La larga risa de todos estos años, por Fogwill

No éramos tan felices, pero si en las reuniones de los sábados alguien hubiese preguntado si éramos felices, ella habría respondido “seguro sí”, o me habría consultado con los ojos antes de decir “sí”, o tal vez habría dicho directamente “sí”, volteando su largo pelo rubio hacia mi lado para incitarme a confirmar a todos que éramos felices, que yo también pensaba que éramos felices. Pero éramos felices. Ya pasó mucho tiempo y sin embargo, si alguien me preguntase si éramos felices diría que sí, que éramos, y creo que ella también diría que fuimos muy felices, o que éramos felices durante aquellos años setenta y cinco, setenta y seis, y hasta bien entrado el año mil novecientos setenta y ocho, después del último verano. Más

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El testigo chino, por Anna Kazumi Stahl

El aviso apareció de pronto en la sección “Clasificados” del diario de Nueva Orleans, el Times-Picayune. Salió un martes, en abril, y seguía apareciendo todos los días de la semana, y el domingo, hasta que uno finalmente se acostumbraba a que estuviera, como la fecha, o el número de la página, casi invisible. Un modesto recuadro decía: “Hablante nativa de japonés. Servicios de traducción e interpretación”, y abajo daba una dirección y un número de teléfono, en uno de los barrios nuevos, cerca del lago. Por supuesto que nadie llamaba; parecía una curiosidad más de las tantas que hay en Nueva Orleans. Una cosa rara que uno ve pero por la que no se preocupa, es decir: una cosa rara con la que uno convive en paz.

Pero alguien sí lo había leído. En la Policía de Nueva Orleans, alguien había leído ese aviso, y lo había registrado, lo había recordado en un momento oportuno, y entonces una noche fueron a buscar a la “hablante nativa”, con su aviso adosado al prontuario de un crimen. Más

Hiroko, por Anna Kazumi Stahl

Hiroko Robbins eligió una mesa cerca de las grandes ventanas que daban al Eastman Boulevard. Apoyó la bandeja y la hizo girar para que el café quedara frente a ella mientras el plato de macarrones con queso se enfriaba en el otro extremo. Afuera, el tránsito corría a cada lado del boulevard. Eastman era la calle más extensa de Monroe, Texas. Le pusieron al nombre de su intendente más voluminoso: 1,90 metros de altura y 100 kilogramos de peso en 1958.

Hiroko disolvía la crema en su café y miraba por la ventana. Del otro lado del boulevard había una fila de casas, cada una con su respectivo cartel. Letras en relieve anunciaban los nombres de dentistas y médicos que atendían allí. Las casas eran tremendamente parecidas, Hiroko no podía recordar a cuál quería dirigirse. Se reclinó en el respaldo de la silla con un ligero suspiro. Las ventanas llegaban hasta el techo y el cielo texano le caía encima.

No fue el tamaño de las cosas lo que la sorprendió al llegar a América. Todo el mundo sabía que América era enorme. Lo que la asombró fue el espacio: había inconmensurable espacio entre una cosa y otra. Al principio tuvo una sensación desagradable similar al vértigo. Era tal el espacio a su alrededor que sus pulmones se expandían involuntariamente y sentía que no podía respirar.

Esa primera sensación fue alarmante. Sabía de la grandeza americana y se había sentido gratificada al arribar a un país como ése. Sin embargo, fue perdiendo su asombro inicial. De hecho, después de sólo tres meses estaba decepcionada, especialmente del Sur.

No era la cultura decadente pero magnífica que esperaba encontrar. Hiroko había leído a Faulkner, se había sumergido en Tennessee Williams. Tennessee Williams era para ella un ángel del Sur, dulce y apasionado.

Pero este Sur americano no era ni dulce ni apasionado. Esperaba encontrar una cultura lánguida, fluida, deteriorada pero elegante. En cambio, se halló en medio de una sociedad vulgar, una sociedad nerviosa, preocupada por centros de mesa, listas de invitados y damas de honor. Más

Cinismo, por Sergio Bizzio

Muhabid Jasan es un tipo “interesante”. Su esposa Érika es una mujer “con inquietudes”. Tienen un hijo, Álvaro (15 años, pálido y alto), que representa a una categoría es­pecial: el sensible espontáneo. La gente con inquietudes y la gente interesante puede mezclarse y confundirse; el sen­sible espontáneo es algo único, recortado. Tiene rasgos del tipo con inquietudes, pero nunca resulta interesante. Lo suyo más bien es repugnar. En un extremo está el ge­nio, aquél capaz de convertirse en una industria de produ­cir historia personal, y en algunos casos obra. El sensible espontáneo está en el extremo opuesto.

Álvaro era capaz de hacerte caer desde lo alto de un puente por alzar un brazo hacia la puesta de sol. Mente siempre dispuesta, curiosidad indiscriminada, lágrima fácil, estas son algunas de las características positivas del sensible espontáneo. Las negativas son mucho peores todavía: tor­peza, espíritu poético, carácter de mercurio, hiperadaptable, y algún que otro rapto de impostación maldita. El sensible espontáneo está siempre lleno de buenas intenciones. Más

Noche en Opwijk, por Alan Pauls

Llegado a la madurez, un hombre enfrenta dos horizontes posibles: la revolución o el ridículo.

Lenin, Cuadernos suizos

Tengo casi cincuenta años. Leí por primera vez la frase de Lenin hace treinta y cinco, cuando coqueteaba con la revolución. Recién ahora, cuando abrazo el ridículo, termino de entenderla. Hace tres años lo dejé todo para ser DJ. Ese todo se deja resumir así: más de tres décadas dedicadas a escribir literatura, un prestigio algo estancado pero sólido, la resonancia modesta de un apellido siempre mal pronunciado, algunas relaciones con gente importante, intervenciones más o menos regulares en el periodismo, el mundo del cine, el mercado internacional de la conferencia y la mesa redonda. Nada demasiado extraordinario, es cierto. Pero ese todo era mi todo. ¿Qué otra cosa tenía cuando decidí tirarlo por la borda? Monedas. Demasiado tarde, justo cuando las personas normales la abandonaban por algún vicio más sosegado, había desarrollado una debilidad por las pistas de baile que yo llamaba “talento” y mis mejores amigos, a mis espaldas, “senilidad precoz”. Hacía bien en enorgullecerme de mi colección de discos de música electrónica, pero ¿cómo borrarle la secreta mancha de ignominia que la arruinaba sin remedio: el hecho de que los hubiera descubierto cuando ya habían pasado de moda, o comprado cuando todos los descargaban gratis de internet? Por lo demás, no tenía vinilos. No tenía bandejas. Ni siquiera una mezcladora o una luz estroboscópica. Nada. Y las drogas de diseño me caían mal. Más

El policía de las ratas, por Roberto Bolaño

para Robert Amutio y Chris Andrews

Me llamo José, aunque la gente que me conoce me llama Pepe, y algunos, generalmente los que no me conocen bien o no tienen un trato familiar conmigo, me llaman Pepe el Tira. Pepe es un diminutivo cariñoso, afable, cordial, que no me disminuye ni me agiganta, un apelativo que denota, incluso, cierto respeto afectuoso, si se me permite la expresión, no un respeto distante. Luego viene el otro nombre, el alias, la cola o joroba que arrastro con buen ánimo, sin ofenderme, en cierta medida porque nunca o casi nunca lo utilizan en mi presencia. Pepe el Tira, que es como mezclar arbitrariamente el cariño y el miedo, el deseo y la ofensa en el mismo saco oscuro. ¿De dónde viene la palabra Tira? Viene de tirana, tirano, el que hace cualquier cosa sin tener que responder de sus actos ante nadie, el que goza, en una palabra, de impunidad. ¿Qué es un tira? Un tira es, para mi pueblo, un policía. Y a mí me llaman Pepe el Tira porque soy, precisamente, policía, un oficio como cualquier otro pero que pocos están dispuestos a ejercer. Si cuando entré en la policía hubiera sabido lo que hoy sé, yo tampoco estaría dispuesto a ejercerlo. ¿Qué fue lo que me impulsó a hacerme policía? Muchas veces, sobre todo últimamente, me lo he preguntado, y no hallo una respuesta convincente.
Probablemente fui un joven más estúpido que los demás. Tal vez un desengaño amoroso (pero no consigo recordar haber estado enamorado en aquel tiempo) o tal vez la fatalidad, el saberme distinto de los demás y por lo tanto buscar un oficio solitario, un oficio que me permitiera pasar muchas horas en la soledad más absoluta y que, al mismo tiempo, tuviera cierto sentido práctico y no constituyera una carga para mi pueblo.
Lo cierto es que se necesitaba un policía y yo me presenté y los jefes, tras mirarme, no tardaron ni medio minuto en darme el trabajo. Más

Llano de sol, por Elvio Gandolfo

Hugo Pretzel vio el punto que se iba agrandando en el camino desde la torre. No se movió. Sabía que era la bicicleta del viejo Roberts y que tardaría una buena media hora en llegar. En los primeros meses era incapaz de distinguirla entre el refulgir de las planchas, pero ahora sabía con poco margen de error a qué dis­tancia estaba. Lo había esperado desde la mañana anterior. Con seguridad el tren se había retrasado, como tantas veces antes. O las revistas se habían demorado en la Aduana de Gran Ladocta, o en la entrada al Norte. Rogó que el número de El Tony no hu­biera tenido problemas con la censura: alguna historieta que hi­ciera referencia directa a la Guerra, o que socavara los intereses del Norte, o que hiciera la apología encubierta de República Ca­pital. Lo dudaba: había demasiados lectores en el antiguo inte­rior como para que descuidaran esos detalles. Paseó la mirada sobre la extensión de planchas, una llanura centelleante de célu­las solares. Vio que varias fallaban en el sector 4, a unos 500 metros de distancia. Era algo que lo aburría: distinguir los pun­tos de menor reflejo, marcar la planilla, pedir línea al atardecer, hacer el reclamo, y esperar que mandaran células de repuesto desde Salta. Más

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