Sombras sobre vidrio esmerilado, por Juan José Saer

a Biby Castellaro
¡Qué complejo es el tiempo, y sin embargo, qué sencillo! Ahora estoy sentada en el sillón de Viena, en el living, y puedo ver la sombra de Leopoldo que se desviste en el cuarto de baño. Parece muy sencillo al pensar “ahora”, pero al descubrir la extensión en el espacio de ese “ahora”, me doy cuenta enseguida de la pobreza del recuerdo. El recuerdo es una parte muy chiquitita de cada “ahora”, y el resto del “ahora” no hace más que aparecer, y eso muy pocas veces, y de un modo muy fugaz, como recuerdo. Tomemos el caso de mi seno derecho. En el ahora en que me lo cortaron, ¿cuántos otros senos crecían lentamente en otros pechos menos gastados por el tiempo que el mío? Y en este ahora en el que veo la sombra de mi cuñado Leopoldo preyectándose sobre los vidrios de la puerta del cuarto de baño y llevo la mano hacia el corpiño vacío, relleno con un falso seno de algodón puesto sobre la blanca cicatriz, ¿cuántas manos van hacia cuántos senos verdaderos, con temblor y delicia? Por eso digo que el presente es en gran parte recuerdo y que el tiempo es complejo aunque a la luz del recuerdo parezca de lo más sencillo.
  Más

Antología Superpuesta

Me encontré, buscando un cuento en El Ortiba, con un archivo que podría sugerir una antología entera. O una suerte de. O un objeto para reflexionar sobre la naturaleza y práctica de. O algo, materia prima, para inventar algo más y ver qué sale, qué pasa. Algo que sugería una posibilidad de laboratorio. Hay, en el material, un proceso de selección llevado a cabo, es decir hay una conciencia, una voluntad, un criterio, un sujeto crítico ejerciendo estas acciones sobre los textos, pero también hay un olor a archivo en la muestra, a altillo, a naftalina, varios procesos idénticos y apenas diferenciados, apilados en el tiempo, que lo vuelven un palimpsesto de la repetición del mismo proceso. Como una foto casi idéntica a otras mil, todas superpuestas, la intención  se vería como un borrón, como una diferencia en el borrón mismo pero también como la media de ese borrón, donde gana algo de nitidez. Por eso me interesó, porque entra en este modo palimpsesto que es cuando las cosas empiezan a hacer cosas. Ya no es un sujeto crítico, sino un porceso un poco más cósmico. Se arman procesos espontáneos, accidentales, de los que se puede obtener algún vislumbre más o menos nuevo. Que después un sujeto lo aproveche, inventando sobre eso. Si lo nuevo existe en alguna parte, es en el accidente. Es eso, en el fondo.

Así que vamos a ponerle un título, a ver cómo se podría trabajar con ella como objeto conceptual, y a probarle cosas, esto es un laboratorio.

Más

El caso Berciani, por Alan Pauls

De la estación terminal al vaciadero de desechos, una de dos: o se toma la avenida Pianetti o se toma el camino de cintura. Una de dos -y no hay otra opción. Años pasaron los automovilistas buscando la forma de unir ambos puntos; siempre fue en vano. Cualquier atajo, de los miles que se ensayaron, iba a morir en Pianetti o en el camino de cintura, y a morir indefectiblemente. Para ejemplos, el del urbanista Berciani -un caso sonadísimo, diez días en las primeras planas de los diarios, toda la opinión pública en vilo-, que se propuso terminar (él en persona, a quien la ciudad le debía, si no todas, gran parte de sus mejoras) con el callejón sin salida Pianetti o camino de cintura. Partió una madrugada en su propio automóvil. Todo el barrio, poco dado en general a madrugar, había ganado la calle para respaldarlo con su aliento bullicioso. Caras sucias de lagañas, vecinos en bata y en pantuflas le sonreían detrás del cristal de las ventanillas, ofreciéndole mapas y víveres para el viaje, números de teléfono por cualquier emergencia. El urbanista, de buena manera, lo rechazó todo. Consultado por la prensa, a la que su partida también había atraído y en masa, declaró que nadie conocía la ciudad como él, que el mejor mapa era su cerebro, y que no había víveres más nutritivos que su propio deseo de zanjar de una vez por todas la cuestión. Por lo demás, dijo, todo se resolvería tan pronto que contaba con volver a tiempo para el almuerzo que, como todos los días, le preparaba su esposa Telma. Telma, en el asiento del acompañante, lo observaba con cierta preocupación. Más