El testigo chino, por Anna Kazumi Stahl

El aviso apareció de pronto en la sección “Clasificados” del diario de Nueva Orleans, el Times-Picayune. Salió un martes, en abril, y seguía apareciendo todos los días de la semana, y el domingo, hasta que uno finalmente se acostumbraba a que estuviera, como la fecha, o el número de la página, casi invisible. Un modesto recuadro decía: “Hablante nativa de japonés. Servicios de traducción e interpretación”, y abajo daba una dirección y un número de teléfono, en uno de los barrios nuevos, cerca del lago. Por supuesto que nadie llamaba; parecía una curiosidad más de las tantas que hay en Nueva Orleans. Una cosa rara que uno ve pero por la que no se preocupa, es decir: una cosa rara con la que uno convive en paz.

Pero alguien sí lo había leído. En la Policía de Nueva Orleans, alguien había leído ese aviso, y lo había registrado, lo había recordado en un momento oportuno, y entonces una noche fueron a buscar a la “hablante nativa”, con su aviso adosado al prontuario de un crimen. Más

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Hiroko, por Anna Kazumi Stahl

Hiroko Robbins eligió una mesa cerca de las grandes ventanas que daban al Eastman Boulevard. Apoyó la bandeja y la hizo girar para que el café quedara frente a ella mientras el plato de macarrones con queso se enfriaba en el otro extremo. Afuera, el tránsito corría a cada lado del boulevard. Eastman era la calle más extensa de Monroe, Texas. Le pusieron al nombre de su intendente más voluminoso: 1,90 metros de altura y 100 kilogramos de peso en 1958.

Hiroko disolvía la crema en su café y miraba por la ventana. Del otro lado del boulevard había una fila de casas, cada una con su respectivo cartel. Letras en relieve anunciaban los nombres de dentistas y médicos que atendían allí. Las casas eran tremendamente parecidas, Hiroko no podía recordar a cuál quería dirigirse. Se reclinó en el respaldo de la silla con un ligero suspiro. Las ventanas llegaban hasta el techo y el cielo texano le caía encima.

No fue el tamaño de las cosas lo que la sorprendió al llegar a América. Todo el mundo sabía que América era enorme. Lo que la asombró fue el espacio: había inconmensurable espacio entre una cosa y otra. Al principio tuvo una sensación desagradable similar al vértigo. Era tal el espacio a su alrededor que sus pulmones se expandían involuntariamente y sentía que no podía respirar.

Esa primera sensación fue alarmante. Sabía de la grandeza americana y se había sentido gratificada al arribar a un país como ése. Sin embargo, fue perdiendo su asombro inicial. De hecho, después de sólo tres meses estaba decepcionada, especialmente del Sur.

No era la cultura decadente pero magnífica que esperaba encontrar. Hiroko había leído a Faulkner, se había sumergido en Tennessee Williams. Tennessee Williams era para ella un ángel del Sur, dulce y apasionado.

Pero este Sur americano no era ni dulce ni apasionado. Esperaba encontrar una cultura lánguida, fluida, deteriorada pero elegante. En cambio, se halló en medio de una sociedad vulgar, una sociedad nerviosa, preocupada por centros de mesa, listas de invitados y damas de honor. Más