: “Señores, ahora digo que no sólo es tiempo, sino que no se debe perder ni una hora”, les dice a los jacobinos reunidos en casa de Rodríguez Peña. De allí en más los acontecimientos se precipitan y el destino se juega bajo una llovizna en la que no hubo paraguas ni amables ciudadanos que repartieran escarapelas.

El orden de los hechos es confuso y contradictorio según a qué memorialista se consulte. Todos, por supuesto &endash;salvo el pudoroso Belgrano&endash;, intentan jugar el mejor papel. Lo cierto es que el 24 todo Buenos Aires asedia el Cabildo donde están los regidores y el obispo. “Un inmenso pueblo”, recuerda Saavedra en sus memorias, y deben haber sido más de cuatro mil almas si se tiene en cuenta que más tarde, para el golpe del 5 y 6 de abril de 1811, el mismo Saavedra calcula que sus amigos han reunido esa cifra en la Plaza y sólo la califica de “crecido pueblo”.

La gente anda con el cuchillo al cinto, cargando trabucos, mientras Domingo French y Antonio Beruti aumentan la presión con campanas y trompetas que llaman a los vecinos de las orillas. Esa noche nadie duerme y cuando los dos hombres llegan al Cabildo, empapados, los regidores y el obispo los reciben con aires de desdén. Enseguida hay un altercado entre Castelli y el cura. “A mí no me han llamado a este lugar para sostener disputas sino para que oiga y manifieste libremente mi opinión y lo he hecho en los términos que se ha oído”, dice monseñor, que se opone a la formación de una junta americana mientras quede un solo español en Buenos Aires. A Castelli se le sube la sangre a la cabeza y se insolenta: “Tómelo como quiera”, se dice que le contesta. Cuatro días antes ha ido con el coronel Martín Rodríguez a entrevistarse con Cisneros que era sordo como una tapia. ” ¡ No sea atrevido ! ” le dice Cisneros al verlo gritar, y Castelli responde orondo: “¡Y usted no se caliente que la cosa ya no tiene remedio!”

Al ver que Castelli llega con las armas de Saavedra, los burócratas del Cabildo comprenden que deben destituir a Cisneros, pero dudan de su propio poder. Juan José Paso y el licenciado Manuel Belgrano esperan afuera, recorriendo pasillos, escuchando las campanadas y los gritos de la gente. Saavedra sale y les pide paciencia. El coronel es alto, flaco, parco y medido. El rubio Belgrano, como su primo, es amable pero se exalta con facilidad. Paso es hombre de callar pero luego tendrá un gesto de valentía. Entrada la noche, cuando French y Beruti han agitado toda la aldea y repartido algunos sablazos a los disconformes, Belgrano y Saavedra abren las puertas de la sala capitular para que entren los gritos de la multitud. No hay más nada que decir: Cisneros se va o lo cuelgan. ¿Pero quién se lo dice? De nuevo Castelli y el coronel cruzan la Plaza y van a la fortaleza a persuadir al virrey. Hay un último intento del español por formar una junta que lo incluya, pero Castelli, que tiene 43 años y está enfermo de cáncer, se opone. Los “duros” juegan a todo o nada. Cisneros trata de ganarse al vanidoso Saavedra, pero el coronel ya acaricia la gloria de una fecha inolvidable. Quizá piensa en George Washington mientras Castelli se imagina en la comuna francesa. Su Robespierre es un joven llamado Mariano Moreno, que espera el desenlace en lo de Nicolás Peña.

Entre tanto French, que teme una provocación, impide el paso a la gente sospechosa de simpatías realistas. Sus oficiales controlan los accesos a la Plaza y a veces quieren mandar más que los de Saavedra. Por el momento la discordia es sólo antipatía y los caballos se topan exaltados o provocadores. Al amanecer, Beruti, por orden de French, derriba la puerta de una tienda de la recova y se lleva el paño para hacer cintas que distingan a los leales de los otros. Alguien toma nota y nace la leyenda de la escarapela en el pecho.

Al amanecer, para guardar las formas, el Cabildo considera la renuncia de Cisneros, pero la nueva Junta de gobierno ya está formada. Escribe el catalán Domingo Matheu: “Saavedra y Azcuénaga son la reserva reflexiva de las ideas y las instituciones que se habían formado para marchar con pulso en las transformaciones de la autognosia (sic) popular; Belgrano, Castelli y Paso eran monarquistas, pero querían otro gobierno que el español; Larrea no dejaba de ser comerciante y difería en que no se desprendía en todo evento de su origen (español); demócratas: Alberti, Matheu y Moreno. Los de labor incesante y práctica eran Castelli y Matheu, aquél impulsando y marchando a todas partes y el último preparando y acopiando a toda costa vituallas y elementos bélicos para las empresas por tierra y agua. Alberti era el consejo sereno y abnegado y Moreno el verbo irritante de la escuela, sin contemplación a cosas viejas ni consideración a máscaras de hierro; de aquí arranca la antipatía originaria en la marcha de la Junta entre Saavedra y él.” Matheu exagera su importancia. Todos esos hombres han sido carlotistas y, salvo Saavedra, son amigos o defensores de los ingleses que en el momento aparecen a sus ojos como aliados contra España.

El delirio y la compasión

La mañana del 25, cuando muchos se han ido a dormir y otros llegan a ver “de qué se trata”, el abogado Juan José Castelli sale al balcón del Cabildo y, con el énfasis de un Saint Just, anuncia la hora de la libertad. La historiografía oficial no le hará un buen lugar en el rincón de los recuerdos. El discurso de Castelli es el de alguien que arroja los dados de la Historia.

Aquellas jornadas debían ser un simple golpe de mano, pero la fuerza de esos hombres provoca una voltereta que sacudirá a todo el continente. Dice Saavedra: “Nosotros solos, sin precedente combinación con los pueblos del interior mandados por jefes españoles que tenían influjo decidido en ellos, (…) nosotros solos, digo, tuvimos la gloria de emprender tan abultada obra (…) En el mismo Buenos Aires no faltaron (quienes) miraron con tedio nuestra empresa: unos la creían inverificable por el poder de los españoles; otros la graduaban de locura y delirio, de cabezas desorganizadas; otros en fin, y eran los más piadosos, nos miraban con compasión no dudando que en breves días seríamos víctimas del poder y furor español”.

La audacia desata un mecanismo inmanejable. Saavedra es un patriota, no un revolucionario, pero no puede oponerse a la dinámica que se desata en esos días El secretario Moreno, un asceta de la revolución, dirige sus actos y sus órdenes a forzar esa dinámica para destrozar el antiguo sistema. Habla latín, inglés y francés con facilidad; ha leido &endash;y hace publicar&endash; a Rousseau, conoce bien la Revolución Francesa y es posible que desde el comienzo se haya mimetizado con el fantasma de un Robespierre que no acabará en la tragedia de Termidor. El ateo Castelli está a su izquierda, como French y el joven Monteagudo que maneja el club de los “chisperos”. Todos ellos celebran en los templos del Norte el culto de La mort est un sommeil éternel, que Fouché y la ultraizquierda francesa usaron como bandera desde 1792. Belgrano, que es muy creyente, no vacila en proponer un borrador con apuntes sobre economía para el Plan terrorista que en agosto redactará Moreno.

En la primera junta gana la gauche (la acepción de “izquierda” se pronuncia, todavía, en francés): Moreno, Castelli y Belgrano son un bloque sólido con una política propia a la que por conveniencia se pliegan Matheu, Paso y el cura Alberti; Azcuénaga y Larrea sólo cuentan las ventajas que puedan sacar y simpatizan con el presidente Saavedra que a su vez los desprecia por oportunistas. Las discordias empiezan muy pronto, con las primeras resoluciones. Castelli parte a Córdoba y el Alto Perú como comisario politico de Moreno, que no confiaba en los militares formados en la Reconquista. Es él quien cumple las “instrucciones” y ejecuta a Liniers primero y al temible mariscal Vicente Nieto más tarde. Belgrano, el otro brazo armado de los jacobinos, va a tomar el Paraguay; no hay en él la cólera terrible de su primo, sino una piedad cristiana y otoñal que lo engrandece: en el Norte captura a un ejército entero y lo deja partir bajo juramento de no volver a tomar las armas. Manda a sus gauchos desharrapados con un rigor insostenible y no mata por escarmiento sino por extrema necesidad. Sufre sífilis, cirrosis y tiene várices, pero conserva la fe cristiana y el sentido del humor. Las victorias de Castelli en Suipacha y la suya en Tucumán afirman la posición de Moreno en la Junta, pero las catástrofes de fines de año aceleran su caída.

Frente a frente, uno de levita y otro de uniforme, Moreno de Chuquisaca y Saavedra de Potosí, se odian pero no se desprecian “Impío, malvado, maquiavélico”, llama el coronel al secretario de la Junta; y cuando se refiere a uno de sus amigos, dice: “El alma de Monteagudo, tan negra como la madre que lo parió”. El primer incidente ocurre cuando los jacobinos descubren que diez jefes municipales están complotados contra el nuevo poder. En una sesión de urgencia Moreno propone “arcabucearlos” sin más trámite, pero Saavedra le responde que no cuente para ello con sus armas. “Usaremos entonces las de French”, replica un Moreno siempre enfermo, con el rostro picado de viruela, que acaba de cumplir 30 años. Al presidente lo escandaliza que ese mestizo use siempre la amenaza del coronel French, a quien hace espiar por sus “canarios”, una especie de soplones manejados por el coronel Martín Rodríguez. Los conjurados salvan la vida con una multa de dos mil pesos fuertes, propuesta por el presidente. “¿Consiste la felicidad en adoptar la más grosera e impolítica democracia? ¿Consiste en que los hombres impunemente hagan lo que su capricho e interés les sugieren? ¿Consiste en atropellar a todo europeo, apoderarse de sus bienes, matarlo, acabarlo y exterminarlo? ¿Consiste en llevar adelante el sistema de terror que principió a asomar? ¿Consiste en la libertad de religión y en decir con toda franqueza me cago en Dios y hago lo que quiero?”, se pregunta Saavedra en carta a Viamonte que lo amenaza desde el Alto Perú.

Desde fines de agosto, Moreno ha hecho aprobar por unanimidad el Plan secreto de operaciones que recomienda el terror como método para destruir al enemigo emboscado. Ese texto feroz, por momentos descabellado, no se conoció hasta que a fines del siglo XIX. Eduardo Madero &endash;el constructor del puerto&endash; lo encontró en los archivos de Sevilla y se lo envió a Mitre. Para entonces, los premios y castigos de la historia oficial ya estaban otorgados y Moreno pasaba por un periodista y educador romántico influido por las mejores ideas de la Revolución Francesa. Pero es la aplicación de ese método sangriento lo que garantiza el triunfo de la Revolución. Hasta la llegada de San Martín la formación de los ejércitos se hizo a punta de bayoneta, la conspiración de Alzaga, como la contrarrevolución de Liniers, terminaron en suplicio y los españoles descubrieron, entonces, que los patriotas estaban dispuestos a todo: “Nuestros asuntos van bien porque hay firmeza y si por desgracia hubiéramos aflojado estaríamos bajo tierra. Todo el Cabildo nos hacía más guerra que los tiranos mandones del virreinato”, escribe Castelli antes de ser llevado a juicio.

El coronel manda parar

A principios de diciembre dos circunstancias banales sirven de pretexto a la ruptura entre Moreno y Saavedra que será nefasta para la Revolución. En la plaza de toros de Retiro el presidente hace colocar sillas adornadas con cojinillos para él y su esposa. Cuando las ve, Matheu hace un escándalo y argumenta que ningún vocal merece distinción especial. Pocos días más tarde, el 6, el regimiento de Patricios da una fiesta a la que asisten Saavedra y su mujer. En un momento un oficial levanta una corona de azúcar y la obsequia a la esposa que la entrega al Presidente, Moreno se entera y esa misma noche escribe un decreto de supresión de honores. Saavedra se humilla y lo firma, pero el rencor lo carcome para siempre. Poco después, el 18 de diciembre, mientras los Patricios se agitan y reclaman revancha por la afrenta civil, el coronel llama a los nueve diputados de las provincias para ampliar la Junta. Moreno &endash;que intuye su fin&endash; no puede oponerse a esa propuesta “democratizadora”. El único que tiene el valor de votar en contra es el tímido tesorero Juan José Paso.

Moreno renuncia y el 24 de enero de 1811 se embarca para Londres. “Me voy, pero la cola que dejo será larga”, les dice a sus amigos que claman venganza. También pronuncia un mal augurio: “No sé qué cosa funesta se me anuncia en mi viaje”. En alta mar se enferma y nada podrá convencer a Castelli y Monteagudo de que no lo asesinaron. “Su último accidente fue precipitado por la administración de un emético que el capitán de la embarcación le suministró imprudentemente y sin nuestro conocimiento”, cuenta su hermano Manuel, que agrega en la relación de los hechos el célebre “¡Viva mi patria aunque yo perezca!”

Saavedra ha liquidado a su adversario, pero la Revolución está en peligro. El español Francisco Javier Elío amenaza desde la Banda Oriental y no todos los miembros de la Junta son confiables. El 5 y 6 de abril el coronel Martín Rodríguez,con los alcaldes de los barrios, junta a los gauchos en Plaza Miserere y los lleva hasta el Cabildo para manifestar contra los morenistas. Saavedra, que jura no haber impulsado el golpe, aprovecha para sacarse de encima al mismo tiempo a jacobinos y comerciantes corruptos. Renuncian Larrea, Azcuénaga, Rodríguez Peña y Vieytes. Los peligrosos French, Beruti y Posadas son confinados en Patagones. Belgrano y Castelli pasan a juicio por desobediencia y van presos.

Pero Saavedra sólo dura cuatro meses al frente del gobierno. Ha acercado a Rivadavia al poder, pero el brillante abogado y los porteños se ensañan con éI y lo persiguen durante cuatro años por campos y aldeas; se ensañan también con Castelli, que muere deslenguado durante el juicio; con el propio San Martín que combate en Chile; con Belgrano que muere en la pobreza y el olvido gritando el plausible “¡ Ay patria mía! ” Pese a todo, la idea de independencia queda en pie levantada por San Martín, que se ha llevado como asistente a Monteagudo, “el del alma más negra que la madre que lo parió”. Los ramalazos de la discordia duran intactos medio siglo y se prolongan hasta hoy en los entresijos de una historia no resuelta.

Página/3, revista aniversario de Página12, junio de 1990


*Osvaldo Soriano nació en Mar del Plata en enero de 1943. En 1973 publicó su primera novela Triste, solitario y final, traducida a doce idiomas. En 1976, después del golpe de Estado, se trasladó a Bélgica y luego vivió en París hasta 1984, año en que regresó a Buenos Aires. En 1983 se conoció en No habrá mas penas ni olvido, llevada al cine por Héctor Olivera, que ganó el Oso de Plata en el festival de cine de Berlín. En 1983 se publicaron seis ediciones de Cuarteles de invierno, ya considerada la mejor novela extranjera de 1981 en Italia, y llevada dos veces al cine. En 1984 apareció Artistas, locos y criminales, y en 1988 Rebeldes, soñadores y fugitivos, colecciones de textos e historias de vidas. Ese mismo año se publicó A sus plantas rendido un león, la novela de más éxito editorial de los últimos años. Entre 1989 y 1990 escribió Una sombra ya pronto serás, llevada al cine en 1994, una vez más, por Héctor Olivera. En 1993 publica Cuentos de los años felices, historias cortas, la mayoría de las cuales aparecieron en el diario Página|12, del cual Soriano era asiduo colaborador. Las novelas Triste, solitario y final, No habrá más penas ni olvido, Cuarteles de invierno y A sus plantas rendido un león han sido publicadas en veinte países y traducidas a los idiomas inglés, francés, italiano, alemán, portugués, sueco, noruego, holandés, griego, polaco, húngaro, checo, hebreo, danés y ruso. Murió el 29 de enero de 1997 en Buenos Aires.

[Publicado en portada en mayo 2010]


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Chac Mool

Un cuento de Carlos Fuentes*

Hace poco tiempo, Filiberto murió ahogado en Acapulco. Sucedió en Semana Santa. Aunque había sido despedido de su empleo en la Secretaría, Filiberto no pudo resistir la tentación burocrática de ir, como todos los años, a la pensión alemana, comer el choucrout endulzado por los sudores de la cocina tropical, bailar el Sábado de Gloria en La Quebrada y sentirse “gente conocida” en el oscuro anonimato vespertino de la Playa de Hornos. Claro, sabíamos que en su juventud había nadado bien; pero ahora, a los cuarenta, y tan desmejorado como se le veía, ¡intentar salvar, a la medianoche, el largo trecho entre Caleta y la isla de la Roqueta! Frau Müller no permitió que se le velara, a pesar de ser un cliente tan antiguo, en la pensión; por el contrario, esa noche organizó un baile en la terracita sofocada, mientras Filiberto esperaba, muy pálido dentro de su caja, a que saliera el camión matutino de la terminal, y pasó acompañado de huacales y fardos la primera noche de su nueva vida. Cuando llegué, muy temprano, a vigilar el embarque del féretro, Filiberto estaba bajo un túmulo de cocos: el chofer dijo que lo acomodáramos rápidamente en el toldo y lo cubriéramos con lonas, para que no se espantaran los pasajeros, y a ver si no le habíamos echado la sal al viaje.

Salimos de Acapulco a la hora de la brisa tempranera. Hasta Tierra Colorada nacieron el calor y la luz. Mientras desayunaba huevos y chorizo abrí el cartapacio de Filiberto, recogido el día anterior, junto con sus otras pertenencias, en la pensión de los Müller. Doscientos pesos. Un periódico derogado de la ciudad de México. Cachos de lotería. El pasaje de ida -¿sólo de ida? Y el cuaderno barato, de hojas cuadriculadas y tapas de papel mármol.

Me aventuré a leerlo, a pesar de las curvas, el hedor a vómitos y cierto sentimiento natural de respeto por la vida privada de mi difunto amigo. Recordaría -sí, empezaba con eso- nuestra cotidiana labor en la oficina; quizá sabría, al fin, por qué fue declinado, olvidando sus deberes, por qué dictaba oficios sin sentido, ni número, ni “Sufragio Efectivo No Reelección”. Por qué, en fin, fue corrido, olvidaba la pensión, sin respetar los escalafones.

“Hoy fui a arreglar lo de mi pensión. El Licenciado, amabilísimo. Salí tan contento que decidí gastar cinco pesos en un café. Es el mismo al que íbamos de jóvenes y al que ahora nunca concurro, porque me recuerda que a los veinte años podía darme más lujos que a los cuarenta. Entonces todos estábamos en un mismo plano, hubiéramos rechazado con energía cualquier opinión peyorativa hacia los compañeros; de hecho, librábamos la batalla por aquellos a quienes en la casa discutían por su baja extracción o falta de elegancia. Yo sabía que muchos de ellos (quizá los más humildes) llegarían muy alto y aquí, en la Escuela, se iban a forjar las amistades duraderas en cuya compañía cursaríamos el mar bravío. No, no fue así. No hubo reglas. Muchos de los humildes se quedaron allí, muchos llegaron más arriba de lo que pudimos pronosticar en aquellas fogosas, amables tertulias. Otros, que parecíamos prometerlo todo, nos quedamos a la mitad del camino, destripados en un examen extracurricular, aislados por una zanja invisible de los que triunfaron y de los que nada alcanzaron. En fin, hoy volví a sentarme en las sillas modernizadas -también hay, como barricada de una invasión, una fuente de sodas- y pretendí leer expedientes. Vi a muchos antiguos compañeros, cambiados, amnésicos, retocados de luz neón, prósperos. Con el café que casi no reconocía, con la ciudad misma, habían ido cincelándose a ritmo distinto del mío. No, ya no me reconocían; o no me querían reconocer. A lo sumo -uno o dos- una mano gorda y rápida sobre el hombro. Adiós viejo, qué tal. Entre ellos y yo mediaban los dieciocho agujeros del Country Club. Me disfracé detrás de los expedientes. Desfilaron en mi memoria los años de las grandes ilusiones, de los pronósticos felices y, también todas las omisiones que impidieron su realización. Sentí la angustia de no poder meter los dedos en el pasado y pegar los trozos de algún rompecabezas abandonado; pero el arcón de los juguetes se va olvidando y, al cabo, ¿quién sabrá dónde fueron a dar los soldados de plomo, los cascos, las espadas de madera? Los disfraces tan queridos, no fueron más que eso. Y sin embargo, había habido constancia, disciplina, apego al deber. ¿No era suficiente, o sobraba? En ocasiones me asaltaba el recuerdo de Rilke. La gran recompensa de la aventura de juventud debe ser la muerte; jóvenes, debemos partir con todos nuestros secretos. Hoy, no tendría que volver la mirada a las ciudades de sal. ¿Cinco pesos? Dos de propina.”

“Pepe, aparte de su pasión por el derecho mercantil, gusta de teorizar. Me vio salir de Catedral, y juntos nos encaminamos a Palacio. Él es descreído, pero no le basta; en media cuadra tuvo que fabricar una teoría. Que si yo no fuera mexicano, no adoraría a Cristo y -No, mira, parece evidente. Llegan los españoles y te proponen adorar a un Dios muerto hecho un coágulo, con el costado herido, clavado en una cruz. Sacrificado. Ofrendado. ¿Qué cosa más natural que aceptar un sentimiento tan cercano a todo tu ceremonial, a toda tu vida?… figúrate, en cambio, que México hubiera sido conquistado por budistas o por mahometanos. No es concebible que nuestros indios veneraran a un individuo que murió de indigestión. Pero un Dios al que no le basta que se sacrifiquen por él, sino que incluso va a que le arranquen el corazón, ¡caramba, jaque mate a Huitzilopochtli! El cristianismo, en su sentido cálido, sangriento, de sacrificio y liturgia, se vuelve una prolongación natural y novedosa de la religión indígena. Los aspectos caridad, amor y la otra mejilla, en cambio, son rechazados. Y todo en México es eso: hay que matar a los hombres para poder creer en ellos.

“Pepe conocía mi afición, desde joven, por ciertas formas de arte indígena mexicana. Yo colecciono estatuillas, ídolos, cacharros. Mis fines de semana los paso en Tlaxcala o en Teotihuacán. Acaso por esto le guste relacionar todas las teorías que elabora para mi consumo con estos temas. Por cierto que busco una réplica razonable del Chac Mool desde hace tiempo, y hoy Pepe me informa de un lugar en la Lagunilla donde venden uno de piedra y parece que barato. Voy a ir el domingo.

“Un guasón pintó de rojo el agua del garrafón en la oficina, con la consiguiente perturbación de las labores. He debido consignarlo al Director, a quien sólo le dio mucha risa. El culpable se ha valido de esta circunstancia para hacer sarcasmos a mis costillas el día entero, todos en torno al agua. Ch…”

“Hoy domingo, aproveché para ir a la Lagunilla. Encontré el Chac Mool en la tienducha que me señaló Pepe. Es una pieza preciosa, de tamaño natural, y aunque el marchante asegura su originalidad, lo dudo. La piedra es corriente, pero ello no aminora la elegancia de la postura o lo macizo del bloque. El desleal vendedor le ha embarrado salsa de tomate en la barriga al ídolo para convencer a los turistas de la sangrienta autenticidad de la escultura.

“El traslado a la casa me costó más que la adquisición. Pero ya está aquí, por el momento en el sótano mientras reorganizo mi cuarto de trofeos a fin de darle cabida. Estas figuras necesitan sol vertical y fogoso; ese fue su elemento y condición. Pierde mucho mi Chac Mool en la oscuridad del sótano; allí, es un simple bulto agónico, y su mueca parece reprocharme que le niegue la luz. El comerciante tenía un foco que iluminaba verticalmente en la escultura, recortando todas sus aristas y dándole una expresión más amable. Habrá que seguir su ejemplo.”

“Amanecí con la tubería descompuesta. Incauto, dejé correr el agua de la cocina y se desbordó, corrió por el piso y llego hasta el sótano, sin que me percatara. El Chac Mool resiste la humedad, pero mis maletas sufrieron. Todo esto, en día de labores, me obligó a llegar tarde a la oficina.”

“Vinieron, por fin, a arreglar la tubería. Las maletas, torcidas. Y el Chac Mool, con lama en la base.”

“Desperté a la una: había escuchado un quejido terrible. Pensé en ladrones. Pura imaginación.”

“Los lamentos nocturnos han seguido. No sé a qué atribuirlo, pero estoy nervioso. Para colmo de males, la tubería volvió a descomponerse, y las lluvias se han colado, inundando el sótano.”

“El plomero no viene; estoy desesperado. Del Departamento del Distrito Federal, más vale no hablar. Es la primera vez que el agua de las lluvias no obedece a las coladeras y viene a dar a mi sótano. Los quejidos han cesado: vaya una cosa por otra.”

“Secaron el sótano, y el Chac Mool está cubierto de lama. Le da un aspecto grotesco, porque toda la masa de la escultura parece padecer de una erisipela verde, salvo los ojos, que han permanecido de piedra. Voy a aprovechar el domingo para raspar el musgo. Pepe me ha recomendado cambiarme a una casa de apartamentos, y tomar el piso más alto, para evitar estas tragedias acuáticas. Pero yo no puedo dejar este caserón, ciertamente es muy grande para mí solo, un poco lúgubre en su arquitectura porfiriana. Pero es la única herencia y recuerdo de mis padres. No sé qué me daría ver una fuente de sodas con sinfonola en el sótano y una tienda de decoración en la planta baja.”

“Fui a raspar el musgo del Chac Mool con una espátula. Parecía ser ya parte de la piedra; fue labor de más de una hora, y sólo a las seis de la tarde pude terminar. No se distinguía muy bien la penumbra; al finalizar el trabajo, seguí con la mano los contornos de la piedra. Cada vez que lo repasaba, el bloque parecía reblandecerse. No quise creerlo: era ya casi una pasta. Este mercader de la Lagunilla me ha timado. Su escultura precolombina es puro yeso, y la humedad acabará por arruinarla. Le he echado encima unos trapos; mañana la pasaré a la pieza de arriba, antes de que sufra un deterioro total.”

“Los trapos han caído al suelo, increíble. Volví a palpar el Chac Mool. Se ha endurecido pero no vuelve a la consistencia de la piedra. No quiero escribirlo: hay en el torso algo de la textura de la carne, al apretar los brazos los siento de goma, siento que algo circula por esa figura recostada… Volví a bajar en la noche. No cabe duda: el Chac Mool tiene vello en los brazos.”

“Esto nunca me había sucedido. Tergiversé los asuntos en la oficina, giré una orden de pago que no estaba autorizada, y el Director tuvo que llamarme la atención. Quizá me mostré hasta descortés con los compañeros. Tendré que ver a un médico, saber si es mi imaginación o delirio o qué, y deshacerme de ese maldito Chac Mool.”

Hasta aquí la escritura de Filiberto era la antigua, la que tantas veces vi en formas y memoranda, ancha y ovalada. La entrada del 25 de agosto, sin embargo, parecía escrita por otra persona. A veces como niño, separando trabajosamente cada letra; otras, nerviosa, hasta diluirse en lo ininteligible. Hay tres días vacíos, y el relato continúa:

“Todo es tan natural; y luego se cree en lo real… pero esto lo es, más que lo creído por mí. Si es real un garrafón, y más, porque nos damos mejor cuenta de su existencia, o estar, si un bromista pinta el agua de rojo… Real bocanada de cigarro efímera, real imagen monstruosa en un espejo de circo, reales, ¿no lo son todos los muertos, presentes y olvidados?… si un hombre atravesara el paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces, qué?… Realidad: cierto día la quebraron en mil pedazos, la cabeza fue a dar allá, la cola aquí y nosotros no conocemos más que uno de los trozos desprendidos de su gran cuerpo. Océano libre y ficticio, sólo real cuando se le aprisiona en el rumor de un caracol marino. Hasta hace tres días, mi realidad lo era al grado de haberse borrado hoy; era movimiento reflejo, rutina, memoria, cartapacio. Y luego, como la tierra que un día tiembla para que recordemos su poder, o como la muerte que un día llegará, recriminando mi olvido de toda la vida, se presenta otra realidad: sabíamos que estaba allí, mostrenca; ahora nos sacude para hacerse viva y presente. Pensé, nuevamente, que era pura imaginación: el Chac Mool, blando y elegante, había cambiado de color en una noche; amarillo, casi dorado, parecía indicarme que era un dios, por ahora laxo, con las rodillas menos tensas que antes, con la sonrisa más benévola. Y ayer, por fin, un despertar sobresaltado, con esa seguridad espantosa de que hay dos respiraciones en la noche, de que en la oscuridad laten más pulsos que el propio. Sí, se escuchaban pasos en la escalera. Pesadilla. Vuelta a dormir… No sé cuánto tiempo pretendí dormir. Cuando volvía a abrir los ojos, aún no amanecía. El cuarto olía a horror, a incienso y sangre. Con la mirada negra, recorrí la recámara, hasta detenerme en dos orificios de luz parpadeante, en dos flámulas crueles y amarillas.

“Casi sin aliento, encendí la luz.

“Allí estaba Chac Mool, erguido, sonriente, ocre, con su barriga encarnada. Me paralizaron los dos ojillos casi bizcos, muy pegados al caballete de la nariz triangular. Los dientes inferiores mordían el labio superior, inmóviles; sólo el brillo del casuelón cuadrado sobre la cabeza anormalmente voluminosa, delataba vida. Chac Mool avanzó hacia mi cama; entonces empezó a llover.”

Recuerdo que a fines de agosto, Filiberto fue despedido de la Secretaría, con una recriminación pública del Director y rumores de locura y hasta de robo. Esto no lo creí. Sí pude ver unos oficios descabellados, preguntándole al Oficial Mayor si el agua podía olerse, ofreciendo sus servicios al Secretario de Recursos Hidráulicos para hacer llover en el desierto. No supe qué explicación darme a mí mismo; pensé que las lluvias excepcionalmente fuertes, de ese verano, habían enervado a mi amigo. O que alguna depresión moral debía producir la vida en aquel caserón antiguo, con la mitad de los cuartos bajo llave y empolvados, sin criados ni vida de familia. Los apuntes siguientes son de fines de septiembre:

“Chac Mool puede ser simpático cuando quiere, ‘…un gluglú de agua embelesada’… Sabe historias fantásticas sobre los monzones, las lluvias ecuatoriales y el castigo de los desiertos; cada planta arranca de su paternidad mítica: el sauce es su hija descarriada, los lotos, sus niños mimados; su suegra, el cacto. Lo que no puedo tolerar es el olor, extrahumano, que emana de esa carne que no lo es, de las sandalias flamantes de vejez. Con risa estridente, Chac Mool revela cómo fue descubierto por Le Plongeon y puesto físicamente en contacto de hombres de otros símbolos. Su espíritu ha vivido en el cántaro y en la tempestad, naturalmente; otra cosa es su piedra, y haberla arrancado del escondite maya en el que yacía es artificial y cruel. Creo que Chac Mool nunca lo perdonará. Él sabe de la inminencia del hecho estético.

“He debido proporcionarle sapolio para que se lave el vientre que el mercader, al creerlo azteca, le untó de salsa ketchup. No pareció gustarle mi pregunta sobre su parentesco con Tlaloc1, y cuando se enoja, sus dientes, de por sí repulsivos, se afilan y brillan. Los primeros días, bajó a dormir al sótano; desde ayer, lo hace en mi cama.”

“Hoy empezó la temporada seca. Ayer, desde la sala donde ahora duermo, comencé a oír los mismos lamentos roncos del principio, seguidos de ruidos terribles. Subí; entreabrí la puerta de la recámara: Chac Mool estaba rompiendo las lámparas, los muebles; al verme, saltó hacia la puerta con las manos arañadas, y apenas pude cerrar e irme a esconder al baño. Luego bajó, jadeante, y pidió agua; todo el día tiene corriendo los grifos, no queda un centímetro seco en la casa. Tengo que dormir muy abrigado, y le he pedido que no empape más la sala2.”

“El Chac inundó hoy la sala. Exasperado, le dije que lo iba a devolver al mercado de la Lagunilla. Tan terrible como su risilla -horrorosamente distinta a cualquier risa de hombre o de animal- fue la bofetada que me dio, con ese brazo cargado de pesados brazaletes. Debo reconocerlo: soy su prisionero. Mi idea original era bien distinta: yo dominaría a Chac Mool, como se domina a un juguete; era, acaso, una prolongación de mi seguridad infantil; pero la niñez -¿quién lo dijo?- es fruto comido por los años, y yo no me he dado cuenta… Ha tomado mi ropa y se pone la bata cuando empieza a brotarle musgo verde. El Chac Mool está acostumbrado a que se le obedezca, desde siempre y para siempre; yo, que nunca he debido mandar, sólo puedo doblegarme ante él. Mientras no llueva -¿y su poder mágico?- vivirá colérico e irritable.”

“Hoy decidí que en las noches Chac Mool sale de la casa. Siempre, al oscurecer, canta una tonada chirriona y antigua, más vieja que el canto mismo. Luego cesa. Toqué varias veces a su puerta, y como no me contestó, me atrevía a entrar. No había vuelto a ver la recámara desde el día en que la estatua trató de atacarme: está en ruinas, y allí se concentra ese olor a incienso y sangre que ha permeado la casa. Pero detrás de la puerta, hay huesos: huesos de perros, de ratones y gatos. Esto es lo que roba en la noche el Chac Mool para sustentarse. Esto explica los ladridos espantosos de todas las madrugadas.”

“Febrero, seco. Chac Mool vigila cada paso mío; me ha obligado a telefonear a una fonda para que diariamente me traigan un portaviandas. Pero el dinero sustraído de la oficina ya se va a acabar. Sucedió lo inevitable: desde el día primero, cortaron el agua y la luz por falta de pago. Pero Chac Mool ha descubierto una fuente pública a dos cuadras de aquí; todos los días hago diez o doce viajes por agua, y él me observa desde la azotea. Dice que si intento huir me fulminará: también es Dios del Rayo. Lo que él no sabe es que estoy al tanto de sus correrías nocturnas… Como no hay luz, debo acostarme a las ocho. Ya debería estar acostumbrado al Chac Mool, pero hace poco, en la oscuridad, me topé con él en la escalera, sentí sus brazos helados, las escamas de su piel renovada y quise gritar.”

“Si no llueve pronto, el Chac Mool va a convertirse otra vez en piedra. He notado sus dificultades recientes para moverse; a veces se reclina durante horas, paralizado, contra la pared y parece ser, de nuevo, un ídolo inerme, por más dios de la tempestad y el trueno que se le considere. Pero estos reposos sólo le dan nuevas fuerzas para vejarme, arañarme como si pudiese arrancar algún líquido de mi carne. Ya no tienen lugar aquellos intermedios amables durante los cuales relataba viejos cuentos; creo notar en él una especie de resentimiento concentrado. Ha habido otros indicios que me han puesto a pensar: los vinos de mi bodega se están acabando; Chac Mool acaricia la seda de la bata; quiere que traiga una criada a la casa, me ha hecho enseñarle a usar jabón y lociones. Incluso hay algo viejo en su cara que antes parecía eterna. Aquí puede estar mi salvación: si el Chac cae en tentaciones, si se humaniza, posiblemente todos sus siglos de vida se acumulen en un instante y caiga fulminado por el poder aplazado del tiempo. Pero también me pongo a pensar en algo terrible: el Chac no querrá que yo asista a su derrumbe, no querrá un testigo…, es posible que desee matarme.”

“Hoy aprovecharé la excursión nocturna de Chac para huir. Me iré a Acapulco; veremos qué puede hacerse para conseguir trabajo y esperar la muerte de Chac Mool; sí, se avecina; está canoso, abotagado. Yo necesito asolearme, nadar y recuperar fuerzas. Me quedan cuatrocientos pesos. Iré a la Pensión Müller, que es barata y cómoda. Que se adueñe de todo Chac Mool: a ver cuánto dura sin mis baldes de agua.”

Aquí termina el diario de Filiberto. No quise pensar más en su relato; dormí hasta Cuernavaca. De ahí a México pretendí dar coherencia al escrito, relacionarlo con exceso de trabajo, con algún motivo sicológico. Cuando, a las nueve de la noche, llegamos a la terminal, aún no podía explicarme la locura de mi amigo. Contraté una camioneta para llevar el féretro a casa de Filiberto, y después de allí ordenar el entierro.

Antes de que pudiera introducir la llave en la cerradura, la puerta se abrió. Apareció un indio amarillo, en bata de casa, con bufanda. Su aspecto no podía ser más repulsivo; despedía un olor a loción barata, quería cubrir las arrugas con la cara polveada; tenía la boca embarrada de lápiz labial mal aplicado, y el pelo daba la impresión de estar teñido.

-Perdone… no sabía que Filiberto hubiera…

-No importa; lo sé todo. Dígale a los hombres que lleven el cadáver al sótano.

*Carlos Fuentes Macías (* Ciudad de Panamá, 11 de noviembre de 1928 – ) es uno de los escritores mexicanos más conocidos de finales del siglo XX, autor de novelas y ensayos, entre los que destacan Aura, La muerte de Artemio Cruz, La región más transparente y Terra Nostra. Recibió el Premio Rómulo Gallegos en 1977, el Premio Cervantes en 1987 y en 2009 la “Gran Cruz de Isabel la Católica”. Fue nombrado miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua en agosto de 2001.

[Publicado en portada en mayo 2010]


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La última sonrisa

Un relato de Gustavo Pierola*

El viejo era un hombre tranquilo, no necesitaba levantar la voz, perfil bajo, de andar lento, siempre con la palabra pausada y serena. Esto no quiere decir que no era inquieto, lo era y mucho, su disimulada energía estaba fundamentalmente dirigida a ciertos proyectos que él mismo fue armando en su vida, individual y colectiva.
Don Héctor Gabriel Piérola, “Perico” para los amigos, nació en Paraná un 18 de marzo de 1.919, hijo de Doña Ignacia, madre, padre, tutora y encargada de la crianza en soledad de ocho pichones; ama de casa, también laburaba en su casa como costurera para la fábrica Alpargatas que estaba en Bajada Grande.
El apellido viene del lado de ella, ya que el padre del viejo, mi abuelo, parece que tenía otro nido, más oficial.
Don Héctor hizo la Escuela Primaria en su barrio y la Secundaria en el Colegio Nacional, después estudio en el Profesorado de Castellano y Literatura que funcionaba en la Escuela Normal.
De gurí anduvo mezclado en los orígenes del Club Patronato, cuando en bandada se le prendían de la sotana al Padre Grella antes que emigre del barrio para donde hoy el club esta emplazado. Después, con doce o trece años, tuvo la suerte que un grupo de muchachos visionarios, encabezados por su hermano mayor Carlos, tuvieran el privilegio y la magnífica idea de fundar lo que a partir de ahí fue su segundo hogar, el club de su vida, el Atlético Echagüe Club.
Así, Don Héctor, “Perico”, siguió sus pasos deportivos, Patronato, Echagüe, el Colegio Nacional. Su gran deporte fue el básquetbol cuando las zapatillas quedaban rojas con el polvo de ladrillo, en varias oportunidades llegó a representar la provincia en campeonatos nacionales y en una oportunidad el seleccionado nacional en el año 1.944 logrando el título de campeón sudamericano.
Apenas recibido de Profesor, colaboraba con las escasas finanzas familiares como docente y dando clases particulares de Castellano y Literatura. En una oportunidad llegó hasta su puerta una jovencita bastante menor que él, necesitada de mejorar las notas en esas materias en la escuela secundaria. Amanda Mayor era su nombre y vivía en el Barrio Gazzano llamado Corrales por aquel entonces. Amanda tenía un largo viaje para tomar las clases con este joven profesor, con el tiempo, si no tenía problemas con el castellano, los inventaba para verlo.
A partir de ahí, quedan “flechados”. Se casaron en el año 49 y tuvieron seis hijos, Álvaro, Fernando, Gustavo, María Luz, Cristela y Emilce. Pudieron construir su casa en calle 25 de mayo, a un par de cuadras de Doña Ignacia y muy cerquita de su querido Echagüe.
Políticamente, Don Héctor estaba más pegado al Radicalismo con algunas guiñadas socialistas, lo que le costó algunas correrías del General, pero no fue lo que se dice, un militante, fue muy amigo de los Perette y otros caudillos radicales. No puedo decir que era un gorilón pero si que miraba el peronismo con el ceño un poco fruncido, aún así tenía amistades de todos los colores.
La profesión lo hizo un gran conocedor de nuestro idioma, desgraciadamente no fue un escritor profesional, pero cuando lo hacía era un placer meterse en su escritura. Sus cartas y escritos, aunque pocos, demostraban un profundo sentimiento y una gran calidez humana.
Recuerdo estando en Brasil, en el exilio, las cartas que le enviaba me las devolvía totalmente corregidas, como no pudiendo dejar su reconocida docencia. Me confunde el portuñol yo le decía, ma qué portuñol me contestaba, burro.
Uno de sus grandes proyectos, estuvo relacionado a su profesión, junto a grandes intelectuales de la ciudad como Amaro Villanueva, Carlos Alvarez, Francisco Martinez Segovia y otros formaron el Centro Cultural Carlos María Onetti, entidad que se dedicó en un corto período allá por el 47 a traer a Paraná a escritores de la talla de León Felipe, Rafael Alberti, Nicolás Guillén y otros.
Muy machista, actitud frecuente desgraciadamente en una sociedad como la Paranaense. Como marido, difícil de opinar, pero la vieja le dijo basta después de 25 años de matrimonio.
Como padre, siempre mantuvo una relación bastante seca y vertical, creo que cada uno de sus hijos lo vivimos de diferentes maneras, tal vez con alguno se acercaba más que con otro, pero el viejo siempre estaba.
Laburaba y mucho, para bancar semejante tropa, aparte de la docencia en la escuela Industrial y la Alem, vendía seguros, vino La Caroyense y con ese esfuerzo callado y constante permitió que nunca falte el pan de cada día y que todos podamos estudiar algo.
Lo caracterizaba siempre un buen humor, no era de mucha carcajada, pero si de tener siempre una sonrisa fácil, sincera.
Un hombre con firmes principios y valores difíciles de encontrar en la actualidad. Un gran amigo, una hermosa persona que supo cosechar muchos y grandes amigos.
– Fernando, ahí coordiné con mi amigo Morresi para que te inscribas en Resistencia.
– ¿Y él que tiene que ver en la Universidad?
– Es Profesor de Historia en la UNNE y además vive en la misma Universidad, él va ayudar a ubicarte.
– Grande viejo, la semana que viene nos vamos con Juan.
El viejo era muy amigo de Eldo Morresi, el Bebe, juntos compartieron el básquetbol echagüense, después tuvo que emigrar para el norte por esa posibilidad de trabajo.
Fernando ya tenía todo organizado para irse al Chaco a estudiar Arquitectura junto con Juan Nin un compañero de siempre que se enganchó en la misma carrera.
Corría el año 70, a partir de ahí, el viejo no viajó mucho a Resistencia, era el flaco que se llegaba por Paraná, pero un par de veces al año Don Héctor se daba una vueltita por el norte.
Fernando se fue acercando poco a poco al peronismo, y el viejo tuvo que aceptar esa realidad.
– Es que el Chaco es el Chaco, cuándo viste un radical en las Ligas Agrarias, peleando por los aborígenes, en la comisión interna de una fábrica, en algún ingenio, lo más revolucionario que pueden haber llegado es a un centro de estudiantes. Siempre le decía Fernando.
Y el flaco se metió en todo y con todo, Ligas Agrarias, Tobas, Fábricas, Barrios, Universidad y donde pudo metió su fuerza y su militancia y así llegó a Montoneros.
Las veces que anduvo por Paraná en el año 74 y 75, el flaco se juntaba con Don Héctor a charlar, en el fondo de casa, el flaco le contaba de la lucha y de sus sueños, el viejo disimulaba su orgullo por esa lucha y le expresaba sus miedos y la necesidad de ir más despacio. El país tenía varios golpes en el lomo y varias agachadas de la oligarquía y de esa burguesía que no se banca el olor a pueblo y el viejo había vivido unas cuantas pero sabía que la cosa venía más pesada.
En una oportunidad, estaba el viejo cortando el pasto en el fondo de casa, yo estaba montado en una pared, cortándole el pelo a una enamorada del muro cuando llega Fernando con la más chica, Emilce, a caballito, el flaco recién llegaba de un viaje que se había mandado por Centro América y en casa lo estábamos extrañando bastante. Se abrazaron un largo rato, con Emilce todavía en el lomo.
– Viejo, me caso.
El viejo lo miró y lo felicitó con una sonrisa.
– ¿Con la hija del Bebe, con María Julia?
– Y claro, con quién más.
– Y bueno, qué se yo… mejor no digo nada.
Le contestó con otra sonrisa pícara, sabiendo que el flaco era muy buscado por el otro sexo.
María Julia, era la hija del Bebe Morresi, su amigo del norte, del básquet y de Echagüe, Fernando se había enganchado con la petisa al poco tiempo de llegar a Resistencia y en ese momento llegaba con la noticia del casamiento.
– ¿No vendrá un nieto no?
– No viejo, por ahora queremos vivir juntos, ya vendrán tus nietos.
– Vos, bajate de ahí y andate a comprar un asadito que a esto hay que festejarlo.
Fue un hermoso día de encuentro, de alegría y festejos, el regreso, el casorio, se había juntado todo y al viejo le gustaba frecuentar y armar sorpresivas rondas alrededor de la parrilla.
Fernando se volvió para el norte, en casa quedó el recuerdo de ese encuentro, pero también quedó en los viejos la preocupación por todo lo que estaba pasando en el país y más aún conociendo el compromiso militante cada vez mayor de Fernando.
Yo me volví para Buenos Aires donde estaba estudiando. Pasó el tiempo hubo un par de encuentros más en Paraná y en el Chaco, pero cada vez más difíciles y complicados.
Don Héctor siguió con su vida rutinaria, ya estaba jubilado, vendía algún seguro, publicidad para la guía telefónica y como siempre, al frente de algún proyecto marcando su humanismo y su actividad social como fue la construcción del Hotel Alvear, el Estadio de Echagüe, colaborando también con Patronato, el Colegio Nacional, etc.
Fernando continuó con la militancia, cada vez más comprometido, con una Triple A que le pisaba los talones, con un CDO en el Chaco apoyado por gobiernos traidores que siguieron al pie de la letra la bajada de pulgar de Perón en la Plaza de Mayo a aquella “juventud imberbe”.
El último encuentro de Fernando con el viejo fue en mi casamiento el 9 de enero de 1.976. Fernando y María Julia ya andaban clandestinos esquivando como podían las garras asesinas. En esos momentos vivían en Corrientes.
– Hijo, cuídense, váyanse más lejos hasta que esta locura pase, yo los ayudo con unos manguitos.
– No te preocupes viejo, estamos bien, no podemos aflojarle a estos vendepatria.
– Esto viene muy pesado, parece que se viene otro golpe.
– Ya sabemos, y los bajaremos como a Onganía, a Lanusse, qué mierda…
Llegó el golpe e hicieron correr la sangre prometida, sangre joven, valiente, esperanzada, con un maravilloso proyecto para esta pisoteada Argentina.
Cárceles, exilio y algo nuevo, proyectado, tétrico, bárbaro, inimaginable, la desaparición en masa de un pueblo que estaba luchando por un país más justo y libre.
En octubre de ese año llegó la noticia.
– ¿Hola, Perico, cómo andás hermano?
– Bien Bebe, ¿que contás, sabés algo de los chicos?
– Por eso te llamo, parece que los detuvieron en Misiones.
– ¿Cómo están?
– No sabemos nada todavía, nos enteramos por la radio.
Fernando y María Julia habían sido detenidos en Posadas el 20 de octubre de 1.976 por la patota del 124 de Inteligencia de Resistencia. Tosso, Valussi, Hornos andaban detrás de ambos hacía un tiempo, algunas torturas por ahí, permitieron ubicarlos. Muy torturados en Posadas, los trasladan a Corrientes al RI9 donde la patota correntina se ensañó más aún con Fernando, De Marchi, Losito, Piriz, más tortura. Luego los llevan a Resistencia a la brigada de Investigaciones, María Julia queda ahí y a Fernando lo llevan a la Alcaidía de la Policía Chaqueña.
Y llega el 13 de diciembre de 1.976 y Margarita Belén.
Yo ya vivía en Paraná, había nacido Verónica, la militancia seguía, la cosa estaba demasiado pesada, nos estábamos mudando a Buenos Aires hasta que aclare un poco.
Eran los primeros días de enero de 1.977 estaba en lo de mi suegra que vivía en la zona del puerto, una casa en el interior de la manzana. Me avisan que el viejo estaba afuera, en la calle y quería verme. Salgo, estaba solo, apoyando en su Peugeot 404 blanco, a medida que me acercaba podía ver su sonrisa cada vez más grande. Me alegró, ya que hacía tiempo que no lo veía sonreír así. Tenía un papel en la mano y haciendo señas, lo agitaba como una pequeña bandera.
– ¿Viejo, qué pasa, el flaco?
– Siiii, lee.
Y me dio el pequeño papel, su sonrisa ya era una risa desacostumbrada en esos tiempos. Empiezo a leerlo:

EJERCITO ARGENTINO
Resistencia, 30 de diciembre de 1.976.-
Al señor Héctor Gabriel Piérola
25 de mayo 628
Paraná – Entre Ríos

Comunico a Ud. que el día 13 de diciembre de 1.976, una columna que transportaba personal detenido desde Resistencia hacia Formosa, a la altura del Kilómetro 1042 de la Ruta Nacional Nº 11, fue atacada por delincuentes subversivos, con la aparente intención de liberarlos o eliminarlos, a efectos de evitar declaraciones comprometedoras. Como consecuencia del choque armado y posterior intervención de otros efectivos del orden, se produjeron bajas en ambos bandos y algunos detenidos lograron fugar.
Cumplo en comunicarle que su hijo FERNANDO GABRIEL PIEROLA, logró fugar y que aún se encuentra prófugo.

Miguel Aurelio Baguear
Coronel
Jefe Grupo Artillería 1

Termino de leerlo, lo miré y con una frialdad de mierda, le dije:
– Viejo, están aplicando lo que ellos llaman la Ley de Fuga.
Su rostro se fue transformando.
– Ley de Fuga, y qué es eso?
– Los fusilan, los matan, inventan fugas y enfrentamientos.
– Pero aquí dice que está prófugo.
– Si viejo, ojalá sea cierto, ojalá sea cierto.
– No puede ser, qué estás diciendo, no puede ser, aquí dice…….
Y muy despacio, fue subiendo a su auto y lo vI alejarse con el rostro quebrado, sin entender y queriendo creer en esa gran mentira.
Fue la última sonrisa que disfrutamos del viejo, nunca la olvidaré, con aquel papel, con aquel asqueroso, inmundo, infame y cruel papel en la mano, agitándolo alegremente.

*Gustavo Piérola nació en Paraná, Entre Ríos, en 1954. Es Docente. Estuvo exiliado en San Pablo, Brasil, donde trabajó durante varios años con el Arzobispo Don Paulo Evaristo Arns, con CLAMOR (Entidad Brasileña por los Derechos Humanos) y el CBS ( Comité Brasileño de Solidaridad con los Pueblos de Latinoamérica), con quienes realizó un profundo trabajo en Derechos Humanos. Actualmente forma parte de la AFADER (Asociación de Familiares y Amigos de Desaparecidos Entrerrianos), LA SOLAPA (Asociación de Ex Presos y Exiliados Políticos de Entre Ríos) y la Comisión de Investigación por la Masacre de Margarita Belén.
Es hermano de Fernando Piérola, fusilado en Margarita Belén.


gustavopierola@yahoo.com.ar

[Publicado en portada en mayo 2010]


El jorobadito

Un cuento de Roberto Arlt*

Los diversos y exagerados rumores desparramados con motivo de la conducta que observé en compañía de Rigoletto, el jorobadito, en la casa de la señora X, apartaron en su tiempo a mucha gente de mi lado.

Sin embargo, mis singularidades no me acarrearon mayores desventuras, de no perfeccionarlas estrangulando a Rigoletto.

Retorcerle el pescuezo al jorobadito ha sido de mi parte un acto más ruinoso e imprudente para mis intereses, que atentar contra la existencia de un benefactor de la humanidad.

Se han echado sobre mí la policía, los jueces y los periódicos. Y ésta es la hora en que aún me pregunto (considerando los rigores de la justicia) si Rigoletto no estaba llamado a ser un capitán de hombres, un genio o un filántropo. De otra forma no se explican las crueldades de la ley para vengar los fueros de un insigne piojoso, al cual, para pagarle de su insolencia, resultaran insuficientes todos los puntapiés que pudieran suministrarle en el trasero una brigada de personas bien nacidas.

No se me oculta que sucesos peores ocurren sobre el planeta, pero ésta no es una razón para que yo deje de mirar con angustia las leprosas paredes del calabozo donde estoy alojado a espera de un destino peor.

Pero estaba escrito que de un deforme debían provenirme tantas dificultades. Recuerdo (y esto a vía de información para los aficionados a la teosofía y la metafísica) que desde mi tierna infancia me llamaron la atención los contrahechos. Los odiaba al tiempo que me atraían, como detesto y me llama la profundidad abierta bajo la balconada de un noveno piso, a cuyo barandal me he aproximado más de una vez con el corazón temblando de cautela y delicioso pavor. Y así como frente al vacío no puedo sustraerme al terror de imaginarme cayendo en el aire con el estómago contraído en la asfixia del desmoronamiento, en presencia de un deforme no puedo escapar al nauseoso pensamiento de imaginarme corcoveado, grotesco, espantoso, abandonado de todos, hospedado en una perrera, perseguido por traíllas de chicos feroces que me clavarían agujas en la giba… Es terrible…, sin contar que todos los contrahechos son seres perversos, endemoniados, protervos…, de manera que al estrangularlo a Rigoletto me creo con derecho a afirmar que le hice un inmenso favor a la sociedad, pues he librado a todos los corazones sensibles como el mío de un espectáculo pavoroso y repugnante. Sin añadir que el jorobadito era un hombre cruel. Tan cruel que yo me veía obligado a decirle todos los días:

-Mirá, Rigoletto, no seas perverso. Prefiero cualquier cosa a verte pegándole con un látigo a una inocente cerda. ¿Qué te ha hecho la marrana? Nada. ¿No es cierto que no te ha hecho nada?…

-¿Qué se le importa?

-No te ha hecho nada, y vos contumaz, obstinado, cruel, desfogas tus furores en la pobre bestia…

-Como me embrome mucho la voy a rociar de petróleo a la chancha y luego le prendo fuego.

Después de pronunciar estas palabras, el jorobadito descargaba latigazos en el crinudo lomo de la bestia, rechinando los dientes como un demonio de teatro. Y yo le decía:

-Te voy a retorcer el pescuezo, Rigoletto. Escuchá mis paternales advertencias, Rigoletto. Te conviene…

Predicar en el desierto hubiera sido más eficaz. Se regocijaba en contravenir mis órdenes y en poner en todo momento en evidencia su temperamento sardónico y feroz. Inútil era que prometiera zurrarle la badana o hacerle salir la joroba por el pecho de un mal golpe. Él continuaba observando una conducta impura. Volviendo a mi actual situación diré que si hay algo que me reprocho, es haber recaído en la ingenuidad de conversar semejantes minucias a los periodistas. Creía que las interpretarían, más heme aquí ahora abocado a mi reputación menoscabada, pues esa gentuza lo que menos ha escrito es que soy un demente, afirmando con toda seriedad que bajo la trabazón de mis actos se descubren las características de un cínico perverso.

Ciertamente, que mi actitud en la casa de la señora X, en compañía del jorobadito, no ha sido la de un miembro inscripto en el almanaque de Gotha. No. Al menos no podría afirmarlo bajo mi palabra de honor.

Pero de este extremo al otro, en el que me colocan mis irreductibles enemigos, media una igual distancia de mentira e incomprensión. Mis detractores aseguran que soy un canalla monstruoso, basando esta afirmación en mi jovialidad al comentar ciertos actos en los que he intervenido, como si la jovialidad no fuera precisamente la prueba de cuán excelentes son las condiciones de mi carácter y qué comprensivo y tierno al fin y al cabo.

Por otra parte, si hubiera que tamizar mis actos, ese tamiz a emplearse debería llamarse Sufrimiento. Soy un hombre que ha padecido mucho. No negaré que dichos padecimientos han encontrado su origen en mi exceso de sensibilidad, tan agudizada que cuando me encontraba frente a alguien he creído percibir hasta el matiz del color que tenían sus pensamientos, y lo más grave es que no me he equivocado nunca. Por el alma del hombre he visto pasar el rojo del odio y el verde del amor, como a través de la cresta de una nube los rayos de luna más o menos empalidecidos por el espesor distinto de la masa acuosa. Y personas hubo que me han dicho:

-¿Recuerda cuando usted, hace tres años, me dijo que yo pensaba en tal cosa? No se equivocaba.

He caminado así, entre hombres y mujeres, percibiendo los furores que encrespaban sus instintos y los deseos que envaraban sus intenciones, sorprendiendo siempre en las laterales luces de la pupila, en el temblor de los vértices de los labios y en el erizamiento casi invisible de la piel de los párpados, lo que anhelaban, retenían o sufrían. Y jamás estuve más solo que entonces, que cuando ellos y ellas eran transparentes para mí. De este modo, involuntariamente, fui descubriendo todo el sedimento de bajeza humana que encubren los actos aparentemente más leves, y hombres que eran buenos y perfectos para sus prójimos, fueron, para mí, lo que Cristo llamó sepulcros encalados. Lentamente se agrió mi natural bondad convirtiéndome en un sujeto taciturno e irónico. Pero me voy apartando, precisamente, de aquello a lo cual quiero aproximarme y es la relación del origen de mis desgracias. Mis dificultades nacen de haber conducido a la casa de la señora X al infame corcovado.

En la casa de la señora X yo “hacía el novio” de una de las niñas. Es curioso. Fui atraído, insensiblemente, a la intimidad de esa familia por una hábil conducta de la señora X, que procedió con un determinado exquisito tacto y que consiste en negarnos un vaso de agua para poner a nuestro alcance, y como quien no quiere, un frasco de alcohol. Imagínense ustedes lo que ocurriría con un sediento. Oponiéndose en palabras a mis deseos. Incluso, hay testigos. Digo esto para descargo de mi conciencia. Más aún, en circunstancias en que nuestras relaciones hacían prever una ruptura, yo anticipé seguridades que escandalizaron a los amigos de la casa. Y es curioso. Hay muchas madres que adoptan este temperamento, en la relación que sus hijas tienen con los novios, de manera que el incauto -si en un incauto puede admitirse un minuto de lucidez- observa con terror que ha llevado las cosas mucho más lejos de lo que permitía la conveniencia social.

Y ahora volvamos al jorobadito para deslindar responsabilidades. La primera vez que se presentó a visitarme en mi casa, lo hizo en casi completo estado de ebriedad, faltándole el respeto a una vieja criada que salió a recibirlo y gritando a voz en cuello de manera que hasta los viandantes que pasaban por la calle podían escucharle:

-¿Y dónde está la banda de música con que debían festejar mi hermosa presencia? Y los esclavos que tienen que ungirme de aceite, ¿dónde se han metido? En lugar de recibirme jovencitos con orinales, me atiende una vieja desdentada y hedionda. ¿Y ésta es la casa en la cual usted vive?

Y observando las puertas recién pintadas, exclamó enfáticamente:

-¡Pero esto no parece una casa de familia sino una ferretería! Es simplemente asqueroso. ¿Cómo no han tenido la precaución de perfumar la casa con esencia de nardo, sabiendo que iba a venir? ¿No se dan cuenta de la pestilencia de aguarrás que hay aquí?

¿Reparan ustedes en la catadura del insolente que se había posesionado de mi vida?

Lo cual es grave, señores, muy grave.

Estudiando el asunto recuerdo que conocí al contrahecho en un café; lo recuerdo perfectamente. Estaba yo sentado frente a una mesa, meditando, con la nariz metida en mi taza de café, cuando, al levantar la vista distinguí a un jorobadito que con los pies a dos cuartas del suelo y en mangas de camisa, observábame con toda atención, sentado del modo más indecoroso del mundo, pues había puesto la silla al revés y apoyaba sus brazos en el respaldo de ésta. Como hacía calor se había quitado el saco, y así descaradamente en cuerpo de camisa, giraba sus renegridos ojos saltones sobre los jugadores de billar. Era tan bajo que apenas si sus hombros se ponían a nivel con la tabla de la mesa. Y, como les contaba, alternaba la operación de contemplar la concurrencia, con la no menos importante de examinar su reloj pulsera, cual si la hora que éste marcara le importara mucho más que la señalada en el gigantesco reloj colgado de un muro del establecimiento.

Pero, lo que causaba en él un efecto extraño, además de la consabida corcova, era la cabeza cuadrada y la cara larga y redonda, de modo que por el cráneo parecía un mulo y por el semblante un caballo.

Me quedé un instante contemplando al jorobadito con la curiosidad de quien mira un sapo que ha brotado frente a él; y éste, sin ofenderse, me dijo:

-Caballero, ¿será tan amable usted que me permita sus fósforos?

Sonriendo, le alcancé mi caja; el contrahecho encendió su cigarro medio consumido y después de observarme largamente, dijo:

-¡Qué buen mozo es usted! Seguramente que no deben faltarle novias.

La lisonja halaga siempre aunque salga de la boca de un jorobado, y muy amablemente le contesté que sí, que tenía una muy hermosa novia, aunque no estaba muy seguro de ser querido por ella, a lo cual el desconocido, a quien bauticé en mi fuero interno con el nombre de Rigoletto, me contestó después de escuchar con sentenciosa atención mis palabras:

-No sé por qué se me ocurre que usted es de la estofa con que se fabrican excelentes cornudos.

Y antes que tuviera tiempo de sobreponerme a la estupefacción que me produjo su extraordinaria insolencia, el cacaseno continuó:

-Pues yo nunca he tenido novia, créalo, caballero… le digo la verdad…

-No lo dudo- repliqué sonriendo ofensivamente-, no lo dudo…

-De lo que me alegro, caballero, porque no me agradaría tener un incidente con usted…

Mientras él hablaba yo vacilaba si levantarme y darle un puntapié en la cabeza o tirarle a la cara el contenido de mi pocillo de café, pero recapacitándolo me dije que de promoverse un altercado allí, el que llevaría todas las de perder era yo, y cuando me disponía a marcharme contra mi voluntad porque aquel sapo humano me atraía con la inmensidad de su desparpajo, él, obsequiándome con la más graciosa sonrisa de su repertorio que dejaba al descubierto su amarilla dentadura de jumento, dijo:

-Este reloj pulsera me cuesta veinticinco pesos…; esta corbata es inarrugable y me cuesta ocho pesos…; ¿ve estos botines?, treinta y dos pesos, caballero. ¿Puede alguien decir que soy un pelafustán? ¡No, señor! ¿No es cierto?

-¡Claro que sí!

Guiñó arduamente los ojos durante un minuto, luego moviendo la cabeza como un osezno alegre, prosiguió interrogador y afirmativo simultáneamente:

-Qué agradable es poder confesar sus intimidades en público, ¿no le parece, caballero? ¿Hay muchos en mi lugar que pueden sentarse impunemente a la mesa de un café y entablar una amable conversación con un desconocido como lo hago yo? No. Y, ¿por qué no hay muchos, puede contestarme?

-No sé…

-Porque mi semblante respira la santa honradez.

Satisfechísimo de su conclusión, el bufoncillo se restregó las manos con satánico donaire, y echando complacidas miradas en redor prosiguió:

-Soy más bueno que el pan francés y más arbitrario que una preñada de cinco meses. Basta mirarme para comprender de inmediato que soy uno de aquellos hombres que aparecen de tanto en tanto sobre el planeta como un consuelo que Dios ofrece a los hombres en pago de sus penurias, y aunque no creo en la santísima Virgen, la bondad fluye de mis palabras como la piel del Himeto.

Mientras yo desencajaba los ojos asombrados, Rigoletto continuó:

-Yo podría ser abogado ahora, pero como no he estudiado no lo soy. En mi familia fui profesional del betún.

-¿Del betún?

-Sí, lustrador de botas…, lo cual me honra, porque yo solo he escalado la posición que ocupo. ¿O le molesta que haya sido profesional? ¿Acaso no se dice “técnico de calzado” el último remendón de portal, y “experto en cabellos y sus derivados” el rapabarbas, y profesor de baile el cafishio profesional?…

Indudablemente, era aquél el pillete más divertido que había encontrado en mi vida.

-¿Y ahora qué hace usted?

-Levanto quinielas entre mis favorecedores, señor. No dudo que usted será mi cliente. Pida informes…

-No hace falta…

-¿Quiere fumar usted, caballero?

-¡Cómo no!

Después que encendí el cigarro que él me hubo ofrecido, Rigoletto apoyó el corto brazo en mi mesa y dijo:

-Yo soy enemigo de contraer amistades nuevas porque la gente generalmente carece de tacto y educación, pero usted me convence…. me parece una persona muy de bien y quiero ser su amigo -dicho lo cual, y ustedes no lo creerán, el corcovado abandonó su silla y se instaló en mi mesa.

Ahora no dudarán ustedes de que Rigoletto era el ente más descarado de su especie, y ello me divirtió a punto tal que no pude menos de pasar el brazo por encima de la mesa y darle dos palmadas amistosas en la giba. Quedose el contrahecho mirándome gravemente un instante; luego lo pensó mejor, y sonriendo, agregó:

-¡Que le aproveche, caballero, porque a mí no me ha dado ninguna suerte!

Siempre dudé que mi novia me quisiera con la misma fuerza de enamoramiento que a mí me hacía pensar en ella durante todo el día, como en una imagen sobrenatural. Por momentos la sentía implantada en mi existencia semejante a un peñasco en el centro de un río. Y esta sensación de ser la corriente dividida en dos ondas cada día más pequeñas por el crecimiento del peñasco, resumía mi deleite de enamoramiento y anulación. ¿Comprenden ustedes? La vida que corre en nosotros se corta en dos raudales al llegar a su imagen, y como la corriente no puede destruir la roca, terminamos anhelando el peñasco que aja nuestro movimiento y permanece inmutable.

Naturalmente, ella desde el primer día que nos tratamos, me hizo experimentar con su frialdad sonriente el peso de su autoridad. Sin poder concretar en qué consistía el dominio que ejercía sobre mí, éste se traducía como la presión de una atmósfera sobre mi pasión. Frente a ella me sentía ridículo, inferior sin saber precisar en qué podía consistir cualquiera de ambas cosas. De más está decir que nunca me atreví a besarla, porque se me ocurría que ella podía considerar un ultraje mi caricia. Eso sí, me era más fácil imaginármela entregada a las caricias de otro, aunque ahora se me ocurre que esa imaginación pervertida era la consecuencia de mi conducta imbécil para con ella. En tanto, mediante esas curiosas transmutaciones que obra a veces la alquimia de las pasiones, comencé a odiarla rabiosamente a la madre, responsabilizándola también, ignoro por qué, de aquella situación absurda en que me encontraba. Si yo estaba de novio en aquella casa debíase a las arterias de la maldita vieja, y llegó a producirse en poco tiempo una de las situaciones más raras de que haya oído hablar, pues me retenía en la casa, junto a mi novia, no el amor a ella, sino el odio al alma taciturna y violenta que envasaba la madre silenciosa, pesando a todas horas cuántas probabilidades existían en el presente de que me casara o no con su hija. Ahora estaba aferrado al semblante de la madre como a una mala injuria inolvidable o a una humillación atroz. Me olvidaba de la muchacha que estaba a mi lado para entretenerme en estudiar el rostro de la anciana, abotagado por el relajamiento de la red muscular, terroso, inmóvil por momentos como si estuviera tallado en plata sucia, y con ojos negros, vivos e insolentes.

Las mejillas estaban surcadas por gruesas arrugas amarillas, y cuando aquel rostro estaba inmóvil y grave, con los ojos desviados de los míos, por ejemplo, detenidos en el plafón de la sala, emanaba de esa figura envuelta en ropas negras tal implacable voluntad, que el tono de la voz, enérgico y recio, lo que hacía era sólo afirmarla.

Yo tuve la sensación, en un momento dado, que esa mujer me aborrecía, porque la intimidad, a la cual ella “involuntariamente” me había arrastrado, no aseguraba en su interior las ilusiones que un día se había hecho respecto a mí. Y a medida que el odio crecía, y lanzaba en su interior furiosas voces, la señora X era más amable conmigo, se interesaba por mi salud, siempre precaria, tenía conmigo esas atenciones que las mujeres que han sido un poco sensuales gastan con sus hijos varones, y como una monstruosa araña iba tejiendo en redor de mi responsabilidad una fina tela de obligaciones. Sólo sus ojos negros e insolentes me espiaban de continuo, revisándome el alma y sopesando mis intenciones. A veces, cuando la incertidumbre se le hacía insoportable, estallaba casi en estas indirectas:

-Las amigas no hacen sino preguntarme cuándo se casan ustedes, y yo ¿qué les voy a contestar? Que pronto.-O si no:- Sería conveniente, no le parece a usted, que la “nena” fuera preparando su ajuar.

Cuando la señora X pronunciaba estas palabras, me miraba fijamente para descubrir si en un parpadeo o en un involuntario temblor de un nervio facial se revelaba mi intención de no cumplir con el compromiso, al cual ella me había arrastrado con su conducta habilísima. Aunque tenía la seguridad de que le daría una sorpresa desagradable, fingía estar segura de mi “decencia de caballero”, mas el esfuerzo que tenía que efectuar para revestirse de esa apariencia de tranquilidad, ponía en el timbre de su voz una violencia meliflua, violencia que imprimía a las palabras una velocidad de cuchicheo, como quien os confía apuradamente un secreto, acompañando la voz con una inclinación de cabeza sobre el hombro derecho, mientras que la lengua humedecía los labios resecos por ese instinto animal que la impulsaba a desear matarme o hacerme víctima de una venganza atroz.

Además de voluntariosa, carecía de escrúpulos, pues fingía articular con mis ideas, que le eran odiosas en el más amplio sentido de la palabra. Y aunque aparentemente resulte ridículo que dos personas se odien en la divergencia de un pensamiento, no lo es, porque en el subconsciente de cada hombre y de cada mujer donde se almacena el rencor, cuando no es posible otro escape, el odio se descarga como por una válvula psíquica en la oposición de las ideas. Por ejemplo, ella, que odiaba a los bolcheviques, me escuchaba deferentemente cuando yo hablaba de las rencillas de Trotsky y Stalin, y hasta llegó al extremo de fingir interesarse por Lenin, ella, ella que se entusiasmaba ardientemente con los más groseros figurones de nuestra política conservadora. Acomodaticia y flexible, su aprobación a mis ideas era una injuria, me sentía empequeñecido y denigrado frente a una mujer que si yo hubiera afirmado que el día era noche, me contestara:

-Efectivamente, no me fijé que el sol hace rato que se ha puesto.

Sintetizando, ella deseaba que me casara de una vez. Luego se encargaría de darme con las puertas en las narices y de resarcirse de todas las dudas en que la había mantenido sumergida mi noviazgo eterno.

En tanto la malla de la red se iba ajustando cada vez más a mi organismo. Me sentía amarrado por invisibles cordeles. Día tras día la señora X agregaba un nudo más a su tejido, y mi tristeza crecía como si ante mis ojos estuvieran serruchando las tablas del ataúd que me iban a sumergir en la nada. Sabía que en la casa, lo poco bueno que persistía en mí iba a naufragar si yo aceptaba la situación que traía aparejada el compromiso. Ellas, la madre y la hija, me atraían a sus preocupaciones mezquinas, a su vida sórdida, sin ideales, una existencia gris, la verdadera noria de nuestro lenguaje popular, en el que la personalidad a medida que pasan los días se va desintegrando bajo el peso de las obligaciones económicas, que tienen la virtud de convertirlo a un hombre en uno de esos autómatas con cuello postizo, a quienes la mujer y la suegra retan a cada instante porque no trajo más dinero o no llegó a la hora establecida. Hace mucho tiempo que he comprendido que no he nacido para semejante esclavitud. Admito que es más probable que mi destino me lleve a dormir junto a los rieles de un ferrocarril, en medio del campo verde, que a acarretillar un cochecito con toldo de hule, donde duerme un muñeco que al decir de la gente “debe enorgullecerme de ser padre”.

Yo no he podido concebir jamás ese orgullo, y sí experimento un sentimiento de verguenza y de lástima cuando un buen señor se entusiasma frente a mí con el pretexto de que su esposa lo ha hecho “padre de familia”. Hasta muchas veces me he dicho que esa gente que así procede son simuladores de alegría o unos perfectos estúpidos. Porque en vez de felicitarnos del nacimiento de una criatura debíamos llorar de haber provocado la aparición en este mundo de un mísero y débil cuerpo humano, que a través de los años sufrirá incontables horas de dolor y escasísimos minutos de alegría.

Y mientras la “deliciosa criatura” con la cabeza tiesa junto a mi hombro soñaba con un futuro sonrosado, yo, con los ojos perdidos en la triangular verdura de un ciprés cercano, pensaba con qué hoja cortante desgarrar la tela de la red, cuyas células a medida que crecía se hacían más pequeñas y densas. Sin embargo, no encontraba un filo lo suficientemente agudo para desgarrar definitivamente la malla, hasta que conocí al corcovado.

En esas circunstancias se me ocurrió la “idea” -idea que fue pequeñita al principio como la raíz de una hierba, pero que en el transcurso de los días se bifurcó en mi cerebro, dilatándose, afianzando sus fibromas entre las células más remotas- y aunque no se me ocultaba que era ésa una “idea” extraña, fui familiarizándome con su contextura, de modo que a los pocos días ya estaba acostumbrado a ella y no faltaba sino llevarla a la práctica. Esa idea, semidiabólica por su naturaleza, consistía en conducir a la casa de mi novia al insolente jorobadito, previo acuerdo con él, y promover un escándalo singular, de consecuencias irreparables. Buscando un motivo mediante el cual podría provocar una ruptura, reparé en una ofensa que podría inferirle a mi novia, sumamente curiosa, la cual consistía:

Bajo la apariencia de una conmiseración elevada a su más pura violencia y expresión, el primer beso que ella aún no me había dado a mí, tendría que dárselo al repugnante corcovado que jamás había sido amado, que jamás conoció la piedad angélica ni la belleza terrestre.

Familiarizado, como les cuento, con mi “idea”, si a algo tan magnífico se puede llamar idea, me dirigí al café en busca de Rigoletto.

Después que se hubo sentado a mi lado, le dije:

-Querido amigo: muchas veces he pensado que ninguna mujer lo ha besado ni lo besará. ¡No me interrumpa! Yo la quiero mucho a mi novia, pero dudo que me corresponda de corazón. Y tanto la quiero que para que se dé cuenta de mi cariño le diré que nunca la he besado. Ahora bien: yo quiero que ella me dé una prueba de su amor hacia mí… y esa prueba consistirá en que lo bese a usted. ¿Está conforme?

Respingó el corcovado en su silla; luego con tono enfático me replicó:

-¿Y quién me indemniza a mí, caballero, del mal rato que voy a pasar?

-¿Cómo, mal rato?

-¡Naturalmente! ¿O usted se cree que yo puedo prestarme por ser jorobado a farsas tan innobles? Usted me va a llevar a la casa de su novia y como quien presenta un monstruo, le dirá: “Querida, te presento al dromedario”.

-¡Yo no la tuteo a mi novia!

-Para el caso es lo mismo. Y yo en tanto, ¿qué voy a quedarme haciendo, caballero? ¿Abriendo la boca como un imbécil, mientras disputan sus tonterías? ¡No, señor; muchas gracias! Gracias por su buena intención, como le decía la liebre al cazador. Además, que usted me dijo que nunca la había besado a su novia.

-Y eso, ¿qué tiene que ver?

-¡Claro! ¿Usted sabe acaso si a mí me gusta que me besen? Puede no gustarme. Y si no me gusta, ¿por qué usted quiere obligarme? ¿O es que usted se cree que porque soy corcovado no tengo sentimientos humanos?

La resistencia de Rigoletto me enardeció. Violentamente, le dije:

-Pero ¿no se da cuenta de que es usted, con su joroba y figura desgraciadas, el que me sugirió este admirable proyecto? ¡Piense, infeliz! Si mi novia consiente, le quedará a usted un recuerdo espléndido. Podrá decir por todas partes que ha conocido a la criatura más adorable de la tierra. ¿No se da cuenta? Su primer beso habrá sido para usted.

-¿Y quién le dice a usted que ése sea el primer beso que haya dado?

Durante un instante me quedé inmóvil; luego, obcecado por ese frenesí que violentaba toda mi vida hacia la ejecución de la “idea”, le respondí:

-Y a vos, Rigoletto, ¿qué se te importa?

-¡No me llame Rigoletto! Yo no le he dado tanta confianza para que me ponga sobrenombres.

-Pero ¿sabés que sos el contrahecho más insolente que he conocido?

Amainó el jorobadito y ya dijo:

-¿Y si me ultrajara de palabra o de hecho?

-¡No seas ridículo, Rigoletto! ¿Quién te va a ultrajar? ¡Si vos sos un bufón! ¿No te das cuenta? ¡Sos un bufón y un parásito! ¿Para qué hacés entonces la comedia de la dignidad?

-¡Rotundamente protesto, caballero!

-Protestá todo lo que quieras, pero escucháme. Sos un desvergonzado parásito. Creo que me expreso con suficiente claridad ¿no? Les chupás la sangre a todos los clientes del café que tienen la imprudencia de escuchar tus melifluas palabras. Indudablemente no se encuentra en todo Buenos Aires un cínico de tu estampa y calibre. ¿Con qué derecho, entonces, pretendés que te indemnicen si a vos te indemniza mi tontería de llevarte a una casa donde no sos digno de barrer el zaguán? ¡Qué más indemnización querés que el beso que ella, santamente, te dará, insensible a tu cara, el mapa de la desverguenza!

-¡No me ultraje!

-Bueno, Rigoletto, ¿aceptás o no aceptás?

-¿Y si ella se niega a dármelo o quedo desairado?…

-Te daré veinte pesos.

-¿Y cuándo vamos a ir?

-Mañana. Cortáte el pelo, limpiáte las uñas…

-Bueno…, présteme cinco pesos…

-Tomá diez.

A las nueve de la noche salí con Rigoletto en dirección a la casa de mi novia. El giboso se había perfumado endiabladamente y estrenaba una corbata plastrón de color violeta.

La noche se presentaba sombría con sus ráfagas de viento encallejonadas en las bocacalles, y en el confín, tristemente iluminado por oscilantes lunas eléctricas, se veían deslizarse vertiginosas cordilleras de nubes. Yo estaba malhumorado, triste. Tan apresuradamente caminaba que el cojo casi corría tras de mí, y a momentos tomándome del borde del saco, me decía con tono lastimero:

-¡Pero usted quiere reventarme! ¿Qué le pasa a usted?

Y de tal manera crecía mi enfurecimiento que de no necesitarlo a Rigoletto lo hubiera arrojado de un puntapié al medio de la calzada.

¡Y cómo soplaba el viento! No se veía alma viviente por las calles, y una claridad espectral caída del segundo cielo que contenían las combadas nubes, hacía más nítidos los contornos de las fachadas y sus cresterías funerarias. No había quedado un trozo de papel por los suelos. Parecía que la ciudad había sido borrada por una tropa de espectros. Y a pesar de encontrarme en ella, creía estar perdido en un bosque.

El viento doblaba violentamente la copa de los árboles, pero el maldito corcovado me perseguía en mi carrera, como si no quisiera perderme, semejante a mi genio malo, semejante a lo malvado de mí mismo que para concretarse se hubiera revestido con la figura abominable del giboso.

Y yo estaba triste. Enormemente triste, como no se lo imaginan ustedes. Comprendía que le iba a inferir un atroz ultraje a la fría calculadora; comprendía que ese acto me separaría para siempre de ella, lo cual no obstaba para que me dijera a medida que cruzaba las aceras desiertas:

-Si Rigoletto fuera mi hermano, no hubiera procedido lo mismo.

Y comprendía que sí, que si Rigoletto hubiera sido mi hermano, yo toda la vida lo hubiera compadecido con angustia enorme. Por su aislamiento, por su falta de amor que le hiciera tolerable los días colmados por los ultrajes de todas las miradas. Y me añadía que la mujer que me hubiera querido debía primero haberlo amado a él. De pronto me detuve ante un zaguán iluminado:

-Aquí es.

Mi corazón latía fuertemente. Rigoletto atiesó el pescuezo y, empinado sobre la punta de sus pies, al tiempo que se arreglaba el moño de la corbata, me dijo:

-¡Acuérdese! ¡Usted es el único culpable! ¡Que el pecado…!

Fina y alta, apareció mi novia en la sala dorada.

Aunque sonreía, su mirada me escudriñaba con la misma serenidad con que me examinó la primera vez cuando le dije: “¿me permite una palabra, señorita?”, y esta contradicción entre la sonrisa de su carne (pues es la carne la que hace ese movimiento delicioso que llamamos sonrisa) y la fría expectativa de su inteligencia discerniéndome mediante los ojos, era la que siempre me causaba la extraña impresión.

Avanzó cordialmente a mi encuentro, pero al descubrir al contrahecho, se detuvo asombrada, interrogándonos a los dos con la mirada.

-Elsa, le voy a presentar a mi amigo Rigoletto.

-¡No me ultraje, caballero! ¡Usted bien sabe que no me llamo Rigoletto!

-¡A ver si te callás!

Elsa detuvo la sonrisa. Mirábame seriamente, como si yo estuviera en trance de convertirme en un desconocido para ella. Señalándole una butaca dorada le dije al contrahecho:

-Sentáte allí y no te muevas.

Quedóse el giboso con los pies a dos cuartas del suelo y el sombrero de paja sobre las rodillas y con su carota atezada parecía un ridículo ídolo chino. Elsa contemplaba estupefacta al absurdo personaje.

Me sentí súbitamente calmado.

-Elsa -le dije-, Elsa, yo dudo de su amor. No se preocupe por ese repugnante canalla que nos escucha. Óigame: yo dudo… no sé por qué…, pero dudo de que usted me quiera. Es triste eso…, créalo… Demuéstreme, deme una prueba de que me quiere, y seré toda la vida su esclavo.

Naturalmente, yo no estaba seguro de lo que quería expresar “toda la vida”, pero tanto me agradó la frase que insistí:

-Sí, su esclavo para toda la vida. No crea que he bebido. Sienta el olor de mi aliento.

Elsa retrocedió a medida que yo me acercaba a ella, y en ese momento, ¿saben ustedes lo que se le ocurre al maldito cojo? Pues: tocar una marcha militar con el nudillo de sus dedos en la copa del sombrero.

Me volví al cojo y después de conminarle silencio, me expliqué:

-Vea, Elsa, y la única prueba de amor es que le dé un beso a Rigoletto.

Los ojos de la doncella se llenaron de una claridad sombría. Caviló un instante; luego, sin cólera en la voz, me dijo muy lentamente:

-¡Retírese!

-¡Pero!…

-¡Retírese, por favor…; váyase!…

Yo me inclino a creer que el asunto hubiera tenido compostura, créanlo…, pero aquí ocurrió algo curioso, y es que Rigoletto, que hasta entonces había guardado silencio, se levantó exclamando:

-¡No le permito esa insolencia, señorita…, no le permito que lo trate así a mi noble amigo! Usted no tiene corazón para la desgracia ajena. ¡Corazón de peñasco, es indigna de ser la novia de mi amigo!

Más tarde mucha gente creyó que lo que ocurrió fue una comedia preparada. Y la prueba de que yo ignoraba lo que iba a ocurrir, es que al escuchar los despropósitos del contrahecho me desplomé en un sofá riéndome a gritos, mientras que el giboso, con el semblante congestionado, tieso en el centro de la sala, con su bracito extendido, vociferaba:

-¡Por qué usted le dijo a mi amigo que un beso no se pide…, se da! ¿Son conversaciones esas adecuadas para una que presume de señorita como usted? ¿No le da a usted verguenza?

Descompuesto de risa, sólo atiné a decir:

-¡Calláte, Rigoletto; calláte!…

El corcovado se volvió enfático:

-¡Permítame, caballero…; no necesito que me dé lecciones de urbanidad!

Y volviéndose a Elsa, que roja de vergüenza había retrocedido hasta la puerta de la sala, le dijo:

-¡Señorita… la conmino a que me dé un beso!

El límite de resistencia de las personas es variable. Elsa huyó arrojando grandes gritos y en menos tiempo del que podía esperarse aparecieron en la sala su padre y su madre, la última con una servilleta en la mano. ¿Ustedes creen que el cojo se amilanó? Nada de eso. Colocado en medio de la sala, gritó estentóreamente:

-¡Ustedes no tienen nada que hacer aquí! ¡Yo he venido en cumplimiento de una alta misión filantrópica!… ¡No se acerquen!

Y antes de que ellos tuvieran tiempo de avanzar para arrojarlo por la ventana, el corcovado desenfundó un revólver, encañonándolos.

Se espantaron porque creyeron que estaba loco, y cuando los vi así inmovilizados por el miedo, quedéme a la expectativa, como quien no tuviera nada que hacer en tal asunto, pues ahora la insolencia de Rigoletto parecíame de lo más extraordinaria y pintoresca.

Éste, dándose cuenta del efecto causado, se envalentonó:

-¡Yo he venido a cumplir una alta misión filantrópica! Y es necesario que Elsa me dé un beso para que yo le perdone a la humanidad mi corcova. A cuenta del beso, sírvanme un té con coñac. ¡Es una vergüenza cómo ustedes atienden a las visitas! ¡No tuerza la nariz, señora, que para eso me he perfumado! ¡Y tráigame el té!

¡Ah, inefable Rigoletto! Dicen que estoy loco, pero jamás un cuerdo se ha reído con tus insolencias como yo, que no estaba en mis cabales.

-Lo haré meter preso…

-Usted ignora las más elementales reglas de cortesía -insistía el corcovado-. Ustedes están obligados a atenderme como a un caballero. El hecho de ser jorobado no los autoriza a despreciarme. Yo he venido para cumplir una alta misión filantrópica. La novia de mi amigo está obligada a darme un beso. Y no lo rechazo. Lo acepto. Comprendo que debo aceptarlo como una reparación que me debe la sociedad, y no me niego a recibirlo.

Indudablemente… si allí había un loco, era Rigoletto, no les quede la menor duda, señores. Continuó él:

-Caballero… yo soy…

Un vigilante tras otro entraron en la sala. No recuerdo nada más. Dicen los periódicos que me desvanecí al verlos entrar. Es posible.

¿Y ahora se dan cuenta por qué el hijo del diablo, el maldito jorobado, castigaba a la marrana todas las tardes y por qué yo he terminado estrangulándole?

* Roberto Godofredo Christophersen Arlt nació en Buenos Aires, en el barrio de Flores, el 2 de abril de 1900. Publicó El juguete rabioso, su primer novela, en 1926. Por entonces comenzaba también a escribir para los diarios Crítica y El mundo. Sus columnas diarias Aguafuertes porteñas, aparecieron de 1928 a 1935 y fueron después recopiladas en el libro del mismo nombre. Se divertía contando de sus amistades con rufianes, falsificadores y pistoleros, de las que saldrían muchos de sus personajes. Las Aguafuertes se convirtieron con el tiempo en uno de los clásicos de la literatura argentina. Al mismo tiempo de su actividad como escritor, Arlt buscó constantemente hacerse rico como inventor, con singular fracaso. En 1935, viajó a España y África enviado por El Mundo, de donde salen sus Aguafuertes Españolas. Pero salvo este viaje y alguna escapada a Chile y Brasil, permaneció en la ciudad de Buenos Aires, tanto en la vida real como en sus novelas, Los siete locos y su continuación, Los lanzallamas. Murió en Buenos Aires, el 26 de julio de 1942.

[Publicado en portada en mayo 2010]


El curandero del amor

Un cuento de Washington Cucurto*

Le compré a un peruano en el Rey un cd de cumbia de Los Mirlos. Estábamos cerveceando con mi ticki cumbiantera cuando apareció el peruca cargado de cds y dvds piratas. Estaba mordiéndole los labios, tocándole las manos, bajo las luces multicolores de ese barsucho del Superconsti, cuando plaf, cayeron ellos, los cds. Me los puso encima de la mesa, una montaña de soldaditos musicales y me desesperé, y con ella, comenzamos a elegir ballenatos, cumbias tropicales, José José, Jerry Rivera, Juaneco y su Combo, tres de Karicia, mi grupo preferido. Los Mirlos son lo mejor del Perú y de la música andina, un día les contaré la historia de ellos. Nos sentíamos como unos “Cumbianteros junto a la orilla del mar”. Mi ticki sacó cinco pesos de su cartera y me compró. El poder verde, de Los Mirlos. “Este tema habla de un curandero, es el poder verde”, nos dijo el peruano. ¿Qué es el poder verde?, le dijo sonriente, medio en joda, moviendo las tetas, mi ticki atrevida. “Es el poder de la selva, que cura cualquier mal. Siempre hay un representante de la selva entre nosotros, ese rol lo cumple un curandero”. Y, ¿qué cura ese curandero?, le dije preocupado. “Lo que sea, hermano, lo que tengas, yo conozco uno. Si tienes un mal yo te llevo con él por 15 pesos”. Con mi ticki cumbiantera y guevarista abrimos los ojos mirándonos.

—Ya sé lo que pensás, atorranta, le dije. Pasa que mi ticki esta preñadísima de dos meses. Es decir hace dos meses que no le baja la sangre. Yo estoy casado hace diez años, tengo tres hijos y una mujer. Pero estoy enamorado de mi ticki guevarista, estudiante de Sociales, perteneciente al grupo Liberación y ahora preñadisima de mí o de quién sea, que eso nunca se sabe.

Continué:

—Vos sos tan atorranta, tan trola. Que merecés que te lleve a ese curandero pa que te baje la saina.

—Cucu, diablo, vamos ya.

Y entre besos mordiendo sus labios gruesos que son un espectáculo, un puro y vacío show como las marchas en la Plaza. Y ella a cada agite me dice, “nos vemos en la Plaza”. Y yo tengo que ir a buscarla entre peronistas, progresistas, piqueteros, clases medias y vendedores de lo que sea, que esa es la única gente rescatable de esas marchas.

Hace un rato venimos de una marcha donde pregonó una Madre de la Plaza de Mayo y leyó la carta de Rodolfo Walsh, demasiado aburrida.

—Terminemos la birra y vamos, me dijo mi ticki, en ese bar peruano demasiado antro, demasiado achacoso pa conocer de Madres y revoluciones y desaparecidos. Siempre habrá un lugar más allá de todo y es este barcito peruano y metacumbiero del barrio de Constitución.

Caminamos con el peruano por Salta hasta Caseros y nos metimos en un conventillo. Me dijo, esperen acá que voy a tocarle la puerta al curandero. De una pieza sonaba la música de Rodrigo. Jugaban los niños a pesar de la hora. Esperamos en la oscuridad, besándonos.

—Pasen chicos, gritó de una pieza el vendedor de cds.

—Diganmé, nos dijo una voz en la oscuridad de la pieza. Era el curandero. Estaba sentado en un banco, con un atuendo de todos los colores y unas velas alrededor. Tenía una vincha roja y una peluca de pelo lacio, amarillo.

—Sientesé chicos y cuentenmé. Soy el curandero del amor.

—Está preñada, curandero del amor.

—Ah, te felicito, comerte semejante bombón.

—No maestro, esto es cosa seria. No estamos para tener un hijo…

—Pero muchacho, usted es joven puede trabajar. Un hijo es una bendición de Dios.

—Sí, maestro, pero ya tengo dos y ella tiene 17 años.

Mi ticki se reía de nuestra conversación y se mordía los labios, los dedos. Si tenía una pija la chupaba. Su mirada estaba llena de sexo en la oscuridad, como siempre.

El curandero dirigiéndose a mi ticki.

—Y vos, nenita, ¿no te gustaría ser madre?

—Sí, curandero del amor, es lo que mas deseo en la vida. Pero el Cucu me baja el pulgar…

—Ay, muchacho andar poniéndola sin hacerse cargo de las consecuencias.

—Por eso, porque me hago cargo de las consecuencias es que será bueno que le baje el período.

—Bueno, viendo que las voluntades son irrevocables y están en contra de la vida. Llamemos al Dios de la Selva. San Poronga.

— ¿San Poronga?, preguntamos a la vez con mi ticki futura mamá.

—Sí, San Poronga, el Rey del Perú. Protector de las abuelitas y de las púberes de los degenerados como vos.

—La culpa es del Viagra y de la cumbia.

El curandero mirando a mi niña.

—Esto te pasa por bailar la cumbia.

— ¿Por qué por bailar la cumbia?

— Te emborrachás te prendés de un negro y te perdés con la cerveza y los besos. Al final terminás garchada en un telo o una pensión o encima de un auto.

—Yo bailo buscando el amor.

El curandero se paró de su banquito sopló un manojo de inciensos con olor a lavandas y mentas. Se acercó a mi ticki y comenzó a manosearla y decir cosas en voz alta.

-“San Poronga, protector de los hijos de la Selva. Conductor del Semen y de los Hongos. Hijo del Océano Pacífico, proteje a esta hija tuya curepí. Haz que la sangre le baje en este preciso momento, por el bien de todos. Y en nombre de la Salud, te lo pide tu hijo”.

Me di cuenta enseguida que a este maestro se le pasaba la mano con la religión. Se franeleaba a todas las cumbianteras de la bailanta, a todas las guachitas que preñaban por culpa de la cumbia. Iba a la puerta de la bailanta y repartía volantitos. “No tengas hijos con un desconocido, si quedaste embarazada vení a visitarme que te vuelvo la sangre”.

¿Qué más? Nos dijo que esperáramos 15 minutos y si no le venia se sentaría en una cama donde se procedería a bajar la sangre.

—Bienvenida al desangradero. Sacate la pollera y la bombacha y acostate en la cama.

Apagó las luces casi hasta que no se veía nada en la pieza del yotibenco de la calle Pedro Echagüe y Santiago del Estero. Una vez que bajó las luces prendió un foco rojo que había al costado de la cama arriba de una silla. Yo me quedé en la puerta inmóvil, me temblaban los pies. El curandero del amor se arrodilló delante de la chuchita de mi ticki y comenzó a introducirle un dedo, después otro y otro. Mientras le introducía dos dedos comenzó a darle besitos en el clítoris y a pasarle la punta de la lengua.

Al lado mío me codeaba el vendedor de cds piratas.

—Eh, maestro, la traje para que la cure. No para que se la garche.

—Lo que estoy haciendo no tiene interés sexual, muchacho. Estoy lubricando la zona para que no hayan rispideces.

—Todo lo que usted diga maestro, pero si hay que lubricar me debería haber pedido permiso a mí. Esta ticki es MI TICKI. Y todo lo que se diga o haga con respecto a ella debe informárseme a mí.

—Bueno, vení hacelo vos. Si sabés tanto.

El curandero se corrió de las piernas de María. Antes rezó tres Padres Nuestro.

Se lavó las manos en una palangana. Usó jabón blanco de lavar la ropa. Y 15 gotitas de agua bendita. Sacó dos pinzas horribles de un bolso y las puso adentro de un microondas que estaba al lado de la cama. Empezó a decir cosas inconexas, frases de oraciones, bendiciones. “En nombre del Padre que ve todo lo mal que hacemos y nos perdona… En nombre de los errantes que erran por alejarse de Dios… Por el Sr. Porongón, Convertidor del Pecado en Pureza… Proteje a esta cierva pecadora de la cumbia… Oh, Gran Misericordioso Creador del Cielo y de La Tierra… no es mas que un ángel descarriado”. El microondas giró cuatro minutitos y sacó las pinzas humeando.

—Hay que quemar las paredes del útero. Y después bendecir con agua bendita. Esto va a doler.

Cuando con el vendedor de cds truchos vimos las pinzas hirvientes nos agarró un temblor en todo el cuerpo. Él se tapó la boca y dejó caer la cajita con los compac que sonaron en el piso creando entre todos una cumbia.

La cumbia de la tristeza infinita.

El vendedor de cds me dijo:

—Negro, jugáte, no dejés que le haga nada.

No esperé ni un segundo y salté encima del curandero y le dije.

—Espere esto no es necesario. Vamos a tenerlo.

— ¿Tener qué?, me preguntó el curandero enojado.

—El hijo. Vamos a tener el hijo.

La oscuridad de la pieza era total, de una pieza sonó una cumbia que decía que no se podía amar a dos, bien sabes. Fue ahí cuando vi la cara de María en la cama, sus labios brillantes, su pelo corto. Era como la cara de una virgen a punto de ser ejecutada, era como una adolescente en un campo de prisioneros a punto de ser torturada. La vi tan hermosa y lloró.

Entre lágrimas me dijo:

—Cucu, mi amor, te amo, pero no podemos tenerlo.

En ese momento deseé que estuviéramos en el bar peruano comiéndonos una corvina con arroz; tomándonos una Condorina Helada, mirándonos a los ojos y prometiéndonos todo el amor del mundo. La agarré de la mano y comencé a llorar. El curandero del amor seguía con las pinzas en alto esperando a que nos decidamos.

— ¿Y? ¿Qué hacemos? En dos segundos se ahorran los problemas de una vida.

Le grité que no, que nos íbamos. Entonces María se sentó en la cama y me pegó una cachetada y otra más.

—Puto, puto. No quiero tener un hijo tuyo.

Y lo miró al curandero.

—Y usted, déjese de joder y meta esas pinzas.

Yo me quedé volando entre mis lágrimas por el cachetazo de mi ticki: Sentí sus alaridos de dolor. Después fue todo sangre. Las sábanas, la cama, la pieza, el barrio y el barcito peruano. El mundo fue rojo, como la Unión Soviética o la cancha de Independiente de Avellaneda.

El curandero del amor se asustó.

—Hay mucha sangre, hay que quemarla o se morirá desangrada.

María, mi ticki cumbiantera, mi compañera fiel, mi hermana, mi todo, sangraba sin parar. La sangre inundaba el piso como una inundación. Como un río de sangre. La sangre de nuestro amor, la sangre de mi vida.

—Va a haber que hacer una curación doble de urgencia.

El curandero corrió hasta el ropero. Tiró la ropa que había adentro y sacó un nebulizador. Con la manguera me ató el brazo y con una jeringa comenzó a sacarme sangre.

— ¡Sangre!, gritó.

Yo sentí el pinchazo y la sangre que salía de mi cuerpo.

— ¡Cerrá el puño, pelotudo!, me volvió a gritar.

Cuando terminó voló la goma del nebulizador dándome otra cachetada en la mejilla.

El curandero corrió hacia la cama y se la inyectó intravenosa.

— ¡Sangre!, gritó y me pinchó.

Me sentí mal aferrado a la mano de María.

—Mejor me voy que va a venir la policia, dijo el vendedor de cds truchos.

— ¡Sangre, que se nos va!, gritó el curandero y saltó con la jeringa hacia el vendedor que no atinó a nada. Le pinchó el brazo con gran maestría y le sacó un litro.

El vendedor pegó un grito de dolor.

—Gracias, hermano, le dije y le di un beso. Cuando tenga plata te compro todos los cds…

El curandero giró y le inyectó la sangre a mi ticki. Se desabrochó la manga y mientras gritaba, sangre, se clavó sin pestañar la jeringa en un brazo y ya esto era un toqueteo, un pinchaderío sin ton ni son. Se pinchaba y ya la pinchaba a ella y se volvía a pinchar y le daba mas sangre a ella. Era tanto el bardo y la desesperación que incluso vi cómo la pinchaba a la propia Maria sacándole sangre de un brazo y poniéndosela en el otro. “Lo importante es que la sangre fluya”, dijo. Yo estiré mi brazo y me dio dos pinchazos pero ni por asomo asomó una gota de sangre. “Esta vacío”, dijo. De brazo en brazo caían gotones de sangre que el curandero chupaba “para no perderla”.

Al curandero se le cayó la peluca y se despegó de su traje de curandero y se sentó en un banquito.

— ¡La salvamos, pongan cumbia, carajo!

Yo me alegré de la vida. Salté al minicomponente Aiwa y puse Los Mirlos. Y sonó de casualidad el Poder Verde. Lo puse a volumen 55, la pieza retumbaba que volaba. Solo un aparato japonés puede poner la cumbia a 55 de sonido. El gran plan de los japoneses es que un día prendamos un Aiwa y volemos en mil pedazos. La cumbia se escuchaba hasta en la Luna.

— ¡El poder Verde!, gritó el curandero.

Teníamos los brazos dolorosos pero estábamos contentos.

Como si fuese un cuento de García Marquez, pero más divertido y con cumbia. Pos, qué es esta vida de hambre, sino puro realismo mágico al revés. Sea como sea, la cama de mi ticki se comenzó a elevar en medio de aquel cuartucho horripilante, mientras sonaba Eres Mentirosa. Golpeaba contra el foquito del techo e iba flotando de un lado a otro de la pieza, como una vez vi, que flotaba en llamas la cama de Frida Kalho, en una película yanqui. Y ustedes no lo van a creer, pero las cosas que pasan en las películas, también pasan en la vida. Si piensan que macaneo vengan a caminar por las calles de Constitución y verán que esto es ciencia ficción sudamericana.

—Esta es una curación doble. Hay que hacer la otra parte de la curación.

—¿Qué otra parte de la curación?, le pregunté. Yo lo miré al curandero trucho que no era otro más que el mismo hermano del vendedor de cds y a los cds los copiaban en el mismo Aiwa multipotente, en el cual ahora sonaba Lamento de la Selva. Che, que ahora me doy cuenta lo justo y hermoso que es el amor pese a todo, lo digo ahora que pasaron tres dias y ya me puedo sentar y caminar. Che, que no hay nada más justo en la vida que el amor y el sufrimiento. El curandero fue y quemó de nuevo en el microondas las pinzas y me dijo que el amor se hace entre dos y que para que no vuelva a ocurrir era necesario, que no dolería nada, que piense en María que al lado mío boca arriba, y yo boca abajo, me agarraba de las manos y sonreía y fue tan linda su sonrisa, pese a todo, fue una sonrisa de amor y alegría y comprendí que a pesar de todos los problemas, el amor es lo más lindo que nos pasa, pese a todo, y la cumbia no dejaba de sonar mientras yo me bajaba los pantalones, en el acto más justo de la vida, mientras el curandero del amor me metía las agujas hirvientes en el centro oscuro y acre y con olor a mierda de mi ser.

* Washington Cucurto es el seudónimo de Santiago Vega, argentino, nacido en 1973 en la localidad de Quimes, provincia de Buenos Aires. Publicó, entre muchos otros libros de relatos y poemas, Zelarayán, 1998; La Máquina de hacer paraguayitos, 2000; La fotocopiadora y otros poemas, 2002; La Cartonerita, 2003; Veinte pungas contra un pasajero, 2003; Fer, 2003; Cosa de negros, 2003; La luna en tus manos, 2004 y Las aventuras del Sr. Maíz, 2005. Su poesía fue traducida al inglés, portugués y alemán. Actualmente es uno de los responsables de la editorial Eloisa Cartonera.

[Publicado en portada en abril 2010]


La excavación

Un cuento de Augusto Roa Bastos*

El primer desprendimiento de tierra se produjo a unos tres metros, a sus espaldas. No le pareció al principio nada alarmante. Sería solamente una veta blanda del terreno de arriba. Las tinieblas apenas se pusieron un poco más densas en el angosto agujero por el que únicamente arrastrándose sobre el vientre un hombre podía avanzar o retroceder. No podía detenerse ahora. Siguió tvanzando con el plato de hojalata que le servía de perforador. La creciente humedad que iba impregnando la tosca dura lo alentaba. La barranca ya no estaría lejos; a lo sumo, unos cuatro o cinco metros, lo que representaba unos veinticinco días más de trabajo hasta el boquete liberador sobre el río.
Alternándose en turnos seguidos de cuatro horas, seis presos hacían avanzar la excavación veinte centímetros diariamente. Hubieran podido avanzar más rápido, pero la capacidad de trabajo estaba limitada por la posibilidad de desalojar la tierra en el tacho de desperdicios sin que fuera notada. Se habían abstenido de orinar en la lata que entraba y salía dos veces al día. Lo hacían en los rincones de la celda húmeda y agrietada, con lo que si bien aumentaban el hedor siniestro de la reclusión, ganaban también unos cuantos centímetros más de “bodega” para el contrabando de la tierra excavada.
La guerra. civil había concluido seis meses atrás. La perforación del túnel duraba cuatro. Entre tanto, habían fallecido, por diversas causas, no del todo apacibles, diecisiete de los ochenta y nueve presos políticos que se hallaban amontonados en esa inhóspita celda, antro, retrete, ergástula pestilente, donde en tiempos de calma no habían entrado mmca más de ocho o diez presos comunes.
De los diecisiete presos que habían tenido la estúpida ocurrencia de morirse, a nueve se habían llevado distintas enfermedades contraídas antes o después de la prisión; a cuatro, los apremios urgentes de la cámara de torturas; a dos, la rauda ventosa de la tisis galopante. Otros dos se habían suicidado abriéndose las venas, uno con la púa de la hebilla del cinto; el otro, con el plato, cuyo borde afiló en la pared, y que ahora servía de herramienta para la apertura del túnel.
Esta estadística era la que regía la vida de esos desgraciados. Sus esperanzas y desalientos. Su congoja callosa, pero aún sensitiva. Su sed, el hambre, los dolores, el hedor, su odio encendido en la sangre, en los ojos, como esas mariposas de aceite que a pocos metros de allí -tal vez solamente un centenar- brillaban en la Catedral delante de las imágenes.
La única respiración venía por el agujero aún ciego, aún nonato, que iba creciendo como un hijo en el vientre de esos hombres ansiosos. Por allí venía el olor puro de la libertad, un soplo fresco y brillante entre los excrementos. Y allí se tocaba, en una especie de inminencia trabajada por el vértigo, todo lo que estaba más allá de ese boquete negro.
Eso era lo que sentían los presos cuando escarbaban la tosca con el plato de hojalata, en la noche angosta del túnel.

Un nuevo desprendimiento le enterró esta vez las piernas hasta los riñones. Quiso moverse, encoger las extremidades atrapadas, pero no pudo. De golpe tuvo exacta conciencia de lo que sucedfa, mientras el dolor crecía con sordas puntadas en la carne, en los huesos de las piernas enterradas. No había sido una simple veta reblandecida. Probablemente era una cuña de tierra, un bloque espeso que llegaba hasta la superficie. Probablemente todo un cimiento se estaba sumiendo en la falla provocado por el desprendimiento.
No le quedaba otro recurso que cavar hacia adelante con todas sus fuenu, sin respiro; cavar con el plato, con las uñas, hasta donde pudiese. Quizá no eran cinco metros los que faltaban, quizá no eran veinticinco días de zapa los que aún lo separaban del boquete salvador de la barranca del río. Quizá eran menos, sólo unos cuantos centímetros, unos minutos más de arañazos profundos. Se convirtió en un topo frenético. Sintió cada vez más húmeda la tierra. A medida que le iba faltando el aire, se sentía más animado. Su esperanza crecía con la asfixia Un poco de barro tibio entre los dedos le hizo prorrumpir en un grito casi feliz. Pero estaba tan absorto en su emoción, la desesperante tiniebla de túnel lo envolvía de tal modo, que no podía darse cuenta de que no era la proximidad del río, de que no eran sus filtraciones las que hacían ese lodo tibio, sino su propia sangre brotando debajo de las uñas y en las yemas heridas por la tosca. Ella, la tierra densa e impenetrable, era ahora la que, en el epílogo del duelo mortal comenzado hacía mucho tiempo, 1a gastaba a él sin fatiga y lo empezaba a comer aún vivo y caliente. De pronto, pareció alejarse un poco. Manoteó al vacío. Era él quien se estaba quedando atrás en el aire como piedra que empezaba a estrangularlo. Procuró avanzar, pero sus piernas ya irremediablemente formaban parte del bloque que se había desmoronado sobre ellas. Ya ni las sentía. Sólo sentía la asfixia. Se estaba ahogando en un río sólido y oscuro. Dejó de moverse, de pugnar inútilmente. La tortura se iba transformando en una inexplicable delicia. Empezó a recordar.

Recordó aquella otra mina subterránea en la guerra del Chaco, hacía mucho tiempo. Un tiempo que ahora se le antojaba fabuloso. Lo recordaba, sin embargo, claramente, con todos los detalles.
En el frente de Gondra, la guerra se había estancado. Hacia seis meses que paraguayos y bolivianos, empotrados frente a frente en sus inexpugnables posiciones, cambiaban obstinados tiroteos e insultos. No había más de cincuenta metros entre unos y otros.
En las pausas de ciertas noches que el melancólico olvido había hecho de pronto atrozmente memorables, en lugar de metralla canjeaban música y canciones de sus respectivas tierras.
El altiplano entero, pétreo y desolado, bajaba arrastrado por la quejumbre de las cuecas; toda una raza hecha de cobre y castigo, desde su plataforma cósmica bajaba hasta el polvo voraz de las trincheras. Y hasta allí bajaban desde los grandes ríos, desde los grandes bosques paraguayos, desde el corazón de su gente también absurda y cruelmente perseguida, las polcas y guaranias, juntándose, hermanándose con aquel otro aliento melodioso que subía desde la muerte. Y así sucedía porque era preciso que gente americana siguiese muriendo, matándose, para que ciertas cosas se expresaran correctamente en términos de estadística y mercado, de trueques y expoliaciones correctas, con cifras y números exactos, en boletines de la rapiña internacional.

Fue en una de esas pausas en que en unión de otros catorce voluntarios, Perucho Rodi, estudiante de ingeniería, buen hijo, hermano excelente, hermoso y suave moreno de ojos verdes, había empezado a cavar ese túnel que debía salir detrás de las posiciones bolivianas con un boquete que en el momento señalado entraría en erupción como el cráter de un volcán.
En dieciocho días los ochenta metros de la gruesa perforación subterránea quedaron cubiertos. Y el volcán entró en erupción con lava sólida de metralla, de granadas, de proyectiles de todos los calibres, hasta arrasar las posiciones enemigas.
Recordó en la noche azul, sin luna, el extraño silencio que había precedido a la masacre y también el que lo había seguido, cuando ya todo estaba terminado. Dos silencios idénticos, sepulcrales, latentes. Entre los dos, sólo la posición de los astros había producido la mutación de una breve secuencia. Todo estaba igual. Salvo los restos de esa espantosa carnicería que a lo sumo había añadido un nuevo detalle apenas perceptible a la decoración del paisaje nocturno.
Recordó, un segundo antes del ataque, la visión de los enemigos sumidos en el tranquilo sueño del que no despertarían. Recordó haber elegido a sus víctimas,
abarcándolas con el girar aún silencioso de su ametralladora. Sobre todo, a una de ellas: un soldado que se retorcía en el remolino de’una pesadilla. Tal vez soñaba en ese momento en un túnel idéntico pero inverso al que les estaba acercando al exterminio. En un pensamiento suficientemente extenso y flexible, esas distinciones en realidad carecían de importancia. Era despreciable la circunstancia de que uno fuese el exterminador y otro la víctima inminente. Pero en ese momento todavía no podía saberlo.
Sólo recordó que había vaciado íntegramente su ametralladora. Recordó que cuando la automática se le había finalmente recalentado y atascado, la abandonó y siguió entonces arrojando granadas de mano, hasta que sus dos brazos se le durmieron a los costados. Lo más extraño de todo era que, mientras sucedían estas cosas, le habían atravesado recuerdos de otros hechos, reales y ficticios, que, aparentemente no tenían entre sí ninguna conexión y acentuaban, en cambio, la sensación de sueño en que él mismo flotaba. Pensó, por ejemplo, en el escapulario carmesí de su madre (real); en el inmenso panambí de bronce de la tumba del poeta Ortiz Guerrero (ficticio); en su hermanita María Isabel, recién recibida de maestra (real). Estos parpadeos incoherentes de su imaginación duraron todo el tiempo. Recordó haber regresado con ellos chapoteando en un vasto y espeso estero de sangre.
Aquel túnel del Chaco y este túnel que él mismo había sugerido cavar en el suelo la cárcel, que él personalmente había empezado a cavar y que, por último, sólo a él le había servido de trampa mortal; este túnel y aquél eran el mismo túnel; un único agujero recto y negro con un boquete de entrada pero no de salida. Un agujero negro y recto que a pesar de su rectitud le había rodeado desde que nació como un círculo subterráneo, irrevocable y fatal. Un túnel que tenía ahora para él cuarenta años, pero que en realidad era mucho más viejo, realmente inmemorial.
Aquella noche azul del Chaco, poblada de estruendos y cadáveres había mentido una salida. Pero sólo había sido un sueño; menos que un sueño: la decoración fantástica de un sueño futuro en medio del humo de la batalla
Con el último aliento, Perucho Rodi la volvía a soñar; es decir, a vivir. Sólo ahora aquel sueño lejano era real. Y ahora sí que avistaba el boquete enceguecedor,
el perfecto redondel.de la salida.
Soñó (recordó) que volvía a salir por aquel cráter en erupción hacia la noche azulada, metálica, fragorosa. Volvió a sentir la ametralladora ardiente y convulsa en sus manos. Soñó (recordó) que volvía a descargar ráfaga tras ráfaga y que volvía a arrojar granada tras granada. Soñó (recordó) la cara de cada una de sus víctimas. Las vio nítidamente. Eran ochenta y nueve en total. Al franquear el límite secreto, las reconoció en un brusco resplandor y se estremeció: esas ochenta y nueve caras vivas y terribles de sus víctimas eran (y seguirán siéndolo en un fogonazo fotográfico infinito) las de sus compañeros de prisión. Incluso los diecisiete muertos, a los cuales se había agregado uno más. Se soñó entre esos muertos. Soñó que soñaba en un túnel. Se vio retorcerse en una pesadilla, soñando que cavaba, que luchaba, que mataba. Recordó nítidamente el soldado enemigo a quien había abatido con su ametralladora, mientras se retorcía en una pesadilla. Soñó que aquel soldado enemigo lo abatía ahora a él con su ametralladora, tan exactamente parecido a él mismo que se hubiera dicho que era su hermano mellizo.
El sueño de Perucho Rodi quedó sepultado en esa grieta como un diamante negro que iba a alumbrar aún otra noche.
La frustrada evasión fue descubierta; el boquete de entrada en el piso de la celda. El hecho inspiró a los guardianes.

Los presos de la celda 4 (llamada Valle-i), menos el evadido Perucho Rodi, a la noche siguiente encontraron inexplicablemente descorrido el cerrojo. Sondearon con sus ojos la noche siniestra del patio. Encontraron que inexplicablemente los pasillos y corredores estaban desiertos. Avanzaron. No enfrentaron en la sombra la sombra de ningún centinela. Inexplicablemente, el caserón circular parecía desierto. La puerta trasera que daba a una callejuela clausurado, estaba inexplicablemente entreabierta. La empujaron, salieron. Al salir, con el primer soplo fresco, los abatió en masa sobre las piedras el fuego cruzado de las ametralladoras que las oscuras troneras del panóptico escupieron sobre ellos durante algunos segundos.
Al día siguiente, la ciudad se enteró solamente de que unos cuantos presos habían sido liquidados en el momento en que pretendían evadirse por un túnel. El comunicado pudo mentir con la verdad. Existía un testimonio irrefutable: el túnel los periodistas fueron invitados a examinarlo. Quedaron satisfechos al ver el boquete de entrada en la celda. La evidencia anulaba algunos detalles insignificantes: la inexistente salida que nadie pidió ver, las manchas de sangre aún frescas en la callejuela abandonada.
Poco después el agujero fue cegado con piedras y la celda 4 (Valle-í) volvió a quedar abarrotada.

* Augusto Roa Bastos (nacido en Asunción, Paraguay, el 13 de junio de 1917; fallecido en Asunción el 26 de abril de 2005) es el más importante escritor paraguayo, a quien se le reconoció internacionalmente con el prestigioso Premio Cervantes. Sus obras han sido traducidas a, por lo menos, 25 idiomas.

[Publicado en portada en abril 2010]


“Los blancos dicen que era un buen negro el buen negro de su amo”

Un texto de Aimé Césaire*

“… Y he aquí que de pronto fuerza y vida me acometen como un toro y la onda de vida rodea la papila del morro, y aquí están todas las venas y vénulas atareadas en la sangre nueva y el enorme pulmón de los ciclones que respira y el fuego atesorado de los volcanes y el gigantesco pulso sísmico que lleva el compás de un cuerpo vivo en mi firme incendio.

Y ahora que estamos de pie, mi país y yo, con los cabellos al viento y mi pequeña mano ahora en su puño enorme y la fuerza no está en nosotros sino por encima de nosotros, en una voz que barrena a la noche y a la audiencia como la penetración de una avispa apocalíptica. Y la voz dice que Europa durante siglos nos ha cebado de mentiras e hinchado de pestilencias,
porque no es verdad que la obra del hombre haya terminado
que no tengamos nada que hacer en el mundo
que seamos unos parásitos en el mundo
que basta que nos pongamos al paso del mundo
pero la obra del hombre ha empezado ahora
y falta al hombre conquistar toda prohibición
inmovilizada en los rincones de su fervor
y ninguna raza tiene el monopolio de la belleza, de la inteligencia,
de la fuerza
y hay sitio para todos en la cita de la conquista y ahora sabemos que el sol gira alrededor de nuestra tierra iluminando la parcela que ha fijado nuestra sola voluntad y que toda estrella que cae del cielo a la tierra a nuestra voz de mando sin límite.

Ahora poseo el sentido de las ordalías; mi país es “la lanza de noche” de mis antepasados bámbaras que se arruga y su punta huye desesperadamente hacia el astil si se la rocía con sangre de pollo y dice que es sangre de hombre lo que necesita su temperamento, grasa, hígado, corazón de hombre, no sangre de pollo.

Y yo busco para mi país no corazones de dátil, sino corazones de hombre que, para entrar en las ciudades de plata por la gran puerta trapezoidal, golpeen la sangre viril, y mis ojos barren mis kilómetros cuadrados de tierra paternal y enumero las llagas con una especie de júbilo y las hacino una sobre otra como raras especies, y mi cuenta se alarga siempre con imprevistas acuñaciones de la bajeza.

Y aquí están aquellos que no se consuelan de no ser hechos a semejanza de Dios sino del diablo, aquellos que consideran que se es negro como se es dependiente de segunda clase: esperando mejorar y con la posibilidad de subir más alto; aquellos que capitulan ante sí mismos, aquellos que viven en el fondo de la mazmorra de sí mismos; aquellos que se envuelven con seudomorfosis orgullosa; aquellos que dicen a Europa: “Mire, yo sé cómo hacerle reverencias, cómo prestarle mis respetos, en suma, no soy diferente de usted; no haga caso de mi piel negra: me ha tostado el sol”.

Y hay el rufián negro, el áscari negro, y todos cebras se zarandean a su manera para hacer que el listado de sus pieles caiga en un rocío de leche fresca. Y en medio de todo esto yo digo ¡hurra! mi gran padre se muere, yo digo ¡hurra! la vieja negritud se cadaveriza progresivamente.

No hay que decir: era un buen negro. Los blancos dicen que era un negro, un verdadero buen negro, el buen negro de su amo.

Yo digo ¡hurra!
Era un muy buen negro,
la miseria le había herido pecho y espalda y habían metido en su pobre mollera que una fatalidad pesaba sobre él y que no la puede manejar a su antojo que no tenía poder sobre su propio destino; que un señor avieso había desde tiempo inmemorial escrito leyes de prohibición en su naturaleza pelviana; y ser el buen negro; creer honradamente en su indignidad, sin la curiosidad perversa de verificar nunca los jeroglíficos fatídicos.
Era un muy buen negro.

Y no se le ocurría la idea de que podría azadonar, ahondar, cortarlo todo, cualquier otra cosa verdaderamente que no fuese la caña insípida.

Era un muy buen negro.

Y le lanzaban piedras, trozos de chatarra, cascos de botella, pero ni esas piedras, ni esa chatarra, ni esas botellas…
Oh quietos años de dios sobre este mogote terráqueo!

Y el látigo disputó el chupeteo de las moscas el rocío azucarado de nuestras llagas.

Yo digo hurra! la vieja negritud
se cadaveriza progresivamente
el horizonte se deshace, retrocede y se ensancha
y entre desgarrones de nubes aparece el fulgor de un signo.

El negrero cruje por todas partes… Su vientre se convulsiona y resuena… La horrible tenía de su cargamento roe los intestinos fétidos del extraño niño de pecho de los mares.

Y ni el júbilo de las velas hinchadas como un abultado bolso de doblones, ni las jugarretas hechas a la tontería peligrosa de las fragatas policíacas le impiden oír la amenaza de sus gruñidos intestinos.

En vano para olvidarse de ello el capitán cuelga en su palo mayor el negro más gritón, o lo echa al mar, o lo entrega al apetito de sus molosos.

La negrería que huele a cebolla frita vuelve a encontrar en su sangre derramada el sabor amargo de la libertad

Y está de pie la negrería

La negrería sentada
inesperadamente de pie
de pie en la cala
de pie en los camarotes
de pie en el puente
de pie en el viento
de pie al sol
de pie en la sangre
de pie
y
libre
de pie y no como una pobre loca en su libertad y su indigencia marítimas girando en la deriva perfecta y aquí está:
más inesperadamente de pie
de pie en los cordajes

de pie ante el timón
de pie ante la brújula
de pie ante el mapa
de pie bajo las estrellas
de pie
y
libre

Y el navío lustral hiende impávido las aguas
Desplomadas
Y ahora se pudren nuestras borlas de ignominia!
por el sol abrotoñado de medianoche
escucha gavilán que tienes las llaves de oriente
por el día desarmado
por el tiro de piedra de la lluvia

Escucha perro blanco del norte, serpiente negra del
Mediodía
que rematáis el cinturón del cielo
todavía hay un mar por cruzar
para que yo invente mis pulmones
para que el príncipe se calle
para que la reina me bese
todavía un viejo mar por asesinar
un loco por entregar
para que mi alma brille ladre brille
ladre ladre ladre
y que chille la lechuza mi bello ángel curioso.
El maestro de las risas?
El maestro del silencio formidable?
El maestro de la esperanza y la desesperación?
El maestro de la pereza? El maestro de las danzas?
Soy yo!
y por eso, señor
los hombre de cuello frágil
recibe y percibe fatal calmoso triangular
y para mí mis danzas
mis danzas de mal negro
para mí mis danzas
la danza rompe-argolla
la danza salta-prisión
la danza es-hermoso-y-legítimo-ser-negro
para mí mis danzas y salta el sol en la raqueta de mis manos
pero no el sol desigual ya no me basta
enróscate, viento, alrededor de mi nuevo crecimiento
pósate en mis dedos medidos
te entrego mi conciencia y su ritmo de carne
te entrego los fuegos donde se asa mi debilidad
te entrego la cadena múltiple
te entrego el pantano
te entrego el intourist del círculo triangular
devora desea
te entrego mis palabras abruptas
devora enróscate

y enroscándote abrázame con un más vasto
estremecimiento
abrázame hasta el nosotros furioso
abraza, abrázanos
pero habiéndonos igualmente mordido
hasta la sangre de nuestra sangre mordido,
abraza, abraza mi pureza sólo se enlaza con tu pureza
pero entonces abraza
como un campo de apretados filaos
en la noche
nuestras multicolores purezas
y enlaza, enlázame sin remordimientos
enlázame con tus inmensos brazos de arcilla luminosa
enlaza mi negra vibración al ombligo mismo del mundo
enlaza, enlázame, áspera fraternidad,
y luego, estrangulándome con tu lazo de estrellas, sube,
paloma
sube
sube
sube

Yo te sigo, impresa en mi atávica córnea blanca,
sube lamedor de cielo
y el gran agujero negro donde yo quería ahogarme
en la otra luna
es allí donde quiero pescar ahora la lengua maléfica
de la noche en su inmóvil vibración”.

[De Cuaderno de un regreso al país natal, 1939]

* Aimé Fernand David Césaire (Basse-Pointe, Martinica, 26 de junio de 1913 – Fort-de-France, ibídem, 17 de abril de 2008), poeta y político francés. Fue el ideólogo del concepto de la negritud y su obra ha estado marcada por la defensa de sus raíces africanas.

[Publicado en portada en abril 2010]


El Intruso

Un relato de Gustavo Böhm*

Gabriel Alsina era un rubio de ojos grandes, espalda ancha, que gustaba de mostrar a quien tuviera a mano el desarrollo de sus bíceps y, en lo posible, si de chicas se trataba, intentaba hacerles comprobar la dureza en sus músculos y la facilidad con que podía alzarlas, sostenerlas, moverlas en el aire, en improvisadas danzas.

Sin embargo, a pesar de lo dicho, no vayan a suponer que Gabriel Alsina era algo así como un muchacho romántico y enamoradizo. Provenía de uno de los sectores más conflictivos en la sociedad de Malón Ahumado. Una vía de tren dividía el pueblo entre la gente de buena sociedad y aquellos que, o bien eran simplemente mal vistos por los primeros, o bien la mirada tornaba a compasión cuando los de “atrás de la vía” se comportaban como siervos útiles para trabajos domésticos varios.

Gabriel Alsina, por lo que Udo se enteró, pasados los años, se convirtió en policía, es decir que pudo llegar a los más altos niveles que su origen le permitió.

Pero la escuela pública, aunque llevara el amedrentador nombre “Del Sable proviene la Cultura”, servía como institución igualadora, y allí sólo eran compañeros, vestidos con sus guardapolvos blancos, oyendo por lo bajo a los profesores hablar sobre aquellos textos que ya no podrían usarse para enseñar, y aprendiendo todo lo que el “Proceso de Reorganización Nacional” podía llegar a transmitir en un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires.

Gabriel, tampoco vayan a imaginar esto, no era de los vagos y atorrantes. No es que fuese un alumno destacado, pero se esforzaba; y por estas vueltas que tuvo la vida en aquél año definitorio, 1978, terminó completando el Grupo de Estudio que conformaban Máximo Kyrill Krinski, Armando Tiziano Robles y Udo Heinrich.

El equilibrio en cuánto al espíritu formativo y al interés en responder a los objetivos escolares, que no dejaban de ser los objetivos del “Proceso”, lo sostenían Armando y Udo, del lado de la balanza de los que querían ser los buenos.

Máximo y Gabriel jugaban a los “malos”.

Pero en consideración a la verdad el único incorregible del grupo era el objeto del amor de Udo, el “ruso”, Máximo Kyrill.

Nada es casual, algo buscaría el joven para restablecer un equilibrio, no ante la sociedad, sino en el interior de su vida, demasiado prolija hasta ese momento, demasiado formal, demasiado asmática.

Debían preparar un trabajo para el siguiente lunes; ya era jueves y no habían avanzado demasiado. Armando se había reunido con Udo tanto el martes como el miércoles, pero su estado de salud dejaba mucho que desear y, finalmente, como se veía venir, cayó con una gripe que lo inmovilizó en su cama y no pudo seguir haciendo sus aportes. No por falta de voluntad, sino por razones más oscuras (en una casa donde lo que se impartía más que alimento eran golpes) Gabriel tampoco había asistido a las reuniones.

Máximo hizo un mínimo acto de presencia pero, en la medida en que su atención decaía, no volvía a aparecer; así, simplemente, dejaba de ir sin ninguna explicación.

Por eso es que Udo tuvo, como en otras tantas oportunidades, que enfrentar el desafío de terminar el trabajo por su cuenta.

En realidad no era algo que le molestara. Una de las razones por la cual ese fue el grupo que devino suyo, además de los sentimientos que lo arrastraban hacia Máximo, era que a él los grupos nunca le habían parecido un buen sistema para el aprendizaje y, como Udo se tomaba el estudio en serio, prefería dejar todo preparado por él mismo, y luego explicárselos a sus compañeros para “dar la lección”, repartiendo las responsabilidades como si cada uno hubiera aportado algo.

Era viernes.

Además de él y otros tres muchachos que viajaban todos los días desde Costa Verde hasta Malón Ahumado para asistir al colegio, también había un grupo no menor de chicos y chicas que venían de otro balneario, más lejos, llamado Villa del Mar. Entre ellos se destacaba (por lo extremadamente alta para su edad y por la torpeza con la que arrastraba ese cuerpo en la vida) Anselma Vandermeer. No era fea, hay que decirlo, si uno se detenía en apreciar los detalles. Pero había algo en la composición que surgía de la suma de estos detalles que la hacían un personaje risible, del cual la mitad más uno de la clase tomaban para la chacota. Contra cualquier prejuicio que ya pudiera haber despertado esta descripción, sería bueno aclarar que lo más destacable de esta niña-mujer (o mujer-niña) era su notable inteligencia. En la actualidad ella es Licenciada en Filosofía, da clases en la UBA y lleva publicados varios ensayos.

Pero en aquellos días todo parecía diferente, un futuro insospechado no puede ser el cristal que nos permita ver nada de lo que contemporáneamente acontece.

Anselma ansiaba tener amigos. Incluso más que amigas. Y no por motivos de atracción sexual (esto es una suposición) sino más bien porque en Villa del Mar contaba sólo con una madre que parecía salida de un relato de Brujas de los Hermanos Grimm y con un padre tan delgado y ausente que un día, sin más ni más, se fue para no volver. Mejor ni mencionar a su hermano.

Ese viernes, volviendo al relato, Anselma les hizo una invitación a varios compañeros de curso, para que la fueran a visitar el siguiente domingo a su casa. Iba a preparar un almuerzo para ellos, no demasiado temprano, considerando las distancias, pero tampoco muy tarde, para aprovechar el día. Quería que Udo fuera, le tenía a Udo especial cariño y la verdad es que esto era recíproco. Le pidió que le hiciera el favor de invitar al chico que le gustaba (algo que Udo sabía en confidencia), que a la vez era un compañero suyo del Grupo de Teatro, de nombre Tavo Treppani. Gustavo, en realidad, pero le decían “Tavo”.

Este italianito callado, silencioso, casi mudo; que solo hablaba en las improvisaciones teatrales o en las lecciones de la escuela; tenía una mirada cansina que había enamorado a la desproporcionada Anselma. La timidez de Tavo y las torpezas de Anselma no parecían una combinación muy posible de sostener, pero en temas de amor, todo es esperable.

Un poco como devolución del favor que Udo le haría invitando a Tavo, le pidió que ella invitara a Máximo, cosa que hizo. Luego, ocurrió que Udo no pudo desarmar la timidez del joven Treppani, o quizá simplemente, éste no tenía ninguna gana de perderse la pasta del domingo con su propia familia, pero en definitiva Tavo no fue y Máximo, sí. Y, además, también se sumó Gabriel a la partida.

El primer contacto sexual entre Máximo y Udo ocurrió el sábado previo a la invitación de Anselma, en la casa medio abandonada que su familia tenía en Malón Ahumado. Sus padres habían viajado a Europa, por corto tiempo, uno de esos paseos turísticos a los que comenzaron a acostumbrarse durante el triste periodo argentino conocido como “de la plata dulce”. Su tía Hildegarda estaba a cargo de él, y se había instalado en Costa Verde, pero ella no se hacía una idea clara sobre sus horarios de teatro, sobre cuándo Udo regresaba a dormir a la Costa y cuando no, entonces le resultaba muy fácil engañarla con cualquier fabulación. En este caso no se trataba exactamente de una mentira, ya que efectivamente iba a ir a pasar el día a Villa del Mar, el engaño, en todo caso, estuvo en las razones por las cuales se iba a quedar la noche anterior en Malón Ahumado, cuando Villa del Mar está mucho más cercana a Costa Verde que de su pueblo natal.

La razón que dio, como siempre en casos similares, fue que tenía ensayo de teatro. No era así. Su plan era pasar la noche en casa con Máximo. La ansiedad ya le había devorado las tripas. Si el segundo y hermosísimo encuentro de amor con ese rusito que Udo adoraba sería de un placer inaugural de muchos otros placeres posteriores, la primera oportunidad fue todo lo contrario.

A eso de las ocho de la noche, cuando Udo ya estaba lamiendo el filo de los cubiertos de los nervios por el retraso de Máximo, que había quedado en ir a su casa a las seis; llegó, muy tranquilo y espléndido, acompañado de Gabriel Alsina.

Su rostro no pudo ocultar la perplejidad que le produjo esta intrusión.

Udo creía haber sido claro en cuanto a sus intenciones con Máximo. Luego de aquella charla en su casa, en la que, sacando una valentía no se de qué parte de su ser, le había declarado su amor, habían pasado muchos días, más de una semana, fácilmente quince días. Y ahora le hacía esto, venirse acompañado.

“Hola mamá”, le dijo chistoso, notando la turbación en su cara, “traje un amigo a cenar”.

Allí se enteró que la intención de Máximo era sumar a Gabriel a la expedición del día siguiente, con lo cual la visita incluía pasar la noche en casa de Udo los tres muchachos.

Mientras Udo servía la cena, Gabriel recorría las habitaciones. Cuando se sentó a la mesa preguntó: “¿Cómo vamos a dormir? Hay tres piezas veo, pero una está casi desarmada del todo”.

“Sí”, respondió, intentando ocultar su malestar, “las que están como para usarse son la cama de sus padres y la de la piecita de al lado, que era mi habitación cuando vivíamos acá”.

“Ah, mató loco”, contestó Gabriel, “vos quedate en tu piecita y Máximo y yo dormimos en la cama grande. Nunca dormí en una cama doble”.

La carne que intentaba atravesar su garganta por poco le provoca un ataque de asfixia. Tosió tanto que eso no hizo sino producir la hilaridad de los otros dos, sin que comprendieran el origen del accidente.

“Comé más lento, te vas a matar así”, le dijo Máximo.

Udo lo fulminó con la mirada. En ese momento se dio cuenta de que él tampoco comprendía de qué se trataba esto. Es decir, que a pesar de todas las insinuaciones que Udo había creído hacer durante los días previos, su imaginación no había llegado a captar que lo suyo era una cita, e incluso más, su primera cita.

“No”, dijo al ratito, “yo creo que vas a estar más cómodo en la pieza chica, Gaby, es más cálida”.

“No importa”, insistía, terco, “a mi me encanta la idea de dormir en la cama grande”.

Y a esto, como si lo anterior ya hubiera sido poca cosa para su estado de salud mental, Máximo agregó:

“Dale, dormí vos con Gabriel y yo me quedo en la pieza chica”.

El silencio que siguió, si hubiera habido un poco más de inteligencia flotando en el ambiente, podría haber sido traducido como: “Una palabra más y sos hombre muerto”.

A esas alturas, sostener la pretensión de que Máximo y Udo compartieran la cama, no podía sino generar sospechas en Gabriel, pero como la genealogía de Udo no sólo incluye varias hordas de alemanes, sino también no poca cantidad de gallegos, vascos y bearneses, por parte de madre, si algo se le pone en la cabeza, es muy improbable que puedan quitárselo con un par de frasecitas voluntariosas. Sin importarle los riesgos de la sospecha, Udo se mantuvo en sus trece.

“No, Gabriel”, le dijo sin la menor explicación, “vos dormís en la chiquita y Máximo y yo en la grande”.

“Bueno, bueno…”, se rió con toda justificación, “si necesitás que Máximo te haga compañía… no me voy a interponer”.

Creo que por primera vez en la noche el rusito comprendió de qué venía todo esto, y ahora a él comenzaron a atragantársele, no ya la carne, que se había acabado, sino las uvas del postre.

Esa noche nada resultó como Udo esperaba sino que se convirtió en uno de los insomnios más terribles de su “etapa saludable”… Insomnios previos había sufrido muchos, pero esos pueden clasificarse en otra categoría.

Se acostaron.

Udo cerró la puerta de la habitación de sus padres, luego de notar que Gabriel no cerraba la suya, del cuarto que quedaba exactamente al lado.

“¿Por qué cierran?”, gritó, “Así no vamos a poder charlar”.

“Vamos a dormir, no a charlar”, fue la respuesta.

“Pero no cierren, bolas, por ahí estamos despiertos un rato más y nos hablamos de pieza a pieza. Además me da miedo quedarme tan encerrado”.

“Vos no cerraste, somos nosotros los que cerramos”, le aclaró la obviedad, por las dudas.

“Igual, dale, no cierren”…

Realmente la situación parecía ir de mal en peor.

Máximo, ya acostado, le dijo por lo bajo, cubierto de sábanas y edredones:

“Dejá abierto, qué importa”.

Un frío extra, sumado al frío ambiental que ya era bastante intenso, le recorrió la espalda.

“Está bien”, respondió, y entornó la puerta; al menos no la iba a dejar abierta de par en par.

Deben haber permanecido una hora en la cama sin decir nada. Udo ya no estaba seguro de si Máximo dormía; pero si oía, desde la habitación de al lado, la pesada respiración de Gaby, que no tardó nada en conciliar el sueño, contra toda su pretensión de conversaciones nocturnas.

En determinado momento, motivado por el deseo pero también por el frío cortante que hacía, acercó su cuerpo al del ruso. Ambos estaban vestidos, Udo tenía puesta una camiseta, medias y calzoncillos; pero el otro se había dejado dos remeras y el pantalón de jogin, de color verde. Una de las sensaciones que quedaron impresas en el recuerdo del alemancito de aquella noche infernal fue el contacto de su cuerpo contra la tela de ese pantalón. Se dio cuenta de que dormía. De pronto despertó y le dijo: “¿Qué hacés?”.

“Tengo frío”, respondió Udo, “te llevaste todo el abrigo para tu lado”; eso, además, era verdad.

“Bueno, venite más cerca”, contestó Máximo.

Apoyó su cuerpo sobre el del rusito, que estaba boca arriba, mientras el otro permanecía de costado. Le pasó un brazo por sobre el pecho, y permaneció así, esperando alguna reacción. No hubo nada, pero se dio cuenta de que ya no dormía.

Con mucha lentitud lo acarició, sin quitarle nada de su ropa, hasta llegar a los pantalones verdes. Se detuvo sobre su sexo y simplemente dejó reposar allí su mano, hasta notar la reacción, que no se hizo esperar.

Se dio vuelta hacia su lado, quedando enfrentados entonces, y le dijo por lo bajo:

“¿Estará dormido, Gabriel?”

“Como un tronco”, respondió Udo, e inmediatamente metió su mano por debajo de sus pantalones. Lo siguiente fue la reacción de Máximo al contacto directo de esta mano mano con su miembro:

“¿Entonces, va en serio?”…

Esa pregunta le causó gracia a Udo, pero, por supuesto, iba en serio.

Cada movimiento repercutía en un sonido del colchón o de la cama.

La puerta continuaba entreabierta pero no se animaron a cerrarla del todo.

En fin, lo que pasó fue una nada, pero una nada tan llena de todo lo que iba a ocurrir luego, con el transcurso del tiempo, que el resto de la noche en vela fue para Udo el colmo de la dicha.

Luego de relajarse, Máximo se durmió profundamente. Udo se levantó, fui al baño; el frío dolía, pero igual tenía que orinar, así que no podía quedarme en la cama.

Cuando noté que el sol ya estaba lo suficientemente arriba, se levantó a encender el motor de la bomba de agua para poder bañarse y fue así que comenzó la expedición a Villa del Mar, el día que pasaron con Anselma y su disfuncional familia; pero para él, la aventura ya había ocurrido, y era sólo el comienzo de un despertar ansiado, de una irrefrenable necesidad de vivir.

27 de setiembre de 2009


* Gustavo Böhm, escritor, autor y traductor, dice de sí mismo: Soy actor. Actúo desde los 15 años, hoy (2010) tengo 48. Si no actúo me enfermo, y eso es verdad, no miento. La enfermedad, que me marcó desde la niñez, comenzó a curarse cuando por primera vez subí al escenario, y de muchas maneras regresa cuando no tengo acceso a él. También escribo, desde muy niño (entre los nueve y los once años escribí una suerte de novela infantil que se publicó en 1975, FELISÑUSCAN, se llama). Escribir no es como actuar, no tiene tanto que ver con la salud y la enfermedad, no es una cura, pero me hace bien, me mejora el humor, me ordena la vida y, a veces, me hace pensar en mí mismo, lo que no está mal, porque me devuelve, queriéndolo o no, un lugar en el mundo.
Su extensa trayectoria y otros textos del autor pueden recorrerse en en distintos lugares de la red.
Sitio web: www.lahistoriadeudo.blogspot.com
Contacto: gustavobohm@gmail.com

[Publicado en portada en marzo 2010]


Evita en el Club de los Ingleses

Un cuento de Eduardo Pérsico

– Señora, si usted viene de España a estudiar nuestra historia se supone que algo de nosotros ya conoce y yo no puedo agregarle demasiado. Recuerdo la llegada de Perón en el ‘45, cuando Evita visitó mi barrio, que mucho de cuanto ocurrió me confunde y para empezar le recito ‘Evita murió el 26 de julio de 1952 a las veinte y veinticinco’, y ese sábado no hubo baile ni en las reuniones familiares. Toda la gente respetó aquella muerte ‘aunque esta noche a los Bomberos vendría D’Arienzo y la entrada valía diez pesos’, protestamos en el café y el dueño nos gritó ‘menos broma, pendejos, que esto es algo serio’. Así que nos fuimos a tomar mate y pasar la noche en grupo y aburrirnos de escuchar que había muerto la Jefa Espiritual de la Nación. ‘Se sabía, estaba muy enferma’ dijimos y sin notarlo fuimos hablando del asunto. ¿Usted sabe que al morirse Evita, las obreras de las textiles que se llenaban los pulmones de pelusa, o las explotadas fosforeras de Avellaneda que trabajaban once horas por día lloraron a Evita con lágrimas verdaderas? Esa mujer las hizo respetar, ella, tan joven, treinta y tres años, a quien muchos la nombraban Esa Puta Mujer del Látigo y escribieran en una pared ‘viva el cáncer’. Un deseo que al fin, usted sabe, es un buen dato sobre los argentinos…

Ya le digo, esa noche pasó y luego ya cansados de música sacra las cosas derivaron en ser un casino gigante. Meta póker, truco y dados sin diferencias entre peronistas y Contreras, y en tanto al velatorio acudieran millones de personas otros apostaban guita a lo que fuera. Nosotros monedas pero en el Club Social reapareció la ruleta de colorados, negros y docena de jugar fuerte y de verdad. Y aún nadie se preguntaba si Evita era más peronista que Perón. ¿Usted se enteró que debatir ‘lo revolucionario’ aquí fue una idea que instaló el Poder, y así nos fue?

En fin, le cuento. Antes, por el año ’48, yo iba al primario y pude ver de cerca a la señora María Eva Duarte de Perón en el Club de los Ingleses de la estación Escalada. Ese lugar nos era ajeno y algún sábado había señoras de pollerita blanca porfiando en embocar una bocha en unos arcos de alambre, También a veces entrenaban unos grandotes del rugby que no entendíamos cómo los tipos no terminaban a las piñas, y allí fuimos de guardapolvo blanco almidonado a escuchar a María Eva Duarte de Perón al decirnos que los ferrocarriles eran nuestros, que el Club no sería más de los ingleses y se llamaría Club Ferroviario General Perón, y también que en ese campito tan bien cuidado jugaríamos al fútbol y así fue. Todavía hacía frío en noviembre y no era numeroso el sexto grado de la escuela dieciséis, de pie frente a la Señora Evita; y no le abundo porque ahora creo imaginarla como luego supe que era ella. Delgada, de piel transparente y cuando crecí me gustaron mucho sus piernas. Sin duda Evita era muy linda mujer y bastante inteligente, dos condiciones que no perdona la clase alta en ninguna parte.

Después de bautizar al Club Ferroviario comimos un sánguche y al cruzar la avenida que estaban reconstruyendo, la Ñata, una modista amiga de mi vieja me pidió ‘decile a tu mamá que Evita tenía unas medias de vidrio que valen un dineral’. Y es raro porque yo a mi vieja ni media palabra pero en esa memoria hay personas subiendo a un camión no muy grande, para irse detrás de Evita a otro festejo por ahí cerca. Entonces no había bombos ni cornetas que llegaron más tarde, pero aquella gente disfrutaría nacionalizar la flota, los ferrocarriles y los aviones sin imaginar que más tarde algunos festejarían en Plaza de Mayo la venta de los teléfonos, el petróleo y los adoquines. Sí señora, esos misterios de la política son universales, aunque Evita al cambiarle el nombre al Club de los Ingleses pronunciando ‘independencia y soberanía’, lograba llenar de gente cualquier plaza del país. ‘Una actitud, no una idea’ se dijo, pero juntarse a gritar sintiéndose mayoría es la mayor dicha de la multitud. Donde sea es inigualable gritar la vida por esto o por aquello, y luego llegar a derrumbarse en la cama cansado pero feliz. Le repito señora, cualquier gentío se siente imprescindible y más si viene de los barrios y ‘del subsuelo de la patria’, – como dijo un escritor nuestro- y hombro con hombro es sentirse iguales para gritar Viva Viva sin pedirle permiso a nadie. Y le ruego recordar cuando reescriba sus papeles, que esos encuentros fueron asunto muy serios para descalificar. Gritar a pulmón lleno Perón Evita produjo ahí mismo la liberación psicológica del obrero ante el patrón, que no es poco. Y claro, lo demás, aquello de ‘embestir contra el enemigo vendepatria que nunca se rinde’, es más difícil.

– Sí, no lo dudo. Pero, ¿qué hicieron ustedes, los dirigentes, al heredar aquella euforia por la justicia social y todo eso?
– Bueno señora, explicar eso nos llevaría mucho tiempo.

(4/2010)

Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.

[Publicado en portada en marzo 2010]


Las palabras torpes

Un texto de Gustavo Enrique Böhm*

“Las tardes de Malón Ahumado son de extrañar”.

Ese es un pensamiento de Udo Heinrich, una recurrencia, casi una obsesión.

En la actualidad las tardes lo llenan de tristeza, quizá sea algo pasajero, no lo sabe, pero todo se agudiza, la necesidad de escapar de sí mismo, de hundirse entre la sábanas y desconocer la existencia de la noche.

Pero en Malón Ahumado, con quince y dieciséis años, era diferente.

Si se necesita escribir, es bueno que sea poco, una síntesis mínima de un atardecer alcanza. Porque ese atardecer se fijó en su memoria como el momento de un cambio, cuando la palabra por fin es dicha y, contra toda expectativa, también es escuchada.

Lo que Udo recuerda de ese atardecer no podría cubrir ni media página de descripciones, porque la casa le era ajena, el lugar extraño… imposible rearmar un dibujo de un lugar al cual debe haber ingresado unas cinco veces en su vida, y en algunas de esas oportunidades por sólo diez minutos tal vez.

Había una ventana, en la habitación de Máximo Kyrill Grutchnitski, que daba a un pequeñísimo patio.

Desde ahí se veía el muro que separaba su casa de la de al lado.

Fuera de la presencia intermitente del hermanito menor, que por alguna razón desconocida ese día quería que su “Jejo” le prestara atención no hubo otra interrupción (“Jejo”, así lo llamaba él, vaya uno a saber por qué).

En esa casa Udo era más que bien recibido. Venía con la fama del chico ordenado y estudioso, y los padres de Máximo suponían que él podría ser una buena influencia para su hijo, ayudarlo a encaminarse mejor en la escuela y en la vida.

Pero los padres no tenían ni idea. Ni de quién era su hijo (por desvalorización) ni de quién era su amigo (por sobrevaloración).

Se instalaron allí para planificar un trabajo literario a entregar en la escuela.

Udo había logrado que Máximo Kyrill aceptara ser parte de “su grupo”, como se decía en esos tiempos a los equipos de alumnos que se formaban para preparar un tema.

Los profesores se mostraban extrañados por esa mezcla que no entendían. Confundidos, más bien.

No quiero extenderme, estoy dando vueltas sobre algo que quiero relatar y no puedo, por eso digo que seguramente voy a volver a contar esto mismo, cuatro, ocho, diez veces más, hasta que encuentre las palabras que mejor expresen los sentimientos que poseían al adolescente en esos instantes.

El muchacho había decidido confiarle a Máximo lo que le ocurría con él.

A medida que los objetos de la habitación cambiaban de color, por efecto de un sol que no tenía paciencia y se marchaba, los ojos de Máximo comenzaban a desaparecer en una oscuridad que envalentonó al otro.

“¿Prendo la luz?”, preguntó.

“No, esperá un ratito”, respondió Udo, y para disfrazar de algún modo esas palabras, que habían generado sorpresa en el compañero, agregó: “Está tan lindo así”.

Esa expresión, no solamente no ayudó a disfrazar nada, sino que, lo notó inmediatamente, puso muy nervioso a Máximo Kyrill, quien no se esperaba lo que iba a oír, pero sí, desde el momento en que entraron a la habitación, había notado que “algo extraño”, diferente, transcurría.

No puedo detallar la conversación que mantuvieron, prometo hacerlo en otra oportunidad, quiero más bien detenerme en la mirada de Máximo, que aún en sombras, iba cambiando, hasta llenarse de un brillo de sorpresa e incomprensión que se apropiaba del silencio.

Cuando encontró aire para respirar, dijo, en medio de una risa que en seguida ahogó:

“Yo creo que lo que te pasa es que nunca te acostaste con una mujer, no sabés lo que es eso, y entonces creés cosas que no son”.

El silencio que siguió, mientras Udo trataba de encontrar las mejores palabras, sólo se rompía por los latidos de su corazón y por la insistencia del hermanito de Máximo en golpear la puerta para entrar.

“¡Pará!”, le gritó por fin, “Ahora no”.

El chiquito no molestó más, probablemente se fue ofendido en sus más íntimos sentimientos por la inusitada violencia con que se lo echaba.

“No”, dijo Udo, y calló.

Máximo esperaba que siguiera hablando y, como no lo hacía, se permitió una risa luminosa, que ayudó a recuperar la camaradería previa a la confesión.

“¿No, qué?”

“Estoy seguro de lo que me pasa con vos, no es por no haber estado con una chica que confunda este sentimiento. Tenía mucho miedo de decírtelo, tenía miedo a cómo ibas a reaccionar”.

“Pero no… ¿Por qué?”, algo así comenzó a musitar pero Udo lo interrumpió:

“Es obvio por qué, Maxi. Lo que te pido, ahora, nada más, es que pensés en lo que te dije. Es la pura verdad. Me enamoré. Pensalo. Lo hablamos otro día, te pido que no me hagas un vacío después de esto y que me des la oportunidad de seguir hablando solos, en casa, donde no hay nadie porque todos están en Costa Verde. Acá me pongo muy nervioso”.

Ese fue el momento decisivo. Supo su respuesta sin que se la diera.

Encendió un cigarrillo luego de chequear que la puerta de la habitación estuviera cerrada con llave.

No dijo nada.

Estuvieron así un tiempo, menos de quince minutos quizá, pero para Udo fue una eternidad.

Luego le sonrió de una manera tierna, algo de esa ternura que ya le había visto antes, que se le había escapado en algún momento, en un abrazo como al pasar, en una sonrisa que se mantuvo en el rostro más tiempo del habitual, como si no quisiera retirarse.

“Está bien”, le dijo.

Y nada más.

El corazón de ese adolescente casi niño dejó de golpetear en su desesperación por salirse de sí mismo y remitió a una plenitud que nunca antes había encontrado. Quiero decir, comenzó a descubrir que tenía un lugar propio, un espacio, dentro de su cuerpo.

Udo descubrió que tenía un cuerpo.

22 de setiembre de 2009

[Publicado en portada en marzo 2010]

El infierno tan temido

Juan Carlos Onetti*

La primera carta, la primera fotografía, le llegó al diario entre la medianoche y el cierre. Estaba golpeando la máquina, un poco hambriento, un poco enfermo por el café y el tabaco, entregado con famlliar felicidad a la marcha de la frase y a la aparición dócil de las palabras. Estaba escribiendo “Cabe destacar que los señores comisarios nada vieron de sospechoso y ni siquiera de poco común en el triunfo consagratorio de Play Roy, que supo sacar partido de la cancha de invierno, dominar como saeta en la instancia decisiva”, cuando vio la mano roja y manchada de tinta de Partidarias entre su cara y la máquina, ofreciéndole el sobre.
––––Ésta es para vos. Siempre entreveran la correspondencia. Ni una maldita citación de los clubs, después vienen a llorar, cuando se acercan las elecciones ningún espacio les parece bastante. Y ya es medianoche y decime con qué queres que llene la columna.
El sobre decía su nombre, Sección Carreras. El Liberal. Lo único extraño era el par de estampillas verdes y el sello de Bahía. Terminó el artículo cuando subían del taller para reclamárselo. Estaba débil y contento, casi solo en el excesivo espacio de la redacción, pensando en la última frase: “Volvemos a afirmarlo, con la objetividad que desde hace años ponemos en todas nuestras aseveraciones. Nos debemos al público aficionado”. El negro, en el fondo, revolvía sobres del archivo y la madura mujer de Sociales se quitaba lentaménte los guantes en su cabina de vidrio, cuando Risso abrió descuidado el sobre.
Traía una foto, tamaño postal; era una foto parda, escasa de luz, en la que el odio y la sordidez se acrecentaban en los márgenes sombríos, formando gruesas franjas indecisas, como en relieve, como gotas de sudor rodeando una cara angustiada. Vio por sorpresa, no terminó de comprender, supo que iba a ofrecer cualquier cosa por olvidar lo que había visto.
Guardó la fotografía en un bolsillo y se fue poniendo el sobretodo mientras Sociales salía fumando de su garita de vidrio con un abanico de papeles en la mano.
––––Hola ––––dijo ella––––, ya me ve, a estas horas recién termina el sarao.
Risso la miraba desde arriba. El pelo claro, teñido, las arrugas del cuello, la papada que caía redonda y puntiaguda como un pequeño vientre, las diminutas, excesivas alegrías que le adornaban las ropas. “Es una mujer, también ella. Ahora le miro el pañuelo rojo en la garganta, las uñas violentas en los dedos viejos y sucios de tabaco, los anillos y pulseras, el vestido que le dio en pago un modisto y no un amante, los tacos interminables tal vez torcidos, la curva triste de la boca, el entusiasmo casi frenético que le impone a las sonrisas. Todo va a ser más fácil si me convenzo de que también ella es una mujer”.
––Parece una cosa hecha por gusto, planeada. Cuando yo llego usted se va, como si siempre me estuviera disparando. Hace un frío de polo afuera. Me dejan el material como me habían prometido, pero ni siquiera un nombre, un epígrafe. Adivine, equivóquese, publique un disparate fantástico. No conozco más nombres que el de los contrayentes y gracias a Dios. Abundancia y mal gusto, eso es lo que había. Agasajaron a sus amistades con una brillante recepción en casa de los padres de la novia. Ya nadie bien se casa en sábado. Prepárese, viene un frío de polo desde la rambla.

Cuando Risso se casó con Gracia César, nos unimos todos en el silencio, suprimimos los vaticinios pesimistas. Por aquel tiempo, ella estaba mirando a los habitantes de Santa María desde las carteleras de El Sótano, Cooperativa Teatral, desde las paredes hechas vetustas por el final del otoño. Intacta a veces, con bigotes de lápiz o desgarrada por uñas rencorosas, por las primeras lluvias otras volvía a medias la cabeza para mirar la calle, alerta, un poco desafiante, un poco ilusionada por la esperanza de convencer y ser comprendida. Delatada por el brillo sobre los lacrimales que había impuesto la ampliación fotográfica de Estudios Orloff, había también en su cara la farsa del amor por la totalidad de la vida, cubriendo la busca resuelta y exclusiva de la dicha.
Lo cual estaba bien, debe haber pensado él, era deseable y necesario, coincidía con el resultado de la multiplicación de los meses de viudez de Risso por la suma de innumerables madrugadas idénticas de sábado en que había estado repitiendo con acierto actitudes corteses de espera y familiaridad en el prostíbulo de la costa. Un brillo, el de los ojos del afiche, se vinculaba con la frustrada destreza con que él volvía a hacerle el nudo a la siempre flamante y triste corbata de luto frente al espejo ovalado y móvil del dormitorio del prostíbulo.
Se casaron, y Risso creyó que bastaba con seguir viviendo como siempre, pero dedicándole a ella, sin pensarlo, sin pensar casi en ella, la furia de su cuerpo, la enloquecida necesidad de absolutos que lo poseía durante las noches alargadas.
Ella imaginó en Risso un puente, una salida, un principio. Había atravesado virgen dos noviazgos ––un director, un actor––, tal vez porque para ella el teatro era un oficio además de un juego y pensaba que el amor debía nacer y conservarse aparte, no contaminado por lo que se hace para ganar dinero y olvido. Con uno y otro estuvo condenada a sentir en las citas en las plazas, la rambla o el café, la fatiga de los ensayos, el esfuerzo de adecuación la vigilancia de la voz y de las manos. Presentía su propia cara siempre un segundo antes de cualquier expresión, como si pudiera mirarla o palpársela. Actuaba animosa e incrédula, medía sin remedio su farsa y la del otro, el sudor y el polvo del teatro que los cubrían, inseparables, signos de la edad.
Cuando llegó la segunda fotografía, desde Asunción y con un hombre visiblemente distinto Risso temió, sobre todo, no ser capaz de soportar un sentimiento desconocido que no era ni odio ni dolor, que moriría con él sin nombre, que se emparentaba con la injusticia y la fatalidad, con el primer miedo del primer hombre sobre la tierra, con el nihilismo y el principio de la fe.

La segunda fotografía le fue entregada por Policiales, un miércoles de noche. Los jueves eran los días en que podía disponer de su hija desde las 10 de la mañana hasta las 10 de la noche. Decidió romper el sobre sin abrirlo, lo guardó y recién en la mañana del jueves mientras su hija lo esperaba en la sala de la pensión, se permitió una rápida mirada a la cartulina, antes de romperla sobre el waterclós: también aquí el hombre estaba de espaldas.
Pero había mirado muchas veces la foto de Brasil. La conservó durante un día entero y en la madrugada estuvo imaginando una broma, un error un absurdo transitorio. Le había sucedido ya, había despertado muchas veces de una pesadilla, sonriendo servil y agradecido a las flores de las paredes del dormitorio.
Estaba tirado en la cama cuando extrajo el sobre del saco y la foto del sobre.
––Bueno––dijo en voz alta––, está bien, es cierto y es así. No tiene ninguna importancia, aunque no lo viera sabría que sucede.
(Al sacar la fotografía con el disparador automático, al revelarla en el cuarto oscurecido, bajo el brillo rojo y alentador de la lámpara, es probable que ella haya previsto esta reacción de Risso, este desafío, esta negativa a liberarse en el furor. Había previsto también, o apenas deseado, con pocas, mal conocidas esperanzas, que él desenterrara de la evidente ofensa, de la indignidad asombrosa, un mensaje de amor.)

Volvió a protegerse antes de mirar: “Estoy solo y me estoy muriendo de frío en una pensión de la calle Piedras, en Santa María, en cualquier madrugada, solo y arrepentido de mi soledad como si la hubiera buscado, orgulloso como si la hubiera merecido”.
En la fotografía la mujer sin cabeza clavaba ostentosamente los talones en un borde de diván, aguardaba la impaciencia del hombre oscuro, agigantado por el inevitable primer plano, estaría segura de que no era necesario mostrar la cara para ser reconocida. En el dorso, su letra calmosa decía “Recuerdos de Bahía”.
En la noche correspondiente a la segunda fotografía pensó que podía comprender la totalidad de la infamia y aun aceptarla. Pero supo que estaban más allá de su alcance la deliberación, la persistencia, el organizado frenesí con que se cumplía la venganza. Midió su desproporción, se sintió indigno de tanto odio, de tanto amor, de tanta voluntad de hacer sufrir.

Cuando Gracia conoció a Risso pudo suponer muchas cosas actuales y futuras. Adivinó su soledad mirándole la barbilla y un botón del chaleco; adivinó que estaba amargado y no vencido, y que necesitaba un desquite y no quería enterarse. Durante muchos domingos le estuvo mirando en la plaza, antes de la función, con cuidadoso cálculo, la cara hosca y apasionada, el sombrero pringoso abandonado en la cabeza, el gran cuerpo indolente que él empezaba a dejar engordar. Pensó en el amor la primera vez que estuvieron solos, o en el deseo, o en el deseo de atenuar con su mano la tristeza del pómulo y la mejilla del hombre. También pensó en la ciudad, en que la única sabiduría posible era la de resignarse a tiempo. Tenía veinte años y Risso cuarenta. Se puso a creer en él, descubrió intensidades de la curiosidad, se dijo que solo se vive de veras cuando cada día rinde su sorpresa.
Durante las primeras semanas se encerraba para reírse a solas, se impuso adoraciones fetichistas, aprendió a distinguir los estados de ánimo por los olores. Se fue orientando para descubrir qué había detrás de la voz, de los silencios, de los gustos y de las actitudes del cuerpo del hombre. Amó a la hija de Risso y le modificó la cara, exaltando los parecidos con el padre. No dejó el teatro porque el Municipio acababa de subvencionarlo y ahora tenía ella en el sótano un sueldo seguro, un mundo separado de su casa, de su dormitorio, del hombre frenético e indesetructible. No buscaba alejarse de la lujuria; quería descansar y olvidarla, permitir que la lujuria descansara y olvidara. Hacía planes y los cumplía, estaba segura de la infinitud del universo del amor, segura de que cada noche les ofrecería un asombro distinto y recién creado.
––Todo ––insistía Risso––, absolutamente todo puede sucedernos y vamos a estar siempre contentos y queriéndonos. Todo; ya sea que invente Dios o inventemos nosotros.
En realidad, nunca había tenido antes una mujer y creía fabricar lo que ahora le estaban imponiendo. Pero no era ella quien lo imponía, Gracia César, hechura de Risso, segregada de él para completarlo, como el aire al pulmón, como el invierno al trigo.

La tercera foto demoró tres semanas. Venía también de Paraguay y no le llegó al diario, sino a la pensión y se la trajo la mucama al final de una tarde en que él despertaba de un sueño en que le había sido aconsejado defenderse del pavor y la demencia conservando toda futura fotografía en la cartera y hacerla anecdótica, impersonal, inofensiva, mediante un centenar de distraídas miradas diarias.
La mucama golpeó la puerta y él vio colgar el sobre de las tabillas de la persiana, comenzó a percibir cómo destilaba en la penumbra, en el aire sucio, su condición nociva, su vibrátil amenaza. Lo estuvo mirando desde la cama como a un insecto, como a un animal venenoso que se aplastara a la espera del descuido, del error propicio.
En la tercera fotografía ella estaba sola, empujando con su blancura las sombras de una habitación mal iluminada, con la cabeza dolorosamente echada hacia atrás, hacia la cámara, cubiertos a medias los hombros por el negro pelo suelto, robusta y cuadrúpeda. Tan inconfundible ahora como si se hubiera hecho fotografiar en cualquier estudio y hubiera posado con la más tierna, significativa y oblicua de sus sonrisas.
Solo tenía ahora, Risso, una lástima irremediable por ella, por él, por todos los amantes que habían amado en el mundo, por la verdad y error de sus creencias, por el simple absurdo del amor y por el complejo absurdo del amor creado por los hombres.
Pero también rompió esta fotografía y supo que le sería imposible mirar otra y seguir viviendo. Pero en el plano mágico en que habían empezado a entenderse y a dialogar, Gracia estaba obligada a enterarse de que él iba a romper las fotos apenas llegaran, cada vez con menos curiosidad, con menor remordimiento.
En el plano mágico, todos los groseros o tímidos hombres urgentes no eran más que obstáculos, ineludibles postergaciones del acto ritual de elegir en la calle, en el restaurante o en el café al más crédulo e inexperto, al que podía prestarse sin sospecha y con un cómico orgullo a la exposición frente a la cámara y al disparador, al menos desagradable entre los que pudieran creerse aquella memorizada argumentación de viajante de comercio.
––Es que nunca tuve un hombre así, tan único, tan distinto. Y nunca sé, metida en esta vida de teatro, dónde estaré mañana y si volveré a verte. Quiero por lo menos mirarte en una fotografía cuando estemos lejos y te extrañe.
Y después de la casi siempre fácil convicción, pensando en Risso o dejando de pensar para mañana, cumpliendo el deber que se había impuesto, disponía las luces, preparaba la cámara y encendía al hombre. Si pensaba en Risso, evocaba un suceso antiguo, volvía a reprocharle no haberle pegado, haberla apartado para siempre con un insulto desvaído, una sonrisa inteligente, un comentario que la mezclaba a ella con todas las demás mujeres. Y sin comprender; demostrando a pesar de noches y frases que no había comprendido nunca.
Sin exceso de esperanzas, trajinaba sudorosa por la siempre sórdida y calurosa habitación de hotel, midiendo distancias y luces, corrigiendo la posición del cuerpo envarado del hombre. Obligando, con cualquier recurso, señuelo, mentira crapulosa, a que se dirigiera hacia ella la cara cínica y desconfiada del hombre de turno. Trataba de sonreír y de tentar, remedaba los chasquidos cariñosos que se hacen a los recién nacidos, calculando el paso de los segundos, calculando al mismo tiempo la intensidad con que la foto aludiría a su amor con Risso.
Pero como nunca pudo saber esto, como incluso ignoraba si las fotografías llegaban o no a manos de Risso, comenzó a intensificar las evidencias de las fotos y las convirtió en documentos que muy poco tenían que ver con ellos, Risso y Gracia.
Llegó a permitir y ordenar que las caras adelgazadas por el deseo, estupidizadas por el viejo sueño masculino de la posesión, enfrentaran el agujero de la cámara con una dura sonrisa, con una avergonzada insolencia. Consideró necesario dejarse resbalar de espaldas e introducirse en la fotografía hacer que su cabeza, su corta nariz, sus grandes ojos impávidos descendieran desde la nada del más allá de la foto para integrar la suciedad del mundo, la torpe, errónea visión fotográfica, las sátiras del amor que se había jurado mandar regularmente a Santa María. Pero su verdadero error fue cambiar las direcciones de los sobres.

La primera separación, a los seis meses del casamiento, fue bienvenida y exageradamente angustiosa. El Sótano––ahora Teatro Municipal de Santa María––subió hasta El Rosario. Ella reiteró allí el mismo viejo juego alucinante de ser una actriz entre actores, de creer en lo que sucedía en el escenario. El público se emocionaba, aplaudía o no se dejaba arrastrar. Puntualmente se imprimían programas y críticas; y la gente aceptaba el juego y lo prolongaba hasta el fin de la noche, hablando de lo que había visto y oído, y pagado para ver y oír, conversando con cierta desesperación, con cierto acicateado entusiasmo, de actuaciones, decorados, parlamentos y tramas.
De modo que el juego, el remedo, alternativamente melancólico y embriagador, que ella iniciaba acercándose con lentitud a la ventana que caía sobre el fjord, estremeciéndose y murmurando para toda la sala: “Tal vez… pero yo también llevo una vida de recuerdos que permanecen extraños a los demás”, también era aceptado en El Rosario; Siempre caían naipes en respuesta al que ella arrojaba, el juego se formalizaba y ya era imposible distraerse y mirarlo de afuera.
La primera separación duró exactamente cincuenta y dos días y Risso trató de copiar en ellos la vida que había llevado con Gracia César durante los seis meses de matrimonio. Ir a la misma hora al mismo café, al mismo restaurante, ver a los mismos amigos, repetir en la rambla silencios y soledades, caminar de regreso a la pensión sufriendo obcecado las anticipaciones del encuentro, removiendo en la frente y en la boca imágenes excesivas que nacían de recuerdos perfeccionados o de ambiciones irrealizables.
Eran diez o doce cuadras, ahora solo y más lento, a través de noches molestadas por vientos tibios y helados, sobre el filo inquieto que separaba la primavera del invierno. Le sirvieron para medir su necesidad y su desamparo, para saber que la locura que compartían tenía por lo menos la grandeza de carecer de futuro, de no ser medio para nada.
En cuanto a ella, había creído que Risso daba un lema al amor común cuando susurraba, tendido, con fresco asombro, abrumado:

––Todo puede suceder y vamos a estar siempre felices y queriéndonos.
Ya la frase no era un juicio, una opinión, no expresaba un deseo. Les era dictada e impuesta, era una comprobación, una verdad vieja. Nada de lo que ellos hicieran o pensaran podría debilitar la locura, el amor sin salida ni alteraciones. Todas las posibilidades humanas podían ser utilizadas y todo estaba condenado a servir de alimento.
Creyó que fuera de ellos, fuera de la habitación, se extendía un mundo desprovisto de sentido, habitado por seres que no importaban, poblado por hechos sin valor.
Así que solo pensó en Risso, en ellos, cuando el hombre empezó a esperarla en la puerta del teatro, cuando la invitó y la condujo, cuando ella misma se fue quitando la ropa.
Era la última semana en El Rosario y ella consideró inútil hablar de aquello en las cartas a Risso; porque el suceso no estaba separado de ellos y a la vez nada tenía que ver con ellos; porque ella había actuado como un animal curioso y lúcido, con cierta lástima por el hombre, con cierto desdén por la pobreza de lo que estaba agregando a su amor por Risso. Y cuando volvió a Santa María, prefirió esperar hasta una víspera de jueves––porque los jueves Risso no iba al diario––, hasta una noche sin tiempo, hasta una madrugada idéntica a las veinticinco que llevaban vividas.
Lo empezó a contar antes de desvestirse, con el orgullo y la ternura de haber inventado, simplemente, una nueva caricia. Apoyado en la mesa, en mangas de camisa, él cerró los ojos y sonrió. Después la hizo desnudar y le pidió que repitiera la historia, ahora de pie, moviéndose descalza sobre la alfombra y casi sin desplazarse de frente y de perfil, dándole la espalda y balanceando el cuerpo mientras lo apoyaba en una pierna y otra. A veces ella veía la cara larga y sudorosa de Risso, el cuerpo pesado apoyándose en la mesa, protegiendo con los hombros el vaso de vino, y a veces solo los imaginaba, distraída, por el afán de fidelidad en el relato, por la alegría de revivir aquella peculiar intensidad de amor que había sentido por Risso en El Rosario, junto a un hombre de rostro olvidado, junto a nadie, junto a Risso.
––Bueno; ahora te vestís otra vez––dijo él, con la misma voz asombrada y ronca que había repetido que todo era posible, que todo sería para ellos.
Ella le examinó la sonrisa y volvió a ponerse las ropas. Durante un rato estuvieron los dos mirando los dibujos del mantel, las manchas, el cenicero con el pájaro de pico quebrado. Después él terminó de vestirse y se fue, dedicó su jueves, su día libre, a conversar con el doctor Guiñazú, a convencerlo de la urgencia del divorcio, a burlarse por anticipado de las entrevistas de reconciliación.
Hubo después un tiempo largo y malsano en el que Risso quería volver a tenerla y odiaba simultáneamente la pena y el asco de todo imaginable reencuentro. Decidió después que necesitaba a Gracia y ahora un poco más que antes. Que era necesaria la reconciliación y que estaba dispuesto a pagar cualquier precio siempre que no interviniera su voluntad, siempre que fuera posible volver a tenerla por las noches sin decir que sí ni siquiera con su silencio.
Volvió a dedicar los jueves a pasear con su hija y a escuchar la lista de predicciones cumplidas que repetía la abuela en las sobremesas. Tuvo de Gracia noticias cautelosas y vagas, comenzó a imaginarla como a una mujer desconocida, cuyos gestos y reacciones debían ser adivinados o deducidos; como a una mujer preservada y solitaria entre personas y lugares, que le estaba predestinada y a la que tendría que querer, tal vez desde el primer encuentro.
Casi un mes después del principio de la separación, Gracia repartió direcciones contradictorias y se fue de Santa María.
––No se preocupe ––dijo Guiñazú––. Conozco bien a las mujeres y algo así estaba esperando. Esto confirma el abandono del hogar y simplifica la acción que no podrá ser dañada por una evidente maniobra dilatoria que está evidenciando la sinrazón de la parte demandada.
Era aquél un comienzo húmedo de primavera, y muchas noches Risso volvía caminando del diario, del café, dándole nombres a la lluvia, avivando su sufrimiento como si soplara una brasa, apartándolo de sí para verlo mejor e increíble, imaginando actos de amor nunca vividos para ponerse en seguida a recordarlos con desesperada codicia.
Risso había destruido, sin mirar, los últimos tres mensajes. Se sentía ahora, y para siempre, en el diario y en la pensión, como una alimaña en su madriguera, como una bestia que oyera rebotar los tiros de los cazadores en la puerta de su cueva. Solo podía salvarse de la muerte y de la idea de la muerte forzándose a la quietud y a la ignorancia. Acurrucado, agitaba los bigotes y el morro, las patas; solo podía esperar el agotamiento de la furia ajena. Sin permitirse palabras ni pensamientos, se vio forzado a empezar a entender; a confundir a la Gracia que buscaba y elegía hombres y actitudes para las fotos, con la muchacha que había planeado, muchos meses atrás, vestidos, conversaciones, maquillajes, caricias a su hija para conquistar a un viudo aplicado al desconsuelo, a este hombre que ganaba un sueldo escaso y que solo podía ofrecer a las mujeres una asombrada, leal, incomprensión.
Había empezado a creer que la muchacha que le había escrito largas y exageradas cartas en las breves separaciones veraniegas del noviazgo era la misma que procuraba su desesperación y su aniquilamiento enviándole las fotografías. Y llegó a pensar que, siempre, el amante que ha logrado respirar en la obstinación sin consuelo de la cama el olor sombrío de la muerte, está condenado a perseguir ––para él y para ella––la destrucción, la paz definitiva de la nada.
Pensaba en la muchacha que se paseaba del brazo de dos amigas en las tardes de la rambla, vestida con los amplios y taraceados vestidos de tela endurecida que inventaba e imponía el recuerdo, y que atravesaba la obertura del Barbero que coronaba el concierto dominical de la banda para mirarlo un segundo. Pensaba en aquel relámpago en que ella hacía girar su expresión enfurecida de oferta y desafío, en que le mostraba de frente la belleza casi varonil de una cara pensativa y capaz, en que lo elegía a él, entontecido por la viudez. Y, poco a poco, iba admitiendo que aquella era la misma mujer desnuda, un poco más gruesa, con cierto aire de aplomo y de haber sentado cabeza, que le hacía llegar fotografías desde Lima, Santiago y Buenos Aires.
Por qué no, llegó a pensar, por qué no aceptar que las fotografías, su trabajosa preparación, su puntual envío, se originaban en el mismo amor, en la misma capacidad de nostalgia, en la misma congénita lealtad.

La próxima fotografía le llegó desde Montevideo; ni al diario ni a la pensión. Y no llegó a verla. Salía una noche de El Liberal cuando escuchó la renguera del viejo Lanza persiguiéndolo en los escalones, la tos estremecida a su espalda, la inocente y tramposa frase del prólogo. Fueron a comer al Baviera; y Risso pudo haber jurado después haber estado sabiendo que el hombre descuidado, barbudo, enfermo, que metía y sacaba en la sobremesa un cigarrillo humedecido de la boca hundida, que no quería mirarle los ojos, que recitaba comentarios obvios sobre las noticias que UP había hecho llegar al diario durante la jornada, estaba impregnado de Gracia, o del frenético aroma absurdo que destila el amor.
––De hombre a hombre––dijo Lanza con resignación––. O de viejo que no tiene más felicidad en la vida que la discutible de seguir viviendo. De un viejo a usted; y yo no sé, porque nunca se sabe, quién es usted. Sé de algunos hechos y he oído comentarios. Pero ya no tengo interés en perder el tiempo creyendo o dudando. Da lo mismo. Cada mañana compruebo que sigo vivo, sin amargura y sin dar las gracias. Arrastro por Santa María y por la redacción una pierna enferma y la arterioesclerosis, me acuerdo de España, corrijo las pruebas, escribo y a veces hablo demasiado. Como esta noche. Recibí una sucia fotografía y no es posible dudar sobre quién la mandó. Tampoco puedo adivinar por qué me eligieron a mí. Al dorso dice: “Para ser donada a la colección Risso”, o cosa parecida. Me llegó el sábado y estuve dos días pensando si dársela o no. Llegué a creer que lo mejor era decírselo porque mandarme eso a mí es locura sin atenuantes y tal vez a usted le haga bien saber que está loca. Ahora está usted enterado; solo le pido permiso para romper la fotografía sin mostrársela.
Risso dijo que sí y aquella noche, mirando hasta la mañana la luz del farol de la calle en el techo del cuarto, comprendió que la segunda desgracia, la venganza era esencialmente menos grave que la primera, la traición, pero también mucho menos soportable. Sentía su largo cuerpo expuesto como un nervio al dolor del aire, sin amparo, sin poderse inventar un alivio.

La cuarta fotografía no dirigida a él la tiró sobre la mesa la abuela de su hija, el jueves siguiente. La niña se había ido a dormir y la foto estaba nuevamente dentro del sobre. Cayó entre el sifón y la dulcera, largo, atravesado y teñido por el reflejo de una botella, mostrando entusiastas letras en tinta azul.
––Comprenderás que después de esto… ––tartamudeó la abuela. Revolvía el café y miraba la cara de Risso, buscándole en el perfil el secreto de la universal inmundicia, la causa de la muerte de su hija, la explicación de tantas cosas que ella había sospechado sin coraje para creerlas––. Comprenderas––repitió con furia, con la voz cómica y envejecida.
Pero no sabía qué era necesario comprender y Risso tampoco comprendía aunque se esforzara, mirando el sobre que había quedado enfrentándolo, con un ángulo apoyado en el borde del plato.
Afuera la noche estaba pesada y las ventanas abiertas de la ciudad mezclaban al misterio lechoso del cielo los misterios de las vidas de los hombres sus afanes y sus costumbres. Volteado en su cama Risso creyó que empezaba a comprender, que como una enfermedad, como un bienestar, la comprension ocurría en él, liberada de la voluntad y de la inteligencia. Sucedía, simplemente, desde el contacto de los pies con los zapatos hasta las lágrimas que le llegaban a las mejillas y al cuello. La comprensión sucedía en él, y él no estaba interesado en saber qué era lo que comprendía, mientras recordaba o estaba viendo su llanto y su quietud, la alargada pasividad del cuerpo en la cama, la comba de las nubes en la ventana, escenas antiguas y futuras. Veía la muerte y la amistad con la muerte, el ensoberbecido desprecio por las reglas que todos los hombres habían consentido acatar, el auténtico asombro de la libertad. Hizo pedazos la fotografía sobre el pecho, sin apartar los ojos del blancor de la ventana, lento y diestro, temeroso de hacer ruido o interrumpir. Sintió después el movimiento de un aire nuevo, acaso respirado en la niñez, que iba llenando la habitación y se extendía con pereza inexperta por las calles y los desprevenidos edificios, para esperarlo y darle protección mañana y en los días siguientes.
Estuvo conociendo hasta la madrugada, como a ciudades que le habían parecido inalcanzables, el desinterés, la dicha sin causa, la aceptación de la soledad. Y cuando despertó a mediodía cuando se aflojó la corbata y el cinturón y el reioj pulsera, mientras caminaba sudando hasta el pútrido olor a tormenta de la ventana, lo invadió por primera vez un paternal cariño hacia los hombres y hacia lo que los hombres habían hecho y construido. Había resuelto averiguar la dirección de Gracia, llamarla o irse a vivir con ella.
Aquella noche en el diario fue un hombre lento y feliz, actuó con torpezas de recién nacido, cumplió su cuota de cuartillas con las distracciones y errores que es común perdonar a un forastero. La gran noticia era la imposibilidad de que Ribereña corriera en San Isidro, porque estamos en condiciones de informar que el crédito del stud El Gorrión amaneció hoy manifestando dolencias en uno de los remos delanteros, evidenciando inflamación a la cuerda lo que dice a las claras de la entidad del mal que lo aqueja.
––Recordando que él hacía Hípicas––contó Lanza––, uno intenta explicar aquel desconcierto comparándolo al del hombre que se jugó el sueldo a un dato que le dieron y confirmaron el cuidador, el jockey, el dueño y el propio caballo. Porque aunque tenía, según se sabrá, los más excelentes motivos para estar sufriendo y tragarse sin más todos los sellos de somníferos de todas las boticas de Santa María, lo que me estuvo mostrando media hora antes de hacerlo no fue otra cosa que el razonamiento y la actitud de un hombre estafado. Un hombre que había estado seguro y a salvo y ya no lo está, y no logra explicarse cómo pudo ser, qué error de cálculo produjo el desmoronamiento. Porque en ningún momento llamó yegua a la yegua que estuvo repartiendo las soeces fotografías por toda la ciudad, y ni siquiera aceptó caminar por el puente que yo le tendía, insinuando, sin creerla, la posibilidad de que la yegua––en cueros y alzada como prefirió divulgarse, o mimando en el escenario los problemas ováricos de otras yeguas hechas famosas por el teatro universal––, la posibilidad de que estuviera loca de atar. Nada. Él se había equivocado, y no al casarse con ella sino en otro momento que no quiso nombrar. La culpa era de él y nuestra entrevista fue increíble y espantosa. Porque ya me había dicho que iba a matarse y ya me había convencido de que era inútil y también grotesco y otra vez inútil argumentar para salvarlo. Y hablaba frìamente conmigo, sin aceptar mis ruegos de que se emborrachara. Se había equivocado, insistía; él y no la maldita arrastrada que le mandó la fotografía a la pequeña, al Colegio de Hermanas. Tal vez pensando que abriría el sobre la hermana superiora, acaso deseando que el sobre llegara intacto hasta las manos de la hija de Risso, segura esta vez de acertar en lo que Risso tenía de veras vulnerable.


* Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1 de julio de 1909 – Madrid, 30 de mayo de 1994). Escritor uruguayo. Su labor literaria comienza en Buenos Aires (Argentina) donde colabora en los diarios La Prensa y La Nación de Buenos Aires. En 1935 escribió Los niños en el bosque y Tiempo de abrazar pero no fueron publicadas hasta 1974. En 1939 publicó su primer libro, El Pozo. Ese mismo año fue secretario de redacción del semanario Marcha.
En 1940, en el diario La Nación de Buenos Aires se publica su primer cuento importante, Un sueño realizado, el primero de una extensa lista de publicaciones, como El obstáculo y El posible Baldi.
A mediados de la década de 1950, colaboró con la revista Sur, dirigida por Victoria Ocampo, donde publicaría su relato El álbum y en la editorial de la revista, la novela corta Los adioses.
En 1954 tradujo This Very Earth (La verdadera tierra) de Erskine Caldwell y en 1956 The Comancheros, de Paul Wellman.
Como periodista utiliza varios seudónimos: “Periquito el Aguador” para su columna periodística La piedra en el charco, “Groucho Marx”, actualidad con tono humorístico, y firmando como “Pierre Regy” artículos de curiosidades literarias y cuentos policiales. Trabajó en la agencia Reuter, en la revista Ímpetu, y como director en la revista Vea y Lea. Publicó algunas notas sobre cine en Crítica.
En 1957, fue designado director de Bibliotecas en la División de Artes y Letras de la Intendencia Municipal de Montevideo, cargo que ocupó hasta 1975.
Debido a los problemas políticos de su país, traslada su residencia a España y en 1978 entró en el diario El País como colaborador, y en otros diarios latinoamericanos, a través de la agencia EFE.
En 1989 su novela La cara de la desgracia es llevada al cine por el realizador argentino Pedro Stocky.
Tras recibir el Premio Rodó en 1991 dona la dotación económica percibida por el mismo para la compra de libros en bibliotecas municipales.
En 1993 se publica su última novela, Cuando ya no importe, considerada como su testamento literario.

[Publicado en portada en febrero 2010]


Gaucho con trenzas de sangre

Un cuento de María Rosa Lojo*

A la memoria de Francisco Madariaga

“Oh, acude a mí, a mi jerarquía
De peón del planeta,
Gaucho con trenzas de sangre,
Mi padre,
Y ensíllame el mejor caballo ruano del universo
Para atravesar el agua de oro de la muerte.”

Francisco Madariaga

“¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?”
San Pablo, 1 Corintios 15, 54-55

Las trenzas de sangre del muerto le caen casi hasta debajo de la cintura. No se sabe si son verdaderamente de sangre, o si ése es el color que toman a la mala luz del rescoldo, ya que la imagen sólo se distingue cuando hay brasa: un punto de cigarro encendido, o carbones de un fogón donde los hombres se reúnen para cantar amores o desdichas.
¿Por qué no han de ser de sangre las trenzas de Antonio Mamerto Gil Núñez, degollado en medio del campo como si hubiese sido un animal que se lleva para provisión del camino? De la misma manera lo alzaron y lo colgaron boca abajo de una rama de algarrobo y le cortaron el cuello. La sangre, que nadie vino a recoger, debió de empaparle el pelo largo y castaño. Quién sabe si alguien se lo había trenzado para que al matarife se le hiciese más fácil su trabajo, o si los ángeles se lo trenzaron luego para que se presentase ante su Creador con mayor compostura.
El Señor no lo quiere con la crin sucia de ajusticiado encima de esos ojos que reconocen el mal desde muy lejos. Quiere que al gaucho Gil se le vea claramente su hermosa cara humana, la boca que puede curar con la palabra. El Señor sabe muy bien que para muchos cristianos de leyes y de letras, la gente como Antonio Gil casi no es gente: apenas cuerpos que se usan en la pelea por los poderes de la tierra, y que a veces se rebelan –con mejores razones que los potros baguales– porque, aunque no lo parezca, tienen alma.
La mujer sentada en el suelo pita hondo el cigarro de chala, pero lleno de buen tabaco.
— Sabía que eras vos, m’hijo. No te ven los que no quieren ver.
Se llama Engracia y dicen que tiene cien años, pero ama los colores vivos como si fuera una niña de quince. Se viste con polleras floreadas y lleva en la cabeza un pañuelo rojo que relumbra durante el día, de tal manera que se la atisba de lejos sobre el lomo del tordillo cuando endereza para las casas donde la esperan sus enfermos.
–No te has de acordar, pero yo fui quien te traje al mundo, con la gallega Rosario.
Había dado trabajo para nacer, aunque era el último de ocho hijos. Venía enredado con el cordón, por el mismo lugar en donde ahora le asoma el tajo. Se había resistido para sal